domingo, 23 de abril de 2017

Hora Santa en reparación por profanación de imagen de la Virgen en Catamarca el 080417


Imagen decapitada de Nuestra Señora del Valle 
en la gruta de Choya, Catamarca.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación y desagravio por la profanación de la imagen de Nuestra Señora del Valle sufrida en Catamarca el 08 de Abril de 2017[1]. La información respecto a este lamentable hecho se encuentra en el siguiente enlace:
         Puesto que Nuestra Señora del Valle es una advocación de la Inmaculada Concepción, las meditaciones del Santo Rosario girarán en torno a las bondades celestiales que significan para el alma la consagración al Inmaculado Corazón de María. Y como lo hacemos siempre, pediremos la conversión de los autores de esta profanación, como así también nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos, y la del mundo entero.
Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.
Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación.
La Virgen María, la Madre de Dios, es también Madre de todos los hombres y, como Madre amorosísima que es, desea nuestra salvación y es por eso que nos muestra el camino de nuestra eterna salvación, el camino al Cielo, que no es otro que su Hijo Jesús. Nuestra Madre del cielo nos lleva entre sus brazos, así como una madre lleva a su hijo pequeño, y nos alimenta y nutre, con la leche de la sabiduría espiritual y celestial y con el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía. Como una madre amantísima que desea proteger a sus hijos de todo peligro, la Virgen quiere refugiarnos en el aposento seguro de su Inmaculado Corazón, por medio de la Consagración a su Corazón Purísimo. Puesto que desea lo mejor para nosotros, no solo no quiere que caigamos en el error, en la ignorancia, en la herejía y el cisma, sino que desea instruirnos en la Sabiduría Divina, la cual ilumina el alma con la luz esplendorosa de la Verdad revelada por Jesucristo, que Dios es Uno y Trino y que la Segunda Persona de la Trinidad se ha encarnado en Jesús de Nazareth para morir en cruz y así salvarnos de la eterna condenación. Sin la instrucción de esta celestial Madre, el alma se inexorablemente envuelta en las tinieblas del error y de la confusión, principalmente en lo que respecta a los misterios sobrenaturales absolutos de la Santa Fe católica, como la Trinidad de Personas en Dios Uno y la Encarnación del Verbo de Dios, que prolonga su Encarnación en la Sagrada Eucaristía.
Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
         La Virgen, Madre del Amor Hermoso, nos llama a consagrarnos a su Inmaculado Corazón, para allí calentarnos con el Fuego que en él inhabita desde su Concepción sin mancha, el Espíritu Santo, para que así, calentados e iluminados con las Llamas del Divino Amor, seamos puestos a salvo de la frialdad y oscuridad espirituales propias de un corazón sin Dios. Al consagrarnos a María, seremos revestidos de la Luz del Espíritu Santo, de modo que lleguemos al conocimiento de la Sabiduría Encarnada, Jesucristo, alejándonos al mismo tiempo de las tinieblas del gnosticismo, del relativismo, del humanismo y del materialismo. Consagrados a María, tendremos la iluminación necesaria para despreciar los falaces encantos del mundo, llenos de peligros mortales para el alma, mientras que al mismo tiempo desearemos, aun viviendo en la tierra, solo y exclusivamente los bienes eternos, el primero de todos ellos, la Eucaristía, el Cuerpo y Sangre de Jesús. La consagración a la Virgen también nos ayudará a tener horror del pecado y a alejarnos de este, e incluso preferir la muerte antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, además de hacernos amar la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, como nunca antes la habíamos amado y apreciado.
         Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
         Cuando el alma se consagra al Inmaculado Corazón de María, la gracia actúa de tal manera que el corazón humano se configura a los Sagrados Corazones de Jesús y María, y se vuelve una copia y una imagen viviente de los Sagrados Corazones, tanto cuanto más dócil a la gracia el alma sea. Quien se consagra al Inmaculado Corazón de María, se une místicamente a los Corazones de Jesús y María de tal manera, que puede decirse que Jesús y María viven en ese corazón y en ese corazón encuentran su agrado y alegría. La Consagración a la Virgen adelanta el triunfo final del Inmaculado Corazón y lo anticipa, por cuanto el triunfo de María Santísima sobre el Dragón consistirá, precisamente, en lograr gloriosos despojos allí donde el Enemigo de las almas reina, los corazones de los hombres. Por la consagración, se adelanta el triunfo final de la Madre de Dios, porque en un alma consagrada a Ella, es un alma en la que flamean el estandarte celeste y blanco de la Inmaculada Concepción y el estandarte ensangrentado del Cordero, la Santa Cruz, y por lo tanto, es un corazón en donde se alaba, se glorifica, se ensalza y se adora al Único Dios Verdadero, Dios Uno y Trino, y a su Mesías, el Hombre-Dios Jesucristo.
         Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario. 
Meditación.
         La Virgen, “fuerte como un ejército formado en orden de batalla”, es la Celestial Capitana del Ejército Mariano, ejército formado por quienes se consagran especialmente a su Inmaculado Corazón y combaten, bajo sus órdenes, con las celestiales armas de los hijos de María: el Santo Rosario, la Adoración Eucarística, la Confesión sacramental; estos combatientes marianos acuden al campo de batalla revestidos con la armadura de la Santa Fe Católica, la fe de los mártires y de los santos de todos los tiempos, la fe del Credo y del Catecismo; estos combatientes marianos, además de luchar contra el Tentador, oponiéndole las armas que la Iglesia le proporciona, al mismo tiempo socorren, con la misericordia de Cristo, a los prójimos que han caído y sucumbido a la tentación y viven en la oscuridad del pecado, de la ignorancia, del error, de la herejía, de la superstición, la apostasía y el cisma. El ejército mariano combate, siguiendo las órdenes de la Capitana Victoriosa, contra el dragón rojo y la bestia negra, los ejércitos de Satanás, por medio de los cuales la Serpiente antigua busca hacer que los hombres participen de su pecado de rebelión contra Dios, negándolo en la teoría y en la práctica y buscando borrar, de la faz de la tierra, el Único Nombre dado a la humanidad para su salvación, el sagrado nombre de Jesús, nombre ante el cual se dobla toda rodilla en los cielos, en la tierra y en el abismo. La batalla entre el ejército mariano y el ejército de Satanás es continuación de la batalla en los cielos entre San Miguel Arcángel y los ángeles de luz, contra el Demonio y los ángeles apóstatas, y el final de esta batalla será el mismo que el de la batalla del cielo: así como el Demonio fue expulsado del cielo, así también el Demonio será expulsado de la tierra y, encadenado, será sepultado por María Santísima en lo más profundo del Averno.
         Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
         La Inmaculada Concepción es la señal que aparece en los cielos, signo del triunfo de Dios y su Cristo sobre el Demonio, la Muerte y el Pecado: la Virgen es la Mujer vestida de sol descripta en el Apocalipsis, resplandeciente de gracia y de gloria divina, con una corona de doce estrellas y con la luna a los pies, y que con la fuerza de la gracia de su Hijo Jesús aplasta la soberbia cabeza del Dragón. El triunfo definitivo de Dios en el sacrificio de la cruz de Dios Hijo encarnado, se hace actual y presente para todos los hombres de todos los tiempos, por medio de la renovación incruenta de su sacrificio en cruz, la Santa Misa, siendo la Virgen, Mediadora de todas las gracias la que, de acuerdo con el beneplácito divino, distribuye las gracias que brotan del Corazón traspasado de Jesús, y las aplica a las almas que más necesitadas están de la Misericordia de Dios. Por lo tanto, amar, venerar, honrar, ensalzar, alabar a la Inmaculada Concepción, la Madre de Dios y consagrarse a su Inmaculado Corazón, es el camino más rápido, fácil y seguro, para toda alma, para dar gracias a Dios por su Divina Misericordia encarnada en Jesús y, al mismo tiempo, recibir todavía más y más la infinita Misericordia que fluye, inagotable, desde las entrañas de misericordia del Corazón traspasado de Jesús.
         Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.




