Dice Jesús Eucaristía: "Y ustedes, almas queridas, ¿por qué están frías e indiferentes a Mi amor? Sé que tienen que atender las necesidades de su familia, de su casa y del mundo que los solicita sin cesar. Pero, ¿no tendrán un momento para venir a darme prueba de su amor y de su gratitud? No se dejen llevar de tantas preocupaciones inútiles y reserven un momento para venir a visitar al Prisionero del amor".
Inicio:
ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación
por el gravísimo ultraje y sacrilegio a la Santísima Trinidad, a Nuestro Señor
Jesucristo y a María Santísima, que implica la adoración blasfema a Satanás,
programada por la secta satánica “Templo Satánico” en Boston, a realizarse públicamente
los días 28, 29 y 30 de abril de 2023. Nos unimos en la oración y en la adoración
a la Arquidiócesis de Boston, que ha pedido que “asaltemos el cielo” (sic) en
esos días, con oración de reparación. También pedimos por cristianos
perseguidos por los satanistas, como la alcaldesa de Boston, quien inicialmente
se opuso a la convención satánica, siendo duramente atacada por los seguidores
de Satanás. Para mayores detalles, consultar el siguiente enlace:
Canto
de entrada: “Cantemos al Amor de los amores”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación.
Una
imagen de la grandeza del cuerpo como “templo del Espíritu Santo”, nos la da el
cuidado que Dios mismo puso en que el Templo y el Tabernáculo sean hermosos. Toda
la materia con la que se habría de construir, quiso Dios que fuese elegida,
limpia y preciosa: oro y plata, ricos brocados, hermosas telas, piedras
preciosas, madera escogidísima, que era de Setin, muy estimada, incorruptible y
limpísima y no contento con eso, aunque era madera tan pura y rica, la mandó a
cubrir con oro[1].
Esto nos da una idea de la grandeza y magnificencia espiritual que la gracia
santificante concede al cuerpo, para que sea templo del Espíritu Santo.
Un
Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación.
Además
de esto, tuvo particular cuidado para que no hubiese en todo él ni una mancha y
así, habiendo mandado hacer un candelero y velón con siete lámparas que
ardiesen en él, ordenó que fuese todo de oro purísimo y para que no se
manchase, ni cayese ni una gota de aceite en el suelo o alguna pavesa humease,
lo previno con muchas vasijas y despabiladeras, todo con tanta curiosidad y aseo,
que hasta los pábilos de las luces que se despabilaban quiso que se echasen en
vasijas de oro purísimo y para mayor limpieza, quiso que aquel aceite fuese
preparado con varios olores y aromas[2]. Todo esto que se lleva a
cabo en el plano material, lo lleva a cabo la gracia santificante en el alma y
en el cuerpo, dotándolos de una riqueza incomparablemente más grandiosa que
cualquier riqueza material.
Un
Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación.
Para
que no se ensuciase el Tabernáculo ni cayese en él un poco de polvo, mandó
hacerle una y otra cubierta, para cuando estaba armado y después para cuando se
deshacía: cada parte de él debía tener su cobertor para que no la pudiesen tocar
con las manos. Toda la obra quiso que fuese tan prima y hermosa, que por sí
mismo dio el Señor la traza, no sólo de palabra, sino después de haber instruido
en ella al santo Moisés, le remitió el modelo y planta que de todo le mostró y
para que se ejecutase mejor, infundió milagrosamente arte y ciencia de ello a
algunos oficiales. Del mismo modo, el templo del Espíritu Santo que es el
cuerpo, no debe estar mancillado con la más mínima mancha de pecado venial y para
ello la gracia santificante lo purifica y lo santifica, concediéndole la hermosura
inigualable de la santidad divina.
Un
Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación.
Ahora
bien, si para depositar la Ley fue menester tanto aparato, riqueza, aseo y
limpieza, para recibir y conservar la gracia, ¿qué pureza será necesaria? Dos
tablas de la Ley fue menester que se guardasen en un arca riquísima de madera
incorruptible y más precioso de todos: la gracia, guardarse en un cuerpo
incorrupto y limpio, más precioso y puro que el oro. Toda esta lindeza y aseo
tan limpio del Tabernáculo, nos dice cuán puro debe ser, aun en él al Espíritu
Santo y que, para conservar su gracia, es menester mucha limpieza de cuerpo y
alma[3].
