viernes, 20 de octubre de 2017

Hora Santa en reparación por Misa sacrílega denominada "Misa Coldplay" en universidad jesuita 111017


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por una Misa sacrílega llevada a cabo en una universidad jesuita, a la cual han denominado “Misa Coldplay”[1], ya que en la misa se utilizaron, en diversas partes de la Misa, música de esta banda musical británica: de acuerdo a los organizadores, se escucharán “las canciones del grupo británico, y buscarán “reflexionar” y “profundizar” sobre estas melodías en diversos momentos de la celebración eucarística. La información acerca de este abuso[2] –introducir música profana y alterar el normal desenvolvimiento de la Santa Misa-, se puede obtener en los siguientes enlaces:
La Arquidiócesis de Puebla, lugar en donde se llevó a cabo el sacrilegio contra la Santa Misa, dijo entre otras cosas que la Eucaristía es el “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo”[3]. La misión de la Iglesia es santificar el mundo, y no al revés, es decir, no puede la Iglesia mundanizarse y convertirse en algo similar al mundo. Si así lo hace, no solo fracasa estrepitosamente en su misión, sino que se convierte en enemiga de Nuestro Señor. Como siempre lo hacemos, pediremos por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la de quienes perpetraron este sacrilegio, y por la conversión eucarística del mundo entero. Centraremos nuestras meditaciones en el misterio de la Santa Misa, sirviéndonos del libro del P. Enrico Zoffoli “Questa è la Messa! Non altro”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

La Misa es un verdadero sacrificio, incruento, porque es imagen, figura y símbolo del sacrificio de la Cruz llevado a cabo en el Calvario[4]. La Misa es una repetición incruenta y bajo los signos sacramentales, de la Ofrenda cruenta del Calvario. Es el renovación del sacrificio de la Cruz y de tal manera, que la Eucaristía es llamada “sacramento de la Pasión”. Sin embargo, Santo Tomás nos advierte que no se trata de una mera imagen, sino la realidad misma del único sacrificio de Cristo. Cristo, el Verbo de Dios encarnado, es uno e no multiplicable; es el Cristo paciente y por lo tanto único es su sacrificio. Esto significa que, aun cuando el rito se multiplique, sin embargo permanece único el Sacrificio. La noción de una repetición numérica es no solo superflua sino inconcebible, además de sacrílega[5]. Más allá de esto, el hecho de saber, por la Fe bimilenaria de la Iglesia, que nos encontramos frente al más grande y absoluto misterio de todos los misterios absolutos sobrenaturales de Dios, esto es, la Presencia y la actualización sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, debe llevarnos a postrarnos en acción de gracias y en adoración al Cordero de Dios, por entregar su Cuerpo y Sangre en la cruz y por prolongar su entrega en el Santísimo Sacramento del altar.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Santa Misa es un verdadero y propio sacrificio; no es una inmolación física, ni una inmolación virtual, ni una inmolación mística: es el Sacrificio esencial y numéricamente idéntico al de la Cruz, con la distinción del todo accidental de que es incruento por ser sacramental, y no cruento, como en el Calvario. Pero que sea incruento y no cruento, no hace a la esencia y a la naturaleza en sí misma de Sacrificio y a su contenido de misterio sobrenatural absoluto que se despliega ante los ojos corpóreos, oculto en la realidad sacramental, en el altar eucarístico. Siendo el Sacrificio de la Cruz único e irrepetible, lo que le agrega la Misa, si así se puede decir, a este Sacrificio, y es en lo que consiste la esencia del rito eucarístico, es que es simplemente signo o sacramento del Sacrificio[6]. Es un signo que no agrega nada a la Inmolación del Cordero en el Calvario; sólo se limita a hacer evidente esta inmolación, tal como es en sí misma, sin ninguna repetición o renovación intrínseca, puesto que en sí misma la inmolación del Cordero es perfecta. Esta significación o re-presentación se verifica únicamente en la consagración distinta del pan y del vino, símbolo de la separación violenta de la sangre del cuerpo del Cordero degollado[7] y es en esta consagración en la que se ofrece el sacrificio. Puesto que no es posible la efusión de sangre, la Divina Sabiduría ha encontrado el modo admirable de hacer manifiesto el Sacrificio de Nuestro Redentor con signos exteriores que son símbolos de muerte[8]. Por medio de la Transubstanciación