Los colectivos "chavistas-maduristas", eufemismo por "bandas de comunistas delincuentes armados" perpetraron una profanación contra la
Iglesia Parroquial Nuestra Señora de Guadalupe,
en la localidad de Maracaibo, Venezuela, provocando destrozos, profanando el Santísimo Sacramento y dejando heridos a más de quince fieles. Condenamos y repudiamos este otro lamentable hecho a manos del régimen narco-comunista que ha usurpado el poder en Venezuela desde hace veinte años.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y
el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el brutal atentado
perpetrado por la secta comunista chavista contra la iglesia Nuestra Señora de
Guadalupe en Maracaibo, Venezuela. Los pormenores y el vídeo acerca de este
lamentable hecho se pueden encontrar en el siguiente enlace:
Canto
inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
Para describir la acción sobrenatural –invisible y, en
la mayoría de los casos, no percibida por los sentidos- que se verifica en la
comunión eucarística, los santos han acudido a repetidas figuras, tomadas de la
vida cotidiana, tales como por ejemplo, el agua. Así, por ejemplo, San Cirilo
de Alejandría, Padre de la Iglesia, utiliza la imagen del agua que hierve para describir la
fusión de amor que se produce con Jesús Sacramentado[1]: “El
que comulga está santificado, divinizado en su cuerpo y en su alma a la manera
del agua que, puesta sobre el fuego, hierve…”. Es decir, para el santo, el alma
que comulga recibe tanto calor del Amor del Corazón Eucarístico de Jesús, que
es como si su corazón estuviera en ebullición en el agua hirviendo.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La presencia
de todo un Dios en el alma no puede ni debe pasar desapercibida. Quien comulga
la Eucaristía y a los segundos ya está pensando en cosas mundanas, lo único que
demuestra es que, o pensó que comulgaba un poco de pan y no merecía mayor
atención, o si pensó que era a Dios a quien comulgaba, también decidió que no
merecía mayor atención. De todas maneras, comulgar así es, de parte del cristiano,
cuanto menos, una irreverencia y una muestra de desagradecimiento. Los santos
eran bien conscientes de que la acción de gracias luego de la comunión debía
ser no solo prolongada en el tiempo, sino intensa en la misma acción de
gracias. Algunos santos hacían acción de gracias de una hora de reloj. Al respecto,
Santa Teresa de Jesús, decía así a sus hermanas en religión: “Entretengámonos
cariñosamente con Jesús y no perdamos la hora que sigue a la comunión: es un
tiempo excelente para tratar con Dios y para presentarle los intereses de
nuestra alma… Porque sabemos que Jesús bueno se queda con nosotras hasta que el
calor natural haya consumido los accidentes del pan, debemos tener gran cuidado
en no perder tan bella ocasión de tratar con Él y presentarle lo que
necesitamos”.
Un
Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Todavía
más, siempre conscientes de la presencia del Señor Jesús en el alma como efecto
de la comunión, y convirtiendo sus corazones en otros tantos sagrarios
vivientes en los que adoraban a Jesús Eucaristía, santos como San Juan de
Ávila, San Ignacio de Loyola y San Luis Gonzaga hacían la acción de gracias, de
rodillas, durante dos horas. Santa María Magdalena dei Pazzi, hacía acciones de gracia tan largas, que con frecuencia
pasaba por alto los horarios de las comidas en comunidad y decía: “Los minutos
que siguen a la comunión son los más preciosos que tenemos en la vida; los más
adecuados de nuestra parte para tratar con Dios y de parte de Dios, para darnos
su Amor”. Los santos no se quedaban ni dormitando, ni pensando en banalidades,
luego de la comunión: convertían sus corazones en sagrarios vivientes y allí
continuaban adorando a Jesús Eucaristía, tal como lo hacían antes de la
comunión.
Un
Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Muchos cristianos, inmediatamente después de comulgar,
se olvidan por completo qué es lo que acaban de hacer y, como si de
desmemoriados se tratara, comienzan a pensar en cosas mundanas y banales. Tal
como si no hubieran comulgado o como si hubieran ingerido un poco de pan. Muchos
también muestran la misma actitud cuando, apenas finalizada la misa, salen a
toda prisa para continuar con sus tareas habituales, como si el Dios del
universo no hubiera entrado en sus almas. San Felipe Neri, para hacer ver la
importancia que tiene un alma cuando comulga, hacía acompañar de dos
monaguillos con velas encendidas a los que, habiendo comulgado, salían de la
iglesia inmediatamente después de comulgar. Cuando alguien invita a un huésped
a su casa –y más todavía, si ese huésped es distinguido-, no se es descortés
con él, dejándolo sólo en la sala de recepción, para ir al jardín a dar de
alimentar las mascotas. No, cuando llega un huésped, se busca de tratarlo de la
mejor manera posible, de modo que el huésped se sienta a gusto en casa. Hay santos
que dicen que muchos han recibido a huéspedes y en realidad eran ángeles.
¡Cuánta más atención debemos prestar a nuestro Huésped de honor, Cristo Jesús,
cuando por la comunión ingresa en esa casa que es nuestra alma! ¿Lo dejaremos
sólo, mientras nos entretenemos en pensamientos mundanos o, por el contrario,
nos quedaremos con Él, dándole muestras de acción de gracias, de amor y de
adoración, por haberse dignado a visitar nuestras humildes moradas?
Un
Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Hay un motivo más para hacer una acción de gracias más
prolongada y esto es de interés de nuestra parte: Santa Teresa de Ávila decía
que Jesús “devuelve el céntuplo de la recepción que se le hace”. Es decir,
puesto que “Dios no se deja ganar en generosidad”, tampoco se deja ganar, ni en
el tiempo que le dediquemos luego de la comunión, ni en el escaso amor que
seamos capaces de prodigarle ante su Presencia. Una vez, un compañero del Padre
Pío de Pietralcina contó que un día fue a confesarse con el santo, acusándose,
entre otras cosas, de que había omitido la acción de gracias en la Santa Misa
por causa de una obligación de su ministerio. El Padre Pío, benévolo cuando
escuchaba otras faltas, se puso muy serio cuando oyó ésta, con el rostro
sombrío y dijo con una voz firme: “Tengamos cuidado de que el no-poder no sea
el no-querer. ¡La acción de gracias la debes hacer siempre, si no lo pagarás
caro!”. Que esta suave reprimenda del Santo Padre Pío a este fraile, sea
también para nosotros: no descuidemos la acción de gracias, convirtamos
nuestros corazones en otros tantos altares eucarísticos en donde sea colocado
Nuestro Señor Jesucristo, y adorémoslo allí todo el tiempo necesario, luego de
la comunión.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.
[1] Cfr. Stefano Maria Manelli,
Jesús, Amor Eucarístico, Testimonios
de Autores Escogidos, Madrid 2006, 70.