jueves, 20 de julio de 2017

Hora Santa en reparación por ultraje a imagen de la Virgen de Fátima 030717


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación por el ultraje cometido contra la sagrada imagen de Nuestra Señora de Fátima en Nueva York. La información acerca del lamentable suceso vandálico se puede obtener en el siguiente enlace: https://www.actuall.com/persecucion/destrozan-la-imagen-la-virgen-fatima-nueva-york/; https://www.youtube.com/watch?v=bcMeYZZcKU8
         Tal como lo hacemos siempre, pediremos por la conversión de los autores de este acto sacrílego, y también pediremos por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero. Centraremos las meditaciones en las apariciones de la Virgen en Fátima y en las apariciones del Ángel que la precedieron.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

En su primera aparición, el Ángel de Portugal, el Ángel de la Paz, arrodillado en tierra e inclinando la frente hasta el suelo, les enseñó la siguiente oración, diciéndoles luego que los Corazones de Jesús y María estaban atentos a sus oraciones: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”. A nosotros, no se nos aparece el Ángel de Portugal, pero junto con nuestro Ángel de la Guarda, y junto con el Ángel Custodio de nuestra Patria Argentina, podemos y debemos, arrodillados frente al sagrario y también con la frente en el suelo, dirigir esta oración al Dios del sagrario, Jesús Eucaristía: “Dios mío, Jesús Eucaristía, yo creo en tu Presencia Eucarística; te adoro en tu Presencia Eucarística; te amo en tu Presencia Eucarística, y te pido perdón por los que no creen que Tú estás en Cuerpo y Alma en la Eucaristía; por los que no te adoran en la Eucaristía; por los que no esperan que vayas a ellos por la Eucaristía; por los que no te aman en tu Presencia Eucarística”.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la segunda aparición, el Ángel, encontrándolos a los niños jugando, los insta a ofrecer constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo en reparación por los pecados con los que Él es ofendido, por la conversión de los pecadores, y a aceptar sumisamente los sufrimientos que Dios les envíe: “¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! (…) ¡Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo! (…) Aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe”. A nosotros, no se nos aparece un ángel, pero escuchamos lo anunciado a los Pastorcitos como dirigido a nosotros mismos, y puesto que tenemos la dicha inmensa, indescriptible, de tener al Dios Altísimo y Tres veces Santo, Jesús Eucaristía, delante de nuestros ojos, nos postramos en adoración ante su Presencia Eucarística y le ofrecemos, desde lo más profundo de nuestros corazones, todo el amor del que seamos capaces, para reparar por los que no lo aman; nos postramos ante el Dios Altísimo, Jesús Eucaristía, suplicándole por la conversión de los pecadores, por nuestra conversión y la del mundo entero. También le pedimos a la Virgen de la Eucaristía que interceda por nosotros, para que recibamos la gracia inmerecida de participar, en cuerpo y alma, de la Pasión de su Hijo Jesús, para estar crucificados con Él, para padecer sus dolores y participar de sus lágrimas, de sus penas, de sus tormentos, sin desear otra cosa que sólo “dolor con Cristo dolorido, lágrimas, llantos y pena interna”[1] por nuestros pecados, para que así, uniéndonos a la Víctima, Jesús crucificado, seamos en Él y por Él causa de salvación de nuestros hermanos.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la tercera aparición, el Ángel se presentó ante los Pastorcitos portando en sus manos “un Cáliz, sobre el cual estaba suspendida una Hostia, de la cual caían gotas de sangre al Cáliz”, y “dejando el Cáliz y la Hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces esta oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores”. Luego se levantó y les dio la Comunión y a beber del Cáliz, diciéndoles al mismo tiempo: “Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”. A nosotros no se nos aparece un ángel con la Eucaristía y el Cáliz con la Sangre de Jesús, pero sin embargo, no podemos considerarnos menos afortunados que los Pastorcitos, porque en cada Santa Misa, el sacerdote ministerial, por las palabras de la consagración, hace bajar del cielo al Cordero de Dios, para que entregue su Cuerpo en la Eucaristía y derrame su Sangre en el Cáliz del altar, y es así como recibimos la Comunión Eucarística de sus manos humanas, al igual que los Pastorcitos la recibieron de manos del Ángel. Entonces, también al igual que los Pastorcitos, que para comulgar hicieron antes un acto de adoración y de amor a Jesús Eucaristía, imitando al Ángel que se postró delante del Cáliz con la Eucaristía sangrante, también nosotros, antes de comulgar, imitemos a los Pastorcitos y hagamos un acto de amor y adoración ante Jesús Sacramentado, postrándonos ante su Presencia Eucarística y adoremos a la Santísima Trinidad, ofreciendo la Hostia consagrada en reparación por los ultrajes a los Sacratísimos Corazones de Jesús y María recibidos diariamente por los hombres ingratos, para así consolar a nuestro Dios amantísimo, Uno y Trino.