Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario en acción de gracias por el don del Sacerdocio
ministerial y los Sacramentos.
Canto
inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a
elección).
Primer
Misterio.
Meditación.
Por
el sacerdocio ministerial, Cristo Dios se hace Presente, con su misterio
salvífico, en la historia humana, donando su gracia santificante a través de
los sacramentos. Al ser el elegido por Dios para confeccionar y administrar los
sacramentos, eventos salvíficos por los que el misterio pascual del Redentor
alcanza a todos los hombres en todo tiempo y lugar, el sacerdote ministerial se
convierte en instrumento privilegiado para la obra más deseada por Dios Uno y
Trino, la eterna salvación de las almas. Pero más allá de hacer presente el
misterio pascual de Jesucristo, por el sacerdocio ministerial se hace Presente
Jesucristo, el Hombre-Dios, en Persona, principalmente a través del Santo
Sacrificio del Altar, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio
de la Cruz. Por la Misa, más que hacerse presente el Cielo y su Reino, se hace
Presente el Rey de los cielos, el “Rey de reyes y Señor de señores”, Cristo
Jesús en la Eucaristía, y esto gracias al sacerdocio ministerial. Por la
consagración, que produce el milagro de la Transubstanciación, la conversión
del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, el sacerdote ministerial
ostenta en sus manos la Eucaristía, Dios Hijo en Persona, el Rey reyes y Señor
de señores. Jesús, Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la
Eucaristía, gracias al milagro de la Transubstanciación, a quien los ángeles
adoran en el cielo, comienza a ser adorado por ángeles y hombres en su
Presencia Eucarística, luego de las palabras de la consagración pronunciadas
por el sacerdote ministerial, y es por esto que el altar eucarístico queda
rodeado por una multitud de ángeles que, a una voz, entonan el cántico de
adoración a Dios Hijo, Presente en la Hostia consagrada, el mismo cántico que
entonan en el cielo: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos”.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Segundo
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Por el sacerdocio ministerial los hombres reciben el
Bautismo Sacramental, por medio del cual el alma es unida y hecha partícipe del misterio
pascual de muerte y resurrección de Jesucristo, el Cordero de Dios: al derramar
el agua y pronunciar la fórmula bautismal, el bautizando se une a Cristo
sumergido con su Humanidad en el Jordán y participa de su muerte redentora en
la cruz; al emerger Jesucristo del Jordán, emerge el bautizando con Él a la
vida nueva, la vida de la gracia, comenzando a poseer en su alma de forma
incoada el germen de la vida eterna, la futura resurrección. Por el Bautismo
sacramental, el Espíritu Santo sobrevuela sobre el bautizando, al igual que lo
hizo sobre Jesús en el Jordán y Dios Padre pronuncia, sobre el alma que se
bautiza, las mismas palabras que pronunciara sobre su Hijo al ser bautizado por
Juan: “Éste es mi hijo muy amado” (Mt
3, 17). Por el Bautismo administrado por el sacerdote, el alma comienza a ser
hija adoptiva de Dios y heredera del Reino de los cielos, al recibir con la
gracia la misma filiación divina con la que Jesús es Hijo de Dios desde la
eternidad, todo lo cual constituye la más grande fortuna que un ser humano
pueda recibir en esta vida.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Tercer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
A
través del sacerdocio ministerial el Hombre-Dios, actuando en Persona a través
de un instrumento humano –por Él elegido y consagrado-, realiza el milagro más
grande y maravilloso de todos los milagros grandes y maravillosos de Dios, esto
es, la conversión del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad[1].
Por el sacerdocio ministerial, Dios Trino obedece al hombre, por así decirlo,
para para traerlo al altar y a sus manos; por la Santa Misa y por la fórmula de
la consagración, al pronunciar las palabras de la Transubstanciación, la
Trinidad misma obedece al sacerdote ministerial, con lo cual se puede decir,
con los santos, que el sacerdote ministerial “tiene poder sobre el mismo Dios”[2]:
Dios Padre envía a su Hijo Dios a la Eucaristía, llevado por Dios Espíritu
Santo, el Amor de Dios.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación
Por
el Sacramento de la Penitencia, el hombre recibe el perdón divino que borra el
pecado de su alma, al tiempo que le es concedida una nueva vida, la vida de la
gracia. El Sacramento de la Penitencia no solo libera al alma de la muerte
espiritual en la que cae por causa del pecado, sobre todo el mortal, sino que
le infunde la vida divina, la participación en la vida trinitaria, porque se le
aplican al alma los méritos de la Pasión y Muerte en cruz de Jesús. El pecado,
que es para el alma “tinieblas y sombra de muerte” (cfr. Lc 1, 79), aparta al hombre de la comunión de vida y amor con Dios,
quitándole su vida, su amistad y su Amor y así el hombre, apartado del Divino Amor,
queda separado de Quien es su fuente de luz y de vida, en modo análogo a como
el sarmiento seco que, desgajado de la vid, se seca y agosta al interrumpirse
el flujo de la savia vital. Por el sacramento de la Penitencia, el hombre adquiere
una nueva vida, haciéndose partícipe de la vida divina trinitaria y recuperando
su filiación divina. En el tribunal de la Penitencia el hombre, de hijo pródigo
que dilapida la fortuna de gracia, se convierte en el hijo amado del Padre que
“estaba muerto y ha vuelto a la vida” (cfr. Lc
15, 24), porque ahora participa de la comunión de vida y amor con Dios Trino.
