miércoles, 13 de diciembre de 2017

Hora Santa en reparación por incendio contra iglesia del Sagrado Corazón en Argentina 011217


         Inicio: una capilla dedicada al Sagrado Corazón de Jesús fue totalmente devastada por un incendio, provocado por unos niños, según la información del siguiente portal:
En el mencionado se afirma que, según el capellán fray José Luis Genaro explicó a la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA), el incendio fue causado por tres niños, luego de que les fuera negada una pelota para jugar, a causa de estar las religiosas empeñadas en tareas propias de ese momento. Los niños, cuyas edades no se proporcionan, “se fueron atrás de la capilla y comenzaron a tirar piedras al templo. Luego, arrojaron algo encendido que podría ser un nido de paja bañado en algo inflamable, seguramente alcohol que fueron a buscar a sus casas”. El templo fue destruido totalmente por el fuego, quedando a salvo solo el área de la cocina.
         Ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación al ultraje sufrido por la capilla del Sagrado Corazón. Si bien consideramos que los autores del atentado eran “niños”, según la información de prensa, y aunque no sabemos de qué edades eran, suponemos que no calcularon o no tenían intención de devastar completamente la capilla, debido precisamente a su corta edad. Sin embargo, sí hubo una clara intención de dolo y daño, puesto que el material arrojado era combustible. Es por esta intención de dañar y ofender a lo más sagrado que los católicos tenemos, que es el Sagrado Corazón de Jesús –junto al Inmaculado Corazón de María-, que ofrecemos la reparación.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

         Uno de los grandes errores de los cristianos –principalmente los católicos-, cometidos en la práctica de la fe, es considerar a Jesucristo como un hombre santo, o bien considerar que la Trinidad y la Encarnación son posibles de deducir por la razón; cuando esto se hace, se priva al cristianismo –al catolicismo- de todo su misterio sobrenatural, puesto que se lo reduce a una moral y a una espiritualidad “racionales”, es decir, al alcance de la limitada razón humana. Esto incide en la vida espiritual y, por supuesto, en la adoración eucarística. Jesucristo no es “un gran hombre”, ni un “profeta”, ni un “santo” -ni siquiera el más santo entre los santos- en el cual la gracia santificante realizó su obra maestra, la de unir al hombre Jesús en modo perfecto con Dios, tal como lo sostiene cierta teología progresista y liberal, aliada con los errores de Nestorio[1]. Tampoco puede la Encarnación ser deducida con rigor lógico partiendo del análisis de la situación concreta del hombre y del universo, puesto que la Encarnación, así como la verdad de Dios Uno y Trino, es un misterio sobrenatural absoluto[2], imposible de ser alcanzado por la mente creatural –angélica o humana- si no es revelada por el mismo Dios, y aun así, revelada, permanece como tal, como misterio sobrenatural absoluto. La idea de la Encarnación –el hecho en sí mismo- trasciende por mucho el orden racional y natural, de manera tal que no se da en el mismo ninguna motivación suficiente para su realización y actuación, y tampoco puede el orden racional proporcionar una imagen proporcionada para su esencia, puesto que es, como afirma un autor, “un misterio absoluto”. Si Dios es “racional”, entonces no es un misterio absoluto; pero Dios es supra-racional, en su constitución íntima de su Ser divino trinitario, y por eso es un misterio sobrenatural absoluto, como así también la Encarnación y la prolongación de la Encarnación en la Eucaristía. Ningún conocimiento y ningún amor del misterio sobrenatural absoluto puede ser alcanzado por el hombre, sino es infundido, en el alma del hombre, por la gracia santificante.