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Llevados de la mano de la Madre de Dios, el 13 de Julio de 1917, los Pastorcitos tuvieron la experiencia mística del Infierno. No fue que la Virgen les habló acerca del Infierno, sino que, en cierto sentido, los llevó allí, según se desprende de la vivacidad de la experiencia que vivieron los niños. Según Sor Lucía, la experiencia mística del Infierno fue así: “Nuestra Señora nos mostró un grande mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergido en el fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas que fluctuaban transparentes y negras y bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos lados, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros (…) Nuestra Señora nos dijo con bondad y tristeza: “Visteis el Infierno a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. ¡Cuántas almas se condenan en el Infierno a causa de la falta de oración de aquellos a quienes Dios ha elegido con amor de predilección, los bautizados en la Iglesia Católica! A ellos, como a los Apóstoles en el Huerto, Jesús los llama junto a Sí, para que oren, por ellos y por sus hermanos, los hombres, pero la inmensa mayoría de los católicos, al igual que los Apóstoles en el Huerto, han caído en el sopor del sueño y de la indiferencia, causados por el desamor al Hombre-Dios Jesucristo. A diferencia de los enemigos de la Iglesia, que se muestran vigiles y febriles en su intento de demoler la Iglesia Católica, los bautizados parecen dormir, en un sueño de consecuencias trágicas, porque cuando despierten, verán a su Iglesia rodeada y atrapada por sus enemigos, como le sucedió a los Apóstoles, que al despertar de su sueño, vieron a Jesús rodeado y atrapado por sus enemigos. A causa de este sopor que invade a una inmensa muchedumbre de católicos, muchas almas se condenan, porque los llamados a rezar por ellos, en vez de adorar a Jesús Eucaristía, se dejan atrapar por los placeres mundanos. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, no permitas que durmamos, dejando solo a tu Hijo Jesús en el sagrario, y concédenos que, encendidos en el Amor de tu Hijo, no decaigamos nunca en la Adoración Eucarística, pidiendo por la conversión de los pecadores, para que ninguno se condene en el mar de fuego del Infierno!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En todas sus apariciones a los Pastorcitos, la Virgen mantuvo siempre el mismo pedido: rezar el Rosario, pidiendo por la conversión de los pecadores y en reparación por los ultrajes y sacrilegios con los cuales son ofendidos los Sacratísimos Corazones de Jesús y María. El Rosario es la oración que más agrada a la Virgen, por diversos motivos: la saludamos con el mismo saludo del Ángel Gabriel en la Anunciación, recordándole así el momento más hermoso de su vida, cuando se convirtió en Madre de Dios por la Encarnación del Hijo de Dios; al rezar el Rosario, nos encomendamos a Ella como Madre Nuestra amantísima, le demostramos nuestro amor filial y nuestra confianza en Ella como Omnipotencia Suplicante, al pedirle que “ruegue por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte”; además, meditamos en los misterios de la vida de su Hijo Jesús, para configurarnos a Él e imitarlo en nuestras vidas; honramos a Dios Padre con el Padrenuestro, glorificamos a la Trinidad con el Gloria y, con las diez Ave Marías, al tiempo que la honramos a Ella, le abrimos nuestros corazones, para que Ella los modele y los configure a imagen y semejanza de los Sacratísimos Corazones de Jesús y María, convirtiéndolos en sus copias vivientes. Por último, el Santo Rosario le agrada a la Virgen porque por medio de esta oración, Ella le arrebata almas al Demonio, les concede la gracia de la conversión y las acerca a su Hijo Jesús, ganándolas para el Cielo y evitándoles el Infierno.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.



