viernes, 9 de noviembre de 2018

Hora Santa en reparación por los que practican la brujería 081118



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por las ofensas contra Nuestro Señor Jesucristo y su Madre, la Santísima Virgen María, por parte de quienes practican la brujería. La práctica de la brujería no es inocua: es esencialmente maligna y comprende, desde el inicio hasta el final, ofensas, sacrilegios y blasfemias contra el Dios Verdadero, contra la Madre de Dios y contra los santos y ángeles de Dios.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En el Evangelio se narra un episodio en el cual Jesús se dirige a ellos para revelarles su misterio pascual de muerte y resurrección, es decir, su Pasión, su Muerte y su Resurrección de los muertos. Jesús les está revelando los asombrosos planes de redención que Dios Trino habrá de ejecutar en los días de la Pasión, planes que implican el sufrimiento indecible de Jesús, su derramamiento de sangre, su humillación, su muerte en cruz y finalmente su resurrección. Pero el Evangelio también describe la respuesta de los discípulos ante la Revelación divina: “Los discípulos no comprendían” (cfr. Mc 9, 30-37). Es decir, Jesús les está diciendo que Él habrá de sufrir la muerte en cruz, por amor, para librar a la humanidad de las tinieblas de la muerte, del pecado y de la ignorancia y de las tinieblas vivientes que son los ángeles caídos, pero los discípulos “no comprendían” lo que Jesús les estaba diciendo. Y no comprendían porque tenían sus corazones cerrados a la gracia de Dios y abiertos al mundo. No comprendían porque escuchaban y analizaban las palabras de Jesús con su sola razón humana, sin dar lugar a la luz de la gracia, que habría iluminado las tinieblas de sus entendimientos. Sin embargo, no solo son los discípulos quienes “no comprenden” el misterio pascual de muerte y resurrección de Jesús. También nosotros nos sumergimos en las tinieblas de la incomprensión del misterio del cristianismo, toda vez que cerramos nuestro corazón a la gracia, toda vez que vemos los misterios de la vida de Jesús con la sola luz de nuestra razón humana. Los discípulos no comprendían el misterio de la Pasión; muchos cristianos no comprenden el misterio de la Eucaristía, memorial de la Pasión. ¡Virgen Santísima, Madre de la Sabiduría encarnada, no permitas que nuestras mentes y corazones permanezcan en la oscuridad de la razón humana y abre nuestros entendimientos, con la gracia de Jesús, al misterio pascual redentor!

Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

“Los discípulos no comprendían”, ¿cuáles serían sus pensamientos? Si no entendían lo que Jesús les decía, ¿en qué estarían pensando? Con toda probabilidad, creerían en Jesús, sí, pero al modo de un caudillo terreno, que habría de liberar a Israel con una liberación mundana, terrena. Jesús era para ellos, en ese momento, que no tenían la luz del Espíritu Santo, un mero caudillo que los liberaría del poder opresor del imperio romano. Con toda seguridad, instauraría su reino en Israel, pero ese reino no sería diferente de los otros reinos de la tierra. En ese momento, sin la luz del Espíritu Santo, los discípulos razonan con las tinieblas de sus mentes y sólo piensan en Jesús como en un caudillo terreno, no en el Redentor de la humanidad, que habría de liberar, al precio de su Sangre derramada, a toda la humanidad, de las tinieblas del error, de la mentira, del pecado y de la muerte. No pensaban en Jesús como el Salvador, sino como un mesías solamente humano. La misma incomprensión de los discípulos, continúa en la Iglesia y sobre todo en nuestros días, ya que muchos cristianos “no comprenden” en qué consiste el misterio pascual de Jesús de muerte y resurrección; “no comprenden” el misterio eucarístico y no comprenden que esta vida es sólo “una mala noche en una mala posada” y así, en vez de elevar la mirada al Reino de los cielos prometido por Jesús, se enfrascan en los asuntos terrenales, olvidándose de la vida eterna comunicada por Jesús en cada Eucaristía.

Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Los discípulos “no comprenden” porque sus mentes están oscurecidas, cerradas a la luz de la gracia y así quedan limitados a los estrechos confines de la razón humana, la cual no posee la capacidad, por sí misma, de contemplar el misterio trinitario. Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, se ha encarnado para salvar al mundo, ofreciéndose a sí mismo como Víctima inmolada, Purísima y Santísima, en el ara de la cruz. Es esto lo que Jesús les transmite a sus discípulos pero ellos, encerrados en sus razonamientos y sin la luz de la gracia, no pueden trascender y no pueden comprender que Jesús no es un mesías humano que libera humanamente de cadenas terrenales, sino que es el Mesías Dios, que ha venido para romper definitivamente las cadenas espirituales del pecado, de la muerte y del mal, que tienen prisionera a la humanidad desde Adán y Eva. Muchos cristianos, al igual que los discípulos, cuando contemplan la Eucaristía, la ven sólo con los ojos humanos y con la sola luz de la razón humana y así son incapaces de contemplar la Presencia real, verdadera y substancial del Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, intercede por nosotros para que seamos capaces de contemplar el luminoso misterio sobrenatural de la Presencia de tu Hijo Jesús en la Eucaristía!

Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

“Los discípulos no comprendían”, dice el evangelio y Jesús en Persona, en otro pasaje, se queja de que sus mentes están oscurecidas. Les sucede lo que a los discípulos de Emaús, tampoco comprendían, porque eran hombres “necios y torpes”  para comprender y creer: “sus ojos no eran capaces de reconocerlo” (Lc 24, 13-25). Sus mentes no alcanzan, por sí mismas y sin la ayuda de la gracia, que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; no pueden ni siquiera vislumbrar que Jesús es la Lámpara de la Jerusalén celestial. Porque no tienen la luz del Espíritu Santo, no pueden ver ni comprender el misterio pascual que está delante de sus ojos y la razón es que Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en el seno virgen de María Santísima. Lo mismo sucede con el misterio eucarístico y con muchos cristianos en nuestros días: no pueden comprender ni ver en la Eucaristía al Cordero de la Nueva Alianza, Jesús, que sella con su Sangre derramada en la cruz y en el cáliz eucarístico, la Alianza Nueva y Eterna. Y no pueden ver este misterio, porque no tienen la luz de la gracia y porque sin la gracia, el misterio eucarístico es inaccesible para la mente creada, sea hombre o ángel. Postrados ante Jesús Eucaristía y por intermedio de Nuestra Señora de la Eucaristía, suplicamos la gracia de no dejarnos nunca llevar por el racionalismo, que obnubila la mente y la cierra a la gracia, que es la única que puede hacernos comprender y amar el misterio de Jesús Eucaristía.

Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Los discípulos “no comprenden” que Jesús es el Redentor y que Él está por cumplir su misterio pascual de muerte y resurrección, que al precio de su Sangre limpiará los pecados de los hombres y les concederá la gracia santificante que los adoptará como hijos de Dios. Al no comprender que Jesús está por dar su vida para librarlos del pecado y conducirlos al Reino de Dios, los discípulos se quedan con sus expectativas meramente terrenas; creen que Jesús es un mesías terreno, que salva sólo con una salvación terrena y temporal. La sola luz de la razón humana es completamente insuficiente para contemplar el misterio de Cristo y por lo tanto el misterio eucarístico, ya que la Eucaristía es el Hijo de Dios que prolonga su Encarnación en la Hostia consagrada y la razón de esta incapacidad es que el misterio de Jesucristo brota, no de la imaginación humana, sino del seno mismo de la Trinidad. Sólo la luz de la gracia puede hacer comprender lo que Jesús les dice a sus discípulos, lo que les dice a los discípulos de Emaús y lo que la Iglesia nos dice acerca del misterio eucarístico: que Jesús es el Cordero degollado que en la cruz y en el altar eucarístico dona su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, para la salvación de toda la humanidad. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, intercede para que seamos capaces de comprender y amar el misterio de Jesús, la Pascua definitiva y eterna que Dios Trino nos dona, en la cruz y en el banquete eucarístico!

