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martes, 18 de marzo de 2014

Hora Santa en honor y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús y en reparación por los ultrajes cometidos contra el Inmaculado Corazón de María Santísima


         Inicio: ingresamos en el oratorio. Hacemos silencio, exterior e interior. El silencio es indispensable para la oración y para la adoración, porque la voz de Dios es suave como el susurro. Dios no habla en el bullicio; Dios no habla en el estruendo, en el terremoto, sino “en la brisa suave” (cfr. 1 Re 19), y quien no aquieta sus pensamientos, no puede escucharlo y solo se escucha a sí mismo. Pedimos la ayuda de María Santísima para que nuestra humilde oración llegue a los pies del trono del Cordero en los cielos. Ofrecemos esta Hora Santa en honor y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús y también en reparación por los ultrajes cometidos contra el Inmaculado Corazón de María Santísima.

         Oración inicial:

         “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Canto inicial: “Sagrado Corazón, eterna alianza”.

         Meditación

         Sagrado Corazón de Jesús, cuando contemplamos los latidos de tu Corazón, nos parece estar contemplando un corazón humano más, que late con el ritmo cardíaco con el que lo hace cualquier otro corazón humano, pero no es así: se trata del Corazón del Hombre-Dios; se trata del Corazón del Verbo de Dios hecho Carne; se trata del Corazón de Dios Hijo que, sin dejar de ser Dios y por lo tanto, Espíritu Purísimo y Perfectísimo, se hace al mismo Carne y Músculo cardíaco, para latir al ritmo del Amor Divino, para transmitirnos en cada latido la potencia infinita del Divino Amor y de la Divina Misericordia. Siendo Tú el Amor y la Misericordia Divina en Persona, para manifestarte visiblemente a los hombres, sin dejar de ser lo que eres, te convertiste en músculo cardíaco, en un Corazón Viviente, en el Sagrado Corazón, que late y contiene en sí al Espíritu Santo, al Amor Divino, y es por eso que las llamas del Amor de Dios arden en Ti y te consumen y ardes en deseos de comunicarlas a quienes quieran recibirlas con fe y  con amor. ¡Oh, Jesús Eucaristía, henos aquí, con nuestros corazones, haz que María Santísima, Nuestra Madre amantísima, convierta nuestros duros corazones en corazones de hierba y pasto seco, para que cuando te recibamos en la comunión, nuestros corazones ardan de amor al contactar con las Llamas ardientes del Fuego de Amor que abrasa tu Sagrado Corazón! Amén.

         Silencio para meditar.

         Sagrado Corazón de Jesús, la contemplación del Amor de tu Corazón da paso al horror cuando constatamos el enorme daño que nuestros pecados provocan a tu Corazón, porque nuestros pecados están representados en la corona de espinas que rodean, estrechan, aprisionan y desgarran al Sagrado Corazón en cada latido. Y así, a cada latido tuyo, en donde expresas la potencia infinita del infinito Amor Divino, sufres al mismo tiempo la potencia indecible de la cruel malicia del corazón humano que está representada y materializada en las espinas de la corona. Las espinas, las gruesas y afiladas espinas que rodean, rasgan y desgarran el músculo cardíaco en cada latido, en cada sístole, en cada diástole, en cada contracción y en cada expansión de tu Sagrado Corazón, provocándote lacerantes heridas y atroces dolores, son la materialización y representación de todas las especies de pecados de que somos capaces de cometer los hombres. En esas espinas están representados, contenidos, materializados, simbolizados, actualizados, todos y cada uno de los pecados cometidos por todos los hombres de todos los tiempos, desde los más leves, hasta los más aborrecibles y abyectos pecados que ni siquiera puedan ser concebidos por mente alguna. En esas espinas están materializados los pecados que los hombres, creados por Ti para amarse mutuamente en tu Amor Santo, cometen día a día, sin cesar, y no dejan de hacerlo, buscando incluso formas nuevas y más atroces de destrozarse mutuamente con más eficacia y con más brutalidad, con más odio y con más placer. Es por esto que, a cada latido tuyo, que dice: “¡Amor!”, el hombre te responde: “¡Odio!”, y así cada latido significa para Ti la muerte, porque el dolor es insoportable, tanto cuando el músculo cardíaco se expande, en la diástole, y las espinas dan de lleno contra la carne, como cuando el músculo cardíaco se retrae, para contraerse, en la sístole, y las espinas se retiran, desgarrando la carne en su retirada. Tanto en la sístole, como en la diástole, es decir, en cada latido, tu dolor por nuestros pecados, Sagrado Corazón, es insoportable. Permítenos entonces, oh Sagrado Corazón, llorar nuestros pecados, a los pies de la Virgen Dolorosa, para que uniendo nuestras lágrimas a las de la Virgen, reparemos por nuestros pecados y los del mundo entero. Amén.

