viernes, 20 de octubre de 2017

Hora Santa en reparación por Misa sacrílega denominada "Misa Coldplay" en universidad jesuita 111017


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por una Misa sacrílega llevada a cabo en una universidad jesuita, a la cual han denominado “Misa Coldplay”[1], ya que en la misa se utilizaron, en diversas partes de la Misa, música de esta banda musical británica: de acuerdo a los organizadores, se escucharán “las canciones del grupo británico, y buscarán “reflexionar” y “profundizar” sobre estas melodías en diversos momentos de la celebración eucarística. La información acerca de este abuso[2] –introducir música profana y alterar el normal desenvolvimiento de la Santa Misa-, se puede obtener en los siguientes enlaces:
La Arquidiócesis de Puebla, lugar en donde se llevó a cabo el sacrilegio contra la Santa Misa, dijo entre otras cosas que la Eucaristía es el “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo”[3]. La misión de la Iglesia es santificar el mundo, y no al revés, es decir, no puede la Iglesia mundanizarse y convertirse en algo similar al mundo. Si así lo hace, no solo fracasa estrepitosamente en su misión, sino que se convierte en enemiga de Nuestro Señor. Como siempre lo hacemos, pediremos por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la de quienes perpetraron este sacrilegio, y por la conversión eucarística del mundo entero. Centraremos nuestras meditaciones en el misterio de la Santa Misa, sirviéndonos del libro del P. Enrico Zoffoli “Questa è la Messa! Non altro”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

