Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús
Dice Jesús Eucaristía: "Y ustedes, almas queridas, ¿por qué están frías e indiferentes a Mi amor? Sé que tienen que atender las necesidades de su familia, de su casa y del mundo que los solicita sin cesar. Pero, ¿no tendrán un momento para venir a darme prueba de su amor y de su gratitud? No se dejen llevar de tantas preocupaciones inútiles y reserven un momento para venir a visitar al Prisionero del amor".
lunes, 5 de enero de 2026
sábado, 13 de diciembre de 2025
Hora Santa en reparación por ataque de endemoniado a Jesús en el Sagrario en Fennimore, Wisconsin, Estados Unidos el 060225
Inicio:
ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación
por el ataque sacrílego y satánico por parte de un hombre poseído a Jesús en el
Sagrario. Dicho ataque ocurrió en la localidad de Fennimore en Wisconsin,
Estados Unidos, el 06 de Febrero de 2025. El mismo fue registrado por la cámara
corporal de un policía que acudió ante el pedido de auxilio de los feligreses.
En la filmación puede verse cómo el poseso intenta, en repetidas ocasiones,
forzar la puerta del Sagrario, pero es repelido con violencia, por una fuerza
invisible, hacia atrás, lo cual le impide llevar a cabo la profanación del
Santísimo Sacramento. Para mayor información, consultar los siguientes enlaces:
https://www.youtube.com/watch?v=bRqsi77WSNU;
https://www.youtube.com/watch?v=GSFWiSvcCDU
Canto de entrada: “Cantemos al Amor de los amores”.
Inicio
de la Hora Santa y del rezo del Santo Rosario (misterios a elegir).
Primer
Misterio.
Si
el cristiano, luego de haber considerado las maravillas de la gracia divina, o
al menos una de ellas, como la de hacerlo partícipe de la filiación divina y de
la vida divina trinitaria; si, aun así, creyendo y comprendiendo el don
inefable de la gracia, esto no produce efecto alguno en él[1], esto se debe, sea a algo
invisible que obscurece sus ojos, sea porque los atractivos de los bienes materiales
lo tienen atrapado. Por esto mismo debemos pedir, con humildad, el don de
aprender a conocer el valor de la gracia por el aprecio que de ella hace el
mismo Dios con espíritu de fe y sumisión, haciendo nuestro el juicio de Dios.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Segundo
Misterio.
Dios
Uno y Trino, la Santísima Trinidad, en su poder, en su sabiduría, en su bondad,
no podía hacer más de lo que hizo para darnos la gracia: envió a Dios Hijo a
morir en la Cruz para darnos su Cuerpo y su Sangre en la cruz y con su Cuerpo y
su Sangre, su Vida divina trinitaria; ahora bien, para quienes vivimos en el
tiempo, la participación en la Vida divina trinitaria se verifica por medio de
la recepción de la gracia santificante, la cual nos hace partícipes de la
naturaleza, del Ser divino trinitario y de la Vida de Dios Uno y Trino y esto
es algo tan inmensamente grandioso y majestuoso, que no nos alcanzará la
eternidad para ni siquiera valorar lo que Dios Trino nos ha donado al darnos la
gracia santificante.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Tercer
Misterio.
Debido
a la dignidad infinita de su Divina Persona de Dios Hijo, la vida humana de
Jesucristo es una vida divina, es decir, es una vida humana que participa de la
vida divina, sin mezcla ni confusión, ni de la una, ni de la otra. Afirma un
teólogo: “Gracias a la infinita dignidad de su persona divina, la vida humana
de Cristo es una vida divina; no podía ser sacrificada ésta sino para comprar
otra vida divina. El Hijo de Dios no habría dado su vida, ni siquiera una gota
de su sangre, por la tierra con toda su variedad de seres vivientes, por el
cielo con todo su esplendor. Pero, de atenernos a la afirmación de los
teólogos, no se habrían malogrado la encarnación y la muerte del Hijo de Dios,
aun cuando hubieran merecido la gracia a una sola alma humana. Al ofrecer pues
su propia vida por nosotros, el Hijo de Dios quería demostrarnos que nos
conseguía la vida de hijos de Dios y que la gracia con que pretendía adornar
nuestras almas valía lo que su sangre divina. Si su vida corporal es de una
dignidad infinita, porque pertenece a una persona divina, la vida de la gracia
tiene un valor infinito, porque nos hace participantes de la naturaleza divina”[2]. La gracia tiene un “valor
infinito” a los ojos de Dios y a nuestros necios ojos, la inmensa mayoría de
las veces, ¡cuán poco valor tiene, ya que la desperdiciamos con tanta
facilidad, intercambiándola por el pecado!
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Cuarto
Misterio.