Silencio para meditar.

Sagrado Corazón, la cruz que está en la base de tu Corazón, nos enseña que es el único camino para ir al cielo. La cruz es el Camino Real para ir al cielo y no hay otro posible. Se engaña quien pretende salvarse por otro camino que no sea el Camino Real de la Cruz, el camino que está señalado por tus huellas y por tu Sangre, el camino regado por las lágrimas de la Virgen Dolorosa, el camino que por el dolor de la Pasión lleva a las alegrías eternas del cielo, el camino que por la muerte de cruz lleva a la gloria de la resurrección, es el camino que Dios Padre nos ha señalado, es el Camino Verdadero, en donde encontramos la Vida eterna; la cruz es el Camino seguro, en donde estás Tú con los brazos abiertos, para fundirnos en un abrazo eterno y llevarnos al Padre al Reino de los cielos, en cuya morada santa viviremos para siempre. La cruz que está en la base de tu Sagrado Corazón, oh Jesús, nos dice que debemos morir a nosotros cada día, para poder llegar al cielo, y esto no de una manera metafórica, sino real, porque no podemos entrar al cielo con el hombre viejo, cargados de pasiones; no podemos entrar al cielo con ira, con lascivia, con borrachera, con pereza, con mentiras, con toda clase de maldades. Solo entraremos en el cielo renovados por la gracia, y solo seremos renovados por la gracia cuando seamos crucificados junto a Ti, y solo seremos crucificados cuando carguemos la cruz de cada día y, negándonos a nosotros mismos, marchemos tras de Ti, acompañados por tu Madre, siguiéndote por el Via Crucis, por el Camino Real de la Cruz. Sagrado Corazón de Jesús, que la contemplación de la cruz en la base de tu Corazón, renueve en nosotros el deseo negarnos a nosotros mismos, de tomar la cruz de cada día, y de seguirte camino del Calvario, para morir al hombre viejo y para renacer al hombre nuevo, como hijos de Dios, para el cielo, para la vida eterna. Amén.

Silencio para meditar.

Sagrado Corazón de Jesús, contemplamos ahora la herida abierta por donde fluye, incontenible, la Sangre, tu Sangre Preciosísima. A cada latido, se escapa por la herida abierta un chorro incontenible de Sangre roja, rutilante, brillante, que te pedimos que caiga sobre nosotros y sobre nuestros seres queridos y sobre el mundo entero, inundándonos por completo, porque esta Sangre que así fluye por esta herida abierta por la lanza, no es una sangre cualquiera: esta Sangre es Preciosísima porque es la Sangre del Cordero, que contiene al Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo. La potente pulsión del Sagrado Corazón de Jesús representa la efusión ad extra del Amor trinitario; es el mismo Amor que se espiran mutuamente al interno de la Trinidad el Padre y el Hijo. La efusión de Sangre del Sagrado Corazón es también la respuesta de Dios al deicidio del hombre; Dios responde con la Misericordia Divina al odio humano. ¡Oh Sagrado Corazón traspasado de Jesús, que a nuestras iniquidades respondes con la efusión del Espíritu Santo, el Amor Divino, contenido en tu Preciosísima Sangre! ¡Concédenos una sed ardiente de tu Sangre bendita, para que nada deseemos que no sea saciar nuestra sed en tu Costado traspasado! Amén.

Silencio para meditar.