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.


viernes, 2 de noviembre de 2018

Hora Santa en reparación por la profanación de una basílica en Roma 271018



         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por la profanación[1] de dos iglesias en Roma, la basílica de Santa Maria Sopra Minerva (lugar de descanso de los restos corporales de Santa Catalina de Siena) y la basílica de San Agustín[2]. La profanación de los templos fue realizada por la empresa española Onionlab, quien proyectó sobre las fachadas de las iglesias un denominado: “Festival de la luz sólida”. Dicha proyección audiovisual consistió en la emisión de imágenes de contenido esotérico, además de destrucción de las iglesias.
         Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En cada Santa Misa nos encontramos, por el misterio de la liturgia eucarística, delante del Santo Sacrificio del Calvario, debido a que la misa es la renovación, incruenta y sacramental, de ese mismo y único sacrificio en la cruz. En la cruz, Jesús entrega su vida por nuestra salvación; en el Santo Sacrificio del Altar, Jesús renueva, sacramentalmente, su muerte en el Calvario. Así como Jesús entrega su vida en la cruz y derrama su sangre en la tierra del Monte Calvario, así en la Santa Misa, Jesús entrega su vida en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz. Por la Misa asistimos, entonces, al misterio de la muerte redentora de Cristo en la cruz. Si es así, es decir, si por la Misa asistimos a la muerte del Redentor, realizada de una vez y para siempre sobre la cruz, la pregunta es cómo asistir a la Santa Misa y qué actitud adoptar, en cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo que asisten al sacrificio incruento del Hijo de Dios. Para saberlo, debemos considerar la oblación interior y exterior de Cristo. La oblación exterior es la entrega sacrificial de su Humanidad, esto es, su Cuerpo, su Sangre y su Alma purísimos, los cuales se elevan al cielo como perfume agradabilísimo a Dios. Esta oblación exterior está precedida por la oblación interior, que es oblación de amor, porque en la cruz y en la misa Jesús hace lo que hace en la eternidad, en el seno del Padre: ama a su Padre con Amor divino y eterno, el Amor de Dios, que es el Espíritu Santo. Jesús entrega, por amor, a su Padre, su Ser divino trinitario, en el Espíritu Santo. Entonces, la oblación interior y también la exterior sobre la cruz y el altar es una continuación y prolongación del Amor que el Hijo ofrece al Padre desde la eternidad, el Espíritu Santo. Esto significa que nosotros, imitando a Cristo, debemos hacer la oblación interior y exterior: interior, que es ofrecer la inteligencia y la voluntad y exterior, que es ofrecer nuestro cuerpo para unirnos al Cuerpo de Cristo Sacramentado. Es esto lo que debemos hacer en la Santa Misa: hacer una oblación externa, precedida por la oblación interna, de manera que todo nuestro ser, postrado ante el altar eucarístico, se una por participación al Cristo Eucarístico y con Él ascienda, como suave perfume, hasta el trono de Dios Trinidad. Por medio de la Santa Misa, participamos del mismo y único sacrificio redentor del Calvario.

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         A través del milagro de la multiplicación de panes y peces -cfr. Mc 6, 34-44-, Jesús sacia el hambre corporal de una multitud de unos diez mil individuos, entre hombres, mujeres y niños. Además de su significado primario, el satisfacer el hambre corporal, el milagro posee ulteriores significados sobrenaturales: indica cuál es la misión de la Iglesia, que es alimentar a la humanidad en el espíritu con la Palabra de Dios y anticipar y prefigurar un milagro infinitamente más grande, la multiplicación de la Carne de Cordero y del Pan de Vida eterna en el altar eucarístico. Con respecto a esto último, la multiplicación de su Presencia real en el tiempo y en el espacio a través del milagro de la transubstanciación, esto es, la conversión del pan en su Cuerpo y del vino en su Sangre, el milagro de la multiplicación de panes y peces es una prefiguración y anticipo del milagro eucarístico, por el cual habría de alimentar no el cuerpo para un hambre terrena, sino el alma para un hambre de Dios. En efecto, mientras los panes y peces multiplicados sacian un hambre corporal y terrena, al alimentar al cuerpo con la substancia material e inerte de los panes y los peces, por medio de la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Jesús sacia el hambre que de Dios tiene toda alma humana, desde el momento mismo de su creación. Con la Eucaristía, al donarse Él mismo, Dios Hijo en Persona, Jesús extra-colma el hambre de Dios, de paz, de alegría, de justicia, de amor, que toda alma tiene. Con el milagro de la transubstanciación, Jesús alimenta a las almas con la Carne del Cordero de Dios, con el Pan Vivo bajado del cielo y con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna. Jesús multiplicó milagrosamente panes y peces y los entregó para saciar el hambre corporal; en la Santa Misa, multiplica milagrosamente su Cuerpo y su Sangre y nos lo entrega, para saciar nuestra hambre espiritual que de Dios tenemos.

Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.
Por medio de la transubstanciación, Jesús lleva a la realidad existencial del hombre sus palabras acerca del Pan de Vida: Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 30-35). La Eucaristía, al ser el Verbo del Padre en Persona, sacia el hambre espiritual que toda alma tiene de Dios. En efecto, el hombre, compuesto por el cuerpo y el alma, sufre de dos tipos de hambre: la corporal y la espiritual. La corporal la sacia con el pan material, hecho de trigo y agua; la espiritual, la sacia con el Maná Verdadero bajado del cielo al altar eucarístico, la Sagrada Eucaristía. Si el pan material da vida al cuerpo en un sentido lato, al impedir que muera de hambre, proporcionándole con su substancia material la energía vital que necesita, el Pan Eucarístico da vida, sí, pero Vida eterna al alma, al concederle la substancia resucitada y gloriosa del Cordero, su Cuerpo y su Sangre, es decir, no solo impide que desfallezca por hambre espiritual, sino que lo extra-colma en esta hambre y sed de Dios que todo hombre tiene. Aquel que acude a alimentarse con el Pan que ofrece la Iglesia, el Pan Eucarístico, sacia su hambre espiritual con la substancia humana glorificada del Cuerpo y la Sangre de Cristo y con la substancia divina de su Persona divina y no vuelve a experimentar más hambre de Dios, porque queda extra-colmado en su deseo de Dios. Quien se alimenta con la Carne del Cordero y con el Pan de Vida eterna, no tiene en absoluto necesidad de acudir a dioses o ídolos, como hacen quienes –con o sin culpa- no se alimentan del Pan Vivo bajado del cielo, Cristo Eucaristía.

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

         Cuarto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         En el Evangelio, Jesús hace revelaciones admirables acerca de su Cuerpo: afirma que quien coma de este Pan, que es su Cuerpo, “vivirá eternamente”, además de recibir la inhabitación de la Segunda Persona de la Trinidad: “Yo Soy el Pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este Pan vivirá eternamente. Quien come mi carne y bebe mi sangre –quien come mi Cuerpo-, mora en Mí y Yo en él” (cfr. Jn 6, 51-58). Es decir, quien comulga la Eucaristía –en estado de gracia- tiene ya, desde esta vida, en germen, la vida eterna y, cuando muera a esta vida terrena, “vivirá eternamente” y la razón es que la Eucaristía no es un poco de pan bendecido, sino Dios Hijo en Persona, que alimenta al alma con la substancia divina de su Ser divino trinitario. Además, quien se alimenta de la Eucaristía, convierte su corazón en algo similar al cielo, porque si el cielo es el lugar donde mora Dios, el corazón se vuelve morada de Dios por la comunión, porque Dios Trino va a inhabitar en él. Pero no solo se produce esta admirable situación, de que el Dios Tres veces Santo vaya a inhabitar en el corazón del que comulga en gracia: también sucede en sentido contrario, es decir, el alma, que vive todavía en la tierra y en estado de viador, comienza a vivir, de un modo misterioso pero no menos real, en el Corazón de Dios, por así decir: “Quien come mi carne y bebe mi sangre –quien come mi Cuerpo-, mora en Mí y Yo en él”. Si la Eucaristía fuera sólo un símbolo de la Presencia de Jesús y no fuera su Presencia real, verdadera y substancial, las palabras de Jesús no tendrían sentido, pero como Dios no engaña ni se engaña, las Palabras de Jesús acerca de su Cuerpo glorioso, resucitado y sacramentado, revelan esta asombrosa y maravillosa realidad: quien comulga la Eucaristía tiene Vida eterna –aun viviendo en esta vida mortal- y además de convertir su corazón en morada de Dios Hijo, comienza él mismo a vivir en el Corazón Eucarístico del Verbo de Dios encarnado.