Dios
le concedió al hombre la gracia no por obligación, sino por amor y el hombre se
despojó de la misma por una vil traición. Y con un mayor amor, Dios la quiso
dispensar nuevamente, concibiendo para ello un plan tan increíble que dejó
asombrados a los mismos moradores del Cielo. Determinó que Dios Hijo se hiciera
hombre en el seno virgen de María, para tomar sobre sí las miserias y sufrimientos,
no de uno, sino de toda la humanidad, para salvarla y luego glorificarla y
divinizarla. El sacrificio de Dios, de su propia vida en la Cruz, nos habla de
cómo el mismo Dios juzga cuánto aprecio tiene Él mismo de la gracia, como para
someterse Él a semejante humillación.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Quinto
Misterio.
Entonces,
si Dios Hijo, que es la Sabiduría Increada, ha querido pagar tan caro nuestra
gracia, que nos dé vergüenza el despreciarla tan ligeramente. Sabiendo cuánto
le costó a Dios el conseguirnos la gracia, debiera ser para nosotros cosa más
terrible que el infierno el vivir un instante sin la gracia santificante. ¿Cómo
podemos, estando en pecado, dormir en paz, comer, solazarnos durante días,
semanas, meses y años? El Señor se dejó crucificar por nosotros, para
devolvernos la gracia perdida, aun más, para concedernos la gracia de la divina
filiación, que no teníamos. ¡Y nosotros la destruimos con nuestras faltas, la
sacrificamos por una sombra de vanagloria o un placer miserable! ¿Es posible
que apreciemos tan poco una cosa a la que Dios fijó un precio tan alto?
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Un
Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por las intenciones del Santo
Padre y por las Almas del Purgatorio.
Canto
de salida: “Los cielos, la tierra y el mismo Señor Dios”.
[1] https://archive.org/details/las-maravillas-de-la-gracia-divina-matias-jose-scheeen/page/30/mode/2up
[2] Cfr. Scheeben, ibidem.
lunes, 3 de noviembre de 2025
Hora Santa en reparación por horrible profanación contra el altar mayor del Vaticano 121025
Inicio:
ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación
por el horroroso ultraje cometido contra el Sacrosanto Altar Eucarístico de la Basílica
del Vaticano, ultraje ocurrido públicamente, a la vista de todo el mundo, el 12
de octubre del año 2025. En este espantoso acto satánico, un poseso, con extrema
impudicia, tuvo la diabólica impudicia de evacuar delante del altar, antes de
ser arrestado. Para mayores detalles acerca de este desgraciado hecho,
consultar el siguiente enlace:
Canto
de entrada: “Cantemos al Amor de los amores”.
Inicio
de la Hora Santa y del rezo del Santo Rosario (misterios a elegir).
Primer
Misterio.
En
el misterio de la Encarnación, en el misterio de la asunción hipostática de una
naturaleza humana por parte de la Segunda Persona de la Trinidad, es importante
considerar que no se eleva a la dignidad divina a una persona humana, sino a una
“naturaleza” humana. Sin embargo, en el caso de la Virgen, el hecho de que Ella
sea “Madre de Dios”, esa maternidad divina es una dignidad sobrenatural que no
recae sobre una “naturaleza” humana, sino que recae sobre una “persona humana”,
la persona humana de María de Nazareth, la Virgen y Madre de Dios[1]. Por esta razón, a la
maternidad divina se la puede comparar más fácilmente con la dignidad que los
hombres reciben por la gracia: tanto la maternidad divina de María Virgen, como
la gracia santificante que recibe cada ser humano, es de orden personal.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Segundo
Misterio.
El
sentido del dogma de la Inmaculada Concepción radica en el hecho de que en la
Virgen “la gracia no puede separarse de la dignidad de su maternidad divina”:
como decía en el siglo III el obispo mártir Metodio, “Dios se le unió de una
manera inseparable” a la Virgen desde su Concepción Inmaculada. Dicho en otras
palabras, esto significa que la Madre de Dios no estuvo privada ni un solo
instante de la gracia, ya que fue concebida en gracia, para ser la Madre de
Dios y Virgen Purísima al mismo tiempo y es por esta razón que, más que ninguna
otra criatura, tiene derecho a participar por la gracia de la naturaleza divina
de su Hijo. Durante nueve meses forma ella, por así decirlo, con el Hijo
concebido en su seno, una persona; son idénticos sus derechos, sus bienes, su
santidad[2]. María es la mujer que
viera san Juan en el Apocalipsis”, la que no solamente recibe la luz del sol,
sino que es revestida del mismo sol, porque lleva en su seno purísimo al Sol de
justicia, Cristo Jesús, el Hombre-Dios.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Tercer
Misterio.