Sagrado Corazón de Jesús, contemplamos ahora las llamas que envuelven tu Corazón. Son llamas que nacen de lo más profundo de tu Corazón, porque esas llamas representan al Amor Divino, que es Fuego de Amor Divino, el Espíritu Santo, el Amor que el Padre te espira desde la eternidad, y que Tú espiras al Padre también desde la eternidad. Las llamas –dulces, suaves, de tierno y suave amor- representan y simbolizan al Amor trinitario, al Amor que es tan fuerte, que es Persona Trinitaria, la Tercera Persona de la Trinidad, el Amor que el Padre le dona al Hijo y que el Hijo le dona al Padre en la eternidad, y que el Padre y el Hijo, en un exceso de amor que asombra a los cielos, quieren donar a los hombres por medio del Sagrado Corazón, y para eso encienden la Carne Sagrada del Corazón del Verbo, como si fuera una Brasa ardiente y viva que desea hacer arder en el Amor Divino a todo aquel que se le acerque con humildad, con fe y con amor. Pero los hombres –o al menos, la inmensa mayoría de ellos-, desprecia este don que la Santísima Trinidad les hace en la Sagrada Eucaristía, y es así que a esta Brasa Ardiente de Amor Divino la dejan arder sola, día y noche, en el sagrario, porque eligen morir congelados en los gélidos amores mundanos, antes que ser abrasados por el dulce Amor del Sagrado Corazón. ¡Oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús! ¡Haz que nuestros corazones sean como la hierba seca, para que al contacto con tu Corazón Eucarístico, en la comunión, ardan con las llamas del Fuego del Amor Divino, en el tiempo y en la eternidad! Amén.

Silencio para meditar.

         Meditación final

         Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, debemos ya retirarnos, pero queremos permanecer en tu Presencia día y noche, y por eso dejamos nuestros corazones a los pies de tu Santa Madre, María Virgen, para que Ella los custodie y no permita que ningún amor profano los distraiga y los desvíe de tu contemplación. Haz, oh Buen Jesús, que nuestros pensamientos, deseos y acciones, estén siempre y en todo momento orientados hacia Ti, en cada instante que nos queda de la vida terrena, para que todo nuestro ser quede fijado plenamente en Ti y en tu Amor, para siempre, en el momento de pasar a la vida eterna. Amén.

         Oración final:

         “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.


         Canción final: “Los cielos, la tierra, la misma Trinidad”.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Hora Santa en honor a Santa María, Madre de Dios




Inicio: ingresamos en el Oratorio, pedimos la asistencia de nuestros Ángeles Custodios para recoger nuestros sentidos exteriores y nuestras potencias espirituales y para silenciar la mente, de modo de disponernos, con todo nuestro ser, alma y cuerpo, para la Adoración Eucarística. Le pedimos ayuda ante todo a la Virgen, Maestra y Modelo de Adoración Eucarística perfecta, puesto que Ella adoró, desde el instante mismo de la Encarnación, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su HIjo Jesús, alojado en su seno virginal y purísimo, por obra del Espíritu Santo. Ofrecemos esta Hora Santa, en el inicio del Año civil, en honor de Santa María, Madre de Dios, consagrando y depositando al mismo tiempo en su Corazón Inmaculado, toda nuestra vida, con su tiempo pasado, presente y futuro, y todos nuestros seres queridos, para que en el Año que se inicia lo vivamos en su totalidad bajo el amparo de su manto maternal. Que María Santísima, la Madre de Dios, dirija nuestros pasos en el seguimiento de su Hijo Jesús y haga que los días –pocos o muchos- que nos quedan sobre la tierra, sean todos vividos a la luz de la feliz eternidad del Reino de Dios.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón, y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Tantum ergo”.

