viernes, 16 de febrero de 2018

Hora Santa en reparación por demolición de iglesia en Alemania 100118



Demolición de la Catedral de Immerth, Alemania, 10 de Enero de 2018.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación por la demolición de una maravillosa iglesia en Alemania, llevada a cabo para dar lugar a una mina de lignito. La triste noticia puede ser consultada en el siguiente sitio electrónico:


Canto inicial: “Cristianos, venid; cristianos llegad”.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Inicio del rezo del Santo Rosario meditado (misterios a elección).

         Primer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         Jesucristo no es un hombre más entre tantos; tampoco es un profeta, ni un hombre santo, en quien la gracia santificante obró de manera particular en él, uniéndolo de manera perfecta con Dios[1] y tampoco es el más santo entre todos los santos: Jesucristo es el Hombre-Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo Eterno del Padre, que “es Dios” (cfr. Jn 1, 1ss) y que está en el seno del Padre, junto a Dios, desde la eternidad y que con el Padre recibe una misma adoración y gloria; Él es la Santidad Increada, es la Gloria divina Increada; es el Dador del Espíritu, junto al Padre, y es el que, llevado por el Espíritu Santo, esto es, el Amor de Dios, se encarna en el seno virgen de María para nacer en Belén, Casa de Pan, como Niño Dios. Es el Cordero de Dios que ofrece su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en el Santo Sacrificio de la Cruz, en el Calvario, el Viernes Santo y continúa ofreciéndolo cada vez, por medio del Santo Sacrificio del Altar, el Nuevo Calvario, por la liturgia eucarística. Si Jesucristo fuera solo un hombre, aun cuando fuera el más santo entre los santos, la Eucaristía sería solo un poco de pan bendecido y nada más, y no podríamos adorarla, ni tampoco podríamos recibir, por la comunión eucarística, al Autor de la gracia y la Gracia Increada en sí misma, el Verbo de Dios encarnado.

         Silencio para meditar.

         Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Segundo Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         Algunos teólogos suponen, de modo erróneo, que se puede deducir con rigor lógico la existencia de la Encarnación. Esto no es posible, por tratarse de un misterio sobrenatural absoluto que comienza incluso antes de la Encarnación del Verbo y es la constitución íntima de Dios como Uno en Naturaleza y Trino en Personas. Como dicen algunos autores, “la idea de la Encarnación del Verbo trasciende de tal manera el orden natural y racional, que no se da en este orden –natural y racional- ni una motivación suficiente para su actuación, ni una imagen proporcionada para su esencia, dese el momento en que se trata de un misterio en el sentido más estricto de la palabra”[2]. En otras palabras, quiere decir que el misterio de Jesús en cuanto Hombre-Dios es inalcanzable, tanto para la inteligencia angélica como para la humana. Y una vez revelado, permanece siendo un misterio, desde el momento en que la Persona de Jesús de Nazareth es el Verbo Eterno del Padre que une a su Persona divina –hipostáticamente- a la naturaleza humana de Jesús, resultando por dicha unión hipostática las características particulares y exclusivas de Jesús de Nazareth: santidad, plenitud de gracia, ciencia, visión beatífica. Jesús de Nazareth es el Hombre-Dios; es la Gracia Increada y el Autor de toda gracia creada. Es sumamente importante para nuestra fe eucarística hacer estas consideraciones acerca de Jesús de Nazareth, por cuanto todo lo que de Él se dice, se traslada luego a la Eucaristía, porque la Eucaristía es el mismo Verbo de Dios que, por la Encarnación, aparecía oculto en su divinidad a través de la naturaleza humana, mientras que la Eucaristía es ese mismo Verbo de Dios, que prolonga su Encarnación en el Santísimo Sacramento del altar y que permanece oculto en su divinidad, esta vez, bajo la apariencia de pan.

Silencio para meditar.

         Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Tercer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         A Jesús de Nazareth, Hombre-Dios, le pertenece el nombre de “Cristo” o “Ungido” por excelencia, y esta unción la recibe la humanidad santísima de Cristo, en el momento de la Encarnación en el seno purísimo de María, al ser derramado sobre su humanidad el Espíritu Santo, por parte del Padre y del Hijo. Jesús de Nazareth, Sacerdote, Profeta y Rey, no es ungido con un aceite bendecido: en su humanidad habita la plenitud de la divinidad del Verbo, que está unido substancialmente a esta humanidad y que vive en ella corporalmente[3]. Es a esto a lo que la Sagrada Escritura se refiere cuando dice: “En Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9) y es esta inhabitación de la plenitud de la divinidad en Cristo, lo que hace que los Apóstoles lo adoren, postrándose ante Él, como lo relata el Evangelio en numerosas oportunidades, y es lo que justifica que la Iglesia se postre, de igual manera, en adoración, ante la Eucaristía, puesto que la Eucaristía es el mismo Cristo, en quien inhabita corporalmente la divinidad, quien se encuentra en el Santísimo Sacramento del Altar. Por eso mismo, la Iglesia que adora a Cristo Eucaristía en el altar, adora al mismo Cordero que está en el trono de Dios, en el Reino de los cielos.