del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo, se tiene realmente presente su Cuerpo y su Sangre, y así las especies eucarísticas, bajo las cuales está presente, simbolizan la separación cruenta del Cuerpo y de la Sangre, ocurridas en el Calvario el Viernes Santo. De esta manera, el memorial de su muerte real sobre el Calvario se repite en cada sacrificio del altar, porque por medio de símbolos distintos se significa y se demuestra que Jesucristo se encuentra en estado de Víctima[9]. Es decir, por la Santa Misa, nos encontramos delante del Redentor que, ofrecido como Víctima Inmolada en el Calvario, prolonga y perpetúa, cada vez, sobre el altar, su inmolación, aunque oculta a los ojos corporales, pero significada por la consagración por separado del pan y del vino. Y esto constituye un milagro admirable, prodigioso, frente al cual solo cabe la contemplación extasiada, la adoración y la acción de gracias.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Santa Misa es el “Sacrificio del Calvario hecho sacramentalmente presente en nuestros altares”[10] y esto de manera real, actual, viva, presente, porque “en virtud de las palabras de la consagración, las especies del pan y del vino representan, en modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio, ofrecido por Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, al Padre, por la salvación del mundo”[11]. El hecho de ser signo significa que la representación de la Ofrenda cruenta de la Cruz se hace de modo particularmente evidente en la consagración del vino, luego de la consagración del pan. En la Misa, la muerte del Cordero de Dios en la Cruz se revela y significa precisamente en el momento en el que la sangre fluye del cuerpo de la víctima sacrificada. Es decir, así como en la Cruz, la muerte cruenta de Jesús se produce por la separación también cruenta de la Sangre del Cuerpo, así también en la Santa Misa, la consagración por separado del pan y del vino, representan y significan, sacramental e incruentamente, esta separación del cuerpo de la sangre.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Por esta razón, en la Misa no hay repetición del sacrificio, ni una nueva inmolación o una nueva oblación[12], distinta de la inmolación y de la oblación de la Cruz, porque en virtud de unicidad y perfección absoluta, el sacrificio del altar obtiene su virtus sobrenatural del sacrificio del Calvario. La oblación de la Cruz y la oblación del Altar están comprendidas la una en la otra siendo perennemente las mismas, y se comunican gracias a la institución del sacramento o signo sensible eficaz, que concilia o hace posible la unidad y la multiplicidad, la perennidad con la repetición; la suficiencia, la trascendencia, la unicidad del Calvario, con la renovación cotidiana e indefinida del rito, que pone al Calvario sobre nuestros altares[13]. Y en esto radica el misterio más absoluto: que por la liturgia eucarística, se hace presente, delante de nuestros ojos, sobre el altar eucarístico, en nuestro hoy, en nuestro aquí y ahora, el Santo Sacrificio de la Cruz, el mismo y único Santo Sacrificio del Calvario, llevado a cabo por el Cordero hace veinte siglos, en Palestina. Por la Misa, el altar se convierte en Calvario, y el Calvario, el Viernes Santo, es la Misa -toda Misa, cada Misa-, anticipada en el tiempo.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Santa Misa, entonces, es el mismo Sacrificio del Calvario, no otro distinto, sino numéricamente uno y único, de manera tal que excluye toda nueva ofrenda, todo nuevo sacrificio, desde el Calvario hasta la Parusía. La Eucaristía no se entiende sin el Sacrificio del Calvario del Viernes Santo; es una relación al Sacrificio histórico y meta-histórico, temporal y eterno, de Jesucristo. Es por esto que por la Misa, tenemos no una nueva ofrenda, sino la ofrenda actual[14], que es la ofrenda del Calvario, esto es, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Es esto lo que debemos tener, en la mente y en el corazón, al asistir a la Santa Misa: asistimos al Sacrificio del Calvario, el único Sacrificio del Calvario, que para nosotros, por el poder del Espíritu Santo y por medio de la liturgia eucarística, se hace presente delante de nuestros ojos, sobre el Altar Eucarístico. Y, en acción de gracias por tan insondable misterio, postrémonos ante Jesús Eucaristía aclamándolo, amándolo, adorándolo en su Presencia Eucarística real, verdadera y substancial.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día la veré, en célica armonía”.




