martes, 12 de junio de 2018

Hora Santa en reparación por baile blasfemo durante la Santa Misa en Alemania 040618



“Otro ángel vino y se puso junto al altar con un incensario de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono”

         (Ap 8, 3).



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por una danza blasfema realizada en el transcurso de la celebración de la Santa Misa en Alemania, en Junio de 2018. La información pertinente se puede encontrar en los siguientes enlaces:




           Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación

Aunque a los ojos corporales la Santa Misa puede parecer un ritual piadoso, en el cual se recuerda, mediante el uso de la memoria, lo que el Señor Jesús hizo y dijo en la Última Cena, en realidad esconde un misterio sobrenatural que sobrepasa infinitamente la capacidad de comprensión de nuestra razón natural. No se trata de un mero recuerdo psicológico, ni tan siquiera de un recuerdo litúrgico o moral: la Misa es la renovación, incruenta y sacramental, del Santo Sacrificio de la Cruz, realizado por el Señor Jesús en el tiempo y en el espacio el Viernes Santo sobre la cima del Monte Calvario. Ésta es la razón por la cual la Santa Misa recibe el nombre de “sacrificio”, ya sea “sacrificio eucarístico”, “sacrificio del altar” o “sacrificio de la Eucaristía”. Si no fuera la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, realizado de manera que misteriosa pero realmente se desarrolla delante de nuestros ojos, en el altar eucarístico, no tendría sentido que la Misa llevara el nombre de “sacrificio”. Ahora bien, es verdad que no es una mera memoria, ni psicológica ni moral, ni tampoco litúrgica, y sin embargo, es propiamente un memorial, en el sentido de que se trata de hacer memoria del Santo Sacrificio de la Cruz, un sacrificio que fue realizado en el tiempo y del cual ahora se hace “memoria” –por eso se llama “memorial”-, pero se trata de una memoria muy especial, puesto que, tratándose de un acto realizado por el Hombre-Dios Jesucristo, la memoria o memorial que se hace en la Misa, trae a la actualidad y al presente aquello que es recordado, no en el recuerdo, como sucede en un recuerdo meramente psicológico o moral, sino en la realidad. Es decir, es un “memorial del sacrificio” por el cual el sacrificio recordado se hace presente en su realidad ontológica, en la realidad de su ser. Por eso se puede decir que es la  irrupción de la eternidad de Cristo en el tiempo, porque el recordado y su sacrificio, Cristo, es Dios Eterno entrado en el tiempo, que nos alcanza con su eternidad por medio del Santo Sacrificio de la Misa.

Silencio para meditar.

Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación

La Santa Misa, entonces, es un memorial, un recuerdo, pero que por el poder del Espíritu Santo no solo trae a la memoria, en el recuerdo, a lo recordado, sino que lo trae en su realidad ontológica, substancial, de manera tal que se puede decir, con toda certeza, que por la Santa Misa se hace presente, en el altar eucarístico, el Santo Sacrificio de la Cruz, el mismo y único Santo Sacrificio del Gólgota del Viernes Santo. En la Santa Misa, aquello que es recordado, el Santo Sacrificio de la Cruz, se hace presente y actual, sobre el altar eucarístico, de forma incruenta y sacramental. Aquello que se hace presente en la Santa Misa es el único y mismo sacrificio de la cruz, el que realizó el Hombre-Dios Jesucristo para la salvación de la humanidad en el ara de la cruz, el Viernes Santo. Esta Presencia de Jesús con su sacrificio en la Cruz no depende ni de la fe del celebrante, ni de la fe de la asamblea, porque se produce la transubstanciación, es decir, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, independientemente de la fe de los que están presentes, al ser pronunciadas las palabras de la consagración sobre las ofrendas de pan y vino. La Presencia de Jesús en la Santa Misa es, por lo tanto, una Presencia real, verdadera y substancial; una Presencia que no depende ni de la fe ni de las intenciones ni del sacerdote ni de la asamblea: se trata de la Presencia, en el tiempo, aquí y ahora, del Dios Eterno encarnado, el Logos eterno del Padre, Jesucristo, en la realidad ontológica de su Ser divino trinitario y en la realidad de su sacrificio pascual de muerte y resurrección.

