viernes, 20 de abril de 2018

Hora Santa en desagravio por atentado contra la Eucaristía en Diócesis de Tabasco, México 090418



         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la profanación eucarística ocurrida durante un asalto a una parroquia en San Fernando del Rey, Tabasco, México, el día 08 de abril de 2018. La información relativa a tan penoso episodio se encuentra en el siguiente enlace:


La profanación de la Santísima Eucaristía ocurrió en el curso de un asalto violento a la parroquia en horas de la madrugada. Luego de ingresar por la fuerza, los delincuentes abrieron el sagrario y arrojaron las Hostias consagradas por el piso, además de llevarse los copones y otros objetos de valor del templo, según se consigna en la información. Nos unimos de esta manera al pedido de acto de desagravio que realizara el Obispo de Tabasco, Mons. Gerardo de Jesús Rojas López. Pediremos por la conversión de quienes realizaron este sacrilegio, así como la conversión propia, la de nuestros seres queridos y por todo el mundo.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Enunciación del Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Jesús, el Dios de la Vida, nos concede su vida, una vida que no es la vida esta humana, terrena, que vivimos los hombres. Pero antes de darnos su Vida divina, Jesús mata a nuestra muerte, para que luego de haber nosotros muerto a la vida en la tierra, una vez cumplido nuestro ciclo vital, recibamos la plenitud de la Vida divina en el Reino de los cielos. Mientras tanto, aun antes de morir, recibimos la Vida divina de Jesús participada por la gracia santificante. Es decir, Jesús no solo nos quita la muerte, sino que nos dona su Vida divina, participada por la gracia en esta vida terrena, vivida en plenitud en la gloria del Reino de los cielos. ¿Dónde nos consigue Jesús esta nueva Vida, la Vida divina que brota de su Ser divino trinitario como de una fuente inextinguible? Nos la consigue en la Cruz: en la Cruz es donde Jesús da muerte a nuestra muerte[1]. En las Antífonas de las fiestas en honor de la Cruz, la Iglesia canta así: “¡Oh obra grandiosa del Amor! ¡La muerte murió, cuando en el madero murió la Vida!”. En apariencia, se trata de una contradicción o una incongruencia[2], porque no parece ser posible que la muerte pueda morir y aún más cuando la Vida muere: es decir, parece una contradicción afirmar que la muerte muere cuando muere la Vida. Parece una contradicción o una incongruencia, pero de ninguna manera lo es, porque así sucede en la realidad: Jesús, que es la Vida Increada en sí misma, muere en su naturaleza humana al ser crucificado, pero puesto que es Dios, no muere en su naturaleza divina y es esta naturaleza divina, cuya Vida es indestructible y que brota del Ser divino trinitario, la que vuelve a la vida al Cuerpo muerto de Jesús tendido sobre la piedra del sepulcro, venciendo así para siempre a la muerte, dando muerte a la muerte.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Segundo Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

La razón por la cual Jesús en la cruz venció a la muerte para siempre, es que Él, que es Dios Hijo encarnado, murió en la cruz, pero murió con su naturaleza humana y no con su naturaleza divina. Su Alma se separó de su Cuerpo, y por eso murió humanamente, naturalmente, pero su Divinidad permaneció unida a su Humanidad, tanto a su Alma como a su Cuerpo, y es por esto que con su Alma descendió al Limbo de los justos y con su Cuerpo resucitó el Domingo de Resurrección. Fue su Divinidad, que permaneció siempre unida a su Cuerpo y a su Alma, la que dio reunificó a ambos, regresándolo a la vida, pero no a la vida humana, sino a la Vida divina, la vida gloriosa propia de la divinidad, la vida que brota de su Ser divino trinitario. Fue la Vida divina, que surge del Acto de Ser trinitario, la que permaneció inmutable en su vitalidad, a pesar de que su vida terrena murió en la cruz y porque permaneció inmutable en su vitalidad divina, es que la Vida de la Trinidad venció a la muerte del hombre contenida en la muerte de Jesús y al reunificar el Alma y el Cuerpo, los volvió a la vida para que vivieran para siempre con la vida eterna de Dios. Esta Vida divina, la que venció a la muerte con la muerte de Jesús en la cruz, es la que el mismo Jesús nos la comunica por medio de la gracia y es por ella que, a pesar de morir a esta vida terrena, vivimos para la vida eterna, en el momento mismo en que por la muerte pasamos de esta vida a la Vida eterna.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Tercer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