[1] ¿Qué pasó en la Misa? Se usaron en entrada, ofertorio, comunión y salida canciones del grupo Colplay; tal música fue grabada y arriba del altar había una pantalla que mientras se ponía la canción se veían imágenes de los jóvenes que colaboraron en labores posteriores al sismo. Todo lo del ordinario (Señor ten Piedad, aleluya, santo, cordero) fue rezado. En los audios NO se da ningún tipo de explicación de “cómo” se relacionan esas canciones al acto litúrgico, de hecho el sacerdote solo dice “haremos esto mientras escuchamos este canto”. Esto constituye claramente un abuso que se convierte en sacrilegio. Dentro de muchos otros abusos, el más evidente fue el que se realizó en materia de canto principalmente: si hizo uso de música grabada y de canciones seculares que ni siquiera son religiosas, en voz de un vocalista que se ha pronunciado no católico, que incluso en mofa señala que le convence más Zeus como dios. Aunado a lo anterior la centralidad del acto fue en torno a imágenes y canciones y verdaderamente a Cristo. La elección del repertorio obedeció al gusto personal de alguno de los organizadores. Las canciones NO cumplen la función de Glorificar a Dios y santificar a los fieles. Las canciones no reflejan nuestra doctrina, no están escritas para la liturgia y su estilo musical de ningún modo se acerca a la dignidad de la música litúrgica. No existe justificación evangelizadora para que se haya realizado este evento que constituye un sacrilegio (Profanación de algo que se considera sagrado, especialmente cuando el profanador conoce el valor sagrado de lo que profana). Afirmamos esta falta de justificación ya que se supone que los estudiantes de la universidad Jesuita de alguna u otra forma están evangelizados, sensibilizados y conocen al menos lo mínimo de la vida Cristiana, tan es así que en dicha universidad todos los días celebran misa. Cfr. https://liturgiaytradicioncatolica.wordpress.com/2017/10/11/misa-coldplay-cronica-de-un-sacrilegio-anunciado/
[2] Cfr. Redemptionis sacramentum. [183.] De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor. [184.] Cualquier católico, sea sacerdote, sea diácono, sea fiel laico, tiene derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico, ante el Obispo diocesano o el Ordinario competente que se le equipara en derecho, o ante la Sede Apostólica, en virtud del primado del Romano Pontífice.[290] Conviene, sin embargo, que, en cuanto sea posible, la reclamación o queja sea expuesta primero al Obispo diocesano. Pero esto se haga siempre con veracidad y caridad. Corresponde al Obispo ahora actuar acorde a los artículos 176 y subsecuentes del mismo documento y solicitamos a todos los miembros de este grupo que hagan saber su opinión e inconformidad a los superiores Jesuitas y oficinas de pastoral de Ibero a través de los medios que les sea posible.
[4] Cfr. Enrico Zoffoli, Questa è la Messa. Non altro! Contro arbitri, errori e profanazioni, Edizioni Segno, Roma 1994, 55.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. Pío XII, Enciclica Mediator Dei.
[7] Cfr. Summa Theologica, III, q. 80, a. 12, 3um.
[8] Cfr. Mediator Dei.
[9] Mediator Dei.
[10] Pablo VI, Profesión de fe.
[11] Cfr. Juan Pablo II, DC 9.
[12] Cfr. Zoffoli, o. c., 57.
[13] Cfr. E. Masure, Il Sacrificio del Corpo Mistico, Morcelliana, Brescia 1952, 37.
