viernes, 21 de septiembre de 2018

Hora Santa en reparación por retiro del Crucifijo en la legislatura de Salta 110918



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el agravio cometido contra el Santo Crucifijo en la Legislatura de la provincia de Salta, en Argentina, el pasado 08 de Septiembre de 2018. El agravio consistió en que el Santo Crucifijo fue retirado de la Legislatura a pedido de un periodista que iba a presentar su libro en ese recinto[1]. La información relativa al lamentable hecho se encuentra en los siguientes enlaces:


         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Inicio del rezo del Santo Rosario meditado (misterios a elección).

         Primer Misterio del Santo Rosario

         Meditación

Para el cristiano, la gloria de Dios reside en la Santa Cruz de Jesús. Por esta razón, la Iglesia exulta de júbilo en la Cruz: “¡Oh Cruz gloriosa y digna de admiración y de veneración! Debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”[2]. Y también dice así: “Mientras se eleva en alto el madero triunfal, la Santa Iglesia festeja un día glorioso”[3]. Es decir, mientras para el mundo la Cruz es “locura y necedad”, para la Iglesia Católica es motivo de júbilo, de gozo, de alegría sobrenaturales. La razón de la contradicción es que la Iglesia, Esposa del Cordero e iluminada por el Espíritu Santo, ve en la Cruz algo que el mundo no ve: el que cuelga del madero no es un hombre más entre tantos, sino el Hombre-Dios, el Cordero de Dios. Y al ser elevado en la Cruz, cumple los dos objetivos para los cuales el Padre lo envió al mundo: con la Sangre de sus heridas abiertas lava nuestros pecados y por medio del Agua y la Sangre que brotan de su Corazón traspasado, nos envía al Santificador de nuestras almas, el Espíritu Santo. Ése es el motivo por el cual la Iglesia exalta de júbilo y de alegría sobrenaturales al ser elevada la Santa Cruz de Jesús.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario

Meditación

         Si bien para nosotros, los cristianos, la relación entre la Cruz y la Gloria de Dios es algo “natural”, debemos recordar siempre que la relación no es natural, sino sobrenatural[4]. Si nos dejáramos guiar por lo natural, por lo que nos dice nuestra razón natural, de ningún modo podemos establecer una relación entre la Cruz y la Gloria de Dios. Por el contrario, ante los ojos de la razón natural, la Cruz se nos presenta como lo más alejado de la gloria, sea divina que humana. En efecto, a los ojos de la razón natural, la Cruz se presenta como el signo más elocuente de la humillación, del dolor, de la muerte, de la infamia. Quien cuelga de la Cruz se vuelve maldito a los ojos de los hombres, porque lo ha perdido todo, material y humanamente hablando y de tal manera lo pierde todo, que pierde hasta la vida, porque el que está en la Cruz, termina por morir. Pero cuando contemplamos la Cruz no con nuestros ojos, sino con los ojos de Dios, la situación cambia y ahí sí la Cruz tiene una relación directa con la Gloria de Dios, porque el que cuelga de la Cruz es Dios Hijo y en cuanto Dios, Él tiene el poder para convertir el dolor en dicha, la derrota en triunfo y la humillación en gloria. Contemplada con la luz de la fe y con los ojos de Dios, hay una relación estrechísima entre la Cruz y la Gloria de Dios, porque el Crucificado es la Gloria Divina Increada que, encarnada, se deja crucificar para salvar nuestras almas.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario

Meditación

         Para el hombre natural, para el hombre sin fe, la Cruz era el símbolo de la suprema ignominia y de la completa destrucción y fracaso[5]. La peor maldición era ser crucificado. Quien era crucificado, lo era por haber sido juzgado y condenado por criminal, cuyos delitos eran tan atroces, que debía ser borrado su nombre y también su existencia en medio del mayor oprobio y vergüenza, en medio de los tormentos más atroces. Ahora bien, nosotros, los cristianos, doblamos nuestras rodillas ante la Cruz: “Hincamos nuestras rodillas en adoración ante el signo de la Cruz; todos veneran la Cruz; todos los reyes la ensalzan”. Para el cristiano, lejos de ser un instrumento de oprobio, humillación y vergüenza, es signo de gloria divina, de triunfo de Dios, de victoria divina definitiva sobre el Demonio, el Pecado y la Muerte. Es decir, hay un cambio radical de perspectiva entre la visión mundana de la Cruz y la contemplación cristiana de la misma. Pero no se trata de un simple cambio de pensamiento: se trata de una verdadera iluminación, pero que no proviene del hombre, sino del seno mismo de Dios. Sólo la iluminación del Espíritu Santo nos permite contemplar la realidad última de la Cruz, la de ser el estandarte ensangrentado, victorioso, de Dios Hijo, que desde la Cruz derrota al Infierno, vence a la Muerte, quita los Pecados de los hombres y dona el Espíritu Santo por medio del Agua y la Sangre que brotan de su Corazón traspasado.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario

Meditación

         El espíritu mundano, que por definición no tiene al Espíritu de Dios, porque se contrapone radicalmente al mismo, no puede comprender la Cruz y ve en ella el fracaso de Dios. Pero esta visión mundana es completamente errónea, porque no se corresponde en absoluto con la realidad de la Cruz. Lejos de ser “el fracaso de Dios”, la Cruz es la victoria más completa y absoluta de Dios. En ella, el Demonio es derrotado para siempre, porque en el mismo momento en el que cree haber triunfado, dando muerte al Hijo de Dios, puesto que el Hijo de Dios es Eterno e Inmortal, el Demonio fracasa rotundamente en su intento de borrar de la faz de la tierra y del corazón de los hombres el dulce nombre de Jesús y así queda vencido para siempre. En la Cruz, la Muerte es derrotada, porque Jesús mata a la Muerte con su propia muerte, porque si bien muere humanamente, su Divinidad, que permanece unida a su Cuerpo y a su Alma, los reúne nuevamente al tercer día y así Jesús, al tiempo que resucita victorioso, vence a la Muerte, dándole muerte con su muerte y a nosotros nos da su Vida eterna. En la Cruz, Jesús quita el Pecado de las almas, porque los lava y los borra para siempre con la Sangre que brota de sus heridas abiertas y a cambio de dejarnos nuestras almas inmaculadas, nos colma luego con el Santo Espíritu de Dios. La Cruz de Jesús no es lo que dice el mundo, el fracaso de Dios, sino lo que dice la Iglesia: es el triunfo más completo y absoluto de Dios sobre el Demonio, la Muerte y el Pecado.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario

Meditación

         Si el que cuelga del madero es el Dios Tres veces Santo, entonces: ¡Glorificada sea la Santa Cruz! ¡Gloria a la Cruz! Para la Iglesia Católica la gloria no viene después de la Cruz, sino que está en la Cruz, por esta razón, porque el Crucificado es el Kyrios, el Señor de la gloria y ésa es la razón por la cual la Santa Cruz es el motivo de la gloria del cristiano: “En cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6, 14). Para el cristiano, no hay mayor honor –inmerecido- ni mayor gracia –inmerecida- que estar crucificado, porque eso significa compartir el Trono de gloria del Señor Jesús; estar crucificado significa participar de la Gloria de Dios Hijo encarnado, que es la Gloria de la Trinidad. El cristiano que busque la gloria mundana en vez de la Cruz, está apostatando de la Verdad, está renunciando a la gloria divina para rebajarse a recibir la gloria mundana, que nada vale a los ojos de Dios. Si alguien quiere verdaderamente ser grande, entonces que se suba a la Cruz de Jesús y se quede con Él crucificado. ¡Oh Virgen Santísima, Nuestra Señora de los Dolores, tú que participaste de la Santa Cruz de Jesús, intercede por nosotros para que nunca cometamos la necedad de preferir la gloria del mundo a la gloria de la Santa Cruz! ¡Glorificada sea la Santa Cruz de Jesús, ahora y por siempre, por los siglos sin fin!

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.