El sacramento de la Penitencia convierte al sacerdote en instrumento de la
misericordia del Padre que, lleno de gozo, sale al encuentro de su hijo pródigo
y, como el padre de la parábola, que “hace fiesta” para celebrar el retorno de
su hijo, derrama sobre el pecador la riqueza inestimable de su gracia y los
tesoros inagotables del Amor Divino, vertido con la Sangre del Cordero
traspasado y derramado como bálsamo sobre el pecador en el momento de la
absolución sacramental.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Quinto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Por
el sacerdocio ministerial, el hombre que se encuentra agobiado por una grave
enfermedad corporal y por las tribulaciones que esta conlleva, recibe la Unción
de los enfermos, sacramento por el cual atrae sobre sí la salud del alma, del
espíritu y del cuerpo, si esa es la Divina Voluntad, al tiempo que le concede
al cristiano la gracia de unirse a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, con
lo cual adquiere una fortaleza sobrenatural, la misma fortaleza de Jesucristo,
que no solo le permite sobrellevar la tribulación de la enfermedad, sino que la
convierte a ésta, por la unión con la Pasión de Jesús, en fuente de
santificación personal para el enfermo, para sus seres queridos y para los
pecadores. Por el sacramento de la Unción de los enfermos, el cristiano prepara
además su alma para iniciar el tránsito hacia la Casa del Padre, al atravesar
el umbral de la muerte fortalecido por la gracia de Jesucristo, recibiendo esta
fortaleza sobrenatural en el momento más importante para la vida del hombre,
que es el paso a la vida eterna. Así, gracias al sacerdocio ministerial, el
hombre, al nacer en el tiempo, comienza a participar de la vida de la gracia,
por el Bautismo sacramental, y al momento de morir, aunque muera terrenalmente,
recibe el perdón de los pecados -en ausencia de la confesión sacramental- y la
participación en la vida divina, la vida misma de Dios Trino, comunicada por la
gracia sacramental.
Por
el sacerdocio ministerial, el varón y la mujer consagran su amor esponsal al
ser unidos al matrimonio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa,
recibiendo no solo la gracia santificante necesaria para sobrellevar las
tribulaciones de la vida matrimonial, sino para formar un santo matrimonio, al
ser constituidos en prolongaciones e imágenes vivientes, el esposo terreno, de
Cristo Esposo, y la esposa terrena, de la Iglesia Esposa. Por el sacramento del
matrimonio, la unión esponsal de los esposos terrenos se injerta en la unión
esponsal mística entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, comenzando a
participar de esta unión esponsal y recibiendo de la misma sus características,
que por ser celestiales y sobrenaturales, son inmodificables por el hombre: unidad
(uno con una), indisolubilidad (para siempre), fecundidad (el matrimonio es
para procrear). Estas características reflejan la santidad y se derivan del
matrimonio místico entre Cristo y la Iglesia y esta es la razón por la cual no
se puede atentar contra las mismas, sin atentar contra Cristo y la Iglesia.
Meditación final.
El sacerdote ministerial, “levantado del polvo y el estiércol”[3],
recibe del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, la participación en su poder
sacerdotal, poder mediante el cual, por las palabras de la consagración,
realiza el milagro de la Transubstanciación en la Santa Misa, milagro por el
cual el mismo Dios Hijo en Persona, por voluntad del Padre y por Amor del
Espíritu Santo, desciende a las manos de un hombre, en donde es adorado por los
ángeles, así como lo adoran en el cielo y así como lo adoraron en los brazos de
María Santísima. El sacerdote ministerial es levantado así, a pesar de su
indignidad, “por encima de los príncipes de su pueblo, siendo capaz de hacer lo
que ellos no pueden”[4] y
“teniendo poder sobre el mismo Dios”[5],
reconociendo los ángeles del cielo “esta ventaja a los hombres de la tierra ordenados
en sacerdotes; y confiesan que ellos, con ser más altos en naturaleza, y
bienaventurados con la vista de Dios, no tienen poder para consagrar a Dios,
como el pobre sacerdote lo tiene”[6].
Un
Padre Nuestro, tres Ave Marías y Gloria, pidiendo por los santos Padres
Benedicto y Francisco, por las Almas del Purgatorio y para ganar las
indulgencias del Santo Rosario.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios
e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “Plegaria a Nuestra Señora de los
Ángeles”.