Meditación

         La Virgen es la Mujer ante la cual el Dragón infernal y todas las legiones infernales juntas, retroceden con espanto ante la sola mención de su Nombre: es la Mujer del Génesis, que por orden divina aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua (cfr. Gn 3, 15), porque si la Serpiente triunfó sobre la primera Eva y, por medio de ella, sobre Adán y sobre toda la humanidad, ahora, a través de la Segunda y Definitiva Eva, triunfa sobre la Serpiente la Nueva Humanidad regenerada por la gracia divina, los hijos adoptivos de la Virgen; si en el Paraíso Adán y Eva cayeron por morder el fruto envenenado que les ofrecía la Serpiente, el fruto de la soberbia y de la rebelión contra Dios, ahora, por la Virgen, la humanidad puede saborear el fruto de la Redención, fruto que cuelga en el Árbol de la Cruz, fruto santo que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, y así como en el Paraíso la Serpiente ofreció a Adán y Eva el fruto amargo del Árbol prohibido, la rebelión contra Dios, así la Virgen ofrece, para sus hijos amados, el Dulcísimo Fruto del Árbol de la Cruz, la Gracia Divina que enciende el alma en el Amor de Dios, Amor que lleva a la sumisión del alma a Dios por Amor, al punto de preferir el alma morir antes de ofender a Aquel a quien tanto ama; la Virgen es la Mujer del Apocalipsis (cfr. Ap 12, 1ss), que con dos alas lleva al desierto en sus brazos a su Hijo Dios recién nacido, salvándolo del río vomitado por las fauces del Dragón, símbolo de las impurezas del cuerpo y del alma y de las blasfemias y sacrilegios contra Dios. La Virgen que lleva a su Hijo a salvo del Dragón, en el desierto, es pre-figuración de su acción corredentora, cuando por la acción de la gracia Ella lleve a sus hijos adoptivos al desierto de la penitencia y de la oración, que los salvará del río impetuoso de impurezas de todo tipo en el que quiere sumergirlos el Dragón.
         Ante la Virgen, el Dragón y todas las potencias del infierno tiemblan de espanto, porque la Virgen les aplasta la cabeza con su pequeño piececito de mujer, que a pesar de ser pequeño, representa para el Dragón un peso aplastante, porque la Virgen le aplasta la cabeza con la fuerza y el poder de Dios, que le han sido participados en un grado desconocido a las creaturas, incluidos los ángeles.
         “Virgen Santísima, Madre Nuestra, concédenos la gracia de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado. Amén”.

         Silencio para meditar.

         La Virgen María es la Creatura más admirable y hermosa jamás creada por la Santísima Trinidad, cuya Concepción sin mancha y cuya condición de ser al mismo tiempo Llena de Gracia, le mereció el ser elegida por la Trinidad para ser Madre de Dios, un prodigio inefable que asombra a cielos y tierra y que se engrandece al infinito cuando el alma se percata que la Madre de Dios es, además, Virgen, y que permaneció Virgen antes, durante y después del parto, como cuando un rayo de sol, que atraviesa un cristal, deja intacto al mismo antes, durante y después de pasar a través suyo. Por ser la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, la Virgen mereció recibir dos prodigios inefables, admirables, jamás vistos en el universo y que jamás se volverán a ver, que superan en hermosura y gracia a toda la Creación, y es el hecho de ser Virgen y a la vez Madre, y Madre no de un niño más entre tantos, sino del Niño Dios, de Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que los hombres, hechos niños por la inocencia de la gracia, fueran adoptados como hijos por Dios. Por ser Virgen y Madre de Dios, la Virgen es llamada también “Diamante celestial”, porque así como la roca cristalina que es el diamante, recibe, encierra y luego emite la luz –a diferencia de las otras rocas opacas que no pueden encerrar la luz-, así la Virgen y Madre recibe, encierra y emite sobre el mundo la luz eterna, Cristo el Señor, siendo de esta manera la Virgen figura tanto de la concepción virginal por la gracia, por parte de la Iglesia, de sus hijos adoptivos en el bautismo, y figura también de la Concepción virginal de la Eucaristía en el seno de la Iglesia, el altar eucarístico, prodigios todos obrados por el Santo Espíritu de Dios.
“Virgen, Tú que eres Madre de Dios y también Madre nuestra, intercede por nosotros para que, siendo iluminados por tu Hijo, Cristo, Luz eterna de Dios, vivamos siempre en gracia, hasta el momento de pasar de esta vida a la otra y así contemplar, por la eternidad, el Divino Rostro de Jesús. Amén”.

         Silencio para meditar.