[1] “La visita de Horacio Verbitsky a Salta para presentar su último libro no pasó inadvertido. Y es que, el escenario elegido, el Palacio Legislativo salteño, fue acondicionado de tal modo que generó el repudio por parte de fieles católicos, que se sintieron ofendidos. La presentación incluía una charla del ex jefe de Inteligencia del grupo guerrillero Montoneros con el investigador y escritor Diego Sztulwark que se llevó a cabo en el recinto donde sesiona la Cámara baja local y estaba organizada por la Cooperativa Coyuyo y la Mesa de Comunicación Popular de Salta y Jujuy. Durante el encuentro, Horacio Verbitsky, quien fue imputado por ser el autor intelectual del atentado al cuartel de la Policía Federal en el que murieron 23 personas y fue sobreseído durante el kirchnerismo, utilizó el sillón de la presidencia de la Cámara de Diputados. Además, para llevar a cabo la actividad fue descolgado el crucifijo que está emplazado en el edificio, lo que generó la reacción de católicos que se sintieron desairados. Tras la actividad, el crucifijo fue repuesto en su lugar”; cfr. https://www.infobae.com/politica/2018/09/08/quitan-un-crucifijo-de-la-legislatura-saltena-para-que-horacio-verbitsky-presente-su-libro/

[2] De los Responsorios IV y V de Maitines de las Fiestas de la Cruz; cfr. Odo Casel, Misterio de la Cruz, Ediciones del Guadarrama, Madrid2 1964, 254.
[3] Primer Responsorio de Maitines de las fiestas de la Cruz.
[4] Cfr. Casel, o. c., 254.
[5] Cfr. Casel, o. c., 255.

martes, 18 de septiembre de 2018

Hora Santa en reparación por quienes hacen apología del aborto 130918



         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por quienes hacen apología del aborto, instando a la muerte de lo que constituye la “imagen y semejanza de Dios”, el ser humano.

         Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección).

