sábado, 19 de agosto de 2017

Hora Santa en reparación por exposición ofensiva en Quito 030817


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por una exposición blasfema llevada a cabo en Quito, Ecuador, el 1 de agosto de 2017. La información pertinente a tan lamentable hecho se encuentra en las siguientes direcciones electrónicas:
La exposición, de contenido sumamente ofensivo y denigrante hacia la fe católica, y altamente blasfemo hacia Nuestro Señor y María Santísima, estuvo a cargo de “colectivos feministas en colaboración con el lobby LGTBI”. El mural se encuentra al costado del palacio presidencial y muy cerca de las siete principales iglesias de Quito, es decir, en un lugar muy concurrido. Tanto el Movimiento Vida y Familia de Ecuador como la Conferencia Episcopal han mostrado su preocupación, rechazo e indignación por este grave ataque no solo a los sentimientos religiosos de cristianos, católicos y ofensa a los heterosexuales, sino a Nuestro Señor Jesucristo y a su Madre, nuestra Madre del cielo, María Santísima. Pedimos también por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la nuestra propia y la de todo el mundo, especialmente por quienes cometieron este horrible acto sacrílego.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario meditado. Primer Misterio (a elección).

Meditación.

         Según San Pedro Julián Eymard, por medio del “sacrificio de la Santa Misa y la comunión del Cuerpo del Señor”, el alma recibe la “fuente viva” que le comunica la vida eterna, la vida misma de Dios Uno y Trino, y en esto consiste el culmen y la perfección de la religión. Para el cristiano, la relación con la Santa Misa y la Eucaristía se convierte en un círculo virtuoso: para recibir dignamente el Cuerpo y la Sangre del Señor, además de preparar el alma por la Confesión sacramental, es necesario obrar de tal modo que la piedad, el amor y las virtudes, conduzcan al alma a la unión perfecta con el Señor en la Eucaristía; y a su vez, una vez recibida la Eucaristía, que contiene la Vida Increada y el Amor Increado del Cordero de Dios, tanto esta Vida divina como el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, recibidos en cada comunión eucarística, deben manifestarse a su vez en la caridad, en el amor sobrenatural brindado al prójimo, de manera tal de devolver, al menos en parte, tanto Amor, tanta Vida divina, tanta Paz de Dios recibida en la Eucaristía. Y así, obrando la misericordia para con el prójimo, iluminada por el Espíritu Santo y fortalecida por la gracia santificante, el alma se vuelve cada vez más digna de recibir los sagrados misterios.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Dice así San Pedro Julián Eymard, acerca de la comunión eucarística diaria: “El que quiere perseverar que reciba a nuestro Señor. Es un pan que alimentará sus pobres fuerzas, que lo sostendrá. Y es la Iglesia que lo quiere así. Ella aprueba la comunión diaria, como lo atestigua el Concilio de Trento. Hay gente que dice que tenemos que ser muy prudentes... Yo les digo que este alimento tomado con intervalos tan prolongados no es más que un alimento extraordinario, pero ¿dónde está el alimento ordinario que debe sostenerme a diario?”. Con razón, San Pedro Julián Eymard aboga por la comunión diaria, pues la Eucaristía es un alimento super-substancial, que nos alimenta con la substancia misma de Dios Uno y Trino, con lo cual adquirimos la fortaleza más que necesaria para afrontar las tribulaciones que, de modo inevitable, acontecen todos los días. Sin embargo, de nada vale comulgar a diario, si al comulgar, no permitimos que Nuestro Señor deje en nuestras almas todos los dones y regalos de infinitas gracias que tiene para darnos en cada comunión. Si verdaderamente abriéramos las puertas del corazón de par en par, cada vez que recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico, nuestros corazones arderían en el Amor de Dios, con una intensidad tal, que de no mediar el auxilio divino, moriríamos de Amor, tal como le sucedió a la beata Imelda Lambertini, que murió en éxtasis de amor luego de recibir por primera vez a Jesús Sacramentado. De nada vale comulgar a diario, si con nuestra frialdad impedimos que las llamas que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús incendien nuestros corazones, y si al comulgar, no hacemos un profundo acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía. De la misma manera, de nada vale adorar a Jesucristo, si la adoración eucarística no nos conduce al deseo de comulgar y, por lo tanto, de evitar todo pecado mortal o venial deliberado, con tal de no perder la gracia santificante, que nos permite recibir al Señor Jesús, el Dios de la Eucaristía, por la comunión sacramental.