Inicio: ingresamos al Oratorio. Hacemos silencio
de palabras y silencio interior, acallando todas las voces que se interponen
entre nosotros y Dios, cuya Voz “habla en el silencio”, como dice el Santo
Padre Benedicto XVI. Ofrecemos esta Hora Santa pidiendo a Jesús Misericordioso por
el mundo entero, y le traemos a Jesús Eucaristía todos los grupos de almas que
Él pidió que introdujéramos en su Divina Misericordia al rezar la Novena. Nos
encontramos delante de Jesús Misericordioso, el mismo Jesús que se le apareció
a Sor Faustina y aunque no lo vemos con los ojos del cuerpo, sí lo vemos con
los ojos de la fe. No estamos en un convento, como Sor Faustina, pero estamos
delante de Jesús Misericordioso, oculto tras los velos del sacramento de la
Eucaristía. Jesús en la Eucaristía es el mismo y único Jesús de Nazareth, Dios
misericordioso, y ante su Divina Presencia Sacramentada nos postramos,
implorando misericordia para nosotros y para el mundo entero. Pedimos la
asistencia de María Santísima y la de nuestros ángeles custodios, para que
nuestra oración se eleve prontamente y llegue al trono de Jesús Misericordioso.
Oración inicial:
“Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
Canto de entrada:
“Sagrado Corazón eterna alianza”.
Meditación
Jesús
Misericordioso, Presente en la Eucaristía, te suplicamos por toda la humanidad
y especialmente por los pecadores. Mira a la humanidad de todos los tiempos,
mírala cómo ha caído por culpa del pecado original de los primeros padres, Adán
y Eva. Apiádate de la humanidad, que sin ti se dirige enceguecida al abismo de
la perdición; ten misericordia de los pecadores, sobre todo los más
empedernidos, y para que no se pierdan en el abismo del fuego eterno, te los
traemos para sumergirlos en el abismo de tu misericordia, que es un mar
infinito, mar que es como un océano sin playas, interminable e inagotable. Queremos
así consolarte por la amarga tristeza en que te sume la pérdida de almas. Que tu
infinita misericordia no permita que ningún alma, por más pecadora que sea, se
pierda, para que así toda la humanidad, absolutamente toda, sin que falte
ningún hombre creado por Ti, pueda ensalzarte por los siglos infinitos. Amén.
Meditación en silencio.
Jesús
Misericordioso, Sumo y Eterno Sacerdote, Pontífice Eterno, Sumo Pastor de las
ovejas, te traemos a las almas de los sacerdotes y los religiosos, aquellos a
quienes Tú elegiste para que sean pastores de tu rebaño. Los sumergimos en tu
Corazón Eucarístico, mar infinito de misericordia insondable. Ellos fueron
quienes te dieron fortaleza para soportar tu amarga Pasión. A través de los
sacerdotes y religiosos fluye hacia la humanidad tu insondable misericordia, porque
por ellos se confeccionan los sacramentos, fuentes inagotables de gracia
divina, y por ellos la Iglesia ora en tu Presencia noche y día, implorando tu
misericordia. Apiádate de ellos, porque a causa de su humana debilidad, muchas
veces te ofenden, porque muchas veces no corresponden a su llamado y no son
imágenes vivientes tuyas; muchos se dejan atraer por las cosas del mundo y esto
es en sí ya una grave falta, porque dejarte a Ti por los atractivos del mundo,
es el colmo de la ceguera y de la necedad. Apiádate de ellos y dales de tu luz
y de tu Amor para que así no puedan nunca rehusarte ni desconocerte y,
convertidos en una imagen viviente de tu misericordia, puedan guiar a las almas
a ellos encomendadas en el camino de la salvación y luego, junto con el rebaño,
ya a salvo de los lobos, los ángeles caídos, canten tus alabanzas por los
siglos sin fin. Amén.
Meditación en silencio.