Un
Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación.
El
cristiano, siendo templo del Espíritu Santo por la gracia santificante, debe
conservar en su carne una pureza exquisita y grande, sin hacer pecado, aunque
fuese el más pequeño en esta materia; cuán preciosa debe ser la castidad de su
cuerpo, que es el templo del Dios Vivo. Por esto mismo, el cristiano debe
aprender del rigor con que Dios mandó se guardase limpieza en todas las cosas
que tocaban a aquel templo muerto, amenazando con pena capital de muerte, no
solo a los que contaminasen los vasos del santuario, pero aun el tocarlos y el
mirarlos descubiertos: de la misma manera, el cristiano debe conservar el
estado de gracia santificante, para que el alma y el cuerpo sean dignos templos
del Divino Amor, el Espíritu Santo.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor
Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los
ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente
ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del
Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.
Amén”.
Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los
Ángeles”.
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo
por las intenciones del Santo Padre Francisco.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina
Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 564.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo
del Santo Rosario meditado en reparación por la misa negra satánica programada
para realizarse en febrero de 2020 en Richmond, EE. UU., por parte de una secta
satánica. Para mayor información sobre el desdichado evento, consultar el
siguiente enlace:
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario meditado. Primer Misterio (a elección).
Meditación.
Con
relación a las Visitas al Santísimo Sacramento, San Juan Bosco nos dice así: “¿Queréis
que el Señor os conceda muchas gracias? Visitadlo con frecuencia. ¿Queréis que os
conceda pocas? Visitadlo poco. ¿Queréis que os ataque el demonio? Visitad poco
a Jesús Sacramentado. ¿Queréis que huya de vosotros? Visitad con frecuencia a
Jesús. ¿Queréis vencer al demonio? Refugiaos con frecuencia a los pies de
Jesús. ¿Queréis ser vencidos? Dejad de visitar a Jesús. Queridos míos, la
Visita al Santísimo Sacramento es un medio muy necesario para vencer al demonio.
Por tanto, id con frecuencia a visitar a Jesús y el demonio no vencerá contra
vosotros”[1].
Silencio
para meditar.
Padrenuestro,
diez Ave Marías, Gloria.
Segundo
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Los
santos sabían apreciar el inmenso don de misericordia divina que significa para
la Iglesia la Presencia Real del Hombre-Dios en la Eucaristía. San Alfonso
María de Ligorio, por ejemplo, decía así: “Estad seguros de que, de todos los
instantes de vuestra vida, el tiempo que hayáis pasado ante el Divino
Sacramento será el que más fuerza os dé durante la vida y más consolación a la
hora de la muerte y durante la eternidad”[2]. No puede ser de otra
manera, porque el tiempo transcurrido delante de Jesús Eucaristía es tiempo
impregnado de eternidad, de feliz eternidad.
Silencio
para meditar.
Padrenuestro,
diez Ave Marías, Gloria.
Tercer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El
amor lleva al alma a adorar a Dios Presente en la Eucaristía, de manera que el
amor se convierte en amor adorante y la adoración en adoración amorosa. En el
sagrario, Jesús es adorado sólo por quien lo ama de verdad y es amado de manera
eminente por quien lo adora. Los santos han sido los adoradores más fieles y
ardientes de Jesús Eucaristía. Por este motivo, la Adoración Eucarística ha
sido considerada siempre como la imagen más real de la adoración eterna que
constituirá todo nuestro Cielo. La diferencia está sólo en el velo que esconde
aquella realidad divina, de la que la fe nos da una seguridad inquebrantable.
Silencio
para meditar.
Padrenuestro,
diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La
Adoración Eucarística ha sido la mayor pasión de los santos. Adoración durante
horas y horas, a veces durante días y noches enteras. Allí, “a los pies de
Jesús”, como María de Betania (Lc 10,
39), en unión amorosa con Él, absorbidos por Él en la contemplación, consumían
su corazón en oblación pura y fragante de amor adorante. Si no lo somos,
pidamos a los santos que intercedan por nosotros para que nuestro amor eucarístico
sea un amor adorante.
Silencio
para meditar.
Padrenuestro,
diez Ave Marías, Gloria.
