Los actores de la serie "The Preacher" de la cadena televisiva AMC.
que ha generado profunda indignación entre cristianos católicos y evangelistas.
Inicio: un programa de televisión ha
cometido en estos días un gravísimo ultraje a la Persona divina de Nuestro
Señor Jesucristo, la Segunda de la Trinidad, encarnada en la Humanidad
santísima de Jesús de Nazarateh, al mostrar en un programa televisivo una
escena en la que el Redentor aparece manteniendo inaceptables e indignas
relaciones sexuales, debido a su condición de Dios encarnado. Dice así uno de
los sitios en donde se reporta acerca de esta blasfemia inconmensurable: “Una
escena que muestra a Jesucristo teniendo relaciones sexuales con una mujer
casada la noche de la Última Cena fue transmitida en la serie del canal AMC
titulada “The Preacher””. Los informes periodísticos acerca de este sacrilegio
sin precedentes, pueden encontrarse en los siguientes enlaces:
http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=30267;
http://www.tn8.tv/entretenimiento/429248-muestran-jesus-teniendo-sexo-serie-preacher/; http://www.noticiacristiana.com/entretenimiento/television/2017/08/serie-preacher-jesucristo-sexo.html; http://www.cristianosaldia.net/index.php/mundo-cristiano/serie-tv-muestra-jesus-sexo-la-noche-la-ultima-cena.html;
Hacemos nuestras las palabras del presidente
de la Liga Católica de EE.UU., Bill Donohue, quien se expresó así en un comunicado:
“Representar a Jesús en una escena sexual grotesca es un asalto a las
sensibilidades de todos los cristianos, así como personas de buena voluntad que
no son cristianas”. Le agregamos a esta afirmación que la gravedad del hecho
radica en que más allá de sentirnos nosotros los católicos, seres humanos, agraviados,
quien resulta gravísimamente ultrajado es Nuestro Señor, dado que en su
condición de Persona Segunda de la Trinidad, encarnada en la Humanidad
Santísima de Jesús de Nazareth, jamás de los jamás no solo no podría haber
tenido relaciones sexuales, sino que jamás podría haber consentido ni en el más
ligero pecado venial, y ni siquiera podría haber cometido jamás una
imperfección. Nos resulta particularmente indignante este ultraje, por lo que
ofrecemos la Hora Santa y el rezo del Rosario meditado, pidiendo por nuestra
conversión, la de nuestros seres queridos, la de quienes cometieron este
incalificable sacrilegio hacia Nuestro Señor, y la de todo el mundo.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo,
espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni
te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario meditado. Primer Misterio (a elección).
Meditación.
El Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús se puede
comparar a un brasero ardiente, puesto que la brasa incandescente es su
Humanidad Purísima –representada en el carbón- y el fuego que la vuelve
incandescente es el Amor de Dios, el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo.
Y así como la brasa incandescente comunica de su fuego al leño o al pasto seco,
así también el Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Divino
Amor, comunica de su Fuego a los corazones que lo reciben por la comunión
eucarística. El Fuego que envuelve al Corazón de Jesús es el fuego que Él ha
venido a traer a la tierra y quiere ya verlo ardiendo, y es para que nuestros
corazones ardan en su Amor, que Él se nos dona en cada comunión. Así como el
hierro, al contacto con el fuego, se vuelve incandescente y puede decirse, en
cierta manera, que se convierte en el mismo fuego, porque de frío y oscuro pasa
a ser luminoso y cálido, así también sucede –o al menos debería suceder- con
nuestros corazones, al contacto con el Carbón Ardiente que es el Corazón
Eucarístico de Jesús. Jesús ha venido a la tierra y se ha quedado en la
Eucaristía para encender los corazones de todos los hombres en el Amor de Dios;
sin embargo los hombres, con su desprecio por su Santo Sacrificio en la Cruz y
por su indiferencia hacia la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental de
este Santo Sacrificio, se comportan como alguien que, frente al brasero
ardiente, le arroja un balde de agua fría, para apagar su ardor. Así el corazón
humano, que primero ardía en el Amor de Dios, por el pecado, apaga ese fuego en
él y se convierte en un tizón humeante, que sólo despide el espeso humo negro
de la soberbia, la codicia y la avaricia. Y así el corazón del hombre, sin el
Fuego del Amor de Dios, contenido en la Eucaristía, solo desprende el humo
denso del odio y la rebeldía contra Dios. ¡Nuestra
Señora de la Eucaristía, que mi corazón sea como un leño seco, para que al
contacto con las llamas del Divino Amor, que arden en tu Corazón Eucarístico,
se enciendan al instante y se conviertan en brasas incandescentes, que irradien
en el mundo la luz y el calor de Dios!