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

         Quinto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         Jesús afirma en el Evangelio que Él ha “venido a traer fuego” y que “ya quisiera verlo ardiendo” (cfr. Lc 12, 49). ¿De qué fuego se trata? No es el fuego material, terreno, el que todos conocemos. El fuego que ha venido a traer Jesús es un fuego desconocido para el hombre, porque su origen es celestial, divino, trinitario: es el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Es el Fuego que arde en su Sagrado Corazón, que lo envuelve sin consumirlo y es el Fuego que arde en toda su Humanidad santísima. Este Fuego divino envolvió la Humanidad Santísima de Cristo en el momento mismo de ser creada y concebida en el seno virginal de María, porque es el Espíritu Santo, con el cual fue ungida su Humanidad. Por esta razón, los Padres de la Iglesia comparaban al Cuerpo de Cristo con un carbón encendido: el carbón es la Humanidad de Cristo; el fuego que lo enciende y lo vuelve incandescente, convirtiéndolo en una brasa, es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. Entonces, el Fuego que Jesús ha venido a traer no es el fuego material y terreno, sino el Fuego que envuelve su Humanidad Santísima y su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo. Éste es el Fuego que Jesús “ha venido a traer” y quiere “ya verlo ardiendo”. ¿De qué manera quiere Jesús ver arder a este Fuego? Lo quiere ver ardiendo en nuestros corazones y la forma en que nuestros corazones puedan arder con este Fuego del Divino Amor es que entren en contacto con Él y la manera en que Jesús ha dispuesto que nuestros corazones entren en contacto con este Fuego, es por medio de la unión del alma con el Cuerpo glorioso de Jesús, Presente en la Eucaristía. El Cuerpo de Jesús, glorioso y resucitado, envuelto en las llamas del Divino Amor, está contenido en la Eucaristía; por esta razón, quien comulga con esa “brasa ardiente” que es la Eucaristía, verá su corazón consumido en el Fuego del Divino Amor. Que nuestros corazones, por intercesión de Nuestra Señora de la Eucaristía, sean como leña o como pasto seco para que, al entrar en contacto con la Eucaristía, el Cuerpo del Señor Jesús envuelto en el Fuego del Divino Amor, se incendien en este Amor celestial a su contacto. Así se cumplirá el deseo de Jesús de ver a este Fuego “ardiendo” en los corazones de los que lo aman.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.

        



[1] Profanación: Tratamiento ultrajante, uso indigno o irrespetuoso que se hace de algo que se considera sagrado o digno de respeto. También, usar algo sagrado con un fin profano.

jueves, 25 de octubre de 2018

Hora Santa en reparación por Halloween 241018



          Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la festividad diabólico-pagana de Halloween. En esta festividad, de manifiesto carácter satánico, se cometen innumerables sacrilegios eucarísticos, además de sacrificios humanos. Para reparar por esta celebración del Infierno, ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado.

         Canto inicial: “Cristianos, venid, cristianos llegad”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Santo Tomás de Aquino afirma que “el bien de la gracia de un hombre solo es mayor que el bien de la naturaleza de todo el universo”[1]. Es decir, la gracia santificante que embellece el alma de un solo hombre, tiene más valor que todo el universo. Y según San Agustín, la gracia de Dios no solamente sobrepasa a todas las estrellas y todos los cielos, sino también a todos los ángeles[2]. La razón es que, por la gracia, el alma recibe la participación en la vida divina trinitaria, lo cual es un bien infinitamente más grandioso que si Dios diera a alguien todos los bienes del mundo y le concediera todas las perfecciones naturales de un ángel[3]. Por esta razón, no hay nada más precioso que la gracia que nos mereció el Hijo de Dios con su sacrificio en la cruz, así como tampoco hay mayor desgracia que su pérdida por parte de un alma[4]. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, Mediadora de todas las gracias, que pueda yo comprender el valor infinito de la gracia!

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la Escritura se narra que el profeta Jeremías se puso a llorar la pérdida de toda una ciudad. Cuando Job perdió todos sus bienes naturales –casas, ganados, hijos y salud-, sus amigos quedaron sin habla por siete días. Ahora bien, si alguien pierde la gracia, pierde algo inmensamente más valioso que una ciudad entera y que todos los bienes naturales que se puedan poseer. Si se pierde la gracia, se pierde aquello que levanta al alma por encima de la naturaleza, no solo la humana, sino también la angélica; se pierden los dones del Espíritu Santo y al mismo Espíritu Santo; se pierde el ser hijo adoptivo de Dios; se pierde el ser su amigo y gozar de su Presencia trinitaria en el corazón; se pierde a Dios Uno y Trino y con esto no se necesita perder nada más, porque quien perdió a Dios, lo perdió todo. El desprecio y la pérdida de la gracia hace al hombre el ser más miserable del universo, así como su posesión lo enaltece por encima de los ángeles, hasta ponerlo a los pies de Dios. Pierden la gracia quienes estiman por más valiosos los tesoros de la tierra que al mismo Dios. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, danos una conciencia viva y un amor sobrenatural a la gracia, para que seamos capaces de preferir morir antes que ofender a Dios y perder la gracia por el pecado!