         Primer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

En el esplendor litúrgico del nacimiento de Nuestro Señor, la Iglesia canta: “El Logos se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14; Resp. XII de la Vigilia)[1]. El día de la Epifanía, la Iglesia se aplica a sí misma estas voces de los Profetas: “Levántate y resplandece, Jerusalén, que ya se alza tu luz, y la gloria del Señor alborea para ti, mientras está cubierta de sombras la tierra y los pueblos yacen en tinieblas. Sobre ti viene la aurora del Señor y en ti se manifiesta su gloria” (Is 60, 1ss). Es decir, en el día del Nacimiento del Señor, la Iglesia celebra que ella es recubierta por el esplendor y la gloria de Dios, mientras el mundo yace “en tinieblas y en sombra de muerte” y el esplendor y la gloria de Dios con los que la Iglesia se recubre, brotan del Acto de Ser divino trinitario del Niño de Belén. Para la Iglesia, el Nacimiento de Dios hecho Niño es motivo de júbilo y de alegría sobrenatural, porque ese Niño es la luz y la gloria de Dios, luz y gloria de vida divina que se derraman sobre la Iglesia, haciéndola resplandecer en medio de un mundo inmerso en las tinieblas y sombras de muerte.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         ¿Quiere decir esto que, quienes vivimos en esta vida mortal, contemplamos con nuestros ojos mortales, la gloria de Dios que resplandece sobre la Iglesia brotando del Cuerpo del Niño Jesús? No, lo veremos cara a cara solo en la otra vida: “lo veremos tal cual Es” (1 Jn 3, 2). Es decir, en esta vida terrena y mortal no vemos con los ojos del cuerpo a la gloria de Dios que brota del Niño Jesús, pero sí lo podemos ver con los ojos del alma, iluminados con la luz de la fe. De manera similar, ese mismo Dios que resplandece en el Pesebre y desde el cual se irradian la luz y la gloria divina, está oculto en la apariencia de pan, en la Eucaristía. Esto quiere decir que, si con los ojos del cuerpo vemos sólo apariencia de pan, con los ojos del alma iluminados con la luz de la fe vemos a Aquel que Es: vemos a Jesús, el Hijo de Dios, Presente en Persona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, bajo apariencia de pan. Solo en la otra vida, cuando nuestro cuerpo –por la gracia y misericordia de Dios- haya sido revestido de la gloria inmortal, veremos al Niño Dios cara a cara, veremos a ese mismo Niño que hoy se nos oculta a los ojos del cuerpo, pero que se nos revela en la Eucaristía, a los ojos del alma.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Quien ve a Cristo, ve la gloria de Dios, la gloria del Hijo de Dios hecho hombre y es a esto a lo que se refiere Juan: “El Logos se hizo carne y hemos visto su gloria”. La revelación de su gloria va unida a la Encarnación del Logos. El Logos resplandece en la eternidad, en el seno del Padre y en la unión del Espíritu Santo, como “luz inaccesible” que “ningún hombre vio ni puede ver” (1 Tim 6, 16), pero cuando se encarna, esa gloria de Dios se hace visible en la carne de Cristo, cuando el Logos se encarna en el seno virgen de María. Y cuando el Logos prolonga su Encarnación en el seno virgen de la Iglesia, el altar eucarístico, quienes ven la Eucaristía, ven la gloria de Dios oculta en apariencia de pan. Por esta razón, así como quienes veían con sus ojos corpóreos al Hombre-Dios Jesucristo veían la gloria de Dios encarnada, así también quienes en la Iglesia ven la Eucaristía, ven la gloria de Dios encarnada y oculta en apariencia de pan. Por esta razón, estar delante de la Eucaristía en adoración, es el equivalente, para el alma que peregrina en esta tierra, al estar en adoración, contemplando cara a cara al Cordero de Dios, tal como lo hacen los ángeles y los santos en el cielo.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Cuando los pastores, avisados por los ángeles, y los Reyes Magos, orientados por la Estrella de Belén, acuden al Portal de Belén, ven a un niño, pero el mismo no se trata de un niño más entre tantos: es el Niño Dios, es Dios Hijo encarnado; es el Dios de la gloria y majestad infinita hecho carne y por esta razón es que lo adoran, porque ven en Él, con los ojos del cuerpo iluminados por la luz de la fe, no a un niño humano, sino al Niño Dios; ven, con los ojos del alma iluminados por la gracia, a Dios Hijo hecho Niño; ven a la Gloria del Padre encarnada, tal como lo dice el Evangelista Juan: “El Logos se hizo carne y hemos visto su gloria”. El mismo Logos Espíritu Puro que Juan contempla en el seno del Padre en las alturas, lleno de gloria y majestad, es el mismo Logos que el mismo Juan contempla ya salido milagrosa y virginalmente del seno de la Virgen Madre en el Portal de Belén: “El Logos era Dios, estaba en Dios; el Logos se hizo carne y hemos visto su gloria”. Quien contempla al Niño de Belén, quien contempla la Eucaristía, contempla la gloria de Dios hecha carne; contempla la gloria de Dios oculta en apariencia de pan.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Contemplar a Cristo crucificado es entonces también contemplar al Kyrios de la gloria, al Señor de la gloria. La gloria de Cristo crucificado no es la gloria del mundo, es la gloria divina, la gloria que Él posee junto al Padre desde la eternidad, como Unigénito del Padre. Quien contempla la cruz con Cristo crucificado, contempla la gloria del Padre, de un modo análogo a como los ángeles y santos contemplan al Cordero, cara a cara, en los cielos eternos. De un modo análogo, porque la gloria del Cristo crucificado está velada a los ojos corporales, pero está revelada a los ojos del cuerpo iluminados por la luz de la fe. La gloria de la cruz se contrapone radicalmente a la gloria del mundo, la sobrepasa, la juzga y la condena, porque la gloria de la cruz no consiste ni en poder, ni en ciencia ni en saber de este mundo. El Crucificado es el Rey de la gloria, porque posee desde la eternidad la gloria del Padre: “Jesucristo es Kyrios en la gloria del Padre” (Fil 2, 11). El cristiano es el que confiesa que este Cristo crucificado, “escándalo para los judíos y locura para los gentiles” (1 Cor 1, 18) es el Kyrios, el Señor Todopoderoso. A los ojos del mundo, el Crucificado parece necedad y debilidad y sin embargo, a los ojos de Dios, el Crucificado es Sabiduría y Poder de Dios, porque Él es el Unigénito. De la misma manera, a los ojos del mundo, la Eucaristía parece un débil pan, pero a los ojos del adorador, es el Kyrios, es el Señor de la gloria, que ha pasado ya por su misterio pascual de muerte y resurrección y reina glorioso desde la Eucaristía. Y porque la Eucaristía es el Señor de la gloria, es que los cristianos nos postramos ante la Presencia Eucarística del Señor de la gloria y lo adoramos “en espíritu y en verdad” (cfr. Jn 4, 23-24).

