Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el ataque vandálico sufrido
por una iglesia parroquial en Ontario, Canadá. La información sobre tan
lamentable hecho se encuentra en el siguiente enlace:
Canto
inicial: “Adorote devote, latens Deitas”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación
Recibir la Eucaristía por la comunión sacramental no es
recibir un trocito de pan consagrado en una ceremonia religiosa: es recibir al
mismo Hijo de Dios encarnado en el seno purísimo de María por obra del Espíritu
Santo, que continúa y prolonga su Encarnación en el seno virgen de la Iglesia,
el altar eucarístico, también por obra del Espíritu Santo. Si el Ángel le
anunció a María que el Verbo habría de encarnarse y ante estas palabras y el “Sí”
de María el Verbo se encarnó, de manera análoga, al pronunciar el sacerdote
ministerial las palabras de la consagración, el Verbo continúa y prolonga su
Encarnación, al convertirse la substancia del pan en su Cuerpo y la del vino en
su Sangre. Por esta razón, la comunión eucarística no debe ser nunca ni
distraída, ni mecánica, ni ausente, sino que debe consistir en un acto de amor
y de adoración a Dios Hijo encarnado que quiere ser entronizado en nuestros
corazones.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación
La Eucaristía es el manjar celestial, exquisito, delicioso,
imposible de ser encontrado en la tierra, porque su origen es celestial,
sobrenatural, divino y es el manjar con el cual Dios alimenta a sus hijos más
pequeños, a aquellos que, a pesar de su indigencia y miseria, Él se digna
adoptarlos, movido por su Amor Misericordioso[1]. En
el Salmo 110, el Profeta David habla de este alimento que da Dios a sus hijos
pequeños, que le temen, lo adoran y lo reverencian, diciendo que “las obras de
Dios son grandiosas y exquisitas para todos sus quereres”; luego, añade que
esta obra de Dios es “alabanza y magnificencia”, porque nada hay que Dios no
haga que no lo haga con perfección, alabanza y magnificencia. La Eucaristía se
encuentra, pues, en el culmen y en la cima de las obras de Dios, magníficas,
excelentes, excelsas y maravillosas, aunque diciendo esto nada decimos, porque no
existen palabras en idioma alguno que pueda expresar la excelencia de la
Eucaristía, el manjar con el que Dios alimenta a sus hijos.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación
Ahora
bien, el hecho de que un hijo adoptivo de Dios pueda alimentarse con manjar tan
exquisito y delicioso, la Sagrada Eucaristía, supuso para Dios un gran coste[2],
porque para que eso sucediera, para que sus hijos pudieran alimentarse con la
leche que es la Sangre del Cordero, tuvo Dios Padre que disponer que su Hijo
muriese en la Cruz. Y antes de esto y para complacer el pedido de su Padre,
hubo el Hijo de Dios de anonadarse a Sí mismo, ya que siendo Él omnipotente, se
hizo la nada misma, al asumir en su Divina Persona de Hijo la naturaleza
humana, tan inferior a la divina. Al comulgar, entonces, humillémonos ante
nuestro Dios, Presente en la Eucaristía, doblando nuestras rodillas y abriendo
de par en par las puertas de nuestros corazones, en memoria y agradecimiento
por su anonadamiento, obra que inició su misterio pascual de muerte y
resurrección.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación
Otra
obra grandiosa que hizo nuestro Dios, gracias a la cual lo podemos tomar como
alimento en la Sagrada Eucaristía, es que siendo Él el Dios omnipotente, Señor
del cielo y de la tierra y Rey de reyes y siendo Él la Vida Increada y la Causa
Primera de toda vida participada, hubiese de morir en muerte humillante de
cruz, derramando hasta la última gota de su Sangre Preciosísima[3]. Éste
es otro motivo que tenemos para humillarnos ante su Presencia Eucarística: que
siendo la Vida Increada, murió en cruz para derrotar a la muerte y así
concedernos la Vida Eterna, su vida misma divina de Dios Trino.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación
Dios
hace obras grandiosas y la obra más grandiosa de todas sus obras grandiosas es
la Eucaristía, el alimento celestial con el cual alimenta a sus hijos
adoptivos. Para que sus pequeños hijos puedan recibir tan exquisito manjar
celestial, Dios obra, en el altar eucarístico, el Milagro de los milagros, el
Milagro más grande de todos sus milagros grandes; el Milagro que no puede ser
superado por ningún milagro; el Milagro en el cual Dios Trino empeña toda su
Omnipotencia, toda su Sabiduría y todo su Amor: la conversión de las
substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús[4].
Al comulgar, entonces, recordemos que la Eucaristía no es un trocito de pan
bendecido: es el Hijo de Dios que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, para
alimentarnos con el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico y, como muestra de
agradecimiento, postrémonos de rodillas ante su Presencia Eucarística y démosle
todo el amor del que seamos capaces de dar.
Un
Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por la salud e intenciones de
los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón
de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canción
de despedida: “Plegaria a Nuestra Señora de los
Ángeles”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 174.
[2] Cfr. Nieremberg, ibidem, 174.
[3] Cfr. Nieremberg, ibidem, 175.
[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 174.
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