[1] Cfr. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales.

jueves, 6 de julio de 2017

Hora Santa en reparación a burla blasfema a Jesús crucificado 280617


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la burla blasfema sufrida por Nuestro Señor Jesucristo crucificado, a manos de unos inadaptados sociales. La información acerca de este lamentable hecho se encuentra en el siguiente enlace:
Como siempre lo hacemos, pedimos por la conversión de quienes cometieron este sacrilegio, además de pedir por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

El materialismo ateo niega a la Cruz y la combate, porque no conoce más que este mundo, la materia, la carne[1], la rebelión contra Dios y su Mesías, Cristo Jesús, el Cordero de Dios que cuelga del madero por nuestra salvación. Es la Iglesia, la Esposa del Cordero, en la persona de sus santos, mártires, vírgenes, padres del desierto, doctores, teólogos, de todos los tiempos, la que lucha, con armas espirituales, por la Santa Cruz, implantándola primero en los corazones de sus hijos más fieles, para luego implantarla en los corazones de los infieles, los herejes, los apóstatas y los cismáticos. La lucha de la Iglesia es la lucha de la Esposa de Cristo, que enarbolando como bandera victoriosa el leño ensangrentado de la Cruz, hace huir a los poderes de las tinieblas, las sombras vivientes, que tienen cautivos a los hombres con el error, la ignorancia, la herejía, y así, arrebatándolos a las tinieblas, planta en sus corazones la Santa Cruz y los conquista para su Esposo, Cristo Dios.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El alma es salvada no por la cruz material, sino por la participación, por la gracia, al misterio de la Pasión del Señor, misterio de la Cruz que se renueva y actualiza en cada Santa Misa, de modo incruento y sacramental, por el poder del Espíritu Santo que, obrando a través de las palabras de la consagración, realiza el más asombroso milagro de todos los asombrosos milagros de Dios, esto es, la conversión de las substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Redentor. Es por eso que el alma, que por la gracia participa de la Cruz y de la Pasión del Redentor, uniendo su propia vida, su ser, y todo lo que es y tiene, al Redentor, en la Santa Misa, exclama, junto con toda la Iglesia: “!Sálvanos, Cristo, Salvador, por la fuerza de la Cruz!”[2]. Esta “fuerza de la Cruz” es la fuerza del Amor de Dios, que atrae a los hombres en el momento de ser Cristo levantado en la Cruz, según sus mismas palabras: “Cuando Yo sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí” (Jn 12 32). ¿Y en qué consiste esta fuerza centrípeta, que atrae a todos los hombres hacia el Hombre-Dios Jesucristo, elevado en la Cruz? Esta fuerza misteriosa que, como el imán atrae a las partículas de hierro hacia sí, es el Espíritu Santo, el Santo Amor de Dios que, derramado sobre los hombres al ser traspasado el Corazón del Redentor, enciende los corazones en el Amor de Dios y los atrae hacia Él, de manera tal que nadie, tocado en su fibra más íntima por esta Llama de Amor Divino, pueda resistirse a tan dulce encanto.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Por el misterio de la Cruz, dicen los santos, Dios despliega toda la fuerza y toda la potencia de su Amor[3], al tiempo que, al derramar sobre los hombres su Amor, con la efusión de Sangre de su Corazón traspasado, los enciende en el fuego de su Divino Amor. Aunque a los ojos del mundo, Aquel que cuelga de un madero, crucificado, acompañado solo por su Madre, que está al pie de la Cruz, abandonado por sus discípulos, traicionado, golpeado, humillado, cubierto de heridas sangrantes, parece un malhechor, es en realidad el Hombre-Dios que, con su muerte en Cruz, une al cielo con la tierra, al hombre con Dios y a Dios con el hombre, sellando con su Sangre Preciosísima una Alianza de Amor de parte de Dios misericordioso para con el hombre pecador; aunque aparente ser culpable, pues la muerte de cruz estaba reservada para los más peligrosos criminales, Jesús es el Inocente, porque es la Inocencia en sí misma; es el Cordero Inmaculado, concebido purísimamente en el seno eterno del Padre, concebido purísimamente en el seno virgen de María en el tiempo humano, inmolado incruentamente cada vez, en la Santa Misa, en el tiempo litúrgico de la Iglesia y ofrecido como Hostia Purísima y Víctima Perfectísima, para la salvación de los hombres.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Jesús, crucificado, traspasadas sus manos y pies por gruesos clavos de hierros, coronado de espinas y burlado y humillado por los hombres, es el mismo Dios que, en los cielos, es adorado, bendecido, exaltado y glorificado, por los bienaventurados habitantes del Reino de Dios, los ángeles y los santos. Mientras en la tierra recibe, de parte de los hombres malvados, una corona de gruesas, filosas y punzantes espinas, en el cielo, Jesús recibe, de parte de su Padre, la corona de gloria que en cuanto Hombre ha merecido con su Sacrosanto Sacrificio del Calvario, gloria que recibe como Unigénito del Padre desde la eternidad, al ser engendrado y no creado desde toda la eternidad, en el seno del Padre. Cristo Dios es crucificado en la tierra por la malicia de los hombres, cuyos corazones, entenebrecidos por el pecado original, están cegados por el odio deicida, la soberbia, la injusticia, la envidia, la ambición desmedida de poder y dinero, la venganza hacia sus hermanos, mientras que, de parte suya, aquello que lo conduce a la Cruz es su inmenso, eterno, incomprensible, inagotable amor por la humanidad caída.  Es por eso que podemos decir que el sacrificio del Cordero en la Cruz del Calvario es obra de los hombres, de cuyos corazones “salen toda clase de cosas malas” –y es obra también del Demonio, en cuanto que el Ángel caído induce al hombre, ya débil por su naturaleza y por el pecado, a cometer el horrendo pecado de deicidio, para así descargar, en la creatura humana, el odio diabólico que él, en cuanto ángel que ha perdido la gracia y ha pervertido su voluntad para siempre, profesa contra Dios. Sin embargo, si esto es así de parte del hombre y del demonio, es verdad también que el Sacrosanto Sacrificio de la Cruz es, de parte de Dios, causado por su Amor misericordioso, pues nada más que su misericordia infinita y la Persona-Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo, que envuelve con sus llamas al Sagrado Corazón, lo que lo lleva a la Cruz, puesto que ninguna otra causa, que no sea su misericordia Divina, es lo que conduce a ofrecer su vida, entregar su Cuerpo y derramar su Sangre en la Cruz del Calvario.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         “Y tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y una caña en su mano derecha; y arrodillándose delante de Él, le hacían burla, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!” (Mt 27, 29). El Cordero Purísimo de Dios, carga sobre sí nuestros pecados, nuestras iniquidades (cfr. Is 53, 11) y siendo Él como es, Inmaculado, es tratado por los hombres inicuos como un malhechor, cuando en realidad se merece todo el honor, toda la alabanza, toda la gloria, toda la adoración, todo el amor, todo el poder y la majestad, por ser Quien Es, Dios Tres veces Santo. En la Cruz, Jesús se ofrece al Padre por nosotros, interponiéndose entre la Justicia Divina, irritada por nuestra malicia, y nosotros, recibiendo en su Cuerpo sacratísimo y en su Alma purísima el castigo que merecíamos nosotros, expiando en forma vicaria nuestros pecados, aplacando la Ira Divina, derramando su Sangre a través de sus heridas y de su Corazón traspasado, provocando la efusión del Espíritu Santo por la herida que atraviesa su Corazón, inundando las almas con el océano infinito del Amor Divino. Ante el odio deicida del hombre, que lo lleva a crucificar a su propio Dios, el Padre responde, no con ira ni venganza, sino ofreciendo a su Hijo Dios para que derrame sobre las almas de los pecadores a la Persona-Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo. En la Santa Cruz de Jesús contemplamos, entonces, por un lado, la obra del hombre caído en pecado e instigado por Satanás, la crucifixión del Cordero de Dios; por parte de Dios, contemplamos el ofrecimiento del Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor Divino, para todos y cada uno de los hombres pecadores, porque Dios, en su infinito, incomprensible, inagotable Amor, “no quiere que ninguno se pierda, sino que todos los hombres nos salvemos” (cfr. 2 Pe 3, 9). Es por eso que, ante Cristo Crucificado, nos postramos en acción de gracias y adoración, por tanto Amor Divino, frente a tanta maldad humana.

