lunes, 21 de noviembre de 2016

Jesús se queda en la Eucaristía para darnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, como anticipo del Amor que derramará en nuestros corazones, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos



En la Última Cena, en el inicio de su misterio pascual de muerte y resurrección, y movido por el Amor de Dios que abrasa en el Fuego divino su Sagrado Corazón –“habiendo amado  a los suyos, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1)-, sabiendo Jesús que debía sufrir la Pasión y que “había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”, Jesús se despide de sus discípulos, anticipándoles su muerte en Cruz. Jesús sabía que había llegado la Hora sagrada de su Pasión, Pasión por la cual habría de entregar su Cuerpo y derramar su Sangre en el altar de la cruz; sabía que iba a morir a esta vida terrena, para resucitar a la vida eterna; sabía que habría de abandonar en este mundo, luego de ser traicionado, encarcelado, condenado a muerte y flagelado; sabía que habría de morir en medio de terribles dolores, y que habría de entregar su Cuerpo y derramar su Sangre, para que fuéramos salvados. Al escuchar sus palabras sus discípulos se angustian, porque al revelarles Jesús que va a morir, se dan cuenta de que no van a verlo más; saben que quedarán solos, en este mundo que es “un valle de lágrimas”; en este mundo inmerso “en tinieblas y en sombras de muerte”, pero no en las tinieblas cósmicas, sino en las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, y en las tinieblas del pecado, del error, de la ignorancia y de la muerte.
Al comprobar la angustia producida en sus discípulos, Jesús les dice: “No se angustie vuestro corazón (Jn 13, 2) (…) no os dejaré huérfanos (Jn 14, 18) (…)”. Y luego, anticipando su resurrección y ascensión al cielo, deja una promesa para toda la Iglesia, para todos los tiempos: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)”. Es decir, Jesús anuncia en la Última Cena que habrá de morir, pero al mismo tiempo, deja la promesa de que habrá de quedarse con nosotros “todos los días, hasta el fin del tiempo”, y esta promesa la cumple en el mismo momento en el que está por subir al Padre, quedándose con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en la Eucaristía.
Su Presencia Eucarística es entonces el cumplimiento de esta promesa, porque allí se encuentra Jesús, el mismo Jesús que, procediendo eternamente del Padre se encarnó en el seno de la Virgen Madre y que, luego de sufrir la muerte en Cruz y resucitar subió a los cielos, es el mismo Jesús, que está Presente en la Eucaristía, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, vivo, glorioso, resucitado, impasible, esperando por nosotros, para aliviar nuestras penas y dolores, cargándolas a todas sobre sus hombros: “Venid a Mí, los que estáis afligidos y agobiados, y Yo os aliviaré” (Mt 11, 28). El mismo Jesús, que es adorado por la Iglesia Triunfante, los ángeles y santos en el cielo, es el mismo Cordero de Dios que, oculto en apariencia de pan en la Eucaristía, recibe la adoración, la alabanza, el honor y la gloria por parte de la Iglesia Militante en la tierra. También nosotros, como los Apóstoles, nos sentimos solos en este mundo de oscuridad y tinieblas, en este mundo sin Dios, en este mundo en el que la Ley de Dios y sus Mandamientos de amor no cuentan nada, en este mundo en el que las tinieblas vivientes parecen haber tomado el control de prácticamente toda la vida humana, en todos sus aspectos; también nosotros, como los discípulos, podemos tener la tentación de sentimos desamparados por un momento, pero este sentimiento desaparece cuando recordamos que no solo tenemos la promesa de Jesús dada a los discípulos, de quedarse “todos los días hasta el fin del mundo”, sino que tenemos la gracia de ver esta promesa ya cumplida, porque la Presencia Eucarística de Jesús, en el sagrario, en la custodia, en el templo de Adoración Perpetua, es esa promesa ya cumplida de Nuestro Señor. Sólo tenemos que acudir a sus pies y postrarnos ante su Presencia Eucarística, para que Jesús, desde el silencio de la Hostia consagrada, tome sobre sí nuestras penas y dolores, nuestras alegrías y logros, nuestra vida toda, para colmarnos de su paz, de su alegría, de su fortaleza, de su sabiduría y del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, pero también para decirnos, en el silencio de la oración, que no nos preocupemos, que esta vida “pasa como un soplo”, que es “una mala noche en una mala posada”, como dice Santa Teresa de Ávila, y que Él ha venido para prepararnos un lugar en el cielo, para que después de esta vida, estemos con Él, que está en el cielo: “Voy a prepararos un lugar en la Casa de mi Padre, para que donde Yo esté, también estéis vosotros” (Jn 14, 2-3).
Por último, Jesús sufre su Pasión y se queda entre nosotros, solo por amor y nada más que por amor –“habiendo amado  a los suyos, los amó hasta el fin”- y es ese Amor, no el amor limitado del corazón del hombre, sino el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, el que Jesús nos pide que demos a nuestros hermanos: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 34-35).
Jesús se queda por amor en la Eucaristía, para darnos su Amor y para que demos de ese Amor, recibido en la Eucaristía, a nuestros hermanos y es por eso que el adorador que ama a sus hermanos, es el que ama a Jesús Eucaristía: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada” (Jn 13, 23). 24 Por el contrario, el adorador eucarístico que no ama a Jesús, no ama a sus hermanos: “El que no me ama, no guarda mis palabras” (Jn 13, 24).
Jesús se ha quedado entre nosotros, en la Eucaristía, no solo para consolarnos en las tribulaciones de esta vida, sino para darnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, como anticipo del Amor que derramará en nuestros corazones, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Hora Santa en reparación por profanación contra la Eucaristía en Yucatán, México


