miércoles, 7 de junio de 2017

Hora Santa en honor a la Preciosísima Sangre de Jesús


La columna de anarquistas que atacó la Iglesia de la Preciosa Sangre en Chile
el pasado mes de Mayo de 2017.

          Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por el atentado cometido por una turba anarquista contra la Iglesia de la Preciosa Sangre en Chile. La información relativa a tan lamentable acto se encuentran en el siguiente enlace:  https://www.aciprensa.com/noticias/video-turba-anarquista-lanza-bombas-molotov-a-iglesia-de-la-preciosa-sangre-en-chile-90182/  
Por esta razón, centraremos la meditación del Santo Rosario en la Preciosísima Sangre de Nuestro Redentor, ofreciéndola por la conversión propia y la de quienes profanaron la Iglesia.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.  

          Los hombres veneramos, bendecimos, alabamos, glorificamos y adoramos la Preciosísima Sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, vertida desde el inicio por nuestra salvación. Siendo el Niño pequeño y recién nacido, María Santísima llevó al fruto bendito de sus entrañas para que fuera circuncidado, según la costumbre hebrea. Y el Verbo de Dios encarnado, si bien desde el instante mismo de la Encarnación inició su Pasión, sufriendo por los pecados de los hombres, fue en la circuncisión en donde experimentó el dolor físico y en donde vertió las primeras gotas de su adorabilísima Sangre, la Sangre que habría de lavar la mancha de nuestros pecados. En este caso particular, la Sangre del Cordero vertida en la circuncisión, estaba destinada a actuar como prevención para el primer pecado mortal entre niños y jóvenes de todas las razas, de todo tiempo y lugar. Al ofrecer esta Sangre bendita del Niño Dios derramada en la circuncisión y el dolor agudo que soportó, pedimos por la pureza corporal de niños y jóvenes, para que sus cuerpos sean siempre, aquello en que los convirtió el bautismo sacramental, esto es, templo de Dios y morada del Espíritu Santo. Que la Sangre del Niño Dios vertida en la circuncisión los preserve de todo pensamiento, deseo y obra contra la impureza, que en nuestros días se derrama, como inmundo torrente brotado del Averno y a través de los medios de comunicación, sobre niños y jóvenes, buscando corromper sus mentes, corazones y cuerpos. Que la Sangre Preciosísima del Cordero no solo los preserve a niños y jóvenes del primer pecado mortal, sino que los guarde puros e inmaculados, en cuerpo y alma, hasta el feliz día del encuentro con el Señor, cara a cara, en el Reino de los cielos.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         En la Última Cena, el Jueves Santo, y “luego de cantar los salmos” del ’hallél con los cuales se da gracias a Dios por la liberación del pueblo de la esclavitud y se pide su ayuda ante las dificultades y amenazas siempre nuevas del presente[1]. Jesús se dirige con sus discípulos al Huerto de los Olivos (cfr. Mc 14, 26). Jesús sabe que es inminente su destino de muerte y se encamina al Huerto para orar por los suyos –por nosotros, porque en su eterno presente estábamos los hombres de todos los tiempos-, que “quedan en el mundo” (cfr. Jn 17, 9). Allí, en el Huerto, en cuanto Dios Hijo, Jesús ve delante de sus ojos la inmensidad de la malicia de los pecados de los hombres, pecados los cuales Él habría de lavar con su Sangre. En cuanto Hombre, Jesús sufre una “angustia de muerte” tan profunda e intensa, que lo lleva a agonizar y a sudar sangre. Es tanto el dolor que le causan los pecados de los hombres de todos los tiempos, y es tan intensa la angustia y la tristeza que experimenta al tener delante suyo “el misterio de iniquidad”, misterio por el cual el hombre desprecia la filiación divina y el suave yugo de Jesús, la Santa Cruz, para someterse voluntario a la tiranía del Príncipe de las tinieblas, que Jesús suda Sangre y en tal cantidad, que desde la cabeza a los pies queda ya todo entero cubierto por esta Sangre Preciosísima, aun antes de ser herida su piel bendita por los látigos de los verdugos. Si Jesús no fuera el Hombre-Dios; si Jesús en cuanto Hombre, con su naturaleza humana, no estuviera unido hipostáticamente a la Persona Segunda de la Trinidad, Dios Hijo; si Dios Hijo no sostuviera a la Humanidad santísima de Jesús, el Hijo de María Virgen habría muerto ya en el Huerto de los Olivos, ante la vista del horror y espanto que es la malicia que brota del corazón humano inficionado por el pecado original, malicia que se transmuta y materializa en infinidad de pecados, unos más horrendos que otros. En el Huerto de los Olivos, Jesús tiene ante sí todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, incluidos los pecados de desamor, frialdad e indiferencia de aquellos a quienes ama con amor de predilección, los consagrados y los bautizados en la Iglesia Católica, pecados que son los que más dolor, angustia y tristeza mortal le producen. Es tanto el dolor, la angustia, el estrés y la tristeza que le produce la vista del horror del corazón humano sin Dios, manifestado en la crueldad sin límites del hombre contra el hombre, que los capilares del Cuerpo sacratísimo de Jesús se rompen en la superficie de la piel y así la Sangre comienza a brotar desde los poros de sus glándulas sudoríparas, uniendo su Sangre al sudor y bañando la tierra del Huerto, que desde entonces es sagrada. La Sangre derramada en el sudor de Sangre del Huerto de los Olivos, es derramada por el Cordero de Dios como consecuencia del dolor indecible de su Sagrado Corazón ante la vista de la enormidad de nuestros pecados y al comprobar también que muchos, muchísimos hombres, se condenarían en el infierno a pesar de su sacrificio, al despreciar su sacrificio en cruz y al pisotear, con la malicia de sus corazones, su Sangre Preciosísima.