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.


        


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Misterio de la cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1964, 199ss.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Hora Santa en reparación por exhibición blasfema delante de la Gruta de Lourdes 020918



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la blasfemia cometida contra Nuestra Señora de Lourdes en la Gruta de Lourdes, en Francia, el día 02 de Septiembre de 2018. La increíble ofensa consistió en una exhibición obscena por parte de una “artista” delante de la mismísima imagen de la Virgen de Lourdes, en el lugar de las apariciones a Santa Bernardita. La información acerca del lamentable episodio se puede encontrar en el siguiente enlace:


         Pediremos por la conversión de quienes cometieron esta ofensa a la Virgen, como así también por la conversión propia, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero.

         Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección).

         Primer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

A diferencia de las madres terrenas, cuya maternidad es incompatible con su virginidad, la Madre del Redentor permanece una virgen consagrada a Dios en su maternidad así como en la totalidad de su vida[1]. En efecto, en virtud de la excelsitud de la perfección única de su virginidad y de la condición de santidad única –excede más que el cielo a la tierra, en santidad, tanto a los ángeles como a los santos- de su ser inmaculado, María Santísima no solo debe ser llamada “Virgen”, sino “La Virgen”. Había sido llamada así en anticipación por parte del profeta Isaías, al hablar de la madre del Emanuel –el Emanuel” nacerá de una virgen- y luego en el Credo de los Apóstoles, en donde la Virgen es colocada junto al Espíritu Santo como uno de los principios del nacimiento humano del Hombre-Dios Jesucristo. Ambos textos definen el objetivo y el más alto grado de santidad de María en todo su ser, santidad que es la base de su virginidad. En efecto, la Virgen es Virgen porque es santa y es santa porque está inhabitada por el Espíritu Santo desde su Inmaculada Concepción. Y esto a su vez es la base de su Maternidad divina: la Virgen es Madre de Dios porque no solo ha sido preservada del pecado original, sino que el Espíritu de Dios la plenifica y esto desde la raíz misma de su acto de ser. ¡Oh Virgen Santísima, María Inmaculada, haz que te imite aunque sea lejanamente, en tu plenitud de gracia, viviendo en estado de gracia, para que tu Hijo Jesucristo pueda nacer en mi corazón!

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Como Portadora de Dios y como instrumento del Espíritu Santo, la Virgen es tomada en posesión por Dios y es la Elegida como Vaso espiritual y como Esposa espiritual de Dios unida a Él por místicas nupcias, por lo que le pertenece a Él solamente, completamente y sin reserva alguna. La Virgen es tal porque permanece tal, es decir, permanece Virgen, sin que este estado se altere por eternidad de eternidades. La Virgen es Virgen Perpetua, virgo perpetua. La perfección de la virginidad comprende tres partes: integridad y pureza de cuerpo; la virtud de la virginidad o la inclinación permanente a la virginidad, o también virginidad mental; y por último, la virginidad del corazón, es decir, posesión de ausencia absoluta de toda moción y sensación carnal. Por la primera parte de la virginidad, María no conoció varón terreno en esta vida y por esta razón, su matrimonio fue solamente legal, en el sentido de que su trato esponsal entre ellos se reducía al amor de hermanos. Por la segunda parte de la virginidad, la Virgen jamás adhirió a ningún error, por pequeño que sea, manteniéndose siempre fiel a la Verdad Absoluta, la Sabiduría encarnada, Cristo Jesús. Por la tercera parte de la virginidad, la Virgen no sólo jamás cometió ni siquiera la más ligera inclinación y jamás tuvo ni la más ligerísima moción sensual, sino que su Corazón permaneció Puro e Inmaculado, inhabitado por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, de modo que sólo amó a Dios y sólo a Dios y todo lo que no era Dios lo amó por Él y en Él. ¡Oh Virgen Santísima, que la pureza de la gracia nos conceda vivir en la castidad del cuerpo y en la pureza de la fe!