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por la profanación eucarística ocurrida en Yucatán, México, en el mes de Octubre de 2016. La noticia del lamentable hecho se encuentra en los siguientes sitios electrónicos: https://www.aciprensa.com/noticias/roban-y-profanan-eucaristia-en-parroquia-de-mexico-73281/; https://www.youtube.com/watch?v=eGa9XomdrYc;
         Como siempre lo hacemos, pediremos por la conversión de los autores de este sacrilegio, como así también nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos, y la de todo el mundo. 
              

         Oración inicial: "Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman" (tres veces).

          "Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén".

         Canto inicial: "Postrado a vuestros pies humildemente".

         Inicio del rezo del Santo Rosario meditado. Primer Misterio (misterios a elección).

         Meditación.

El corazón es el símbolo del amor[1], tanto en el lenguaje humano -popular, artístico, filosófico-, como en el lenguaje divino de la Escritura y la razón es que es el órgano en el que más repercuten los afectos del hombre: con el dolor el corazón se oprime y, si es muy intenso, hasta puede suspender su funcionamiento; el amor, en cambio, hace que palpite más aceleradamente, y esto se debe a la estrecha relación entre los movimientos del corazón y nuestros afectos. Según los Papas y el Magisterio de la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús –que late en la Eucaristía- es el símbolo y la imagen sensible del Amor infinito del Hombre-Dios Jesucristo: “En el Sagrado Corazón se encuentra el símbolo y la imagen sensible de la caridad infinita de Jesucristo”[2]. En otras palabras, puesto que no podemos “ver” corporalmente al Amor de Dios, este Amor de Dios se nos representa, simbólicamente, visible y sensiblemente, en el Sagrado Corazón de Jesús. Y puesto que éste late en la Eucaristía –vivo, glorioso, radiante de gloria divina, resucitado-, podemos decir, por extensión, que también la Eucaristía es el símbolo y representación visible del Amor del Corazón de Jesús.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Cuando Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, le dijo: “Aquí tienes este Corazón que tanto amó a los hombres”. Y le mostró su Corazón, con una Cruz en su base, rodeado por una corona de espinas, envuelto en llamas y con su costado traspasado, del que manaba sangre y agua. La Cruz en la base del Sagrado Corazón significa que quien quiera alcanzar el Fruto exquisito, el Sagrado Corazón de Jesús, que está en el Árbol de la Vida, que es la Santa Cruz, sólo debe subir a este Sagrado Árbol y tomarlo, así como cuando alguien ve un fruto maduro y delicioso en un árbol se sube a este para tomarlo y disfrutar de él. La Cruz plantada en la base del Corazón Sacratísimo de Jesús nos dice que quien quiera probar el Fruto exquisito del Paraíso celestial -el Espíritu Santo contenido en el Sagrado Corazón-, no debe hacer otra cosa que subirse a la Santa Cruz de Jesús, y nos enseña también que quien quiera deleitarse con el Amor de Dios, que cual pulpa deliciosa se nos ofrece en la Sangre y las Llamas de Corazón de Jesús, no habrá de encontrarlo en otro lugar que no sea en la Santa Cruz.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La corona de espinas, que ciñe al Sagrado Corazón y le provoca acerbos dolores –en la fase de expansión del Corazón o diástole, las espinas se clavan, mientras que en la fase de contracción o sístole, las espinas se retiran, desgarrando el músculo cardíaco-, son nuestros pecados, los pecados de deseos perversos consentidos, cualquiera que estos sean: lujuria, venganza, ira, odio, avaricia, envidia, blasfemia, rechazo de la Cruz, etc. La corona de espinas alrededor del Sagrado Corazón nos hace ver, con toda claridad, que si el pecado en nosotros no provoca dolor pero sí placer de concupiscencia, ese mismo pecado, consentido y deleitado, se materializa en las gruesas, duras, y filosas espinas de la corona que, ciñendo al Sagrado Corazón en las dos fases de los latidos cardíacos, traducen nuestros placeres de concupiscencias en dolores lancinantes, que no dejan al Sagrado Corazón ni un segundo de alivio. Esta corona debe hacernos reflexionar para que, ante