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Poncio Pilato ordena que Jesús sea flagelado, aun cuando no encuentra delito en Él. es una muestra de la iniquidad en la que la justicia humana cae cuando, queriendo congraciarse con los poderosos, no duda en condenar a los más débiles, aun si estos son inocentes. Jesús sí es Inocente, porque es el Cordero Inmaculado, el Dios Tres veces Santo que, por ser Dios, no solo no tiene ni la más mínima traza de mal, sino que es la Bondad, el Amor y la Misericordia en sí mismos. Y si parece débil, es porque, por un milagro de su omnipotencia, no permite que la gloria que posee desde la eternidad -por ser Dios Hijo, la ha recibido del Padre desde siempre-, se vislumbre a través de su Humanidad Santísima, tal como sucedió en el Tabor y en la Epifanía, por breves instantes. Si Jesús permitía que su gloria fuera manifiesta, no habría podido sufrir la Pasión, pues el cuerpo glorioso no puede sufrir y esa es la razón por la cual aparece como débil, cuando en realidad es Dios todopoderoso. Y es este Dios todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, del universo visible e invisible; el Dios que es la Inocencia en sí misma y la Pureza Inmaculada en sí misma, el que ocupa nuestro lugar, el que recibe, en los latigazos descargados por los soldados romanos, el castigo que nosotros, “nada más pecado”, merecemos por nuestras iniquidades. Es Jesús, Dios omnipotente, el que se coloca entre nosotros y la Santa Ira de la Justicia Divina, irritada al extremo de lo indecible por los pecados que nacen de nuestro corazón, según la sentencia de Jesús: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 15, 19). El Hombre-Dios se interpone entre nosotros y la Ira de Dios, recibiendo en su Cuerpo Sacratísimo y Purísimo el castigo que merecemos por nuestras maldades, lavando con su Sangre Preciosísima, que brota a borbotones, los pecados cometidos con el cuerpo. De modo particular, la Sangre que brota a causa de la flagelación, es en expiación por los pecados de la carne, los pecados que son los que más almas llevan al Infierno, según la revelación de la Madre de Dios en Fátima.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Rey de los cielos, que en el cielo ostenta la corona de gloria eterna, recibida por el Padre desde toda siglos sin fin, es coronado por los soldados romanos con una corona de gruesas, filosas y duras espinas, que laceran y desgarran el cuero cabelludo de Jesús, haciendo brotar de ríos de Sangre Preciosísima que caen de su Cabeza, así como los torrentes de la cima de la montaña, bañando su Rostro Santísimo, cubriendo sus ojos, su nariz, sus pómulos, su boca, sus labios, sus oídos. Pero no son los soldados romanos solamente quienes coronan a Nuestro Señor: somos todos nosotros, con nuestros pecados, principalmente los pecados que nacen de nuestra mente, inclinada siempre a pensar y juzgar mal acerca del prójimo, inclinada a pensar y a decidir sobre el mal antes que el bien. Pero esta Sangre Preciosísima no solo lava nuestros pecados, sino que nos concede la gracia para pensar, amar y obrar al modo divino: la Sangre que cubre sus ojos, es para que veamos el mundo como lo ve Él desde la Cruz, con sus propios ojos bañados en sangre, y no con nuestra propia concupiscencia; la Sangre que cubre su nariz, es para que, quitado el hedor del pecado, seamos perfumados con “el bueno olor de Cristo”, esto es, la gracia santificante; la Sangre que cae sobre sus pómulos, es para que, quitada la sensualidad corporal, cuidemos los sentidos para conservar el cuerpo, que es “templo del Espíritu Santo”, siempre resplandeciente por la gracia; la Sangre que cae sobre su boca es para que nunca salga de nuestros labios palabra vana, inútil o maligna, sino solo palabras de consuelo y misericordia para con nuestro prójimo, y de alabanza y adoración para con nuestro Dios; la Sangre que cubre sus oídos es para que no solo no prestemos oídos a la voz sibilante de la serpiente, sino para que escuchemos siempre y en todo momento la dulce Palabra que sale de la boca de Dios, los labios de Jesús. Por último, la Sangre que brota de su Cabeza coronada de espinas, espinas que son la  materialización de nuestros pecados de pensamientos y baña su Sagrada Faz, para que nosotros no solo no tengamos malos pensamientos, sino para que tengamos pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la coronación de espinas.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Antes de morir en la Cruz por nuestra salvación, Jesús entrega su espíritu en manos de su Padre celestial: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23, 46). En su dolorosísima agonía de tres horas, colgado del madero, que ha quedado empapado con su Sangre Preciosísima, Jesús ha expiado por todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos. Ha entregado su Vida, ha derramado su Sangre, nos ha donado su Madre Santísima como Madre Nuestra. Luego de morir, parece que al Hombre-Dios ya no le queda nada por donarnos, porque todo lo que tenía nos lo ha dado. Y sin embargo, aun después de muerto, el Cordero Inmaculado tiene todavía más para darnos, y es su Sangre y Agua, que brotan de su Corazón al ser este traspasado por la lanza del soldado romano. Ante nuestra malicia, que le quita la vida en la Cruz –porque son nuestros pecados los que lo crucifican-, el Hombre-Dios responde con Amor y Misericordia sin límites, no solo en vida, sino incluso después de muerto, al derramar, como un océano sin límites, su Divina Misericordia, por medio de la Sangre y el Agua de su Corazón traspasado. La Sangre y el Agua que brotan de su Corazón abierto por la lanza, que porta el Espíritu Santo y derrama un océano infinito de misericordia sobre los hombres, es la respuesta de Amor de un Dios que es Amor infinito, ante la agresión deicida del hombre sin Dios, que lo crucifica y lo asesina en una cruz. Y esta respuesta de Amor se renueva, sin cesar, cada vez, en la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario.