La
gracia que plenifica el alma de la Virgen desde el primer instante de su
Concepción tiene la característica de ser un privilegio único concedido por la
Trinidad por sobre todas las creaturas. Puesto que estaba destinada a ser la
Madre de Dios, no podía no poseer la gracia de este modo tan especialísimo,
desde el momento en que su Hijo era el Hijo de Dios: Ella iba a ser la Madre de
Dios que era la Gracia Increada, debía, por lo tanto, ser la Madre de Dios,
creada en estado de gracia y sin la mancha del pecado original y es por esto
que es llamada por el ángel “Llena de gracia”.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Cuarto
Misterio.
Al
considerar la dignidad inigualable de María, es decir, cómo en Ella la
maternidad divina se une a la gracia y cómo la gracia a la maternidad, veremos
que nos es imposible comparar nuestra dignidad con la suya. Pero también
podemos considerar lo siguiente, sin hacer menoscabo a la Madre de Dios y es
que si consideramos únicamente la maternidad en sí misma sin relacionarla con
la gracia, podemos decir que la gracia es un bien mayor y que le confiere una
dignidad superior a la que encierra la maternidad divina. La Virgen es Madre de
Dios según la carne y así María supera infinitamente a toda criatura. Tiene el
derecho de ser amada y respetada por su Hijo, de ser venerada por los ángeles,
servida por los hombres; todo le está sometido. Sin embargo, Ella misma preferiría
estar privada de todo ello y con gusto sacrificaría los honores de la
maternidad, antes que perder la gracia. La Virgen elegiría ser por gracia hija
de Dios antes que ser Madre de Dios por naturaleza, pues sabe perfectamente que
Jesús, aun cuando la ama con amor incomparable, amaría no obstante más a otra
alma, si la hallara más rica de gracia.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Quinto
Misterio.
Esto
es lo que Nuestro Señor quiso decir cuando se le anunció la llegada de su madre
y de sus parientes. En tal oportunidad salieron de sus labios estas asombrosas
palabras: “¿Quién es mi Madre y quiénes son mis hermanos?” Y mostrando a sus
discípulos: “He aquí mi madre y mis hermanos; el que hace la voluntad de mi
Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”? Y en
otra ocasión, como una mujer del pueblo alabara a su Madre con estas palabras:
“Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”, dio esta
respuesta: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la
ponen por obra”. Esto no significa que Nuestro Señor pretendiera renegar de su
madre, ni mucho menos ofenderla: simplemente quería manifestar que ni siquiera
María podía ser digna de él, si no cumplía de un modo perfecto la voluntad del
Padre celestial, si no escuchaba su palabra y no poseía en la misma medida la
gracia de Dios. Si, por un imposible, María quedara en esto inferior a otra
alma, tendría ésta la preferencia de Jesús. De esto vemos la importancia de
cumplir, ante todo, la voluntad de Dios por encima incluso de la propia vida.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Un
Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por las intenciones del Santo
Padre y por las Almas del Purgatorio.
Canto
de salida: “Los cielos, la tierra y el mismo Señor Dios”.
[1] Cfr. https://archive.org/details/las-maravillas-de-la-gracia-divina-matias-jose-scheeen/page/28/mode/2up,
28.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem.
martes, 14 de octubre de 2025
Hora Santa en reparación por profanación a Nuestra Señora de la Merced por parte del Ayuntamiento de Barcelona 310725
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del
Santo Rosario meditado en reparación por la sacrílega profanación llevada a
cabo contra Nuestra Señora de la Merced por parte del Ayuntamiento de la ciudad
española de Barcelona. Para mayor información, consultar el siguiente enlace: https://www.youtube.com/shorts/NEFMGqkKGkk
Canto de entrada: “Cantemos al Amor de los
amores”.
Inicio de la Hora Santa y del rezo del Santo
Rosario (misterios a elegir).
Primer Misterio.
La gracia santificante, comunicada por Cristo
a nosotros a través de los sacramentos, nos concede una dignidad y
magnificencia nuevas, la dignidad y magnificencia de la divinidad que la
humanidad de Cristo posee en virtud de su unión personal con el Verbo y que a
su vez se comunica a todos los miembros del linaje, precisamente a través de la
participación por los sacramentos[1].
Recibiendo los sacramentos, recibimos la dignidad y magnificencia del Hijo de Dios,
Jesucristo y por este hecho debemos eterna acción de gracias al Señor.
Meditación.
Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.
Segundo Misterio.
Jesús, el Salvador del mundo, tiene dos
cuerpos, por así decirlo: su Humanidad Santísima, es decir, la suya propia, tal
como fue apropiada por el Verbo en su hipóstasis siendo así el Cuerpo propio
del Verbo; por otra parte, tiene el Cuerpo Místico, que son los hombres regenerados
por la gracia del Hijo de Dios encarnado. Por ser Cristo el Hijo de Dios
encarnado, es el Jefe de la humanidad, siendo
nosotros somos sus miembros y de la misma manera a como Él posee derecho a la
gracia, también tenemos nosotros por Él derecho a recibirla. De esta manera la
gracia llega a ser la propiedad del género humano, la cual es poseída por la
humanidad como un don que le viene de su Jefe divino[2].