[1] Meditaciones basadas en el libro Consagración a mi Inmaculado Corazón, de Agustín del Sagrado Corazón.

viernes, 14 de abril de 2017

Hora Santa en reparación por decapitación de la imagen de la Virgen de Lourdes en Higuera de la Sierra, España, el 030417


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por el ultraje sufrido por una imagen de Nuestra Señora de Lourdes en Higuera de la Sierra, España. La información correspondiente al aberrante hecho puede encontrarse en la siguiente dirección electrónica: www.eluniverso.com/noticias/2017/04/04/nota/6123110/decapitan-imagen-virgen-lourdes
         A modo de reparación, las meditaciones girarán en torno al misterio de María Santísima como Inmaculada Concepción[1]. Pedimos por la conversión de quienes perpetraron este lamentable sacrilegio, y también por nuestra conversión y la del mundo entero.

         Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

La Santísima Madre de Dios, Señora de Cielos y Tierra, fue al mismo tiempo Virgen y Madre: Virgen por especialísima disposición de la Santísima Trinidad, creada sin la mancha del pecado original como Inmaculada Concepción, Llena de gracia e inhabitada por el Espíritu Santo, porque debía ser la Madre del Dios siempre Vivo, del Dios Tres veces Santo, que habría de encarnarse para adquirir un Cuerpo y así ofrecerlo en el Ara santa de la Cruz. La Inmaculada Concepción, así concebida en gracia, Purísima, Castísima, más Hermosa que los cielos eternos, era la Única creatura con la dignidad y majestad celestial necesarias para ser la morada del Espíritu Santo, Templo de la Santísima Trinidad y Custodia Viviente más preciosa que el oro, capaz de alojar en su seno virginal el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Hijo de Dios, Jesús de Nazareth, el Mesías, ante cuyo Nombre Santísimo toda rodilla habría de doblarse en los cielos, en la tierra y en el abismo. ¡Oh Virgen y Madre de Dios, María Santísima, que por la gracia nuestros corazones se conviertan, a imitación del tuyo, en otros tantos sagrarios en donde se custodie y adore a tu Hijo, Jesús Eucaristía!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         María Inmaculada, Flor Purísima, cuya fragancia celestial cautiva al propio Dios y embelesa a los ángeles, sobrepasa sin medida a los más puros ángeles del cielo, en pureza y santidad de alma y cuerpo, porque su cuerpo purísimo jamás fue mancillado por amores mundanos y su alma beatísima jamás se contaminó con las manchas de la herejía, de la ignorancia, del error, de la blasfemia, sino que, como un cristal purísimo, que atrapa en su interior la luz brillante del sol para luego irradiarla al exterior, así alojó en su seno a la Luz Eterna de Dios, el Hijo de Dios, Luz de Luz, que provenía de la Luz Increada y sin Principio, el Eterno Padre; la albergó en su seno purísimo por nueve meses; la recubrió de carne; la alimentó con su substancia materna, como hace toda madre con su hijo y, al final de los nueve meses, la Virgen y Madre de Dios, cual Diamante celestial, cual Roca cristalina y purísima, irradió sobre el mundo que “yacía en tinieblas y sombras de muerte” a la Luz Eterna, Cristo Jesús, en Belén, Casa de Pan, para que una vez ofrecido en el Altar Sacrosanto de la Cruz como Pan de Vida eterna, los hombres pudiéramos alimentarnos con su substancia divina, al unirnos con la Divina Víctima en la Sagrada Eucaristía, consumiendo con la Hostia no pan y agua, sino la substancia del Hijo de Dios encarnado, esto es, su Cuerpo, Sangre y Alma glorificados y su Divinidad Santísima. ¡Gracias te damos, oh Beatísima Trinidad, por habernos dado a una Madre tan amorosa como María, siempre Virgen, cuyo único anhelo para con nosotros, es alimentarnos con el Cuerpo Sacramentado de su Hijo, Jesús Resucitado!

