miércoles, 7 de junio de 2017

Hora Santa en honor a la Preciosísima Sangre de Jesús


La columna de anarquistas que atacó la Iglesia de la Preciosa Sangre en Chile
el pasado mes de Mayo de 2017.

          Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por el atentado cometido por una turba anarquista contra la Iglesia de la Preciosa Sangre en Chile. La información relativa a tan lamentable acto se encuentran en el siguiente enlace:  https://www.aciprensa.com/noticias/video-turba-anarquista-lanza-bombas-molotov-a-iglesia-de-la-preciosa-sangre-en-chile-90182/  
Por esta razón, centraremos la meditación del Santo Rosario en la Preciosísima Sangre de Nuestro Redentor, ofreciéndola por la conversión propia y la de quienes profanaron la Iglesia.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.  

          Los hombres veneramos, bendecimos, alabamos, glorificamos y adoramos la Preciosísima Sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, vertida desde el inicio por nuestra salvación. Siendo el Niño pequeño y recién nacido, María Santísima llevó al fruto bendito de sus entrañas para que fuera circuncidado, según la costumbre hebrea. Y el Verbo de Dios encarnado, si bien desde el instante mismo de la Encarnación inició su Pasión, sufriendo por los pecados de los hombres, fue en la circuncisión en donde experimentó el dolor físico y en donde vertió las primeras gotas de su adorabilísima Sangre, la Sangre que habría de lavar la mancha de nuestros pecados. En este caso particular, la Sangre del Cordero vertida en la circuncisión, estaba destinada a actuar como prevención para el primer pecado mortal entre niños y jóvenes de todas las razas, de todo tiempo y lugar. Al ofrecer esta Sangre bendita del Niño Dios derramada en la circuncisión y el dolor agudo que soportó, pedimos por la pureza corporal de niños y jóvenes, para que sus cuerpos sean siempre, aquello en que los convirtió el bautismo sacramental, esto es, templo de Dios y morada del Espíritu Santo. Que la Sangre del Niño Dios vertida en la circuncisión los preserve de todo pensamiento, deseo y obra contra la impureza, que en nuestros días se derrama, como inmundo torrente brotado del Averno y a través de los medios de comunicación, sobre niños y jóvenes, buscando corromper sus mentes, corazones y cuerpos. Que la Sangre Preciosísima del Cordero no solo los preserve a niños y jóvenes del primer pecado mortal, sino que los guarde puros e inmaculados, en cuerpo y alma, hasta el feliz día del encuentro con el Señor, cara a cara, en el Reino de los cielos.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         En la Última Cena, el Jueves Santo, y “luego de cantar los salmos” del ’hallél con los cuales se da gracias a Dios por la liberación del pueblo de la esclavitud y se pide su ayuda ante las dificultades y amenazas siempre nuevas del presente[1]. Jesús se dirige con sus discípulos al Huerto de los Olivos (cfr. Mc 14, 26). Jesús sabe que es inminente su destino de muerte y se encamina al Huerto para orar por los suyos –por nosotros, porque en su eterno presente estábamos los hombres de todos los tiempos-, que “quedan en el mundo” (cfr. Jn 17, 9). Allí, en el Huerto, en cuanto Dios Hijo, Jesús ve delante de sus ojos la inmensidad de la malicia de los pecados de los hombres, pecados los cuales Él habría de lavar con su Sangre. En cuanto Hombre, Jesús sufre una “angustia de muerte” tan profunda e intensa, que lo lleva a agonizar y a sudar sangre. Es tanto el dolor que le causan los pecados de los hombres de todos los tiempos, y es tan intensa la angustia y la tristeza que experimenta al tener delante suyo “el misterio de iniquidad”, misterio por el cual el hombre desprecia la filiación divina y el suave yugo de Jesús, la Santa Cruz, para someterse voluntario a la tiranía del Príncipe de las tinieblas, que Jesús suda Sangre y en tal cantidad, que desde la cabeza a los pies queda ya todo entero cubierto por esta Sangre Preciosísima, aun antes de ser herida su piel bendita