La Eucaristía es Fuente de Vida divina porque la Eucaristía contiene el Cuerpo, el Alma, la Sangre, la Divinidad y el Acto de ser divino trinitario de Cristo Jesús. Por esta razón, cada vez que el alma comulga –con piedad, fervor, amor y sobre todo en estado de gracia-, recibe no solo la participación en la Vida divina, sino la Vida divina en sí misma, porque recibe al Ser divino trinitario contenido en la Eucaristía y de este Ser divino trinitario es que surge, como de una fuente inagotable, la absoluta vida divina del Hijo de Dios, Cristo Jesús. Al comulgar y permanecer en gracia, el alma fiel posee en su corazón al Hijo de Dios, al Dios que “estaba muerto –en la cruz- pero ahora vive –en la Eucaristía y en los cielos- para siempre”; el Dios que es “el Principio y el Fin, el Alfa y el Omega”, y por esa razón, aunque el alma se separe del cuerpo por la muerte terrena, el Hijo de Dios, que vive en esa alma, reunificará el alma y el cuerpo separados por la muerte y al reunificarlos, los hará partícipes de la Vida divina. Así se cumplen las palabras de Jesús: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día” (cfr. Jn 6, 52-59).

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Cuarto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Con la muerte de Jesús no solo muere la muerte del hombre, sino que también son vencidos y derrotados para siempre los otros grandes enemigos de la humanidad: el Demonio y el Pecado. El Demonio, el Príncipe de las tinieblas, el Padre de la mentira, el Dragón, es derrotado, porque el que muere en la cruz es Dios Hijo, el Dios Luz, cuya luz proviene su Ser divino trinitario que, en cuanto divino, es luminoso y su resplandor es más brillante que miles de soles juntos; el que muere en la cruz es Dios Hijo, la Verdad Absoluta de Dios, el Verbo del Padre, el Logos divino, la Sabiduría de Dios; el que muere en la cruz es la santidad en sí misma y la Gracia Increada, por quien son santos los ángeles y los hombres y sin el cual nada ni nadie puede ser santo. Por la Santa Cruz, entonces, quedan derribados para siempre y para siempre derrotados el imperio del Demonio, del Pecado y de la Muerte. Ya no podrán triunfar más sobre el hombre, porque el Dios Tres veces Santo, Cristo Jesús, los ha derrotado definitivamente con su muerte en el Calvario. Sin el triunfo de Jesús victorioso en la Cruz, la humanidad habría permanecido, para siempre, víctima y prisionera de sus tres grandes enemigos, porque las fuerzas humanas son completamente insuficientes frente a cualquiera de ellos. Pero gracias a Jesús y su muerte en cruz, el Demonio ha sido vencido, la Muerte ha sido matada y el Pecado ha sido destruido. La Sangre de Cristo, que brota profusamente de las heridas abiertas del Redentor, que se nos comunica por la Eucaristía y los demás sacramentos, es nuestra Vida, en el sentido más literal de la palabra, que nos libra de la muerte; es nuestra protección, que nos protege del Mal encarnado, el Ángel caído, el Demonio; es nuestra fuente de gracia, que nos preserva del pecado. Sin la Eucaristía no hay vida posible porque la muerte triunfa sobre nosotros, somos esclavos del Demonio, cuya naturaleza angélica es superior a la nuestra; somos dominados por la muerte, cuya fuerza, para nosotros invencible, nos quita la vida. La Eucaristía es todo para nosotros; sin la Eucaristía no podemos, literalmente, vivir.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Quinto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