La Virgen María es la Mujer al pie de la Cruz (Jn 19, 25-30), pero la Virgen no es una frágil madre que asiste impávida a su hijo que muere de muerte dolorosísima: es la Mujer que con su Dolor unido al sacrificio de su Hijo Jesús, salva al mundo; la Virgen al pie de la Cruz es la Madre de los Dolores, cuyo Corazón es traspasado por una espada que son cientos de miles, porque son los pecados de los hombres que con su malicia crucifican al Hijo de su amor. Al pie de la Cruz, la Virgen adora a la Santísima Trinidad, en la obediencia y cumplimiento fidelísimo del plan de salvación divino para los hombres; al pie de la Cruz, la Virgen ofrece su Hijo a Dios Padre, como Víctima por la salvación de los pobres pecadores, y con Él se ofrece Ella misma, porque ofrecer la vida de su Hijo es ofrecer su propia vida, porque su Hijo es su vida misma y sin su Hijo Ella muere de dolor; al pie de la Cruz, la Virgen asiste misericordiosamente a Dios Hijo que agoniza crucificado; al pie de la Cruz, la Virgen ama a Dios y a los hombres con el Amor que inhabita en su Inmaculado Corazón, Dios Espíritu Santo, y así Ella se hace partícipe del Triunfo definitivo, completo y absoluto del Amor Divino, que desde la Cruz vence para siempre a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, y destruye el odio que anida en el corazón humano desde la Caída Primigenia de los Primeros Padres; al pie de la Cruz, la Virgen renueva el doble prodigio de la Encarnación del Hijo de Dios, al convertirse, siendo Virgen y permaneciendo Virgen, en Madre de todos los hombres, por pedido expreso de su Hijo Jesús (cfr. Jn 19, 27), y es desde entonces que todo hombre que nace en este “valle de lágrimas” tiene a la Virgen por Madre amorosísima, que hará lo imposible por salvar su alma. La Virgen es la Madre de Dios, pero también es la Madre Nuestra, la Madre de los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica, que fuimos adoptados por Ella, por pedido divino, al pie de la Cruz.
La Virgen al pie de la Cruz, que con su dolor participa de la Pasión y de la corona de espinas de Jesús, es la misma Virgen que en los cielos es coronada con la luz y la gloria de su Hijo Jesús, corona que quiere compartir con sus hijos adoptivos en el Reino de Dios, y para que se hagan merecedores de la corona de luz, la Virgen les hace participar, aquí en la tierra, de la corona de espinas de Jesús, único modo de ser coronados de gloria en los cielos.
“Virgen María, Tú eres nuestra Esperanza, porque Dios te ha elegido para ser Madre nuestra; danos en esta vida, te lo pedimos, danos la gracia de estar arrodillados, a tu lado, al pie de la Cruz; danos la Corona de espinas de tu Hijo Jesús, danos de beber del Cáliz de sus amarguras, danos sentir sus mismas penas, para que participando de su Pasión y Muerte en Cruz, vivamos luego con Él en la felicidad eterna del Padre. Amén”.

         Silencio para meditar.

         La Virgen es la Medianera de todas las gracias, y si su Hijo se manifiesta públicamente con el signo de la conversión del agua en vino en Caná (cfr. Jn 2, 1ss), es porque la Virgen comienza su tarea pública de ser Medianera de todas las gracias precisamente en las Bodas de Caná. Esto quiere decir que los esposos de Caná recibieron el primer milagro público de Jesús, gracias a que en Caná la Divina Sabiduría había dispuesto que la Virgen se manifestara públicamente, por primera vez, como Mediadora de las gracias de su Hijo Jesús. Fue por la intervención intercesora y suplicante de la Virgen María que Jesús, Dios Hijo, obró el milagro de la conversión del agua en vino para alegrar la fiesta de los esposos, y esto lo hizo a pesar de que no tenía intención de hacerlo, como lo reflejan sus palabras: “¿A ti y a mí, qué, mujer?”, lo cual engrandece la intervención de la Virgen y le hace merecedora del título de Omnipotencia Suplicante, porque quiere decir que el pedido de la Virgen de un milagro a favor de los esposos fue recibido favorablemente no solo por Jesús, sino también por Dios Padre y por Dios Espíritu Santo, es decir, por la Santísima Trinidad en pleno. Esto quiere decir que no hay gracia, don, milagro, signo o prodigio, que Dios Uno y Trino quiera hacer y dar a los hombres, que no pase a través del Inmaculado Corazón de María, porque fue Dios Trino quien dispuso que toda gracia fuera concedida por intercesión de María y que ninguna gracia pase fuera de Ella.
“Virgen María, Tú eres la Medianera de todas las gracias; te suplicamos intercedas por nosotros, por nuestros seres queridos, y por todo el mundo, para que recibamos y hagamos fructificar todas las gracias que necesitamos para nuestra eterna salvación. Amén”.

