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Inicio:
ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por las
profanaciones eucarísticas ocurridas en la JMJ llevadas a cabo en Panamá, en
enero de 2019. Numerosos reportes, como el citado abajo, indican que muchas
Hostias consagradas finalizaron en el suelo. Para reparar por estas ofensas y
sacrilegios, es que ofrecemos esta Hora Santa. El relato acerca de este
infortunado suceso puede encontrarse en el siguiente enlace:
Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión
de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
Los
Padres de la Iglesia llamaban a Jesús “Carbón ardiente” o “ántrax”, puesto que
consideraban que su Humanidad, al contacto con el fuego de su Divinidad, en el
momento de la Encarnación, quedó incandescente por este fuego, así como la
brasa queda incandescente por las llamas. El nombre, además de adecuado para
expresar la realidad de la Encarnación –la Humanidad queda envuelta en las
llamas de la Divinidad- sirve también para, por analogía, describir lo que
sucede verdaderamente en el alma –y no en sentido metafórico- cuando el alma
comulga en gracia, con piedad, fervor y amor: así como la madera se convierte
en brasa ardiente al contacto con el fuego, así el alma, al caer sobre ella al
menos una ligerísima chispa del fuego que envuelve al Sagrado Corazón
Eucarístico de Jesús, así queda convertida, en leño y carbón que era, en una
brasa ardiente en el Amor Divino. Pidamos siempre la gracia, a Nuestra Señora
de la Eucaristía, de que nuestros pobres corazones, oscurecidos por el pecado y
la nada de nuestro ser, sean como el pasto seco, como la leña o el pasto seco
que, al contacto con una chispa del Amor Divino del Sagrado Corazón Eucarístico
de Jesús, se enciendan al instante en ese Fuego de Amor.
Un
Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Cuando
el alma comulga –en estado de gracia, con piedad, con fervor y, sobre todo, con
amor-, se une de tal manera al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que puede
decirse que se fusiona y se hace una sola cosa con Él, así como el hierro,
penetrado por el fuego, se vuelve incandescente y se vuelve una sola cosa con
él. Para expresar la realidad que sobreviene al alma –una realidad que es un
misterio, pero no por eso es menos real-, San Vicente Ferrer utilizaba tres
imágenes para ilustrar esta fusión de amor con Jesús en la comunión: “El que
comulga está santificado, divinizado en su cuerpo y en su alma a la manera del
agua que, puesta sobre el fuego, hierve… La Comunión actúa como la levadura,
que metida dentro de la masa de harina la fermenta toda… De la misma manera que
calentando juntos dos pedazos de cera, la cera de ambos se convertirá en una
sola masa de cera, así creo yo que quien se alimenta de la Carne y la Sangre de
Jesús, queda fundido de la misma forma con Él y se encuentra que está él en
Cristo y Cristo en él”.
Un
Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Los
santos se referían a sí mismos como “nada más pecado”: es decir, consideraban
que nuestra humanidad, con todos sus dones –el alma inmortal y sus potencias,
como la inteligencia y la voluntad, más el cuerpo, con toda la perfección de su
funcionamiento-, eran “nada” en comparación con la Perfección absoluta del Ser
divino trinitario. Pero no sólo era “nada”, sino que lo consideraban además como
“pecado”, por haber sido contaminada toda persona humana por la peste del
pecado original y es por eso que decían de ellos que eran “nada más pecado”. Y
si los santos, que eran santos, se consideraban así a sí mismos, ¡cuánto más a
nosotros nos corresponde calificarnos como “nada más pecado!”. Ahora bien,
Dios, que no es que desconozca esta realidad, no vacila, movido por el infinito
Amor de su Misericordia, en unirse a nosotros, “nada más pecado”, por la
comunión eucarística. Siempre que estemos en estado de gracia, es decir, que
rechacemos el pecado con todas nuestras fuerzas y nos veamos efectivamente
libres de él por la gracia, Dios no rehusará unirse a nosotros, a pesar de que
somos “nada más pecado”. ¡Es un incomprensible misterio de Amor Divino!
Un
Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Por
esta razón, Santa Gema Galgani se mostraba asombrada por la unión que se
producía entre el Dios de la Eucaristía y el alma, que es “nada más pecado” y
decía: “Jesús todo y Gema nada”[1].
Ella, que era una santa y una de las más grandes santas de los últimos tiempos,
se consideraba a sí misma como “nada”. ¡Cuánto debemos aprender de los santos!
También Gema exclamaba extasiada, cuando contemplaba este misterio: “¡Cuánta
dulzura, Jesús, en la Comunión! ¡Quiero vivir abrazada contigo, contigo
abrazada quiero morir!”. A su vez, otro santo, el beato Contardo Ferrini,
escribía: “¡La comunión! ¡Oh, dulces caricias del Creador con la creatura! ¡Oh,
inefable elevación del espíritu humano! ¿Qué cosa tiene el mundo que se pueda
comparar con estas alegrías purísimas del Cielo, con estas muestras de la
gloria eterna?”. Cada comunión eucarística es “una muestra de la gloria
eterna”. ¿Dejaremos pasar nuestras comuniones, una tras otra, como si sólo consumiéramos
un trocito de pan y no la substancia divina de la Persona del Hijo de Dios?
¿Seguiremos tratando a la Eucaristía como a un inerte trocito de pan, siendo el
Hijo de Dios en Persona, que viene a nuestra “nada más pecado”, sólo para
darnos su Divino Amor?
Un
Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Cuando
comulgamos, rara vez nos ponemos a considerar que la Eucaristía es obra de Dios
Uno y Trino[2]
y que, por lo que se llama “circunmiseción”, donde está una Persona divina,
están las otras. Esto quiere decir que, si bien en la Eucaristía está Presente
en Persona, el Hijo de Dios, esto es, la Segunda Persona de la Trinidad, están
también presentes el Padre y el Hijo. Pero consideremos la primera idea: la
Eucaristía es obra de la Santísima Trinidad: en efecto, Dios Padre es quien
pide a Dios Hijo que se encarne en el seno purísimo de María para morir en cruz
y donarnos el Espíritu Santo a través de su Corazón traspasado, el Viernes
Santo, con lo que la muerte de Cristo y el don del Espíritu es una obra de la
Trinidad; ahora bien, como en la Santa Misa se renueva incruenta y
sacramentalmente el Santo Sacrificio de la Cruz –es el mismo y único sacrificio
de la Cruz, renovado bajo los velos sacramentales-, también podemos decir que
la Santa Misa y la Eucaristía son dones de la Santísima Trinidad. De esto eran
conscientes los santos: un día, Santa María Magdalena dei Pazzi, después de la comunión, arrodillada entre las novicias,
con los brazos en cruz, abrió los ojos al cielo y dijo: “Hermanas, si
comprendiéramos que el tiempo que duran en nosotros las especies eucarísticas,
Jesús está presente y actúa en nosotros inseparablemente con el Padre y el
Espíritu Santo y que, por tanto, es toda la Trinidad Santísima…”, sin poder
terminar de hablar, porque fue arrebatada en un éxtasis de amor sublime. Demos
gracias a la Santísima Trinidad por cada Eucaristía, porque cada Eucaristía es
obra suprema de Dios Uno y Trino.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido
perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres
veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.
[1]
Cfr. Stefano Maria Manelli, Jesús, Amor Eucarístico, Testimonios de
Autores Católicos Escogidos, Madrid 2006, 68.
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