Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y
el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el ataque vandálico
sufrido por la Catedral de la Ciudad de México en la marcha feminista y
pro-abortista del 8 de marzo de 2020. Para mayores datos, consultar el
siguiente enlace:
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido
perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres
veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor
Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los
ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente
ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del
Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.
Amén”.
Canto inicial: “Tantum ergo, Sacramentum”.
Inicio del rezo del Santo Rosario meditado. Primer
Misterio (a elección).
Meditación.
La
Divina Presencia Real de Jesús en nuestros sagrarios siempre ha sido objeto de
inmensa reverencia por parte de los santos. Su delicadeza amorosa, virginal,
por las “cosas de Jesús” (1 Cor 7,
32) era una de las expresiones más evidentes de su gran amor que no admitía
reservas, que consideraba todo de gran importancia, incluso una cosa de simple
rito externo por la que Santa Teresa y San Alfonso decían estar dispuestos a
sacrificar la vida misma[1]. Como
los santos, debemos aprender a amar y reverenciar la Casa de Jesús, su Iglesia.
Silencio
para meditar.
Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Es de
los santos también de quien debemos aprender a amar a Jesús, rodeando de
atenciones afectuosas los santos sagrarios, los altares y las iglesias, que son
“Sus” casas (Mc 11, 17). Todo debe
expresar decoro. Todo debe inspirar devoción y adoración. También las cosas
pequeñas, hasta lo accidental. Nada será demasiado cuando se trata de amar y de
honrar al “Rey de la Gloria” (Sal 23,
10). Si se piensa en rituales antiguos, por ejemplo, exigían agua perfumada
para el lavatorio de los dedos del sacerdote en la Santa Misa[2].
Silencio
para meditar.
Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Jesús
mismo quiso instituir el Sacramento del Amor en un lugar noble y bello: el
Cenáculo, una gran sala con adornos y alfombras (cfr. Lc 22, 12). Y los santos han sido siempre muy celosos del decoro de
la Casa de Dios, porque como enseña Santo Tomás de Aquino, hace falta primero
cuidar del Cuerpo Real de Jesús y después, de su Cuerpo Místico[3].
Silencio
para meditar.
Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
San Francisco
de Asís llevaba consigo una escoba, para barrer las iglesias que no encontraba
limpias; después de predicar al pueblo reunía al clero y les recomendaba el
celo por el decoro de la Casa del Señor; encargaba a Santa Clara los manteles
sagrados para los altares y enviaba copones, cálices y toallas a las iglesias
pobres y abandonadas. Cuando San Pedro Julián Eymard debía empezar la Adoración
Eucarística en una casa pobre y abandonada, sentía siempre tanta pena por ello
que exclamaba enseguida: “¡Oh! ¡Cuánto me ha costado alojar al Señor tan
pobremente!”[4].
Silencio
para meditar.
Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
De la vida de San Juan Bautista De La Salle sabemos
que el santo quería ver la capilla limpia y adornada siempre, el atar en
perfecto orden, la lámpara eucarística siempre encendida. Las toallas sucias,
los ornamentos rotos, los vasos poco limpios, no le agradaban en nada al santo.
Ningún gasto le parecía excesivo cuando se trataba del culto de Jesús. Y San
Pablo de la Cruz quería tan limpios los ornamentos y objetos sagrados, que no
usaba, por ejemplo, corporales que no estuvieran lo suficientemente limpios[5].
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.
[1] Cfr. Stefano María Manelli,
Jesús, Amor Eucarístico, Testimonios
de Autores Católicos Escogidos, Madrid 2006, 120.
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