Hay una frase de Jesús, pronunciada por Él en la
Última Cena, que puede decirse que resume la vida del adorador eucarístico en
esta tierra: “Vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16, 16-20). Antes de subir a la Cruz para ofrecer su vida en
sacrificio por la salvación de todos los hombres, Jesús se despide de sus
apóstoles y amigos, anunciándoles su próxima muerte: “Dentro de poco ya no me
veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver (…) En verdad, en verdad os
digo, que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes,
pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”. Ya el solo hecho de anunciarles
su inminente Pasión y Muerte provoca tristeza a los discípulos, y esta tristeza
se incrementará hasta el llanto y el lamento, cuando “no lo vean”, es decir,
cuando muera y sea sepultado: “Dentro de poco ya no me veréis (…) lloraréis y
os lamentaréis”. Jesús les dice cuándo será que sus discípulos se entristecerán
hasta las lágrimas y el lamento: “Dentro de poco”, lo cual, según San Agustín,
es el tiempo que se extiende hasta su muerte en Cruz. Será la ausencia corporal
física y la consiguiente ausencia de visión sensible de Jesús, lo que provocará
la tristeza de los discípulos. Su Cuerpo, una vez muerto Jesús, será ocultado a
sus ojos corporales al ser sepultado, y esto les provocará tristeza: “Dentro de
poco ya no me veréis (…) lloraréis y os lamentaréis”. Sin embargo, esta
tristeza no será definitiva, porque pasará otro “poco de tiempo” y lo “volverán
a ver”, y “se alegrarán”, y “nadie les podrá quitar esa alegría”, que durará
para siempre. Siempre según San Agustín, este otro “poco de tiempo”, es el
tiempo que media entre la muerte en Cruz el Viernes Santo y su Resurrección el
Domingo de gloria y posterior Ascensión. Cuando lo vean nuevamente, ya
resucitado y glorioso, y comprendan que no volverá nunca más a morir, “se
alegrarán” porque su tristeza habrá desaparecido, para dar paso a una alegría que no finalizará nunca más.
Podemos decir que el “poco de tiempo”
que provoca tristeza a los discípulos, es esta vida terrena, en el sentido de
que no vemos a Jesús sensiblemente, con los ojos del cuerpo –a menos que, por
decisión divina, Jesús se aparezca visiblemente, como sucede con los santos,
pero no es lo habitual-, y esta “ausencia de visión” produce una cierta
“tristeza” en el cristiano. Sin embargo, podemos decir –también con San Agustín
y Santo Tomás- que, gracias a la fe, esta vida presente también es el “otro
poco de tiempo” por el cual los discípulos “se alegran” porque “vuelven a ver”
a Jesús, porque no vemos a Jesús con los ojos del cuerpo, pero sí lo vemos con
los ojos de la fe, resucitado, glorioso, vivo para siempre, en la Eucaristía y
esta visión de la fe nos causa una alegría “que nadie puede quitar”, y hace que
la tristeza del mundo presente desaparezca, para dar paso a la alegría, una
alegría que no se basa en motivos mundanos, pasajeros, sino en la resurrección
gloriosa de Cristo y en su Presencia sacramental en la Eucaristía con su
Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Es en la adoración eucarística, en donde el
adorador contempla, con la fe de Pedro –“Tú eres el Mesías”- y con la fe de la
Iglesia -el Credo- a Cristo glorioso y resucitado. Y esta visión le produce
alegría, una alegría que nadie le puede quitar; una alegría que es anticipo en
el tiempo de la alegría eterna que experimentará en la Bienaventuranza. Es en
la adoración eucarística en donde el adorador comprende el sentido de las
palabras de Jesús: “Vuestra tristeza se convertirá en gozo”.
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