[14] Cfr. J. Moroux, Fate questo in memoria di me, Morcelliana, Brescia 1971, 37.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Hora Santa en reparación por sacrilegio contra la Eucaristía en Brasil 220917


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por un inaceptable sacrilegio cometido contra la Eucaristía en Brasil. Según puede observarse en el siguiente enlace, en el video captado por las cámaras de seguridad de una parroquia católica, un fiel se acerca a comulgar y luego de recibir la comunión en la mano, escupe sobre ella, la arroja al suelo con violencia y la pisotea. El enlace en donde se puede ver el lamentable episodio es el siguiente: https://www.youtube.com/watch?v=jVjokXYj2yA
         Como siempre lo hacemos, rezaremos pidiendo la conversión propia y de seres queridos, la de quien cometió este horrible sacrilegio, y la del mundo entero.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

El misterio de la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús, constituye la médula y el centro de nuestra Fe eucarística[1], y es una verdad de Fe que se deriva de otras verdades de Fe –como que Dios es Uno y Trino y la Segunda Persona se encarnó en María Virgen por obra del Espíritu Santo- y de la cual se siguen otras verdades de Fe, propiamente católicas: el Verbo de Dios encarnado prolonga su Encarnación en la Eucaristía y se encuentra en el Sacramento Eucarístico vivo, glorioso y resucitado, con su Ser divino trinitario y su Humanidad Santísima glorificada, de manera tal que, el estar delante de la Eucaristía, es estar delante del Cordero de Dios “como degollado”, ante el cual se postran en adoración los ángeles y santos en el cielo. “Junto con toda la Tradición de la Iglesia, creemos que bajo las especies eucarísticas está Jesús”[2], el mismo Jesús que era junto al Padre desde la eternidad, como Verbo Eterno del Padre; el mismo Jesús que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen; el mismo Jesús que padeció voluntariamente y sufrió muerte de Cruz para nuestra salvación; el mismo Jesús que luego de sufrir la muerte el Viernes Santo, fue sepultado y resucitó al tercer día; es el mismo Jesús que ascendió a los cielos, está sentado a la derecha del Padre y ha de venir en la gloria a juzgar a vivos y muertos en el Día del Juicio Final; es el mismo Jesús que se encuentra real, verdadera y substancialmente Presente en la Eucaristía, y que con su Espíritu Santo reina en quienes convierten, por la gracia, sus cuerpos en templos del Espíritu y sus corazones en altares en donde se ama y adora a Jesús Eucaristía.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Presencia de Jesús en la Eucaristía es “la Presencia real por antonomasia, porque por medio de ella Jesucristo se hace Presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre”[3]. La Fe católica, la Fe de los Apóstoles, la Fe de los Padres de la Iglesia, la Fe de todos los santos, mártires, vírgenes, doctores de la Iglesia a lo largo de dos mil años sin interrupción, “nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo”. Ante la Eucaristía, se despliega el asombroso misterio de la Presencia real, verdadera y substancial, del Hijo Eterno del Padre, encarnado en el seno virgen de María, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Ante nuestros ojos corporales, sobre el altar eucarístico, y oculto bajo el velo de las especies sacramentales, se encuentra el Cordero de Dios “como degollado”, Dios Hijo, omnipotente y todopoderoso, engendrado por el Padre desde la eternidad, nacido en el tiempo de María Virgen, al asumir la Humanidad de Jesús de Nazareth, que prolonga su Encarnación y Nacimiento y todo su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, cada vez, en la Santa Misa. La Eucaristía “no es un mero símbolo”[4], pues actualiza el banquete escatológico del Padre, a la vez que es memorial –memoria que hace presente el misterio del Calvario y de la Resurrección, por el poder del Espíritu Santo, por la liturgia eucarística- de la Pascua y anticipación de la bienaventuranza eterna, pues nos permite vivir, por anticipado, por la adoración y contemplación de su Presencia Eucarística, la adoración y contemplación que, por la Misericordia Divina, esperamos vivir por la eternidad, en el Reino de los cielos, una vez terminada nuestra existencia y peregrinación terrenas. Por la Eucaristía, por el misterio eucarístico, Jesús cumple su promesa de “estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 19)[5].