Quinto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
San
Pedro Julián Eymard exclamaba con ardor: “¡Que yo pueda servir de escabel, oh
Señor, a vuestro Trono Eucarístico!”.Y el
beato Carlos de Foucauld, que escribía a los pies del sagrario, decía: “¡Qué
dulzura de dulzuras, Dios mío…! Más de quince horas sin haber tenido otra cosa que
hacer más que esto: Miraros y deciros: “¡Señor, os amo!”. ¡Oh, qué dulzura!”. Desde
el inicio de la Iglesia, todos los santos han sido adoradores apasionados de la
Eucaristía. Ellos, que amaban de verdad, no contaban las horas de adoración que
pasaban al día o por la noche a los pies de Jesús en el sagrario.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro
y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “Los cielos, la tierra y el mismo
Señor Dios”.
[1]Cfr.
Stefano María Manelli, Jesús, Amor Eucarístico, Testimonios
Escogidos de Autores Católicos, Madrid 2006, 111.
Escultura satánica que profana la Navidad llamada "Snaketivity",
colocada en la municipalidad de Illinois, Estados Unidos.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del
Santo Rosario en reparación por el ultraje cometido contra la Navidad por parte
de la secta satánica llamada “Templo Satánico” de Chicago. La profanación y ultraje del
festejo navideño consistió en la colocación, en la rotonda de la municipalidad del
Estado de Illinois, Estados Unidos, una estatua que representa al Demonio en el momento en que tienta
a Eva para que cometa el pecado original. La blasfema pieza “artística”, que
lleva el nombre de “Snaketivity”, fue puesta, a modo de burla blasfema contra
el Nacimiento del Señor, junto al árbol de Navidad. La noticia relativa al triste evento se puede encontrar en el sitio: es.churchpop.com
Canto inicial:
“Cantemos al Amor de los amores”.
Oración inicial:
“Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no
creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os
adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del
Santo Rosario meditado.
Primer misterio (misterios a elección).
Meditación.
En el Evangelio, Jesús realiza una promesa: “Yo estaré
con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Puesto que Jesús no hace promesas en vano, esa promesa
la cumplió. ¿De qué manera? Quedándose en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre,
Alma y Divinidad, con el mismo Cuerpo, la misma Sangre, la misma Alma y la
misma Divinidad con que se encuentra en el Reino de los cielos. Jesús no está
en la Eucaristía como en un simple recuerdo o conmemoración: está en la
Eucaristía con su Acto de Ser divino trinitario, con el mismo Acto de Ser con
el cual se encuentra en el cielo. El Cristo Eucarístico es el mismo y único
Cristo que es adorado en los cielos por ángeles y santos. La única diferencia
que nos separa a nosotros de los ángeles y santos es que ellos contemplan al
Cordero cara a cara en el cielo, mientras que nosotros lo contemplamos con los
ojos del alma, iluminados por la luz de la fe: no vemos a Jesús con los ojos
del cuerpo porque está oculto a nuestros sentidos corporales por la apariencia
de pan. La forma de cumplir su promesa de “estar todos los días con nosotros,
hasta el fin del mundo”, es por medio del Sacramento de la Eucaristía. La
Eucaristía es “el Emanuel”, el “Dios con nosotros” (Mt 1, 23)[1].
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Aunque los ojos del cuerpo y los sentidos nos digan
que la Eucaristía es solo un poco de pan, la fe de la Iglesia nos dice algo substancialmente
distinto: la fe de la Iglesia nos dice que la Eucaristía es solo apariencia de
pan y que en ella está Presente el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la
Santísima Trinidad. La Iglesia, en su Magisterio, nos dice así: “la fe de la
Iglesia es esta: que uno e idéntico es el Verbo de Dios y el Hijo de María, que
padeció en la Cruz, que está presente en la Eucaristía, que reina en el Cielo”[2].