la tentación de cometer un pecado pensemos que, a mayor grado de placer pecaminoso que produce en nosotros el pecado, mayor es el dolor provocado al Sagrado Corazón, y eso nos debe conducir al propósito de no solo no comulgar jamás en pecado mortal, sino de desear y pedir, como una gracia preferencial, proveniente del Inmaculado Corazón de María, Medianera de todas las gracias, el morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Las llamas que envuelven al Sagrado Corazón representan al Espíritu Santo, Fuego de Amor divino que es espirado por el Padre y el Hijo desde la eternidad y que abrasa, como Fuego Santo, la Humanidad Santísima y el Corazón de Jesús, convirtiendo su Humanidad en un Brasa o Carbón –Ántrax, como lo llaman los Padres de la Iglesia, por el ardor en el amor que este Fuego Sagrado provoca- y a su Corazón en un Horno ardentísimo de caridad divina, tal como Jesús se reveló a Santa Margarita de Alacquoque. Y es en este Horno ardentísimo de caridad, y es en estas llamas de Amor divino, en el que nuestros pobres corazones deben arder y consumirse, día y noche, en el tiempo y en la eternidad. El Fuego que arde en el Corazón Sacratísimo de Jesús es el Fuego que Jesús, el “Divino Incendiario”, “ha venido a traer en la tierra y quiere ya verlo ardiendo” (cfr. Lc 12, 49), pero para eso, se necesita que nuestros corazones dejen de ser como piedras frías y oscuras, por la falta de caridad, gracia y amor en ellos, y se conviertan en carbones –o leños, o pastos secos-, que al contacto con esa Brasa ardiente que es el Corazón Eucarístico de Jesús, ardan y combustionen espontáneamente, convirtiéndose a su vez en brasas incandescentes o en antorchas vivientes que, envueltas por el Fuego del Divino Amor, iluminen la oscuridad en la que está inmerso el mundo y le den el calor del Amor de Dios. Las llamas que envuelven al Adorabilísimo Corazón de Jesús representan entonces el Fuego de Amor vivo que consume a Jesús, y con el cual desea ardientemente abrasar a todos los corazones. En un mundo sin Dios, se ha enfriado la caridad de los hombres al punto de haberse convertido en gélido hielo, incapaz de amar a Dios y a su prójimo, y el único fuego que puede derretir los corazones de hielo, es el Fuego del Divino Amor, contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Llaga del Corazón de Jesús, producida por el frío hierro de la lanza del soldado romano, representa, de parte del hombre, el enceguecimiento que el pecado provoca en él, haciéndolo llegar al punto de matar a su Dios; el lanzazo del soldado romano representa también, de parte del hombre, la condición de esclavitud a la que le reducen el pecado y el demonio, el cual, por medio del hombre, descarga su ira deicida, buscando lo imposible, esto es, matar al Dios de la Vida. De parte de Dios, la herida abierta en el Corazón de Jesús representa, vivamente, la respuesta de amor de un Dios, que ante la agresión mortal de su creatura preferida, el hombre, no responde descargando rayos de ira y de divina justicia, como sí debería hacerlo, sino abriendo las compuertas de su infinita misericordia y derramando sobre el mundo entero el océano inagotable de su Amor. Si de parte del hombre la herida la herida abierta del Corazón de Jesús simboliza su ceguera y su odio deicida, de parte de Dios, en cambio, la herida abierta simboliza su Amor misericordioso, que se derrama sobre los hombres por medio de la Sangre y Agua que brotan de su Corazón traspasado. También significa, en las palabras de San Agustín, que el divino Corazón ha querido permanecer abierto para servirnos de refugio en vida y en la hora de la muerte. Por último, el lanzazo, que ya no provoca dolor al Corazón de Jesús, sin embargo atraviesa, espiritual y místicamente, al Inmaculado Corazón de María, cumpliéndose así la profecía de Simeón: “Una espada de dolor atravesará tu corazón”. La Sangre y el Agua representan los Sacramentos de la Confesión y la Eucaristía, sacramentos por los cuales la Divina Misericordia, primero nos justifica, perdonándonos nuestros pecados, y luego nos concede al mismo Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para colmar nuestras pobres almas con el Amor de Dios. Todas estas consideraciones deberían llevarnos al propósito de preferir morir, antes que pecar.