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Debido a que en Jesucristo se unen hipostáticamente la Segunda Persona de la Trinidad –Dios Hijo- con la humanidad de Jesús de Nazareth[3], de esto se siguen las propiedades consecuentes a dicha unión: santidad, plenitud de gracia, ciencia, visión beatífica. Jesús, en cuanto Hombre, era perfectísimo, porque no tenía pecado original, pero era Santo y la Fuente de la santidad en sí misma, por cuanto su humanidad estaba unida hipostáticamente, personalmente, a la Persona Segunda de la Trinidad, el Verbo Eterno del Padre. El nombre propio de Cristo, expresado en las Escrituras, el Ungido por excelencia, expresa este misterio del Hombre-Dios: “la unción de Cristo no es otra cosa que la plenitud total de la divinidad del Verbo, unido substancialmente a la humanidad que vive corporalmente en la divinidad, divinidad que con su bálsamo y con su fuerza vivificadora la perfuma y la penetra de manera de hacerla capaz –a la humanidad de Cristo- de poder infundir sobre los demás la misma fuerza divina vivificadora y colmarlos con el perfume de su gracia y santidad”[4]. Si esto es así para la humanidad de Cristo, en el tiempo de su vida terrena –esto es, que su humanidad perfectísima irradiaba santidad a causa de estar unida a la Santidad Increada, la Persona divina del Verbo-, lo es también para el tiempo de la Iglesia, en el que Cristo está, con su Cuerpo glorificado, en la Eucaristía: ésta es la razón por la cual Jesús Eucaristía santifica a quien se le acerca en la adoración eucarística. En la Eucaristía, Jesús es el Verbo Eterno del Padre encarnado, que prolonga su Encarnación en el Sacramento del Altar y que desde el Sacramento del Altar comunica su gracia y santidad a quien se le acerca, tal como lo hacía a quienes se le acercaban a su humanidad, cuando vivía en Galilea. Acercarse a la Eucaristía, postrarse ante la Eucaristía, adorar la Eucaristía, es el equivalente al acercarse a Cristo, al postrarse ante Cristo, al adorar a Cristo, tal como lo hacían los contemporáneos del Señor y está descripto en los Evangelios.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Los Padres de la Iglesia afirman que Cristo fue ungido por el Espíritu Santo, pero no a la manera como puede serlo un profeta o un hombre santo: cuando dicen que fue ungido por el Espíritu Santo, quieren significar el Espíritu Santo, procediendo del Verbo –y también del Padre-, descendió sobre la humanidad de Cristo, unida al Verbo y, como efusión o perfume del ungüento que es el Verbo mismo, unge y aromatiza –con el perfume de la divinidad-, a la humanidad del Verbo. Es este perfume exquisito de la divinidad que se derrama como bálsamo sobre la humanidad de Cristo, lo que la Escritura quiere significar cuando dice: “el buen olor de Cristo”. La unción colma a la humanidad de Cristo con la divinidad, y así la eleva a esta humanidad a la más alta dignidad que se pueda imaginar, colocándola sobre el trono mismo de Dios, siendo allí sostenida por una Persona divina, la Segunda de la Trinidad, convirtiéndose así en sujeto digno de adoración, como Dios mismo[5]. El cristiano está llamado, por la gracia santificante, a ser colmado por esta misma divinidad, es decir, está llamado a ser ungido también por el Espíritu Santo, pero esto solo lo puede hacer si se une al Cuerpo de Cristo por la gracia. Unido al Cuerpo de Cristo –por la fe, por la gracia y por la Comunión Eucarística-, el cristiano –sea sacerdote ministerial o fiel laico- lleva en sí, no ya su “olor a oveja”, ya que este es el olor del hombre viejo, sino que lleva en sí “el buen olor de Cristo” (cfr. 2 Cor 2, 15), el perfume exquisito de su gracia santificante.