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Por tratarse del más grande misterio de todos los grandes misterios de Dios, la Santa Misa no solo “debe ser celebrada bien” –sin introducir elementos profanos o que contradigan el misterio que se celebra en el altar eucarístico-, sino que debe ser “el centro de la vida cristiana”[6]. La Santa Misa, que es a la vez el culmen y la fuente de la vida cristiana, no solo debe ser celebrada “con toda dignidad y decoro”; no solo debe ser celebrada evitando introducir elementos profanos, originados en ideologías ajenas al Evangelio; no solo debe ser celebrada con la adecuada música sacra y no con música profana, que provoca una afrenta al misterio del altar y no eleva el alma a la unión con Dios; no solo debe ser celebrada rechazando todo elemento que contamine la Fe plurisecular de la Iglesia en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesucristo en la Eucaristía, sino que debe ser celebrada con toda piedad, con todo fervor, con todo el amor del que el Pueblo Místico de Dios sea capaz, para responder así, al menos mínimamente, el origen y la causa del misterio eucarístico, que es el Amor Misericordioso de Dios Uno y Trino. Una Santa Misa a la que se asiste por costumbre, de modo mecánico, frío, ausente, indiferente al misterio del altar, es una Santa Misa que no es valorada en la inconmensurable profundidad del misterio del Amor Divino en el que se origina. Para ello, tanto el sacerdote como los fieles, deben “estudiar a fondo la Ordenación General del Misal Romano” y empeñarse en una “profundización del misterio de la salvación que se desarrolla por medio de los signos litúrgicos, por medio de la catequesis “mistagógica”, la cual ayuda a descubrir el sentido de los gestos y palabras de la Liturgia”[7]. De esta manera, se evita la asistencia meramente pasiva a la Santa Misa, a la par que se proporciona al fiel –y también al sacerdote ministerial- un conocimiento sobrenatural que permite “pasar de los signos al misterio, para centrar en el misterio eucarístico la vida entera del cristiano”[8], así como lo está la vida entera de la Iglesia.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Cristo Dios en la Eucaristía impone una forma de tratar al Santísimo Sacramento del altar, que debe estar en consonancia con lo que se cree. Si en la apariencia de pan ya no hay más substancia de pan, y lo que hay es el Ser divino trinitario, la Persona Divina del Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; si la Eucaristía es el mismo Cordero de Dios al que los ángeles y santos alaban, ensalzan, adoran y aman, postrándose ante su Presencia “día y noche”, entonces en la Iglesia Militante, la Iglesia que peregrina en la tierra hacia el encuentro definitivo con el Cordero de Dios, que tiene la gracia de poseerlo en su seno, en el altar eucarístico, en el sagrario, en cada custodia, no puede no rendirle el homenaje exterior que se merece y que es un reflejo del homenaje, el amor y la adoración interiores que las almas le tributan al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. La conciencia viva de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, se debe testimoniar por el tono de voz[9], los gestos solemnes, el modo de comportarse ante tan sublime misterio, que supera todo lo que podemos decir, imaginar y pensar. Y la adoración eucarística debe ir precedida del más profundo acto de amor del que el hombre sea capaz, ayudado por la gracia, para amar a Jesús Eucaristía no solo con el pobre y limitado amor humano, sino con el Amor mismo con el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre, es decir, el Espíritu Santo, y debe ir acompañada también la adoración eucarística y la participación en la Santa Misa, por una profundísima adoración, tanto interior, como exterior, que debe traducirse en la postración del espíritu y del cuerpo ante el Santísimo Sacramento del altar, el Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Y puesto que el Dios del sagrario, Jesús Eucaristía, habla en el silencio, desde la más profunda raíz del alma -siendo Él su Creador, su Redentor y Santificador-, el alma debe participar, además del amor y la adoración, con el silencio[10] interior y exterior más profundo, de manera tal que las almas enamoradas de Jesús Eucaristía sean capaces de elevarse a su contemplación, para que así como las águilas remontan su vuelo en dirección al sol, con la vista fija en su magnífico esplendor, así también las almas que aman al Dios del sagrario sean otras tantas águilas que vuelan a lo alto, hasta el Sol de justicia, Jesús Eucaristía, deleitándose en Él y solo en Él[11], al sentir los latidos de su Sagrado Corazón Eucarístico.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La adoración eucarística fuera de la misa, debe constituir, para el alma que ama a Dios, el momento privilegiado en el que, imitando a Juan en la Última Cena, en la que el “discípulo amado se recostó sobre el pecho del Salvador”, así el alma amante de Cristo Eucaristía, postrado interior y exteriormente, apoye su alma contra el Corazón Eucarístico del Salvador, para escuchar los dulces latidos de su Eterno Amor. De esta manera, ofrece con su amor la reparación[12] debida frente a los descuidos, olvidos e incluso ultrajes con los que el Salvador del mundo –y también su Santísima Madre- es ultrajado a lo ancho y largo del mundo, incluso por aquellos que deberían ser los primeros en testimoniar su fe y su amor eucarísticos. Y la reparación por medio de la contemplación eucarística puede ser ayudada por la meditación del Santo Rosario[13], debido a que de esta manera el alma no repara y ama sola, sino que repara y ama desde y con el Corazón Inmaculado de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, la Madre de la Eucaristía, Maestra inigualable de amor, contemplación y reparación eucarística. Multipliquemos, tanto personal como grupalmente, las horas de reparación, de adoración eucarística, de rezo del Santo Rosario meditado, postrándonos ante el “Rey de reyes y Señor de señores”, Cristo Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo con el amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día la veré, en célica armonía”.




[1] Cfr. Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, Carta Apostólica al Episcopado, al Clero y a los Fieles para el Año de la Eucaristía Octubre 2004 – Octubre 2005, II, 16.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem, 17.
[7] Cfr. ibidem, 17.
[8] Cfr. ibidem, 17.
[9] Cfr. ibidem, 18.
[10] Cfr. ibidem, 18.
[11] Cfr. ibidem, 18.
[12] Cfr. ibidem, 18.
[13] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae; cit. Mane Nobiscum Domine,18.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Hora Santa y rezo del Santo Rosario meditado en reparación por ultraje a Jesucristo en Bilbao 230817


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la burla sacrílega cometida contra Nuestro Señor Jesucristo en ocasión de un festejo regional en el País Vasco. La información relativa a tan lamentable hecho se encuentra en el siguiente enlace:
La blasfema exposición no solo atenta contra los sentimientos religiosos más profundos de los fieles sino, lo que es mucho más grave aún, constituye un gravísimo atentado contra la majestad de Dios Trino. De ahí la necesidad imperiosa de la reparación. Rezaremos pidiendo la conversión propia y de seres queridos, la de quienes cometieron este sacrilegio, y la del mundo entero.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

         En la Oración Colecta de la Fiesta de la Exaltación de la Cruz pedimos a Dios que a quienes “en la tierra hemos reconocido el Misterio” de la Cruz, nos conceda alcanzar “en el cielo el premio de su Redención”[1]. La Cruz es el Divino Libro, cuyo conocimiento en la tierra le corresponde el premio eterno en el Reino de los cielos. Quien estudia en este verdadero y único Libro de la Vida, Jesús crucificado, y toma lecciones de la Divina Maestra, la Virgen de los Dolores, adquiere un conocimiento y una sabiduría divina de tal grado, que le capacita para superar todas las tribulaciones de la vida terrena, además de alcanzar el gozo eterno en el Reino celestial. En la Santa Cruz, Aquel que cuelga del madero, no es un hombre más entre tantos; no es ni siquiera un hombre sabio, ni el más sabio y santo entre los sabios y santos: el que cuelga del madero es Dios, es Cristo Dios, y por eso, quien se une a la Cruz, quien postrado ante la Cruz se abraza a ella, se postra ante Dios y se une a Dios y Dios, con el Espíritu Santo que brota con la Sangre de su Corazón traspasado, lo une a Él, en una íntima comunión de vida y amor. Si el cielo es la posesión de Dios, entonces la Santa Cruz es el cielo en la tierra, porque es la posesión de Dios, para el pobre hombre pecador y mortal, en anticipo de la posesión que espera, por la Misericordia Divina, por la contemplación de la Trinidad y el Cordero en los cielos.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Los hombres se esfuerzan por adquirir conocimientos terrenos, puesto que el conocimiento, en el decir de muchos, es igual a poder, prestigio, posición o estatus social. Muchos dejan la vida por estos conocimientos mundanos, porque anhelan lo que estos conocimientos dan, que es la gloria de los hombres. Sin embargo, pocos, muy pocos, son los que anhelan la Sabiduría de la Cruz, la única sabiduría que nos concede algo infinitamente más grande que poder, prestigio o estatus, y es la vida eterna. Sólo la Cruz es el verdadero y único camino al cielo, pues en la Cruz está Jesús, Camino, Verdad y Vida. Cristo es el Portador de la Cruz, es el que murió en la Cruz y es el que venció en la Cruz, porque si bien, visto con los solos ojos humanos, y sin la Fe católica, la Cruz parece el más completo fracaso –Cristo muere abandonado de sus amigos, con la sola compañía de su Madre, en medio de grandes dolores y con la aparente victoria de sus enemigos terrenales y preternaturales, los ángeles caídos-, sin embargo la Cruz es el más completo triunfo de Dios, porque en la Cruz, Cristo vence, de una vez y para siempre, a los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, el