sábado, 19 de agosto de 2017

Hora Santa en reparación por exposición ofensiva en Quito 030817


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por una exposición blasfema llevada a cabo en Quito, Ecuador, el 1 de agosto de 2017. La información pertinente a tan lamentable hecho se encuentra en las siguientes direcciones electrónicas:
La exposición, de contenido sumamente ofensivo y denigrante hacia la fe católica, y altamente blasfemo hacia Nuestro Señor y María Santísima, estuvo a cargo de “colectivos feministas en colaboración con el lobby LGTBI”. El mural se encuentra al costado del palacio presidencial y muy cerca de las siete principales iglesias de Quito, es decir, en un lugar muy concurrido. Tanto el Movimiento Vida y Familia de Ecuador como la Conferencia Episcopal han mostrado su preocupación, rechazo e indignación por este grave ataque no solo a los sentimientos religiosos de cristianos, católicos y ofensa a los heterosexuales, sino a Nuestro Señor Jesucristo y a su Madre, nuestra Madre del cielo, María Santísima. Pedimos también por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la nuestra propia y la de todo el mundo, especialmente por quienes cometieron este horrible acto sacrílego.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario meditado. Primer Misterio (a elección).

Meditación.

         Según San Pedro Julián Eymard, por medio del “sacrificio de la Santa Misa y la comunión del Cuerpo del Señor”, el alma recibe la “fuente viva” que le comunica la vida eterna, la vida misma de Dios Uno y Trino, y en esto consiste el culmen y la perfección de la religión. Para el cristiano, la relación con la Santa Misa y la Eucaristía se convierte en un círculo virtuoso: para recibir dignamente el Cuerpo y la Sangre del Señor, además de preparar el alma por la Confesión sacramental, es necesario obrar de tal modo que la piedad, el amor y las virtudes, conduzcan al alma a la unión perfecta con el Señor en la Eucaristía; y a su vez, una vez recibida la Eucaristía, que contiene la Vida Increada y el Amor Increado del Cordero de Dios, tanto esta Vida divina como el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, recibidos en cada comunión eucarística, deben manifestarse a su vez en la caridad, en el amor sobrenatural brindado al prójimo, de manera tal de devolver, al menos en parte, tanto Amor, tanta Vida divina, tanta Paz de Dios recibida en la Eucaristía. Y así, obrando la misericordia para con el prójimo, iluminada por el Espíritu Santo y fortalecida por la gracia santificante, el alma se vuelve cada vez más digna de recibir los sagrados misterios.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Dice así San Pedro Julián Eymard, acerca de la comunión eucarística diaria: “El que quiere perseverar que reciba a nuestro Señor. Es un pan que alimentará sus pobres fuerzas, que lo sostendrá. Y es la Iglesia que lo quiere así. Ella aprueba la comunión diaria, como lo atestigua el Concilio de Trento. Hay gente que dice que tenemos que ser muy prudentes... Yo les digo que este alimento tomado con intervalos tan prolongados no es más que un alimento extraordinario, pero ¿dónde está el alimento ordinario que debe sostenerme a diario?”. Con razón, San Pedro Julián Eymard aboga por la comunión diaria, pues la Eucaristía es un alimento super-substancial, que nos alimenta con la substancia misma de Dios Uno y Trino, con lo cual adquirimos la fortaleza más que necesaria para afrontar las tribulaciones que, de modo inevitable, acontecen todos los días. Sin embargo, de nada vale comulgar a diario, si al comulgar, no permitimos que Nuestro Señor deje en nuestras almas todos los dones y regalos de infinitas gracias que tiene para darnos en cada comunión. Si verdaderamente abriéramos las puertas del corazón de par en par, cada vez que recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico, nuestros corazones arderían en el Amor de Dios, con una intensidad tal, que de no mediar el auxilio divino, moriríamos de Amor, tal como le sucedió a la beata Imelda Lambertini, que murió en éxtasis de amor luego de recibir por primera vez a Jesús Sacramentado. De nada vale comulgar a diario, si con nuestra frialdad impedimos que las llamas que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús incendien nuestros corazones, y si al comulgar, no hacemos un profundo acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía. De la misma manera, de nada vale adorar a Jesucristo, si la adoración eucarística no nos conduce al deseo de comulgar y, por lo tanto, de evitar todo pecado mortal o venial deliberado, con tal de no perder la gracia santificante, que nos permite recibir al Señor Jesús, el Dios de la Eucaristía, por la comunión sacramental.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Para San Pedro Julián Eymard, la comunión eucarística debe ser el eje y el centro de la vida cristiana, y el fin hacia el cual se orienta toda la vida del cristiano, independientemente de su estado de vida y si hay algo que se hace fuera de este fin, ese algo carece de todo sentido: “La santa comunión debe ser el fin de toda vida cristiana: todo ejercicio que no se relaciona con la comunión está fuera de su mejor finalidad”. Si alguien comulga con frecuencia, dice este santo, verá cómo su vida cambiará siempre, cada vez más, para mejor: “Nuestro Señor viene sacramentalmente a nosotros para vivir ahí espiritualmente”. Esto significa que en la comunión eucarística se cumplen las palabras de Jesús en el Apocalipsis[1]: “Estoy a la puerta y llamo, si alguien me escucha y me abre, entraré en él y cenaré con él, y él conmigo”. Nuestro corazón, en la comunión, se convierte en una misteriosa morada en donde Jesús, a pesar de nuestra indignidad, quiere quedarse permanentemente, es decir, “vivir ahí espiritualmente”. No podemos comulgar y no pensar en otra cosa que no sea Nuestro Señor Jesucristo: sería el equivalente a abrir la puerta de nuestro hogar para recibir a nuestro mejor amigo, pero en vez de hacerlo pasar y conversar con él, lo dejamos en la puerta, para dedicarnos a hacer nuestras tareas. Comulgar –precedido de un acto de adoración y amor, y con el alma en gracia-, es para San Juan Eudes una ocasión en la que el alma conoce a Dios, pero no por conceptos teóricos, sino por experiencia propia de su Amor. Quien no comulga –o quien comulga sin amar ni adorar la Presencia Eucarística del Señor o con el alma en pecado-, es alguien que conoce a Dios sólo por palabras, pero no personalmente: “El que no comulga no tiene más que una ciencia especulativa; no conoce nada sino palabras, teorías, de las cuales desconoce el sentido... El alma que comulga no tenía primeramente sino una idea de Dios, pero ahora, lo ve, lo reconoce a la sagrada mesa”. Comulgar es ser hechos partícipes del Divino Banquete, alimentándonos con la Carne del Cordero de Dios, con el Pan de Vida eterna y con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, tal como lo hicieron los Apóstoles en la Última Cena –que fue la Primera Misa- y es también la oportunidad para recostarnos espiritualmente sobre el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, como el Evangelista Juan, para escuchar los latidos del Corazón del Cordero.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Para San Pedro Julián Eymard, el cristiano debe ser, ante todo, adorador eucarístico, puesto que es de la Eucaristía de donde toma toda la fuerza para su vida propiamente cristiana, esto es, apostólica y evangelizadora: “A fin de que el alma devota se fortalezca y crezca en la vida de Jesucristo, tiene necesidad de nutrirse en primer lugar de su verdad divina y de la bondad de su amor de tal modo que pueda pasar de la luz al amor, y del amor a las virtudes”. En otras palabras, el cristiano, para ser tal en verdad y no solo nominalmente, esto es, para imitar a Jesucristo y ser su imagen viviente en el mundo, debe nutrirse de su verdad y de su amor, y esto sucede en la contemplación y adoración eucarística, en donde Jesús, desde la Eucaristía, comunica al adorador aquello que Él Es y tiene, esto es, Sabiduría y Amor divinos, tal como los planetas que, cuanto más cerca están del sol, tanto más reciben del sol su luz, su calor y la vida que de ellos se deriva. Una vez que el cristiano recibe de Cristo Eucaristía, por la adoración eucarística, su Sabiduría, y su Amor y su Luz vivificante, solo así, puede el cristiano ser, a su vez, “luz del mundo y sal de la tierra”, porque ya no es él quien vive en sí, sino Cristo Jesús quien vive en el cristiano y obra y esparce su luz divina a través de las obras de misericordia obradas por sus discípulos. Sin adoración eucarística y sin comunión sacramental, la vida del cristiano perece irremediablemente, al punto de no poder llamarse “vida cristiana”, porque es una vida vivida en las propias tinieblas, sin la luz divina que emana de Jesús Eucaristía.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