Silencio para meditar.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Tercer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación
        
         Puesto que la Misa es un sacrificio, se encuentran en ella todos los elementos de un sacrificio, el mismo y único sacrificio de Jesucristo realizado hace dos mil años en la cima del Monte Calvario: hay una ofrenda que se sacrifica; hay un sacerdote que ofrece un sacrificio; hay un altar en donde se lleva a cabo el sacrificio; hay un destinatario del sacrificio, que es Dios Uno y Trino y hay una asamblea –sin embargo, su presencia no es esencial para el sacrificio-, el Pueblo de Dios, que participa del sacrificio. En el Calvario, el altar era la cruz, pero también la Humanidad Santísima del Verbo: en la Santa Misa, el altar es el altar eucarístico, aunque también la Humanidad Santísima del Verbo; en el Calvario, el Sumo y Eterno Sacerdote era Jesucristo, el Hombre-Dios: en la Santa Misa, el sacerdote ministerial participa del sacerdocio de Jesucristo, por lo que el sacerdote principal continúa siendo Jesucristo; en el Calvario, la ofrenda era el Cordero de Dios, el Hombre-Dios Jesucristo, que se ofrecía al Padre como Víctima Inmaculada, inmolada en el Fuego del Amor Divino, el Espíritu Santo, con su Persona divina y su Humanidad santísima unida personalmente a su divinidad: en la Santa Misa, la ofrenda es el mismo y único Cordero de Dios, Cristo Dios, oculto en las apariencias de pan y vino, Presente en Persona, con su divinidad glorificante y su Humanidad santísima glorificada, en la Santísima Eucaristía. Por todo esto, el Santo Sacrificio del Gólgota difiere del Santo Sacrificio de la Misa solo en el modo en el que se ofrece la Víctima y es que, mientras en el Gólgota era cruento, en el altar eucarístico es incruento y sacramental. Pero es el mismo y único Santo  Sacrificio del Calvario.

Silencio para meditar.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Cuarto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación

         Tanto en el Calvario, como en el Santo Sacrificio del Altar, Jesús, el Hombre-Dios, es el Sacerdote, el Altar y la Víctima y esto tiene una fundamental trascendencia porque significa que las acciones del Hombre-Dios, al ser Él la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en el tiempo, son las acciones de Dios entrado en el tiempo y por lo tanto, tienen una valencia eterna. Ésta es la razón por la cual, el sacrificio de Jesús, realizado hace dos mil años en el Gólgota, alcanzan a todo tiempo de la humanidad y su valor salvífico se hace extensivo a toda la humanidad. En Jesús, la naturaleza humana está unida a la Persona Segunda de la Trinidad, el Logos o Verbo del Padre y por esa razón, todas las acciones realizadas por Jesús de Nazareth –curar enfermos, expulsar demonios, multiplicar panes y peces, sacrificarse sobre la cruz- son las acciones de Dios hecho hombre. Es decir, las acciones de Jesús de Nazareth no son las acciones de una persona humana, sino de una Persona divina que actuaba y obraba a través de una naturaleza humana, lo cual quiere decir que todo lo que Jesús hacía y decía, era Dios en Persona quien lo hacía y decía, a través de una naturaleza humana, la naturaleza humana de Jesús de Nazareth. Por esta razón, el sacrificio en la Cruz, realizado en el Calvario, es salvífico, porque tiene una valor infinito, al ser el sacrificio de Dios hecho hombre; como tal, es un sacrificio santo, puro, inmaculado, de valor infinito y eterno, sumamente agradable a Dios, por ser hecho por Dios mismo. Y por esta razón es que la Santa Misa, siendo la renovación incruenta y sacramental del sacrificio en Cruz del Hombre-Dios Jesucristo, tenga el mismo valor salvífico del Santo Sacrifico del Calvario. Asistir a la Santa Misa es asistir al Santo Sacrificio de la Cruz, con todo su valor salvífico, infinito y eterno, que alcanza a todos los hombres de todos los tiempos.