Silencio para meditar.
Padrenuestro,
diez Ave Marías, Gloria.
Segundo
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Dice
Tomás de Kempis que a Jesús se lo debe amar “por el mismo Jesús y no por algún
consuelo que de Él reciben”[1].
De la misma manera se expresan otros santos: “Que yo te ame por lo que eres, y
no por lo que das”; “Hay que amar al Dios de los consuelos y no a los consuelos
de Dios”[2].
Todos estos consejos los podemos y debemos aplicar a la Eucaristía, porque la
Eucaristía es ese Jesús que es Dios y que se nos brinda como Pan Vivo bajado
del cielo. Debemos amar la Eucaristía por lo que es –Dios Hijo encarnado que
prolonga su Encarnación en la Eucaristía- y no por lo que da –Jesús Eucaristía,
en cuanto Dios, puede darnos todo lo que le pedimos e infinitamente más, pero
no debemos amarlo y adorarlo por eso, sino por lo que Es, Dios de infinita
majestad, oculto en apariencia de pan. Siempre según Tomás de Kempis, los
verdaderos amantes de Jesús “lo bendicen tanto en la adversidad y en la
angustia de corazón como en las más elevadas alegrías”[3].
Todavía más, “aunque Él nunca les quiera otorgar consuelo, siempre lo alaban y
le dan gracias”. De la misma manera nosotros, como adoradores, no debemos
acudir a la adoración con el objetivo de conseguir de Jesús favores y
consuelos. Antes bien, debemos pedir la gracia de no solo no desear una vida
sin tribulación, sino de participar de su Cruz, y esa es la razón por la cual
rezamos así a María Santísima: ¡Nuestra
Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de que, al adorar a Jesús
Eucaristía, seamos dignos de participar de la amargura de su Corazón en la
Pasión, de beber del Cáliz de su dolor y de recibir su Corona de espinas!
Silencio
para meditar.
Padrenuestro,
diez Ave Marías, Gloria.
Tercer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El
único objetivo y fin de nuestra vida terrena es evitar la eterna condenación y
ganar el Reino de los cielos, y sólo hay una manera de conseguirlo: cargar la
cruz de cada día, negarse a sí mismos y seguir a Jesús (cfr. Jn 19, 17). Dice Tomás de Kempis que
“solo en la cruz está la salvación, en la cruz está la vida, en la cruz está la
defensa contra los enemigos, en la cruz hay una infusión de suavidad
sobrenatural, en la cruz está la fortaleza del alma, en la cruz está el gozo del
espíritu, en la cruz está el compendio de toda virtud y en la cruz está la
perfección de la santidad. Sólo en la cruz hay salvación para el alma y
esperanza de vida eterna”[4].
Puesto que la Eucaristía es Nuestro Señor Jesucristo que, aunque en la
Eucaristía está con su Cuerpo glorificado, y de modo misterioso pero real
continúa su Pasión hasta el fin de los tiempos, podemos parafrasear a Tomás de
Kempis y decir así: “Solo en la Eucaristía está la salvación, en la Eucaristía está
la vida, en la Eucaristía está la defensa contra los enemigos, en la Eucaristía
hay una infusión de suavidad sobrenatural, en la Eucaristía está la fortaleza
del alma, en la Eucaristía está el gozo del espíritu, en la Eucaristía está el
compendio de toda virtud y en la Eucaristía está la perfección de la santidad.
Sólo en la Eucaristía hay salvación para el alma y esperanza de vida eterna”.
Silencio
para meditar.
