Inicio:
ingresamos en el Oratorio, pedimos la
asistencia de nuestros Ángeles Custodios para recoger
nuestros sentidos exteriores y nuestras potencias espirituales y para silenciar
la mente, de modo de disponernos, con todo nuestro ser, alma y cuerpo, para la
Adoración Eucarística. Le pedimos ayuda ante todo a la Virgen, Maestra y Modelo de Adoración Eucarística perfecta, puesto que Ella adoró, desde el instante mismo de la Encarnación, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su HIjo Jesús, alojado en su seno virginal y purísimo, por obra del Espíritu Santo. Ofrecemos esta Hora Santa, en el inicio del Año civil,
en honor de Santa María, Madre de Dios, consagrando y depositando al mismo
tiempo en su Corazón Inmaculado, toda nuestra vida, con su tiempo pasado,
presente y futuro, y todos nuestros seres queridos, para que en el Año que se
inicia lo vivamos en su totalidad bajo el amparo de su manto maternal. Que María
Santísima, la Madre de Dios, dirija nuestros pasos en el seguimiento de su Hijo
Jesús y haga que los días –pocos o muchos- que nos quedan sobre la tierra, sean
todos vividos a la luz de la feliz eternidad del Reino de Dios.
Oración inicial:
“Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón, y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto inicial: “Tantum ergo”.
Meditación
La Virgen es la Mujer ante la cual el Dragón infernal y
todas las legiones infernales juntas, retroceden con espanto ante la sola
mención de su Nombre: es la Mujer del Génesis, que por orden divina aplasta la
cabeza de la Serpiente Antigua (cfr. Gn
3, 15), porque si la Serpiente triunfó sobre la primera Eva y, por medio de
ella, sobre Adán y sobre toda la humanidad, ahora, a través de la Segunda y
Definitiva Eva, triunfa sobre la Serpiente la Nueva Humanidad regenerada por la
gracia divina, los hijos adoptivos de la Virgen; si en el Paraíso Adán y Eva
cayeron por morder el fruto envenenado que les ofrecía la Serpiente, el fruto
de la soberbia y de la rebelión contra Dios, ahora, por la Virgen, la humanidad
puede saborear el fruto de la Redención, fruto que cuelga en el Árbol de la
Cruz, fruto santo que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús,
y así como en el Paraíso la Serpiente ofreció a Adán y Eva el fruto amargo del
Árbol prohibido, la rebelión contra Dios, así la Virgen ofrece, para sus hijos
amados, el Dulcísimo Fruto del Árbol de la Cruz, la Gracia Divina que enciende
el alma en el Amor de Dios, Amor que lleva a la sumisión del alma a Dios por
Amor, al punto de preferir el alma morir antes de ofender a Aquel a quien tanto
ama; la Virgen es la Mujer del Apocalipsis (cfr. Ap 12, 1ss), que con dos alas lleva al desierto en sus brazos a su
Hijo Dios recién nacido, salvándolo del río vomitado por las fauces del Dragón,
símbolo de las impurezas del cuerpo y del alma y de las blasfemias y sacrilegios
contra Dios. La Virgen que lleva a su Hijo a salvo del Dragón, en el desierto, es
pre-figuración de su acción corredentora, cuando por la acción de la gracia
Ella lleve a sus hijos adoptivos al desierto de la penitencia y de la oración,
que los salvará del río impetuoso de impurezas de todo tipo en el que quiere
sumergirlos el Dragón.
Ante la Virgen, el Dragón y todas las potencias del infierno
tiemblan de espanto, porque la Virgen les aplasta la cabeza con su pequeño
piececito de mujer, que a pesar de ser pequeño, representa para el Dragón un
peso aplastante, porque la Virgen le aplasta la cabeza con la fuerza y el poder
de Dios, que le han sido participados en un grado desconocido a las creaturas,
incluidos los ángeles.
“Virgen Santísima, Madre Nuestra, concédenos la gracia de
morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado. Amén”.
Silencio para meditar.
La Virgen María es la Creatura más admirable y hermosa jamás
creada por la Santísima Trinidad, cuya Concepción sin mancha y cuya condición
de ser al mismo tiempo Llena de Gracia, le mereció el ser elegida por la
Trinidad para ser Madre de Dios, un prodigio inefable que asombra a cielos y
tierra y que se engrandece al infinito cuando el alma se percata que la Madre
de Dios es, además, Virgen, y que permaneció Virgen antes, durante y después
del parto, como cuando un rayo de sol, que atraviesa un cristal, deja intacto
al mismo antes, durante y después de pasar a través suyo. Por ser la Inmaculada
Concepción y la Llena de gracia, la Virgen mereció recibir dos prodigios
inefables, admirables, jamás vistos en el universo y que jamás se volverán a
ver, que superan en hermosura y gracia a toda la Creación, y es el hecho de ser
Virgen y a la vez Madre, y Madre no de un niño más entre tantos, sino del Niño
Dios, de Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que los hombres, hechos
niños por la inocencia de la gracia, fueran adoptados como hijos por Dios. Por
ser Virgen y Madre de Dios, la Virgen es llamada también “Diamante celestial”,
porque así como la roca cristalina que es el diamante, recibe, encierra y luego
emite la luz –a diferencia de las otras rocas opacas que no pueden encerrar la
luz-, así la Virgen y Madre recibe, encierra y emite sobre el mundo la luz
eterna, Cristo el Señor, siendo de esta manera la Virgen figura tanto de la
concepción virginal por la gracia, por parte de la Iglesia, de sus hijos adoptivos
en el bautismo, y figura también de la Concepción virginal de la Eucaristía en
el seno de la Iglesia, el altar eucarístico, prodigios todos obrados por el
Santo Espíritu de Dios.
