Islamistas enajenados, acompañados por activistas y políticos de extrema izquierda,
en el momento en el que ingresan a la Iglesia de San Denis en París, profanándola.
Acto seguido, fueron desalojados por la policía.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo meditado del
Santo Rosario en reparación por la agresión y profanación de la Iglesia de San
Denis en Francia, por parte de una horda de islamistas enajenados acompañados por activistas de la extrema izquierda. La noticia
acerca del lamentable suceso puede encontrarse en los siguientes enlaces:
Pediremos por la conversión de quienes perpetraron este
sacrilegio, como así también nuestra propia conversión, la de nuestros seres
queridos y la del mundo entero. Para las meditaciones, nos serviremos de las
reflexiones de un gran teólogo alemán, Odo Casel, recopiladas en su magistral
libro: “Misterio de la Cruz”.
Canto inicial: “Cantemos al Amor de
los amores”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y
te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Enunciación
del Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a elegir.)
Meditación
El
primer Adán, creado por la omnipotencia de Dios Padre, por la Sabiduría de Dios
Hijo y por el Amor de Dios Espíritu Santo, reflejaba en su cuerpo y en su alma
la hermosura del Dios trinitario, al cual estaba unido por la vida de la gracia[1].
Creado por Dios Trino como rey de la Creación y llamado a una unión en el amor
con las Tres Divinas Personas, el primer Adán sin embargo sucumbe, por el mal
uso de la libertad con la cual debía unirse a Dios Trino, al escuchar la voz de
la Serpiente Antigua. Pero el primer Adán es solo un tipo del segundo Adán, el
Definitivo, Cristo Jesús, el Hombre-Dios, que por ser Dios no era que estaba
siempre en gracia, sino que Él era en sí mismo la Gracia Increada y el Autor de
toda gracia creada. El Segundo Adán, si bien fue creado por el Padre en su
humanidad, en su divinidad como Segunda Persona de la Trinidad, es engendrado
desde la eternidad en el seno del Padre. Del Padre recibe el Ser divino
trinitario, la naturaleza divina, y por lo tanto este Segundo Adán comparte con
el Padre y el Espíritu Santo un mismo honor y gloria y es adorado junto al
Padre y al Espíritu Santo.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Enunciación
del Segundo Misterio del Santo Rosario (misterios a elegir).
Meditación
El
Segundo Adán proviene del Padre desde la eternidad y asume en su Persona divina
una naturaleza humana en el seno virgen de María para poder ofrecerse a sí
mismo como Víctima Inmaculada para la salvación de los hombres. Este Segundo
Adán es Sacerdote, Altar y Víctima y por Él y su sacrificio definitivo, quedan abolidos
los sacrificios del Antiguo Testamento. Es Sumo y Eterno Sacerdote para toda la
eternidad, porque Él es el Único Mediador entre Dios y los hombres y por medio
de su Sangre derramada en la Cruz, se presenta ante el Padre con la ofrenda de
sí mismo, por el Espíritu Santo. Es Sacerdote “según el orden de Melquisedech
(Sal 109, 4) y no según la sucesión del sacerdocio del Antiguo Testamento. El
Segundo y definitivo Adán es Jesucristo, el Ungido por excelencia, porque el
Espíritu de Dios descansa sobre la humanidad suya, la humanidad que es la del
Logos, la Sabiduría del Padre, desde el momento mismo de la Encarnación.
Jesucristo es también Altar, porque su Humanidad extendida en la cruz es el Ara
perfectísima sobre la que se inmola la Víctima agradabilísima a Dios; es la
Víctima Pura, Santa, Inmaculada, porque en su condición de Hombre-Dios, es
Purísimo en su Humanidad glorificada y es Santísimo en su Divinidad Increada. Y
este Segundo y definitivo Adán es el que se ofrenda, cada vez, en la Santa
Misa, por la Sagrada Eucaristía, ofreciendo al Padre su Cuerpo, su Sangre, su
Alma, su Divinidad en expiación por nuestros pecados y el Amor de su Sagrado
Corazón Eucarístico para nuestra dicha, honra y gloria.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Enunciación
del Tercer Misterio del Santo Rosario (misterios a elegir).
Meditación
Quien se une a este Segundo Adán, que cuelga del Árbol de la
Vida, la Santa Cruz y que se ofrece a sí mismo como manjar angelical en el Pan
Vivo bajado del cielo, la Eucaristía. Quien se une a este Segundo Adán por la
fe, por el amor, por la adoración en la cruz y por la comunión eucarística, es
introducido en la gloria de Dios[2],
en el seno mismo de la Trinidad o, mejor aún, es la Trinidad misma quien viene
a inhabitar en el alma del que está en gracia, aun cuando esta alma continúe
todavía viviendo en este “valle de lágrimas”. Por medio de este Segundo Adán,
el hombre no solo queda libre del pecado, triunfante sobre la muerte y vencedor
sobre el Demonio, sino que comienza a vivir una nueva vida, ya en la tierra, la
vida de la gracia, que es participación a la vida íntima de Dios Trino. Y esta
vida de la gracia es la que, en el Reino de los cielos, se desplegará en todo
su esplendor, convirtiéndose en la vida de la gloria de Dios Trinidad. Vivir unidos
al Segundo Adán por la fe, la gracia, el amor y la comunión eucarística, es
vivir ya en anticipo –aun cuando estemos en este “valle de lágrima”- algo más
grande que el Reino de los cielos, y es la comunión de vida y amor con el Rey
del Reino de los cielos, Cristo Jesús y, por su intermedio, con Dios Padre y
Dios Espíritu Santo.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Enunciación
del Cuarto Misterio del Santo Rosario (misterios a elegir).