por los látigos de los verdugos. Si Jesús no fuera el Hombre-Dios; si Jesús en cuanto Hombre, con su naturaleza humana, no estuviera unido hipostáticamente a la Persona Segunda de la Trinidad, Dios Hijo; si Dios Hijo no sostuviera a la Humanidad santísima de Jesús, el Hijo de María Virgen habría muerto ya en el Huerto de los Olivos, ante la vista del horror y espanto que es la malicia que brota del corazón humano inficionado por el pecado original, malicia que se transmuta y materializa en infinidad de pecados, unos más horrendos que otros. En el Huerto de los Olivos, Jesús tiene ante sí todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, incluidos los pecados de desamor, frialdad e indiferencia de aquellos a quienes ama con amor de predilección, los consagrados y los bautizados en la Iglesia Católica, pecados que son los que más dolor, angustia y tristeza mortal le producen. Es tanto el dolor, la angustia, el estrés y la tristeza que le produce la vista del horror del corazón humano sin Dios, manifestado en la crueldad sin límites del hombre contra el hombre, que los capilares del Cuerpo sacratísimo de Jesús se rompen en la superficie de la piel y así la Sangre comienza a brotar desde los poros de sus glándulas sudoríparas, uniendo su Sangre al sudor y bañando la tierra del Huerto, que desde entonces es sagrada. La Sangre derramada en el sudor de Sangre del Huerto de los Olivos, es derramada por el Cordero de Dios como consecuencia del dolor indecible de su Sagrado Corazón ante la vista de la enormidad de nuestros pecados y al comprobar también que muchos, muchísimos hombres, se condenarían en el infierno a pesar de su sacrificio, al despreciar su sacrificio en cruz y al pisotear, con la malicia de sus corazones, su Sangre Preciosísima.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Poncio Pilato ordena que Jesús sea flagelado, aun cuando no encuentra delito en Él. es una muestra de la iniquidad en la que la justicia humana cae cuando, queriendo congraciarse con los poderosos, no duda en condenar a los más débiles, aun si estos son inocentes. Jesús sí es Inocente, porque es el Cordero Inmaculado, el Dios Tres veces Santo que, por ser Dios, no solo no tiene ni la más mínima traza de mal, sino que es la Bondad, el Amor y la Misericordia en sí mismos. Y si parece débil, es porque, por un milagro de su omnipotencia, no permite que la gloria que posee desde la eternidad -por ser Dios Hijo, la ha recibido del Padre desde siempre-, se vislumbre a través de su Humanidad Santísima, tal como sucedió en el Tabor y en la Epifanía, por breves instantes. Si Jesús permitía que su gloria fuera manifiesta, no habría podido sufrir la Pasión, pues el cuerpo glorioso no puede sufrir y esa es la razón por la cual aparece como débil, cuando en realidad es Dios todopoderoso. Y es este Dios todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, del universo visible e invisible; el Dios que es la Inocencia en sí misma y la Pureza Inmaculada en sí misma, el que ocupa nuestro lugar, el que recibe, en los latigazos descargados por los soldados romanos, el castigo que nosotros, “nada más pecado”, merecemos por nuestras iniquidades. Es Jesús, Dios omnipotente, el que se coloca entre nosotros y la Santa Ira de la Justicia Divina, irritada al extremo de lo indecible por los pecados que nacen de nuestro corazón, según la sentencia de Jesús: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 15, 19). El Hombre-Dios se interpone entre nosotros y la Ira de Dios, recibiendo en su Cuerpo Sacratísimo y Purísimo el castigo que merecemos por nuestras maldades, lavando con su Sangre Preciosísima, que brota a borbotones, los pecados cometidos con el cuerpo. De modo particular, la Sangre que brota a causa de la flagelación, es en expiación por los pecados de la carne, los pecados que son los que más almas llevan al Infierno, según la revelación de la Madre de Dios en Fátima.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Rey de los cielos, que en el cielo ostenta la corona de gloria eterna, recibida por el Padre desde toda siglos sin fin, es coronado por los soldados romanos con una corona de gruesas, filosas y duras espinas, que laceran y desgarran el cuero cabelludo de Jesús, haciendo brotar de ríos de Sangre Preciosísima que caen de su Cabeza, así como los torrentes de la cima de la montaña, bañando su Rostro Santísimo, cubriendo sus ojos, su nariz, sus pómulos, su boca, sus labios, sus oídos. Pero no son los soldados romanos solamente quienes coronan a Nuestro Señor: somos todos nosotros, con nuestros pecados, principalmente los pecados que nacen de nuestra mente, inclinada siempre a pensar y juzgar mal acerca del prójimo, inclinada a pensar y a decidir sobre el mal antes que el bien. Pero esta Sangre Preciosísima no solo lava nuestros pecados, sino que nos concede la gracia para pensar, amar y obrar al modo divino: la Sangre que cubre sus ojos, es para que veamos el mundo como lo ve Él desde la Cruz, con sus propios ojos bañados en sangre, y no con nuestra propia concupiscencia; la Sangre que cubre su nariz, es para que, quitado el hedor del pecado, seamos perfumados con “el bueno olor de Cristo”, esto es, la gracia santificante; la Sangre que cae sobre sus pómulos, es para que, quitada la sensualidad corporal, cuidemos los sentidos para conservar el cuerpo, que es “templo del Espíritu Santo”, siempre resplandeciente por la gracia; la Sangre que cae sobre su boca es para que nunca salga de nuestros labios palabra vana, inútil o maligna, sino solo palabras de consuelo y misericordia para con nuestro prójimo, y de alabanza y adoración para con nuestro Dios; la Sangre que cubre sus oídos es para que no solo no prestemos oídos a la voz sibilante de la serpiente, sino para que escuchemos siempre y en todo momento la dulce Palabra que sale de la boca de Dios, los labios de Jesús. Por último, la Sangre que brota de su Cabeza coronada de espinas, espinas que son la  materialización de nuestros pecados de pensamientos y baña su Sagrada Faz, para que nosotros no solo no tengamos malos pensamientos, sino para que tengamos pensamientos santos y puros, como Él los tiene en la coronación de espinas.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Antes de morir en la Cruz por nuestra salvación, Jesús entrega su espíritu en manos de su Padre celestial: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu” (Lc 23, 46). En su dolorosísima agonía de tres horas, colgado del madero, que ha quedado empapado con su Sangre Preciosísima, Jesús ha expiado por todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos. Ha entregado su Vida, ha derramado su Sangre, nos ha donado su Madre Santísima como Madre Nuestra. Luego de morir, parece que al Hombre-Dios ya no le queda nada por donarnos, porque todo lo que tenía nos lo ha dado. Y sin embargo, aun después de muerto, el Cordero Inmaculado tiene todavía más para darnos, y es su Sangre y Agua, que brotan de su Corazón al ser este traspasado por la lanza del soldado romano. Ante nuestra malicia, que le quita la vida en la Cruz –porque son nuestros pecados los que lo crucifican-, el Hombre-Dios responde con Amor y Misericordia sin límites, no solo en vida, sino incluso después de muerto, al derramar, como un océano sin límites, su Divina Misericordia, por medio de la Sangre y el Agua de su Corazón traspasado. La Sangre y el Agua que brotan de su Corazón abierto por la lanza, que porta el Espíritu Santo y derrama un océano infinito de misericordia sobre los hombres, es la respuesta de Amor de un Dios que es Amor infinito, ante la agresión deicida del hombre sin Dios, que lo crucifica y lo asesina en una cruz. Y esta respuesta de Amor se renueva, sin cesar, cada vez, en la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario.

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.

        



[1] Cfr. Benedicto XVI, Audiencia General, Sala Pablo VI, Miércoles 1 de febrero de 2012; cfr. https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120201.html