No hay vida cristiana propiamente dicha y no hay vida de santidad, hasta tanto el cristiano no coloque a Jesucristo como su centro, su meta, su fin y la aspiración final de su vida entera. Dice así San Pedro Julián Eymard: “Esta dilección eucarística de Jesús sea, pues, la ley suprema de la virtud, el tema del celo y como la nota característica de la santidad de los nuestros”. La predilección por la Eucaristía, esto es, por el Pan de Vida eterna, que alimente sus almas con la substancia misma de la divinidad, debe ser para los cristianos aquello que los caracterice en medio de un mundo sumergido en las tinieblas del paganismo, del error, de la herejía, del ocultismo. Los cristianos deben reunirse alrededor de la Eucaristía y deben fijar sus miradas y tender hacia ella, así como las águilas, en sus vuelos intrépidos hacia el cielo miran al sol de frente y parecen dirigirse a él, sin importarles otra cosa que no sea el mismo sol. Cuanto más se acerque el cristiano a la Eucaristía, por la adoración y la contemplación eucarística, y cuanto más abra su corazón sin oponer resistencia al Fuego del Divino Amor que arde en el Corazón Eucarístico de Jesús, tanto más arderá su corazón en este Fuego divino, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y tanto más lo transmitirá a quienes lo rodean, no tanto con palabras, sermones y discursos, sino con una vida de santidad y de amor sobrenatural a Dios y al prójimo. El Fuego que arde en el Corazón Eucarístico de Jesús es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, y es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra y quiere ya verlo encendido: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo encendido!”. Que Nuestra Señora de la Eucaristía acerque nuestros corazones, secos como la hierba o como el leño, al Fuego de Amor del Corazón Eucarístico de Jesús, para que al contacto con sus llamas, se enciendan en este Divino Fuego y se conviertan en brasas ardientes e incandescentes, que iluminen el mundo en tinieblas con la luz de Cristo y que den el calor del Amor de Jesús Eucaristía, a un mundo que yace en las heladas y sombrías tinieblas de muerte. Que la Virgen de la Eucaristía nos conceda la gracia de que en nuestros corazones se verifique la conversión eucarística, para que Jesús Eucaristía, Rey de reyes y Señor de señores, reine en ellos para siempre, en el tiempo y en la eternidad.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.