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.

        



[1] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia General, Sala Pablo VI, Miércoles 1 de febrero de 2012; cfr. https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120201.html

domingo, 28 de mayo de 2017

Hora Santa en reparación por el ataque de un musulmán a un sacerdote ministerial, México 150517


El agresor, que apuñaló al sacerdote mientras celebraba la Santa Misa, 
detenido por la Policía.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por el ataque sufrido por un sacerdote ministerial en México, a manos de un extremista musulmán. La información pertinente se puede encontrar en el siguiente enlace: https://www.aciprensa.com/noticias/apunalan-a-sacerdote-en-catedral-primada-de-mexico-76813   
         Además de reparar por este hecho, pedimos por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos, la del atacante y la del mundo entero.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

         El Sagrado Corazón, habiéndose formado desde el seno virginal de María Santísima, desde sus primeros estadios, como todo embrión, comenzó a latir en el útero de María a las cinco semanas, tal como sucede con todo embrión humano. Solo que, en este caso, el embrión no pertenecía a una persona humana, sino a una Persona Divina, la Segunda Persona de la Trinidad. Nuestro Dios, el Dios de toda majestad, merecedor de infinitas alabanzas, honor, gloria y adoración, se encarna en el seno de María Virgen para nuestra salvación, adquiriendo un cuerpo y un alma humanos, para ser visible a nuestros ojos y para poder luego ofrecerse, Él, la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo, inhabitando en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, como Víctima Purísima y Perfectísima, agradabilísima a Dios, inmolada en la cruz para salvar a los hombres. Pero aun antes de empezar a latir; aun antes de comenzar a bombear sangre a su diminuto cuerpecillo, alojado en el seno virgen de María, el Corazón del Niño Dios ya sufría, desde el momento mismo de la Encarnación, a causa de todos los corazones de los niños por nacer que jamás habrían de ver la luz del día, porque se les arrebataría la vida a causa del aborto. Con su Encarnación, y con el latir de su pequeño Sagrado Corazón en el vientre de la Virgen, el Verbo de Dios reparaba así el inmenso dolor del Padre provocado por la malicia del hombre, que por un misterio de iniquidad inconcebible, se atrevía a quitar la vida de su creatura más amada, el hombre, ya desde el seno de la madre.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Al término de nueve meses en el seno virginal de María, el Sagrado Corazón del Niño Dios late, pero ya no en el vientre purísimo de su Madre amantísima, sino en el Portal de Belén, luego de nacer milagrosamente, como un rayo de sol atraviesa un cristal, dejando intacta la pureza de su Madre, antes, durante y después del parto. El Portal de Belén en el que nace el Niño Dios, es oscuro y frío y sirve de refugio para animales, y nace ahí porque en las ricas posadas no hay lugar para la Virgen, que trae consigo al Niño Dios. El Portal de Belén, oscuro y frío, es símbolo del corazón del hombre sin la gracia de Dios; los animales, a su vez, representan a las pasiones del hombre, sin el control de la razón. El Portal también es silencioso, porque simboliza al hombre que, sin la gracia, no alaba a Dios ni lo adora. Pero cuando el Niño Dios nace, con su Nacimiento desaparece la oscuridad porque el Portal de Belén se ilumina con la luz de su gloria, y desaparece también el frío, porque Dios Niño enciende al Portal con el calor y el fuego del Amor de su Corazón, y se rompe el silencio, porque los ángeles de Dios cantan aleluyas, glorias y alabanzas al Dios de los cielos, nacido como un Niño, pero además porque los latidos del Corazón del Niño Dios resuenan en las paredes del Portal, ahora iluminado con la luz divina. Con el Niño ya nacido, el Portal representa al corazón del hombre en el que, por la gracia, ha nacido Dios Niño, enviado por el Padre para comunicarle su Amor. El Sagrado Corazón del Niño Dios, si bien se alegra por los ángeles que le cantan y también por los pastores que lo adoran, al mismo tiempo se entristece, debido a todos aquellos niños que, o bien no habrían de nacer nunca, o bien, al nacer, comenzarían una existencia de dolor, debido a que habrían de sufrir abandono, hambre, sed, frío y ausencia de amor por parte de los hombres.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         A la edad de doce años, el Sagrado Corazón, sabiduría de Dios encarnada que ilumina a los hombres, sube con su Madre, la Virgen María y su Padre adoptivo, San José, a Jerusalén, para la fiesta de la pascua (cfr. Lc 2,  41). Allí, en esta peregrinación al templo, el Hijo de Dios encarnado, consciente de su misión divina y mesiánica, se manifiesta por primera vez como Hijo de Dios (cfr. Lc 2, 49) y lo hace bajo el aspecto de la Sabiduría, pues ilumina con la Verdad divina las mentes de los doctores de la Ley. Acompañado por José y María, el Niño Dios sube a Jerusalén, al templo, situado en el “monte santo” del Señor (cfr. Sal 2,6); en el templo Jesús revela su Sabiduría divina dialogando con los doctores de la ley, y luego se dirige manifestando el misterio sobrenatural absoluto de su condición de Dios Hijo, dando a conocer su propia filiación divina (cfr. Lc 2, 48-50); por último, Jesús desciende con sus padres a Nazaret. Al igual que el Niño Dios, también nosotros, guiados por la Virgen y San José, debemos subir al encuentro de nuestra Pascua, Cristo Jesús, para postrarnos ante su Presencia sacramental, desde donde el Hijo de Dios nos revelará su condición divina y desde la Eucaristía nos iluminará con su luz, la luz de Dios, la luz de la Sabiduría celestial, que nos hará contemplar y degustar los misterios de la Encarnación del Verbo, la prolongación de su Encarnación en la Eucaristía, y el don de la filiación divina recibida en el bautismo, para que nosotros, al descender del Nuevo Monte Santo, el Sagrario, comuniquemos a nuestros hermanos la caridad y el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, que subiste al Templo para manifestar tu divinidad, te suplicamos por los niños y jóvenes que no encuentran sentido a sus vidas y pierden de vista a Dios y la vida eterna, para que Tú, por tu Misericordia, los ilumines con la luz de tu gracia y, llevados de la mano de María Santísima, te descubran en tu Presencia sacramental, vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía y así te glorifiquen, en el tiempo y en la eternidad!