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.






[1]Lo que simboliza el Corazón de Jesús”, tomado del “Catecismo del Sagrado Corazón de Jesús”, Capítulo II. Símbolo es la expresión sensible de una realidad invisible. Así, la bandera es el símbolo de la patria; la azucena, de la pureza; el cordero, de la mansedumbre. El empleo de los símbolos es muy frecuente y sumamente fecundo. Así la bandera, símbolo de la patria, evoca todo un mundo de sentimientos elevados; las esculturas de nuestras catedrales prestan forma sensible a los más profundos conceptos teológicos; y los ritos de la Iglesia: sacramentos, consagraciones, bendiciones de las cosas sagradas, repletos de simbolismo, hablan elocuentemente a nuestros corazones.
[2] Cfr. Papa León XIII, Encíclica Annum sacrum.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Hora Santa en reparación por sacrilegio contra la Eucaristía en la Iglesia de la Transfiguración en Israel



         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por el sacrilegio cometido contra la Eucaristía en la Basílica de la Transfiguración en Israel. La información correspondiente se encuentra en los siguientes enlaces:  https://www.aciprensa.com/noticias/tierra-santa-profanan-la-eucaristia-y-vandalizan-basilica-de-la-transfiguracion-19753/; http://www.estadodeisrael.com/2016/10/basilica-de-la-transfiguracion-de.html  Meditaremos acerca de la Transfiguración del Señor y acerca de la Eucaristía. Tal como lo hacemos siempre, pediremos por la conversión de quienes cometieron esta profanación, además de pedir por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos y la de todos los hombres.

         Canto inicial: “Cristianos venid, cristianos llegad”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.  