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

         Tercer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

El hombre terrenal, que “atesora para sí y no para Dios”, que idolatra los bienes materiales y les da su corazón, no sabe lo que hace, porque prefiere el oro y la plata, que comparados con la gracia son como la arena y el barro, antes que el más grande bien espiritual que jamás el alma pueda siquiera soñar, la participación en la vida divina de Dios Uno y Trino. El corazón del hombre, herido por el pecado original, se engaña cuando se deja atrapar por el mundo y sus bienes, siendo esto el mayor mal, porque en el corazón no hay lugar para Dios y el mundo: o está entronizado Dios en el corazón, por medio de la gracia, o está entronizado el mundo en el corazón del hombre sin Dios y sin la gracia. Para no caer en este engaño, es necesario meditar acerca de la grandeza de la gracia y cuánto supera en majestad y gloria a todos los bienes del mundo. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, ayúdanos para que seamos prontos en rechazar al mundo y sus atractivos, y prontos para conservar la gracia y acrecentarla!

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

         Cuarto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

El Apóstol Pedro nos llama también a apreciar la gracia, con estas palabras: “Grandísimas y preciosas promesas nos ha dado Dios para que por ellas nos hagamos participantes de la naturaleza divina, huyendo de toda la corrupción de deseos que hay en el mundo” (2 Pe 1). Las maravillas de la gracia divina, que nos hace partícipes de la naturaleza y de la vida de Dios Trino, son incompatibles con las cosas del mundo, porque el mundo y todo lo que el mundo ofrece es perecedero, mientras que por la gracia nos unimos a Dios, que es eterno. Los bienes de la gracia son llamados “grandísimos y preciosos”, mientras que los bienes del mundo son de tal naturaleza dañinos para el alma, que hay que “huir” de ellos lo antes posible. Con respecto a la grandeza de la gracia, dice San Juan Crisóstomo: “Quien aprecia y admira la grandeza de la gracia que viene de Dios, este tal será para adelante más cuidadoso y atento de su aprovechamiento y salud espiritual y mucho más inclinado al estudio de las virtudes”. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, inclina nuestro corazón a tu Hijo, Jesús Eucaristía, Gracia Increada y Fuente de toda gracia, para que viviendo en la gracia en el tiempo, merezcamos la gloria eterna!

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

         Quinto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

La gracia es un bien tan grande, que es digno de estimarse por encima de cualquier otro bien terreno, por grande y numeroso que este sea. Éste es el bien del cual dijo Nuestro Señor que hay que atesorar en el cielo: “Atesorad tesoros en el cielo”. No se pueden atesorar en el cielo ni el oro ni la plata, pero sí la gracia que hace al alma partícipe de la naturaleza divina y fue obtenida para nosotros al altísimo precio de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Es de Dios Uno y Trino, Dios eterno, de donde descienden, a través del Corazón traspasado de su Hijo en la Cruz, y a través del Corazón Eucarístico de su Hijo Presente en la Eucaristía, toda gracia y todo bien, de donde se sigue que quien esté tanto más cerca de la Cruz y de la Sagrada Eucaristía, tanta más gracia recibirá en su alma. Y al contrario también es verdad: quien más se aleje de la Cruz y de la Eucaristía, tanta menos gracia poseerá en sí. Es la Virgen la que está al pie de la Cruz y al pie del sagrario, por lo que a Ella le debemos implorar que no permita que nuestras pasiones nos alejen de su Hijo Jesús. ¡Oh Virgen Santísima, Nuestra Señora de la Eucaristía, que estás de pie en la Cruz, en la cima del Monte Calvario, y estás de rodillas ante el sagrario, adorando la Presencia Eucarística de tu Hijo Jesús, no permitas que la mundanidad a la que estamos inclinados nos aleje de ti y de tu Hijo, Fuente Increada de la gracia!

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.