[1] Cfr. 3, 20.

viernes, 4 de agosto de 2017

Hora Santa en reparación por ataque incendiario a la capilla de la Universidad Autónoma de Madrid 230617


Los artefactos incendiarios han dañado una de las tallas que se encontraban en la capilla/Arzobispado de Madrid.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por el sacrílego ataque incendiario contra la capilla de la Universidad Autónoma de Madrid. La información pertinente a tan lamentable episodio se puede encontrar en el siguiente enlace:
https://www.actuall.com/laicismo/intentan-quemar-la-capilla-de-la-autonoma-de-madrid-que-ha-amanecido-con-la-pintada-la-iglesia-que-ilumina-es-la-que-arde/ Los atacantes, además de arrojar un elemento incendiario, dejaron escritos en las paredes, como el que sigue: “La iglesia que ilumina es la que arde”. El fuego, si bien fue sofocado a tiempo, provocó daños en “en las paredes, el suelo, en una imagen de San José y en una puerta”.
         Basaremos nuestras meditaciones en oraciones eucarísticas de San Juan Crisóstomo, San Ambrosio y San Pedro Julián Eymard, realizando paráfrasis de las mismas, esto es, intercalando reflexiones nuestras, para ayudarnos así a meditar y orar con ellas: en las meditaciones, las cursivas corresponden a las oraciones originales, y luego va nuestra paráfrasis.

         Canción inicial: “Cristianos venid; cristianos llegad”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