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario. 

Meditación.

Lo que llevó al Hijo de Dios a encarnarse fue el Amor Misericordioso de Dios por los hombres que, enceguecidos por el pecado, sin el auxilio divino, habrían de encaminarse a la eterna perdición. Fue por Amor que Jesús se encarnó; fuer por Amor que Jesús obró milagros y predicó la Buena Noticia de la salvación; fue por Amor que oró en el Huerto de los Olivos, sufriendo hasta la agonía y con tristeza de muerte, la visión de los pecados de toda la humanidad, para cargarlos sobre sus espaldas y lavarlos con su Sangre en la Pasión; fue por Amor que, cargado con nuestros pecados, subió a la cruz, para entregarse como Víctima propiciatoria, Inmaculada y Santa, para quitarnos los pecados con su Sangre Purísima y Preciosísima y para concedernos la filiación divina, la vida eterna y el Reino de los cielos. A los treinta y tres años, en la plenitud de su vida, el Sagrado Corazón ofrenda su Vida, su Sangre y su Amor en el Santo Sacrificio del Calvario, por nuestra salvación, ofreciendo sus indecibles sufrimientos por los hombres de todos los tiempos para que, quitadas las tinieblas del pecado y recibiendo la gracia de la divina filiación, se hicieran capaces de heredar el Reino de los cielos.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         En el Huerto de los Olivos, el Sagrado Corazón, cargado con el peso, el dolor y la pena de nuestros pecados, les pidió a sus discípulos que rezaran con Él, pero los discípulos, llevados por el desamor, la indiferencia y la acedia, en vez de acompañar al Señor, se durmieron. Mientras tanto, sus enemigos, amparados en las tinieblas, se movían frenéticamente, llevados por el odio al Hombre-Dios, para tomarlo prisionero y así conducirlo hacia su destino de muerte en cruz. La misma situación se repite hoy, en el seno de la Iglesia Católica, en la que el humo de Satanás ha cubierto con sus tinieblas las mentes y los corazones de la gran mayoría de los hijos de Dios, y los ha adormecido y ha enfriado sus corazones en el amor de Jesús Sacramentado. Y al igual que los discípulos, que en vez de acompañar a Jesús en la soledad del Huerto, duermen llevados por el desamor, también así hoy, en nuestros días, innumerables cristianos, llevados por la incredulidad hacia la Presencia Eucarística de Jesús y por la falta de amor en sus corazones hacia Jesús Sacramentado, duermen también el sueño inducido por el Príncipe de las tinieblas, y lo dejan solo en el sagrario. Y así como los enemigos de Jesús, mientras sus discípulos dormían, se mostraban despiertos y activos para acabar con la vida del Hombre-Dios, también hoy los enemigos de la Iglesia, mientras los cristianos duermen en el sopor de las tinieblas, se muestran activos, vigiles, despiertos, multiplicando sus esfuerzos por doquier, para borrar de la faz de la tierra y de la mente y los corazones de los hombres, el Nombre Tres veces Santo de Dios y la Presencia Sacramental de Jesús. Al igual que en el Huerto de los Olivos, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús se encuentra solo y abandonado en la inmensa mayoría de los sagrarios, rodeado de unas tinieblas que no son las tinieblas de la noche cósmica, sino las tinieblas del pecado, del error, de la ignorancia, y así los enemigos de la Iglesia, amparados por estas tinieblas, obran frenéticamente buscando su destrucción, mientras los cristianos duermen. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, por los dolores de tu Madre, te pedimos que sacudas nuestras almas y nos despiertes del letargo en el que nos encontramos sumidos, para que iluminados por la luz de tu gracia, seamos capaces de permanecer postrados ante tu Presencia Eucarística, reparando por nuestros pecados y los del mundo entero!