Silencio para meditar.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Quinto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación
        
         Que Jesús no sea un hombre más entre tantos, ni siquiera un hombre santo, ni el más santo entre los santos, sino el Hijo Eterno del Padre encarnado en una naturaleza humana, tiene una importancia trascendental, porque significa que sus acciones no son las acciones de un hombre más, ni de un hombre santo, ni del más santo entre los santos: significa que son las acciones de Dios Tres veces Santo, lo cual cambia radicalmente la perspectiva, el alcance y el significado de sus acciones. Si fuera sólo un hombre, aun siendo el más santo entre los santos, su sacrificio no abarcaría a todos los hombres de todos los tiempos, ni sería suficiente para aplacar a la Justicia Divina, ofendida por los pecados de los hombres, ni serviría para dar acción de gracias a Dios por sus beneficios, ni tampoco para impetrar dones. Pero siendo Jesús quien es, Dios Eterno entrado en el tiempo, que se ofreció en la cruz como la Víctima Purísima y Perfectísima, su sacrificio en cruz, renovado incruentamente en el altar eucarístico, tiene la facultad de alcanzar y ser más que suficiente para la salvación de todos los hombres de todos los tiempos; tiene la santidad necesaria para aplacar la ira divina; tiene la pureza necesaria para que las súplicas de los hombres sean escuchadas; tiene la inocencia más que necesaria para dar la acción de gracias que todo hombre debe a Dios Trino, por el solo hecho de ser Dios Trino. La Santa Misa es el memorial que actualiza el sacrificio de Cristo, el Hombre-Dios y por eso mismo, es el mismo y único Santo Sacrificio de la Cruz, que tiene el poder de salvar nuestras almas de la eterna condenación y de conducirnos a todos los hombres, sin distinción alguna, al Reino de los cielos.
Un Padre Nuestro, Tres Ave Marías y un Gloria, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padre Benedicto y Francisco y también por las Almas del Purgatorio y la conversión de los pecadores.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.

        



martes, 5 de junio de 2018

Hora Santa en reparación por burla blasfema contra Nuestro Señor Jesucristo en Buenos Aires, Argentina 280518



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación por el gravísimo ultraje cometido por el Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, en vísperas del Corpus Christi. La información relativa a tan penoso hecho –se representó a Nuestro Señor yacente, realizado con un pastel, del cual se sirvieron los invitados- se encuentra en el siguiente enlace:


No encontramos diferencia alguna en este tipo de sacrilegio, con el cometido por los marxistas en la Guerra Civil Española.

Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.


Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).


“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.


Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).


Meditación

         El hecho de que Jesús sea una Persona divina y no humana y por lo tanto que su nombre apropiado sea el de Hombre-Dios, está definido en la Iglesia por medio de la doctrina de la unión hipostática, manifestada solemnemente en el Concilio de Calcedonia: “Hay un solo y mismo Señor Cristo Señor, Hijo Unigénito en dos naturalezas, no confundidas, inmutables, indivisibles, inseparables, que concurren en una sola Persona y subsistencia, no repartido o divido en dos personas”[1]. Cristo tiene una sola Persona, la Segunda de la Santísima Trinidad, el Logos o Verbo Eterno del Padre, en dos naturalezas y no dos personas o una persona con una única naturaleza. Entonces, Jesús no es “el hijo del carpintero”, “el hijo de María”, “uno de nosotros, que creció con nosotros en el pueblo”: es el Hijo de Dios, el Logos y Verbo Eterno del Padre, encarnado en el seno virgen de María por obra del Espíritu Santo. Y si esta es la Verdad de Jesucristo, entonces la Eucaristía, prolongación de la Encarnación del Verbo, no es un pan bendecido, ni un recuerdo de la Presencia del Señor, ni una presencia co-substancial que comparte la presencia en la Eucaristía el Cuerpo y la Sangre con las substancias del pan y del vino: la Eucaristía es Jesús, el Logos eterno del Padre, Presente verdadera, real y substancialmente en la Eucaristía, por lo que adorar la Eucaristía es adorar al Hijo de Dios y estar ante la Eucaristía es estar ante el Cordero de Dios, el mismo que es la “Lámpara de la Jerusalén celestial” y ante el cual se postran en adoración ángeles y santos por toda la eternidad.