         ¡Oh Señor!, yo creo y profeso que Tú eres el Cristo Verdadero, el Hijo de Dios vivo que vino a este mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero![1] ¡Oh Jesús Eucaristía, yo creo, espero, te adoro y te amo, y creo firmemente que estás en Persona en el Santísimo Sacramento del altar; creo que Tú, en la Eucaristía, eres el Hijo Único de Dios, el Mesías, el Hijo del Dios Altísimo, el que habría de venir a este mundo para salvarnos a nosotros, los pecadores, de los cuales yo soy el primero y el peor! Acéptame como participante de tu Cena Mística, ¡oh Hijo de Dios! No revelaré tu Misterio a tus enemigos, ni te daré un beso como lo hizo Judas, sino que como el buen ladrón te reconozco. Recuérdame, ¡Oh Señor!, cuando llegues a tu Reino. Recuérdame, ¡oh Maestro!, cuando llegues a tu Reino. Recuérdame, ¡oh Santo!, cuando llegues a tu Reino. Jesús Eucaristía, Tú te donas a Ti mismo, con tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en el banquete celestial, la Santa Misa: mira que soy como el pobre Lázaro, indigente, herido por mis pecados, hambriento de verdad, sediento de amor, aliméntame con tu substancia divina, dame tu Cuerpo sacramentado, que contiene la Vida y el Amor divinos. Acuérdate de mí, pobre pecador, Tú que eres el Dios del sagrario, el Dios de la Eucaristía, Rey de reyes, a Quien los cielos eternos no pueden contener, tan grande es tu majestad y tu divinidad; acuérdate de mí, que vivo en “tinieblas y sombra de muerte”, y hazme vivir en tu Reino, ya desde esta vida, por medio de la comunión eucarística. Que mi participación en tus Santos Misterios, ¡Oh Señor! no sea para mi juicio o condenación, sino para sanar mi alma y mi cuerpo. ¡Oh Señor!, yo también creo y profeso que lo que estoy a punto de recibir es verdaderamente tu Preciosísimo Cuerpo y tu Sangre Vivificante, los cuales ruego me hagas digno de recibir, para la remisión de todos mis pecados y la vida eterna. ¡Oh Dios!, se misericordioso conmigo, pecador. ¡Oh Dios!, límpiame de mis pecados y ten misericordia de mí. ¡Oh Dios!, perdóname, porque he pecado incontables veces. Amén. Oh Jesús Eucaristía!, haz que yo participe de la Santa Misa y de la Comunión Eucarística, iluminado por tu Espíritu Santo, única manera de vivir los santos misterios de tu redención de modo pleno; no permitas que me acerque a comulgar indignamente, para que no coma y beba mi propia condenación, sino que, recibiéndote con mi corazón en estado de gracia, sea capaz de vivir la vida nueva de la gracia, la vida que Tú nos comunicas, oh Dios del sagrario, y así deje yo de vivir la vida del hombre viejo, el hombre atraído por la concupiscencia y el pecado. ¡Oh Cordero de Dios, Jesús Eucaristía!, purifícame y limpia mis pecados con la Sangre tu Corazón Sacratísimo, para que viva yo revestido de tu gracia. Amén.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Señor mío Jesucristo[2], me acerco a tu altar lleno de temor por mis pecados, pero también lleno de confianza porque estoy seguro de tu misericordia. Tengo conciencia de que mis pecados son muchos y de que no he sabido dominar mi corazón y mi lengua. Por eso, Señor de bondad y de poder, con mis miserias y temores me acerco a Ti, fuente de misericordia y de perdón; vengo a refugiarme en Ti, que has dado la vida por salvarme, antes de que llegues como juez a pedirme cuentas. Oh Jesús, cuando me acerco a comulgar, tengo temor de mis pecados, pero al mismo tiempo, me invade una gran confianza en tu infinita misericordia, y aunque soy “nada más pecado”, para comulgar, dejo mi pecado en la confesión sacramental, y me acerco con mi nada, para que Tú, que eres el Dios que lo es Todo, llenes mi nada con tu infinito y eterno Amor. Señor no me da vergüenza descubrirte a Ti mis llagas. Me dan miedo mis pecados, cuyo número y magnitud sólo Tú conoces; pero confío en tu infinita misericordia. Sé que a tus divinos ojos aparezco como lo que realmente soy: un alma cubierta de llagas, que son mis innumerables pecados, pero también sé que Tú eres el Médico Divino, oh Jesús Eucaristía, y es por eso que me acerco a Ti, confiado, para recibir el aceite de la gracia, que cura mis heridas, para así recibirte con un corazón purificado e iluminado por tu gracia. Señor mío Jesucristo, Rey eterno, Dios y hombre verdadero, mírame con amor, pues quisiste hacerte hombre para morir por nosotros. Escúchame, pues espero en Ti. Ten compasión de mis pecados y miserias, Tú que eres fuente inagotable de amor. Jesús Eucaristía, Dios del sagrario, Dios de la Eucaristía, Tú que eres el Rey de reyes y Señor de señores, Tú que reinas desde el madero de la Cruz y desde la Eucaristía, ten piedad de mí, mírame con ojos de compasión y misericordia, Tú, que por amor a mí, te hiciste hombre sin dejar de ser Dios y luego de morir en cruz y resucitar, te quedas en la Eucaristía, en apariencia de pan, aunque ya no es pan sino Tú, oh Dios eterno, oculto en algo que parece pan, pero ya no lo es.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Te adoro, Señor, porque diste tu vida en la Cruz y te ofreciste en ella como Redentor por todos los hombres y especialmente por mí. Adoro Señor, la sangre preciosa que brotó de tus heridas y ha purificado al mundo de sus pecados. Te adoro, Jesús Eucaristía, porque diste tu vida en la Cruz por mi salvación y por la salvación de todos los hombres, y para que los hombres de todos los tiempos tuvieran acceso a la Fuente de Vida que eres Tú mismo en la Cruz, renuevas y actualizas de modo incruento y sacramental, por el poder del Espíritu Santo, por la liturgia eucarística, tu sacrificio redentor, en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa. Así, en el altar eucarístico haces lo mismo que en el Calvario, sobre la Cruz: entregas tu Cuerpo en la Eucaristía y derramas tu Sangre en el Cáliz de salvación, para que cayendo sobre el mundo entero, el océano de tu misericordia purifique al mundo de sus pecados. Mira, Señor, a este pobre pecador, creado y redimido por Ti. Me arrepiento de mis pecados y propongo corregir sus consecuencias. Purifícame de todos mis maldades para que pueda recibir menos indignamente tu sagrada comunión. Que tu Cuerpo y tu Sangre me ayuden, Señor, a obtener de Ti el perdón de mis pecados y la satisfacción de mis culpas; me libren de mis malos pensamientos, renueven en mi los sentimientos santos, me impulsen a cumplir tu voluntad y me protejan en todo peligro de alma y cuerpo. Amén. Mírame, oh Jesús Eucaristía, mi Dios, mi Creador, mi Redentor, mi Santificador, y ten compasión de mí, pobre pecador; concédeme, por intercesión de María Santísima, la gracia de un corazón contrito y humillado, pleno de la gracia santificante obtenida en la Confesión Sacramental, para que así me acerque menos indignamente a recibir la Comunión, tu Cuerpo y tu Sangre que me harán participar de tus santos sentimientos, me unirán a Ti de tal manera que seré una sola cosa en Ti, cumpliendo tu Voluntad en todo momento, y me protegerán de todo mal, el principal de todos, el vivir alejado de Ti.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La sagrada Eucaristía es Jesús pasado, presente y futuro... Es Jesús hecho sacramento. Bienaventurada el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía, y en Jesús Hostia todo[3]. “Dios es su misma eternidad” y la eternidad está por encima de todo tiempo, pasado, presente y futuro; en la Eucaristía está Dios Hijo encarnado, que es la eternidad en sí misma, y por lo tanto, ante Jesús Eucaristía está toda mi existencia, todo mi pasado, mi presente y mi futuro, y por lo tanto Jesús Eucaristía es, literalmente, mi vida toda, en donde toda mi vida, mi ser y mi existir, encuentran su sentido, su razón de ser, porque fui creado por el Dios de la Eucaristía, para gozarme y alegrarme, en la eternidad, ante el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, el Cordero de Dios. Ante la Eucaristía, el alma que la contempla y la adora, desea vivamente ser unido, por el Espíritu Santo, al Cuerpo sacramentado de Cristo, esto es, la Santa Comunión, y es por eso que la adoración eucarística se acompaña del vivo deseo de comulgar. Por otra parte, siendo la Santa Misa el lugar y el momento en el que se confecciona la Sagrada Eucaristía, cuyo fin principal, además de la acción de gracias, la expiación y la petición, es la adoración a la Trinidad, el alma que asiste a la Santa Misa experimenta un profundo deseo de adorar la Eucaristía que se confecciona en el altar, porque esa Eucaristía es el Cordero de Dios, Cristo Jesús, el mismo Cordero que es adorado en los cielos por ángeles y santos. La adoración eucarística, entonces, se debe acompañar del deseo de comulgar en la Santa Misa, y la Comunión Eucarística, realizada en la Santa Misa, debe ser precedida por la adoración a la Eucaristía, al Cordero de Dios, Cristo Jesús.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Eucaristía es, para el alma, el alimento cotidiano; es la respuesta de Dios al pedido que hacemos en el Padrenuestro: “Danos hoy nuestro pan de cada día”, porque allí pedimos no solo el alimento material, sino ante todo, el alimento espiritual, y este alimento espiritual es el Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía, el Pan de Vida eterna. Al igual que el pan material, nos alimenta, pero a diferencia de este último, que alimenta el cuerpo y se transforma, al ser digerido, en parte de nuestro cuerpo, el Pan Eucarístico nos alimenta el alma, con la substancia misma de Dios, y en vez de transformarse Él en nosotros, somos nosotros los que, por el Espíritu Santo, somos asimilados al Cuerpo Místico de Cristo, luego de consumir este Pan celestial.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.