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Los que niegan la virginidad perpetua de María –María es Virgen antes, durante y después del parto y lo seguirá siendo por la eternidad-, son los que conjuntamente niegan la divinidad de Cristo. Aun cuando se sostuviera una virginidad de espíritu con una virginidad “parcial” perdida en el parto, eso es menoscabar la divinidad de Jesucristo y la dignidad de la Madre de Dios. Quien cede a esta tentación racionalista, rebaja el misterio del Hombre-Dios y de su Madre Santísima al estrecho nivel de la razón humana, que no puede llegar, por sí misma, a comprender la infinita majestad y potencia divinas, que ha elegido a la Virgen para que sea su Madre, permaneciendo Virgen por la eternidad al mismo tiempo. Quien cede a esta tentación racionalista, menoscaba también a la Iglesia, Esposa de Cristo, y al misterio eucarístico, que por sí mismo reclama una pureza inmaculada para el nacimiento del Hijo de Dios de una Madre sin mancha, y reclama una Iglesia igualmente Pura e Inmaculada para la perpetuación del misterio de la Encarnación en la Eucaristía por medio de la transubstanciación. ¡Oh Virgen Santísima, intercede por nosotros para que la luz de tu Hijo Jesús ilumine siempre nuestras mentes, de manera que seamos capaces de contemplar el misterio sobrenatural de la Encarnación del Verbo en tus entrañas purísimas y nunca caigamos en la oscuridad del racionalismo!

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La perfección absoluta de la virginidad corporal de María Santísima se define como: Virgen antes del parto, durante el parto y después del parto. Este orden nos muestra que, a diferencia de las otras madres, cuya integridad corporal se pierde obviamente en el nacimiento, la integridad de María fue milagrosamente preservada en el Nacimiento de su Hijo y supone y refleja la concepción virginal de Jesús, es decir, también milagrosamente concebido por obra del Espíritu Santo y sin intervención de varón alguno. Al excluir la concepción al modo humano, se garantiza la continuación perpetua de su integridad, es decir, que María continúa siendo virgen por toda la eternidad. ¡Oh Virgen Santísima, perpetuamente Virgen, eternamente Madre de Dios, alabada sea tu pureza inmaculada, ensalzada sea tu maternidad divina por los siglos sin fin!

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La virginidad de María se corresponde con su maternidad divina, es decir, en la concepción virginal y milagrosa de Cristo por parte del Espíritu Santo y no por obra humana. Por esto mismo, María Santísima no tuvo otros hijos fuera de Jesús y si nosotros somos hijos de la Virgen, lo somos porque la Virgen nos adoptó espiritualmente al pie de la cruz, en la persona de Juan. Negar la condición de la virginidad perpetua de María es, para los Padres de la Iglesia, una “irracional blasfemia”[2], de la cual debemos, como hijos de María que somos, apartarnos como quien se aparta de la peste. En la Escritura, la virginidad perpetua de María está prefigurada en la “Puerta cerrada” de la que habla el profeta Ezequiel: “Esta Puerta estará cerrada. No será abierta y ningún hombre pasará a través de ella, porque el Señor Dios de Israel ha entrado por ella”[3]. Y Dios ha entrado en Ella, en la Virgen, dicen también los Padres de la Iglesia, y ha salido de Ella, dejándola intacta y siempre Virgen, porque ha entrado y ha salido así como el rayo de sol atraviesa el cristal y lo deja intacto antes, durante y después de pasar a su través. No podía la Madre de Dios perder su virginidad, ni aun después del parto milagroso, porque no correspondía a la altísima dignidad de su maternidad divina a la que había sido elevada por Dios Trino. ¡Oh Virgen Santísima, que eres Virgen antes del parto, durante el parto y después del parto, haz que proclamemos esta divina verdad hasta el último suspiro de nuestras vidas!