         Silencio para meditar.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Segundo Misterio del Santo Rosario.

         Meditación

         Si la naturaleza es la esencia de una cosa y si la persona es la subsistencia de un ser dotado de razón o intelecto[2], entonces Jesús sí es y verdaderamente puede recibir el nombre de Hombre-Dios, porque en virtud de la Encarnación en el seno purísimo de María, por obra del Espíritu Santo, Jesús de Nazareth, Logos eterno del Padre, engendrado antes que todos los siglos, posee dos naturalezas: una naturaleza humana, creada en el momento mismo de la Encarnación y unida a su Persona divina de manera personal o hipostática, y una naturaleza divina, Increada, recibida por participación del Acto de Ser divino trinitario del Padre desde toda la eternidad. Esto es sumamente importante para la doctrina eucarística, porque si Cristo es Dios, entonces la Eucaristía es Dios, porque la Eucaristía es la prolongación de la Encarnación, ocurrida en el seno purísimo de María, en el seno purísimo de la Iglesia, el altar eucarístico. Tanto la Encarnación, como la prolongación de la Encarnación que es la Eucaristía, son obra del Espíritu Santo, porque la misma Persona divina que se encarnó en el seno de María Virgen, es la misma Persona divina que prolonga su encarnación en el seno de la Iglesia Virgen, el altar eucarístico. Si adoramos a Cristo Dios porque es Dios oculto en una naturaleza humana, pero no por eso menos Presente en su Persona divina, entonces adoremos la Eucaristía, porque la Eucaristía es Dios oculto en apariencia de pan, pero por estar oculto, no está por eso menos Presente en su Persona divina, con su Acto de Ser divino, en el Santísimo Sacramento del altar.

         Silencio para meditar.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Tercer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación

         La unión entre las naturalezas humana y divina en Cristo Jesús no es ni accidental ni substancial, sino personal, es decir, en la Persona[3] y puesto que la Persona divina de Jesucristo es la Segunda de la Trinidad, se puede decir, con toda verdad, que las naturalezas humana y divina de Cristo están unidas a Dios, son de Dios y son Dios. La naturaleza humana se diviniza en esta unión personal, mientras que la naturaleza divina permanece sin confusión ni fusión. En Jesús de Nazareth, la Segunda Persona posee por derecho la naturaleza divina, mientras que asume por libre querer a la naturaleza humana y es de esta manera como a Jesús le compete, por derecho propio, el nombre de “Hombre-Dios”. Así vemos cómo sus contemporáneos no podían saber, por la sola apariencia exterior, que Jesús era Dios y el saberlo sólo era posible si el Espíritu Santo en Persona se lo revelaba –como sucede con Juan el Bautista- o si no, mediante los milagros hechos por Jesús, milagros que demostraban su divinidad, como Jesús lo dice: “Si no me creéis, creed al menos por mis obras (milagros)” (Jn 14, 11). Lo mismo que se dice de Jesús de Nazareth, debe decirse de la Eucaristía: si alguien no cree que la Eucaristía es Dios en Persona –la Segunda de la Trinidad-, al menos créalo por los milagros que la Eucaristía realiza, milagros que sólo pueden ser hechos por Dios.

         Silencio para meditar.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Cuarto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación

         La realidad de Jesucristo es una sola: es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, a la cual está unida personalmente la naturaleza humana y la cual posee la naturaleza divina por participación del Padre. Estas dos naturalezas no están ni confundidas ni mezcladas, sino que son distintas entre sí”. Porque es la Persona Segunda de la Trinidad a la cual la naturaleza humana se le une personalmente, es que las acciones que se atribuyen a Jesús de Nazareth –caminar, hablar, sonreír, hacer milagros, expulsar demonios, etc.- son acciones que se atribuyen a Dios Hijo encarnado. Es decir, a Jesús “se le atribuyen, indistintamente, acciones divinas y humanas y el motivo es que en Él hay una sola hipóstasis de la naturaleza humana y divina y por lo tanto una sola Persona –la Segunda de la Trinidad- subsistente en dos naturalezas”[4]. Por esta razón, nunca puede decirse que Jesús no haya hecho milagros con el poder de Dios, pero ni siquiera tampoco que el poder de Dios estaba en Él de un modo mucho más manifiesto que en otro hombre, porque Él no era un hombre santo, ni siquiera el más santo entre todos los hombres santos, sino que era el Hombre-Dios, Dios Hijo en Persona, que actuaba a través de una naturaleza humana unida a Él. Lo mismo que se dice de Jesús de Nazareth, que hay en Él una Persona divina y dos naturalezas, la humana y la divina, se dice de la Eucaristía y es por esa razón por la cual los católicos adoramos la Eucaristía.

         Silencio para meditar.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Quinto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación

La última perfección y actuación de una cosa no es ni la forma, ni la esencia, ni la substancia, sino el acto de ser –actus essendi-: una forma, una substancia, una cosa, una naturaleza, pueden ser completas pero sin embargo permanecer irrealizadas, hasta que no sobreviene el actus essendi. El ipsum esse es el acto último, y es participable por toda cosa, pero él mismo no participa a nada, por lo cual, si hay alguna cosa que el mismo ser subsistente en sí mismo, afirmamos que no participa de ninguna cosa. Y esto le compete solo a Dios, por lo tanto, le compete a Jesús de Nazareth, que es Dios Hijo encarnado. Quiere decir que en Jesús su acto de ser es el Acto de Ser divino trinitario y no el acto de ser de una persona humana, porque un acto de ser humano participa del Acto de Ser divino trinitario. El acto de ser es garante no solo de una existencia de una cosa, sino también de su unidad, por eso en Jesús las dos naturalezas, que permanecen distintas y sin confusión, son una sola cosa, sin mezclarse, en la Persona divina. Este mismo Jesús, que es Dios Hijo en Persona, se encuentra, con su Ser divino y con sus dos naturalezas, la humana glorificada y la divina glorificadora, en la Sagrada Eucaristía y es la razón por la cual, quien consume el Cuerpo de Cristo sacramentado, recibe de Él la vida eterna.

Un Padre Nuestro, Tres Ave Marías y un Gloria, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padre Benedicto y Francisco y también por las Almas del Purgatorio y la conversión de los pecadores.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.

        
        



[1] Q. disp. de unione Verbi incarnati a. 1; en Battista Mondini, La Cristologia di San Tommaso d’Aquino, Urbaniana University Press, Roma 1997, 105.
[2] Cfr. Mondini, ibidem.
[3] Cfr. Mondini, ibidem, 106.
[4] S. C. Gent. IV, 39.

martes, 29 de mayo de 2018

Hora Santa en reparación por ofensa contra Nuestra Señora de Guadalupe en México 180518



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la ofensa perpetrada contra la Virgen de Guadalupe y llevada a cabo por el Partido Comunista mexicano, el partido Morena de izquierda, la Comunidad Cristiana de México, la Iglesia Pentecostal y la Confraternidad Nacional de Iglesias Evangélicas. La información relativa a tan penoso hecho se encuentra en la siguiente dirección electrónica: 
https://facebook.com/guillermo.sanchezmorales

Como siempre lo hacemos, pediremos por la conversión de quienes cometieron esta ofensa, por nuestra conversión y la de los seres queridos y por todo el mundo.

Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación

         Dice San Ambrosio: “¿Qué más noble que la Madre de Dios? ¿Qué más espléndido que aquella a quien ha elegido el Esplendor? ¿Qué más casto que la que ha engendrado el cuerpo sin mancha corporal? ¿Y qué decir de sus otras virtudes?”[1]. San Ambrosio enumera solo algunas de las virtudes de María Santísima: no hay nadie más noble que la Madre de Dios, porque en Ella se encarna Aquel que es el Rey de cielos y tierra por Quien todo lo que es noble y bueno lo es porque participa de su nobleza y bondad divinas; no hay nadie más espléndido que la Virgen, porque Ella ha sido creada y elegida, por su Pureza Inmaculada, por Aquel que es el Esplendor en sí mismo y la ha revestido y ornado con una magnificencia semejante a Sí, puesto que no podía nacer, el Verbo de Dios, en otro seno que no fuera el seno magnífico de María Santísima; no hay nadie más casto que la Virgen, engendrada Ella sin mancha de pecado y que engendra a su vez a Aquel que es la Santidad Increada, Cristo Jesús, Dios eterno y bendito por los siglos. Y de todas sus otras virtudes, innumerables como las estrellas del cielo, incontables, como los granos de arena tiene el mar, todas resplandecen en la Purísima Madre de Dios.

         Silencio.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

         Segundo Misterio.

         Meditación

         Continúa San Ambrosio: “Ella era virgen, no solo de cuerpo, sino de espíritu. A Ella nunca el pecado ha conseguido alterar su pureza: humilde de corazón, reflexiva en sus resoluciones, prudente, discreta en palabras, ávida de lectura; no ponía su esperanza en las riquezas, sino en la oración de los pobres; aplicada al trabajo, tomaba por juez de su alma no lo humano, sino a Dios; no hirió nunca, afable con todos, llena de respeto por los ancianos, sin envidia con los de su edad, humilde, razonable, amaba la virtud”[2]. Según San Ambrosio, la Virgen era virgen de cuerpo y alma por haber sido concebida sin la mancha del pecado original; era purísima porque el pecado, que infecta con su malicia a todo ser humano desde Adán y Eva, no llegó sin embargo a alterar nunca su pureza y es así como la Virgen fue pura de cuerpo, porque lo engendrado en Ella no vino del hombre sino de Dios Espíritu Santo; fue pura de alma, porque en Ella no tuvo cabida ni una sola impureza espiritual, como así tampoco hubo en Ella duda alguna acerca de la condición divina de su Hijo, ni hubo falta de fe, ni duda, ni cisma, ni herejía y por eso su Alma resplandeció siempre con la Pureza inmaculada de la gracia de Dios, sin apartarse de la Virgen ni por un segundo. De su plenitud de gracia, por lo demás, se derramaba hacia el exterior la super-abundancia de su vida espiritual, en forma de virtudes de todo tipo, principalmente la humildad.

Silencio.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

         Tercer Misterio.

         Meditación

         Más adelante sigue San Ambrosio: “¿Cuándo ofendió a sus padres, aunque no fuese más que en su actitud? ¿Cuándo se la vio en desacuerdo con sus parientes? ¿Cuándo rechazó al humilde, se burló del débil, evitó al miserable?”[3]. La Virgen es, en palabras de San Ambrosio, ejemplo perfectísimo de amor al prójimo, comenzando con los más cercanos, los parientes y padres y luego extendiéndose hasta los más humildes, débiles y miserables: no sólo fue un dechado de caridad y virtudes de todo tipo para con sus progenitores, sino que nunca rechazó a quien acudiera a Ella por auxilio, aun cuando estos fueron los más débiles y miserables del mundo. Por esto último, la Virgen es fuente de esperanza para nosotros, que en estos débiles y miserables estamos prefigurados nosotros, los pecadores de todos los tiempos, que acudimos a Nuestra Madre celestial buscando refugio en su Inmaculado Corazón, puesto que allí no nos alcanzará la cólera del Padre; en la Virgen buscamos nosotros, los miserables pecadores, el Arca de la Nueva Alianza, que nos evite naufragar y ahogarnos en las tempestades de las pasiones, los vicios y los pecados de todo tipo; en la Virgen buscamos nosotros, pecadores, el Auxilio celestial que en todo momento necesitamos para no caer en el pecado de la impureza del cuerpo y del alma, esto es, para evitar la tentación de la ausencia de castidad y la contaminación con la herejía y el cisma de la verdadera Fe, la Fe de la Santa Madre Iglesia, proclamada en el Credo dominical. En la Virgen depositamos nuestra esperanza de mantenernos siempre puros de cuerpo y alma, porque podemos refugiarnos en su Inmaculado Corazón y desde allí imitarla.