Silencio para meditar.

         Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Cuarto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

La divinidad del Verbo es la que actúa como bálsamo que, con su fuerza divina vivificadora penetra en la humanidad de Cristo, convirtiéndolo en el Ungido por excelencia, y lo hace de manera tal de poder Él ejercitar sobre nosotros, los hombres, su misma fuerza divina vivificante y colmarnos con sus perfumes. Cuando los Padres de la Iglesia afirman que Cristo fue ungido por el Espíritu Santo, quieren significar que el Espíritu Santo, desde el Verbo del cual procede, desciende sobre la humanidad de Cristo y, como efusión o perfume exquisito del ungüento que es el Verbo mismo, unge y perfuma la humanidad santísima a Él –el Hijo de Dios- unida[4]. Aunque la fuente de la unción puede ser, propiamente hablando, el Padre, porque es el Padre quien comunica al Hijo la dignidad y la naturaleza divina, que es la que unge la humanidad asunta en la Persona divina del Verbo. Esta unción colma a la humanidad con la plenitud de la divinidad y la ensalza a tal punto, que coloca a esta humanidad en el trono mismo de Dios, en donde es sostenida por una Persona divina –la Segunda de la Trinidad-, constituyéndose esta humanidad de Cristo en sujeto digno de adoración como Dios mismo. Es esta humanidad santísima del Verbo, colmada con la plenitud de la divinidad, la que se encuentra, oculta a los ojos corporales, bajo apariencia de pan, en la Eucaristía y es la razón por la cual la Iglesia, así como se postra y adora la Humanidad Santísima del Cordero, así también se postra y adora a esta Humanidad Santísima, contenida en la Eucaristía.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Cristo es el Ungido y el ungüento con el cual su humanidad santísima es ungida es la divinidad que, brotando del Ser trinitario divino, sumerge a la creatura –la humanidad de Cristo- en Dios y lo convierte en un hombre no solo meramente divinizado, sino que lo convierte en el verdadero Hombre-Dios. Éste es el misterio del Cristo por excelencia, del Cristo que es ungido no solo por la efusión del Espíritu Santo, sino ante todo, y primariamente, por la unión personal con el principio del Espíritu –el Hijo y el Padre-. La unción divina es parte constitutiva de su esencia y esto hace que, en consecuencia, Cristo sea “Ungido” y “Hombre-Dios” y que ambos términos signifiquen la misma y única cosa. “Cristo” y “Hombre-Dios” expresan el misterio incomprensible, sublime, escondido en la persona de Jesús, de ser, Jesús de Nazareth, el Verbo Eterno del Padre, encarnado en una naturaleza humana, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. El nombre de Jesús caracteriza a la persona –divina- según la función que debe ejercitar sobre la tierra en beneficio de los hombres; la función de Salvador la ejerce en cuanto su constitución teándrica de Jesús –es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios- y es la razón por la cual doblamos las rodillas ante el único nombre dado para nuestra salvación, Jesús de Nazareth. El nombre de Cristo le corresponde en cuanto es ungido con la plenitud de la divinidad, divinidad que de Él se propaga a todos aquellos que, por la unión con Cristo –por la fe, por el amor, por la gracia-, se convierten en “Cristos” y en “un solo Cristo con Él”. Es la razón por la cual, quien comulga a Cristo Eucaristía, recibe de Él la plenitud de la divinidad, el Espíritu Santo de Dios.

Un Padre Nuestro, tres Ave Marías y Gloria, pidiendo por los santos Padres Benedicto y Francisco, por las Almas del Purgatorio y para ganar las indulgencias del Santo Rosario.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Junto a la Cruz de su Hijo”.