[1] 1, 2, q. 113, ad. 2.
[2] Lib. Ad. Bonif., cap. 6.
[3] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 9.
[4] Cfr. Nieremberg, o. c.

viernes, 19 de octubre de 2018

Hora Santa en reparación por el derribo de una Cruz por parte de migrantes islamistas en Grecia 121018



La Santa Cruz de Jesús, derribada en la isla griega de Lesbos por parte de migrantes islamistas, en octubre de 2018.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por el derribo de una Cruz, ocurrida en una isla de Grecia, el pasado 12 de Octubre de 2018. El blasfemo acto de derribar la Cruz fue llevado a cabo por un grupo de migrantes islamistas, puesto que consideraban que la Cruz era ofensiva para ellos. La información acerca del lamentable suceso se encuentra en el siguiente enlace:


         Canto inicial: “Postrado a vuestros pies humildemente”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Santa Madre Iglesia saluda a la Santa Cruz con esta jubilosa exclamación: “¡Oh Cruz gloriosa y digna de admiración y de veneración! Debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. ¿Por qué la Iglesia celebra, exalta, adora la Cruz? Mientras el mundo aborrece la Cruz y donde la ve, desea desterrarla, desclavarla y arrojarla por el suelo, la Santa Madre Iglesia, por el contrario, la ensalza, la venera y, todavía más, la adora. ¿Por qué? ¿Por qué este contraste tan marcado, entre el mundo y la Iglesia? Porque el mundo mira la Cruz sin fe; la mira con la sola razón humana y la razón humana está contaminada y herida por el pecado original. Además, el mundo mira la Cruz con la oscuridad que sobre él arroja el Príncipe de las tinieblas y por eso detesta, odia la Cruz. Para el mundo sin Dios, la Cruz es símbolo de tortura, de muerte, de humillación, pero para la Santa Madre Iglesia, que mira el mundo con los ojos de la fe, la Cruz es la Fuente de la salvación de los hombres y el signo victorioso con el que Dios derrota para siempre a los tres grandes enemigos del hombre: el Demonio, la Muerte y el Pecado. Por esta razón, mientras el mundo odia la Cruz, la Santa Madre Iglesia la venera, la ensalza y la adora, porque en la Cruz está el Salvador del mundo, Cristo Jesús.

Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Para los católicos, la relación entre la Cruz y la gloria de Dios es parte de nuestra fe y esto es así, porque para nosotros, quien cuelga de la Cruz no es, ni un profeta, ni un revolucionario, ni un hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos: para nosotros, los católicos, que contemplamos la Cruz con los ojos de la Santa Madre Iglesia, quien cuelga de la Cruz es el Hombre-Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo de Dios hecho carne, Dios Hijo encarnado, que se hace hombre sin dejar de ser Dios, para que los hombres, unidos a Él por la gracia, la fe y el amor, nos hagamos Dios por participación. ¡Cuánta ignorancia demuestran quienes odian la Cruz! ¡Cuánto mal se hacen a ellos mismos y a los demás, cuando combaten a la Cruz! Porque en la Cruz está la salvación, en la Cruz está la gloria de los hombres, en la Cruz está el Redentor, que sólo misericordia, amor y perdón otorga a quienes a Él se acercan, con el corazón contrito y humillado, a los pies de la Santa Cruz.

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

         Tercer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         Para el mundo sin Dios y para el hombre sin el conocimiento del verdadero Dios, la Cruz es ignominia, humillación, maldición, dolor, muerte. Cuando el hombre contempla la Cruz sin la luz de la fe, sin la gracia en su alma y con su sola razón contaminada por el pecado original, se origina en él un sentimiento humano de rechazo a la Cruz, porque en la Cruz se sufre: quien está crucificado, no está en un lecho de rosas, sino que está en el madero ensangrentado de la Cruz. Pero a esta visión humana de la Cruz, se le agrega la visión preternatural del Ángel caído, visión que le agrega, a la visión del hombre pecador de rechazo de la Cruz, el sentimiento de odio hacia la Cruz. En efecto, el hombre, por sí mismo, sin la gracia de Dios, experimenta naturalmente un rechazo de la Cruz, porque la Cruz es dolor y el hombre rechaza el dolor; pero cuando hay odio hacia la Cruz, este sentimiento ya excede las pasiones del hombre, para ser propiedad del Ángel caído, que hace partícipe al hombre pecador de su odio hacia la Cruz. El Demonio odia la Cruz porque en ella fue vencido para siempre; el Demonio odia la Cruz, porque en el mismo momento en que el Cordero fue crucificado, el Ángel caído fue precipitado para siempre en lo más profundo del Infierno. El cristiano, por lo tanto, necesita del auxilio de la gracia, para no caer en el error del naturalismo, de ver a la Cruz como lugar de dolor sin sentido, y para rechazar también el odio preternatural del Ángel caído, que ve en la Cruz el signo de la derrota del Infierno. Solo la gracia de Dios puede evitar que caigamos en el naturalismo, que nos lleva a rechazar la Cruz, y en el odio preternatural del Príncipe de las tinieblas, que lleva al hombre a odiar la Cruz. Sólo la gracia puede hacernos amar la Santa Cruz de Jesús.

