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Una de las cuatro iglesias vandalizadas en Roma.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el brutal ataque vandálico
realizado por un hombre en Roma, durante el cual atacó a cuatro iglesias,
provocando enormes destrozos y pérdidas de valor incalculable. La información
relativa a tan lamentable episodio se encuentra en el siguiente enlace:
Canto inicial: “Adoro
Te devote, latens Deitas”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación
En la Antigüedad, dice un autor[1],
los hijos adoptados solían prodigar tanto cariño, amor y respeto a sus padres
adoptivos, que superaban en ocasiones en mucho a los propios hijos naturales o
biológicos, como forma de agradecimiento por el haberlos adoptados como hijos y
quererlo como tales, siendo ellos de suyo en sí mismo seres extraños y no
parientes de sangre. El agradecimiento de los hijos adoptivos se debía a que
por la adopción, además del amor prodigado por los nuevos padres, recibían
también título de herederos de los bienes de sus padres, esto es, casas y toda
clase de bienes. Reflexionando sobre este hecho, ¿no deberíamos acaso nosotros
comportarnos para con Dios, que siendo nuestro Creador y poseyendo Él una naturaleza
divina, infinitamente superior a la nuestra, por la gracia santificante nos
convirtió en hijos suyos muy amados, participantes de su naturaleza divina,
hermanos de Dios Hijo y herederos del Reino? ¿No deberíamos acaso prodigarnos y
deshacernos en acciones de gracia, de amor y adoración por tanto amor infinito
demostrado para con nosotros?
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación
Hablando precisamente de los hijos adoptivos, Casiodoro[2]
dice: “Cuando los extraños con el vínculo de los ánimos se unen con parentesco,
tanta es la fuerza que en este acto hay, que primero querrán morir que hacer
algo que parezca de molestia y disgusto de sus padres”. Teniendo esto en
cuenta, lo mismo deberíamos hacer nosotros, esto es, desear la muerte terrena,
antes que ocasionar el más pequeño disgusto a nuestro Padre Dios, que con tanta
liberalidad y amor nos ha convertido en hijos suyos, que cometer un pecado,
porque por el pecado, sobre todo el mortal, se nos quita la gracia que nos
convierte en sus hijos. Si no aborrecemos el pecado, no está completa nuestra
acción de gracias a Dios por habernos adoptado como hijos suyos muy amados por
el bautismo.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación
Debido
al enorme don de amor que significa la gracia santificante, los hombres
deberíamos preferir antes morir mil veces antes que ofender a Dios con un solo
pecado mortal o un pecado venial deliberado y a esto tenemos obligación de amor
–“amor con amor se paga”, dice el dicho-, y al habernos amado antes Él con Amor
infinito, no podemos sino corresponderle con amor, demostrando que apreciamos
la gracia concedida en el bautismo y al pie de la cruz, de adoptarnos como
hijos suyos, deseando morir una y mil veces antes que ofenderlo con un pecado que
disminuya o, peor aún, quite la gracia de nuestras almas.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación
Los
que están en gracia, dice un autor[3],
por el hecho de ser hijos adoptivos de su Divina Majestad, tienen de modo
especial –mucho más que el que no ha recibido la gracia inestimable del don de
la filiación divina- de no dar a Dios disgusto ninguno con ningún pecado de
ninguna clase, aunque no basta con esto, sino que están obligados –también por
obligación de amor y agradecimiento- a esmerarse con todas sus fuerzas a dar
contento a su Padre, obrando de tal manera de conservar la gracia, cuando se la
tiene, y también de acrecentarla cada vez más, en la medida de lo posible. Si en
algo debiéramos dar gracias a nuestro Dios, deberíamos dar las gracias a Dios
de modo equivalente a la acción de gracias de millones de almas y de corazones,
lo cual nos da una idea aproximada de cuánto debemos amar a Dios Trino y una
forma de hacerlo es postrarnos ante Dios Hijo, Presente en la Eucaristía,
continuamente, noche y día, para agradecer tan maravilloso don.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación
El
don de la gracia santificante es tan grande, que, como dijimos recién, nuestra
acción de gracias y nuestro amor hacia Dios Trino debería ser tan grande como
el equivalente al amor dado por millones de almas y corazones, al tiempo que
deberíamos evitar, en lo más mínimo, no ya el pecado, sino la imperfección,
para no dar disgusto a Nuestro Señor, de modo que Dios tenga siempre agrado de
nuestro ser y nuestra conducta. Atalarico[4],
nieto de su abuelo adoptivo, el emperador Justiniano, dijo: “Metedme en vuestra
misma alma, pues que he alcanzado la herencia real; esto es lo que más estimo
que el mismo señorío y reino, tener contento a tan grande emperador”. Similares
palabras deberías decir a la Trinidad: “Señor, entrañarme en Vos quisiera y
desentrañarme a mí por serviros; que más estimo tener contento a tan buen
Padre, que el mismo reino de los cielos que por herencia me prometéis”. Es decir,
más deberíamos desear mantener a Dios contento en todo, evitando siempre el
pecado, para estar siempre en su seno, algo infinitamente más valioso y hermoso
que el mismo Reino de los cielos.
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo
por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canción
de despedida: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 151.
[2] Casiod., lib. 8, var. 1.
[3] Cfr. Nieremberg, ibidem, 151.
[4] Lib. 4, var. 2.
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