         Meditación final.

Bajo distintos puntos de vista, María fue, es y será siempre Virgen. No perderá jamás su virginidad, por los siglos sin fin. Según Santo Tomás[4], la Virgen es Virgen –y lo seguirá siendo por toda la eternidad- por la relación establecida entre Ella y cuatro personas: es y será Virgen eternamente por Cristo, el Hijo de María, quien debe ser y es el Unigénito del Padre; la Virgen es y será eternamente Virgen por el Espíritu Santo porque la Virgen, siendo su Divina Esposa, debe permanecer por los siglos sin fin, como Templo exclusivo del Espíritu Santo; la Virgen es y será eternamente Virgen por Ella misma, porque sería culpable de la mayor ingratitud si perdiera su virginidad; la Virgen es y será eternamente Virgen por San José, el esposo humano y meramente legal de María Santísima, porque éste último, Santo Varón entre los santos varones, se volvería culpable de un gran pecado de temeridad, si hubiera llegado a profanar el templo del Espíritu Santo. Por último, parafraseando a Santo Tomás, podemos agregar que la Virgen es y será Virgen por la Iglesia, porque Ella es Madre de la Iglesia y en  Ella se cumplen, de modo anticipado, los misterios que luego se prolongan y perpetúan en la Iglesia: así como la Virgen concibió y dio a luz virginalmente a su Hijo Jesús, así la Iglesia, por el poder del Espíritu Santo, concibe y da a luz virginalmente a Jesús en el seno de la Iglesia, el altar eucarístico y así como la Virgen sigue siendo Virgen por siempre, así la Iglesia, hasta el fin, será siendo la Esposa Virgen e Inmaculada del Cordero, a través de la cual viene a nuestro mundo Jesús Eucaristía. Por todos estos motivos, Nuestra Madre del Cielo, la Madre de Dios y Madre Nuestra, fue, es y seguirá siendo Virgen por los siglos sin fin.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.




[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Mariology, Vol. I, Herder Book, Nueva York2 1946.
[2] Cfr. San Jerónimo, De instit. virg., cap. 5; PL, XVI, 313.
[3] Ez 44, 2.
[4] IIIa, q. 28, a. 3.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Hora Santa en reparación por ultraje a la Virgen en Universidad de Córdoba en Argentina 280818



El triste momento en el que unos irreverentes estudiantes retiran la imagen de la Virgen que estaba ubicada en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, el pasado 28 de Agosto de 2018.

Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por el ultraje cometido contra la Virgen en la Universidad de Córdoba, en Argentina: un grupo de estudiantes, con total irreverencia, sacaron de su sitial una imagen de la Madre de Dios que allí se encontraba. La información relativa al lamentable hecho se puede encontrar en el siguiente enlace:


         Pediremos por la conversión de quienes cometieron esta ofensa a la Virgen, como así también por la conversión propia, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero.

         Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección).