Cfr. Francesco Saverio Pancheri, Il mistero di Cristo, Edizioni Messaggero Padova, Padua 1984, 2.
[2]  Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Il mistero del cristianesimo, en Saverio, Il mistero di Cristo, 42.
[3] Cfr. Scheeben, ibidem.
[4] Scheeben, ibidem.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Hora Santa en reparación por ultraje a la Santa Cruz en Alicante, España 290118



         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el ultraje cometido contra la Santa Cruz de Jesús en Callosa de Segura, España. La información acerca de tan lamentable hecho se puede encontrar en el siguiente enlace:
https://www.actuall.com/democracia/el-ayuntamiento-derriba-la-cruz-de-callosa-con-trampas-con-mentiras-y-de-noche/

La acción fue llevada a cabo en el marco de la aplicación de una ley llamada “Ley de Memoria Histórica”, una ley parcializada e ideologizada, al servicio del más acérrimo sectarismo laicista anti-cristiano. Oramos por nuestra conversión y la de nuestros enemigos, pues todo enemigo de Dios y de la Patria es nuestro enemigo personal.        
 
         Canto inicial: “Cristianos, venid; cristianos llegad”.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Inicio del rezo del Santo Rosario meditado (misterios a elección).

         Primer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         Jesús fue crucificado en la plenitud de los tiempos, por nuestra salvación y prolonga y actualiza su crucifixión en cada Santa Misa, pero también revivirá su crucifixión, esta vez en su Cuerpo Místico, en la Iglesia, a medida que el tiempo finalice y la historia de la humanidad se acerque a su cumplimiento, en la Segunda Venida gloriosa del Hijo de Dios. El Cuerpo Místico de Jesús, formado por los bautizados en la Iglesia Católica, no solo revivirá su Pasión, sino que participará de la misma. Esto sucederá en virtud de la unión por la gracia santificante recibida en el Bautismo y es lo que explica que el bautizado esté llamado a ser corredentor, sin importar la distancia cronológica que lo separe del Sacrificio del Calvario del Viernes Santo. Así como Jesús fue azotado, así su Iglesia será azotada a través de la corrupción e infestación moral. Así como las espinas fueron colocadas sobre su Cabeza, así también volverán a ser colocadas sobre los miembros de la Iglesia. Así como las manos de Jesús fueron clavadas al madero, así también las manos de sus Siervos consagrados serán clavadas al madero, en la unión mística con el Salvador en la cruz. Así como los pies de Jesús atravesaron los pies de Jesús, provocándole agudísimos dolores y haciendo brotar abundante Sangre, así los verdaderos discípulos del Señor seguirán las huellas del Cordero, hasta el Calvario. Así como Jesús desapareció de la vista de todos, al ser sepultado luego de su Muerte, así también la Iglesia, en la suprema persecución al fin de los tiempos, dejará de celebrar públicamente el Santo Sacrificio del Altar, a causa de esta persecución, con lo que el Cuerpo Sacramentado del Señor ya no estará en los sagrarios y tabernáculos del mundo. Pero de igual manera a como el Señor Jesús resucitó, por su propio poder, al tercer día, lleno de gloria y majestad, así también la Iglesia, luego de la Última Persecución, resurgirá vencedora sobre los enemigos de Dios y de los hombres, porque habrá triunfado gracias al poder del Espíritu Santo y a la intercesión del Inmaculado Corazón de María, dando cumplimiento pleno a las palabras de Jesús: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia”. Solo quien persevere hasta el fin, en el seguimiento de Jesús, recibirá la gracia del martirio y del testimonio de la divinidad de Cristo hasta dar la vida.

Silencio para meditar.

         Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Segundo Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         La Santa Cruz de Jesús, que se eleva sobre el Calvario el Viernes Santo y cada vez, en el Altar Eucarístico, en la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Sacrificio de la Cruz, es el Único y Verdadero Árbol de la Vida. No hay otro “árbol de la vida” que no sea la Santa Cruz de Jesús. Es el Árbol de la Vida, porque solo la Cruz nos da la Vida, no la vida humana, terrena, temporal, que poseemos en nuestra existencia terrena y como seres humanos, sino la vida divina, eterna, absolutamente sobrenatural, la vida de la Santísima Trinidad, la Vida que vivimos por participación por la gracia, la Vida que nos convierte en hijos adoptivos de Dios, en hijos de la luz, en hijos de Dios, que es Luz eterna. En la Cruz, Cristo Jesús vence al Demonio, al Pecado y a la Muerte, y por eso, para el cristiano, la Cruz es su gloria, su descanso, su paz, su alegría, su vida y todo su ser. Sin la Cruz gloriosa de Jesús, los hombres estaríamos verdaderamente perdidos, sometidos a la tiranía y crueldad de los tres grandes enemigos de la humanidad –el Demonio, el Pecado y la Muerte-, pero por la Cruz, Jesús derrota para siempre al Demonio, destruye el Pecado con la fuerza de su Gracia, y vence a la Muerte para siempre, concediéndonos su Vida divina.

Silencio para meditar.

         Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Tercer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         La Cruz es un Árbol y, al igual que todo árbol, posee un fruto. Sin embargo, el fruto de este Árbol celestial que es la Cruz, es un fruto que no se consigue en ningún árbol de la tierra, porque precisamente, la Cruz, hecha de madera, no es un árbol terreno, sino un árbol celestial. El fruto del Árbol de la Cruz es un fruto exquisito, un fruto dulcísimo, de sabor inigualable; es un fruto que no se puede comparar con ninguno de los manjares de la tierra, porque los supera en exquisitez y dulzura, mucho más que el cielo está separado de la tierra. Este fruto del Árbol de la Vida, que es la Cruz, es el Sagrado Corazón de Jesús, el Corazón del Hombre-Dios Jesucristo, que está en la cima del Calvario, disponible para todos los hombres que de Él quieran disfrutar. Si el fruto del árbol del Paraíso, el árbol del Bien y del Mal, estaba prohibido para los hombres, este otro fruto, en cambio, el fruto exquisito del Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Jesús, está disponible para todos los hombres. Para poder consumir este fruto, es necesario solo una cosa: seguir al Cordero cargando la propia cruz, y subir a la cruz junto con el Cordero. Quien esto hace, tiene a su alcance el suavísimo y dulcísimo fruto del Árbol de la Cruz, el Sagrado Corazón de Jesús.

Silencio para meditar.

         Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Cuarto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         En la Cruz, Jesús parece vencido: a los ojos del cuerpo, aparece como un hombre derrotado por sus enemigos, golpeado, ultrajado, condenado a muerte en un juicio inicuo, falso, mentiroso. Aparece extremadamente débil, con sus fuerzas humanas colapsadas, con su Cuerpo cruelmente flagelado. Jesús muere en la Cruz agobiado por el dolor, vencido por la malicia de los hombres, cansado de la cobardía y el silencio de los buenos, porque con la sola excepción de su Madre amantísima y de San Juan Evangelista, que permanecen al pie de la Cruz, todos, absolutamente todos sus amigos –Él los había llamado así en la Última Cena-, todos sus Apóstoles, todos sus amigos, todos los que recibieron milagros de Él, todos, lo han abandonado. Hasta su Padre del cielo parece –solo parece, porque no lo ha abandonado- haberlo abandonado, y tanto es el dolor de Jesús, que poco antes de morir, pregunta dulcemente a su Padre -aunque sin un dejo de reproche ni de reclamo, sino con el conocimiento de que la no-intervención en este momento de la Cruz, forma parte del plan divino de salvación-: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”-. Pero en la Santa Cruz de Jesús, las cosas no son como las mira el mundo; las cosas no son como las mira el hombre, solo superficialmente: en la Santa Cruz, aunque aparece humanamente vencido y derrotado, Cristo Dios vence, con un triunfo rotundo, total, absoluto, definitivo, para siempre, a los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, la Muerte y el Pecado. En la Cruz, Jesús parece vencido, pero solo parece, porque en realidad, Jesús triunfa en la Cruz. Por eso los cristianos, postrados ante la Cruz, exclamamos, con fe, con amor, y desde lo más profundo de nuestro ser: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz, redimiste al mundo”.

Silencio para meditar.

         Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Quinto Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

Cuando se contempla la luz con la sola capacidad de la razón humana y con solamente los ojos corporales y no con la visión que nos proporciona la luz de la Fe, la Cruz se nos presenta como un fracaso absoluto: quien muere crucificado, muere solo –acompañado únicamente por su Madre, María Santísima y por el más joven y débil de sus discípulos, Juan Evangelista- y luego de haber sufrido y padecido desde el más inicuo de los juicios –acusaciones falsas y testigos falsos-, hasta la más cruel de las torturas –prisión, golpes, encarcelamiento, flagelos, ausencia de comida y bebida, obligado a llevar su propia Cruz hasta el patíbulo-, absolutamente inhumanas y carentes de la más mínima compasión. Aquel que muere en la Cruz, había afirmado ser el Hijo de Dios vivo: había revelado que Dios era Uno y Trino, y que Él era Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, y ahora moría en la Cruz, sin ser asistido –en apariencia- por su Padre Dios y por Dios Espíritu Santo. Aquel que muerte en la Cruz había afirmado que su Iglesia jamás habría de ser vencida por las fuerzas del Infierno: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia”  , y sin embargo, el Demonio parece cantar triunfo al aparecer Jesucristo vencido en la Cruz. Sin embargo, esta visión es racionalista y carente de verdadera Fe católica: Aquel que muere en la Cruz es, efectivamente, Dios Hijo encarnado, el Verbo de Dios, que por medio de la Cruz vence a los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, el Pecado y la Carne, al mismo tiempo que nos deja la Eucaristía, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, como prenda de vida eterna para nosotros, que somos viadores y caminantes hacia la Patria celestial, para que, alimentándonos de la Eucaristía, seamos capaces de alcanzar la Jerusalén celestial, al final de nuestras vidas terrenas. Cristo vence, Cristo, reina, desde el madero de la Cruz y nosotros adoramos, exaltamos y bendecimos al Cristo Victorioso en la Cruz: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz, redimiste al mundo”.