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Virgen Santísima es verdadera Madre de la verdadera Luz Increada, Cristo Jesús, que habiéndose encarnado en su seno purísimo, asumió un alma y un cuerpo humanos y los unió a su Persona divina, la Segunda de la Trinidad, para que Cristo, Dios Nuestro, Creador, Redentor y Santificador de nuestras almas, Glorioso Vencedor Invicto de la Serpiente Antigua, del Pecado y de la Muerte, se nos donara todo Él, sin reservas, con su Ser divino trinitario y con su Humanidad glorificada y resucitada, plena del Espíritu Santo, en cada Comunión Eucarística. Es por eso que nosotros, pobres pecadores, indignos de toda indignidad, llenos de pasiones, de pensamientos errantes y ciegos, cuando no malvados, inclinados por la concupiscencia, esclavizados por las pasiones y las inclinaciones impuras, le pedimos a nuestra amorosa Madre del cielo que anule en nosotros el imperio del pecado, que nos conceda la sabiduría divina, su misma sabiduría celestial, e interceda para que nuestras almas, libres del pecado e inhabitadas por la gracia, sean halladas dignas de glorificarla por encima de todos los ángeles y santos y de dar gracias a la Trinidad Santísima por habernos dado a María como a nuestra celestial, Purísima y Amantísima Madre nuestra.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario. 

Meditación.

         Es en María Santísima, Virgen y Madre de Dios, Nuestra celestial Intercesora ante nuestro Dios Jesucristo, su Hijo, en quien todos los hombres ponemos nuestras esperanzas, nuestras dichas y alegrías, porque sin Cristo no hay paz verdadera y a Cristo se llega por María. María nos concede el fruto de sus entrañas virginales, el Rey de la Paz, Cristo Jesús, que viene a nuestras almas oculto en apariencia de pan, para concedernos su substancia divina, su vida divina y el Amor eterno de su Sagrado Corazón Eucarístico. Sólo Jesús, el Dios de la Paz, es capaz de darnos la verdadera y única paz que aquieta al corazón humano, la Paz de Dios, la paz que sobreviene al alma al serle quitado, por la Sangre de su sacrificio en cruz, aquello que nos enemista con Dios y que es el pecado, fuente de discordia, de desunión, de desamor y de desapego del alma con Dios y con sus hermanos. En Cristo Jesús, el Hijo de María, encuentra la Humanidad entera el verdadero y único reposo, la verdadera y única Alegría del alma, porque Cristo es Dios y Dios es Alegría infinita.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         María Santísima, Virgen Inmaculada, Llena de gracia e inhabitada por el Espíritu Santo, Sagrario Viviente más precioso que el oro, contiene en su seno virginal, a partir de su “Sí” al anuncio del Ángel, a la Eucaristía, esto es, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo que, aunque todavía no ha pasado por su misterio pascual de Muerte y Resurrección, es Él, en sí mismo, el Pan de Vida eterna, el Maná bajado del cielo, el Pan Vivo venido del cielo, que alimenta nuestras almas con la substancia misma de la divinidad. Por esto mismo, porque es el Portal desde el cual se derrama sobre el mundo la Luz Eterna, Cristo Jesús, la Virgen y Madre es la gloria de nuestra naturaleza, la Flor de los cielos, el Paraíso en el que Dios Trino se deleita, el Jardín cerrado en el que crece el Árbol de la Vida, Jesús de Nazareth, el Redentor; es la Mediadora ante el Mediador de los hombres, Cristo Jesús; es la Corredentora junto al Redentor; es la Sacerdotisa, que ofrece con amor, con fe y con piedad a Dios Padre al Hijo de sus entrañas, Cristo Jesús, que al mismo tiempo que Víctima, es también Sumo y Eterno Sacerdote. La Virgen es el Puente de oro que une al hombre con el Hombre-Dios y, en el Hombre-Dios, con el Padre y el Espíritu Santo; es la Puerta de acceso al Corazón de Jesús, Puerta de ingreso al seno del Eterno Padre; es la Llave que nos abre las puertas del Corazón de su Hijo, en donde arde el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. ¡Virgen María, Madre del Amor Hermoso, Madre de la Divina Misericordia, apiádate de tus hijos pecadores, y haz que unidos a tu Hijo, seamos llevados por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, al seno del Eterno Padre!

         Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.




[1] Meditaciones adaptadas de la Oración a la Santísima Madre de Dios, de San Efrén.

sábado, 8 de abril de 2017

Hora Santa en reparación por profanación eucarística en México el 020317


Profanan capilla San Gabriel en México / Foto: Facebook del P. Hugo Muñoz

Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por la profanación eucarística ocurrida en una ciudad de México fronteriza con EE.UU. Según refieren los sitios de información, el párroco de San Lucas, Hugo Muñoz, ha expresado el hecho a través de su cuenta de Facebook, expresando su repudio por el hecho, además del pedido de conversión de quienes realizaron el lamentable sacrilegio: “La comunidad de San Gabriel Arcángel perteneciente a San Lucas fue víctima de los ladrones. Violaron el Sagrario y depositaron las hostias sobre el altar. Aparte se robaron el sonido y los micrófonos, un Cristo y el Copón. Les pido su oración y solidaridad con nuestra comunidad”. El sacerdote expresó su “indignación y profunda tristeza por la gravedad de los hechos”, y ha exhortado “a quienes cometieron este grave atropello a que se arrepientan sinceramente y cambien de vida; la misericordia y el perdón de Dios les espera”. El Obispo del lugar, Monseñor Torres Campo, recordó a su vez a los fieles que “la Eucaristía es un tesoro inestimable; no solo su celebración, sino también estar ante ella fuera de la Misa, nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo de la gracia”. La información pertinente se puede encontrar en el siguiente enlace: http://www.actuall.com/laicismo/profanan-una-capilla-en-una-ciudad-de-mexico-fronteriza-con-eeuu/
Nos unimos entonces a los pedidos del sacerdote y el obispo, de rezar en reparación y desagravio y de pedir la conversión de los que cometieron el sacrilegio. Para tal fin, las meditaciones se centrarán en la Eucaristía.
Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación.
Al encarnarse en el seno virgen de María, el Hijo de Dios adquirió un Cuerpo como el nuestro, sometido a la muerte, pero siendo Él el Verbo de Dios y por lo tanto la Vida Eterna e Increada en sí misma, su Cuerpo estaba inmune a la corrupción, por lo que, a pesar de que verdaderamente murió en la Cruz, al permanecer la divinidad de la Persona Segunda unida al Cuerpo y al Alma, no sufrió la corrupción, de ninguna manera y, por la promesa de la resurrección que el Verbo Encarnado había hecho, cumplió su Palabra, como Dios Veraz que es Es, y resucitando al tercer día, inundó de luz divina su Cuerpo resucitado, y con esta luz santa iluminó el Santo Sepulcro, el Día Domingo y todos los domingos que se sucederán hasta el fin de los tiempos, y también iluminó nuestras almas de pecadores y pobres mortales, haciéndonos participar, por la gracia santificante, de su gloria, de su luz y de su inmunidad a la corrupción. Y esta inmunidad a la corrupción, la comunica el Verbo Encarnado a nuestros cuerpos por medio de la Eucaristía, en donde el Verbo bendito del Padre, encarnado una vez en el seno virgen de María por obra del Espíritu Santo, prolonga su encarnación, por obra del mismo Espíritu Santo, en el seno virgen de la Iglesia, el altar eucarístico, para donársenos como Pan de Vida eterna. Gracias al Verbo Eterno del Padre, encarnado en María Santísima en Belén, que prolonga su Encarnación en el Nuevo Belén, el Altar Eucarístico, la muerte ya no tiene ningún poder sobre los hombres, porque el Verbo, en la Cruz, con su Cuerpo sacratísimo ofrendado como Hostia Viva, Pura y Santa, no solo destruyó nuestra muerte para siempre, sino que nos concedió la Vida eterna, la vida misma que inhabita en su Cuerpo, vivo, glorioso y resucitado, Presente en la Eucaristía juntamente con su Sangre, Alma, Divinidad y el Amor de su Sagrado Corazón.
Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El Verbo de Dios, encarnado en María Santísima, adquirió un Cuerpo para ofrendarlo en la Cruz el Viernes Santo, sobre el Monte Calvario; Él mismo, sobre el Nuevo Monte Calvario, el Altar Eucarístico, obrando en Persona a través del sacerdote ministerial, ofrece a la Divina majestad la misma Víctima ofrecida en el altar de la Cruz, su Cuerpo Sacratísimo y su Sangre Preciosísima, en adoración a la Trinidad, en acción de gracias, en reparación y en expiación por nuestros pecados, y para obtenernos las gracias que necesitamos para nuestra eterna salvación. La única diferencia entre uno y otro ofrecimiento de la Víctima es el modo, ya que en el Calvario Jesús ofreció su Humanidad Santísima cruentamente, mientras que en el altar lo hace de modo incruento y sacramental, y tanto en uno como en otro altar, sea el de la cruz del Calvario o el de la cruz del Altar, el Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo derrama su Sangre, que  vierte en el cáliz, y entrega su Cuerpo, en la Eucaristía, para concedernos el perdón divino y comunicarnos su Vida divina y el Amor de su Sagrado Corazón.
Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La Eucaristía es un prodigio de la omnipotencia divina que obra sobre el Altar Eucarístico de manera que las ofrendas del pan y del vino no se destruyen, como así tampoco se crea el Cuerpo de Cristo, en sí mismo real y glorioso. Lo que sucede es que, por el milagro de la Transubstanciación, producido por el Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, que actúa en Persona a través del sacerdote ministerial, se convierte toda la substancia del pan y del vino –materia y forma- en toda la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo –materia y forma-. Este prodigio realizado por el Verbo de Dios Encarnado, Sumo y Eterno Sacerdote, sobre el altar eucarístico, por medio del sacerdote ministerial, es inmensamente más grande que la transformación substancial que se verifica en las combinaciones químicas, puesto que en estas, entre la substancia corrupta y la substancia generada, persiste la materia prima, mientras que en la Transubstanciación, la conversión implica también a la materia prima del pan y del vino, convirtiéndose así el todo de cada una de estas substancias en el todo de la substancia del Cuerpo y Sangre de Cristo. De este modo, en la Eucaristía, la Persona del Verbo no se une al pan, puesto que el pan no es más pan, ni tampoco está presente en el pan, con el pan o bajo el pan, ya que el pan no conserva más su propia naturaleza, al haberse verificado la transubstanciación. Por esta razón, para los católicos, la Presencia de Cristo en la Eucaristía no es simbólica, sino real, verdadera y substancial, y es lo que hace posible que el Verbo Encarnado, “hecho carne”, se ofrezca como alimento espiritual –todo Él mismo, en su Persona divina del Hijo de Dios-, bajo la apariencia de pan, como “Pan de Vida eterna”. Así, por la comunión eucarística, se cumplen las palabras de Cristo: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, porque la Eucaristía no es el pan material, que conserva su substancia, sino que es la Palabra Eternamente pronunciada por el Padre, el Logos o Verbo de Dios, consubstancial al Padre: en la Santa Misa, el hombre no se alimenta de pan material, sino del Pan de Vida eterna, que es la Palabra de Dios hecha carne, la Eucaristía.
Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario. 
Meditación.
El Verbo Eterno del Padre, que es la Palabra de Dios eternamente pronunciada, se nos da como alimento, por medio en la Eucaristía, constituyéndose así en el banquete de la Santa Misa. Sin embargo, es un banquete esencialmente distinto a todo banquete terreno, desde el momento en que el manjar que en este banquete se sirve, no se prepara en ningún lugar de la tierra, puesto que lo que se da en este manjar celestial es la substancia misma del Ser divino trinitario. Sobre el altar, y a diferencia del pan y vino de la tierra, que conservan su substancia, el Pan y el Vino consagrados han sido convertidos, por el poder del Espíritu Santo, en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Mientras que en el banquete terreno el pan y el vino están destinados a solamente saciar el apetito corporal, en el Banquete celestial, la Santa Misa, el Pan de Vida eterna y la Sangre del Cordero de Dios, consumidos con fe y amor por el alma fiel, unen al alma con la Víctima sacrificada en el altar, el Cordero de Dios, Jesús, el Dios de la Eucaristía.
Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Cuando el Verbo se encarnó en María Santísima, tomó un Cuerpo y un Alma humanos, a los cuales unió a su Persona divina, la Persona del Hijo de Dios. Así, el seno virginal de María Santísima se convirtió en la Custodia Viviente que alojaba el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, convirtiéndose la Virgen en Nuestra Señora de la Eucaristía, prefiguración del Sacrosanto Altar Eucarístico, seno purísimo de la Santa Madre Iglesia, en el que, por el poder del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten, por el milagro de la Transubstanciación, en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Tanto en el seno de María Virgen, como en el seno de la Iglesia Santa, el Altar Eucarístico, se contiene, por obra del Espíritu Santo, el Cuerpo vivo de Cristo unido a su Alma humana, que lo informa como su principio vital, y toda la naturaleza humana, Cuerpo y Alma, están unidos  a la Persona del Verbo, a la que pertenecen por la unión hipostática. Y de la misma manera, por la circunmicessio –la especial relación de unidad en naturaleza y de armonía de las Tres Divinas Personas entre sí-, con el Verbo Encarnado están presentes las divinas Personas del Padre y del Espíritu Santo, siendo el Verbo inseparable de ellas, al ser todas y las Tres Divinas Personas el mismo y único Dios, Acto Puro de Ser Perfectísimo, indivisible y eterno.
Meditación final.
Por el misterio de la Transubstanciación, que es hecho posible por la Encarnación del Verbo, se hace Presente de manera real, verdadera y substancial, la Presencia de Cristo Dios en la Eucaristía, en su condición de Sacerdote y Víctima del Sacrificio Eucarístico. Este Sacrificio Eucarístico no es distinto del Sacrificio de la Cruz, siendo irrepetiblemente el mismo, que se hace evidente por el Sacramento, es decir, por la doble consagración del pan y del vino, que permite que los fieles se alimenten, no con pan y vino, sino con el Cuerpo y la Sangre del Cordero de Dios, que son ofrecidos a los que aman a Dios bajo las especies sacramentales.
         Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Junto a la Cruz de su Hijo”.