         Silencio.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

         Cuarto Misterio.

         Meditación

Continúa San Ambrosio acerca de la Santísima Virgen María: “Iba únicamente a las reuniones en las que, por caridad, no tuviese que avergonzarse ni sufrir en su modestia. Ninguna dureza en su mirada, ninguna falta de medida en sus palabras, ninguna imprudencia en sus actos; ninguna contrariedad en el gesto, ni insolencia en la voz: su actitud exterior era la imagen misma de su Alma Purísima, la manifestación de su rectitud”[4]. Esto significa que el ejemplar comportamiento externo de la Virgen no se debía a que simplemente amaba la virtud, sino a un hecho inmensamente más profundo: se debía a que la Virgen estaba continuamente en Presencia de Dios, es decir, su Alma Purísima, unida a su Cuerpo Pulcrísimo, estaba siempre en Presencia de Dios; la Virgen vivía en la tierra en un tal estado de gracia continuo, que era el equivalente a estar en el Cielo, contemplando cara a cara a la Trinidad. La modestia, humildad, sencillez, caridad, afabilidad, amabilidad, sabiduría, prudencia, y todas las miles de virtudes con que la Santísima Virgen vivía día a día, no eran sino una pequeña expresión terrena de la celestial inhabitación de la Trinidad en su Alma y Cuerpo, convertidos en templo de la Santísima Trinidad y su Corazón en Altar purísimo en donde Jesucristo, su Hijo, el Hijo de Dios Padre, era adorado continuamente, día y noche, en el Amor de Dios Espíritu Santo. Así la Virgen nos enseña que no solo debemos tener un comportamiento que sea cristiano, sino ante todo, que nuestra alma debe estar siempre en gracia para que, imitándola a Ella, también seamos por la gracia, inhabitados por la Santísima Trinidad y nuestros corazones sean otros tantos altares vivientes en donde se adore, día y noche, a Jesús Eucaristía, el Dios de los corazones. Así dice San Ambrosio: “Nuestra alma debe (…) dar su luz al exterior, semejante a la lámpara que vierte desde el interior su claridad”[5].

Silencio.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

         Quinto Misterio.

         Meditación

Prosigue San Ambrosio, siempre sobre la Virgen: “Aunque Madre del Señor, aspiraba, sin embargo, a aprender los preceptos del Señor; Ella, que había dado a luz a Dios, deseaba, sin embargo, conocer a Dios. Es el modelo de la virginidad. La vida de María debe ser, en efecto, un ejemplo para todos (…) ¡Qué de virtudes resplandecen en una sola Virgen! Asilo de la pureza, estandarte de la fe, modelo de la devoción, doncella en la casa, ayuda del sacerdocio, Madre en el templo”[6]. Además de ser modelo perfectísimo de vida cristiana, la Virgen Santísima es el ejemplo inigualable de los efectos en el alma de la inhabitación de la gracia: la gracia ilumina la inteligencia, haciéndola conocer los preceptos de Dios, el primero de todos, el temor de Dios –“El temor de Dios es el principio de la Sabiduría”-; luego, la gracia hace desear la pureza, la castidad, pero no como virtud aislada o por el deseo de la virtud en sí misma, sino como expresión humana de la participación del ser humano a la pureza inmaculada del Ser divino trinitario. Por eso la Virgen es modelo de pureza y virginidad, porque no deseó otra cosa que no fuera Dios y todo lo que deseó que no fuera Dios, lo deseó para Dios, por Dios y en Dios. la Virgen participó en grado inigualable a ángeles y santos de la pureza del Ser divino trinitario y esta pureza se reflejó humanamente en su castidad y es aquí en donde radica el valor del ejemplo de la Virgen para quien quiera consagrar su castidad a Dios.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canción de despedida: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.
        
        




[1] Cfr. De Virginibus, dedicado por San Ambrosio en el 377 a su hermana Marcelina, religiosa en Roma.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.