Por esta razón, para el cristiano que milita en la tierra y peregrina hacia la
Jerusalén celestial, el estar de rodillas, adorando la Eucaristía, es el
equivalente al estar delante del Cordero, viéndolo y adorándolo cara a cara,
por parte de los ángeles y santos. Jesús se queda en Persona en la Eucaristía,
con su Acto de ser divino trinitario y con su Humanidad glorificada, para
acompañarnos todos y cada uno de nuestros días, para consolarnos en las penas,
para fortalecernos en las tribulaciones, para alegrar nuestros días y para
santificar nuestras vidas. Jesús en la Eucaristía nos acompaña y se queda en medio
nuestro, siendo para nosotros el “Emanuel, el Dios con nosotros”.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La Eucaristía es, literalmente, todo para el
cristiano. Si el cristiano tiene la Eucaristía –si la adora, si comulga en
estado de gracia-, no necesita nada más. La razón es que la Eucaristía es Dios
en Persona y Dios, cuando ingresa en el alma por la comunión eucarística, o
cuando irradia su gracia desde la Eucaristía en la adoración eucarística, extra-colma
al alma con todo tipo de dones, pero, sobre todo, lo colma con su Presencia
Personal. Y teniendo a Dios en el alma, que lo es Todo, el alma no necesita
nada más. Muchos cristianos, al no hacer esta consideración, dejan de lado la
Eucaristía y se derraman por el mundo buscando lo que el mundo no puede dar:
alegría, paz, amor, sabiduría celestial, fortaleza. Se comportan como un hombre
que, teniendo en su casa alimento para todo un año, deja de lado esos alimentos
y sale a mendigar mendrugos de pan. San Agustín expresa esta verdad de la
siguiente manera: “Dios, siendo Omnipotente, no pudo dar más; siendo
Sapientísimo, no supo dar más; siendo riquísimo, no tuvo más para dar”. En la
Eucaristía, Dios nos da su omnipotencia, su sabiduría, la riqueza de su
divinidad y no por grados, sino que se nos da todo Él en Persona, sin
reservarse nada. Por eso, quien tiene la Eucaristía, aunque no tenga nada
humanamente hablando, lo tiene todo, y al revés también es cierto: quien lo
tiene todo humanamente hablando, pero no tiene la Eucaristía, no tiene nada.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La Eucaristía es la plenitud del Amor de Dios. Quien
se une a Jesús Eucaristía, se funde, por así decirlo, con su Sagrado Corazón
Eucarístico y su corazón se ve colmado con el Amor de Dios, el Espíritu Santo,
que arde en el Corazón de Jesús. Todo verdadero amor surge del Amor del Sagrado
Corazón Eucarístico de Jesús y no hay verdadero amor si no es participación de
este amor puro, santo, inmaculado, eterno y celestial. Dice San Bernardo: “La
Eucaristía es el amor que supera a todos los amores del cielo y de la tierra”,
y la razón es que es el Amor de Dios, que es infinito y eterno. Un hecho
concreto nos habla de la grandeza del Amor de Dios contenido en la Eucaristía:
“un día, un emir árabe, Abd-el-Kadre, yendo por las calles de Marsella en
compañía de un oficial francés, se encontró con un sacerdote que llevaba el
Santo Viático a un moribundo. El oficial francés se paró, se descubrió la
cabeza y se arrodilló. El amigo le preguntó la razón de ese saludo. “Adoro a mi
Dios que el sacerdote está llevando a un moribundo”, respondió el oficial.
“¿Cómo es posible –dijo el emir- que podáis creer vos que Dios que es tan
grande se vuelva tan pequeño y consienta en ir también a las buhardillas de los
pobres? Nosotros los mahometanos tenemos una idea mucho más alta de Dios”. “Eso
es porque vosotros –contestó el oficial- tenéis solamente una idea de la
grandeza de Dios, pero no conocéis su Amor”[3].
Todo el Amor de Dios se contiene en la Sagrada Eucaristía y quien posee la
Eucaristía, aun siendo humanamente el más miserable de los hombres, posee el
Amor de Dios y, con el Amor de Dios, lo posee todo y nada más necesita.
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Son los
santos los que comprendieron, cabalmente, el hecho de que la Eucaristía es el
Amor de Dios en su plenitud, que arde en el Sagrado Corazón Eucarístico de
Jesús y se comunica al alma por la comunión. Santa Gema Galgani decía: “No
puedo soportar el pensar que Jesús en la prodigiosa expansión de su amor se
hace sentir y se manifiesta hasta en su última creatura con todos los
esplendores de su corazón”. Porque no soportaba estar un instante sin el Amor
Eucarístico de Jesús, Santa Gema deseaba también ser una “tienda de amor” en la
que pudiera estar siempre Jesús Eucaristía; quería tener “un lugarcito en el
copón”, para estar siempre con Jesús Eucaristía; quería llegar a ser “la bola
de fuego del Amor” de Jesús[4].