“Virgen,
Tú que eres Madre de Dios y también Madre nuestra, intercede por nosotros para
que, siendo iluminados por tu Hijo, Cristo, Luz eterna de Dios, vivamos siempre
en gracia, hasta el momento de pasar de esta vida a la otra y así contemplar,
por la eternidad, el Divino Rostro de Jesús. Amén”.
Silencio para meditar.
La
Virgen María es la Mujer al pie de la Cruz (Jn
19, 25-30), pero la Virgen no es una frágil madre que asiste impávida a su hijo
que muere de muerte dolorosísima: es la Mujer que con su Dolor unido al
sacrificio de su Hijo Jesús, salva al mundo; la Virgen al pie de la Cruz es la
Madre de los Dolores, cuyo Corazón es traspasado por una espada que son cientos
de miles, porque son los pecados de los hombres que con su malicia crucifican
al Hijo de su amor. Al pie de la Cruz, la Virgen adora a la Santísima Trinidad,
en la obediencia y cumplimiento fidelísimo del plan de salvación divino para
los hombres; al pie de la Cruz, la Virgen ofrece su Hijo a Dios Padre, como
Víctima por la salvación de los pobres pecadores, y con Él se ofrece Ella
misma, porque ofrecer la vida de su Hijo es ofrecer su propia vida, porque su
Hijo es su vida misma y sin su Hijo Ella muere de dolor; al pie de la Cruz, la
Virgen asiste misericordiosamente a Dios Hijo que agoniza crucificado; al pie
de la Cruz, la Virgen ama a Dios y a los hombres con el Amor que inhabita en su
Inmaculado Corazón, Dios Espíritu Santo, y así Ella se hace partícipe del
Triunfo definitivo, completo y absoluto del Amor Divino, que desde la Cruz
vence para siempre a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, y destruye el
odio que anida en el corazón humano desde la Caída Primigenia de los Primeros
Padres; al pie de la Cruz, la Virgen renueva el doble prodigio de la
Encarnación del Hijo de Dios, al convertirse, siendo Virgen y permaneciendo
Virgen, en Madre de todos los hombres, por pedido expreso de su Hijo Jesús (cfr.
Jn 19, 27), y es desde entonces que
todo hombre que nace en este “valle de lágrimas” tiene a la Virgen por Madre
amorosísima, que hará lo imposible por salvar su alma. La Virgen es la Madre de
Dios, pero también es la Madre Nuestra, la Madre de los hijos adoptivos de
Dios, los bautizados en la Iglesia Católica, que fuimos adoptados por Ella, por
pedido divino, al pie de la Cruz.
La
Virgen al pie de la Cruz, que con su dolor participa de la Pasión y de la
corona de espinas de Jesús, es la misma Virgen que en los cielos es coronada con
la luz y la gloria de su Hijo Jesús, corona que quiere compartir con sus hijos
adoptivos en el Reino de Dios, y para que se hagan merecedores de la corona de
luz, la Virgen les hace participar, aquí en la tierra, de la corona de espinas
de Jesús, único modo de ser coronados de gloria en los cielos.
“Virgen
María, Tú eres nuestra Esperanza, porque Dios te ha elegido para ser Madre
nuestra; danos en esta vida, te lo pedimos, danos la gracia de estar
arrodillados, a tu lado, al pie de la Cruz; danos la Corona de espinas de tu
Hijo Jesús, danos de beber del Cáliz de sus amarguras, danos sentir sus mismas
penas, para que participando de su Pasión y Muerte en Cruz, vivamos luego con
Él en la felicidad eterna del Padre. Amén”.
Silencio para meditar.