El ser humano busca siempre huir de la muerte y en parte eso es natural, puesto que el hombre fue creado por el Dios Viviente para la vida y no para la muerte[3]. La muerte entró en el hombre por el pecado original, por la desobediencia de Adán y Eva que sucumbieron a las insidias del Tentador: “Dios no hizo la muerte… Por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo” (Sab 1, 13; 2, 24). Desde entonces, la humanidad vive sometida a la muerte. Vive, pero muere indefectiblemente, sin que el hombre pueda hacer nada para evitarla. Aun cuando el hombre pretenda soslayarla de diversas maneras, retrasándola por la ciencia, idolatrando la juventud, la muerte siempre lo acechará porque es el destino inevitable desde el pecado de los primeros padres. Solo hay una forma posible para que el hombre pueda vencer a la muerte y seguir viviendo después de muerto y es por la unión, por la fe, el amor y la gracia santificante, a Cristo crucificado y a Cristo Presente en la Eucaristía. Desde la Cruz fluye el flujo divino vital que da vida nueva al hombre; desde la Eucaristía se derrama, sobre el hombre mortal, la Vida divina, celestial y eterna del Hombre-Dios Jesucristo, y esta Vida divina tiene tanta fuerza, que vence a la muerte del hombre y aunque el hombre muera, vive para siempre, porque vive ya no con su vida natural, sino con la vida divina del Cordero de Dios. Solo en la Cruz y en la Eucaristía encuentra el hombre la paz que sobreviene al alma al saber que Cristo ha dado muerte a nuestra muerte y que aun cuando muramos, viviremos en el Reino de los cielos para la eternidad, si al morir, morimos unidos a la Vida Increada, Cristo Eucaristía.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.



[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid2 1964, 176.
[2] Cfr. Casel, ibidem.
[3] Cfr. Casel, ibidem.

viernes, 13 de abril de 2018

Hora Santa en reparación por profanación contra la Eucaristía en Francia 050418



         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación y desagravio por el ultraje –“un acto de profanación deliberado”- cometido contra la Eucaristía en una iglesia en Francia (localidad de Domois, Departamento de Costa de Oro). La información correspondiente a tan lamentable hecho se puede encontrar en el siguiente enlace:


Según los reporteros, luego de derribar la puerta de la sacristía a golpes de hacha, los profanadores profanaron el tabernáculo y desparramaron las Hostias consagradas por el suelo. Además de reparación y desagravio, pediremos por la conversión de quienes cometieron este sacrilegio, además de pedir por la conversión propia, la de los seres queridos y por todo el mundo.

         Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Enunciación del Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