Pecado y la Muerte, además de concedernos el perdón divino y la filiación divina, con el don de su Sangre  Preciosísima derramada en la Pasión y en el Monte Calvario. Jesucristo es el Triunfador de la Cruz[2]. La Cruz, de instrumento de ignominia y tortura se convierte, en Cristo y por Cristo, en glorioso y victorioso signo del más completo y absoluto triunfo de Dios sobre los enemigos del hombre, porque el que triunfa en ella es el Rey de reyes y Señor de señores, Cristo Jesús, el Hombre-Dios. La Cruz, por estar impregnada por la Sacrosanta Sangre del Cordero, es signo de triunfo divino y de realeza celestial y es signo del Triunfo final del Señor que, consumado en el Calvario, será visible a todos los ángeles y santos en el Día del Juicio Final: “Cuando el Señor venga a juzgar, aparecerá en el cielo esta señal de la Cruz”[3]. ¡Oh María Santísima, Nuestra Señora de los Dolores, oh Maestra Incomparable que enseñas la sabiduría de la Cruz a quienes se postran en adoración ante la Santa Cruz de tu Hijo Jesús, iluminados por ti, haz que aprendamos la única Sabiduría necesaria, la única Sabiduría que conduce al Cielo, la Sabiduría de la Cruz! 

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Cruz es “locura para los que se pierden” (cfr. 1 Cor 1, 18), pero a los ojos de los hijos de Dios, iluminados por la luz del Espíritu Santo, la Cruz es poder de salvación, porque en la Cruz se manifiesta “el poder de Dios”, que cambia la muerte del hombre por vida divina, el pecado por gracia, la dominación de la Serpiente Antigua sobre la humanidad en libertad de la esclavitud de los ángeles caídos; en la Cruz, Cristo Dios cambia la Justa Ira de Dios sobre el hombre, en puerta abierta de la Misericordia Divina, que se derrama sobre las almas como un océano infinito desde su Corazón traspasado; en la Cruz, Cristo Dios vuelve al hombre, creatura débil, en hijo suyo que vence al Demonio, al Pecado y a la Muerte, cuando se el hombre se une a su sacrificio en Cruz; en la Cruz, Cristo es la maravillosa conjunción de la Sabiduría infinita y del Amor misericordioso y eterno de Dios. En la Cruz, Cristo Dios cambia el dolor del hombre caído en pecado, en alegría celestial al saberse por Dios perdonado; en la Cruz, Cristo Dios cambia la derrota del hombre en victoria del Hombre-Dios; por su muerte en Cruz, Cristo Dios cambia el signo de lo que era oprobio, ignominia y humillación, en gloria celestial manifestada en sus gloriosas heridas y en su Preciosísima Sangre; en la Cruz, Cristo Dios manifiesta, a través de su Cuerpo Santísimo martirizado, cubierto de golpes, de heridas abiertas y de su Sangre, la majestad, la gloria divina, la santidad divina. En la Cruz, Cristo Dios cambia la desesperación del hombre sin Dios en alegre y festiva esperanza del hombre que, postrado a los pies del Cordero Inmolado, se llena de gozo al haber encontrado en Cristo crucificado, no solo el sentido de su existencia terrena, sino el Camino que lo conduce al cielo, la Verdad sobre Dios Uno y Trino y su Mesías, el Verbo de Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y la Vida divina, la misma vida de Dios Trino, que le es comunicada por la Sangre Preciosísima del Cordero, por la salvación de los hombres derramada. ¡Salve, oh Cruz Santa, tú eres el Único Camino a Dios Trinidad; tú eres la Única Verdad de Dios; tú eres la Vida divina que, recibida en germen por la gracia, esperamos vivirla en plenitud en la gloria del cielo!