Cristo es la Vid celestial, la Vid Verdadera, de la cual brota la Savia que es
la gracia santificante, repleta de la vida divina y así nosotros somos los
sarmientos que se nutren de esta vida divina trinitaria.
Meditación.
Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.
Tercer Misterio.
Dice así San León: “Cristiano, reconoce tu
dignidad[3];
reconoce que, como cristiano, en naturaleza y en dignidad aventajas a los
ángeles. Estos tienen parentesco con Dios, aquellos participan de la naturaleza
divina. Tú lo eres doblemente, puesto que Dios adoptó además tu naturaleza. Si
pudieran estar celosos estos espíritus santos y puros lo estarían. “Dios no
asumió ni a los ángeles ni a los arcángeles, sino la posteridad de Abrahán; se
nos ha dado mirar a Dios como a uno de nosotros; ellos no pueden alegar
semejante distinción; podemos asimismo llamarle hermano nuestro. “Serían
insensatos los que prefirieran ser más bien ángeles que hombres”, dice el
venerable monje Job”. Los ángeles, siendo superiores a nosotros en inteligencia
y naturaleza, y estando exentos los sufrimientos y de la muerte, no tienen sin
embargo a Dios Hijo Encarnado por hermano y, como dice un autor, “Aún cuando
nosotros estemos expuestos a tantas asechanzas, el honor que Dios nos hiciera
cargando con nuestra pobre naturaleza y todas nuestras miserias es como para
que nos consolemos. ¡Sería el colmo de la irreverencia despreciar tal honor!”. Y
nosotros agregamos que no solo es para nuestro consuelo, sino para rendir honor
y adoración de gracias por toda la eternidad al Cordero Bendito de Dios.
Meditación.
Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.
Cuarto Misterio.
San León continúa así: “Cristiano, esfuérzate
por no profanar tu dignidad divina. Que no se diga de un hermano de Cristo lo
que no conviene ni a un hombre ni a un ángel, sino tan sólo a un demonio.
Pertenece por entero, con todos tus pensamientos, tus palabras, tus obras, a
aquél que, entrando en nuestra carne, nos adoptó como suyos. Sigamos la
exhortación de san Juan Crisóstomo: “Honremos nuestra cabeza; consideremos
cuyos miembros somos. Procuremos aventajar en virtud a los ángeles y los
arcángeles, ya que Dios, al asumir nuestra naturaleza, la asumió por entero”.
El santo continúa explayándose en este sentido para finalizar con esta pregunta:
“¿Es posible que el cuerpo del que Él es la cabeza sea echado a los demonios y
profanado por ellos sin que ni siquiera nos conmovamos?”.
Meditación.
Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.
Quinto Misterio.
Por medio del bautismo, recibimos el carácter
sacramental, como signo y prenda de nuestra unión con Él. A partir del
Bautismo, ya no nos pertenecemos, sino que pertenecemos a Cristo pero al mismo
tiempo Cristo nos pertenece; somos verdaderamente cristianos, en el sentido de
que somos en cierta manera el mismo Cristo, puesto que formamos con Él un solo
cuerpo. Por el carácter indeleble recibido, este nos da derecho a la gracia de
Dios, puesto que el cuerpo de Cristo debe estar lleno de la vida gloriosa de
Cristo, así como el cuerpo de un hombre debe estar lleno de la vida que le da
el alma. Pero el derecho lo poseemos con la condición de comportarnos como
Cristo lo desea. El pecado es lo contrario a la vida de la gracia, la vida de Cristo;
es una gran falta, porque arroja la gracia de nuestra naturaleza; pero es mucho
mayor todavía, porque a un miembro de Cristo arrebata su vida celestial. Despreciar
la gracia, rechazarla, dejarla de lado con indiferencia y ligereza, es vendernos
al demonio y esto es tanto más culpable cuanto que dicha gracia nos pertenecía
en propiedad y cuanto que, por el carácter sacramental, teníamos la garantía de
Cristo de que ningún poder del cielo ni de la tierra sería capaz de despojarnos
de ella. San Gregorio Nacianceno nos enseña a combatir los ataques del demonio
para así preservar y perseverar en la gracia: “Si te tienta por el orgullo, si
en un instante te muestra todos los reinos del mundo como si le pertenecieran y
te los ofrece a condición de que le adores, desprecia a este miserable, confía
en el sello que llevas impreso en tu alma y dile: “Soy la imagen de Dios, pero
no como tú un caído, por el orgullo, de la gloria celestial; estoy revestido de
Cristo, adórame”. Quedará vencido con estas palabras y lleno de confusión
volverá a las tinieblas”. Si perdemos la gracia, todo está perdido para el alma.
Nuestro único temor debe ser el separarnos de Cristo; nuestro único deseo, el
unirte a Él perfectamente por la gracia. “Considerémoslo todo como sombra,
vanidad, quimera”, dice san Gregorio Niseno, “pues en comparación de la gracia
nada significa”.