Otra santa que vivía literalmente del Amor Eucarístico era Santa Teresita del
Niño Jesús. Cuando estaba ya gravemente enferma, acudía a la Iglesia caminando
penosamente para recibir a Jesús Eucaristía. Una mañana, después de la
comunión, la encontraron agotada en su celda. Una de las Hermanas le hacía ver
que no debía esforzarse tanto. Santa Teresita respondió: “¡Oh! ¿Qué son estos
sufrimientos en comparación con una Comunión?”. Y puesto que no podía comulgar
diariamente, como lo deseaba, puesto que en ese entonces no estaba permitido,
decía a Jesús Eucaristía: “Quedaos en mí como en el Sagrario, no os alejéis de
vuestra pequeña hostia”[5].
Ser un sagrario viviente de Jesús, ser una hostia viva, por participación al
Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, como lo deseaban y lo eran los
santos, debe ser el objetivo principal en la vida de todo cristiano.
Oración
final:“Dios mío, yo creo,
espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni
te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os
adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo
Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los
pobres pecadores. Amén”.
Canto final:
“Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.
[1]
Cfr. Stefano María Manelli, Jesús, Amor Eucarístico, Testimonio de
Autores Católicos Escogidos, Madrid 2006, 15.
Inicio: habiéndonos enterado por los medios de
comunicación (http://infocatolica.com/blog/infories.php/1405081112-autorizan-la-celebracion-de-u; http://infocatolica.com/blog/infories.php/1405091050-la-archidiocesis-de-boston-ex)acerca de la realización, por parte de unos estudiantes
pertenecientes a una secta satánica denominada “Templo Satánico” de una “misa
negra satánica” en los predios de la Universidad de Harvard en los EE. UU., la
cual cuenta con la correspondiente autorización concedida por los directivos de
la mencionada Universidad, ofrecemos esta Hora Santa en reparación por dicha “misa”,
habida cuenta de lo que significa, un ultraje blasfemo, sacrílego, satánico,
dirigido a profanar y a denigrar, explícitamente, lo más sagrado con que cuenta
la Iglesia Católica, la Sagrada Eucaristía. Ofrecemos esta Hora Santa en
reparación y desagravio por esta horrible y blasfema misa negra satánica,
prevista para el día 12 de mayo de 2014, a horas 201.30, hora de EE.UU. El
hecho es tanto más grave aún, cuanto que, inicialmente, los organizadores del “evento”,
pretendían realizar el acto sacrílego con una Hostia consagrada, retractándose
de este propósito frente a la reacción pública de los católicos, aunque cabe
suponer que los sectarios satánicos poseen una o más Hostias consagradas
(profanadas y robadas, obviamente) en su poder, por lo cual, esta Hora Santa
tiene la intención de reparar también por estas Hostias robadas y profanadas. Imploramos
también la Misericordia Divina por las almas de quienes se encuentran detrás de
la organización de tan excecrables y condenables actos, por su conversión y
arrepentimiento, antes de que sea demasiado tarde, pues se encuentran en
peligro de eterna condenación.
Hora Santa y rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la misa negra satánica en la Universidad de Harvard
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Meditación
Jesús, la Santa Misa es el tesoro más preciado no solo de
los católicos, sino de la Humanidad entera, porque por ella se renueva, de modo
incruento, tu Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio por el cual la Humanidad encuentra su salvación. Asistir a la Santa Misa es asistir
al Santo Sacrificio de la Cruz, el sacrificio que salva a los hombres de la eterna condenación. Quien asiste a Misa no asiste a un mero oficio
religioso: asiste al espectáculo que asombra a cielos y tierra, porque sobre el
altar eucarístico se yergue, majestuosa, invisible, la Santa Cruz, que sostiene
entre sus brazos, al Cordero de Dios, que en un misterio de Amor divino
incomprensible, inabarcable, entrega en la Eucaristía su Cuerpo y derrama en el
Cáliz del altar su Sangre, así como hace veintiún siglos entregó su Cuerpo en
la Cruz y derramó su Sangre desde su Corazón traspasado y desde sus heridas
abiertas, para la salvación del mundo. Y así como la Santísima Virgen y Juan el
Evangelista, inflamados sus corazones por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, asistían
conmovidos y estremecidos de Amor al Santo Sacrificio de la Cruz, así también quienes
hoy asistimos a la Santa Misa, somos convocados, aun sin saberlo, por el mismo
Espíritu Santo, el Amor Divino, para ser testigos del mismo Santo Sacrificio del
Calvario, que se renueva de modo incruento, bajo el velo sacramental, en el
misterio de la liturgia eucarística. Por este misterio que brota de lo más
profundo de las entrañas de Sagrado Corazón, te suplicamos, oh Jesús
Misericordioso, ten piedad de nosotros, de nuestros seres queridos, del mundo
entero, y sobre todo de quienes, enceguecidos por el odio satánico, no dudan en
cometer horrendos sacrilegios en las blasfemas misas negras. Amén.