         Meditación final.

         Jesús, el Cordero de Dios “como degollado”, se desangra en la Cruz, derramando hasta su última gota por nuestra salvación, en medio de atroces dolores, ofreciendo al Padre -y acompañado por su Madre, la Virgen, que participa místicamente de su Pasión y ofrece Ella misma a su vez a su Hijo, con todo amor, para salvarnos- su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Y esta Sangre del Cordero “como degollado”, que brota a borbotones de las heridas de sus manos y pies y de su Corazón traspasado, es recogida en cálices de oro por los ángeles de Dios, en cada Santa Misa, para derramarlas sobre las almas de los que, reconociéndose pecadores, se postran ante el Cordero oculto en apariencia de pan y que se les dona como alimento celestial, como Verdadero Maná bajado del cielo. ¡Oh Sangre Preciosísima del Cordero Inmaculado, que eres derramada en la Cruz para ser vertida en las almas de los que te aman, te adoramos en el Altar Eucarístico y te suplicamos, que cayendo sobre nuestros corazones y los de nuestros seres queridos, los purifiques y los santifiques con tu santidad divina, para que disipadas las tinieblas de muerte en las que estamos envueltos, la Luz eterna de Jesús ilumine nuestras almas y encienda nuestros corazones en el purísimo Amor de Dios, para que glorificándote y amándote en el tiempo, continuemos glorificándote y amándote por toda la eternidad!

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.




[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid2 1964, 77.
[2] Antífona de Laudes y de Segundas Vísperas de la Fiesta de la Santa Cruz.
[3] Cfr. San León Magno, Sermo 72, 1.

domingo, 2 de julio de 2017

Hora Santa en reparación por ultraje a la Madre de Dios 280617


Imagen blasfema de la Virgen.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por el ultraje cometido contra la Madre de Dios en el mes de junio de 2017, en el transcurso de una promoción del día del orgullo LGTB en Perugia, Italia. La información pertinente al lamentable hecho se puede consultar en el siguiente enlace: https://www.actuall.com/laicismo/se-burlan-con-una-virgen-drag-queen-para-promocionar-el-dia-del-orgullo-lgtbi-en-una-ciudad-italiana/
El ultraje a la Madre de Dios consistió en que los organizadores de los actos del día del Orgullo LGTBI en la ciudad italiana de Perugia utilizaron la imagen de una “Virgen” drag queen, lo cual constituye una gravísima ofensa a Nuestra Madre del cielo[1]. Como siempre lo hacemos, ofreceremos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, pidiendo por la conversión de los que idearon y llevaron a cabo esta profanación, además de pedir por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero. Basaremos las meditaciones en textos de los Santos Padres, dedicados a la Virgen[2].

Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

La Virgen María, la Santísima Madre de Dios, inhabitada por el Espíritu Santo desde su Concepción Inmaculada, es la creatura más excelsa jamás creada por Dios, que supera en santidad, pureza, castidad, a todos los ángeles y santos juntos[3]. Es la única morada del Espíritu Santo, que recibe sin error alguno en su Mente sapientísima a la Palabra de Dios; en su Inmaculado Corazón, la recibe con un amor purísimo y santo, y la recibe también a esta Palabra de Dios en su seno virginal purísimo para nutrir, con su substancia materna, a la Palabra de Dios encarnada, tal como lo hace toda madre con su hijo recién concebido. En la Virgen y Madre de Dios, encuentra toda la humanidad, que vive envuelta “en tinieblas y en sombra de muerte”, su refugio y su alegría y en Ella espera su protección, porque de la Virgen Madre surge la Luz Eterna, Cristo Dios, que ilumina nuestras almas con la luz de la gloria de su Ser divino trinitario, disipando las tinieblas del error y de la ignorancia, venciendo para siempre a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, e infundiéndonos, con su Vida divina, el Amor de su Sagrado Corazón.

 Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Quien acude a María, recibe a Jesús y, por Jesús y su gracia, el alma se ve libre de su impureza, recibiendo el perdón de los pecados; se purifica de sus pasiones; se santifica en sus pensamientos erróneos y oscuros; deja atrás la vida de impureza y de pecado; domina sus sentidos y aplaca las pasiones; se libra de las inclinaciones a las pasiones impuras; es defendido de sus enemigos, los ángeles caídos; obtiene la divina sabiduría, que le concede el discernimiento de lo que es recto y bueno a los ojos de Dios; se corrige de sus faltas y caídas y así, libre de las tinieblas del pecado, el alma, iluminada por la luz de Cristo, glorifica al Cordero y a su Madre, en el tiempo y luego en la eternidad[4]. A ti acudimos, oh Virgen y Madre de Dios, María Santísima, nosotros, tus hijos pecadores, para que intercedas ante tu Hijo, Jesús, Nuestro Señor y Redentor, y nos consagramos a tu Inmaculado Corazón para que, al igual que un niño pequeño, que se refugia en los brazos de su madre para que ésta lo estreche contra su corazón y así sienta su amor materno, de la misma manera nosotros, que somos “pecado más nada”, acudimos a ti para que, estrechándonos contra tu Inmaculado Corazón, nos concedas tu amor y con este amor tuyo, seamos capaces de amar al Sagrado Corazón de Jesús.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Virgen Santísima, Madre de Dios, llena de gracia e inhabitada por el Espíritu Santo, es el Portal sagrado a través del cual llega a los hombres, sumergidos en las tinieblas del pecado, del error y de la muerte, la Luz Eterna, Cristo Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, nuestra Alegría y nuestra Paz. Por este motivo, la Virgen es el canal por donde llegan a las almas no solo toda clase de gracias, necesarias para la salvación, sino ante todo, por Ella viene a nuestro mundo, naciendo milagrosa y virginalmente en Belén. La Virgen es la Madre amorosísima, la Reina de cielos y tierra, que hace de intercesora y mediadora entre los hombres y Jesucristo, el Mediador ante el Padre. La Virgen es el puente misterioso, celestial y purísimo, que une a la tierra con el cielo, al pecador con su Redentor, Cristo Jesús; es la llave mística que nos abre las puertas del Paraíso, el Corazón Eucarístico de Jesús. Nuestra Madre del cielo es nuestra intercesora y nuestra celestial abogada ante Cristo Dios, que es la Misericordia Divina encarnada, y por esta razón es que los hombres pecadores, incapaces de presentarnos por nosotros mismos ante Cristo Dios, nos cubrimos con el manto de la Virgen, nos refugiamos en su Inmaculado Corazón, en el tiempo que dura nuestra vida terrena, para así estar un día ante el trono del Cordero en los cielos, para alabarlo, bendecirlo y glorificarlo por toda la eternidad.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Virgen, destinada a ser la Madre de Dios, fue concebida sin la mancha del pecado original, y por este motivo se llama “Tota Pulchra”, pero al mismo tiempo, el Espíritu Santo inhabitó en su corazón, en su alma y en su cuerpo, para que el Verbo de Dios, que habría de encarnarse en la plenitud de los tiempos, cuando llegara el momento de la Encarnación, encontrara en el seno virgen de María el mismo Amor con el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre desde la eternidad, el Espíritu Santo. La Virgen no es solo pura de cuerpo, sino también de alma, de espíritu y de corazón; su mente es brillantísima, pues está en ella la Sabiduría Divina; la Virgen es casta, fiel, pura de corazón y posee todas las virtudes en un grado excelente, y todo esto porque el Hijo de Dios, por su excelencia y majestad divinas, no podía encarnarse en una madre que, aun siendo bondadosa y llena de amor, estuviera sin embargo contaminada con el pecado original y por lo tanto, inclinada a la concupiscencia. La Pureza de María, de cuerpo y alma, es una participación a la Pureza del Ser divino trinitario, siendo de este un reflejo luminoso que, brillando en la oscuridad del mundo terreno, anuncia la llegada de la luz, así como la Estrella matutina anuncia la llegada del sol y del nuevo día.
Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         María es Causa de nuestra alegría: en ella se alegran todas las vírgenes, puesto que de entre ellas ha nacido Aquél que, sosteniendo en el ser a toda la Creación, liberó al género humano esclavo del pecado. En María Virgen se alegra Adán, seducido y vencido por la Serpiente, porque María da a Adán una descendencia que aplastará la cabeza de la Serpiente. En María se alegran los profetas, porque Ella es la confirmación viviente de lo que habían anunciado de parte de Dios, que una Virgen habría de concebir un hijo que sería llamado “Emanuel”, esto es, “Dios con nosotros”. Frente al fruto amargo, tomado del árbol del Paraíso, de la desobediencia a Dios, la rebelión y el orgullo de Eva, María da a los descendientes de Adán el fruto exquisito y dulcísimo del Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Jesús, un fruto que no solo contrarresta el veneno mortal del pecado del fruto de Eva, sino que concede la dulzura de la vida de Dios, al que recibe al Fruto del Árbol de la Vida, Jesús en la Eucaristía.

         Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.




[1] El Ayuntamiento, que patrocina la convocatoria, se desvincula del cartel y ha advertido que "la libertad nunca se puede separar del respeto"; cfr. Nicolás de Cárdenas,  19/06/2017.
[2] Pie Regamey, Los mejores textos sobre la Virgen María, Ediciones Rialp, Madrid 1972.
[3] Cfr. Regamey, o. c., Oración de San Efrén, 70ss.
[4] Cfr. Regamey, Oración de San Efrén, 72-73.

domingo, 25 de junio de 2017

Hora Santa en reparación por ataque sacrílego de ISIS a catedral católica de Filipinas 050617


         Inicio: Ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación y desagravio por el ataque sacrílego del estado islámico ISIS a catedral católica de Filipinas. La información sobre tan lamentable suceso se encuentra en el siguiente enlace: https://www.aciprensa.com/noticias/video-el-ataque-sacrilego-del-estado-islamico-a-catedral-catolica-en-filipinas-30716/
En el video se ve a los integrantes del grupo terrorista musulmán derribando, pisando y rompiendo misales, copones, hostias, imágenes de santos, de Cristo y de la Virgen María al interior de la Catedral filipina. Los miembros de ISIS destruyen también imágenes del Papa Francisco y de Benedicto XVI. La grabación finaliza con los terroristas prendiendo fuego a la iglesia. Pedimos la conversión de quienes cometieron este sacrilegio, como así también nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos, y la de todo el mundo.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

La Santísima Virgen María, iluminada por el Espíritu Santo y sabiendo qué iba a sucederle si aceptaba ser la Madre de Dios, ofreció a su Hijo, desde la Encarnación, por la redención de los hombres[1]. Luego de su Nacimiento milagroso y parto virginal, Jesús Niño fue llevado por la Virgen al templo, en donde el anciano y piadoso Simeón, también iluminado por el Espíritu Santo, le profetizó la inmensidad del dolor que habría de invadir su Inmaculado Corazón a causa de haber aceptado la maternidad divina: “Y a ti, oh Mujer, una espada de dolor te atravesará el Corazón” (). En el instante en el que el anciano Simeón, inspirado por el Espíritu Santo, hizo esa profecía, la Madre de Dios experimentó místicamente un dolor agudísimo en su Inmaculado Corazón, dolor que habría de llevarlo toda su vida terrena y que llegaría al culmen de su intensidad en el momento de la Pasión y el Calvario de su Hijo. Pero esta “espada de dolor” se volvería particularmente intensa en el momento en el que su Hijo, ya muerto en la cruz, sufriera la lanzada del soldado romano, que habría de atravesar su Sagrado Corazón, dejando “brotar al instante Sangre y Agua”, la Sangre que santifica y el Agua de la gracia que purifica nuestras almas de nuestros pecados, lavando así Jesús, con el contenido de su Corazón, nuestros pecados, y santificando nuestras almas, con el Espíritu Santo contenido en la efusión de Sangre de su Corazón. Al ser traspasado por la lanza, Jesús no sufrió dolor alguno, porque ya estaba muerto, luego de “entregar su espíritu en las manos del Padre” (cfr. ), pero si Él no sufrió dolor en su Cuerpo, sí lo sufrió la Virgen místicamente, al experimentar Ella, en su Inmaculado Corazón, un dolor similar al que experimenta un corazón humano cuando es atravesado por el frío y filoso hierro de una lanza. Decimos “similar”, porque si bien el dolor experimentado por la Virgen fue como si una lanza de hierro perforara su propio Inmaculado Corazón, sin embargo su dolor fue incomparablemente más doloroso, porque en el Corazón de la Virgen se albergaba todo el dolor del mundo, el dolor de comprobar la Virgen cómo sus hijos, adoptados por Ella al pie de la cruz por pedido de Jesús, se dirigían, enceguecidos, a la eterna condenación, al rechazar muchos de ellos el sacrificio redentor de su Hijo en la cruz.

 Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         En la cima del Monte Calvario, la Virgen ofreció al Padre la Víctima Perfectísima y Purísima,  el fruto Santísimo de sus entrañas virginales, la Hostia Santa y Pura, el Cuerpo de Jesús, y el Cáliz de la Nueva y Eterna Alianza, la Sangre del Cordero de Dios, por la salvación del mundo y, con el Cordero, se ofreció a sí misma, como víctima en la Víctima. La Virgen no ofreció a su Hijo sino en toda conformidad con los designios del Padre, con amor ardiente a la voluntad de Dios, aun cuando está Divina Voluntad le arrancaba a Aquél que era la Vida de su Alma y el Amor de su Corazón, Cristo Jesús. Sin un solo reproche y en total unión mística con los designios de Dios Uno y Trino, María Santísima ofreció a su Hijo Jesús y con Él, a ella misma, convirtiéndose así en Corredentora de los hombres, incluidos aquellos que persiguen a su Hijo y a su Iglesia, la Iglesia Católica. Si bien no sufrió físicamente, sí sufrió mística y espiritualmente, participando, con los dolores de su Inmaculado Corazón, de los dolores inenarrables de Jesús. Al celebrar la Santa Misa, el sacerdote debe imitar a María Virgen y no sólo ofrecer al Padre la Víctima Perfectísima, Jesucristo, sino ofrecerse él mismo, en Jesús, al Padre. Y lo mismo debe hacer todo sacerdote bautismal, es decir, todo bautizado en la Iglesia Católica, imitando a la Virgen en su anonadamiento e inmolándose a sí mismo en la Víctima Perfectísima, la Hostia Santa y Pura, Cristo Jesús, repitiendo junto a María y Jesús en el Calvario: “Hágase tu voluntad, oh Padre, y no la mía”.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Del Sagrado Corazón de Jesús, traspasado en la cruz, brotaron Sangre y Agua, portadoras del Amor de Dios, el Espíritu Santo, que al derramarse sobre los corazones, los enciende en el Fuego del Divino Amor; del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, brota el torrente inagotable de la divina gracia, que colma las almas de la gracia santificante, divinizándolas al hacerlas partícipes de la vida divina. Es por eso que el adorador eucarístico debe resplandecer, no por sus palabras, sino por su caridad, paciencia, humildad y misericordia, porque mucho Amor recibe del Dios de la Eucaristía, y mucho amor debe dar, porque el que mucho, mucho se le pide. Un adorador que obre las obras de las tinieblas, que son las obras del Demonio, traiciona al Corazón Eucarístico de Jesús, así como Judas Iscariote traicionó el Amor de Cristo y, como el Iscariote, se convierte en hijo de las tinieblas.

 Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Por medio del prodigio de la Transubstanciación, Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, al tiempo que Víctima Purísima y Perfectísima y Altar Sacrosanto en el que la Humanidad se ofrece a Dios unida a la divinidad, como holocausto de agradable perfume, hace presente su Sacrificio de la Cruz, realizado en el tiempo hace más de veinte siglos, pero actualizado, por el poder del Espíritu Santo, en el aquí y ahora en el que vivimos los hombres del siglo XXI y de todos los siglos. Al renovar de modo incruento y sacramental, sobre el Altar Eucarístico, su sacrificio cruento en el Calvario, Jesús oculta a los ojos del cuerpo su naturaleza dolorida y flagelada, su Cabeza coronada de espinas, sus manos y pies atravesados por gruesos clavos de hierro, aunque al igual que hizo en el Calvario, que sobre la cruz entregó su Cuerpo y derramó su Sangre, también sobre el Nuevo Monte Calvario, el Altar Eucarístico, entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el Cáliz de la Alianza Nueva y Eterna. De esta manera, Jesús hace presente y actual para nosotros, por el milagro de la Transubstanciación, esto es, la conversión de las substancias del pan y del vino en las substancias de su Cuerpo y su Sangre, su Sacrificio redentor de la Cruz, convirtiendo el Altar Eucarístico en el lugar de salvación, en el que nosotros, pobres hombres pecadores, nos postramos ante nuestro Dios que, para salvarnos, nos entrega, atravesando el tiempo y el espacio, su Cuerpo en la Eucaristía y su Sangre en el Cáliz, para salvar nuestras almas. Así, el misterio del sacrificio redentor de Jesucristo en la cruz, se hace presente a los creyentes de todos los tiempos y de todo lugar, por medio del Santo Sacrificio del Altar, renovación incruenta y sacramental del Sacrificio de la Cruz.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Sin el prodigio de la Transubstanciación, no tendríamos la Misa como Sacramento del Sacrificio; se tendría el sacrificio en sí, alcanzado por la fe a la luz de la Revelación, pero no el Sacrificio celebrado sensiblemente como acto de culto público y supremo, en el que está comprendida la consumación de la Víctima ofrecida, como parte integrante del rito eucarístico, símbolo a su vez de la unidad de los fieles, que forman el Cuerpo Místico de Cristo. En la Misa, entonces, y según lo enseña el Magisterio infalible de la Iglesia, hay un verdadero Sacrificio, el mismo sacrificio de la cruz, solo que renovado de modo sacramental e incruento; esta Presencia del sacrificio de la cruz sobre el altar, es posible por el prodigio de la Transubstanciación, el cual a su vez es posible gracias al sacerdocio ministerial, desde el momento en que, recibiendo el sacerdote el poder sacerdotal de manos del obispo, sucesor de los Apóstoles, quienes lo recibieron de Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, participan del poder sacerdotal de Jesucristo, que es Quien, en definitiva, obra el milagro de la Transubstanciación, comunicando su poder divino a través de las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote.
         La Santa Misa no puede nunca, bajo ningún concepto, reducirse a una memoria meramente psicológica –en el sentido de que no hace presente realmente, en el aquí y ahora de la celebración litúrgica y por el misterio de la Transubstanciación, al sacrificio del Calvario- y exclusivamente conmemorativa del sacrificio, ya que esto significaría considerar al pan y al vino consagrados como meros símbolos de la presencia mística de Cristo y de la unión entre Él y los comensales. La Presencia verdadera, real y substancial de Cristo, indispensable para que la Misa evidencie el único e irrepetible Sacrificio de la Cruz –convirtiéndose el altar eucarístico en el Nuevo Calvario-, exige necesariamente el prodigio de la Transubstanciación[2], el cual sólo puede ser obrado por Cristo en Persona, que obra Él personalmente a través del sacerdote ministerial. Desde siempre, la Iglesia entendió la Transubstanciación como la conversión de toda la substancia (esto es, la materia y la forma) del pan y del vino en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo. La voz “Transubstanciación” expresa fielmente la verdad de fe y de tal manera, que impugna a todo aquel que intente suprimirla[3]. La Santa Fe católica mantiene firmemente la realidad obejtiva de la Presencia del misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, independientemente de olas creencias que cada uno pueda tener: el pan y el vino han cesado de existir después de la consagración, y desde ese momento son el Cuerpo y la Sangre adorables de Nuestro Señor Jesucristo, los cuales están ante nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino, que es la forma como el Señor ha querido, para donársenos como Pan Vivo bajado del cielo y así asociarnos a su Cuerpo Místico[4].