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Para San Pedro Julián Eymard, la comunión eucarística debe ser el eje y el centro de la vida cristiana, y el fin hacia el cual se orienta toda la vida del cristiano, independientemente de su estado de vida y si hay algo que se hace fuera de este fin, ese algo carece de todo sentido: “La santa comunión debe ser el fin de toda vida cristiana: todo ejercicio que no se relaciona con la comunión está fuera de su mejor finalidad”. Si alguien comulga con frecuencia, dice este santo, verá cómo su vida cambiará siempre, cada vez más, para mejor: “Nuestro Señor viene sacramentalmente a nosotros para vivir ahí espiritualmente”. Esto significa que en la comunión eucarística se cumplen las palabras de Jesús en el Apocalipsis[1]: “Estoy a la puerta y llamo, si alguien me escucha y me abre, entraré en él y cenaré con él, y él conmigo”. Nuestro corazón, en la comunión, se convierte en una misteriosa morada en donde Jesús, a pesar de nuestra indignidad, quiere quedarse permanentemente, es decir, “vivir ahí espiritualmente”. No podemos comulgar y no pensar en otra cosa que no sea Nuestro Señor Jesucristo: sería el equivalente a abrir la puerta de nuestro hogar para recibir a nuestro mejor amigo, pero en vez de hacerlo pasar y conversar con él, lo dejamos en la puerta, para dedicarnos a hacer nuestras tareas. Comulgar –precedido de un acto de adoración y amor, y con el alma en gracia-, es para San Juan Eudes una ocasión en la que el alma conoce a Dios, pero no por conceptos teóricos, sino por experiencia propia de su Amor. Quien no comulga –o quien comulga sin amar ni adorar la Presencia Eucarística del Señor o con el alma en pecado-, es alguien que conoce a Dios sólo por palabras, pero no personalmente: “El que no comulga no tiene más que una ciencia especulativa; no conoce nada sino palabras, teorías, de las cuales desconoce el sentido... El alma que comulga no tenía primeramente sino una idea de Dios, pero ahora, lo ve, lo reconoce a la sagrada mesa”. Comulgar es ser hechos partícipes del Divino Banquete, alimentándonos con la Carne del Cordero de Dios, con el Pan de Vida eterna y con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, tal como lo hicieron los Apóstoles en la Última Cena –que fue la Primera Misa- y es también la oportunidad para recostarnos espiritualmente sobre el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, como el Evangelista Juan, para escuchar los latidos del Corazón del Cordero.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Para San Pedro Julián Eymard, el cristiano debe ser, ante todo, adorador eucarístico, puesto que es de la Eucaristía de donde toma toda la fuerza para su vida propiamente cristiana, esto es, apostólica y evangelizadora: “A fin de que el alma devota se fortalezca y crezca en la vida de Jesucristo, tiene necesidad de nutrirse en primer lugar de su verdad divina y de la bondad de su amor de tal modo que pueda pasar de la luz al amor, y del amor a las virtudes”. En otras palabras, el cristiano, para ser tal en verdad y no solo nominalmente, esto es, para imitar a Jesucristo y ser su imagen viviente en el mundo, debe nutrirse de su verdad y de su amor, y esto sucede en la contemplación y adoración eucarística, en donde Jesús, desde la Eucaristía, comunica al adorador aquello que Él Es y tiene, esto es, Sabiduría y Amor divinos, tal como los planetas que, cuanto más cerca están del sol, tanto más reciben del sol su luz, su calor y la vida que de ellos se deriva. Una vez que el cristiano recibe de Cristo Eucaristía, por la adoración eucarística, su Sabiduría, y su Amor y su Luz vivificante, solo así, puede el cristiano ser, a su vez, “luz del mundo y sal de la tierra”, porque ya no es él quien vive en sí, sino Cristo Jesús quien vive en el cristiano y obra y esparce su luz divina a través de las obras de misericordia obradas por sus discípulos. Sin adoración eucarística y sin comunión sacramental, la vida del cristiano perece irremediablemente, al punto de no poder llamarse “vida cristiana”, porque es una vida vivida en las propias tinieblas, sin la luz divina que emana de Jesús Eucaristía.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