Jesús Misericordioso, Modelo de piedad y de Amor al Padre en
toda tu vida, pero especialmente en las amargas horas de la Pasión, en el
Huerto de Getsemaní, en donde pediste que se hiciera la Voluntad del Padre y no
la tuya, a pesar de que el Padre quería que murieras crucificado por nuestra
salvación; Jesús, modelo también de amor y piedad en la Cruz, cuando dijiste al
Padre, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, dándonos ejemplo de cómo
debemos abandonarnos a Ti en los momentos de prueba, te traemos a todas las
almas devotas y fieles, a todos aquellos que, por la acción de tu gracia en sus
corazones, te son fieles y te aman, ofreciéndote el homenaje de sus vidas por
medio de la oración y la misericordia; las sumergimos en el mar de tu
misericordia, para que les concedas tus gracias en abundancia, para que estas
almas, que consolándote a lo largo del Via
Crucis, fueron una gota de consuelo en medio de un mar de amargura, vivan
siempre en tu Sagrado Corazón y no los dejes nunca escapar de él. Padre Eterno,
te suplicamos que mires con misericordia a estas almas fieles, que son el dulce
fruto de la amarga Pasión de Jesús, y por sus méritos, les concedas que no
pierdan jamás el amor y el tesoro de la santa fe, sino que con toda la legión
de los ángeles y los santos, canten eternamente a la Divina Misericordia. Amén.
Meditación en silencio.
Jesús
Misericordioso, te traemos ahora a aquellos que no creen en Dios y aquellos que
todavía no te conocen y los sumergimos en el mar de tu misericordia; míralos
Jesús, son todos los ateos, los agnósticos y los paganos de todos los tiempos,
también los de nuestros tiempos, algunos de los cuales son nuestros seres
queridos. Míralos, Jesús, y ten compasión, porque por ellos sufriste amargamente
en tu Pasión, pero también su conversión futura –que Tú viste en tu
omnisciencia, porque eres Dios- dio consuelo a tu Corazón y así se alivió en
algo tu amargura. Jesús Compasivísimo, que eres la Luz del mundo entero, haz
que ingresen en la morada de tu Piadosísimo Corazón las almas de aquellos que obstinadamente
no quieren creer en Dios, a pesar de las infinitas pruebas de su amorosa
existencia que ofrece el mundo creado. Te pedimos también por aquellos que, por
propia decisión, o porque no oyeron hablar de Ti, todavía no te conocen, y te
pedimos también por quienes se han internado en las oscuras sendas del
paganismo. Que los rayos de tu gracia que brotan de tu Corazón traspasado iluminen
las tinieblas en las que se encuentran, para que también ellos, unidos a
nosotros, ensalcen tu misericordia admirable. Padre Eterno, te pedimos por las
almas de aquellos que no creen en ti y de los que todavía no te conocen, a las
cuales hemos encerrado, por la oración, en el Compasivísimo Corazón de Jesús. Haz
que el Corazón de tu Hijo los atraiga hacia ti, conmueve sus mentes y sus corazones
con la fuerza de tu Amor, haz que te vean en cada creatura, haz que te
descubran en el Evangelio y puedan alegrarse verdaderamente, porque sus vidas
son tristes al desconocer la gran felicidad que es amarte. Concédeles a estas
almas que te conozcan para que conociéndote te aman y amándote se salven, y así
puedan ensalzar tu infinita misericordia por los siglos de los siglos. Amén.
Meditación en silencio.
Jesús
Misericordioso, te traemos a las almas de quienes llamamos “hermanos separados”
y las sumergimos en el mar de tu misericordia. Estas almas te desgarraron en tu
amarga Pasión, lacerando con su división y con su pretensión de creer en su
propio Evangelio, tu Cuerpo y tu Corazón, es decir, tu Iglesia. Las sumergimos
en tu misericordia infinita para que regresen pronto a la Iglesia y así curen
tus heridas y alivien tu Pasión. Jesús Misericordiosísimo, que eres la Bondad
Misma, tú no niegas la luz de la Verdad, que eres Tú mismo, a quienes te la
piden; recibe en la morada de tu Compasivísimo Corazón a las almas de nuestros
hermanos separados, mira el celo con el que hablan de Ti y condúcelas, por la
luz de la Verdad a la unidad con la Iglesia y no las dejes escapar de la morada
de tu Sagrado Corazón. Jesús, Tú que dijiste en el Evangelio: “Yo Soy la luz
del mundo”, concédeles un rayo de luz de tu Sagrado Corazón, para que se
disipen las tinieblas del orgullo y del error y el espíritu de división y de
confusión sea alejado de ellas, para que así liberadas de las tinieblas del
error, también ellas glorifiquen con nosotros tu insondable misericordia. Padre
Eterno, mira con misericordia a las almas de nuestros hermanos separados,
especialmente a aquellos que han persistido tenazmente en sus errores,
desperdiciando así tus bendiciones y gracias. No mires sus errores, sino el
amor de tu Hijo y su amarga Pasión que sufrió por ellos, ya que también ellos
están encerrados en el Compasivísimo Corazón de Jesús. Ilumínalos con la luz de
tu Verdad, tu Hijo Jesús, y haz que también ellos glorifiquen tu gran
misericordia por los siglos de los siglos. Amén.
