viernes, 4 de diciembre de 2020

Hora Santa en reparación por intento de incendio de la Basílica de la Agonía en Jerusalén 041220

 


Incendio intencional en la Basílica de la Agonía, Jerusalén, 04 de diciembre de 2020.

Inicio: ofrecemos esta Hora Santa en reparación por el intento de incendio de la Basílica de la Agonía en Jerusalén. Para mayores detalles, consultar el siguiente enlace:

https://www.facebook.com/photo/?fbid=10158001596367371&set=pcb.10158001596707371

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

Así como el Ángel caído, Satanás, al rebelarse contra Dios Uno y Trino perdió la gracia y se convirtió en un ser deforme y monstruoso, así sucede con los hombres malos que se asocian a su rebelión contra Dios por el pecado, haciéndolos convertir en algo inferior a las bestias irracionales. En efecto, en las Escrituras, se llama a los pecadores no con nombres humanos, sino con los nombres de las más horribles y fieras bestias que hay[1]. Si el ángel caído perdió la gracia, pero no la naturaleza, convirtiéndose en una bestia abominable, lo mismo le sucede al hombre por el pecado: pierde la gracia, pero no la naturaleza, aunque queda rebajado a algo peor que las mismas bestias irracionales.

Silencio para meditar.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Segundo Misterio.

Meditación.

Nuestro Señor Jesucristo llama a los hombres pecadores con los nombres de “lobos”, “perros”, “lechones” (Mt 10 y 7); Isaías, “dragones” y “avestruces” (48, 20); Ezequiel, “escorpiones” (2, 6); el Bautista, “víboras” (Mt 3, 7); David, “caballos”, “mulos”, “toros furiosos” y “áspides” y “basiliscos” (Sal 31 y 63); Salomón, “raposas”; Job, “tigres” (4, 11). Todo esto y más provoca el pecado en el alma, que de agraciada y favorecida por Dios, se hunde, por el pecado, en un abismo de malicia, crueldad y ferocidad inhumanas.

Silencio para meditar.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Tercer Misterio.

Meditación.

Ahora bien, no sólo las Escrituras denominan al hombre como bestia salvaje a causa del mal, el pecado, sino también entre filósofos y teólogos, como por ejemplo, Severino Boecio, quien afirmaba lo siguiente: “Todo lo que falta y se aparta de lo bueno cesa de ser; de tal manera, que los malos dejan de ser lo que eran. El haber sido hombres lo muestra la figura humana que retienen, por lo cual, convertidos en malicia, perdieron también la naturaleza de hombres, porque así como sólo la virtud y la bondad promueven a que sean más que hombres, así es necesario que aquellos a quienes la maldad abatió y derribó de su condición, les hunda debajo de la naturaleza y mérito de hombres”[2].

Silencio para meditar.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Cuarto Misterio.

Meditación

Continúa Boecio, describiendo lo que sucede con los hombres que pierden la belleza interior que les proporciona la gracia, a causa del pecado: “Así acontece, que al que ves transformado por sus vicios, que no puedas pensar que es hombre. Al ladrón, dile lobo; al iracundo, perro; al traidor, zorro; al medroso y cobarde, que teme lo que no ha de temer, ciervo; al perezoso, asno; al inconstante, ave; al que arde en lujuria, lechón. Esto, porque el hombre que no se diviniza con la gracia, se animaliza con el pecado”.

Silencio para meditar.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Quinto Misterio.

Meditación

Finalmente, el pecado convierte al pecador en la nada misma y esto es suficiente para significar cuánto abate la culpa mortal al pecador, no sólo debajo de las naturalezas más abatidas del mundo, sino debajo de toda naturaleza[3]. Por esto se queja el Señor, por medio del profeta Amós (6, 14), de los que se deleitan en su pecado, diciendo: “Los que os alegráis en la nada”. Y por esto es que los santos dicen que los que cometen pecado son “nada más pecado”. ¿Queremos ser “nada más pecado”? ¿O más bien queremos ser divinizados por la gracia? Que María Santísima, Mediadora de todas las gracias, interceda por nosotros para que, apreciando el valor inestimable de la gracia, seamos capaces de elegir la muerte terrena, antes que perder la gracia.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canción de despedida: “Cantad a María, la Reina del cielo”.

 



[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 428.

[2] De Const., lib. 4, párr.. 3.

[3] Cfr. Nieremberg, ibidem, 429.

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