Padrenuestro,
diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Esta
vida mortal, dice Kempis, está “enteramente llena de miserias y rodeadas de
cruces”, por lo que “nos engañamos si buscamos otra cosa que no sea el sufrir
tribulaciones”[5].
Si pretendemos vivir esta vida terrena como si fuera el paraíso, equivocaremos
gravemente el camino de la salvación; solo si aceptamos que esta vida es una
prueba en la que tenemos la oportunidad de decidirnos por Cristo Jesús,
entonces comenzará para nosotros la verdadera vida, la vida de la gracia, la
vida de los hijos de Dios. Solo así, aceptando que esta vida es pasajera, es
una prueba para llegar al cielo y está llena de cruces y tribulaciones,
elevaremos nuestros ojos y contemplaremos con el corazón, iluminados por la luz
del Espíritu Santo, a Nuestro Señor Jesucristo, y le suplicaremos por nuestra
salvación, la de nuestros seres queridos y la de todo el mundo. Solo Jesús es
capaz de llevarnos al cielo y Jesús está en la Cruz, y está en Persona, vivo,
real y substancialmente, en la Eucaristía. Desde la Cruz y desde la Eucaristía,
Jesús nos infunde su vida divina, vida que es al mismo tiempo Amor y Luz; desde
la Cruz y la Eucaristía Jesús nos infunde su vida divina, su Amor Eterno y su
Luz celestial, nos nutre con la substancia misma de Dios, nos infunde la vida
de la Trinidad, nos ilumina con su Ser divino, disipando las tinieblas de
nuestra mente y nuestro corazón, y derrotando las tinieblas del pecado, del
error y de la ignorancia, además de alejar de nuestras vidas a las sombras
vivientes, los demonios, los ángeles caídos. Esta vida terrena está llena de
peligros para el alma; está sembrada de tribulaciones, cubierta de cruces y nos
encontramos rodeados por los espíritus malignos, las potestades malvadas de los
aires, que buscan nuestra eterna perdición. Acudamos a Jesús crucificado y nos
postremos ante su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía, e
imploremos su divino auxilio. Solo así, con el Amor que brota de su Corazón
traspasado y que se nos comunica en la adoración y en la comunión eucarística,
podremos atravesar este “valle de lágrimas”, en el que vivimos envueltos “en
tinieblas y sombras de muerte”, y seremos capaces de llegar al Reino de los
cielos, al finalizar nuestro paso terreno.
Silencio
para meditar.
Padrenuestro,
diez Ave Marías, Gloria.
Quinto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Nos
engañamos, dice Tomás de Kempis[6],
cuando queremos descansar y gozar, cuando toda la vida de Cristo –desde el
momento mismo de su Encarnación en el seno virgen de María- fue “cruz y
martirio”. Todavía más, afirma Kempis que no solo no debemos pretender “descanso
y gozo”, sino que “no debemos buscar otra cosa que el sufrir tribulaciones”[7]. Y
la razón es que, como cristianos, lo que debemos buscar en esta vida, no es el
cumplimiento de nuestra propia voluntad, sino el cumplimiento de la voluntad de
Dios, y Dios quiere que nos salvemos y la única manera de salvarnos, es por la
Cruz de Jesús y participamos de la Cruz de Jesús cuando por la gracia y la fe,
nos unimos a su Pasión. No hay otro objetivo en esta vida terrena, para el
católico, que configurar su vida a Cristo y Cristo crucificado, porque es la
única manera de alcanzar el cielo, crucificando al hombre viejo para nazca el
hombre nuevo, el hombre que nace “del agua y del Espíritu” y que vive en
consecuencia no la vida del pecado, sino la vida de la gracia. Y la adoración
eucarística es el momento propicio para pedir la gracia de unirnos, por la fe, a
la Pasión de Nuestro Señor, único modo de alcanzar la vida eterna en el Reino
de los cielos. ¡Nuestra Señora de la
Eucaristía, haz que nos unamos a tu Hijo Jesús crucificado para que, muertos al
pecado, vivamos la vida de la gracia, como anticipo de la vida de la gloria
eterna que por la Misericordia Divina esperamos alcanzar. Amén!
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “Plegaria a Nuestra Señora de los
Ángeles”.