Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación por los continuos ataques
vandálicos que en Europa están recibiendo diversas iglesias católicas, a manos
de ignotos fanáticos. La información relativa a tan lamentable hecho se
encuentra en el siguiente enlace:
Canto inicial: “Cantemos al Amor de
los amores”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación
Si
entre los hombres sucede que, cuando estos adoptan hijos, los adoptan con amor
y no los dejan desfallecer de hambre, antes bien, los colman con toda clase de
manjares, de igual manera, pero de modo infinitamente más excelente, hace Dios
con los hijos que Él adopta. Por un lado, los adopta por su Amor, es decir, el
Amor de Dios, el Espíritu Santo; por otro lado, alimenta sus cuerpos por medio
de la Divina Providencia pero, sobre todo, alimenta sus almas con el manjar de los
cielos, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la Sagrada
Eucaristía, un manjar celestial de incomparable excelencia, en el que se
encuentra toda gracia, toda virtud y todo cuanto Dios es y tiene.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación
Es cierto que las madres alimentan a sus hijos, sean
naturales o adoptivos, pero no hay punto de comparación con el alimento que
Dios da a sus hijos adoptivos, los fieles de la Iglesia Católica nacidos a la
vida de la gracia por el bautismo sacramental. Como afirma un autor[1], “una
gota de la Sangre de Cristo es cosa de más valor que cielo y tierra, que todas
las almas de los hombres y todos los espíritus de los ángeles”. Esto, continúa
el mismo autor, “es cosa magnífica, el sustentar Dios a sus hijos con un manjar
tan exquisito”. En un solo bocado –la comunión eucarística- se da a los hijos
de Dios un manjar celestial que vale más que todas las riquezas del universo
visible e invisible. El sustento y la leche que da Dios a sus hijos adoptivos
como si fueran niños recién nacidos, es el don más liberal y magnífico del
mundo.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación
La magnificencia del alimento que Dios da a sus hijos
adoptivos está significada por Santo Tomás[2]
con estas palabras: “Todo lo que el mismo Dios Es y tiene juntamente con el
Espíritu Santo, lo dio aquí en sumo grado. No hay cosa en el mundo fuera de la
naturaleza corporal y espiritual y divina. La corporal encierra en sí todo lo que
se percibe por los sentidos. La espiritual contiene los ángeles y las almas
humanas y todos los dones espirituales y virtudes. Y la naturaleza divina
comprende en sí, naturalmente, lo que es perfectísimo. Pues cuando nos concedió
Dios Padre el Cuerpo y la Sangre de su Hijo en el Santísimo Sacramento,
entonces nos dio la naturaleza corporal subida de punto, esto es, en lo sumo
que pudo; y cuando juntamente nos dio su alma, entonces nos dio la substancia
espiritual, también en lo sumo que pudo; porque el alma de Cristo es más
perfecta en la santidad que todos los ángeles y almas santas. Además de esto
nos dio la naturaleza divina, que contiene en sí entera y naturalmente todo
bien. Y esto, no sólo una o dos veces en toda la vida, sino en todo tiempo y
lugar que por cualquier sacerdote, bueno o malo, fuere ofrecido aquel saludable
sacrificio, tantas veces se da a Dios Padre con el Espíritu Santo a gozar todo
a cada alma”.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación
Este manjar celestial lo da Dios a quienes se confiesan
sacramentalmente[3],
disponiendo así sus almas por la gracia, para recibir tan preciado manjar. Así como
un rey benevolente organiza un banquete con manjares exquisitos para convidar a
sus hijos, así lo hace Dios, pero con un manjar infinitamente más excelso, pues
el mismo consiste en Pan, Carne y Vino: Pan de Vida eterna, la Sagrada
Eucaristía; Carne del Cordero de Dios, el Cuerpo de Jesús Sacramentado; el Vino
de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre de Jesús muerto en la Cruz y
resucitado. Tal manjar no se encuentra en ningún lugar de la tierra ni se
prepara en la tierra, sino que se confecciona en el seno virgen de la Iglesia,
el altar eucarístico, por obra del Espíritu Santo, descendiendo dicho manjar
del seno mismo de Dios Uno y Trino.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación
En el manjar celestial con el que Dios convida a los
hombres, sus hijos adoptivos, la Sagrada Eucaristía, se encuentra todo lo que
Dios es y tiene, todo lo precioso que Dios es y tiene, sin reservarse Él para
sí nada, de manera tal que si quisiera Dios Trino dar un manjar espiritual más
excelente que el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía, no lo podría
hacer. Al dar la Eucaristía como alimento celestial, Dios da todos los tesoros
juntos de su divinidad, porque se da Él a sí mismo: no da un don, o unos dones,
sino que se dona a sí mismo en el manjar eucarístico y por esto no hay manjar
terreno o celestial que se le compare en excelsitud. Por esta razón, quien
recibe la Eucaristía, debe amarse a sí mismo como hijo del Altísimo y
comportarse como tal, teniendo pensamientos santos y puros, como los tiene
Jesús coronado de espinas; teniendo sentimientos de amor y misericordia, como
los tiene el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; obrando sólo obras de
misericordia, como las obra Jesús para con nosotros. Que el alma que se
alimenta de la Eucaristía no puede ni debe comportarse de otra manera, que no
sea santamente, pues el alimento que recibe, la Sagrada Eucaristía, es el Santo
de los santos en Persona, Cristo Jesús.
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo
por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canción
de despedida: “Un día al cielo iré y la
contemplaré”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 172.
[2] Opusc. 69, De Beatitudine, cap. 2.
[3] Cfr. Nieremberg, ibidem, 173.
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