         Meditación final.

Durante la Pasión, Jesús, el Rey de los cielos, fue coronado en la tierra, por los hombres, con una gran corona de gruesas, filosas y duras espinas, que laceraron su cuero cabelludo, provocándole dolores inenarrables y haciendo brotar torrentes de su Sangre Preciosísima. Pero no solo fue coronada su Cabeza: al manifestarse a Santa Margarita María de Alacquoque, Jesús le mostró su Sagrado Corazón, rodeado y estrechado por esa misma corona de espinas, que a cada latido, le provocaba lancinantes dolores. Esas espinas que lastiman al Sagrado Corazón son nuestros pecados, sobre todo los pecados del corazón, las venganzas, los rencores, las faltas de perdón, el desamor al prójimo y a Dios, los pecados de impureza, e innumerables pecados más, pues “es del corazón del hombre, de donde salen toda clase de cosas malas”. Las espinas de esa corona que estrecha al Sagrado Corazón son la materialización de nuestros propios pecados, y es por eso que debemos adorar y hacer reparación continua, por nuestros pecados, y los de todos los hombres. A nosotros no se nos ha de aparecer Jesús, como a Santa Margarita, pero el Sagrado Corazón, que late en la Eucaristía, continúa latiendo de Amor por todos y cada uno, pero también continúa sufriendo por todos y cada uno de los hombres, por el abandono que sufre en el sagrario y porque los hombres, haciendo caso omiso de sus llamados de Amor, se dirigen en dirección opuesta al sagrario, eligiendo libremente el camino de la perdición. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, que lates de Amor en la Eucaristía, concédenos participar de tus amarguras y de tu dolor, para que uniéndonos a Ti y a María Santísima, nuestra vida toda se convierta en un sacrificio de oblación por la salvación de nuestros hermanos, los hombres!

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.

        

         

martes, 9 de mayo de 2017

Hora Santa en reparación por profanación satánica del Monasterio de la Santa Faz en Alicante, España 090517


Monasterio de la Santa Faz en Alicante.

         Si bien no se trata de una profanación propiamente eucarística, igualmente ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario en reparación por el atentado satánico, llevando siempre en la mente y en el corazón las palabras de Jesús: “Las puertas del Infierno no prevalecerán contra mi Iglesia” (cfr. Mt 16, 18). La información acerca del lamentable hecho se encuentra en el siguiente enlace:   https://infovaticana.com/2017/05/09/profanan-monasterio-la-santa-faz-murcia/ Según informa el portal católico “Infovaticana”, “el sacerdote encargado de la apertura del Monasterio encontró en la mañana del domingo, tres pintas del número seis y una cruz invertida en el cristal blindado que protege la reliquia de la Santa Faz, así como mayo varias cruces del Via Crucis también invertidas (…) En un comunicado, el Obispado de Alicante ha asegurado que está estudiando “ampliar o mejorar” las medidas de seguridad en el monasterio tras estos actos vandálicos. El Obispado también ha asegurado que “se suplica a Dios, nuestro Señor, por quien o quienes han causado este daño” y han pedido a los fieles de Alicante que “las lamentables circunstancias no sean en detrimento del amor y devoción que sentimos hacia esta reliquia secular de la Santa Faz”. Uniéndonos al pedido del Sr. Obispo de Alicante, ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado, eb reparación y desagravio por el atentado sufrido por la sagrada reliquia, pidiendo al mismo tiempo por la conversión de quienes perpetraron, intelectual y materialmente, este horrible sacrilegio. Pedimos también por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos y la de todo el mundo.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