No hay vida cristiana propiamente dicha y no hay vida de santidad, hasta tanto el cristiano no coloque a Jesucristo como su centro, su meta, su fin y la aspiración final de su vida entera. Dice así San Pedro Julián Eymard: “Esta dilección eucarística de Jesús sea, pues, la ley suprema de la virtud, el tema del celo y como la nota característica de la santidad de los nuestros”. La predilección por la Eucaristía, esto es, por el Pan de Vida eterna, que alimente sus almas con la substancia misma de la divinidad, debe ser para los cristianos aquello que los caracterice en medio de un mundo sumergido en las tinieblas del paganismo, del error, de la herejía, del ocultismo. Los cristianos deben reunirse alrededor de la Eucaristía y deben fijar sus miradas y tender hacia ella, así como las águilas, en sus vuelos intrépidos hacia el cielo miran al sol de frente y parecen dirigirse a él, sin importarles otra cosa que no sea el mismo sol. Cuanto más se acerque el cristiano a la Eucaristía, por la adoración y la contemplación eucarística, y cuanto más abra su corazón sin oponer resistencia al Fuego del Divino Amor que arde en el Corazón Eucarístico de Jesús, tanto más arderá su corazón en este Fuego divino, que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y tanto más lo transmitirá a quienes lo rodean, no tanto con palabras, sermones y discursos, sino con una vida de santidad y de amor sobrenatural a Dios y al prójimo. El Fuego que arde en el Corazón Eucarístico de Jesús es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, y es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra y quiere ya verlo encendido: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo encendido!”. Que Nuestra Señora de la Eucaristía acerque nuestros corazones, secos como la hierba o como el leño, al Fuego de Amor del Corazón Eucarístico de Jesús, para que al contacto con sus llamas, se enciendan en este Divino Fuego y se conviertan en brasas ardientes e incandescentes, que iluminen el mundo en tinieblas con la luz de Cristo y que den el calor del Amor de Jesús Eucaristía, a un mundo que yace en las heladas y sombrías tinieblas de muerte. Que la Virgen de la Eucaristía nos conceda la gracia de que en nuestros corazones se verifique la conversión eucarística, para que Jesús Eucaristía, Rey de reyes y Señor de señores, reine en ellos para siempre, en el tiempo y en la eternidad.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.






[1] Cfr. 3, 20.

viernes, 4 de agosto de 2017

Hora Santa en reparación por ataque incendiario a la capilla de la Universidad Autónoma de Madrid 230617


Los artefactos incendiarios han dañado una de las tallas que se encontraban en la capilla/Arzobispado de Madrid.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por el sacrílego ataque incendiario contra la capilla de la Universidad Autónoma de Madrid. La información pertinente a tan lamentable episodio se puede encontrar en el siguiente enlace:
https://www.actuall.com/laicismo/intentan-quemar-la-capilla-de-la-autonoma-de-madrid-que-ha-amanecido-con-la-pintada-la-iglesia-que-ilumina-es-la-que-arde/ Los atacantes, además de arrojar un elemento incendiario, dejaron escritos en las paredes, como el que sigue: “La iglesia que ilumina es la que arde”. El fuego, si bien fue sofocado a tiempo, provocó daños en “en las paredes, el suelo, en una imagen de San José y en una puerta”.
         Basaremos nuestras meditaciones en oraciones eucarísticas de San Juan Crisóstomo, San Ambrosio y San Pedro Julián Eymard, realizando paráfrasis de las mismas, esto es, intercalando reflexiones nuestras, para ayudarnos así a meditar y orar con ellas: en las meditaciones, las cursivas corresponden a las oraciones originales, y luego va nuestra paráfrasis.

         Canción inicial: “Cristianos venid; cristianos llegad”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