Meditación en silencio.
Jesús
Misericordioso, te traemos a las almas mansas y humildes y las almas de los
niños pequeños y las sumergimos en tu misericordia. Son las almas que más se
asemejan a tu Corazón, porque tu Corazón es “manso y humilde”, y Tú mismo eres
un Dios con corazón de Niño, al punto de venir a nuestro mundo como un Niño en
Belén. Tú las veías como ángeles terrestres que velarían al pie de tus altares,
y así fueron tu consuelo en tu Pasión. Continúa siempre derramando sobre ellas torrentes
enteros de gracias, porque solamente el alma humilde es capaz de recibir tu gracia;
haz que nunca pierdan la inocencia dada por la gracia. Jesús Eucaristía, haz
que estas almas, que son las preferidas del Padre Celestial, sean siempre
protegidas por Ti, para que sean siempre como un ramillete perfumado ante el
trono de Dios, de cuyo perfume se deleita Dios mismo. Estas almas tienen una
morada permanente en tu Compasivísimo Corazón y cantan sin cesar un himno de
amor y misericordia por la eternidad; no permitas que la soberbia, el orgullo y
las atracciones del mundo mancillen sus almas, que agradan a Dios Padre porque
se parecen a Ti. Padre Eterno, mira con misericordia a las almas de los niños
pequeños que están encerradas en el Compasivísimo Corazón de Jesús; son las que
más se parecen a tu Hijo, que por nosotros nació como Niño en Belén. Su
fragancia asciende desde la tierra y alcanza tu trono. Padre de misericordia y
de toda bondad, te suplicamos por el amor que tienes por estas almas y el gozo
que te proporcionan, que bendigas al mundo entero para que todas las almas
canten juntas las alabanzas de tu misericordia por los siglos de los siglos.
Amén.
Meditación en silencio.
Jesús
Misericordioso, te traemos a las almas que veneran y glorifican tu misericordia
de modo especial y las sumergimos en tu misericordia. Son las que más
lamentaron tu Pasión, a ejemplo de las santas mujeres de Jerusalén, que se compadecieron
de Ti al verte malherido en el Camino del Calvario. Estas almas son las que penetraron
más profundamente en tu Espíritu, siendo un reflejo viviente de tu Corazón
compasivo. Ellas resplandecerán con una luz especial en la vida futura; ninguna
de ellas irá al fuego del infierno, y serán defendidas de modo especial por Ti en
la hora de la muerte. Jesús Misericordiosísimo, cuyo Corazón es el Amor mismo, recibe
en la morada de tu Compasivísimo Corazón a las almas que veneran y ensalzan de
modo particular la grandeza de tu misericordia, y no cejan de hacerlo, aun en
medio de toda clase de tribulaciones. Padre Eterno, mira con misericordia a
aquellas almas que glorifican tu misericordia insondable y que están encerradas
en el compasivísimo Corazón de Jesús. Estas almas son un Evangelio viviente,
sus manos están llenas de obras de misericordia y sus corazones desbordantes de
gozo cantan a ti, oh Altísimo, un canto de misericordia. A ellas, que obraron
la misericordia para con sus prójimos más necesitados, Tú les dirás en el Día
del Juicio Final: “Venid, benditos de mi Padre, al Reino de los cielos, porque
tuve hambre y me disteis de comer; enfermo y preso y me visitasteis”. Te suplicamos,
oh Dios, que se cumpla en ellas la promesa de Jesús quien les dijo que: “A las
almas que veneren esta infinita misericordia mía, yo Mismo las defenderé como
mi gloria durante sus vidas y especialmente en la hora de la muerte”. Amén.