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Es esta unción divina –la unción con el Espíritu Santo- que, brotando desde lo más profundo del Ser trinitario divino –procediendo del Padre y del Hijo-, que inunda la humanidad de Jesús de Nazareth y la sumerge en seno de la divinidad, lo que hace que Jesús, Cristo, Jesucristo, sea, no un mero hombre divinizado –como lo son los santos en el cielo-, sino el verdadero y único Hombre-Dios[6], esto es, Dios Hijo hecho hombre, sin dejar de ser Dios. Este es el misterio de Cristo por excelencia, el Cristo que no es ungido simplemente para ejercer un oficio por mandato divino, sino que es ungido a causa de la unión personal con el principio del Espíritu Santo, Dios Padre y Dios Hijo. La humanidad asunta hipostáticamente por Dios Hijo en su Persona divina, es ungida con el óleo de perfume exquisito, el Espíritu Santo, que proviene del Padre y del Hijo. En consecuencia, Cristo –Jesús de Nazareth- y el Hombre-Dios designan y expresan una misma y única cosa: el misterio incomprensible sublime, escondido en Jesús de Nazareth y revelado por el Bautista: Cristo es “el Cordero de Dios” (cfr. Jn 1, 29); no es un hombre que, por su mansedumbre y por su santidad, es llamado secundariamente “cordero”; Cristo es el Cordero de Dios porque es Dios Hijo encarnado, que asume la naturaleza humana en su Persona divina, la Segunda de la Trinidad, para subir, con toda mansedumbre, humildad y amor, a la Cruz, para rescatarnos. Ese mismo Cristo, ese mismo Jesús de Nazareth, ese mismo Cordero de Dios, señalado por el Bautista en el desierto, es el Cristo Eucarístico, es el Jesús Eucarístico, es el Dios de la Eucaristía, es Dios, que en la Eucaristía es llamado, por la Iglesia, con el mismo nombre con el cual lo llama el Bautista: “el Cordero de Dios”. Cristo Eucaristía, Jesús Eucaristía, es el Dios que desde el sagrario, desde la custodia, nos brinda su gracia santificante para que, nosotros sí, por su gracia, seamos convertidos en hombres santos.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         El nombre de Jesús es “Salvador” porque esa es la función que Él ejerce en la tierra, pero esta función la puede cumplir solo en tanto y en cuanto su constitución íntima, en cuanto sujeto, es teándrica, es decir, es Dios-Hombre u Hombre-Dios en razón de su constitución íntima y su naturaleza intrínseca[7]: Jesús de Nazareth es Salvador porque es Dios Hijo unido a una naturaleza humana, naturaleza que habrá de ser ofrecida en sacrificio en el altar de la cruz para aplacar la ira divina; para concedernos el perdón de Dios; para infundirnos el Divino Amor; para convertirnos en hijos adoptivos de Dios por la gracia y para, finalmente, conducirnos al Reino eterno de Dios en los cielos. Jesús es Salvador en la Cruz y en la Eucaristía, y lo es, porque ejerce su función salvífica por medio de su Humanidad santísima, ofrecida en eterno holocausto al Padre por nuestra redención, pero no sería Salvador si no fuera, en la Cruz y en la Eucaristía, Dios Tres veces Santo. Toda la plenitud de la divinidad inhabita en Jesús Eucaristía, y de Él se propaga a todos aquellos que, por la unión con Él –por la fe, por el amor y por la gracia- se convierten en “Cristos” y en “un solo Cristo con Él”. Esta es la razón por la cual, frente a la Eucaristía, no podemos hacer otra cosa que postrarnos en adoración.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Postrado a vuestros pies humildemente”.




[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Il mistero di Cristo, Edizioni Messaggero Padova, Padua 1984, 42.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. Concilio de Calcedonia.
[4] Cfr. Scheeben, Il mistero, 42.
[5] Cfr. Scheeben, Il mistero, 43.
[6] Cfr. Scheeben, ibidem.
