Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el ataque vandálico sufrido
por una iglesia parroquial en Cesena, Italia. El vídeo en el cual se pueden ver
los destrozos ocasionados por dos hombres desconocidos se puede observar en el
siguiente enlace:
Canto
inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación
Entre los seres humanos existe la costumbre –causada por las
más variadas razones- por la cual una familia o un matrimonio –que pueden o no
tener hijos naturales- adopta hijos, es decir, les dan a estos hijos adoptados
el mismo derecho y la misma dignidad que tienen los hijos naturales del
legítimo matrimonio[1].
Como indicativo de esta dignidad igual a la de los hijos biológicos, los hijos
adoptados adquieren el mismo apellido y viven con la misma familia que los
adoptó, recibiendo de esta el mismo amor que reciben los hijos naturales y
adquiriendo derechos de herencia igual que los hijos naturales. ¿Qué decir,
cuando quien adopta, no es un padre terreno sino el Padre celestial, y a la
creatura adoptada, el hombre, le da por la gracia el título de “hijo suyo
adoptivos muy amado”, haciéndolo heredero del Reino de los cielos? ¿No es acaso
esto motivo de gran admiración y asombro y también de acción de gracias?
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación
Afirman reconocidos autores y estudiosos[2]
que todos los emperadores romanos que vivieron en el tiempo de Nuestro Señor
Jesucristo, dieron por herencia el imperio romano sólo a hijos adoptivos,
sucediendo lo mismo en tiempos de San Pablo. Esta filiación adoptiva tenía
tanta fuerza, que no sólo por ella entraba el más extraño del mundo a la
herencia de todo un imperio, -por ejemplo, como Trajano, que siendo español
heredó el imperio romano porque el monarca romano lo había adoptado como hijo-,
sino que muchas veces eran preferidos los hijos adoptivos a los naturales. Esto
que sucede entre los hombres, se da también entre Dios y los hombres: Dios adopta
a los hombres como hijos al concederles la gracia santificante y por esta
adopción los convierte en hijos suyos, con la misma filiación divina con la
cual el Hijo de Dios es Dios Hijo desde la eternidad. Y, por supuesto, quien
recibe esta gracia de adopción, recibe la gracia adjunta de ser heredero del
Reino de los cielos. ¡Nuestra Señora de
la Eucaristía, que nunca dejemos de dar gracias por este admirable don que
hemos recibido, el ser hijos adoptivos de Dios!
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación
Cuando los humanos adoptan a un hijo, lo tratan con el mismo
amor con el que tratan a los hijos naturales[3]. Sin
embargo, por más amor que puedan y quieran darle, no pueden transferirle la
filiación de sus hijos naturales, de manera que los hijos adoptivos permanecen
como hijos, sí, pero al mismo tiempo, permanecen como hijos que poseen otra
sangre distinta, puesto que en realidad son hijos de otros padres. No sucede
así con la filiación divina recibida por el hombre: Dios nos adopta como hijos
suyos por la gracia, haciéndonos partícipes de su naturaleza divina y de la
filiación divina por la cual el Hijo de Dios es Dios Hijo desde toda la
eternidad. Es decir, Dios infunde, junto con la gracia, la filiación, de manera
que podemos decir que somos, después de la gracia de adopción, más hijos de
Dios que de nuestros padres biológicos.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación
¿Dónde y cómo se verifica esta gracia de filiación? Para el
hombre, la gracia de la filiación divina se concede en dos modos distintos:
místicamente y sacramentalmente. Místicamente, porque nacemos a la luz, es
decir, nacemos de lo alto, del Espíritu, al pie de la Cruz, cuando Jesús le
dice a Juan –en quien está representada toda la humanidad-: “Hijo, he ahí a tu
Madre”, y a la Virgen: “Madre, he ahí a tu hijo”. De un modo místico y
sobrenatural, nacemos como hijos de Dios cuando la Virgen, obedeciendo la
divina disposición del Sagrado Corazón de Jesús, nos adopta como hijos. El otro
modo de nacer como hijos adoptivos de Dios es sacramental, cuando recibimos el
Sacramento del Bautismo: en ese momento, recibimos la gracia de la filiación
divina, por la cual pasamos a ser hijos adoptivos de Dios con la misma
filiación divina con la cual Jesús de Nazareth es Hijo de Dios desde la
eternidad.
Silencio.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación
Para apreciar cuánto hace la gracia de adopción filial que
Dios nos concede, veamos lo que dice un gran santo, San Anselmo[4]: “Pongamos
delante de los ojos a un hombre sumamente pobre y enfermo, cubierto de llagas
purulentas, aterido de frío y sin nada para cubrirse. Si a este pobre hombre,
pasando un rey, lo hiciera curar y estando ya sano mandara que lo cubrieran con
vestiduras reales y lo adoptara y tuviera como hijo, convirtiéndolo en heredero
de su imperio, dándole su nombre y su apellido, ¿no se diría que este tal subió
a una honra grandísima y jamás pensada? Pues Dios hace esto con nosotros:
nosotros nacemos en la podredumbre de carne, llenos de muchas miserias, presos
de las pasiones y de todas las enfermedades espirituales, cubiertos de llagas
de pecado y corrupción; y Dios, sólo por su misericordia, nos curará y sanos
nos adornará con vestiduras de perfecta justicia e incorrupción, adoptándonos
como hijos, admitiéndonos por compañeros de su reino y sus herederos,
haciéndonos herederos juntamente con su Hijo natural el Unigénito, que es en
todo igual y Omnipotente como Él, llamándonos con su nombre y volviéndonos
dioses, porque Él mismo dice: “Dioses sois e hijos todos del Altísimo”. De manera
que Él es Dios deificador y tú con Dios deificado”. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que siempre estemos en continua adoración
y acción de gracias, por el don tan sublime de la gracia, que nos convierte en
hijos adoptivos muy amados de Dios!
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por la salud e
intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canción
de despedida: “El Trece de
Mayo en Cova de Iría”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 148.
[2] Cfr. Nieremberg, o. c., 148.
[3] Cfr. Nieremberg, ibidem., 148.
[4] Lib. De Simil., cap. 56.
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