         Luego de la Última Cena, Jesús se dirigió con sus discípulos al Huerto de los Olivos, para orar al Padre al haber comenzado ya su Pascua, su “Paso”, de esta vida a la vida eterna; en esta Pascua, en este “Paso”, habría de cargar consigo, sobre sus espaldas, todos nuestros pecados, uno por uno, los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, para lavarlos con la Sangre derramada en la Pasión y en la Cruz, recibiendo Él el castigo merecido por nuestra malicia a fin de que nuestras almas pudieran presentarse impecables y libres de toda mancha ante Dios Padre. Ya en el Huerto, su Sagrado Rostro se vio surcado por el rictus de la amargura, de la desolación, de la tristeza y a tal punto, que hubo de exclamar: “Mi Alma está triste hasta la muerte”. Y esta amargura, esta desolación, esta tristeza que ensombrecieron su Rostro hermosísimo, se debían a la acedia, la indiferencia, la indolencia de sus discípulos –en quien estábamos todos representados-, los cuales, lejos de secundar el pedido de Jesús de que oraran junto a Él, para compartir con Él las amargas horas de la Pasión, los discípulos, llevados por la frialdad y la indolencia, se ponen a dormir, en vez de rezar con Él. En nuestros días, la indolencia de los cristianos se repite y se agiganta, toda vez que Nuestro Señor es dejado solo en el sagrario, porque los cristianos, dominados por el desamor y la acedia, prefieren los vanos atractivos del mundo, en vez de orar a los pies del sagrario, postrados ante Jesús Sacramentado. Y, al igual que entonces, de la misma manera a como los enemigos de Cristo se mostraban frenéticos en su intento de arrestarlo para condenarlo a muerte y, amparados en las tinieblas cósmicas y guiados por las tinieblas vivientes, los demonios, apuraban el paso para arrestar al Señor mientras sus discípulos dormían, también hoy, los enemigos de la Iglesia, las sociedades secretas y los enemigos internos y externos de la Esposa del Cordero, se muestran igualmente frenéticos en su intento desesperado de borrar, si fuera posible, de la faz de la tierra y del corazón del hombre, hasta el más mínimo recuerdo de Dios y del Dulce Nombre de Jesús. ¡Oh Jesús, cuyo Rostro Santo se vio surcado por el rictus de la amargura, al comprobar la soledad en la que te abandonaban tus discípulos, no permitas que nos dejemos ganar por el desamor, la indolencia y la frialdad; enciende nuestros fríos corazones en el calor del Amor de tu Sagrado Corazón, y haz que participemos del dolor y de la amargura del Huerto de Getsemaní!

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Si la amargura y la desolación, originadas en su Alma Santísima, marcaron su Sagrado Rostro con un rictus de tristeza mortal, siendo este sufrimiento de origen espiritual, su Rostro Santísimo sufrió también físicamente, puesto que desde su arresto, Jesús recibió innumerables golpes de puño en pleno Rostro, además de bofetadas y un corte en su mejilla, producto del brutal cachetazo dado, con irreverencia diabólica y sin justificativo alguno, por el servidor del sumo sacerdote Caifás. Contribuyen a la deformación del Rostro Divino de Jesús –el mismo Rostro ante el cual los ángeles del cielo no se atreven a mirar a los ojos, cubriéndose con sus alas-, el sudor intenso, que se mezcla con la Sangre Preciosísima que brota de sus mejillas heridas y de su boca golpeada, todo lo cual forma una máscara que afea la Santa Faz del Cordero, Santa Faz que en el cielo es el deleite del Padre y de los ángeles, pero que en la tierra y por la malicia de nuestros corazones, es casi irreconocible a causa de la hinchazón y el mazacote que se forma por las lágrimas, el sudor y la Sangre del Cordero. Pero además de los hematomas, las heridas cortantes, en el Rostro de Jesús eran visibles también las huellas del cansancio extremo, del hambre, la sed, la deshidratación, la falta de la más mínima compasión y consideración humana, la ausencia total de la más pequeña muestra de humanidad, para Aquel Dios que, sin dejar de ser Dios, había asumido nuestra humanidad para quitarle el pecado, santificarla con su gracia y conducirnos a la gloria del cielo.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Santa Faz es uno de los dos sudarios con los que la Verónica limpió el rostro de Cristo durante la Pasión. El Rostro Santo de Jesús, que en los cielos embelesa a ángeles y santos con los fulgores de su divinidad y con la Belleza Increada del Ser divino trinitario que en Él se refleja, en la tierra es sin embargo golpeado, abofeteado, salivado, cubierto de tierra, de polvo, de lágrimas, de sangre, a causa de la malicia que, anidando en el corazón de los hombres desde el pecado de los primeros padres, se desencadena con toda su perversión, azuzados los hombres necios y ciegos que no reconocen en el Rostro de Jesús el Rostro mismo de Dios, por el Demonio, que así ve cumplidos sus irracionales sueños de humillar y dar muerte al Hombre-Dios. Si en el cielo el Rostro de Jesús resplandece con la belleza de la gloria divina, que embriaga de alegría a los espíritus puros y a los bienaventurados, en la tierra, sin embargo, este mismo Rostro, tumefacto, cubierto de heridas, escupitajos, hematomas, sangre y tierra, resulta casi irreconocible, y a tal punto, que quienes lo ven, menean la cabeza y dan vuelta la cara, como quien niega el rostro a un despojo humano sanguinolento. Tan desfigurado está, que no parece hombre, dice el Profeta Isaías, sino un gusano, y a pesar de que somos nosotros quienes, con nuestros pecados, le provocamos estas heridas, Él las lleva y las soporta en lugar nuestro para que, presentando al Padre su rostro irreconocible, el Padre se apiade de nosotros y, en vez de descargar su justa ira divina, encendida por nuestros pecados, nos ilumine con la luz del Rostro de Jesús.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario. 