[7] Cfr. Scheeben, ibidem.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Hora Santa en reparación por blasfemia contra la Cruz Bélgica 241117


"La vaca sagrada", blasfema "obra de arte",
emplazada en una iglesia no desacralizada de Bélgica.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por una gravísima profanación realizada en una iglesia en Bélgica: en la diócesis de Limburgo, colocaron una “obra de arte” de un “artista” de nombre Tom Kerck, titulada “La vaca sagrada”, la cual consiste en un enorme crucifijo en el cual está colgada una vaca, rodeada de un lago de leche. La blasfema obra, calificada como “imagen satánica y un insulto a Dios y al catolicismo” por parte del Katholiek Forum, y los pormenores de dicho acto sacrílego, pueden ser consultados en los siguientes enlaces:
Hacemos nuestro el pedido de los católicos belgas, quienes munidos de rosarios, clamaron por una reparación frente a este nuevo acto sacrílego: “Parad la blasfemia y el arte degenerado. Rezad por la rehabilitación”. Aunque según el “artista”, autor del engendro, “la obra no quiere ser un insulto al catolicismo, sino que hace referencia al despilfarro que se produce en nuestra sociedad”, resulta sumamente llamativo el que sea la religión católica la que sirva de “inspiración y material” para “performances” que nada tienen de artístico y sí mucho de blasfemo. Pedimos por la conversión de los que pergeñaron el sacrilegio, así como la conversión propia, de nuestros seres queridos y del mundo entero.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

         Aunque la Cruz es el símbolo que representa la muerte[1], sin embargo, es vida y vida eterna, y la razón es que Aquel que cuelga del madero no es un hombre más, entre tantos; ni siquiera es el más santo entre los santos: el que cuelga del madero es el Hombre-Dios, es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios y por lo tanto, es en la Cruz el Vencedor Victorioso de la muerte, porque Él es, en cuanto Dios, la Vida eterna e Increada en sí misma. Es por esto que la Iglesia celebra la “victoria de la Cruz”, porque en la Cruz la muerte –junto al pecado y al demonio- ha sido vencida para siempre por el Hombre-Dios, quien muriendo en su naturaleza humana, abrió la fuente de la Vida eterna, su naturaleza divina, para todos los hombres. La comunicación de la Vida eterna al alma se lleva a cabo por medio de la Sangre del Cordero, inmolado y crucificado, Sangre que se transmite, por los siglos, por medio del Santo Sacrificio del Altar y por la gracia sacramental. La Iglesia, contemplando la Cruz, no canta a la muerte, sino a la vida, pero no a una vida como la que poseemos ahora, sino a la Vida eterna que del Crucificado brota para las almas: “Nosotros debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. En Él están nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección. En Él hemos sido salvados y liberados”[2].

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La muerte en el patíbulo de la cruz es el símbolo supremo de la extinción del hombre, imagen del ajusticiado que está bajo la ira de Dios: “Maldito todo aquel que cuelga del madero” (Gál 3, 13) y en el Antiguo Testamento: “El ahorcado es maldición de Dios” (Dt 21, 23), y sin embargo, el Hijo eterno del Padre, Dios Hijo encarnado, tomó sobre sí esta maldición que pesaba sobre toda la humanidad[3], para borrarla al precio de su Sangre Preciosísima, para no solo quitar de nosotros la maldición, sino para colmarnos, por su muerte en cruz, “de toda clase de gracias y bendiciones” (cfr. Ef 1, 3). Estas “gracias y bendiciones”, obtenidas por Cristo en la Cruz, van más allá de todo lo que podemos desear, imaginar o pedir, porque lo que se nos da con la Sangre del Cordero, derramada en la Cruz, no es otra cosa que el Amor de Dios, es decir, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Jesús toma sobre sí la maldición que pesa sobre la humanidad desde Adán y Eva, “para que la bendición de Abraham se extendiese sobre las gentes en Jesucristo y por la fe recibamos la promesa del Espíritu” (Gál 3, 14). Es decir, por Jesucristo, por su misterio pascual de Muerte y Resurrección, recibimos “la promesa del Espíritu”, y el Espíritu es una Persona, la Persona Tercera de la Trinidad, el Divino Amor, que se derrama sobre las almas por medio de la Sangre que brota del Corazón traspasado del Redentor.