En el  Monte Tabor, Jesús se transfigura ante sus discípulos: su rostro y sus vestiduras resplandecen con un brillo más intenso que mil soles juntos; es el resplandor de la gloria de su Ser divino trinitario, que Jesús en cuanto Dios Hijo emite, junto al Padre y al Espíritu Santo, desde la eternidad. En la Sagrada Escritura, la luz es sinónimo de gloria; en el Monte Tabor, la luz que emite Jesús es su propia gloria, la gloria que Él posee junto al Padre, desde la eternidad, por proceder del Padre, desde la eternidad. A diferencia de la luz natural o de la luz artificial, que son las luces conocidas por el hombre, la luz que emite Jesús de su Ser divino trinitario en el Monte Tabor, es una luz viva, que concede la vida eterna a aquel al que ilumina. Lejos de ser una luz inerte, que solo por analogía da vida, como la luz del sol, la luz que emerge de la Persona Divina del Hijo de Dios, Jesús de Nazareth, llena de la vida, de la alegría, de la paz y del gozo de Dios a quienes ilumina, y esta es la razón por la cual Pedro, sintiéndose embargado por el gozo divino que inunda su alma al recibir la luz del Tabor, pide a Jesús quedarse ahí y “hacer tres carpas”, con lo cual quiere decir quedarse para siempre. El que adora a Jesús resucitado y glorioso en el Nuevo Monte Tabor, el Altar Eucarístico, también es iluminado en su ser, en su alma, en su mente y en su corazón, por la luz celestial que irradia Jesús Eucaristía y, al igual que en el Monte Tabor, quien es iluminado por Jesús Eucaristía, recibe de Él la vida, el amor, la paz y la alegría de Dios. Y, al igual que Pedro y los discípulos, el que adora a Jesús Eucaristía, no quiere salir de su Presencia.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Jesús se transfigura en el Monte Tabor, pero también lo hace en la Epifanía y, por supuesto, en la Resurrección. En la Transfiguración, en la Epifanía, en la Resurrección, en todos estos momentos de su vida, Jesús emite, por breves momentos, la luz divina de su Ser divino trinitario, que se trasluce a través de su Humanidad santísima; en estos tres momentos, Jesús se muestra como lo que Es: Dios Tres veces Santo, que transparenta su gloria divina a través de su Cuerpo humano. Es en estos tres momentos de su vida terrena, breves, en los que se manifiesta Jesús en su estado natural, porque resplandecer de luz y de gloria divina es lo que le corresponde, siendo Él el Dios de la gloria eterna. Sin embargo, no se manifiesta así durante la mayor parte de su vida terrena, manteniendo oculta esta divina identidad, reflejada en la emisión de luz celestial, durante el resto de su vida terrena, y fundamentalmente, durante la Pasión. El hecho de que Jesús reflejara su gloria celestial de Hijo Unigénito del Padre sólo en estos tres momentos de su vida –Epifanía, Transfiguración y luego en la Resurrección- es, al tiempo que un milagro de su omnipotencia –es por un milagro que no trasluce su divinidad en la mayor parte de su vida terrena- y también una prueba de su amor infinito y eterno por nosotros, porque si hubiera permanecido según su estado natural, es decir, glorificado, no podría haber padecido la Pasión y no podría haber demostrado hasta dónde llega su Amor, que es hasta la locura de la Cruz. Y también es un milagro de su omnipotencia y una prueba de su Amor, el hecho de que la Eucaristía no resplandezca, permanentemente, con la misma luz del Tabor.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Monte Tabor se debe contemplar a la luz de otro monte, el Monte Calvario: en el Tabor, Jesús se reviste de la luz con la que el Padre lo revistió desde la eternidad, y por eso el Tabor es obra del Amor del Padre y signo de la gloria y majestad infinita del Hijo de Dios; en el Calvario, Jesús se reviste, no de un manto de luz, sino de un manto de sangre, de su propia Sangre, la Sangre que, fluyendo a borbotones por su Cabeza coronada de espinas, y fluyendo también por todo su Cuerpo, convertido en una llaga abierta y sangrante, lo recubre cual manto púrpura y regio, y como es el manto que los hombres le dan en el tiempo –es por nuestros pecados que sufre su Pasión-, podemos decir que el Monte Calvario es obra de nuestras manos, obra de nuestro odio deicida manifestado en el pecado, la malicia que surge del corazón del hombre y se eleva insolente contra Dios, y es el signo de su ignominia y su humillación sufridas por nuestras manos. En la Eucaristía, Jesús está glorioso y resucitado, pero también, en el signo de los tiempos, continúa su dolorosa Pasión, expiando hasta el último día por nuestros pecados. Esta es la razón por la cual el resplandor de la gloria divina que se manifiesta en el Tabor, debe ser contemplado y meditado a la luz del Santo Sacrificio de la Cruz y a su vez, ambos deben contemplarse a la luz del misterio de la liturgia eucarística de la Santa Misa, el Nuevo Monte Tabor, en donde la gloria divina del Ser trinitario de Jesús se manifiesta a los ojos de la fe en la Eucaristía, y en donde el Sacrificio del Calvario se renueva, incruenta y sacramentalmente, sobre el altar eucarístico. Así, los misterios sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios, la Transfiguración, la Cruz y la Resurrección, se actualizan y renuevan, misteriosamente, en ese Nuevo Monte Calvario y Nuevo Monte Tabor que es el altar de la Santa Misa: Jesús resplandece con su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía, al tiempo que renueva incruenta y sacramentalmente el Santo Sacrificio del Calvario. Transfiguración y Tabor; Crucifixión y Calvario; Eucaristía y Altar Eucarístico, he aquí los misterios insondables de Nuestro Dios, el Señor Jesús, actualizados y hechos presentes, en nuestro aquí y ahora, ante nuestros ojos, por el misterio de la liturgia eucarística.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Altar Eucarístico es el Nuevo Monte Tabor, en donde Jesús se revela, glorioso y resucitado, no a los ojos del cuerpo, ante los cuales la luz de su gloria celestial permanece oculta, sino ante los ojos de la fe, que sí pueden verlo glorioso, luminoso, tal como está en el cielo, oculto en la Eucaristía. Si a Pedro lo deslumbra sensiblemente la luz de la gloria, la majestad y la belleza de Dios Hijo encarnado, que revela su majestad visiblemente, a quien contempla a Jesús, glorioso y resucitado, oculto en la apariencia de pan, también lo deslumbra, a los ojos del alma iluminada por la fe, la majestuosa Presencia Eucarística de Jesús, el mismo Jesús del Tabor, el mismo Jesús del Calvario, el mismo Jesús a quien adoran los ángeles y santos en el cielo.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Jesús se reviste de luz en el Monte Tabor, una luz sobrenatural, que no proviene del exterior, sino que se origina en las profundidades insondables de su Ser divino trinitario. En el Tabor, la luz que se trasluce a través de la Humanidad santísima de Jesús no le es dada por nadie, sino que proviene de su propia naturaleza divina, que por esencia es luminosa, con una brillantez y luminosidad más resplandeciente que miles de soles juntos; se trata de una luz viva, puesto que viene del Dios Viviente; se trata de una luz que vivifica con la vida misma de la Trinidad a quien ilumina; se trata de una luz que comunica del Amor trinitario a quien es vivificado e iluminado por ella. Pero si en el Tabor es esta luz celestial la que reviste la Humanidad santísima de Jesús, en el Calvario, por el contrario, su Humanidad santísima se reviste, no ya de luz celestial y divina, sino de Sangre, de la Sangre que brota, a borbotones, de su Cuerpo sacratísimo cubierto de golpes, hematomas y heridas abiertas, que dejan escapar borbotones de Sangre Purísima y Preciosísima, que concede la vida divina y el Amor divino a aquel sobre el que esta Sangre cae, además de limpiar y lavar sus pecados. Esta Sangre, que es la Sangre del Cordero, quita la mancha del pecado que oscurece y oprime el corazón del hombre, comunicándole la vida y el Amor de Dios.