Meditación.
Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria
pidiendo por las intenciones del Santo Padre y por las Almas del Purgatorio.
Canto de salida: “Los cielos, la tierra y el
mismo Señor Dios”.
[1] Cfr. Matías José Scheeen, Las Maravillas
De La Gracia Divina, 26-28.
[2] Cfr. Scheeben, Mysterien des
Christentums, c. VII: El misterio de la Iglesia y sus sacramentos.
Principalmente el $ 84: Naturaleza mística y significación del carácter
sacramental.
[3] Sermón 21, De la Navidad
del Señor, c. 3.
lunes, 16 de junio de 2025
Hora Santa en reparación por tráfico sacrílego de Hostias consagradas para ser utilizadas en misas negras o satánicas 260525
Inicio:
ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación
por el sacrílego robo, tráfico y venta de Hostias consagradas para la
realización de blasfemas “misas negras” o satánicas. Para mayores detalles,
consultar el siguiente enlace:
Canto
de entrada: “Cantemos al Amor de los amores”.
Inicio
de la Hora Santa y del rezo del Santo Rosario (misterios a elegir).
Primer
Misterio.
Con relación a la acción de la gracia, que obra
la participación del alma en la naturaleza divina, los Padres aplican a este misterio
diversas imágenes. San Atanasio, por ejemplo, compara la divinidad con el ámbar
o bálsamo, que comunica su suavidad a los objetos que toca, o también con el
sello que en la cera blanda deja grabada su imagen. A su vez, San Gregorio
Nacianceno afirma que nuestra naturaleza está íntimamente unida a Dios por la
gracia y que participa de sus propiedades, al igual que una gota de agua,
arrojada a un vaso de vino y absorbida por éste, toma el mismo color, olor y
sabor. Santo Tomás, siguiendo a san Basilio, nos evoca la imagen del hierro: por
sí mismo es duro, frío e informe, se vuelve ardiente, luminoso, flexible,
cuando se lo coloca en el fuego y éste lo penetra; es de notar que no por eso
pierde su esencia. Así, nuestro corazón, antes de recibir la gracia
santificante, es como el hierro -duro, frío, negro-, mientras que, cuando la
gracia obra sobre él, haciéndolo partícipe de la naturaleza divina, se
convierte en una brasa ardiente: maleable al Divino Amor, rojo llameante,
encendido en el fuego del Divino Amor.
Meditación.
Padrenuestro, diez
Avemarías, Gloria.
Segundo Misterio.
El que sabe que Dios es la luz más pura, el
fuego del amor eterno, comprenderá sin dificultad, cómo, al abajarse con toda
su gloria hasta su criatura y al admitirla en su seno sin aniquilarla, la puede
penetrar de su luz y de su ardor, hasta el punto de hacer desaparecer su
poquedad natural y su debilidad, de suerte que parezca quedar completamente
absorbida en Dios[1].
Es decir, Dios es Luz Eterna; esa Luz Eterna brilla con todo su resplandor en
la Sagrada Eucaristía y cuando comulgamos, no solo recibimos a esa Luz Eterna,
sino que somos convertidos, por participación, en Luz Eterna. De la “nada más
pecado” que somos, pasamos a ser partícipes de la luz y de la santidad divina
trinitaria. Así es la maravillosa acción de la gracia santificante en el alma,
que convierte a nuestras almas, que en sí mismas son tinieblas, en Luz Eterna
por participación.
Meditación.
Padrenuestro, diez
Avemarías, Gloria.
Tercer Misterio.
Para darnos una idea del valor de la gracia y de
lo que perdemos con el pecado mortal, tomemos el siguiente ejemplo: supongamos
que Dios resume en un solo hombre todas las maravillas de la creación, y así este
hombre es más fuerte que el león, más bello que la aurora y que las flores del
campo, más refulgente que el sol, más radiante que los querubines. Ahora supongamos
que este hombre tan afortunado arriesga todos estos bienes en una jugada de
dados. ¿Quién contemplaría sin estremecerse tamaña locura, semejante
ingratitud? ¡Y nosotros vendemos nuestra intimidad con Dios, vendemos el
esplendor del sol divino, la fuerza de las virtudes divinas a la carne
miserable, hija de la corrupción, hermana y madre de gusanos! ¡Qué pensar ante
un hecho tan desolador y por desgracia repetido a diario! Por eso, ante el
pecado mortal de un solo hombre, los ángeles del cielo lloran, por así decirlo,
lamentando tamaña insensatez. ¡Que Nuestra Madre, la Virgen de la Eucaristía,
nos conceda la gracia de morir antes de cometer un pecado mortal o venial
deliberado!
Meditación.
Padrenuestro, diez
Avemarías, Gloria.
Cuarto Misterio.