El amor del Sagrado Corazón de Jesús por nosotros es tan grande que Él, “sabiendo que había de pasar de este mundo al Padre” (cfr. Jn 13, 1), es decir, sabiendo que “había venido del Padre” y que ahora, por la Pasión y muerte en cruz debía “volver al Padre” (cfr. Jn 16, 28) y que por lo tanto habría de separarse de nosotros, que vivimos en este “valle de lágrimas”, “habiéndonos amado a nosotros, que éramos los suyos, nos amó hasta el fin” (cfr. Jn 13, 1-15) y en unión con el Padre y el Espíritu Santo ideó un modo de quedarse entre nosotros, aun cumpliendo su Pascua, aun cumpliendo su “paso” de esta vida al seno eterno del Padre. Y eso que Jesús ideó, en unión con el Padre y el Espíritu Santo, para quedarse “todos los días entre nosotros, hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 20) es la Eucaristía. Al consagrar el pan y el vino en la Última Cena mediante las palabras de la consagración, el Sumo y Eterno Pastor Jesucristo convirtió las substancias del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre, para así quedarse todo Él, en Persona, en la Eucaristía. La Eucaristía, por lo tanto, es el “Emanuel” (cfr. Is 7, 14; Mt 1, 23) en el sentido más pleno del nombre, porque la Eucaristía es “Dios con nosotros”; en la Eucaristía Jesús se encuentra con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, entre nosotros, tal como se encuentra en los Cielos eternos, siendo adorado por la eternidad por ángeles y santos. Adoremos por lo tanto, en unión con los ángeles y santos del Cielo, al Emanuel, el Dios con nosotros, Jesús Eucaristía, el Dios del sagrario, el Dios de la Eucaristía. Adorémoslo día y noche, sin cesar, nosotros, que vivimos en este mundo “envueltos en tinieblas y en sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79); adorémoslo en acción de gracias por haberse quedado entre nosotros y hasta el día feliz en que, por su Misericordia, también llegue la hora de nuestra pascua, de nuestro paso de esta vida a la otra, para continuar adorándolo y amándolo por la eternidad.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Segundo Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Es en la Eucaristía en donde Jesús cumple su promesa de quedarse con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. Es lo que les sucede a los discípulos de Emaús cuando, al pensar que Jesús, luego de acompañarlos por el camino, seguiría de largo, lo invitan a quedarse con ellos: “¡Quédate con nosotros, Señor!”. Y Jesús se queda con ellos, pero no solo porque los acompaña a cenar, sino porque, en la Santa Misa por Él celebrada, se queda en la Eucaristía, donándose a sí mismo como alimento del alma. Como dice el Santo Padre Juan Pablo II, Jesús les dio a los discípulos algo infinitamente más grande que lo que le pedían: ellos le pedían que se quedara “con” ellos y Jesús se quedó “en” ellos por medio del don de la Eucaristía: “Cuando los discípulos de Emúas le pidieron que se quedara “con” ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía encontró el modo de quedarse “en” ellos”[1]. A imitación de los discípulos de Emaús, que invitaron a Jesús a “quedarse con ellos”, nosotros, por medio de la Eucaristía –y habiendo dispuesto previamente el corazón por la fe, la gracia y todo el amor del que seamos capaces-, nosotros invitamos a Jesús que, por la Comunión Eucarística, ingrese en la humildad de nuestra pobre alma.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Tercer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

El hombre, por el hecho de haber sido creado por Dios para Dios, posee, desde el momento mismo en que su alma es creada, una sed y un hambre de Dios que sólo pueden ser satisfechas con Dios mismo. Como dice el profeta Amós[2], “Dios ha puesto en el corazón del hombre el “hambre” de su Palabra”[3] y ese hambre “solo puede ser saciada en la plena unión con Él”[4], unión que acontece, de modo real, orgánico, místico y sobrenatural, por la Comunión Eucarística. Solo saciando esta sed y esta hambre de Dios, el hombre encuentra reposo, calma, paz, tal como lo dice San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”[5]. Si todo hombre, desde que nace, busca la felicidad que solo puede encontrarse en Dios, los católicos podemos considerarnos los seres más afortunados del mundo, porque a través de la Eucaristía, Dios no nos da un recuerdo suyo, sino que se nos dona Todo Él, en sí mismo, sin reservarse nada para sí; en la Eucaristía, Dios se nos dona, por medio de la Humanidad Santísima de Jesús, unida hipostáticamente a la Persona Segunda de la Trinidad, con todo su Ser trinitario, perfectísimo y purísimo, además de donarnos todo el Amor –eterno, infinito, inagotable, inefable, celestial- de su Sagrado Corazón Eucarístico. ¡Cuántos hombres de buena voluntad buscan la felicidad que sólo Cristo Eucaristía puede dar, porque la Eucaristía es Dios, que es la Alegría, la Felicidad, el Amor y la Paz en sí mismos!

