Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por una propaganda
ofensiva contra la Encarnación del Verbo y la Virginidad de María. Dicha
propaganda blasfema consiste en que el Arcángel le alcanza a la Virgen una
píldora abortiva –la “píldora de los cinco días”- mientras le dice: “Tómala,
hace milagros”. La información completa acerca de este lamentable hecho se
encuentra en el siguiente enlace:
Canto
inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación
El
estado de gracia es algo tan admirable en el hombre, que provoca que éste,
aunque medie una distancia infinita con su Creador, pueda ser llamado “amigo”
de Aquel que es Dios omnipotente de infinita majestad. Por esta razón San
Cirilo[1]
dice así: “Todas las cosas sirven al Creador, como dice el Salmista, ni hay
cosa que no esté sujeta al yugo de su servidumbre; lo cual, como sea así, a los
que guardan los Mandamientos de Dios los llama el Señor, no siervos, sino amigos
y en todas las cosas les trata como tales. Grandioso y espléndido es este
galardón”. ¡Qué hermoso e inmerecido
galardón tenemos los cristianos, el de ser llamados, por la gracia, “amigos de
Dios” y efectivamente serlo!
Silencio
para meditar.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación
Aun
si la gracia nos diera solo el hecho de ser amigos de Dios y hacer que Dios sea
amigo nuestro, solo por este hecho deberíamos darlo todo –vidas, honras, bienes-
con tal de poseer la gracia[2].
Esto es así porque si la gracia nos convierte en amigos de Dios, entonces nos
hace los seres más dichosos y bienaventurados del mundo. El Eclesiástico[3], después
de haber llamado “bienaventurado” al que hubiese hallado un amigo verdadero,
dice: “El amigo fiel es amparo fuerte y el que le halla halla un tesoro; no hay
comparación de la bondad de su lealtad; no hay precio bastante, ni se puede
pagar a peso de oro ni plata. El amigo fiel es el remedio de la vida y de la
inmortalidad”. Si esto dice de un amigo terreno, ¡cuánto más no lo dirá el
Eclesiástico de Dios, que es Amigo Fiel!
Silencio
para meditar.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación
Si
el Eclesiástico dice, hablando de un hombre, que un amigo fiel es un tesoro que
no puede comprarse ni con oro ni plata, porque vale por todos los tesoros y si
dice que este amigo terreno es remedio incluso para la inmortalidad, porque el
amigo verdadero no sólo ayuda a pasar esta vida perecedera con alivio, sino a
alcanzar la vida eterna; si el hombre hace esto, “¿qué hará Dios cuando es
amigo? ¿Qué bien tendrá el que está en gracia, pues es amigo de Dios y Dios lo
es suyo? No hay riqueza ni bien imaginable que no se haya de dejar con tal de
conservar tal amigo, quien ha de ser el único remedio contra los males de esta
vida y de la venidera, contras las culpas de la una y penas de la otra”[4].
Silencio
para meditar.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación
Si
el hombre, que por la gracia posee a Dios como amigo, por el pecado sin embargo
lo pierde a Él y, con Él, todos los bienes. Por este motivo, no es cosa de poca
importancia tener por amigo a un Señor omnipotente, ni es de poca monta tener
al Rey de cielos y tierra por amigo fiel o como enemigo declarado. Porque,
afirma un autor[5],
si es bueno tener un amigo verdadero, igualmente de malo es tener a Dios por enemigo,
y esto a causa del pecado. Quien tiene conciencia de pecado grave, no puede
sosegar su alma hasta que no haya restablecido la amistad con su Dios por medio
del Sacramento de la confesión, regresando así al estado de gracia y amistad
con Dios.
Silencio
para meditar.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación
Cuando
se contrastan los estados de pecado y de gracia del alma, se pueden considerar
mejor cuáles son los beneficios de la gracia santificante y cuánto bien se
encuentra en ella[6].
En efecto, el hombre pecador, que ha perdido la amistad de Dios por el pecado
grave, se ve aborrecido por un Dios que es Rey omnipotente y así, si es
consciente de su estado, ni puede dormir seguro, ni puede permanecer ni un
instante en ese estado, sin desear la Confesión sacramental. Sin la gracia,
afirma un autor[7],
que el hombre como si fuera un monstruo, aborrecido por su Redentor; con la
gracia, por el contrario, su alma se convierte en algo precioso a los ojos de
Dios y con ella se restablece la amistad perdida, porque por la gracia el
hombre se convierte en amigo de Dios y Dios en su verdadero y fiel amigo.
Un
Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por la salud e intenciones de
los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canción
de despedida: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.
[1] Comment. in Joan., lib. 10, 22.
[2] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 188.
[3] 6, 14.
[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 188-189.
[5] Cfr. Nieremberg, ibidem, 189.
[6] Cfr. Nieremberg, ibidem, 189.
[7] Cfr. Nieremberg, ibidem, 190.
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