Un Padre Nuestro, tres Ave Marías y Gloria, pidiendo por los santos Padres Benedicto y Francisco, por las Almas del Purgatorio y para ganar las indulgencias del Santo Rosario.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Junto a la Cruz de su Hijo”.

viernes, 9 de febrero de 2018

Hora Santa en acción de gracias por maravilloso milagro del Sagrado Corazón ocurrido en Moroleón, Guanajuato, México, 310118




Un maravillosísimo prodigio ha ocurrido en Guanajuato, México, el pasado 31 de Enero de 2018.
Aunque no nos caben dudas de la autenticidad y espontaneidad del video, 
y por lo tanto de su contenido, es decir, a pesar de que estamos absolutamente convencidos de que es
ciento por ciento real, no queremos adelantarnos al juicio de la Santa Madre Iglesia.
Sin embargo, hasta tanto, compartimos el maravilloso prodigio, 
en el cual advertimos, entre otras maravillas, dos cosas:
por un lado, el Sagrado Corazón de Jesús comienza a latir
más rápido cuando las personas que filman comienzan a rezar; 
el segundo aspecto que queremos señalar es el aumento de 
la luminosidad en el Corazón de Jesús,
luminosidad que no puede estar dada por elemento artificial alguno, 
sino por el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo,
que envuelve al Sagrado Corazón de Jesús.
Un último elemento a señalar: ese mismo Corazón, que late
en el crucifijo de madera, es el mismo Corazón que late, 
vivo, glorioso, resucitado, pleno del Amor de Dios,
en la Sagrada Eucaristía.


          Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por los pecados del mundo.
         Canto inicial: “Cristianos, venid; cristianos llegad”.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Inicio del rezo del Santo Rosario meditado (misterios a elección).

         Primer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación.

         Cuando el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita, le mostró su Corazón rodeado por una corona de espinas. Cuando contemplamos esta imagen, muchos pueden pensar que se trata de una imagen que expresa el Amor de Jesucristo, que nos da su Corazón a través de Santa Margarita. Sin embargo, hay otras consideraciones que debemos hacer, para apreciar en su contenido sobrenatural el gesto de Jesús. Una primera consideración es que, puesto que el Corazón está en movimiento continuo y no estático como en una imagen, las espinas -duras, filosas, cortantes, desgarradoras- se introducen en el Corazón en cada movimiento de expansión –diástole-, y se retiran de éste, desgarrándolo, en cada movimiento de contracción –sístole-. Esto quiere decir que, en ambos movimientos, las espinas provocan al Sagrado Corazón de Jesús dolores inenarrables, que no le dan, literalmente, ni un segundo de descanso en sus dolores. La otra consideración que debemos hacer, es el del origen de las espinas de la corona de Jesús, y el origen son nuestros pecados. En otras palabras, nuestros pecados, de cualquier índole, esos pecados que parece que a nadie afectan y menos al que los comete, porque el que los comete no siente nada –al contrario, el pecado produce placer de concupiscencia-, esos pecados se materializan, por así decirlo, en las espinas del Corazón de Jesús, formando la corona que lo atenaza y que le provoca dolores imposibles de describir, a cada instante. Al contemplar al Sagrado Corazón envuelto en una corona de espinas, pensemos que son nuestros propios pecados los que perforan, desgarran, y hacen sangrar de dolor al Corazón de Jesús y, si al menos no lo hacemos por estar convencidos de la fealdad del pecado, evitemos el pecado, por lo menos, por compasión hacia el Sagrado Corazón de Jesús, para que, de nuestra parte, tenga una espina menos que le provoque dolor.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Además de las espinas, el Sagrado Corazón de Jesús estaba envuelto ten llamas, pero no llamas de un fuego terreno, como el que estamos habituados a ver: las llamas del Sagrado Corazón de Jesús pertenecen al Espíritu Santo, que es llamado “Fuego de Amor Divino”, y con esas llamas, es que Jesús, el Divino Incendiario, quiere encender las almas, siendo esta la razón por la cual ha venido a este mundo: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!”. Las llamas que envuelven al Sagrado Corazón, desprendiendo un divino y celestial resplandor, son las llamas de Amor de Dios, y con estas llamas, quiere Jesús encender nuestros corazones. Así como el carbón, antes de que se le aplique el fuego, es oscuro y frío, y luego de que se le aplica el fuego se convierte en brasa incandescente que irradia luz y calor, porque se ha convertido, en cierta manera, en el fuego mismo, así también nuestros corazones, sin el Fuego del Divino Amor, son oscuros y fríos, porque les falta el Amor Divino y la Divina Caridad. Es por eso que debemos desear que nuestros corazones sean como el carbón o como el pasto seco, para que al contacto con las llamas del Fuego del Espíritu de Dios, se enciendan como brasas incandescentes en este Amor celestial, y comiencen a irradiar la luz y el calor del Divino Amor. ¿Dónde obtener este Fuego celestial? En la Sagrada Eucaristía, porque allí se encuentra el Corazón de Jesús, vivo, resucitado, glorioso, lleno del Fuego del Amor de Dios.