Meditación final.

En el Tabor, Jesús obra un milagro y es el permitir que su luz divina se irradie a través de su Humanidad santísima, colmando así de vida y amor divinos a sus discípulos; en el Calvario, Jesús impide que su divinidad se transparente a través de su Humanidad, para que sea su Sangre, la Sangre que brota de sus heridas abiertas, la que cayendo sobre las almas de los que se arrodillan ante Él crucificado, sean colmadas de vida y de amor divinos. ¡Oh Jesús, que la Sangre que brota de tu Corazón traspasado ilumine las tinieblas de mi corazón con la luz de tu divinidad!

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Hora Santa en reparación por sacrilegio contra la Eucaristía en Venecia y contra imágenes sagradas en Roma, Italia


Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por el sacrilegio cometido contra la Eucaristía en Venecia y contra imágenes sagradas en Roma, Italia. La información acerca de estos lamentables sucesos se encuentra en los siguientes sitios: https://www.aciprensa.com/noticias/musulmanes-escupen-sobre-hostia-consagrada-y-rompen-crucifijo-en-iglesias-de-venecia-16674/ ;http://www.periodistadigital.com/america/legislacion-y-documentos/2016/10/03/video-panico-en-roma-el-enloquecido-musulman-que-destroza-4-iglesias-decapitando-a-los-santos-y-a-la-virgen.shtml El eje de la meditación será la Sagrada Eucaristía, “Fuente y Culmen de la vida cristiana” (cfr. LG 11). De la misma manera a como lo hicimos anteriormente, al tiempo que ofrecemos esta reparación, pedimos por la conversión del autor de este hecho, así como también por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero.

Canto inicial: “Cristianos venid, cristianos llegad”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación. 