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Cruz es signo de contradicción, porque El que cuelga de la Cruz, es Él mismo signo de contradicción, tal como lo profetizó el anciano Simeón: “Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción; y una espada atravesará tu alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 34ss). Jesús crucificado –Jesús en todo su misterio pascual- es signo de contradicción: en torno a su Persona divina –Él es el Verbo de Dios encarnado en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth- se dividen los espíritus; frente a Él, se hacen manifiestos los pensamientos más íntimos y ocultos que, de otra forma, el hombre mantiene escondidos y encubiertos. Frente a Jesús crucificado, es imperioso tomar una decisión, o por Él o contra Él: “El que no está conmigo, está contra Mí” (Mt 12, 30). ¿Cómo saber si estamos con Jesús, o contra Jesús? ¿Cómo saber si cargamos la Cruz, en pos de Jesús, o por el contrario, la dejamos de lado y seguimos por otro camino, que no conduce a Dios? La manera de saberlo, es meditando acerca de sus palabras: “Yo he venido para dar testimonio de la Verdad” (Jn 18, 37). Jesús es la Verdad, la Única, Suprema y Absoluta Verdad acerca de Dios, y si Él no nos lo hubiera revelado, jamás podríamos saber Quién es Dios en su esencia; no habríamos podido saber que en Él hay Tres Personas divinas, iguales en majestad, poder y honor, que no hay tres dioses, sino Uno solo, Dios Uno y Trino; si Jesús no nos hubiera revelado la Verdad acerca de Dios, no podríamos haber sabido que Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, encarnada en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y que “ha venido para destruir las obras del Diablo” (cfr. 1 Jn 3, 8). Si permanecemos en la Verdad, entonces permanecemos en Cristo y Cristo crucificado. Si negamos la Verdad, negamos al Hombre-Dios Jesucristo, negamos su Encarnación y Pasión salvadora, negamos su Presencia substancial en la Eucaristía y nos hacemos súbditos del “Padre de la mentira”, el Demonio (cfr. Jn 8, 44). El que es de Dios, se postra ante Cristo crucificado, ante el Jesús Eucarístico, “lo ama y lo adora en su infinita majestad, y permanece en la Verdad y la Verdad permanece en él” (cfr. 1 Jn 3, 24; cfr. Jn 14, 23).

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Jesús es la Verdad divina, eterna, encarnada, que murió en la Cruz por la verdad[4]: por la verdad de Dios y por la verdad del hombre: Jesús murió en la Cruz por la verdad de Dios, porque fue Él quien nos reveló el Amor de Dios en su misterio pascual, y fue Él quien, desde la Cruz, nos donó el Espíritu Santo, el Divino Amor, con la Sangre que brotó de su Corazón traspasado, y es Él quien, junto con el Padre, nos insufla el Espíritu Santo, el Amor de Dios, en cada comunión eucarística –el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo-, convirtiendo cada comunión en un pequeño Pentecostés, en un Pentecostés nuevo, personal, Don de dones inimaginable para el alma. Jesús es la Verdad que muere en la Cruz por la verdad el hombre: el hombre no está en esta vida para “pasarla bien”; tampoco para “prosperar”, ni para vivir en el placer: el hombre, nos dice Jesús desde la Cruz, está en esta vida para decidirse por Dios o contra Dios, y puesto que ese Dios está en la Cruz, quien se decide por Dios, se decide por la Cruz; el hombre está en esta vida para evitar la eterna condenación en el Infierno, y como Cristo Dios venció en la Cruz al Infierno, quien se aferra a la Cruz y se deja bañar por la Sangre del Cordero degollado, por esa Sangre Preciosísima, vence al Infierno y salva su alma; el hombre, nos dice Jesús desde la Cruz, está en esta vida para recibirlo a Él, que es la Luz Increada, que nos da la gracia de ser hijos adoptivos por el Bautismo sacramental, y como Dios nos adopta a través de la Virgen María, Madre de los hijos de Dios, quien se postra ante la Cruz, con fe, con amor y piedad, recibe la gracia de la filiación divina y el amor materno de la Virgen, comenzando así a vivir una vida nueva, la vida de los hijos de la Luz Increada, la vida de los hijos adoptivos de Dios Uno y Trino.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      



[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la Cruz, 158ss.
[2] Casel, o. c., 159.
[3] Versículo del Oficio de las fiestas de la Santa Cruz; cfr. Mt 24, 30; Didajé 16, 6ss.
[4] Cfr. Casel, o. c., 161.