[1] San Juan Crisóstomo, Oh Señor, yo creo.
[2] San Ambrosio, Me acerco a tu altar.
[3] Textos de San Pedro Julián Eymard sobre la Eucaristía.

sábado, 29 de julio de 2017

Hora Santa en reparación por profanación Eucarística en Villareal, España 170717


Basílica de San Pascual en Segorbe.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la profanación eucarística ocurrida en Villareal, España, en la Basílica de San Pascual. La información pertinente a tan lamentable hecho, en el que se profanó el sagrario y se robaron las Hostias consagradas, además de varios cálices, se encuentra en el siguiente enlace: https://www.actuall.com/persecucion/el-obispo-de-segorbe-castellon-denuncia-una-profanacion-de-la-eucaristia-y-anuncia-misa-de-desagravio/
Puesto que ha sido la Eucaristía, el más preciado tesoro de la Iglesia Católica, la que ha sido gravemente ultrajada por esta sacrílega profanación, le dedicaremos a la Eucaristía las meditaciones correspondientes a los misterios del Santo Rosario. Para tal fin, utilizaremos las oraciones eucarísticas de algunos de los más destacados santos de la Iglesia, ya que los santos son personas cuyas vidas giran alrededor de Jesús Eucaristía. Las tres oraciones que utilizaremos para nuestra adoración reparadora corresponden, respectivamente, a San Ignacio de Loyola –Anima Christi-; San Alfonso María de Ligorio –Señor mío Jesucristo-, y Santo Tomás de Aquino –Adorote devote-[1]. El texto original de las oraciones eucarísticas están en cursivas; las modificaciones son nuestras (N. del A.).

Canción inicial: “Cristianos venid; cristianos llegad”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

         Alma glorificada de Jesús Eucaristía[2], que resplandeces en el sagrario unida hipostáticamente, personalmente, a la Persona divina del Verbo de Dios y de Él recibes la gloria eterna del Hijo de Dios, la misma gloria con la que resplandeciste en la Epifanía y en el Tabor, la misma gloria que el Verbo, como Unigénito del Padre poseía desde la eternidad, la misma gloria con la que iluminaste el Santo Sepulcro el Domingo de Resurrección, ilumina las tinieblas de nuestras almas; resplandece sobre nosotros, que vivimos inmersos en “sombras de muerte”, las sombras del pecado, del error, de la ignorancia de tus misterios; ilumínanos a nosotros, que sin Ti, vivimos bajo el dominio de las sombras vivientes, los ángeles caídos./ Cuerpo glorificado de Cristo Eucaristía, sálvame; sálvame “del hombre traidor y perverso”, y ante todo, sálvame de mí mismo, porque mi cuerpo mortal, herido por la concupiscencia del pecado, tiende a lo que es malo; Cuerpo Eucarístico de Cristo, úneme a Ti, para que mi pobre cuerpo terreno sea, por tu gracia, convertido en Templo del Espíritu Santo, y mi corazón en altar en donde seas adorado, bendecido y glorificado, en el tiempo y en la eternidad./ Sangre de Cristo Eucaristía, embriágame, dame la Alegría única y verdadera, la Alegría que brota del Ser trinitario divino; la Alegría de Dios Uno y Trino, que es “Alegría infinita”, para que yo me alegre en Ti y sólo en Ti, oh Sangre del Sagrado Corazón de Jesús, y que las alegrías mundanas sean para mí sólo tristeza y amarguras, de modo que seas Tú, oh Sangre del Corazón de Jesús, mi única Alegría./Agua del costado de Cristo, lávame; oh Cristo Eucaristía, lávame con el agua purísima de tu gracia santificante, Agua que lava mis pecados; Agua que quita mis concupiscencias; Agua que deja mi pobre alma resplandeciente con la luz de tu Gracia; Agua que se derrama sobre nuestras almas por la Confesión sacramental y la Eucaristía./Pasión de Cristo Eucaristía, fortaléceme: Tú no puedes sufrir ya físicamente, oh Jesús Eucaristía, porque estás en la Hostia consagrada con tu Cuerpo glorificado, pero sufres moralmente, al ver cómo tus hijos, que somos nosotros, despreciamos la gracia santificante que embellece nuestra alma y nos hace hijos adoptivos de Dios, “por un plato de lentejas”, como Esaú, es decir, por bienes pasajeros que sólo son polvo y cenizas ante la más pequeña de tus gracias./¡Oh, buen Jesús Eucaristía, óyeme; Tú que estás en ese cielo en la tierra que es el sagrario; Tú que eres más grande que los cielos eternos, Tú, ante cuya majestad los cielos eternos palidecen en su majestad y hermosura, óyeme Jesús, apiádate de  mi miseria; desde el sagrario, oh Jesús Eucaristía, “inclina tu oído a mis plegarias”, y ten piedad de mí, que sólo soy “nada más pecado”./