Meditación.

         En el Camino Real de la Pasión, Jesús, agotado por el peso de la Cruz, debilitado en su Cuerpo Sacratísimo al extremo por la falta de alimento y deshidratado por la abundante pérdida de Sangre por sus heridas abiertas, y por el sudor intenso producto del esfuerzo de llevar la pesada cruz, cuyo peso, más que por el leño, está dado por nuestros inmensos pecados, cae en tierra, provocando la compasión en el corazón de la Verónica, quien se acerca con un lienzo en donde el Señor recompensará esta obra de misericordia, estampando en el blanco paño su Amabilísimo Rostro, que habría de quedar para siempre como nuestro consuelo y solaz, porque al contemplar el Rostro Santísimo del Señor, contraído por el dolor y la tristeza, nuestros dolores y tristezas habrían de aliviarse, al comprobar que Él ya las llevaba consigo, estampadas en su Rostro Sacratísimo.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Nosotros no tenemos un lienzo blanco como el de la Verónica, pero a cambio, le ofrecemos a Jesús nuestros pobres corazones, para que Él se digne estampar en ellos su Santa Faz, de manera que descanse al menos en pequeñísima parte de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias que recibe en el Santísimo Sacramento del Altar. ¡Oh Buen Jesús, que nuestros corazones sean como otros tantos lienzos blancos, como el de la Verónica, para que imprimas en ellos tu Amabilísimo, Adorabilísimo y Santísimo Rostro, para que eternamente nos gocemos en la contemplación de tu Santa Faz!

 Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.


domingo, 7 de mayo de 2017

Hora Santa y rezo del Santo Rosario meditado en reparación por atentado contra Nuestra Señora de los Desamparados en Málaga España 030517


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la ofensa recibida contra Nuestra Señora de los Desamparados en Málaga, España, el 03 de Mayo de 2017. La información sobre el lamentable episodio se encuentra en los siguientes enlaces:
         Pedimos también por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la de quienes cometieron el ultraje a María Santísima, y la de todo el mundo.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

El Inmaculado Corazón de María es la maternal escuela en la que los hijos de Dios aprenden las lecciones que imparte la Divina Sabiduría. Allí, la Virgen, Madre y Maestra, forma a las almas con las lecciones del Divino Amor, que hacen crecer en la fe y en la santidad; lecciones que despejan de las almas los oscuros nubarrones de la ignorancia espiritual, relativa a las verdades de fe, principalmente las relativas a Dios como Uno y Trino y al Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. El Inmaculado Corazón de María es el Arca de la Sabiduría, porque en él se contiene el Amor a Jesús, Sabiduría encarnada, y quien entra en este materno Corazón de María recibe las lecciones celestiales que conducen el alma al encuentro con la Verdad Absoluta, Cristo Jesús, el Dios Encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. En el Inmaculado Corazón de María, el alma aprende a secundar las mociones del Espíritu Santo, de manera tal que aprende a “atesorar tesoros en el cielo”, esto es, empieza a desear los bienes eternos y a despreciar los bienes terrenos, en tanto y en cuanto la separan de la Fuente de su felicidad, el Cordero de Dios, Cristo Jesús en la Eucaristía.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Desde su Inmaculado Corazón, la Virgen imparte la divina sabiduría, instruyendo a las almas en los más grandes y admirables secretos obrados por Dios en favor del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica y les hace así gustar el infinito y eterno Amor que Dios Uno y Trino posee por todos y cada uno de sus hijos, a quienes ama con tanta locura, que no dudó en enviar a su Hijo Unigénito para que, muriendo en la cruz y derramando su Sangre por todos y cada uno de los hombres, todos vinieran en conocimiento de la Verdad y fueran salvados. La Virgen, Madre y Maestra, enseña con la luz del Espíritu Santo a sus hijos adoptivos, luz que les permite discernir entre las tinieblas, que rechazan a la Luz Eterna, Jesucristo, y la gracia santificante, que hace al alma conocer a Jesús y amar a Jesús con el conocimiento y amor mismo de Dios.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         En el Corazón Inmaculado de María, el alma aprende a vivir en plenitud las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, porque la Virgen le concede al alma piadosa la gracia de participar de sus propias virtudes, al tiempo que la fuerza para imitarla. El alma crece en la virtud de la fe, necesaria para fortalecer y preparar al alma para la prueba, que inevitablemente sobreviene a quienes se deciden a servir al Señor (cfr. Eclo 2, 1-2). Fortalecida por la Virgen, el alma imita a María y vive de la fe en Cristo Jesús, Dios Hijo encarnado en el seno purísimo de la Virgen y que prolonga su Encarnación en el seno virginal de la Iglesia, el Altar Eucarístico. Fortalecida por la fe, el alma se dispone a librar el combate espiritual contra sí misma, a fin de cargar la cruz de cada día en pos de Jesús, para crucificar al hombre viejo y nacer a la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, los hijos de la luz. Por la fe, el alma profundiza la vivencia de los misterios absolutos del Hombre-Dios Jesucristo, esto es, su proveniencia en la eternidad del seno del Padre, su Encarnación en el tiempo en el seno virgen de María y su prodigioso Nacimiento en Belén como Pan de Vida, para continuar luego donándose como Pan de Vida eterna en la Eucaristía. El Inmaculado Corazón de María concede al alma la gracia de participar de su “Sí” a la voluntad del Padre, manifestada en la Encarnación, y así el alma, imitando a María Virgen en la Anunciación, recibe sin dudar a la Palabra de Dios en la mente, sin la impureza de la duda, el error, la herejía o el cisma, concibiéndola en su mente como Verbo de Dios que se encarna para la salvación de los hombres; imitando a la Virgen, el alma recibe en el corazón a esta misma Palabra de Dios, con el amor purificado de la atracción de las cosas terrenas y dirigido sólo al Hijo de Dios que, por Amor, se encarna para nuestra salvación; por la fe, el alma recibe a la Palabra de Dios encarnada, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, en la boca, por la comunión eucarística, para convertirse en templo del Espíritu Santo y en tabernáculo viviente del Dios Altísimo, que se dona al alma como Pan de Vida eterna.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario. 