Silencio para meditar.
Jesús, la Santa Misa es la obra más grandiosa de la
Santísima Trinidad. Si Dios Uno y Trino quisiera hacer una obra con más
Sabiduría y con más Amor que la Santa Misa, no lo podría hacer, porque en ella
está empeñada toda su Sabiduría, toda su Misericordia, todo su Amor. Por la
Santa Misa, los hombres damos a Dios Uno y Trino toda la adoración, todo el
amor, toda la acción de gracias, toda la bendición, todo el honor, todo el
poder, toda la alabanza, que la Trinidad se merece. Sin la Santa Misa, sin el
Santo Sacrificio del Altar, que es al mismo tiempo el mismo y único Santo
Sacrificio de la Cruz, no podríamos nunca los hombres, tributar a la Santísima
Trinidad el homenaje que la majestad infinita de la augustísima Trinidad se
merece. Por una simple Misa, celebrada en la más humilde de las capillas,
ubicada en el más remoto de los parajes, la Santísima Trinidad recibe la
adoración, la alabanza, el honor, la bendición, la glorificación, que las Tres
Divinas Personas, por ser Ellas las Tres Adorabilísimas Personas de la
Augustísima Trinidad, se merecen, y sin la Santa Misa, el mundo, el Universo
entero, no merecerían existir. Si la Santa Misa se dejara de celebrar, en ese
mismo instante, el Universo entero, visible e invisible, debería, al instante,
dejar de existir, debería ser aniquilado, porque nada, absolutamente nada,
habría en él, digno de la Santísima Trinidad y no merecería su existencia. Es por
esto que si las cosas existen y tienen vida; si los seres, visibles e invisibles,
si los hombres y los ángeles son, viven y existen, es por la Santa Misa, porque la
Santa Misa es el Santo Sacrificio de la Cruz, y el Santo Sacrificio de la Cruz
es la respuesta de Amor de Dios Trino al pecado del hombre. Dios Padre envía a
su Hijo Dios al mundo, y el hombre se lo devuelve crucificado y muerto en la
cruz y Dios Padre, en vez de responder con Justicia, descargando el peso de la
ira divina en respuesta a la muerte de su Hijo Dios, tal como lo exige la
Justicia Divina, responde en cambio con las entrañas de su Misericordia, derramando los
torrentes inagotables de su Misericordia Divina, al ser traspasado el Corazón
de su Hijo por la lanza del soldado romano en la Cruz. Esta es la razón por la
cual la Santa Misa es la Misericordia Divina puesta en el altar eucarístico:
porque en el Calvario, en el Santo Sacrificio de la Cruz, en Dios prevalece su
Misericordia por sobre su Justicia. Por este misterio insondable del Amor
Misericordioso de Jesús, oh Dios Uno y Trino, ten misericordia de nosotros, de
nuestros seres queridos, del mundo entero, y de quienes han organizado la misa
satánica en la Universidad de Harvard. Amén.
Silencio para meditar.
