Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y
el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el ultraje sufrido por la
Madre de Dios durante una marcha feminista pro-aborto en la ciudad de Salta,
Argentina. Para mayores detalles del lamentable hecho, consultar el siguiente
enlace:
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido
perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres
veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor
Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los
ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente
ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del
Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.
Amén”.
Canto inicial: “Tantum ergo, Sacramentum”.
Inicio del rezo del Santo Rosario meditado. Primer
Misterio (a elección).
Meditación.
De
entre los reyes y nobles, hubo a lo largo de la historia numerosos y devotos
amantes de la Eucaristía; entre ellos, se destaca San Wenceslao, rey de
Bohemia, quien se encargaba él mismo de preparar las hostias para consagrar:
preparaba el terreno, sembraba el grano, lo cosechaba, lo molía, lo tamizaba y
con la flor de la harina preparaba las hostias para el Santo Sacrificio. Y Santa
Radegund, reina de Francia, quien luego se consagró como religiosa, era feliz
de poder moler con sus manos el trigo seleccionado para las Santa Misas y lo
entregaba gratuitamente a las iglesias pobres[1].
Silencio
para meditar.
Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
A su
vez, Santa Vicenta Gerosa, que se encargaba de la viña para el vino de las
Santas Misas, la cultivaba y podaba con sus propias manos, feliz de pensar que
aquellos racimos de uva cuidados por ella se convertirían en la Sangre de Jesús
por el milagro de la Transubstanciación. Y como muestra de su amor por la
Eucaristía, los santos expresaban una gran delicadeza hacia las Especies
eucarísticas. Su fe en la Presencia Real de Jesús incluso en el fragmento más
pequeño de la Hostia era intacta. Bastaba ver al Padre Pío la fina delicadeza
con que purificaba la patena y los vasos sagrados en el altar[2].
Silencio
para meditar.
Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Una
vez, Santa Teresita vio un pequeño trozo de una Hostia sobre la patena después
de la Santa Misa; entonces llamó a las novicias y en procesión llevó la patena
a la sacristía, adorando la Partícula con ardoroso fervor. Y Santa Teresa
Margarita, habiendo encontrado un fragmento de Hostia cerca del altar en el
suelo, se puso en adoración junto al fragmento hasta que llegó un sacerdote
para recogerlo y colocarlo en el sagrario[3].
Silencio
para meditar.
Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Una vez
se le cayó inadvertidamente de las manos a San Carlos Borromeo, mientras
distribuía la Comunión, una Partícula sagrada. El santo se tuvo por culpable de
grave irreverencia a Jesús y para reparar lo que él consideraba su falta, se
impuso una penitencia de ocho días de ayuno. San Francisco Javier, a veces, al
distribuir la Santa Comunión, experimentaba un sentimiento de adoración tan
grande hacia Jesús entre sus manos que se ponía de rodillas para dar la
Comunión a los fieles[4].
Silencio
para meditar.
Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
A San
Conrado de Constanza le sucedía que de noche se le iluminaban los dedos pulgar
e índice por la fe y el amor con que los usaba al tocar el Cuerpo Santísimo de
Jesús. San José de Cupertino manifestaba su exquisita delicadeza de amor a
Jesús en su deseo expreso de tener otro par de dedos índice y pulgar sólo para
poder tocar la Carne Santísima de Jesús. Y San Pío de Pietralcina, a veces
tomaba delicadamente la Hostia Santa entre sus dedos, considerándose indigno de
tocarla con sus manos estigmatizadas[5]. Hoy,
lamentablemente, se toma con mucha ligereza la Sagrada Comunión, sin pensar en
la Presencia Real, Verdadera y Substancial de Nuestro Señor Jesucristo en el
Santísimo Sacramento del altar.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido
perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres
veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.
[1] Cfr. Stefano María Manelli,
Jesús, Amor Eucarístico, Testimonio
de Autores Católicos Escogidos, Madrid 2006, 121.
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