martes, 4 de abril de 2017

La Eucaristía, don inestimable poco apreciado por los católicos


         Frente a la Eucaristía, se impone siempre la pregunta: ¿qué es la Eucaristía? Si respondemos según lo que creen otras iglesias que no sean la católica, diremos que es sólo un poco de pan bendecido; un recuerdo de la Cena del Señor; un trocito de pan que tiene una significación especial, por haber sido consagrado en una ceremonia religiosa que recordaba la Última Cena. Si respondemos según las otras religiones, la Eucaristía es sólo un poco de pan, bendecido más o menos solemnemente, pero nada más que un poco de pan. La substancia de la Eucaristía es pan, el mismo pan material de la tierra, hecho con harina y trigo.
         Pero esto no es lo que nos dice nuestra Santa Fe Católica.
         ¿Qué nos dice la fe católica cuando nos preguntamos qué es la Eucaristía?
         La Fe Católica nos dice que la Eucaristía es un Sacramento, el Santísimo Sacramento del Altar. Es decir, es un sacramento que, a diferencia de los demás, se confecciona sobre el altar, y es por eso que se le llama: “Santísimo Sacramento del Altar”. La Fe católica nos dice también que la Eucaristía es “el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo”.
         Con respecto a estas dos definiciones, debemos hacer algunas aclaraciones: la Eucaristía es, sí, un sacramento, pero no es una “cosa”; por otra parte, decir que la Eucaristía es el “Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad” de Nuestro Señor Jesucristo, no nos debe hacer pensar en estos cuatro elementos como separados entre sí: se trata simplemente de una descripción de elementos que están unidos y no separados entre sí; se los describe separadamente, solo para una mejor comprensión nuestra. Es necesario hacer esta consideración, porque si decimos que la Eucaristía no es una “cosa”, y que los cuatro elementos que nombramos cuando la definimos están unidos entre sí, estamos diciendo que la Eucaristía es “Alguien” y no “algo”. Y ese “Alguien” es el Hombre-Dios Jesús de Nazareth. La Eucaristía NO ES un pancito bendecido en una ceremonia religiosa, porque la substancia del pan ya no está más: están las substancias humanas, glorificadas, del Cuerpo y el Alma de Jesús, y la substancia divina de la Persona Segunda de la Trinidad, el Hijo de Dios, el Verbo de Dios.
         En este momento, estamos en condiciones de re-formular la pregunta; ya no nos preguntamos “qué” es la Eucaristía –es un sacramento-, sino “quién” es el que está en la Eucaristía. La Eucaristía no es un “algo”, sino un “Alguien”, y ese “Alguien” es el Verbo de Dios descripto por el Evangelista Juan: “El Verbo era Dios, estaba en Dios”, pero es también ese mismo Verbo que se encarna: “Y el Verbo se encarnó y habitó entre nosotros”, y prolonga su Encarnación en la Eucaristía. La Eucaristía es el Verbo de Dios Encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre y, como tal, está Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. En otras palabras, la Eucaristía es “Alguien”, el Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, oculto en apariencia de pan –porque ya no es más pan, cuya substancia se ha convertido en la substancia del Hijo de Dios- y ésta es la razón por la cual los católicos adoramos la Eucaristía. Si no fuera así, cometeríamos un acto de idolatría, al adorar a un pan bendecido. Pero como no es un pan bendecido, sino Dios Hijo en Persona, lo adoramos en la tierra, así como los ángeles y los santos lo adoran en el cielo.
         La Eucaristía es un don tan inmensamente grande, que no nos alcanzará la eternidad para adorar, dar gracias y alabar a Dios por este don preciosísimo.
         Por último, la razón de la Presencia de Dios Hijo en la Eucaristía, oculto a los ojos del cuerpo, pero visible a los ojos de la fe, es darnos, sin reservas, el contenido de su Sagrado Corazón Eucarístico, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. El Sagrado Corazón de Jesús late en la Eucaristía y en cada latido de amor dice nuestro nombre personal, por lo que la adoración que se hace sin amor –a Jesús Eucaristía y, en Él, al prójimo-, es una adoración vacía.