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la cruz, Jesús toma sobre sí la maldición que pesaba sobre los hombres, no solo para borrarla con su Sangre, sino para colmarnos con una bendición que supera toda capacidad de raciocinio e imaginación, tanto del hombre como del ángel, y que asombra al hombre y al ángel por toda la eternidad, porque lo que nos dona Jesús, desde la Cruz, es el Amor del Padre y el Hijo, el Espíritu Santo. La muerte en cruz de Jesús se convierte, por lo tanto, para los hombres, en fuente de vida, pero no de una vida humana, terrena, tal como la que poseemos por naturaleza y se despliega en el tiempo[4]. La muerte de Jesús en la cruz nos obtiene una vida que es eterna, porque es la vida misma de Dios, porque el Espíritu que se nos infunde con la Sangre que brota de sus heridas, es Espíritu Dador de Vida, la Vida divina, la Vida que brota del Ser trinitario de Dios. La Cruz de Cristo, Cristo en la Cruz, Cristo crucificado, se convierte, de instrumento de tortura y de muerte creado por los hombres, en instrumento de gozo y de vida eterna, porque con su Omnipotencia, su Sabiduría y su Amor divinos, Dios convierte la muerte en Vida y el castigo en Misericordia. En la Cruz, Dios invierte los significados: de instrumento de muerte, en fuente de Vida eterna; de lugar de ignominia, en Trono Sacratísimo del Redentor; de lugar de maldición por estar el hombre sujeto a la ira de la Divina Justicia –“Maldito el que cuelga del madero”- en lugar de bendición y Misericordia Divina para el alma que a la Cruz se abraza con fe, con piedad y con amor.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Aunque la cruz, invento de los hombres para torturar, humillar y matar, es sinónimo de ignominia y de muerte, Dios la convierte, por su omnipotencia, en Fuente de vida y de vida eterna, porque Aquel que cuelga del madero no es un hombre más entre tantos; no es un profeta; no es, ni mucho menos, un revolucionario; no es, ni siquiera el más santo entre los santos: es Dios Hijo en Persona, Dios Tres veces Santo, el Dios Eterno e Inmortal; es el Dios cuyo Acto de Ser divino es Perfectísimo, y del cual brota la Vida eterna como un manantial inagotable. El que cuelga del madero es el Dios “que Era, que Es y que vendrá” (Ap 1, 8; 4, 8); es el Dios que vino en Belén, oculta su divinidad en nuestra naturaleza humana; es el Dios que viene en cada Eucaristía, oculta su gloria en la apariencia de pan; es el Dios que ha de venir al Fin del mundo, en el Día del Juicio Final, en el esplendor de su gloria y majestad, para dar a los buenos el Cielo y a los malos el Infierno. El que cuelga del madero es Dios Hijo encarnado en el seno virgen de María por obra del Espíritu Santo, nacido en el tiempo de María Santísima, que padeció en la Cruz para salvarnos, que se quedó en la Eucaristía para darnos la Vida eterna, y que vendrá a juzgar a vivos y muertos. La cruz es símbolo de muerte, pero Dios, con su omnipotencia, la convierte en signo de vida y de Vida eterna, porque el que cuelga del madero es Él mismo, Dios omnipotente, el “Yo Soy” Eterno; el Dios que “estaba muerto –en su humanidad- pero ahora vive por los siglos, por la eternidad, con su humanidad gloriosa y resucitada unida a su divinidad”; el que cuelga del madero es “el primero y el último, el Viviente, que estuvo muerto tres días en el sepulcro, pero ahora vive por los siglos sin fin y tiene en sus manos las llaves de la vida y de la muerte y del Infierno” (cfr. Ap 1, 17), y nos da su Vida eterna por medio de la Sangre y el Agua que brotan de su Corazón traspasado, en cada Eucaristía.