         Primer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

En un mundo caracterizado por el materialismo y el hedonismo, Jesús nos dona la Santa Cruz, como luz para el espíritu y como medio de purificación ya desde la tierra. El materialismo, el hedonismo o búsqueda de satisfacer los deseos carnales y sensuales, no solo asfixia al espíritu, sino que lo cubre además con una densa capa de oscuridad. Las almas que niegan a Dios y se dedican a satisfacción de sus pasiones, viven “en oscuridad y sombras de muerte”, porque por allí no se encuentra Dios ni tampoco el camino que conduce a Dios. Es por esto que la tribulación de la Cruz es un gran don del Cielo, desde el momento en que es de Cristo crucificado de donde se desprende una intensísima luz divina que envuelve al alma, tanto más, cuanto más cerca el alma se encuentra de la Cruz. Acercarnos a la Cruz, postrarnos ante Jesús crucificado, besar las llagas ensangrentadas de sus pies, es una gracia de inestimable valor, por cuanto nos sustrae de las tinieblas y nos envuelve en la luz y la Vida de Dios Trino.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Sin la luz de la gracia santificante, el alma queda sumergida en  tinieblas espirituales que se manifiestan en dos direcciones: materialismo, entendido como cosmovisión que niega la existencia de Dios y la trascendencia del hombre hacia la vida eterna, y la ausencia de caridad o de amor sobrenatural, tanto a Dios como a los demás hombres, pudiendo llegar, en casos extremos, al odio. El ser humano sólo puede salir de esta oscuridad en la que se ve envuelto, si es iluminado por la luz de Cristo, que brota refulgente desde la Cruz. De lo contrario, no hay forma de que el alma encuentre ni siquiera un mínimo resquicio de luz divina. De ahí la enorme importancia de la Cruz, de la necesidad literalmente vital de la Cruz, porque sin la luz que brota de la Cruz, el alma se queda a oscuras y en “sombras de muerte”, porque no tiene la Vida divina que la luz de la Cruz le otorga.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Cruz –el dolor- que es don de Dios conduce a Dios por la razón de que es don de Dios, un don cuyo objetivo es el retorno del alma a su Creador; los dolores que los hombres se provocan entre sí no conducen a Dios porque no se originan en Él ni tienen por objetivo conducir a Él. Cuando Dios da un dolor, si ese dolor se acepta y se abraza la Cruz, ese dolor se convierte en luz que ilumina al alma con la divina sabiduría. Si el dolor no se acepta, el alma permanece en la oscuridad, porque le falta la respuesta al don del dolor, que es abrazar la Cruz. Hasta tanto no se abrace la Cruz con amor, el dolor donado por Dios no puede iluminar al alma, porque esta permanece voluntariamente en la oscuridad, al no abrazar la Cruz.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Cuando Dios da el don de la Cruz, su objetivo es que la luz de la Cruz ilumine al alma que ha recibido el don. Si el alma abraza la Cruz, ese objetivo se cumple, porque el alma es iluminada por la luz de la Cruz. Una vez que el alma es iluminada por la Cruz, deja de estar en las tinieblas y comienza a ser ella misma partícipe de la divina luz. Es decir, está en condiciones de iluminar a las demás almas que viven “en tinieblas y en sombras de muerte”. Entonces, el abrazar la Cruz, luego de recibido el don del dolor, tiene por efecto no solo la iluminación del alma en particular, sino también la iluminación de otras almas que serán alumbradas por la luz divina que inhabita en el alma en gracia. Abrazar la Cruz tiene por lo tanto un efecto multiplicador de la luz: no solo el alma que recibió el don del dolor es iluminada, sino también muchas almas que a partir de entonces reciben la luz divina por intermedio del alma en gracia.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         El hombre ha sido creado por Dios Trino para ser bienaventurado. Pero esa bienaventuranza no comienza sino cuando el alma, una recibido el don del dolor, abraza la Cruz, porque es ahí cuando recibe la iluminación que viene de lo alto. Con la luz de la Cruz viene la Vida divina, porque Dios es luz y comunica de su Vida divina a quien ilumina y a su vez, con la luz y la vida, viene la Alegría, la verdadera alegría, la alegría que brota del Ser divino trinitario como de una fuente inagotable, por cuanto Dios es “Alegría infinita”, como dicen los santos[1]. Y en esa Alegría donada desde la Cruz, el alma encuentra la paz y la bienaventuranza y, con la bienaventuranza, alcanza el fin para el cual fue creada, el ser feliz, el ser bienaventurada. Una vez que alma sacia su sed de felicidad en la Cruz, ya nada más desea, sino quedar eternamente abrazada a la Cruz. La bienaventuranza eterna del hombre comienza ya en esta vida, por medio de la Cruz, porque en la Cruz se dona al alma Dios Trino y Dios Trino es, en sí mismo, Alegría infinita.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.



[1] Cfr. Santa Teresa de los Andes.