Meditación
El
Primer Adán, creado en la gloria y felicidad paradisíacas en su dignidad de
creatura predilecta de Dios, sucumbió sin embargo por su propio orgullo, por su
desobediencia a la voz de Dios y por escuchar y hacer caso a la voz de la
Serpiente Antigua. Así, el Primer Adán se hizo partícipe del pecado angélico,
la soberbia, y de amigo de Dios se convirtió en enemigo de Dios y amigo de
Satanás, el Ángel caído, por cuya envidia el Primer Adán conoció la muerte: “Por
envidia del Diablo entró la muerte en el mundo” (Sap 1, 13). El Primer Adán comenzó en la gloria y terminó en polvo
y corrupción[3],
y eso somos nosotros, sus descendientes, en las palabras de los santos: “Nada
más pecado”. La vida del Primer Adán terminó en una tumba y en el seol, en la
oscura región de los abismos. Pero sobre la tumba del Primer Adán se alzó el
Altar de la Cruz, el Ara Santa donde se inmoló el Segundo Adán, con cuya muerte
sacrificial el Primer Adán volvió a la vida, a una vida superior a la que poseía.
Según la Tradición, la tumba de Adán estaba en el Gólgota, en línea recta en
donde sería plantado el Nuevo Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Jesús y cuando
la Sangre Preciosísima del Cordero de Dios escurrió de sus sagradas llagas,
cayó sobre el cráneo del Primer Adán, regresándolo a la vida. Es por esto que
nosotros, descendientes del Primer Adán, nos postramos ante la Santa Cruz de
Jesús y, con el corazón contrito y humillado, le suplicamos al Cordero de Dios,
con piedad y amor y para recibir su vida, que su Sangre Preciosísima “caiga
sobre nosotros”[4]
–no lo pedimos con impiedad y blasfemia, como el Pueblo Elegido-, para que la
muerte, el pecado y el demonio se alejen de nosotros, para que en nosotros muera
el hombre viejo, el hombre dominado por la concupiscencia de la vida y de los
ojos, y así seamos capaces de “nacer de lo alto” (cfr. Jn 3, 3), nacer de lo más profundo del Sagrado Corazón de Jesús, de
su Sangre, que contiene el Espíritu Santo de Dios, Dador de vida eterna.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Enunciación
del Quinto Misterio del Santo Rosario (misterios a elegir).
Meditación
Puesto
que somos descendientes del Primer Adán, engendrados del pecado que de Adán,
por medio de la concupiscencia, pasa a nosotros, también nosotros debemos
arrastrar la carga de Adán. Pero hay una diferencia: todo lo que en esta vida
es duro y áspero –dolor, enfermedad, sufrimientos, persecución, servidumbre,
hambre, flaqueza, angustia y hasta la misma muerte-, todo, ha sido redimido por
la Encarnación del Verbo, por su Sacrificio redentor y muerte en cruz, de
manera tal que todo esto, si es asumido por nosotros con sentido penitencial –y
así convertimos a nuestra vida terrena en una Cuaresma que finaliza en la
Pascua a la vida eterna-, es un camino hacia Dios, es un camino de
santificación y de salvación. Lo que antes era castigo, en el Primer Adán,
ahora, gracias a Jesucristo, el Segundo Adán, se convierte –si es ofrecido con
fe y con amor a Nuestro Señor crucificado- en fuente de santificación y en
camino de vida eterna. La Cuaresma de esta vida es, por lo tanto –o al menos,
debe serlo, porque tiene que ser ofrecida libremente, con fe y con amor-, un Via Crucis que nos lleva a la tumba con
la Cruz[5],
pero como en la Cruz se encuentra el Segundo Adán, que es Dios Eterno y
Viviente y Dador de toda vida y de la vida de la gracia, en la Cruz encontramos
nuestra Pascua, nuestro “paso” de esta vida a la eterna, aun viviendo todavía
en esta vida terrena. Y si en la Cruz, también en la Eucaristía encontramos
nuestra Pascua y con mucha mayor razón, pues en la Eucaristía se encuentra el
Cordero de Dios, nuestra Pascua, vivo, radiante, resucitado, glorioso.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y
te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.
[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de
la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid2 1964, 218.
[2] Cfr. Casel, ibidem, 221.
[3] Cfr. Casel, ibidem, 223.
[4] Cfr. Mt 27, 25.
[5] Cfr. Casel, ibidem, 224.