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

!Dentro de tus llagas, escóndeme, oh Jesús Eucaristía; escóndeme en tus llagas de tu Cuerpo glorioso, pero escóndeme también en las llagas de tus manos y pies cubiertos de tu Sangre Preciosísima en la Cruz; escóndeme en la llaga gloriosa de tu Corazón traspasado, haz que ingrese, por esta llaga bendita, en tu Corazón, y haz que permanezca en él para siempre./No permitas que me aparte de ti, oh Jesús Eucaristía; no permitas que te abandone en el sagrario, no permitas que me aleje del Amor de tu Corazón Eucarístico./Del enemigo maligno, defiéndeme, Jesús Eucaristía, porque sin tu ayuda y sin tu gracia, la Serpiente Antigua nos seduce y nos domina con facilidad, tan débiles somos./En la hora de mi muerte, llámame, Jesús Eucaristía y mándame ir a ti, y Tú, oh Jesús Eucaristía, ven a mi pobre alma el día de mi muerte, para que, recibiendo tu Cuerpo sacramentado, me infundas tu Espíritu, me unas a Ti y así, unido a Ti y de la mano de María, sea llevado a tu Reino, para alabarte y adorarte, con tus santos y con tus ángeles, por los siglos de los siglos. Amén.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombre estás noche y día en este sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar[3]. Oh Jesús Eucaristía, que en cada Santa Misa desciendes del cielo con tu Cruz, para entregar tu Cuerpo y derramar tu Sangre en el altar eucarístico, sólo para darnos tu Amor; oh Jesús Eucaristía, que permaneces en el sagrario, día y noche, sólo para esperar mi visita y para colmarme de tu infinito y eterno Amor, te suplico que no permitas que las vanas atracciones del mundo me seduzcan y me aparten del Amor de tu Sagrado Corazón Eucarístico. Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que me has hecho, y especialmente por haberte dado Tú mismo en este sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y haberme llamado a visitarte en esta iglesia. Oh Jesús Eucaristía, te bendigo, te alabo, te ensalzo y te adoro en tu Presencia sacramental; te doy gracias por los dones y gracias inmerecidas con los cuales continuamente me colmas, y te agradezco de modo especial por haberte quedado en tu Celda de Amor, el sagrario, sólo para esperar mi visita y poder así colmarme con las infinitas gracias de tu Sagrado Corazón Eucarístico; te doy gracias por haberme dado como Madre del cielo a tu Madre, Nuestra Señora de la Eucaristía, y por el amor que le tienes a su Inmaculado Corazón, haz que en mí aumente, día a día, segundo a segundo, el amor hacia tu Madre y a tu Presencia Eucarística. Adoro ahora a tu Santísimo corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono. Te adoro, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y te doy gracias, postrándome en tu Presencia, por concedernos la gracia inapreciable de poder acudir ante Ti en el sagrario; te adoro, te bendigo, te ensalzo y te pido perdón por las innumerables injurias, ofensas, sacrilegios, que recibes día a día en tu Presencia sacramental, y concédeme la gracia de poder acompañarte y adorarte, llevado por Nuestra Señora de la Eucaristía, en todos los sagrarios del mundo, sobre todo en los que estás más abandonado.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias[4]. Oh Dios de la Eucaristía, Jesús de Nazareth, que estás en el Santísimo Sacramento del altar, oculto en lo que parece pan, pero ya no es pan, porque es tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma y tu Divinidad. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad. Aunque no puedo verte con mis ojos del cuerpo, y aunque mis sentidos corporales me digan que lo que veo, siento y gusto, es solo pan, yo lo mismo te amo y te adoro, desde lo más profundo de mi pobre corazón, porque creo en tus palabras y en la Fe que la Santa Madre Iglesia me enseña, que Tú estás presente en Persona en el Santísimo Sacramento del altar. En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido. En la Cruz no parecías Dios, aunque lo eras; en la Eucaristía, pareces pan, pero eres el Hombre-Dios; lo que pido es amarte y adorarte con todas las fuerzas de mi corazón en tu Presencia Eucarística, para continuar amándote y adorándote, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame. No veo, con los ojos del cuerpo, tus llagas, pero con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe, te veo a Ti, en la Sagrada Eucaristía, con tus cinco llagas gloriosas. Oh Jesús, Dios de la Eucaristía, aumenta mi fe en tu Presencia sacramental y haz que no deje nunca de alabarte, glorificarte y bendecirte en la Eucaristía. ¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura. Señor Jesús, bondadoso Pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero. Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén. Jesús Eucaristía, Tú eres el Pan de Vida eterna, que alimentas nuestras almas con la vida misma divina, que brota de tu Ser divino trinitario. Oh Jesús Eucaristía, que como el pelícano, nos das el exquisito alimento que es tu mismo Corazón, pleno del Divino Amor, que caiga sobre nuestros corazones el infinito océano de tu Sangre Preciosísima, para que tu Sangre nos purifique y nos santifique, y así purificados y santificados por tu divina gracia, te adoremos oculto en el Santísimo Sacramento en lo que resta de nuestra vida terrena, para continuar luego amándote y adorándote por toda la eternidad, por los siglos sin fin.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.