         ¡Oh Señor!, yo creo y profeso que Tú eres el Cristo Verdadero, el Hijo de Dios vivo que vino a este mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero![1] ¡Oh Jesús Eucaristía, yo creo, espero, te adoro y te amo, y creo firmemente que estás en Persona en el Santísimo Sacramento del altar; creo que Tú, en la Eucaristía, eres el Hijo Único de Dios, el Mesías, el Hijo del Dios Altísimo, el que habría de venir a este mundo para salvarnos a nosotros, los pecadores, de los cuales yo soy el primero y el peor! Acéptame como participante de tu Cena Mística, ¡oh Hijo de Dios! No revelaré tu Misterio a tus enemigos, ni te daré un beso como lo hizo Judas, sino que como el buen ladrón te reconozco. Recuérdame, ¡Oh Señor!, cuando llegues a tu Reino. Recuérdame, ¡oh Maestro!, cuando llegues a tu Reino. Recuérdame, ¡oh Santo!, cuando llegues a tu Reino. Jesús Eucaristía, Tú te donas a Ti mismo, con tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en el banquete celestial, la Santa Misa: mira que soy como el pobre Lázaro, indigente, herido por mis pecados, hambriento de verdad, sediento de amor, aliméntame con tu substancia divina, dame tu Cuerpo sacramentado, que contiene la Vida y el Amor divinos. Acuérdate de mí, pobre pecador, Tú que eres el Dios del sagrario, el Dios de la Eucaristía, Rey de reyes, a Quien los cielos eternos no pueden contener, tan grande es tu majestad y tu divinidad; acuérdate de mí, que vivo en “tinieblas y sombra de muerte”, y hazme vivir en tu Reino, ya desde esta vida, por medio de la comunión eucarística. Que mi participación en tus Santos Misterios, ¡Oh Señor! no sea para mi juicio o condenación, sino para sanar mi alma y mi cuerpo. ¡Oh Señor!, yo también creo y profeso que lo que estoy a punto de recibir es verdaderamente tu Preciosísimo Cuerpo y tu Sangre Vivificante, los cuales ruego me hagas digno de recibir, para la remisión de todos mis pecados y la vida eterna. ¡Oh Dios!, se misericordioso conmigo, pecador. ¡Oh Dios!, límpiame de mis pecados y ten misericordia de mí. ¡Oh Dios!, perdóname, porque he pecado incontables veces. Amén. Oh Jesús Eucaristía!, haz que yo participe de la Santa Misa y de la Comunión Eucarística, iluminado por tu Espíritu Santo, única manera de vivir los santos misterios de tu redención de modo pleno; no permitas que me acerque a comulgar indignamente, para que no coma y beba mi propia condenación, sino que, recibiéndote con mi corazón en estado de gracia, sea capaz de vivir la vida nueva de la gracia, la vida que Tú nos comunicas, oh Dios del sagrario, y así deje yo de vivir la vida del hombre viejo, el hombre atraído por la concupiscencia y el pecado. ¡Oh Cordero de Dios, Jesús Eucaristía!, purifícame y limpia mis pecados con la Sangre tu Corazón Sacratísimo, para que viva yo revestido de tu gracia. Amén.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Señor mío Jesucristo[2], me acerco a tu altar lleno de temor por mis pecados, pero también lleno de confianza porque estoy seguro de tu misericordia. Tengo conciencia de que mis pecados son muchos y de que no he sabido dominar mi corazón y mi lengua. Por eso, Señor de bondad y de poder, con mis miserias y temores me acerco a Ti, fuente de misericordia y de perdón; vengo a refugiarme en Ti, que has dado la vida por salvarme, antes de que llegues como juez a pedirme cuentas. Oh Jesús, cuando me acerco a comulgar, tengo temor de mis pecados, pero al mismo tiempo, me invade una gran confianza en tu infinita misericordia, y aunque soy “nada más pecado”, para comulgar, dejo mi pecado en la confesión sacramental, y me acerco con mi nada, para que Tú, que eres el Dios que lo es Todo, llenes mi nada con tu infinito y eterno Amor. Señor no me da vergüenza descubrirte a Ti mis llagas. Me dan miedo mis pecados, cuyo número y magnitud sólo Tú conoces; pero confío en tu infinita misericordia. Sé que a tus divinos ojos aparezco como lo que realmente soy: un alma cubierta de llagas, que son mis innumerables pecados, pero también sé que Tú eres el Médico Divino, oh Jesús Eucaristía, y es por eso que me acerco a Ti, confiado, para recibir el aceite de la gracia, que cura mis heridas, para así recibirte con un corazón purificado e iluminado por tu gracia. Señor mío Jesucristo, Rey eterno, Dios y hombre verdadero, mírame con amor, pues quisiste hacerte hombre para morir por nosotros. Escúchame, pues espero en Ti. Ten compasión de mis pecados y miserias, Tú que eres fuente inagotable de amor. Jesús Eucaristía, Dios del sagrario, Dios de la Eucaristía, Tú que eres el Rey de reyes y Señor de señores, Tú que reinas desde el madero de la Cruz y desde la Eucaristía, ten piedad de mí, mírame con ojos de compasión y misericordia, Tú, que por amor a mí, te hiciste hombre sin dejar de ser Dios y luego de morir en cruz y resucitar, te quedas en la Eucaristía, en apariencia de pan, aunque ya no es pan sino Tú, oh Dios eterno, oculto en algo que parece pan, pero ya no lo es.