         Silencio para meditar.

Padre Nuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la base del Sagrado Corazón de Jesús hay plantada una cruz, la cruz que para nosotros, los católicos, es el verdadero y único “Árbol de la Vida”. La Cruz es el Árbol de la Vida porque quien se sube a este Divino Árbol, puede introducir su mano en el Costado Traspasado del Señor Jesús y obtener el Fruto más dulce y exquisito jamás saboreado en la tierra, el Fruto de este Árbol bendito, que es el Sagrado Corazón de Jesús. Así como cuando alguien se sube a un árbol, cargado de frutos exquisitos, para tomar sus frutos y deleitarse con ellos, de la misma manera, quien se sube a la Santa Cruz de Jesús, obtiene su Fruto más preciado, su Sagrado Corazón, envuelto en las llamas del Divino Amor. El Sagrado Corazón de Jesús, que pende del Árbol de la Vida, la Santa Cruz, es el premio inmerecido y que sobrepasa todo lo que el hombre pueda desear o imaginar, porque no es que se trate de un mero fruto celestial, que sería en sí algo bueno y grandioso: el Fruto del Árbol de la Vida no es otro que el mismo Hijo de Dios encarnado, que al ofrecernos su Sagrado Corazón, nos ofrece con Él a sí mismo, con todo su Ser divino trinitario, con su Amor, con su Paz celestial, con su Paz y su Alegría infinita. No hay otro modo de obtener este Fruto exquisito, que supera infinitamente lo que los hombres y los ángeles puedan concebir, el Sagrado Corazón de Jesús, que subiendo al Árbol de la Vida, la Santa Cruz.

                 Silencio para meditar.

Padre Nuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En el Sagrado Corazón hay una herida abierta; es la herida producida el Viernes Santo, por el soldado romano, cuando para cerciorarse de que el Señor ya estuviera muerto, atravesó su Sagrado Corazón. Cuando el soldado atravesó su Corazón, Jesús estaba muerto terrenalmente, porque su Cuerpo se había ya separado de su Alma, pero como Él es el Hombre-Dios, con su Cuerpo estaba su Divinidad y con su Alma estaba también su Divinidad. Mientras su Cuerpo quedaba en la tierra para ser sepultado y así poder ser cumplida su promesa de resucitar al tercer día, su Alma, unida a la Divinidad, descendía al Hades, para rescatar a los justos del Antiguo Testamento. Inmediatamente después de traspasado su Corazón, brotaron de él, como un manantial, Sangre y Agua, símbolos de los sacramentos. Como Jesús era el Hombre-Dios y en su Cuerpo moraba la Divinidad, su Sangre y Agua contenían al Espíritu Santo, Dador de Vida divina, y esa es la razón por la cual, aquel sobre quien caiga la Sangre y el Agua del Corazón de Jesús, recibe una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, la vida de los hijos de la luz. Que por intercesión de María Santísima, Nuestra Señora de los Dolores, permanezcamos siempre postrados ante la Santa Cruz del Calvario, besando con piedad, devoción y amor, los sagrados pies de Jesús, para que permaneciendo así, al pie de la Cruz, caigan sobre nuestras almas y corazones la Sangre Preciosísima del Redentor, brotada de su Corazón traspasado, para que cubiertos por la Sangre del Cordero, seamos liberados de todo pecado y, con el alma plena de la gracia santificante, seamos conducidos, al final de nuestra vida terrena, a las Moradas eternas en el Reino de los cielos.

        Silencio para meditar.