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

         Cuarto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         Es la Santa Cruz la que hace que la religión católica se convierta en la única religión que trae al mundo una luz nueva, una luz que no viene del hombre ni del ángel, sino de Dios Trino mismo. De la Cruz brota la Luz, porque el que cuelga del madero es Cristo Dios y Dios es Luz Increada en sí mismo y fuente de toda luz creada y participada. Sin la Cruz, el mundo está en tinieblas, porque es de la Cruz de donde se irradia al mundo la Luz de Jesús, la Luz del Cordero del Apocalipsis, que es la Lámpara de la Jerusalén celestial. Por esta razón, quien se acerca a la Cruz, es iluminado con esta luz nueva, celestial, sobrenatural, la luz de Dios, que disipa y derrota a las tinieblas del pecado y de la ignorancia que envuelven al hombre. Pero la Luz de la Cruz, que es Cristo Jesús, disipa y derrota también las tinieblas y sombras de muerte en las que vive el hombre, porque Él es el Dios Viviente, que con su muerte en Cruz derrota a la muerte y concede al hombre su Vida divina. Por último, la Luz de la Cruz derrota a un tercer tipo de tinieblas, las tinieblas vivientes, los ángeles del Infierno, los ángeles caídos, rebeldes, apóstatas, los espíritus malvados de los aires que se negaron a servir y a adorar a Dios Trino. Y porque la Cruz los vence con su Luz gloriosa, es que los ángeles de las tinieblas odian la Cruz y transmiten ese odio a los hombres malvados y perversos. Que la Virgen de los Dolores, que está al pie de la Cruz, interceda para que por la gracia de Dios no solo jamás rechacemos la Cruz, sino que vivamos arrodillados ante la Cruz y abrazados a los pies crucificados y sangrantes de Nuestro Señor Jesucristo, en la cima del Monte Calvario.

         Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.

         Quinto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         El mundo, caído en el pecado original, está bajo el gobierno del Maligno, el cual solo desea la perdición del hombre, en cuanto éste es imagen de Dios. Puesto que a Dios nada puede hacerle, la Serpiente Antigua busca arrastrar hacia el abismo de la perdición al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Busca inyectarle en su corazón el veneno de su propio corazón angélico pervertido: el veneno del ateísmo, del naturalismo, del hedonismo, de la lujuria y de toda clase de pecados. Para lograr su objetivo, el Demonio tienta al hombre, así como tentó a Nuestro Señor Jesucristo llevándolo al pináculo del templo y prometiéndole dominar sobre las naciones, con la tentación del poder, del dinero, de la fama mundana, que en el fondo esconden la adoración luciferina. El Demonio tienta al hombre, ofreciéndole el dominio del mundo si lo adora a él, la Serpiente Antigua. Pero Dios no nos deja solos, no nos abandona nunca: mientras el Demonio ofrece el mundo, previa adoración suya, Dios no nos lleva al pináculo del templo, sino a la cima del Monte Calvario y, a cambio de que lo adoremos a Él, que está en la Cruz, y le entreguemos nuestro corazón por medio de las manos de la Virgen, Dios nos ofrece algo más grande que el mundo entero y es el Reino de los cielos. Todavía más, nos ofrece, a cambio de que nos postremos en su adoración ante la Santa Cruz, algo infinitamente más grandioso que el Reino de los cielos, y es su propio Sagrado Corazón, contenido en la Sagrada Eucaristía. Postrémonos ante Jesús crucificado en el Monte Calvario y entreguemos nuestro corazón a la Santísima Virgen María, para que obtengamos a cambio algo infinitamente más grandioso que el Reino de los cielos: el seno de Dios Padre.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.