Meditación en silencio.
Jesús
Misericordioso, te traemos a las almas que sufren en el Purgatorio y las
sumergimos en el abismo de tu misericordia, para que los torrentes de tu Sangre,
que brotan de tus heridas abiertas en la Cruz, las refresquen del ardor del
Purgatorio. Son todas almas muy amadas por Ti, y cumplen con el justo castigo
que se debe a tu Justicia, para poder presentarse luego, purificadas en el
Amor, a tu infinita misericordia. Te traemos estas almas benditas, oh Jesús
misericordioso, como una limosna espiritual, para saldar las deudas que
mantienen con tu Justicia y así sus tormentos sean aliviados. Jesús
Misericordiosísimo, tú mismo has dicho que deseas la misericordia, y por eso
introducimos en la morada de tu Compasivísimo Corazón a las almas del
Purgatorio, almas que te son muy queridas, pero que deben pagar su culpa
adecuada a tu Justicia. Que los torrentes de Sangre y Agua que brotaron de tu
Corazón Eucarístico, apaguen el fuego del Purgatorio para que también allí sea
glorificado el poder de tu misericordia. Padre Eterno, mira con misericordia a
las almas que sufren en el Purgatorio y que están encerradas en el
Compasivísimo Corazón de Jesús. Te suplicamos por la dolorosa Pasión de Jesús,
tu Hijo, y por toda la amargura con la cual su Sacratísima Alma fue inundada,
muestra tu misericordia a las benditas almas del Purgatorio, que están bajo tu
justo escrutinio, por no haber amado con más intensidad en esta tierra los
bienes del cielo, y haberse dejado confundir por las cosas de la tierra. No las
mires sino a través de las heridas de Jesús, tu amadísimo Hijo, ya que creemos
que tu bondad y tu compasión no tienen límites. Amén.
Meditación en silencio.
Jesús
Misericordioso, Tú en el Apocalipsis dices: “Porque no eres ni frío ni
caliente, sino tibio, te vomitaré de mi boca” (3, 16); te traemos a las almas tibias
y las sumergimos en el abismo de tu misericordia, para que no sean rechazadas por
Ti. Son las almas indiferentes a tu Amor; son las almas que, conociéndote, no se acercan a Ti por el fastidio que les da la oración, y porque se sienten más a gusto con las atracciones del mundo. Las almas tibias son aquellas que prefieren ver televisión u ocuparse en sus asuntos, en vez de asistir a Misa o acudir al sagrario a hacer oración; son las que todos los días hablan horas y horas de sus problemas y de sus ocupaciones con las creaturas, pero no son capaces de dedicar veinte minutos al día para rezar el Rosario, diálogo de amor entre el alma y la Virgen María y, a través de Ella, contigo. Estas almas son las que más dolorosamente hieren tu Corazón y son las que más
rechazo te causan. A causa de ellas, tu alma experimentó la más intensa
repugnancia en el Huerto de los Olivos, repugnancia que te hizo decir: “Padre,
aleja de mí este Cáliz, si es tu voluntad” (Lc
22, 39-46). Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a Tu
misericordia. Jesús Misericordiosísimo, que eres la compasión misma, te traemos
a las almas tibias a la morada de tu Piadosísimo Corazón, que arde en las
llamas del Amor divino; haz que estas almas heladas que se parecen a cadáveres
y te llenan de gran repugnancia se calienten con el fuego de tu Amor puro. Padre
Eterno, mira con misericordia a las almas tibias que, sin embargo, están
encerradas en el Piadosísimo Corazón de Jesús. Padre de la Misericordia, te
suplicamos, por la amarga Pasión de tu Hijo y por su agonía de tres horas en la
cruz, haz que sus corazones, al contacto con las llamas del Corazón de Jesús, se
enciendan en el fuego del Amor divino, de modo que también ellas glorifiquen el
abismo de tu misericordia. Amén.
Meditación en silencio.
Oración final:
“Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amo; te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
Canto de salida: “El
trece de mayo”.
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