[1] Las oraciones están extraídas del sitio: http://es.churchpop.com/2017/06/19/secretos-los-santos-5-poderosas-oraciones-a-jesus-eucaristia/ . Las modificaciones son nuestras.
[2] Adaptación de Anima Christi, de San Ignacio de Loyola: Alma de Cristo, santifícame./Cuerpo de Cristo, sálvame./Sangre de Cristo, embriágame./Agua de costado de Cristo, lávame./Pasión de Cristo, fortaléceme./¡Oh, buen Jesús, óyeme./!Dentro de tus llagas, escóndeme./No permitas que me aparte de ti./Del enemigo maligno, defiéndeme./En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos. Amén.
[3] San Alfonso María de Ligorio, Señor mío Jesucristo. En el texto, las cursivas corresponden a la oración de San Alfonso.
[4] Santo Tomás de Aquino, Adoro te devote.

jueves, 20 de julio de 2017

Hora Santa en reparación por ultraje a imagen de la Virgen de Fátima 030717


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación por el ultraje cometido contra la sagrada imagen de Nuestra Señora de Fátima en Nueva York. La información acerca del lamentable suceso vandálico se puede obtener en el siguiente enlace: https://www.actuall.com/persecucion/destrozan-la-imagen-la-virgen-fatima-nueva-york/; https://www.youtube.com/watch?v=bcMeYZZcKU8
         Tal como lo hacemos siempre, pediremos por la conversión de los autores de este acto sacrílego, y también pediremos por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero. Centraremos las meditaciones en las apariciones de la Virgen en Fátima y en las apariciones del Ángel que la precedieron.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