Meditación.

         El Inmaculado Corazón de María hace crecer al alma en la virtud de la esperanza, ayudando al alma a desprenderse del afecto desordenado por esta vida terrena junto con todos los bienes perecederos, para fijar el deseo en la vida eterna y en el Reino de los cielos. Por la esperanza, el alma va dejando de lado los amores profanos y mundanos, para comenzar a suspirar solo y exclusivamente por el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, que late en la Eucaristía. La Virgen auxilia al alma para que la virtud de la esperanza no solo no decaiga frente a la adversidad, sino para que crezca día a día, viviendo cada vez esta vida terrena sólo como un preludio para el Reino de los cielos, preludio en el que se debe combatir con todas las fuerzas, para vencer la concupiscencia, la tentación, el mal y elevar los ojos a Jesús crucificado, Puerta abierta que conduce al seno del Eterno Padre. Junto con la oración y con la gracia, la virtud de la esperanza se vuelve la savia vital que recorre el organismo espiritual del alma, haciendo que permanezca firmemente adherida, como el sarmiento a la vid, a la Vid Verdadera, Cristo Jesús. Por la virtud de la esperanza, que la Virgen ayuda a vivir en su plenitud, el alma deja de esperar en la inmanencia de este mundo terrestre, “cuya figura se acaba pronto”, para elevar los ojos del espíritu hacia la trascendencia, que va más allá del tiempo y del espacio, proyectando al alma hacia el Sagrado Corazón de Jesús, Portal de eternidad que introduce al alma en aquello que es infinitamente más hermoso que los cielos, el seno del Padre eterno. Por la virtud de la esperanza, cultivada por la Virgen en el alma que a su Corazón Inmaculado se consagra, el alma vive, aun en medio de las tribulaciones y persecuciones de esta vida, en la serenidad, la paz, la fortaleza y la alegría del Dios del sagrario, Cristo Jesús, y así se vuelve capaz de fortalecer a sus hermanos, con la fortaleza misma de Cristo, con la que ella es fortalecida.

          Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En el Inmaculado Corazón inhabita el Amor de Dios, el Espíritu Santo, con sus llamas de amor que desea comunicarlas a todos los hombres. Es el fuego que Jesús ha venido a traer en la tierra y ya quisiera verlo ardiendo, y el primer lugar en el que arde, es el Corazón de María. La Virgen, a quien se consagra a su Inmaculado Corazón, le hace partícipe de este amor, el verdadero y único amor con el que se puede y debe cumplir el Primer Mandamiento, el Mandamiento más importante de todos, el Mandamiento de la caridad, por el cual se ama a Dios, al prójimo y a uno mismo, con el mismo Amor con el cual Dios se ama a sí mismo y a los hombres. Para poder vivir este mandamiento de la caridad, que nos hace amar a Dios por sobre todas las cosas y a las creaturas por Dios y sólo para Dios, la Virgen nos ayuda a desprendernos del amor superficial y pasajero a las cosas de este mundo; ayuda al alma a desprenderse de todos los bienes materiales, que son un obstáculo para la vida eterna, a fin de que el alma se encuentre libre de toda atadura terrena, al momento de pasar de esta vida a la otra; la Virgen nos ayuda a despojarnos de los bienes materiales, donándolos a los prójimos más necesitados para que, en el encuentro definitivo con Jesucristo, Sumo Juez, en el Juicio Particular, Jesús nos encuentre con nuestras manos llenas de buenas obras, vacías de bienes materiales y con el corazón lleno del Amor a Dios y al prójimo.

 Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.