         Meditación final.

         La Misa es el sacrificio de Cristo, en el cual Él se inmola como Víctima, Inocente y Purísima, Perfectísima y agradabilísima a Dios, y lo hace bajo los signos sacramentales. ¿Cómo participar a este sublime sacrificio del altar? Ofreciéndonos a este sacrificio, a nosotros mismos, como víctimas en la Víctima, Cristo Jesús. Nuestra disposición interior en la Santa Misa debe ser la de víctimas, ofreciéndonos al pie del altar, postrados ante el Cordero, con todo nuestro ser, con toda nuestra alma, con toda nuestra vida, con nuestro presente, pasado y futuro, con todo lo que somos y tenemos, con nuestros bienes materiales y espirituales, uniéndonos a Él, el Cordero de Dios, Inmolado en el Ara Santa de la Cruz y en la Cruz del Altar Eucarístico, y esta unión la debemos hacer en el Amor de Dios, el Espíritu Santo, porque somos miembros de su Cuerpo Místico, animados por su Espíritu, el Espíritu de Dios, el Amor Divino, y debemos ofrecernos como víctimas en la Víctima, por la salvación de las almas. Sin esta disposición interior, la de unirnos con todo nuestro ser al sacrificio que Jesucristo realiza cada vez en la Santa Misa, aquí y ahora, nuestra participación en la Misa es solo exterior, superficial y farisaica. Si nos unimos al sacrificio eucarístico de Jesús, el Fuego del Espíritu Santo, que quema el pan convirtiéndolo y transformándolo en la carne del Cordero de Dios, quemará también en nosotros todo lo que no es del agrado de Dios y así, de manos de María, unidos al Cuerpo de Cristo por el Espíritu, seremos llevados al seno del Eterno Padre. En la Misa, en donde se renueva su muerte en cruz, debemos ser inmolados con Él, para ser presentados, con Él y en Él, al Trono del Altísimo, como único sacrificio santo y agradable a Dios. Es en esto en lo que consiste la Santa Misa, que es también acción de gracias, adoración y comunión con la voluntad de Dios, que así cumple su voluntad salvífica. Toda otra forma de participación a la Santa Misa, no es más que banalización, superficialidad, fariseísmo y, en muchas ocasiones, profanación[5].

         Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.

        



[1] Cfr. Octavio Miquelini, 22ss.
[2] Cfr. Concilio de Trento, D-S 1636.
[3] Cfr. Innocenzo III, D-S 782; Conc. Later. IV, iv. 802; Conc. Ecum. II de Lyon, iv. 860; Conc. Ecum. de Florencia, iv. 1352. El Concilio de Trento confirma la exactitud, contra la teología protestante del tiempo: “Convenienter et proprie a sancta catholica Ecclesia “transustantiatio” est appellata” (iv. 1642). E ancora nel canone: “Quam quidem conversionem catholica Ecclesia aptissime “transustantiationem” appellat” (iv. 1652). Pío IV, en su Profesión de fe tridentina, confirma todo (Iniunctum nobis, iv. 1866), como también Benedetto XIV (D-S 2535), Pio VI contra el Sínodo de Pistoia (iv. 2629) y Pío XII en la encíclica Mediator Dei, 57 (iv. 3848).
[4] Enrico Zoffoli, Questa è la Messa, non altro!, Edizioni Segno, 1994, ISBN 88-7282-143-6;  pgs. 66-69.
[5] Cfr. Zoffoli, ibidem.