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Si el que cuelga del madero es Dios Hijo, entonces está claro cuál es el Único Camino al Cielo: Jesús crucificado, pues Él dijo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre si no por Mí” (Jn 6, 14). Para nosotros, que somos “nada más pecado” y cuya vida está signada por la muerte, no hay otro nombre en el que sea dada la salvación ni por el que se vaya a algo que es infinitamente más hermoso que los infinitos cielos hermosos, el seno de Dios Padre, que no sea Jesús crucificado. Jesús en la Cruz es el Único y Verdadero Árbol de la Vida, en donde nosotros, pobres pecadores y sometidos al imperio de la muerte, encontramos la Divina Misericordia, que perdona nuestros pecados y encontramos además la Vida eterna de Dios, que se nos concede con el Agua y la Sangre que brotan del Corazón traspasado del Cordero, y que se nos administra en cada comunión eucarística. La fuente de la vida eterna, el Camino para ir al Padre, están entonces, para nosotros, a los pies de Jesús crucificado y a los pies del sagrario. “¡Oh Jesús, Hombre-Dios, que diste tu Vida por mí en la Cruz, y que me concedes tu Amor Eterno en cada Eucaristía, me postro ante la Cruz y ante el Sagrario, y por manos de María Santísima, tu Madre y Madre nuestra amantísima, te ofrezco la nada de mi ser, para que borres con tu Sangre todo lo que no es de tu agrado, me concedas participar de tu Pasión en esta vida y me conduzcas al Reino de los cielos en la vida eterna! Amén”. 

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Junto a la Cruz de su Hijo”.



[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1964, 233.
[2] Introito de la Fiesta de la Santa Cruz.
[3] Cfr. Casel, ibidem.
[4] Cfr. Casel, ibídem, 235.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Hora Santa en reparación por robo de sagrario con Hostias consagradas en Brasil 101117


         Inicio: un sagrario conteniendo Hostias consagradas fue robado en Brasil y a diferencia de otros casos de profanación, en este caso, tuvo un final “feliz”, en el sentido de que el sagrario fue encontrado “en un lago con las Hostias consagradas intactas en su interior”, según los reportes. Los datos relativos al lamentable hecho se encuentran en la siguiente dirección:
         De igual manera, así hubiera habido o no intención de profanar, la profanación, aunque sea materialmente, se llevó a cabo, por lo que ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado como reparación.

          Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

         Al encontrarse con los discípulos de Emaús y luego de que estos le pidieran que “se quede con ellos”, Jesús hace algo infinitamente más grande: por el sacramento de la Eucaristía, se queda “en” ellos[1]. Es decir, los discípulos de Emaús, habiendo sentido arder en sus corazones el Amor del Espíritu Santo, enviado por Jesús mientras Él les hablaba de las Escrituras, y sin saber todavía que se trata de Jesús –este conocimiento sucederá hacia el final del episodio, en el momento de la fracción del pan-, le piden que se “quede con ellos”, y Jesús, que los ama con Amor infinito, como a todos y cada uno de nosotros, les cumple su deseo más allá de toda imaginación: por medio de la conversión del pan en su Cuerpo y del vino en su Sangre, se queda en ellos, morando en sus almas, tal como sucede con todo aquel que comulga con fe, piedad y amor, y le abre de par en par las puertas de su corazón al Señor Jesús, oculto en apariencia de pan. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda e íntima comunión con Dios Trino, ya que el Hijo es el Camino al Padre en el amor del Espíritu Santo. Por la comunión eucarística, Jesús no solo se queda “con” el que comulga, sino que se queda “en” el que comulga, en una relación de íntima y recíproca “permanencia”: “Permanezcan en Mí, y Yo en ustedes” (Jn 15, 4). Esto supera todo lo que el hombre puede desear[2], en esta vida y en la otra, porque convierte a su alma y a su corazón en un altar viviente, o en una custodia viviente, en donde el Cordero de Dios, Jesús Eucaristía, es amado, adorado, bendecido y glorificado, día y noche, como un anticipo en la tierra, en el tiempo y en el espacio, de la adoración eterna que el alma fiel, por la Misericordia Divina, desea tributarle por toda la eternidad. Comulgar, entonces, es recibir algo más grande que los cielos eternos: es recibir al Rey de esos cielos eternos, Jesús Eucaristía, para que se quede en nosotros y desde allí nos insufle su Amor, el Espíritu Santo.