Padre Nuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Sagrado Corazón de Jesús, el mismo Sagrado Corazón que se encuentra en la Cruz, late vivo y glorioso, resucitado, en la Eucaristía. Envuelto en las llamas del Divino Amor, el Sagrado Corazón tiene como único deseo que nosotros, los hombres, nos decidamos a apartarnos del pecado y, con el alma en gracia, recibamos a su Sagrado Corazón por la comunión eucarística. Si nuestros corazones son como el carbón, oscuros, fríos, sin luz, cuando entren en contacto con las Llamas de Amor que envuelven al Corazón Eucarístico de Jesús, se convertirán en brasas incandescentes, que irradiarán al mundo y al prójimo la luz y el calor del Divino Amor. Que por la intercesión de Nuestra Señora de la Eucaristía, nuestros corazones, entonces, sean siempre como el carbón, para que por la Sagrada Comunión, se conviertan no solo en brasas encendidas en el Fuego del Divino Amor, sino en el mismo Divino Amor.

Un Padre Nuestro, tres Ave Marías y Gloria, pidiendo por los santos Padres Benedicto y Francisco, por las Almas del Purgatorio y para ganar las indulgencias del Santo Rosario.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.

Sitio del P. Álvaro: Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, http://adoracioneucaristicaperpetua.blogspot.com.ar


sábado, 27 de enero de 2018

Hora Santa en reparación por incendio de iglesias en Chile 150118


Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la agresión sufrida por la Iglesia, con motivo de la última visita papal a Chile, visita en la cual fueron incendiadas varias iglesias. La información relativa a tan lamentable hecho se encuentra en el siguiente enlace:


Como siempre lo hacemos, pediremos por quienes perpetraron esta agresión, por su conversión, como así también nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos y por todo el mundo.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