La Misa es un verdadero sacrificio, incruento, porque es imagen, figura y símbolo del sacrificio de la Cruz llevado a cabo en el Calvario[4]. La Misa es una repetición incruenta y bajo los signos sacramentales, de la Ofrenda cruenta del Calvario. Es el renovación del sacrificio de la Cruz y de tal manera, que la Eucaristía es llamada “sacramento de la Pasión”. Sin embargo, Santo Tomás nos advierte que no se trata de una mera imagen, sino la realidad misma del único sacrificio de Cristo. Cristo, el Verbo de Dios encarnado, es uno e no multiplicable; es el Cristo paciente y por lo tanto único es su sacrificio. Esto significa que, aun cuando el rito se multiplique, sin embargo permanece único el Sacrificio. La noción de una repetición numérica es no solo superflua sino inconcebible, además de sacrílega[5]. Más allá de esto, el hecho de saber, por la Fe bimilenaria de la Iglesia, que nos encontramos frente al más grande y absoluto misterio de todos los misterios absolutos sobrenaturales de Dios, esto es, la Presencia y la actualización sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, debe llevarnos a postrarnos en acción de gracias y en adoración al Cordero de Dios, por entregar su Cuerpo y Sangre en la cruz y por prolongar su entrega en el Santísimo Sacramento del altar.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Santa Misa es un verdadero y propio sacrificio; no es una inmolación física, ni una inmolación virtual, ni una inmolación mística: es el Sacrificio esencial y numéricamente idéntico al de la Cruz, con la distinción del todo accidental de que es incruento por ser sacramental, y no cruento, como en el Calvario. Pero que sea incruento y no cruento, no hace a la esencia y a la naturaleza en sí misma de Sacrificio y a su contenido de misterio sobrenatural absoluto que se despliega ante los ojos corpóreos, oculto en la realidad sacramental, en el altar eucarístico. Siendo el Sacrificio de la Cruz único e irrepetible, lo que le agrega la Misa, si así se puede decir, a este Sacrificio, y es en lo que consiste la esencia del rito eucarístico, es que es simplemente signo o sacramento del Sacrificio[6]. Es un signo que no agrega nada a la Inmolación del Cordero en el Calvario; sólo se limita a hacer evidente esta inmolación, tal como es en sí misma, sin ninguna repetición o renovación intrínseca, puesto que en sí misma la inmolación del Cordero es perfecta. Esta significación o re-presentación se verifica únicamente en la consagración distinta del pan y del vino, símbolo de la separación violenta de la sangre del cuerpo del Cordero degollado[7] y es en esta consagración en la que se ofrece el sacrificio. Puesto que no es posible la efusión de sangre, la Divina Sabiduría ha encontrado el modo admirable de hacer manifiesto el Sacrificio de Nuestro Redentor con signos exteriores que son símbolos de muerte[8]. Por medio de la Transubstanciación del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo, se tiene realmente presente su Cuerpo y su Sangre, y así las especies eucarísticas, bajo las cuales está presente, simbolizan la separación cruenta del Cuerpo y de la Sangre, ocurridas en el Calvario el Viernes Santo. De esta manera, el memorial de su muerte real sobre el Calvario se repite en cada sacrificio del altar, porque por medio de símbolos distintos se significa y se demuestra que Jesucristo se encuentra en estado de Víctima[9]. Es decir, por la Santa Misa, nos encontramos delante del Redentor que, ofrecido como Víctima Inmolada en el Calvario, prolonga y perpetúa, cada vez, sobre el altar, su inmolación, aunque oculta a los ojos corporales, pero significada por la consagración por separado del pan y del vino. Y esto constituye un milagro admirable, prodigioso, frente al cual solo cabe la contemplación extasiada, la adoración y la acción de gracias.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Santa Misa es el “Sacrificio del Calvario hecho sacramentalmente presente en nuestros altares”[10] y esto de manera real, actual, viva, presente, porque “en virtud de las palabras de la consagración, las especies del pan y del vino representan, en modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio, ofrecido por Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, al Padre, por la salvación del mundo”[11]. El hecho de ser signo significa que la representación de la Ofrenda cruenta de la Cruz se hace de modo particularmente evidente en la consagración del vino, luego de la consagración del pan. En la Misa, la muerte del Cordero de Dios en la Cruz se revela y significa precisamente en el momento en el que la sangre fluye del cuerpo de la víctima sacrificada. Es decir, así como en la Cruz, la muerte cruenta de Jesús se produce por la separación también cruenta de la Sangre del Cuerpo, así también en la Santa Misa, la consagración por separado del pan y del vino, representan y significan, sacramental e incruentamente, esta separación del cuerpo de la sangre.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Por esta razón, en la Misa no hay repetición del sacrificio, ni una nueva inmolación o una nueva oblación[12], distinta de la inmolación y de la oblación de la Cruz, porque en virtud de unicidad y perfección absoluta, el sacrificio del altar obtiene su virtus sobrenatural del sacrificio del Calvario. La oblación de la Cruz y la oblación del Altar están comprendidas la una en la otra siendo perennemente las mismas, y se comunican gracias a la institución del sacramento o signo sensible eficaz, que concilia o hace posible la unidad y la multiplicidad, la perennidad con la repetición; la suficiencia, la trascendencia, la unicidad del Calvario, con la renovación cotidiana e indefinida del rito, que pone al Calvario sobre nuestros altares[13]. Y en esto radica el misterio más absoluto: que por la liturgia eucarística, se hace presente, delante de nuestros ojos, sobre el altar eucarístico, en nuestro hoy, en nuestro aquí y ahora, el Santo Sacrificio de la Cruz, el mismo y único Santo Sacrificio del Calvario, llevado a cabo por el Cordero hace veinte siglos, en Palestina. Por la Misa, el altar se convierte en Calvario, y el Calvario, el Viernes Santo, es la Misa -toda Misa, cada Misa-, anticipada en el tiempo.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Santa Misa, entonces, es el mismo Sacrificio del Calvario, no otro distinto, sino numéricamente uno y único, de manera tal que excluye toda nueva ofrenda, todo nuevo sacrificio, desde el Calvario hasta la Parusía. La Eucaristía no se entiende sin el Sacrificio del Calvario del Viernes Santo; es una relación al Sacrificio histórico y meta-histórico, temporal y eterno, de Jesucristo. Es por esto que por la Misa, tenemos no una nueva ofrenda, sino la ofrenda actual[14], que es la ofrenda del Calvario, esto es, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Es esto lo que debemos tener, en la mente y en el corazón, al asistir a la Santa Misa: asistimos al Sacrificio del Calvario, el único Sacrificio del Calvario, que para nosotros, por el poder del Espíritu Santo y por medio de la liturgia eucarística, se hace presente delante de nuestros ojos, sobre el Altar Eucarístico. Y, en acción de gracias por tan insondable misterio, postrémonos ante Jesús Eucaristía aclamándolo, amándolo, adorándolo en su Presencia Eucarística real, verdadera y substancial.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día la veré, en célica armonía”.