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         El hombre, creado por Dios “a su imagen y semejanza” (cfr. Gn 1, 27), fue creado también con “hambre” de Dios (cfr. Am 8, 11), de su Palabra, de su Amor, de su Sabiduría, de su Paz, de su Alegría, de su Justicia. Ésa es la razón por la cual ningún bien creado, y ni siquiera todo el universo, puede saciar su sed de felicidad, porque en el fondo, es hambre y sed de Dios. Sólo Dios puede saciar la profunda sed y hambre de Dios de toda alma humana;  sólo en la unión con Él se satisface plenamente este deseo del hombre[3]. Y si esta sed y hambre de Dios se satisface, para los justos, por la oración, mediante la cual el alma se une a Dios por la fe y por el amor, se realiza de modo orgánico –substancial- por la comunión eucarística, porque en la Eucaristía no está Cristo de un modo imaginario, sino real, verdadero y substancial, de manera que está todo Él en cada Eucaristía, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. De esta manera, la comunión eucarística comporta una unión más profunda entre el alma y Cristo, porque Cristo une al alma a Sí mismo, a su Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad, Presentes en la Eucaristía. Por la comunión eucarística, el alma está en Cristo –en su Cuerpo real, orgánico, el mismo Cuerpo con el que resucitó en el sepulcro- y Cristo está en el alma –Cristo está con su Cuerpo glorificado y con su Ser divino trinitario en el alma del que comulga- y la unión entre ambos es el amor: de parte de Cristo, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, insuflado por Él y el Padre sobre el alma del que comulga; de parte del fiel que lo recibe en la Eucaristía, es el amor humano purificado y santificado por la gracia santificante. La comunión eucarística sacia el hambre de Dios que todo hombre tiene, porque alimenta al alma con el Pan de Vida eterna, Pan que “contiene en sí todo deleite”, porque contiene la Carne de Cristo, embebida en el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Eucaristía es el Corazón de la Iglesia y así como el hombre recibe de su corazón la sangre que le da vida a sus órganos, así la Eucaristía, que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, concede al Cuerpo Místico de Cristo, los bautizados, la vida divina, al comunicarles la gracia santificante que se transmite por la Sangre del Cordero. Y de la misma manera a como un cuerpo no puede vivir sin el corazón, porque le falta sangre y con la sangre, la vida, así también la Iglesia no puede vivir sin el Corazón Eucarístico de Jesús, del cual recibe su Sangre Preciosísima y, con su Sangre, la Vida divina y eterna del Ser divino trinitario. No puede haber Iglesia sin Eucaristía y si la hubiera, esta sería una Iglesia sin Amor de Dios, sin Vida divina, porque le faltaría la Sangre del Cordero, que lleva en sí misma el Amor y la Vida de Dios Uno y Trino. Tampoco puede haber Eucaristía sin Iglesia, porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo[4], y así como un corazón no está sin su cuerpo, así tampoco la Eucaristía. Y si hubiera una Eucaristía sin Iglesia, esta no sería la verdadera Eucaristía, sino solo un remedio blasfemo, sin vida en sí misma e incapaz, por lo tanto, de dar vida al Cuerpo Místico de Cristo. La Iglesia es comunión en el misterio eucarístico de Cristo; la Iglesia se configura como una y santa porque sus integrantes, los bautizados en la Iglesia Católica, reciben del Pan Eucarístico la unidad y la santidad del Cordero. La Iglesia es comunión en el Cuerpo de Cristo, según las palabras