La Virgen es la
Medianera de todas las gracias, y si su Hijo se manifiesta públicamente con el
signo de la conversión del agua en vino en Caná (cfr. Jn 2, 1ss), es porque la Virgen comienza su tarea pública de ser
Medianera de todas las gracias precisamente en las Bodas de Caná. Esto quiere
decir que los esposos de Caná recibieron el primer milagro público de Jesús,
gracias a que en Caná la Divina Sabiduría había dispuesto que la Virgen se
manifestara públicamente, por primera vez, como Mediadora de las gracias de su
Hijo Jesús. Fue por la intervención intercesora y suplicante de la Virgen María
que Jesús, Dios Hijo, obró el milagro de la conversión del agua en vino para
alegrar la fiesta de los esposos, y esto lo hizo a pesar de que no tenía
intención de hacerlo, como lo reflejan sus palabras: “¿A ti y a mí, qué,
mujer?”, lo cual engrandece la intervención de la Virgen y le hace merecedora
del título de Omnipotencia Suplicante, porque quiere decir que el pedido de la
Virgen de un milagro a favor de los esposos fue recibido favorablemente no solo
por Jesús, sino también por Dios Padre y por Dios Espíritu Santo, es decir, por
la Santísima Trinidad en pleno. Esto quiere decir que no hay gracia, don,
milagro, signo o prodigio, que Dios Uno y Trino quiera hacer y dar a los
hombres, que no pase a través del Inmaculado Corazón de María, porque fue Dios
Trino quien dispuso que toda gracia fuera concedida por intercesión de María y
que ninguna gracia pase fuera de Ella.
“Virgen
María, Tú eres la Medianera de todas las gracias; te suplicamos intercedas por
nosotros, por nuestros seres queridos, y por todo el mundo, para que recibamos
y hagamos fructificar todas las gracias que necesitamos para nuestra eterna
salvación. Amén”.
Silencio para meditar.
La Virgen es Madre de Misericordia, y lo es por muchos
motivos: ante todo, es Madre de Jesús, que es la Misericordia Divina encarnada,
y lo es desde su Encarnación hasta su Muerte agónica en la Cruz, porque desde
su Encarnación, lo alimentó, lo cuidó, lo protegió, y no solo durante la
gestación, sino durante toda su niñez, adolescencia y juventud, y aun cuando
Jesús era adulto, porque fue la Única que estuvo al pie de la Cruz, cuidando de
su Hijo, mientras Él agonizaba por nuestra salvación.
La
Virgen es Madre de Misericordia porque así como gestó, cuidó, alimentó, protegió,
desde su Nacimiento hasta su Muerte, al Hijo de Dios, así lo hace con cada uno
de sus hijos adoptivos, desde que nacen, hasta su paso de esta vida a la otra,
acompañándolos en el Via Crucis y
ayudándolos a llevar la Cruz hasta el Calvario, Puerta abierta al cielo.
La
Virgen obró con su Hijo Jesús la Misericordia, y también hace lo mismo con cada
uno de sus hijos, practicando las obras de misericordia corporales y
espirituales. De esta manera, al ser Madre de Misericordia y al obrar Ella la
Misericordia con su Hijo y con nosotros, nos enseña cómo debemos obrar la
Misericordia si queremos entrar en el Reino de los cielos. Si en el día de
nuestro juicio particular queremos escuchar la dulce voz de Jesús que nos diga:
“Venid, benditos de mi Padre, al Reino de los cielos”, entonces debemos obrar
la Misericordia para con nuestros hermanos, imitando a la Virgen, Madre de
Misericordia.
“Virgen
Santísima, infunde en mi pobre corazón el amor misericordioso a mis hermanos,
para que obrando con ellos la caridad y la compasión, no pase a la vida eterna
por la ira de la Divina Justicia, sino que merezca pasar al Reino de los cielos
a través de la Divina Misericordia. Amén”.
Silencio para meditar.
Meditación final
La
Virgen es Corredentora porque ofreció a su Hijo en la Cruz por la salvación de
los hombres, y en el ofrecimiento del Hijo se ofrecía toda Ella, sin reservarse
nada para sí ni de sí misma, porque su Hijo era su Todo, su Vida, su Alegría,
su Único contento, y al ofrecer a su Hijo y a sí misma por la salvación de los
hombres, uniéndose al sacrificio redentor de su Hijo Jesús, se convertía en
Corredentora, en Salvadora de los hombres asociada a su Hijo Jesús.
Por
ser la Virgen Corredentora y por haberlo acompañado en el Camino Real de la
Cruz, vendrá la Virgen acompañando a su Hijo al fin de los tiempos y estará a
su lado cuando el Terrible Juez juzgue a toda la Humanidad; pero antes de esta
venida, vendrá la Virgen para preparar los corazones de los hombres, para que
reciban a su Hijo en su Segunda Venida, así como preparó la Gruta de Belén en
su Primera Venida; luego de esto, sí, vendrá ya junto a su Hijo Jesús, cuando
este juzgue al mundo, porque la Virgen estará al lado de Jesús para recibir, en
las Puertas del cielo, a sus hijos amados, aquellos que fueron lavados con la
Sangre del Cordero, aquellos que obraron la misericordia, aquellos que vivieron
y murieron en gracia y que por eso merecieron la eterna bienaventuranza.
“Virgen
Corredentora, Madre de Dios y Madre nuestra, concédenos la gracia de hacer
fructificar los talentos recibidos de tu Hijo Jesús, al ciento por uno, para
que merezcamos un día ser conducidos a la eterna Bienaventuranza, la contemplación
cara a cara de las Tres Divinas Personas. Amén”.
Oración final:
“Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos
méritos de su Sacratísimo Corazón, y los del Inmaculado Corazón de María, os
pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Los cielos, la tierra, y el mismo
Señor Dios”.
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