Aquellos que, por la acción de la gracia
santificante, tienen puros los ojos y el alma sana, procuren de guardar con celo
y honor tan altísima dignidad; por la gracia de la filiación divina, tienen el
ineludible deber de amar con todas las fibras de su corazón a su Padre, el
Padre de las luces. Si los planetas pudieran darse cuenta de su belleza, se
mostrarían sumamente reconocidos al sol, ya que gracias a la luz recibida de él
se convirtieron en su imagen resplandeciente. Un príncipe profesa amor a sus
antepasados, un hijo a su padre, cada cual a su semejante. ¿Y por qué nosotros,
los católicos, convertidos en hijos de Dios por la gracia de la filiación no elevamos,
desde nuestra nada, el sentimiento de parentesco y semejanza hacia nuestro
Padre Dios?
Meditación.
Padrenuestro, diez
Avemarías, Gloria.
Quinto Misterio.
Como católicos, como hijos de Dios, debemos
tener un aprecio por nuestra dignidad de hijos de Dios, que el que los
filósofos paganos, esclarecidos por la razón, de la dignidad humana. Para los grandes
filósofos pre-cristianos, como Aristóteles, Platón, Sócrates, el hombre
constituía una maravilla, la médula, el corazón del mundo, el rey de la
creación y tenían razón en hacer estas consideraciones, puesto que esa es la
realidad. Entonces, si el hombre a la luz de la razón aparecía tan grande, ¿qué
será a la luz de la fe? Abramos los ojos de nuestra alma y sigamos el aviso de San
Juan Crisóstomo: “Os ruego y os suplico que no permitáis que los más bellos
dones del cielo (aquéllos que hemos recibido por la gracia de Cristo) aumenten
a causa de su misma grandeza, el pecado de nuestra negligencia”. Pidamos a
Nuestra Madre del Cielo, Nuestra Señora de la Eucaristía, que interceda por
nosotros para que no seamos víctimas de nuestra propia negligencia, como nos
advierte San Juan Crisóstomo y para que siempre tengamos en tan alta estima a
la gracia santificante, que elijamos siempre morir antes que perderla por el
pecado mortal o venial deliberado.
Meditación.
Padrenuestro, diez
Avemarías, Gloria.
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria
pidiendo por las intenciones del Santo Padre y por las Almas del Purgatorio.
Canto de salida: “Los cielos, la tierra y el
mismo Señor Dios”.
[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las
maravillas de la gracia divina, Editorial Herder, Barcelona 1051 16.
miércoles, 14 de mayo de 2025
Hora Santa en reparación por profanación de iglesia católica al bendecir a practicantes de vudú en el templo San Pablo, Brasil 260125
Inicio:
ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación
por la profanación de un templo católico en San Pablo, Brasil, por parte de un sacerdote
católico, al impartir de modo inadecuado -y por lo tanto, cometiendo un
sacrilegio- a practicantes de una espiritualidad satánica como es el vudú.
Canto de entrada: “Oh, Buen Jesús, yo creo firmemente”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación.
Cuando
observamos la diversidad de las criaturas, vemos que unas son más perfectas que
otras, de manera que todas forman una escala armónicamente graduada en cuyo
término Dios ocupa el único lugar transcendente. Hay cuerpos sin vida, como las
piedras y los metales; otros poseen una vida primitiva, como las plantas; luego
los animales tienen además sensibilidad y movimiento; finalmente, el hombre
posee la razón, mediante la cual puede conocer y amar seres que carecen de
cuerpo. Sobre el hombre se encuentran los espíritus puros, invisibles a nuestra
vista, cada uno de los cuales tiene su perfección propia; a estos seres los
llamamos “ángeles” y estos se dividen a su vez en ángeles caídos, los que se
rebelaron contra la Santísima Trinidad y los ángeles de Dios, los que se mantuvieron
fieles. Por último, en un puesto infinitamente más elevado se encuentra la
naturaleza divina; ninguna criatura se le parece en espiritualidad; ninguna
tiene en sí capacidad para contemplar a Dios tal como es, ni de sumergirse en
él por el amor. Comparadas con el sol divino, las otras naturalezas no pasan de
ser tinieblas y son incapaces de reflejar naturalmente la perfección divina[1].
Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Segundo Misterio.
Meditación.
Esta
naturaleza divina, por el infinito poder de su caridad, atrae a la nuestra, la
adopta en su seno por la gracia, sumergiéndola como se sumerge el hierro en el
horno. Es por esta acción de la gracia, recibida en el Bautismo Sacramental,
que pertenecemos a la raza de Dios, como la palmera al reino vegetal y el león
al animal. Por increíble que pueda parecer y aunque no seamos capaces de entenderlo
-y tampoco de agradecerlo como se debe-, por la gracia conseguida por el
Sacrificio en Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, la promesa divina, “Seréis como
dioses”[2], se hace realidad, puesto que
la gracia nos diviniza, sublimando nuestra naturaleza humana en partícipe de la
naturaleza divina.