Jesús, la Santa Misa es la obra de tu Amor Misericordioso,
porque en ella renuevas el Santo Sacrificio de la Cruz, y por lo tanto renuevas
el Amor Eterno expresado en las Siete Palabras pronunciadas por Ti en la Cruz. En
cada Santa Misa escuchamos, en el silencio de nuestras almas, las Siete
Palabras, pronunciadas para todos y cada uno de nosotros: “Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen” (Lc 23, 34):
son nuestros pecados los que te golpean, te flagelan, te coronan de espinas, te
taladran las manos y pies con duros clavos de hierro, te dejan agonizar hasta
la muerte, te perforan el costado con la lanza, te quitan la vida, te exprimen
tu Preciosísima Sangre, hasta la última gota. Y sin embargo, Tú nos excusas
ante el Padre, pidiendo perdón en vez de castigo, porque “no sabemos lo que
hacemos”, porque sabes que nuestra necedad y nuestra ceguera nos impide ver la
relación directa que hay entre el pecado que cometemos y el golpe que Tú
recibes en tu Sacratísimo Cuerpo. Piedad, Señor, pecamos contra Ti; perdónanos,
porque no sabemos lo que hacemos, danos la luz del Espíritu Santo, para que
elijamos la muerte antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado. “Hoy
estarás conmigo en el Paraíso” (Lc
23, 43). La Segunda Palabra pronunciada en la Cruz, la escuchamos también en la
Santa Misa, en el silencio del alma, porque Tú la pronuncias a todo aquel que
se reconoce, como el Buen Ladrón, un pecador que recibe inmerecidamente el perdón
y la misericordia de parte de un Dios que, con tal de ganarse a su creatura
para el cielo, no duda en humillarse hasta la muerte de cruz. En la Santa Misa,
eres Tú, oh Dios del cielo, Jesucristo, quien bajas rasgas el cielo y bajas,
hasta el altar eucarístico, crucificado, como si fueras un malhechor, siendo el
Cordero Inocente, derramando tu Sangre Preciosísima en el Cáliz del altar, para
que yo, el verdadero malhechor, ante la vista de tanto Amor y Misericordia,
ablande mi duro corazón y exclame: “¡Acuérdate de mí, oh Jesús, Tú que eres el
Rey del cielo!”. Por este misterio insondable de tu Amor misericordioso, ten
piedad de nosotros y del mundo entero, y de quienes perpetran las blasfemas
misas negras y concédeles la gracia de la conversión, antes de que sea
demasiado tarde. Amén.
Silencio para meditar.
“He
aquí a tu Hijo; he aquí a tu Madre” (Jn
19, 26). La Tercera Palabra de la Cruz también la pronuncias en la Santa Misa, porque
en donde está el Hijo, está la Madre, y como la Santa Misa es la renovación
incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, y la Virgen está de pie junto a la
Cruz, la Virgen está también de pie, en el altar eucarístico, en donde se lleva
a cabo el Santo Sacrificio del Altar. Y así como en el Calvario diste a Juan
como Madre la Virgen María, así también en la Santa Misa, renuevas cada vez el
don de la Virgen como Madre nuestra amorosa, y es por eso que asistir a la
Santa Misa es estar resguardados por el amor maternal de la Virgen,
como así también aumentar cada vez más nuestro amor filial por la Virgen y ser
conscientes de que no es posible acercarnos a Ti, oh Jesús, si no es a través
del Inmaculado Corazón de María, porque nadie puede acercarse al Hijo si no es
a través del Corazón de la Madre y nadie puede recibir gracias si no es por
medio del Inmaculado Corazón de María. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?” (Mt 27, 46). La Cuarta
Palabra de la Cruz, también la pronuncias en la Santa Misa, y también la
escuchamos resonar en el silencio del alma, en lo más profundo de nuestro ser, porque
la tribulación es el sello distintivo de los verdaderos hijos de Dios, de
quienes han sido elegidos por Dios y sellados por Él para ser discípulos y
amigos de su Hijo Jesús, porque así lo dijo Jesús en el Evangelio: “El que deje
todo por Mí recibirá persecuciones y la vida eterna” (cfr. Mc 10, 28-31). La Cena Pascual consiste en Carne de Cordero asada
en el Fuego del Espíritu Santo; Pan de Vida Eterna; Vino de la Alianza Nueva y
definitiva, y todo acompañado con las hierbas amargas de la tribulación, y es
por eso que en la Santa Misa, como en la Cruz, escuchamos tus Palabras: “Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?”, pero también sabemos, que si Dios Padre
parece haberte abandonado, no así la Virgen Madre, que permanece de pie junto a
la Cruz, y por eso también para nosotros, la Virgen es el consuelo en medio de
las tribulaciones de la vida. Por todas estas misericordias, que brotan de tu
Sagrado Corazón, ten piedad de nosotros, de nuestros seres queridos, del mundo
entero, y de quienes han pergeñado la horrible y blasfema misa negra de la
Universidad de Harvard, y concédeles la gracia de la conversión, antes de que
sea demasiado tarde. Amén.
