Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario
meditado en acción de gracias por el don más admirable jamás dado a los hombres
por Dios y el fundamento de su Iglesia Católica, el Santo Sacrificio del altar,
renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz.
Canto
inicial: “Adorote devote, latens Deitas”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación
La Santa Misa es una
representación perfectísima, incruenta y sacramental, afirma un autor[1] y
con él, todo el Magisterio y la Tradición de la Iglesia-, de la Pasión de
Cristo y del tremendo sacrificio que ofreció por nuestros pecados con su muerte
y el derramamiento de su Sangre. Si Cristo ofreció su Sangre derramada en la
cruz, aquí también –en la Santa Misa- se ofrece la Sangre Preciosísima del
Cordero derramada. La diferencia es que, en el altar de la Cruz, en el
Calvario, esa Sangre derramada que brotaba de sus heridas, recorría su Cuerpo
crucificado y finalizaba en la tierra: en la Santa Misa, la Sangre Preciosísima
del Cordero es recogida en el Cáliz del altar eucarístico.
Silencio
para meditar.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación
Si Cristo murió en la Cruz desangrando su Cuerpo, en la
Santa Misa, místicamente, se ve la misma y única muerte de Cristo, apartándose
por virtud de las palabras de la consagración la Sangre de Cristo de su Cuerpo[2] –por
eso se consagran por separado el pan y el vino, para significar esta separación
sacrificial del Cuerpo y la Sangre en la Cruz-: en la Santa Misa, la Sangre de
Cristo se pone, por virtud de las mismas palabras de la consagración –que obran
el milagro de la Transubstanciación- la Sangre de Cristo en el Cáliz
eucarístico y el Cuerpo en la Hostia. Si en la Cruz entregó su Cuerpo en la
Cruz y derramó su Sangre, en la Santa Misa entrega su Cuerpo en la Eucaristía y
derrama su Sangre en el cáliz del altar.
Silencio
para meditar.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación
En el Sacrificio de la Cruz, en el Calvario, el Cuerpo y
la Sangre de Cristo dejan de pertenecer a este mundo, para pasar a ser
propiedad exclusiva del Padre[3]:
en la Santa Misa, las substancias del pan y del vino –propiedades de la tierra
y de este mundo- se convierten en las substancias del Cuerpo y la Sangre del
Cordero, que por el Espíritu Santo son llevados hasta el altar del cielo, porque
son ya propiedad exclusiva del Padre. Si el pan y el vino pertenecían a la tierra, el Cuerpo y la Sangre de Cristo
pertenecen al Padre.
Silencio
para meditar.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación
En el Santo Sacrificio del Calvario, se abrieron las
compuertas de la misericordia y de la santidad de Dios, cuando el Corazón
Sagrado del Cordero fue traspasado por la lanza, siendo derramadas sobre la
humanidad las misericordias infinitas del Corazón de Dios. En la Santa, este
derramarse incontenible de la Divina Misericordia se repite, porque se renueva
incruenta y sacramentalmente la muerte y la resurrección del Señor, de manera
que quien asiste a Misa, asiste al abrirse de las compuertas de la Misericordia
Divina que se derraman, incontenibles, sobre las almas de los hombres.
Silencio
para meditar.
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación
Por el Santo Sacrifico del Calvario el Hombre-Dios
glorifica a la Trinidad, al tiempo que salva a los hombres, resucita a los
muertos y les concede la glorificación de sus cuerpos[4]. También
en la Santa Misa se encuentra todo esto, porque tanto en el Sacrificio del
Gólgota, como en el Santo Sacrificio del altar, se encuentra Cristo santo y
santísimo, lleno de gracia, bienaventurado y glorificado en su alma. En la
Santa Misa se encuentra con su Cuerpo glorificado, como habiendo pasado ya su
misterio pascual de muerte y resurrección. Por esta razón, el efecto de este
Sacramento es “dar mucha gracia –en realidad, da a la Gracia Increada, Cristo
Jesús-, además de conceder el derecho particular a la vida eterna y a la
bienaventuranza en el Reino de los cielos, tanto para el alma, como para el
cuerpo, de cuya resurrección es causa”[5].
Un
Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por la salud e intenciones de
los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canción
de despedida: “Plegaria a Nuestra Señora de los
Ángeles”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 181.
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