Un
Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación.
Si
Dios eligiera, de entre todos los hombres y todos los ángeles, una sola alma
para comunicarle el resplandor de la dignidad divina, esta alma haría palidecer
la hermosura del sol, de la naturaleza entera y de todos los espíritus puros;
dejaría sin palabras y llenos de admiración, no sólo a los mortales, sino hasta
a los mismos ángeles, quienes se verían como tentados de adorarla, como si
fuera el mismo Dios en persona. Siendo esto así en la realidad, por la gracia santificante,
¿cómo es posible que hagamos tan poco caso de este mismo bien, siendo así que
se nos dispensa con tanta prodigalidad? ¿Cómo puede ser que no solo la ignoremos
a la gracia, sino que tengamos preferencia por su exacto opuesto, el pecado? ¿Puede
ser posible tanta ingratitud por parte nuestra?
Un
Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación.
Cuando
queremos conseguir algo, ya sea por ambición, o por amor propio, o por deseo de
alcanzar dinero o vanagloria mundana, no dejamos esfuerzo por hacer, para acercamos
a aquellos que el mundo llama “grandes”. Y, sin embargo, ¡despreciamos la
intimidad de Dios, la participación en el gozo y en el Amor Divino que Dios nos
concede con tanta liberalidad! También sucede que cuando alguien es echado del
consejo del rey queda avergonzado e inconsolable. Sin embargo, es inconcebible que
para nosotros no resulta en absoluto, ni una amarga pérdida, ni mucho menos una
herida incurable el vernos privados, por el pecado mortal, de la compañía de
Dios, del Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón, el no pertenecer ya a
su raza, el ser expulsado de su familia. De hecho, Dios mismo desprecia al que
desprecia la comunión con su bondad, con su divinidad; semejante hombre se hace
enemigo de su propio honor, de su razón, de sí mismo y de Dios. esta ingratitud
de nuestra parte se hace todavía más agraviante para con Dios cuando sabemos,
porque así nos dicen los teólogos que, al concedernos la gracia, Dios no solo
nos comunica la dignidad divina sino también la perfección divina y es por esta
gracia que nuestra alma se parece sobrenaturalmente a Dios.
Un
Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación.
Las
palabras de San Cirilo de Alejandría, en relación a qué tipo de acción
divinizante realiza la gracia santificante en nuestras almas, son contundentes.
Dice así el santo: “Somos participantes de la naturaleza divina por la unión
con el Hijo y el Espíritu Santo; no sólo de nombre, sino en realidad, cuantos
hemos creído somos semejantes a Dios, pues hemos sido revestidos de una beldad
que sobrepasa la de cualquier criatura. Cristo se ha formado en nosotros de una
manera inefable y no como una criatura en otra, sino como Dios en la naturaleza
creada, transformando, por el Espíritu Santo, la creación, esto es, a nosotros
mismos, en su imagen, elevándola a una dignidad sobrenatural”. Es decir, la
gracia nos hace real y verdaderamente participantes de la naturaleza divina
trinitaria, nos hace semejantes a la Trinidad, haciendo de nosotros nuevas
creaturas. De esto resulta inconcebible e incomprensible que despreciemos e
ignoremos a la gracia santificante que nos comunican los Santos Sacramentos. Hagamos
el propósito, si por lo pronto no reconocemos y agradecemos el don del infinito
Amor Divino que la gracia implica, de al menos apreciar este don y elevar
plegarias de adoración a la Santísima Trinidad por un don tan inefable y tan
inmerecido de parte nuestra.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro
y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “La Virgen María nos reúne en Nombre del Señor”.
Un
Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo por las intenciones del
Santo Padre.
[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las
maravillas de la gracia divina, Editorial Herder, Barcelona 1051 16.
[2] Cfr Jn 10, 34.
sábado, 15 de marzo de 2025
Hora Santa en reparación por misa negra realizada para consagrar a Satanás al Capitolio de Kansas, EE.UU., el 280325
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario
meditado en reparación y desagravio por la misa negra satánica programada por el
grupo satanista “The Satanic Grotto”, cuyo objetivo es “consagrar el Capitolio
a Satanás”. En el evento, denominado por sus organizadores “Black
Mass Capitol”, se realizarán rituales blasfemos y se proclamará la siguiente
consigna: “Dios caerá y Kansas será abrazado por la llama negra de Lucifer”.
Puesto que toda misa negra satánica y toda alabanza al Ángel caído es una grave
ofensa al Hombre-Dios Jesucristo, el Único Dios a quien se debe honor,
adoración y alabanza, consideramos inaceptable este evento sacrílego y
proponemos realizar esta Hora Santa en reparación por el mismo. Para mayor
información acerca del evento programado por el grupo satanista, consultar el
siguiente enlace:
https://www.facebook.com/events/1572332443394459/?acontext=%7B%22event_action_history%22%3A[]%7D
Canto de entrada: “Oh, Buen Jesús, yo creo firmemente”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio
(misterios a elección).