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Cuarto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Por la Eucaristía, los hombres somos unidos en un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Jesús, su Iglesia, la Iglesia Católica, la Esposa del Cordero y esta unión la lleva a cabo Cristo mediante el envío del Espíritu Santo a quienes comulgan. Por la Comunión Eucarística, los miembros del Cuerpo de Cristo reciben el Espíritu Santo que los une “en un mismo Cuerpo y un mismo Espíritu”, por lo que es “el Pan Eucarístico el que nos convierte en un solo Cuerpo”, esto es, la Iglesia[6]. Por esto, la comunión sacramental no es un mero acto de unidad externa, sino que es medio para la infusión del Espíritu Santo sobre los miembros del Cuerpo de Cristo, que así son animados por el Espíritu, de la misma manera a como el alma anima –da vida- al cuerpo al que informa. La unidad del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, no está dada por la mera voluntad humana de los hombres de congregarse bajo una única Iglesia, sino que es Cristo quien la crea, al infundir el Espíritu Santo por medio del “Pan Eucarístico (…) que así nos convierte en un solo Cuerpo”[7]. Es éste el sentido de lo que el Apóstol San Pablo afirma: “Un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Cor 10, 17). Por la Eucaristía, los cristianos nos convertimos en el Cuerpo de Cristo y somos vivificados por el Espíritu Santo, siendo hechos uno en Cristo, de manera análoga a como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre: “Como tú, Padre, en mí y Yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). La Comunión Eucarística entonces, al mismo tiempo que nos une a Cristo en un solo Cuerpo y un solo Espíritu, se convierte en signo externo del más eficaz de los apostolados y el modo en el que la Iglesia Peregrina cumple el mandato de Cristo: “Id y anunciad el Evangelio a todas las naciones”, porque al “ser uno con el Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo, el mundo creerá que Jesús es el Enviado del Padre” (cfr. Jn 17, 21).

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Quinto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Por la Eucaristía, la Iglesia no solo conmemora, sino que, en cierta medida, participa y se hace presente en el misterio de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en el Viernes Santo y en el Domingo de Resurrección: (…) en la misa dominical es donde los cristianos reviven de manera particularmente intensa la experiencia que tuvieron los Apóstoles la tarde de Pascua, cuando el Resucitado se les manifestó estando reunidos (cfr. Jn 20, 19). En aquel pequeño núcleo de discípulos, primicia de la Iglesia, estaba en cierto modo presente el pueblo de Dios de todos los tiempos”[8]. Es a este misterio al cual la Iglesia hace referencia cuando dice: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”, porque la Iglesia participa y asiste, por la renovación incruenta y sacramental del sacrificio de la cruz, al Viernes Santo, pero también participa y asiste al Domingo de Resurrección, porque la Eucaristía que comulga contiene no el Cuerpo muerto de Jesús, sino el Cuerpo resucitado de Jesús, lleno de la gloria, la luz, la paz y la alegría de Dios Uno y Trino.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.




[1] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, Carta Apostólica al Episcopado, al Clero y a los Fieles para el Año de la Eucaristía Octubre 2004 – Octubre 2005, III, 19.
[2] 8, 11.
[3] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, III, 19.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. Confesiones, I, 1, 1.
[6] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, III, 19.
[7] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, III, 19.
[8] Cfr. N. 33: AAS 90 (1998), 733; cit. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, III, 23.

Hora Santa en reparación por profanación contra la Eucaristía en Francia 050418



         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación y desagravio por el ultraje –“un acto de profanación deliberado”- cometido contra la Eucaristía en una iglesia en Francia (localidad de Domois, Departamento de Costa de Oro). La información correspondiente a tan lamentable hecho se puede encontrar en el siguiente enlace:


Según los reporteros, luego de derribar la puerta de la sacristía a golpes de hacha, los profanadores profanaron el tabernáculo y desparramaron las Hostias consagradas por el suelo. Además de reparación y desagravio, pediremos por la conversión de quienes cometieron este sacrilegio, además de pedir por la conversión propia, la de los seres queridos y por todo el mundo.

         Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Enunciación del Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

El amor del Sagrado Corazón de Jesús por nosotros es tan grande que Él, “sabiendo que había de pasar de este mundo al Padre” (cfr. Jn 13, 1), es decir, sabiendo que “había venido del Padre” y que ahora, por la Pasión y muerte en cruz debía “volver al Padre” (cfr. Jn 16, 28) y que por lo tanto habría de separarse de nosotros, que vivimos en este “valle de lágrimas”, “habiéndonos amado a nosotros, que éramos los suyos, nos amó hasta el fin” (cfr. Jn 13, 1-15) y en unión con el Padre y el Espíritu Santo ideó un modo de quedarse entre nosotros, aun cumpliendo su Pascua, aun cumpliendo su “paso” de esta vida al seno eterno del Padre. Y eso que Jesús ideó, en unión con el Padre y el Espíritu Santo, para quedarse “todos los días entre nosotros, hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 20) es la Eucaristía. Al consagrar el pan y el vino en la Última Cena mediante las palabras de la consagración, el Sumo y Eterno Pastor Jesucristo convirtió las substancias del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre, para así quedarse todo Él, en Persona, en la Eucaristía. La Eucaristía, por lo tanto, es el “Emanuel” (cfr. Is 7, 14; Mt 1, 23) en el sentido más pleno del nombre, porque la Eucaristía es “Dios con nosotros”; en la Eucaristía Jesús se encuentra con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, entre nosotros, tal como se encuentra en los Cielos eternos, siendo adorado por la eternidad por ángeles y santos. Adoremos por lo tanto, en unión con los ángeles y santos del Cielo, al Emanuel, el Dios con nosotros, Jesús Eucaristía, el Dios del sagrario, el Dios de la Eucaristía. Adorémoslo día y noche, sin cesar, nosotros, que vivimos en este mundo “envueltos en tinieblas y en sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79); adorémoslo en acción de gracias por haberse quedado entre nosotros y hasta el día feliz en que, por su Misericordia, también llegue la hora de nuestra pascua, de nuestro paso de esta vida a la otra, para continuar adorándolo y amándolo por la eternidad.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Segundo Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Es en la Eucaristía en donde Jesús cumple su promesa de quedarse con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. Es lo que les sucede a los discípulos de Emaús cuando, al pensar que Jesús, luego de acompañarlos por el camino, seguiría de largo, lo invitan a quedarse con ellos: “¡Quédate con nosotros, Señor!”. Y Jesús se queda con ellos, pero no solo porque los acompaña a cenar, sino porque, en la Santa Misa por Él celebrada, se queda en la Eucaristía, donándose a sí mismo como alimento del alma. Como dice el Santo Padre Juan Pablo II, Jesús les dio a los discípulos algo infinitamente más grande que lo que le pedían: ellos le pedían que se quedara “con” ellos y Jesús se quedó “en” ellos por medio del don de la Eucaristía: “Cuando los discípulos de Emúas le pidieron que se quedara “con” ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía encontró el modo de quedarse “en” ellos”[1]. A imitación de los discípulos de Emaús, que invitaron a Jesús a “quedarse con ellos”, nosotros, por medio de la Eucaristía –y habiendo dispuesto previamente el corazón por la fe, la gracia y todo el amor del que seamos capaces-, nosotros invitamos a Jesús que, por la Comunión Eucarística, ingrese en la humildad de nuestra pobre alma.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Tercer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

El hombre, por el hecho de haber sido creado por Dios para Dios, posee, desde el momento mismo en que su alma es creada, una sed y un hambre de Dios que sólo pueden ser satisfechas con Dios mismo. Como dice el profeta Amós[2], “Dios ha puesto en el corazón del hombre el “hambre” de su Palabra”[3] y ese hambre “solo puede ser saciada en la plena unión con Él”[4], unión que acontece, de modo real, orgánico, místico y sobrenatural, por la Comunión Eucarística. Solo saciando esta sed y esta hambre de Dios, el hombre encuentra reposo, calma, paz, tal como lo dice San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”[5]. Si todo hombre, desde que nace, busca la felicidad que solo puede encontrarse en Dios, los católicos podemos considerarnos los seres más afortunados del mundo, porque a través de la Eucaristía, Dios no nos da un recuerdo suyo, sino que se nos dona Todo Él, en sí mismo, sin reservarse nada para sí; en la Eucaristía, Dios se nos dona, por medio de la Humanidad Santísima de Jesús, unida hipostáticamente a la Persona Segunda de la Trinidad, con todo su Ser trinitario, perfectísimo y purísimo, además de donarnos todo el Amor –eterno, infinito, inagotable, inefable, celestial- de su Sagrado Corazón Eucarístico. ¡Cuántos hombres de buena voluntad buscan la felicidad que sólo Cristo Eucaristía puede dar, porque la Eucaristía es Dios, que es la Alegría, la Felicidad, el Amor y la Paz en sí mismos!