Silencio para meditar.
“Tengo sed” (Jn 19, 28). La Quinta Palabra la escuchamos también, en el silencio
del alma, en la Santa Misa, porque la Santa Misa se ofrece, al igual que el Santo
Sacrificio de la Cruz, por toda la humanidad, y la sed que tenías en la Cruz
era, ante todo, sed de almas, pero también era sed de nuestro amor, sed de
nuestros afectos, sed de nuestros buenos pensamientos, sed de nuestros buenos
deseos, sed de nuestros buenos propósitos, sed de nuestras buenas obras. Cada Santa
Misa, por lo tanto, es una oportunidad para que saciemos tu sed, ofreciendo tu
propio sacrificio de la Cruz por la salvación del mundo entero y ofreciendo no
solo el propósito sino obras concretas de misericordia, corporales y
espirituales, hechas en el amor a Ti, con el deseo de satisfacer y calmar tu
sed de almas y de nuestros buenos propósitos y sentimientos. Cada Santa Misa es
la oportunidad para satisfacer tu sed, sed de almas y sed de nuestro amor y es
por eso que, para asistir a Misa, debemos esforzarnos y sacrificarnos, día a
día, en el obrar la misericordia para con nuestros hermanos más necesitados,
incluidos también y en primer lugar nuestros enemigos, porque esa es la única
forma en la que lograremos calmar tu sed, esa sed que Tú clamas en cada Santa
Misa y que nos haces escuchar en el fondo de nuestros corazones. Si asistimos a
Misa sin obrar la misericordia y sin perdonar y sin amar a nuestros enemigos,
no solo no calmamos tu sed, sino que la volvemos más abrasadora, haciéndola más
y más insoportable, y en vez de agua para calmarla, te damos hiel y vinagre. “Todo
está consumado” (Jn 19, 30). En la
Santa Misa escuchamos la Sexta Palabra de la Cruz, porque como en el Calvario,
en el Santo Sacrificio del Altar todo se recapitula en Cristo, los tres enemigos
del hombre, el demonio, la muerte y el pecado, son derrotados definitivamente,
de una vez y para siempre y se abre, para la humanidad entera, un nuevo
horizonte, impensado, inimaginable, el seno de la Santísima Trinidad, en donde
son introducidos aquellos que son lavados por la Sangre del Cordero. Tanto en
la Cruz como en la Misa, se consuma el destino de dicha, de felicidad, de
alegría, de amor, de paz inconcebibles, inimaginables, conseguidos al Precio
altísimo de la Vida y de la Sangre Preciosísimas de la Sangre del Cordero
Bendito de Dios, sacrificado e inmolado en la Ara de la Cruz, y por eso,
escuchamos y repetimos, atónitos e inmersos en el estupor sagrado que nos
produce el misterio del Amor Divino manifestado en la Cruz de Cristo, y
estuporosos, en el silencio de nuestras almas, la Sexta Palabra de la Cruz,
pronunciada por el Cordero Victorioso, como Degollado: “Todo está consumado”. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
(Lc 23, 46). La Séptima y última
Palabra de la Cruz, la escuchamos también en la Santa Misa, en el silencio de
nuestras almas, porque como en el Calvario, Jesús también entrega al Padre, en
la Misa, su Espíritu al Padre. Y en la Eucaristía, el Padre, junto con el Hijo,
entregan el Espíritu, en cada comunión eucarística, a los hijos adoptivos de
Dios, que comulgan con fe y con amor, provocando en cada alma un pequeño
Pentecostés, un soplo del Espíritu que incendia al alma en el Fuego del Amor
Divino. Por este misterio del Amor de tu Sagrado Corazón, oh Jesús
Misericordioso, imploramos tu Divina Misericordia para nosotros, para nuestros
seres queridos y para el mundo entero, y te pedimos la conversión de quienes
han pergeñado la horrible y sacrílega misa negra en la Universidad de Harvard.
Amén.
Meditación final
Jesús, debemos ya
retirarnos, pero dejamos nuestros tibios corazones en las manos purísimas de
María, para que Ella los custodie, para que así reciban el calor del Amor de
Dios en el que arde su Inmaculado Corazón.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.