         Silencio para meditar.

         La Virgen es Madre de Misericordia, y lo es por muchos motivos: ante todo, es Madre de Jesús, que es la Misericordia Divina encarnada, y lo es desde su Encarnación hasta su Muerte agónica en la Cruz, porque desde su Encarnación, lo alimentó, lo cuidó, lo protegió, y no solo durante la gestación, sino durante toda su niñez, adolescencia y juventud, y aun cuando Jesús era adulto, porque fue la Única que estuvo al pie de la Cruz, cuidando de su Hijo, mientras Él agonizaba por nuestra salvación.
La Virgen es Madre de Misericordia porque así como gestó, cuidó, alimentó, protegió, desde su Nacimiento hasta su Muerte, al Hijo de Dios, así lo hace con cada uno de sus hijos adoptivos, desde que nacen, hasta su paso de esta vida a la otra, acompañándolos en el Via Crucis y ayudándolos a llevar la Cruz hasta el Calvario, Puerta abierta al cielo.
La Virgen obró con su Hijo Jesús la Misericordia, y también hace lo mismo con cada uno de sus hijos, practicando las obras de misericordia corporales y espirituales. De esta manera, al ser Madre de Misericordia y al obrar Ella la Misericordia con su Hijo y con nosotros, nos enseña cómo debemos obrar la Misericordia si queremos entrar en el Reino de los cielos. Si en el día de nuestro juicio particular queremos escuchar la dulce voz de Jesús que nos diga: “Venid, benditos de mi Padre, al Reino de los cielos”, entonces debemos obrar la Misericordia para con nuestros hermanos, imitando a la Virgen, Madre de Misericordia.
“Virgen Santísima, infunde en mi pobre corazón el amor misericordioso a mis hermanos, para que obrando con ellos la caridad y la compasión, no pase a la vida eterna por la ira de la Divina Justicia, sino que merezca pasar al Reino de los cielos a través de la Divina Misericordia. Amén”.

         Silencio para meditar.

         Meditación final

La Virgen es Corredentora porque ofreció a su Hijo en la Cruz por la salvación de los hombres, y en el ofrecimiento del Hijo se ofrecía toda Ella, sin reservarse nada para sí ni de sí misma, porque su Hijo era su Todo, su Vida, su Alegría, su Único contento, y al ofrecer a su Hijo y a sí misma por la salvación de los hombres, uniéndose al sacrificio redentor de su Hijo Jesús, se convertía en Corredentora, en Salvadora de los hombres asociada a su Hijo Jesús.
Por ser la Virgen Corredentora y por haberlo acompañado en el Camino Real de la Cruz, vendrá la Virgen acompañando a su Hijo al fin de los tiempos y estará a su lado cuando el Terrible Juez juzgue a toda la Humanidad; pero antes de esta venida, vendrá la Virgen para preparar los corazones de los hombres, para que reciban a su Hijo en su Segunda Venida, así como preparó la Gruta de Belén en su Primera Venida; luego de esto, sí, vendrá ya junto a su Hijo Jesús, cuando este juzgue al mundo, porque la Virgen estará al lado de Jesús para recibir, en las Puertas del cielo, a sus hijos amados, aquellos que fueron lavados con la Sangre del Cordero, aquellos que obraron la misericordia, aquellos que vivieron y murieron en gracia y que por eso merecieron la eterna bienaventuranza.
“Virgen Corredentora, Madre de Dios y Madre nuestra, concédenos la gracia de hacer fructificar los talentos recibidos de tu Hijo Jesús, al ciento por uno, para que merezcamos un día ser conducidos a la eterna Bienaventuranza, la contemplación cara a cara de las Tres Divinas Personas. Amén”. 

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón, y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Los cielos, la tierra, y el mismo Señor Dios”.