[1] ¿Qué pasó en la Misa? Se usaron en entrada, ofertorio, comunión y salida canciones del grupo Colplay; tal música fue grabada y arriba del altar había una pantalla que mientras se ponía la canción se veían imágenes de los jóvenes que colaboraron en labores posteriores al sismo. Todo lo del ordinario (Señor ten Piedad, aleluya, santo, cordero) fue rezado. En los audios NO se da ningún tipo de explicación de “cómo” se relacionan esas canciones al acto litúrgico, de hecho el sacerdote solo dice “haremos esto mientras escuchamos este canto”. Esto constituye claramente un abuso que se convierte en sacrilegio. Dentro de muchos otros abusos, el más evidente fue el que se realizó en materia de canto principalmente: si hizo uso de música grabada y de canciones seculares que ni siquiera son religiosas, en voz de un vocalista que se ha pronunciado no católico, que incluso en mofa señala que le convence más Zeus como dios. Aunado a lo anterior la centralidad del acto fue en torno a imágenes y canciones y verdaderamente a Cristo. La elección del repertorio obedeció al gusto personal de alguno de los organizadores. Las canciones NO cumplen la función de Glorificar a Dios y santificar a los fieles. Las canciones no reflejan nuestra doctrina, no están escritas para la liturgia y su estilo musical de ningún modo se acerca a la dignidad de la música litúrgica. No existe justificación evangelizadora para que se haya realizado este evento que constituye un sacrilegio (Profanación de algo que se considera sagrado, especialmente cuando el profanador conoce el valor sagrado de lo que profana). Afirmamos esta falta de justificación ya que se supone que los estudiantes de la universidad Jesuita de alguna u otra forma están evangelizados, sensibilizados y conocen al menos lo mínimo de la vida Cristiana, tan es así que en dicha universidad todos los días celebran misa. Cfr. https://liturgiaytradicioncatolica.wordpress.com/2017/10/11/misa-coldplay-cronica-de-un-sacrilegio-anunciado/
[2] Cfr. Redemptionis sacramentum. [183.] De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor. [184.] Cualquier católico, sea sacerdote, sea diácono, sea fiel laico, tiene derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico, ante el Obispo diocesano o el Ordinario competente que se le equipara en derecho, o ante la Sede Apostólica, en virtud del primado del Romano Pontífice.[290] Conviene, sin embargo, que, en cuanto sea posible, la reclamación o queja sea expuesta primero al Obispo diocesano. Pero esto se haga siempre con veracidad y caridad. Corresponde al Obispo ahora actuar acorde a los artículos 176 y subsecuentes del mismo documento y solicitamos a todos los miembros de este grupo que hagan saber su opinión e inconformidad a los superiores Jesuitas y oficinas de pastoral de Ibero a través de los medios que les sea posible.
[4] Cfr. Enrico Zoffoli, Questa è la Messa. Non altro! Contro arbitri, errori e profanazioni, Edizioni Segno, Roma 1994, 55.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. Pío XII, Enciclica Mediator Dei.
[7] Cfr. Summa Theologica, III, q. 80, a. 12, 3um.
[8] Cfr. Mediator Dei.
[9] Mediator Dei.
[10] Pablo VI, Profesión de fe.
[11] Cfr. Juan Pablo II, DC 9.
[12] Cfr. Zoffoli, o. c., 57.
[13] Cfr. E. Masure, Il Sacrificio del Corpo Mistico, Morcelliana, Brescia 1952, 37.
[14] Cfr. J. Moroux, Fate questo in memoria di me, Morcelliana, Brescia 1971, 37.

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