Meditación.
Nunca debemos apartarnos de la vida sacramental, es
decir, de la recepción de los Santos Sacramentos de la Iglesia Católica, puesto
que los mismos nos conceden la gracia santificante y, por la gracia, nos
hacemos partícipes de la naturaleza divina y esta participación nos hace
semejantes a Dios[1].
Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Segundo Misterio.
Meditación.
Según afirman los teólogos, en todos los seres se verifica
una participación de la naturaleza divina. Todos ellos se asemejan a Dios más o
menos en su vida, en sus fuerzas o en su actividad y manifiestan así la gloria
divina. De igual manera que el Apóstol, podemos también nosotros contemplar la
gloria invisible de Dios en las cosas creadas. Por ejemplo, en la majestuosidad
del león, si bien de manera infinitamente remota, nos podemos dar una idea de
la infinita majestuosidad del León de Judá, Cristo Jesús.
Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Tercer Misterio.
Meditación.
Ahora bien, las cosas creadas, aun cuando sean
maravillosas por haber sido creadas con la sabiduría, la perfección y el amor
de la Trinidad, son solo una débil expresión de la gloria de Dios: los vestigios
que dejan tras de sí podríamos compararlos con a la huella dejada por el pie
del hombre en tierra blanda. Esa huella acusa el paso del hombre: no pasa de
ser una imagen de su pie; no refleja la naturaleza del hombre. De manera
análoga sucede con la Creación: Dios es espíritu; los seres materiales, como obras
de sus manos, le dan gloria, proclaman su sabiduría y su poder, pero no
representan su naturaleza. Podemos entonces preguntarnos: si una simple huella
de Dios, es tan magnífica y deslumbrante, ¿cómo será Aquel que dejó la huella?
Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Cuarto Misterio.
Meditación.
Algo distinto sucede con nuestra alma y con los
ángeles, que son espíritus puros, puesto que contienen ya una cierta imagen de
la naturaleza divina, desde el momento en que son racionales, espirituales,
libres. Sin embargo, estas naturalezas son finitas, sacadas de la nada, de una
especie del todo distinta de la naturaleza divina. Vienen a ser algo así como
la imagen de un hombre que en el lienzo reproduce un artista: dicha imagen no
nos hace ver la figura, los rasgos, el color de la persona representada;
siempre será inferior a la imagen reproducida por un espejo, puesto que la
persona aparece aquí con su verdadero aspecto, su verdadera luz, con toda su
belleza, su frescura, su vida. Del mismo modo, la naturaleza racional es del
todo semejante a la divinidad, cuando se convierte en espejo inmaculado, cuando
la refleja en toda su belleza. Penetrada y glorificada por el ardor divino, queda
como transformada en Dios, queda verdaderamente deificada, divinizada, como un
cristal que concentra los rayos solares, como el parhelio[2],
imagen del sol.
Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Quinto Misterio.
Meditación.
Cuando decimos que nuestra alma participa de la
naturaleza divina afirmamos que recibe la condición propia de Dios: en tal
forma se vuelve semejante a su Creador que puede decirse, con los Padres, que
está verdaderamente divinizada. Escribe San Dionisio: “La divinización es la
asimilación y la unión más íntima posible con Dios”. Otro tanto nos enseña San
Basilio: “El Espíritu Santo es fuente de un gozo sin fin que consiste en la asimilación
de Dios. ¡Convertirse en Dios! Nada puede apetecerse de más bello”. No se trata
pues de una identificación de nuestra sustancia con la sustancia divina, ni de
una unión personal, hipostática, como la de Cristo, sino de una transfiguración
de nuestra sustancia en la imagen de la naturaleza divina. De consiguiente para
ello no hace falta que nos convirtamos en dioses falsos. Lo que Dios es por su
naturaleza nos hacemos nosotros por gracia, por participación: somos su imagen
sobrenatural, un reflejo de la gloria propia de Dios[3]. Y
esto lo tenemos al alcance de los Sacramentos. ¡No nos alejemos nunca de los Santos
Sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía!
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor
Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los
ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente
ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del
Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.
Amén”.
Canto final: “La Virgen María nos reúne en Nombre
del Señor”.
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo
por las intenciones del Santo Padre.
[1] Cfr. Matías José Scheeben, Las maravillas de la gracia divina,
Editorial Desclée de Brower, Buenos Aires 1951 29.
[2] Fenómeno meteorológico que
consiste en la aparición de manchas de luz en los puntos de intersección de un
halo circular con otros arcos luminosos (Enciclopedia Universal Herder).
[3] Cfr. Scheeben, ibidem, 30.