de Jesús: “Como Tú, Padre, en Mí y Yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn 17, 21). La única Iglesia verdadera es la que se reúne por la comunión con la Eucaristía, esto es, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Luego de estar con el Señor Jesús y luego de haberlo reconocido “en la fracción del pan”, la actitud de los discípulos de Emaús cambia radicalmente: si antes estaban apesadumbrados, tristes y sin esperanzas –porque habían cifrado su fe en un mesías terreno-, ahora, al ser iluminados por el Espíritu Santo acerca de la divinidad de Jesucristo, son fortalecidos por el Espíritu de Dios y de tal manera, que “se levantan al momento” (cfr. Lc 24, 33) para “comunicar lo que han visto y oído”[5]. No se quedan inmóviles, sino que salen a misionar, pero no es una misión en la que no anuncian la verdad de Cristo, sino que anuncian, precisamente, la totalidad de su misterio pascual de Muerte y Resurrección. De esta manera, la Iglesia encuentra en los discípulos de Emaús el modelo a imitar y el ejemplo a seguir en su actividad misionera, aunque debe trascender el mensaje de Emaús, no en el sentido de anunciar algo distinto, sino de anunciar algo que –al menos no está explicitado en el Evangelio- no está contenido en el mensaje de los discípulos de Emaús: Jesucristo, el Hombre-Dios, no solo ha resucitado, venciendo así al Demonio, el pecado y la muerte, sino que está, vivo y glorioso, resucitado, en la fracción del pan, esto es, la Santa Misa, y en el Pan de Vida eterna, la Eucaristía. La Iglesia no puede renunciar a este aviso, so pena de contrariar su esencia misma y de traicionar a la Verdad de Cristo. Si la Iglesia no hace este anuncio en su misión, la de la Presencia real, verdadera y substancial de Cristo en la Eucaristía, entonces se vuelve una Iglesia apóstata.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Eucaristía es “acción de gracias” del hombre a Dios; es una acción de gracias que alcanza su máxima perfección y plenitud “en Jesús, en su sacrificio, en su “sí” incondicional a la voluntad del Padre, y en este “sí” de Jesús, está el “sí” de toda la humanidad”[6], de toda la humanidad que ama a Dios y desea agradecerle no solo por sus innumerables beneficios y dones que continuamente concede, sino ser Dios quien Es: Dios de majestad infinita. Una parte importante de la misión de la Iglesia es recordar a los hombres esta verdad[7]: que Dios merece ser bendecido, alabado y adorado, por su infinita bondad y por su infinita majestad. Tanto más, cuanto que la sociedad en la que vivimos está secularizada y dominada por un hombre que, creyéndose autosuficiente[8], se ha alejado de Dios y ha desterrado a Dios de su corazón y de su vida. La vida del hombre –y con mucha mayor razón, la del católico, que posee la Verdad absoluta de Dios- debe ser una vida “eucarística”[9], en el sentido de que debe ser una vida que debe transcurrir en una acción de gracias continua, en el reconocimiento de que todo lo que el hombre es –imagen y semejanza de Dios- y posee –la gracia santificante, que lo convierte en hijo adoptivo suyo por el bautismo-, proviene de Dios. Sólo en la Eucaristía y por la Eucaristía, el hombre, asociándose al sacrificio de Cristo y uniéndose a Él por el Espíritu Santo efundido a través del Agua y la Sangre de su Corazón traspasado, puede el cristiano hacer de su vida una acción de gracias continua, una “Eucaristía” continua, como anticipo de la acción de gracias que, por la Misericordia Divina, esperamos tributar a Dios y al Cordero, por los siglos sin fin, en el Reino de los cielos.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré”.




[1] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum, Domine, Carta Apostólica al Episcopado, al clero y a los fieles para el Año de la Eucaristía 2004 – 2005, III, 19.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. Juan Pablo II, ibidem, IV, 24.
[6] Cfr. Juan Pablo II, ibidem, IV, 26.

[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.
[9] Cfr. ibidem.