En su primera aparición, el Ángel de Portugal, el Ángel de la Paz, arrodillado en tierra e inclinando la frente hasta el suelo, les enseñó la siguiente oración, diciéndoles luego que los Corazones de Jesús y María estaban atentos a sus oraciones: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”. A nosotros, no se nos aparece el Ángel de Portugal, pero junto con nuestro Ángel de la Guarda, y junto con el Ángel Custodio de nuestra Patria Argentina, podemos y debemos, arrodillados frente al sagrario y también con la frente en el suelo, dirigir esta oración al Dios del sagrario, Jesús Eucaristía: “Dios mío, Jesús Eucaristía, yo creo en tu Presencia Eucarística; te adoro en tu Presencia Eucarística; te amo en tu Presencia Eucarística, y te pido perdón por los que no creen que Tú estás en Cuerpo y Alma en la Eucaristía; por los que no te adoran en la Eucaristía; por los que no esperan que vayas a ellos por la Eucaristía; por los que no te aman en tu Presencia Eucarística”.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la segunda aparición, el Ángel, encontrándolos a los niños jugando, los insta a ofrecer constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo en reparación por los pecados con los que Él es ofendido, por la conversión de los pecadores, y a aceptar sumisamente los sufrimientos que Dios les envíe: “¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! (…) ¡Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo! (…) Aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe”. A nosotros, no se nos aparece un ángel, pero escuchamos lo anunciado a los Pastorcitos como dirigido a nosotros mismos, y puesto que tenemos la dicha inmensa, indescriptible, de tener al Dios Altísimo y Tres veces Santo, Jesús Eucaristía, delante de nuestros ojos, nos postramos en adoración ante su Presencia Eucarística y le ofrecemos, desde lo más profundo de nuestros corazones, todo el amor del que seamos capaces, para reparar por los que no lo aman; nos postramos ante el Dios Altísimo, Jesús Eucaristía, suplicándole por la conversión de los pecadores, por nuestra conversión y la del mundo entero. También le pedimos a la Virgen de la Eucaristía que interceda por nosotros, para que recibamos la gracia inmerecida de participar, en cuerpo y alma, de la Pasión de su Hijo Jesús, para estar crucificados con Él, para padecer sus dolores y participar de sus lágrimas, de sus penas, de sus tormentos, sin desear otra cosa que sólo “dolor con Cristo dolorido, lágrimas, llantos y pena interna”[1] por nuestros pecados, para que así, uniéndonos a la Víctima, Jesús crucificado, seamos en Él y por Él causa de salvación de nuestros hermanos.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la tercera aparición, el Ángel se presentó ante los Pastorcitos portando en sus manos “un Cáliz, sobre el cual estaba suspendida una Hostia, de la cual caían gotas de sangre al Cáliz”, y “dejando el Cáliz y la Hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces esta oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores”. Luego se levantó y les dio la Comunión y a beber del Cáliz, diciéndoles al mismo tiempo: “Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”. A nosotros no se nos aparece un ángel con la Eucaristía y el Cáliz con la Sangre de Jesús, pero sin embargo, no podemos considerarnos menos afortunados que los Pastorcitos, porque en cada Santa Misa, el sacerdote ministerial, por las palabras de la consagración, hace bajar del cielo al Cordero de Dios, para que entregue su Cuerpo en la Eucaristía y derrame su Sangre en el Cáliz del altar, y es así como recibimos la Comunión Eucarística de sus manos humanas, al igual que los Pastorcitos la recibieron de manos del Ángel. Entonces, también al igual que los Pastorcitos, que para comulgar hicieron antes un acto de adoración y de amor a Jesús Eucaristía, imitando al Ángel que se postró delante del Cáliz con la Eucaristía sangrante, también nosotros, antes de comulgar, imitemos a los Pastorcitos y hagamos un acto de amor y adoración ante Jesús Sacramentado, postrándonos ante su Presencia Eucarística y adoremos a la Santísima Trinidad, ofreciendo la Hostia consagrada en reparación por los ultrajes a los Sacratísimos Corazones de Jesús y María recibidos diariamente por los hombres ingratos, para así consolar a nuestro Dios amantísimo, Uno y Trino.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Llevados de la mano de la Madre de Dios, el 13 de Julio de 1917, los Pastorcitos tuvieron la experiencia mística del Infierno. No fue que la Virgen les habló acerca del Infierno, sino que, en cierto sentido, los llevó allí, según se desprende de la vivacidad de la experiencia que vivieron los niños. Según Sor Lucía, la experiencia mística del Infierno fue así: “Nuestra Señora nos mostró un grande mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergido en el fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas que fluctuaban transparentes y negras y bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos lados, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros (…) Nuestra Señora nos dijo con bondad y tristeza: “Visteis el Infierno a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. ¡Cuántas almas se condenan en el Infierno a causa de la falta de oración de aquellos a quienes Dios ha elegido con amor de predilección, los bautizados en la Iglesia Católica! A ellos, como a los Apóstoles en el Huerto, Jesús los llama junto a Sí, para que oren, por ellos y por sus hermanos, los hombres, pero la inmensa mayoría de los católicos, al igual que los Apóstoles en el Huerto, han caído en el sopor del sueño y de la indiferencia, causados por el desamor al Hombre-Dios Jesucristo. A diferencia de los enemigos de la Iglesia, que se muestran vigiles y febriles en su intento de demoler la Iglesia Católica, los bautizados parecen dormir, en un sueño de consecuencias trágicas, porque cuando despierten, verán a su Iglesia rodeada y atrapada por sus enemigos, como le sucedió a los Apóstoles, que al despertar de su sueño, vieron a Jesús rodeado y atrapado por sus enemigos. A causa de este sopor que invade a una inmensa muchedumbre de católicos, muchas almas se condenan, porque los llamados a rezar por ellos, en vez de adorar a Jesús Eucaristía, se dejan atrapar por los placeres mundanos. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, no permitas que durmamos, dejando solo a tu Hijo Jesús en el sagrario, y concédenos que, encendidos en el Amor de tu Hijo, no decaigamos nunca en la Adoración Eucarística, pidiendo por la conversión de los pecadores, para que ninguno se condene en el mar de fuego del Infierno!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En todas sus apariciones a los Pastorcitos, la Virgen mantuvo siempre el mismo pedido: rezar el Rosario, pidiendo por la conversión de los pecadores y en reparación por los ultrajes y sacrilegios con los cuales son ofendidos los Sacratísimos Corazones de Jesús y María. El Rosario es la oración que más agrada a la Virgen, por diversos motivos: la saludamos con el mismo saludo del Ángel Gabriel en la Anunciación, recordándole así el momento más hermoso de su vida, cuando se convirtió en Madre de Dios por la Encarnación del Hijo de Dios; al rezar el Rosario, nos encomendamos a Ella como Madre Nuestra amantísima, le demostramos nuestro amor filial y nuestra confianza en Ella como Omnipotencia Suplicante, al pedirle que “ruegue por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”; además, meditamos en los misterios de la vida de su Hijo Jesús, para configurarnos a Él e imitarlo en nuestras vidas; honramos a Dios Padre con el Padrenuestro, glorificamos a la Trinidad con el Gloria y, con las diez Ave Marías, al tiempo que la honramos a Ella, le abrimos nuestros corazones, para que Ella los modele y los configure a imagen y semejanza de los Sacratísimos Corazones de Jesús y María, convirtiéndolos en sus copias vivientes. Por último, el Santo Rosario le agrada a la Virgen porque por medio de esta oración, Ella le arrebata almas al Demonio, les concede la gracia de la conversión y las acerca a su Hijo Jesús, ganándolas para el Cielo y evitándoles el Infierno.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.



[1] Cfr. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales.