Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo
del Santo Rosario meditado en reparación por el asesinato de tres sacerdotes en
distintas partes del mundo. La información respectiva a tan lamentables sucesos
se encuentra en los siguientes enlaces:
Canto
inicial: “Adorote devote, latens Deitas”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro
y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación
Con mucha frecuencia, los hombres se dirigen a los
poderosos de la tierra en busca de favores y para conseguir sus favores, no
trepidan en cometer a veces incluso hasta los más horrendos crímenes. A su vez,
los poderosos de la tierra gobiernan de modo tiránico la mayoría de las veces y
utilizan las necesidades de sus súbditos no para lograr su bien y su paz, sino
para dominarlos más y someterlos, utilizándolos para sus intereses egoístas. Nada
de esto sucede con Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, el Creador, Dueño y amo
del universo: para obtener de Él su favor, no es necesario más que acercarnos
con humildad y contrición del corazón y postrarnos ante el sagrario y desde
allí, Jesús nos comunica todo su Amor y toda la Misericordia de su Sagrado
Corazón Eucarístico. Él mismo nos anima a que acudamos a Él en toda necesidad: “Venid
a Mí, los que estáis agobiados y afligidos, que Yo os aliviaré”. Acudamos a
Jesús, infinitamente más poderoso que el más poderoso de los hombres de la
tierra y que se ha quedado en el sagrario sólo para darnos su Amor.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación
En nuestra sociedad contemporánea se da mucha importancia
al cuerpo: a su cuidado, a su alimentación, a su bienestar. Con respecto a la
alimentación, se busca de evitar de todas maneras lo que sea dañino y de
incorporar hábitos alimentarios saludables. Sin embargo, nuestra sociedad
contemporánea, tan preocupada por el cuerpo, no se ocupa del alma y por lo
tanto, no la alimenta y deja que esta desfallezca de hambre y de sed. Toda alma
tiene hambre y sed de Dios, porque toda alma tiene hambre y sed de Amor, de
Verdad, de Paz, de Justicia, de Bien. Y sin embargo, son pocos, muy pocos, los
que acuden al Pan Vivo bajado del cielo, Cristo en la Eucaristía, para
alimentar el alma. Jesús Eucaristía es el Verdadero Maná bajado del cielo, que
alimenta el alma con la substancia y la vida de Dios Trino. Si nos ocupamos del
cuerpo, que es necesario hacerlo, nos ocupemos también del alma y la
alimentemos con el Manjar de los manjares, el Pan de Vida eterna y el Vino de
la Alianza Nueva y Eterna, la Sagrada Eucaristía.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación
Así como el cuerpo experimenta hambre y sed y es necesario
darle alimento y bebida, porque de lo contrario perece, así también es
necesario alimentar el alma, porque el alma también experimenta hambre y sed:
el alma, toda alma, tiene hambre y sed de paz, de justicia, de verdad, de amor
y muchas veces busca saciar esta hambre y esta sed con cosas que jamás la
satisfarán; por el contrario, sólo le provocarán dolor e incluso hasta muerte
del alma. La sed y el hambre que experimenta el alma, sed y hambre de todo lo
bueno, es en el fondo hambre y sed de Dios, por esa razón es que debemos
alimentar nuestra alma, pero con aquello que saciará su hambre y calmará su
sed, que es el mismo Dios, Presente en la Persona del Hijo en la Eucaristía.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación
Los hebreos comieron el maná en el desierto, pero luego
murieron, porque ese maná era solo un anticipo y figura del Verdadero Maná
bajado del cielo, la Sagrada Eucaristía. La Eucaristía alimenta el alma con un
alimento celestial, divino, sobrenatural, el Cuerpo y la Sangre del Cordero de
Dios, Cristo Jesús. Sólo con la Eucaristía puede el alma nutrirse
sobrenaturalmente, con un alimento sólido, un manjar exquisito, que sólo se
conoce en la tierra y que, comparado con él, los manjares de la tierra son sólo
ceniza y agua. La Eucaristía es el “Pan de Vida” (Jn 6, 35), porque da vida al alma, pero no como una prolongación de
esta vida humana, sino que da la Vida eterna, la Vida misma de Dios Uno y
Trino. Si alguien alimenta su cuerpo pero no alimenta el alma con el manjar
eucarístico, aunque su cuerpo esté rozagante, su alma está en agonía o
directamente muerta. No dejemos que nuestras almas mueran de hambre y sed y la
alimentemos con el Pan de Vida eterna, la Hostia consagrada, el Cuerpo, la
Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, el Hombre-Dios.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación
Los santos comprendieron, con toda la claridad que da la
gracia, la importancia literalmente vital que tiene la Eucaristía para el alma.
San Pedro Julián Eymard[1] dice así: “La Comunión es
tan necesaria para nosotros para sostener nuestra vida cristiana como es
necesaria a los Ángeles la visión de Dios para mantener su vida gloriosa (…)
Jesús no ha preparado solamente una Hostia, sino una para cada día de nuestra
vida. Nuestras Hostias están preparadas; no perdamos ni una sola”. Y San
Agustín enseña: “La Eucaristía es un pan cotidiano que se toma como remedio de
nuestra cotidiana debilidad”. San Carlos Borromeo comenta: “Hace falta comer
este Pan como hace falta comer el pan de nuestro cuerpo”. Por último, Santa
Gema dice: “Siento gran necesidad de ser revigorizada por aquel alimento tan
dulce que me da Jesús. Este trato de amor que Jesús tiene cada mañana conmigo
me enternece y atrae hacia Él todos los afectos de mi corazón”.
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo
por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro
y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canción
de despedida: “Un día al cielo iré y la
contemplaré”.
[1] Cfr. Stefano María Manelli, Jesús,
Amor Eucarístico, Testimonios de Autores Católicos Escogidos, Madrid 2006, 81-82.
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