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Cuarto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Por la Eucaristía, los hombres somos unidos en un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Jesús, su Iglesia, la Iglesia Católica, la Esposa del Cordero y esta unión la lleva a cabo Cristo mediante el envío del Espíritu Santo a quienes comulgan. Por la Comunión Eucarística, los miembros del Cuerpo de Cristo reciben el Espíritu Santo que los une “en un mismo Cuerpo y un mismo Espíritu”, por lo que es “el Pan Eucarístico el que nos convierte en un solo Cuerpo”, esto es, la Iglesia[6]. Por esto, la comunión sacramental no es un mero acto de unidad externa, sino que es medio para la infusión del Espíritu Santo sobre los miembros del Cuerpo de Cristo, que así son animados por el Espíritu, de la misma manera a como el alma anima –da vida- al cuerpo al que informa. La unidad del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, no está dada por la mera voluntad humana de los hombres de congregarse bajo una única Iglesia, sino que es Cristo quien la crea, al infundir el Espíritu Santo por medio del “Pan Eucarístico (…) que así nos convierte en un solo Cuerpo”[7]. Es éste el sentido de lo que el Apóstol San Pablo afirma: “Un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Cor 10, 17). Por la Eucaristía, los cristianos nos convertimos en el Cuerpo de Cristo y somos vivificados por el Espíritu Santo, siendo hechos uno en Cristo, de manera análoga a como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre: “Como tú, Padre, en mí y Yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). La Comunión Eucarística entonces, al mismo tiempo que nos une a Cristo en un solo Cuerpo y un solo Espíritu, se convierte en signo externo del más eficaz de los apostolados y el modo en el que la Iglesia Peregrina cumple el mandato de Cristo: “Id y anunciad el Evangelio a todas las naciones”, porque al “ser uno con el Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo, el mundo creerá que Jesús es el Enviado del Padre” (cfr. Jn 17, 21).

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Quinto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Por la Eucaristía, la Iglesia no solo conmemora, sino que, en cierta medida, participa y se hace presente en el misterio de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en el Viernes Santo y en el Domingo de Resurrección: (…) en la misa dominical es donde los cristianos reviven de manera particularmente intensa la experiencia que tuvieron los Apóstoles la tarde de Pascua, cuando el Resucitado se les manifestó estando reunidos (cfr. Jn 20, 19). En aquel pequeño núcleo de discípulos, primicia de la Iglesia, estaba en cierto modo presente el pueblo de Dios de todos los tiempos”[8]. Es a este misterio al cual la Iglesia hace referencia cuando dice: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”, porque la Iglesia participa y asiste, por la renovación incruenta y sacramental del sacrificio de la cruz, al Viernes Santo, pero también participa y asiste al Domingo de Resurrección, porque la Eucaristía que comulga contiene no el Cuerpo muerto de Jesús, sino el Cuerpo resucitado de Jesús, lleno de la gloria, la luz, la paz y la alegría de Dios Uno y Trino.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.



[1] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, Carta Apostólica al Episcopado, al Clero y a los Fieles para el Año de la Eucaristía Octubre 2004 – Octubre 2005, III, 19.
[2] 8, 11.
[3] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, III, 19.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. Confesiones, I, 1, 1.
[6] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, III, 19.
[7] Cfr. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, III, 19.
[8] Cfr. N. 33: AAS 90 (1998), 733; cit. Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, III, 23.