         

viernes, 31 de marzo de 2017

Hora Santa en reparación por ultraje a la Virgen y Madre de Dios en marcha feminista


Inicio: en ocasión de la celebración del denominado “Día Internacional de la mujer”, celebración de cuño neo-marxista que se propone “desconstruir” la realidad cristiana para “construir” una anti-realidad atea y marxista, el feminismo radicalizado aprovechó la ocasión para ofender, más que a los cristianos, a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María. Evitamos las  imágenes y también la descripción del evento por pudor; para quien desee profundizar en los detalles más aberrantes del ya aberrante hecho, pueden consultar la siguiente dirección electrónica:
Como siempre lo hacemos, ofrecemos la Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado pidiendo por la conversión nuestra, la de nuestros seres queridos, la de quienes idearon y llevaron a cabo esta horrorosa blasfemia contra María Santísima, y también pedimos por la conversión del mundo entero. Las meditaciones del Santo Rosario están dedicadas a la Encarnación del Verbo y a su Madre, María Santísima, e inspiradas en un escrito de San Atanasio.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

Dice San Atanasio que “el Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, vino a nuestro mundo, aunque tampoco antes se hallaba lejos, pues nunca parte alguna del universo se hallaba vacía de él, sino que lo llenaba todo en todas partes, ya que está junto a su Padre”[1]. El Verbo, que en cuanto Dios era Espíritu Purísimo y era la Vida Increada en sí misma, vino a nosotros movido solo por el infinito Amor Misericordioso de su Corazón de Dios, para hacerse visible y para tener un Cuerpo para ofrecer en el Santo Sacrificio de la Cruz y así rescatarnos, lavando nuestros pecados con su Sangre Preciosísima, concediéndonos la gracia de la divina filiación y conduciéndonos al Reino de su Padre en los cielos. El Verbo de Dios se encarnó por pura piedad y amor misericordioso para con nuestra condición de “nada más pecado”, sometidos al dominio de la muerte, del demonio y del pecado, y puesto que el Amor que ardía en su Corazón no soportaba nuestra esclavitud, tomó un Cuerpo como el nuestro en el seno virgen de María Santísima, que así se convirtió en Tabernáculo Viviente del Altísimo, desde el momento en que comenzó a albergar en Ella el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Al recubrirlo con su carne y sangre, la Madre de Dios le tejió un Cuerpo al Verbo de Dios, Cuerpo que por eso miso se volvió Templo del Dios Altísimo; Cuerpo que habría de nacer en Belén, Casa de Pan, para donarse a sí mismo como Pan de Vida eterna; Cuerpo que habría de inmolarse en la Cruz del Calvario, para derramar su Sangre salvífica sobre nuestras almas y así limpiarlas del pecado; Cuerpo que prolongaría su Encarnación y perpetuaría su inmolación en la Cruz por medio del Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, para nutrirnos con la substancia divina al donársenos como Pan Vivo bajado del cielo. ¡Madre de Dios, que siempre ardamos en deseo de consumir el Cuerpo sacramentado del Señor Jesús, la Sagrada Eucaristía!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Al tomar un Cuerpo como el nuestro, dice San Atanasio, éste serviría como su propio instrumento, con el cual habría de “darse a conocer y habitar”, y luego, al morir en la Cruz con este Cuerpo, habría de dar muerte a nuestra muerte con la muerte de su Cuerpo, y como Él era la Persona Segunda de la Trinidad, Dios Tres veces Santo y Dios Viviente por los siglos, Causa Primera de toda vida creada, en el mismo instante en que su Cuerpo murió, dio una estocada mortal a la muerte con la Vida que era Él mismo, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad. Y así, el Verbo destruyó nuestra muerte, derrotó al demonio y venció al pecado, al entregar al Padre, con el mismo Amor con el que se encarnó -el Amor de Dios, el Espíritu Santo-, su Cuerpo sacrificado en la Cruz. Y para que todos los hombres seamos capaces de acceder a los frutos de la Redención, asistiendo al Santo Sacrificio de la Cruz, renovado sacramental e incruentamente en el Altar Eucarístico, continúa entregando este Cuerpo vivo, glorioso y resucitado cada vez en la Santa Misa, alimentándonos con su Cuerpo y su Sangre presentes en la Eucaristía. Con su muerte en cruz, el Verbo de Dios, Fuego de Amor Eterno, consumió nuestra muerte, así como el fuego consume el pasto seco y, destruyendo nuestra muerte, nos dio su Vida divina, así como el fuego enciende un leño y lo convierte en brasa ardiente, haciéndolo ser él mismo, fuego encendido en la brasa, y es por eso que, obteniendo la vida divina, nuestros cuerpos humanos resplandecen con la luz de la gloria en la resurrección y arden encendidos en el Fuego del Divino Amor.

 Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Porque la Virgen es Inmaculada y Purísima y Llena de gracia y del Amor de Dios, el Hijo de Dios, al encarnarse en su seno purísimo, encontró la misma Pureza y el mismo Amor en el que vivía en el seno del Padre. Al encarnarse, el Verbo de Dios asumió un cuerpo mortal para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo -porque es Dios y está junto a Dios y es la Luz del mundo que ilumina a todo hombre-, al ofrecer su Cuerpo santísimo en la cruz como Víctima Santa y Pura, pagara por todos los hombres la deuda contraída con el pecado de los primeros padres. Al habitar en este Cuerpo sacratísimo el Verbo de Dios, engendrado en el seno purísimo de María Virgen, aunque verdaderamente murió en la cruz, separándose verdaderamente su Alma bendita de su cuerpo, éste no sufrió la corrupción de la muerte, porque la divinidad de la Persona Segunda de la Trinidad permaneció unida a este Cuerpo, como así también al Alma, de manera tal que, el Domingo de Resurrección, el Cuerpo que había muerto el Viernes Santo separándose de su Alma Santísima, se uniera nuevamente a su Alma Bendita, resplandeciendo ambos con la divina gloria y, llenos de la Vida eterna de Dios, no volver a separarse ya nunca jamás. Y este admirable Cuerpo, que fue engendrado en el seno purísimo de la Madre de Dios, es el mismo Cuerpo glorificado que, unido a su Alma glorificada y a la divinidad de la Persona del Hijo de Dios, comunica la gracia santificante y hace partícipes de la vida divina a todo aquel que a este Cuerpo se une por la Santísima Eucaristía, en la comunión. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que yo desee siempre recibir la vida divina que nos comunica el Cuerpo sacramentado del Señor, la Sagrada Eucaristía!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario. 

Meditación.

Cuando el Verbo Eterno del Padre se encarnó en el seno virgen de María, tomó un cuerpo, que fue nutrido con la substancia materna de María Santísima, y esto lo hizo el Verbo de Dios para que, siendo Él el Dios Viviente y la Vida Increada en sí misma, cuando entregara este Cuerpo Sacratísimo en el altar de la cruz para que recibiera la muerte, al contener la Vida Increada de la Persona de Dios Hijo, diera muerte a la muerte y diera muerte al Dragón, sucediendo lo mismo que sucede cuando un pez muerde el anzuelo y recibe la muerte al ser arrastrado fuera de su elemento vital: así el Dragón infernal, al morder el anzuelo del Cuerpo Sacratísimo del Redentor, pleno de la Vida divina, recibió la muerte de la que ya era portador desde su rebelión en los cielos, quedando vencido para siempre. El Verbo de Dios, que entregó el Cuerpo que la Madre de Dios alimentó en su seno, como una Hostia Santa, Pura, Inmaculada por estar libre de toda mancha y por ser Él la santidad y la vida en sí misma, al ser Él Dios Tres veces Santo, destruyó la muerte de los hombres y dio muerte al Dragón infernal, el cual fue hundido en lo más profundo del Infierno bajo el peso de la Cruz en el Calvario. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que nuestros corazones se inflamen en el Amor de Dios, al recibir la Eucaristía, el Cuerpo del Señor Jesús resucitado!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Siendo el Verbo del Palabra consubstancial al Padre, es decir, Dios como el Padre Eterno, es superior a toda creatura, pues Él es, junto al Padre y al Espíritu Santo, el Único Dios Creador, de cuyo Acto de Ser participan todos los seres creados, y sin cuya asistencia dichos seres creados dejarían de ser y de existir. Todo fue creado por el Verbo, en Él y por Él, y todo fue creado por Él y por el Padre y el Espíritu Santo, incluidos los ángeles del cielo y aquellos ángeles que, creados buenos, se hicieron malos y perversos por propia voluntad. Y este Verbo de Dios, igual en naturaleza divina, en substancia divina, en majestad y honor al Padre y al Espíritu Santo; este Verbo de Dios al cual los ángeles del cielo se postran en adoración y entonan cánticos de alabanza y adoración diciendo: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos”, este mismo Dios, Espíritu Purísimo, que habita en una luz inaccesible, tomó Cuerpo humano en el seno virgen de la Madre de Dios para ofrecerlo en sacrificio, como templo en donde inhabita la divinidad y como instrumento de la divinidad para dar muerte al Pecado, al Demonio y a la Muerte, los tres enemigos mortales del hombre. Y así, con la muerte de su Cuerpo mortal, en el que inhabitaba la divinidad, el Verbo de Dios pagó con su muerte en cruz la deuda que todos los hombres habíamos contraído en los Primeros Padres; destruyó la muerte y nos dio su vida divina, y aplastó la cabeza del Dragón infernal con el leño de la Santa Cruz, el Madero Santo empapado en su Preciosísima Sangre. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que aumente en mi corazón el deseo de comulgar el Cuerpo glorioso y resucitado de Nuestro Señor, la Sagrada Eucaristía!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Junto a la Cruz de su Hijo”.







[1] Cfr. San Atanasio, Sermón sobre la Encarnación del Verbo, 8-9.