         El Cristo Eucarístico es el mismo Cristo histórico –el que realizó milagros y resucitó por sí mismo, glorificando su naturaleza humana con su Ser divino trinitario- que viene a nosotros por medio de la Iglesia, ya que es por el sacerdocio ministerial que se confecciona el Santísimo Sacramento del altar. Es gracias a la Iglesia, entonces, que el alma fiel puede acceder a la unión con el Hombre-Dios Jesucristo, el Cristo histórico que, luego de morir en la cruz, entregando su Cuerpo y Sangre por nuestra salvación, resucitó y se continúa donando, con su Cuerpo y su Sangre, por medio de la Eucaristía. Sin la Iglesia, no sería posible el don eucarístico, y sin la Eucaristía, la Iglesia solo tendría para ofrecer a los hombres un poco de pan y de vino, pero de ninguna manera, el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús. La Iglesia no está en este mundo para combatir la pobreza y el hambre corporales de la humanidad, pero sí para terminar para siempre con la pobreza y el hambre espirituales, y esta obra la cumple cada vez que dona los hombres la Eucaristía, el Pan Vivo bajado del cielo, el Verdadero Maná, que sacia al hombre en su sed de Dios y lo enriquece en su pobreza espiritual con la donación del Ser divino trinitario del Hombre-Dios, contenido en la Eucaristía.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Al asistir a la Santa Misa, es necesario siempre recordar el carácter esencialmente sacrificial de la misma, puesto que esto condiciona la preparación del alma y la predispone a la participación: no es lo mismo participar a un mero ágape religioso, que a la renovación incruenta y sacramental de un sacrificio, que por otra parte, es el sacrificio más importante para la humanidad por cuanto por este sacrificio, que es el de Cristo en la cruz, los hombres obtienen su eterna salvación. Asistir a la Santa Misa que ofrece la Iglesia, entonces, es asistir al Santo Sacrificio de la Cruz, y si es un sacrificio, la mejor forma de participar, es uniéndose al mismo, espiritualmente. El ofrecimiento de sí mismo se produce en el momento de la presentación de las ofrendas del pan y del vino por parte del celebrante[1]: en ese momento, el alma se ofrece a sí misma, espiritualmente, junto con sus sacrificios espirituales, sobre el altar, para que cuando el Espíritu Santo, que en el momento de las palabras de la consagración produce el milagro de la transubstanciación, esto es, la conversión de las substancias del pan y del vino en las substancias del Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús, así también convierta los sacrificios espirituales, la vida y el ser de los fieles, unidos a la Ofrenda del Cuerpo y la Sangre de Jesús, en “ofrenda espiritual agradable al Padre”.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         El alma fiel no debe caer nunca en la tentación racionalista, la cual se presenta toda vez que, rechazando la luz de la fe de la Santa Iglesia Católica, se pretende reducir el misterio de la Presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, rebajándolo a los estrechos límites de la capacidad de la razón humana. La Eucaristía no es pan, sino “Pan de Vida eterna”, “Pan Vivo bajado del cielo”, “Verdadero Maná” donado por el Padre a los que peregrinamos por el desierto de la vida hacia la Jerusalén celestial. Si la Eucaristía fuera solo un pan y no el Cuerpo y la Sangre del Señor Jesús, de ninguna manera sería nuestro sustento en nuestro peregrinar terreno hacia el Cielo. Si fuera solo pan, nunca recibiríamos, en cada comunión sacramental, el Amor de Dios que late en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Si fuera solo pan, no podríamos adorar la Eucaristía, porque no adoraríamos al Cordero de Dios, sino solo un poco de pan. Sin embargo, gracias a Dios, y tal como nos enseña el Magisterio de la Santa Madre Iglesia desde hace más de dos mil años, la Eucaristía es Cristo Dios en Persona, y viene al alma de aquel que lo recibe con fe, con amor, en estado de gracia y recibe la adoración de quien se postra ante su Presencia real, verdadera y substancial, en el Santísimo Sacramento del Altar.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La conversión de las substancias del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor se produce en virtud de un milagro llamado “transubstanciación”, milagro que es realizado por el Espíritu Santo, cada vez que el sacerdote ministerial pronuncia sobre el pan y el vino las palabras de la consagración: “Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”. La tentación racionalista ocurre cuando, cediendo al límite de la razón humana, se rechaza la verdad de la transubstanciación, verdad revelada por el Cielo mismo a través de Nuestro Señor Jesucristo, explicada, custodiada y transmitida por el Magisterio de la Iglesia, y se la reemplaza por doctrinas humanas, racionalistas, como la “transignificación”, la “transdestinación”, la “transfinalización”. Con estas doctrinas humanas se afirma, erróneamente, que la Eucaristía es solo pan bendecido, que merece veneración por ser, precisamente, un pan bendecido en una ceremonia religiosa, pero de ninguna manera es el Cuerpo y la Sangre de Cristo y por lo tanto no puede ser adorado. Cuando se hace esto, cuando se cede a la tentación racionalista, se vacía de contenido sobrenatural el misterio de la Eucaristía y se piensa en la Eucaristía como lo que no es, un trozo de pan bendecido. Esta no es la fe de la Iglesia, porque la fe de la Iglesia nos dice que la Eucaristía no es un pan bendecido por la intención del celebrante, sino “el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, Cristo Dios, el Verbo Eterno del Padre que prolonga su Encarnación en el Santísimo Sacramento del Altar, que se nos dona en apariencia de pan y de vino, pero que es Él, Dios Hijo en Persona, que nos vivifica con su vida divina, la vida misma de la Trinidad. Hablar de y asimilar la “transubstanciación”, según la fe de la Iglesia, no es una mera digresión teológica, sino un signo de “nueva conciencia y madurez espiritual”[2], pedida por la Iglesia, propia de los hijos adoptivos de Dios.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Cuando se refieren a la Santa Misa, los Padres de la Iglesia la parangonan con “las dos mesas del Señor”[3], esto es, la mesa de la Palabra leída, la Sagrada Escritura proclamada a la asamblea, y la mesa de la Palabra de Dios, encarnada y oculta en apariencia de pan, la Eucaristía. La Eucaristía es la Palabra de Dios encarnada que, por medio del sacramento, se dona a sí misma como alimento exquisito para el alma. Pero antes de la mesa del sacramento, la Iglesia sirve la mesa de la Palabra de Dios leída y escuchada, por medio de la lectura de la Sagrada Escritura. La Iglesia prepara a sus hijos, por medio de la Palabra de Dios leída y escuchada[4], para recibir a la Palabra de Dios que prolonga su encarnación, en el Santísimo Sacramento del altar. Para el católico, la lectura de la Escritura no se queda nunca en sí misma, sino que actúa como una preparación para la recepción, en el corazón, del mismo Dios Hijo, que viene a su alma por medio de la Hostia consagrada. La comunión eucarística, entonces, debe estar precedida de la adoración eucarística y esta, a su vez, de la escucha atenta, piadosa, llena de fe, de la Palabra de Dios expresada en la liturgia[5]. Por alimentarnos con las dos mesas del Señor, la de la Palabra de Dios expresada en la Escritura, y la de la Palabra de Dios encarnada en la Eucaristía, debemos estar siempre agradecidos a la Santa Madre Iglesia.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

"Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Pueblo de reyes, asamblea santa”.    








[1] Cfr. Juan Pablo II, Dominicae Cenae, II, 9.
[2] Cfr. Dominicae Cenae, II, 9.
[3] Cfr. Dominicae Cenae, III, 10.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.