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Te adoro, Señor, porque diste tu vida en la Cruz y te ofreciste en ella como Redentor por todos los hombres y especialmente por mí. Adoro Señor, la sangre preciosa que brotó de tus heridas y ha purificado al mundo de sus pecados. Te adoro, Jesús Eucaristía, porque diste tu vida en la Cruz por mi salvación y por la salvación de todos los hombres, y para que los hombres de todos los tiempos tuvieran acceso a la Fuente de Vida que eres Tú mismo en la Cruz, renuevas y actualizas de modo incruento y sacramental, por el poder del Espíritu Santo, por la liturgia eucarística, tu sacrificio redentor, en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa. Así, en el altar eucarístico haces lo mismo que en el Calvario, sobre la Cruz: entregas tu Cuerpo en la Eucaristía y derramas tu Sangre en el Cáliz de salvación, para que cayendo sobre el mundo entero, el océano de tu misericordia purifique al mundo de sus pecados. Mira, Señor, a este pobre pecador, creado y redimido por Ti. Me arrepiento de mis pecados y propongo corregir sus consecuencias. Purifícame de todos mis maldades para que pueda recibir menos indignamente tu sagrada comunión. Que tu Cuerpo y tu Sangre me ayuden, Señor, a obtener de Ti el perdón de mis pecados y la satisfacción de mis culpas; me libren de mis malos pensamientos, renueven en mi los sentimientos santos, me impulsen a cumplir tu voluntad y me protejan en todo peligro de alma y cuerpo. Amén. Mírame, oh Jesús Eucaristía, mi Dios, mi Creador, mi Redentor, mi Santificador, y ten compasión de mí, pobre pecador; concédeme, por intercesión de María Santísima, la gracia de un corazón contrito y humillado, pleno de la gracia santificante obtenida en la Confesión Sacramental, para que así me acerque menos indignamente a recibir la Comunión, tu Cuerpo y tu Sangre que me harán participar de tus santos sentimientos, me unirán a Ti de tal manera que seré una sola cosa en Ti, cumpliendo tu Voluntad en todo momento, y me protegerán de todo mal, el principal de todos, el vivir alejado de Ti.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La sagrada Eucaristía es Jesús pasado, presente y futuro... Es Jesús hecho sacramento. Bienaventurada el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía, y en Jesús Hostia todo[3]. “Dios es su misma eternidad” y la eternidad está por encima de todo tiempo, pasado, presente y futuro; en la Eucaristía está Dios Hijo encarnado, que es la eternidad en sí misma, y por lo tanto, ante Jesús Eucaristía está toda mi existencia, todo mi pasado, mi presente y mi futuro, y por lo tanto Jesús Eucaristía es, literalmente, mi vida toda, en donde toda mi vida, mi ser y mi existir, encuentran su sentido, su razón de ser, porque fui creado por el Dios de la Eucaristía, para gozarme y alegrarme, en la eternidad, ante el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, el Cordero de Dios. Ante la Eucaristía, el alma que la contempla y la adora, desea vivamente ser unido, por el Espíritu Santo, al Cuerpo sacramentado de Cristo, esto es, la Santa Comunión, y es por eso que la adoración eucarística se acompaña del vivo deseo de comulgar. Por otra parte, siendo la Santa Misa el lugar y el momento en el que se confecciona la Sagrada Eucaristía, cuyo fin principal, además de la acción de gracias, la expiación y la petición, es la adoración a la Trinidad, el alma que asiste a la Santa Misa experimenta un profundo deseo de adorar la Eucaristía que se confecciona en el altar, porque esa Eucaristía es el Cordero de Dios, Cristo Jesús, el mismo Cordero que es adorado en los cielos por ángeles y santos. La adoración eucarística, entonces, se debe acompañar del deseo de comulgar en la Santa Misa, y la Comunión Eucarística, realizada en la Santa Misa, debe ser precedida por la adoración a la Eucaristía, al Cordero de Dios, Cristo Jesús.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Eucaristía es, para el alma, el alimento cotidiano; es la respuesta de Dios al pedido que hacemos en el Padrenuestro: “Danos hoy nuestro pan de cada día”, porque allí pedimos no solo el alimento material, sino ante todo, el alimento espiritual, y este alimento espiritual es el Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía, el Pan de Vida eterna. Al igual que el pan material, nos alimenta, pero a diferencia de este último, que alimenta el cuerpo y se transforma, al ser digerido, en parte de nuestro cuerpo, el Pan Eucarístico nos alimenta el alma, con la substancia misma de Dios, y en vez de transformarse Él en nosotros, somos nosotros los que, por el Espíritu Santo, somos asimilados al Cuerpo Místico de Cristo, luego de consumir este Pan celestial.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.






[1] San Juan Crisóstomo, Oh Señor, yo creo.
[2] San Ambrosio, Me acerco a tu altar.
[3] Textos de San Pedro Julián Eymard sobre la Eucaristía.