Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y
el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por las ofensas
perpetradas contra Nuestro Señor Jesucristo y contra María Santísima por parte
del cantante de rap italiano llamado “Fedez”. La información pertinente a tan
lamentable hecho se puede encontrar en los siguientes enlaces:
Canto inicial: “Postrado
a vuestros pies humildemente”.
Oración inicial:
“Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no
creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os
adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del
Santo Rosario. Primer misterio (misterios a elección).
Meditación.
Los cristianos –más específicamente, los católicos-
poseen algo que los integrantes de otras religiones no pueden ni siquiera
imaginar: poseen al Dios mismo en Persona, oculto en apariencia de pan, en la
Sagrada Eucaristía. En las Escrituras, en el Apocalipsis, Jesús dice: “He aquí
que estoy a la puerta y llamo. Si alguien me abre, entraré en él y cenaré con
él y él Conmigo”. Esta promesa de Jesús –la de entrar en el alma de una
persona- se cumple cada vez que alguien comulga en estado de gracia y lleno de
piedad, amor y adoración. En efecto, la comunión eucarística es el cumplimiento
cabal de esta promesa de Jesús y es la razón por la cual los católicos tienen
algo que los integrantes de otras religiones no tienen, y es la posibilidad de
que Dios en Persona no solo ingrese en el alma, sino que inhabite en el alma,
convirtiendo al alma en algo más grande y precioso que los cielos, porque por
la comunión comienza a estar Dios en el alma y el alma en Dios.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El pensamiento
piadoso de que Dios habría de entrar en el alma por la comunión eucarística es
lo que alentaba la vida de los santos y es en lo que los santos ponían toda su
esperanza y felicidad. Los hombres, por lo general, en su gran mayoría, ponen
sus esperanzas y deseos de felicidad en las cosas mundanas y es por esa razón
que no son felices, porque lo mundano no puede, por imposibilidad absoluta, dar
paz, alegría y felicidad al alma. Solo la comunión eucarística lo puede hacer,
porque por la comunión ingresa en el alma, convirtiéndola en un sagrario
viviente, el Dios de los cielos, colmándola de su paz, de su alegría, de su
amor, de su fortaleza, de su sabiduría. ¡Cómo se engañan los hombres cuando
acuden a otras creaturas e incluso a ídolos, que por naturaleza y definición
nada pueden hacer ni nada pueden dar, sino solo angustia, tristeza e incluso la
muerte! Si los hombres tan solo imitaran a los santos, que ponían en la
comunión eucarística toda su esperanza, distinta, muy distinta, sería la vida
en esta tierra, porque esta vida se convertiría en un anticipo del cielo.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Los santos
centraban sus esperanzas y alegrías en una sola cosa: en la Eucaristía. Para ellos,
su mayor felicidad era la unión con el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en Persona en la Eucaristía. Son
innumerables los ejemplos de los santos que, dejando toda su fortuna material
en la tierra, ingresaron en los claustros para estar no solo un poco más de
tiempo, sino toda la vida en estado de adoración y acción de gracias a Jesús
Eucaristía. Son innumerables los ejemplos de los santos que renunciaron a sus
riquezas materiales, a sus títulos de nobleza, a sus posesiones, a sus
posiciones sociales mundanas, para ingresar en el anonimato de la oración, de
la adoración eucarística y de la comunión eucarística diaria. Visto con los
ojos de la fe, los santos fueron los que hicieron el mejor “negocio” que jamás
alguien podría hacer: por renunciar a las migajas que representan las fortunas
materiales y los títulos mundanos, recibieron a cambio la más grande riqueza de
todas, la Sagrada Eucaristía, en la que se contiene nada menos que a Dios Hijo
encarnado, que es la Sabiduría del Padre eterno. Así lo comprendían los santos:
no hay fortuna más grande, ni en este mundo ni en el otro, que estar unidos al
Hijo de Dios encarnado. Santa Gema Galgani, pensando en la comunión eucarística
que habría de hacer al día siguiente, decía así: “Es de noche, me acerco a
mañana por la mañana: Jesús me poseerá y yo poseeré a Jesús”[1].
¿Qué puede haber de mayor valor en el universo, que la comunión eucarística,
que contiene al Sagrado Corazón de Jesús?
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Los católicos,
por lo general, no tomamos conciencia, o al menos no meditamos como debiéramos,
acerca del inmenso don de la Eucaristía. Cuando leemos en el Evangelio los
numerosos y asombrosos milagros realizados por Jesús, como la curación de
enfermos, la resurrección de muertos, la expulsión de demonios, pensamos cuán
afortunados eran los destinatarios de tales milagros. Sin embargo, los santos
nos hacen ver que, en realidad, nada tenemos que envidiarles, pues nosotros
tenemos algo infinitamente más valioso que los milagros del Evangelio, y es la
Eucaristía, en donde se encuentra en Persona el Autor de esos milagros, Cristo
Jesús. Al respecto, decía así San Juan Crisóstomo: “Vosotros envidiáis a la
mujer que tocó el vestido de Jesús, a la pecadora que bañó sus pies con
lágrimas, a las mujeres de Galilea que tuvieron la suerte de seguirle en su
peregrinación, a los apóstoles y a los discípulos con los que conversaba
familiarmente, al pueblo de aquel tiempo que escuchaba las palabras de gracia y
de salvación que salían de sus labios. Vosotros llamáis felices a los que le
vieron… Pero, venid al altar y le veréis, le daréis santos besos, le bañaréis
con vuestras lágrimas y le llevaréis dentro de vosotros como María Santísima”[2].
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
No existe santo que no se haya santificado sin la
comunión eucarística. No existe santo que no haya ganado su ingreso al cielo
sin adorar la Eucaristía. No se puede nombrar a uno, porque en realidad
deberían ser nombrados todos, ya que todos, sin excepción, se santificaron por
la devoción, la piedad, el amor y la adoración a la Eucaristía. Como expresión
de este deseo de unión con Jesús Eucaristía, Santa Teresa del Niño Jesús
escribió el siguiente maravilloso poema eucarístico: “Deseos junto al sagrario”,
en el que, entre otras cosas, dice: “Querría ser el cáliz donde adoro la Sangre
divina. Pero también yo puedo recogerla por las mañanas en el Santo Sacrificio:
más querida es para Jesús mi alma que el más precioso vaso de oro”. Cuando el
alma comulga, se convierte en algo más precioso, no solo que un vaso de oro,
sino que los mismos cielos, porque contiene a Aquel a quien los cielos no
pueden contener, Cristo Jesús.
Oración final: “Dios mío, yo
creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni
esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os
adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Un
día la cielo iré y la contemplaré”.
[1] Cit. en Stefano Maria Manelli,
Jesús, Amor Eucarístico, Testimonios
de Autores Católicos Escogidos, 57.
[2] Cit. en Manelli, o. c.,
56.
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