Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por el ataque a una
iglesia en Burkina Faso, de la Diócesis de Dori, durante el rezo del Via
Crucis, en el que murieron cuatro fieles. Además de esta agresión a una iglesia
católica, fue atacada también en el mismo lugar una iglesia protestante, que
dejó como saldo a cinco fieles cristianos muertos. La crónica del lamentable
suceso se encuentra en la siguiente dirección electrónica:
Canto
inicial: “Tantum ergo, sacramentum”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amor. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario meditado (misterios a elección).
Primer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Cuando se dice que la gracia da vida al alma, es necesario
recordar que la vida que da la gracia no es una vida natural humana, es decir,
no se trata de algo así como una prolongación de la vida natural: la vida que
da la gracia es una vida verdaderamente sobrenatural, porque es la vida de Dios
Uno y Trino[1].
Por la gracia, el alma adquiere una nueva vida, que es verdaderamente nueva
porque no se trata de ninguna vida creatural, sino de la vida misma de Dios. La
gracia levanta y eleva al alma a un estado de vida común sólo con Dios, es
decir, se trata de una vida superior infinitamente a la vida de las creaturas,
comprendidos los ángeles. Si el alma por sí misma es una cosa excelente, por
cuanto es imagen y semejanza de Dios, lo es mucho más cuando adquiere la
gracia, porque además de ser semejanza de Dios, pasa a ser Dios por
participación y no hay nada que pueda ser más grande que esta condición.
Silencio para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Segundo
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Si el alma da vida al cuerpo, por la gracia, es el Espíritu
Santo el que se convierte en “alma del alma”, porque el alma pasa a vivir con
la vida misma de Dios, la vida divina. Lo que hace el alma con el cuerpo, esto
es, vivificarlo, es lo que hace Dios con el alma, vivificarla con su propia
vida, por medio de la gracia y esa es la razón por la cual algunos llaman a la
gracia “alma del alma”[2]. Ahora
bien, en sentido inverso, también se mantiene la analogía: si cuando el alma se
separa del cuerpo, este queda sin vida, porque se convierte en un cadáver, así
el alma que, por el pecado, pierde la gracia, se convierte en un cadáver
espiritual. De esto tenían gran conciencia los santos, quienes preferían perder
la vida terrena antes que perder la vida de la gracia.
Silencio para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Tercer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Santo
Tomás[3]
dice que el cuerpo recibe del alma el primer ser y la vida, pero que el alma
tiene el segundo ser y la vida de Dios mismo, por lo que la vida de Dios actúa
en el alma como “alma del alma”. Es decir, si el cuerpo recibe del alma su
principio vital y es por el alma que tiene vida, el alma recibe de Dios la infusión
de vida divina, por medio de la gracia, siendo la gracia el principio de vida
sobrenatural del alma. Por la gracia, es el mismo Espíritu de Dios el que le da
vida sobrenatural al alma y a esto a lo que se refiere Nuestro Señor cuando
dice: “Es el Espíritu el que vivifica”, esto es, el Espíritu Santo y su
divinidad. Es esto lo que Nuestro Señor quiere significar cuando dice: “Así
como me envió mi Padre, que vive y Yo vivo por mi Padre, así también quien me
comiere vivirá por Mí”. Es decir: “Así como Yo recibí la vida de mi Padre, que me
envió, así también el que, por comer mi cuerpo, recibe gracia, recibirá de Mí
la vida; porque la vida que recibí de mi Padre la traspasaré en aquellos que me
comen, para que con una misma vida el Padre y Yo y ellos vivan”[4].
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Nuestro
Señor Jesucristo recibió del Padre la vida de la divinidad y esto desde la
eternidad, pues siendo Él el Verbo de Dios, la recibió por generación eterna y la
recibió también como hombre, por la unión hipostática, es decir, por la unión
del Verbo con la humanidad de Jesús de Nazareth en el seno virgen de María
Santísima. Ahora bien, es esta misma vida divina la que Él nos transfunde con
la gracia, por lo cual se puede decir, con toda razón –y con admiración- que el
hombre vive con el Espíritu de Dios.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Quinto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La gracia es tan admirable, que así como Cristo, el Hijo de
Dios, vive por el Padre, así el que está en gracia vive por Cristo. No hay, por
lo tanto, mayor excelencia que la gracia, por la cual el alma vive con la vida
misma de Dios Trino. Es por esto que San Pablo dice: “Por la gracia de Dios soy
lo que soy” y también: “Vivo yo, pero no yo, sino Cristo quien vive en mí”. Se puede
afirmar, como lo dicen algunos autores[5],
que la vida natural es muerte, cuando se la compara con la excelencia absoluta
que es vivir, por la gracia, con la vida divina del Espíritu de Cristo.
Un Padre Nuestro, Tres Ave Marías y Gloria para ganar
las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo también por la salud e intenciones
de los Santos Padres Benedicto y Francisco y por las benditas almas del
Purgatorio.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amor. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “El Trece de Mayo en Cova de
Iría”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, s. d., 143.
[2] Cfr. Nieremberg, ibidem, 143.
[3] Opusc. De dilect. Dei, cap. 20.
[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 144.
[5] Cfr. Nieremberg, ibidem, 144.
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