En la Eucaristía está contenido el Amor de Dios, porque en ella late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Divino Amor. El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es un “horno encendido”, dice Santa Margarita, y fue allí en donde Jesús, luego de pedirle su corazón a Margarita, se lo devolvió convertido en un corazón en forma de llama, diciéndole Jesús que era “una chispa” de su Amor. Si esto es un don inmenso del Amor de Dios, concedido a quienes más ama, con nosotros, sin embargo, se comporta con un amor infinitamente más grande que el demostrado a Santa Margarita, porque en la Eucaristía, mucho más que darnos una chispa de su Amor, nos da el mismo “horno encendido” que es su Sagrado Corazón y nos lo da envuelto en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, para que nuestros corazones, al contacto con este Divino Fuego, combustionen y se incendien en el Amor de Dios. De esta manera, nuestros corazones, oscuros y fríos, se convierten en brasas incandescentes al fundirse en uno solo con el Corazón de Jesús, así como el hierro es penetrado por el fuego y se convierte en este, al volverse incandescente y brillante. Que nuestros corazones sean entonces como la madera o el pasto reseco, para que al contacto con ese Carbón Incandescente que es el Corazón Eucarístico de Jesús, ardan espontáneamente en el Fuego del Divino Amor.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Viernes Santo, en la Cruz, Jesús entrega su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad al Padre, por nuestra salvación; en el Domingo, Día del Señor –y en toda Misa-, en la Eucaristía, Jesús entrega su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por nuestra salvación, al igual que hizo en el Calvario, aunque, a diferencia del Calvario, lo hace en la Eucaristía como habiendo pasado ya por su misterio pascual de Muerte y Resurrección. Al adorar la Eucaristía en el altar eucarístico, adoramos al Cordero de Dios que se inmoló por nosotros en el Santo Sacrificio de la Cruz, y al adorar a Jesús crucificado el Viernes Santo, adoramos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Hombre-Dios crucificado, muerto y sepultado, es decir, la Eucaristía. Y así como en el Viernes Santo, estuvo la Virgen al pie de la Cruz, ofreciendo al Padre con toda mansedumbre, humildad y amor a su Hijo que moría en la cruz para la redención de los hombres, así en cada Santa Misa, el sacerdote ministerial, prefigurado en María Santísima al pie de la Cruz, ofrece al Padre, por el Amor del Espíritu Santo, al Hijo de Dios que renueva sobre el altar eucarístico el Santo Sacrificio del Calvario, por la salvación de los hombres. Calvario y Altar Eucarístico, Altar Eucarístico y Calvario; Nuestra Señora de los Dolores ofreciendo a su Hijo por la salvación de los hombres en el Monte Calvario, el sacerdote ministerial ofreciendo al Padre el Cuerpo de Jesús entregado en la Hostia y la Sangre de Jesús derramada en el cáliz, en el Nuevo Monte Calvario, el Altar Eucarístico, para nuestra salvación. Se trata de los “misterios de la fe”, los misterios insondables de la Pasión, Muerte y Resurrección del Hombre-Dios Jesucristo que se actualizan, por el poder del Espíritu Santo, por medio de la liturgia sacramental eucarística.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Virgen y Madre de Dios es llamada “Nuestra Señora de la Eucaristía” porque con su “Fiat” al Anuncio del Ángel, Ella concibió en su seno virginal, por la virtud del Espíritu Santo, al Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Así, la Virgen se convirtió, por la Encarnación, en Sagrario Viviente y Custodia más preciosa que el oro que alberga y aloja, con el Amor de Dios, a Jesús, el Hijo de Dios encarnado. Con su “Fiat”, con su Pureza Inmaculada, con su condición de ser la Llena de gracia e inhabitada por el Espíritu Santo que aloja en su seno virginal al Verbo de Dios hecho hombre -Quien luego habría de entregarse al mundo como Pan de Vida eterna-, la Virgen de la Eucaristía es ejemplo y modelo inigualable para nosotros, los cristianos, para que recibamos a su Hijo Jesús en la comunión eucarística, imitándola en la pureza del alma por la gracia y en la pureza del cuerpo por la castidad y disponiendo nuestros corazones con el amor, convirtiéndolos así a imagen del Inmaculado Corazón de María en otros tantos altares, custodias y sagrarios en donde Jesús Eucaristía sea bendecido, adorado, amado y glorificado, en el tiempo y en la eternidad.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Todos los Santos, es decir, todos los que se encuentran en el cielo gozando de la visión beatífica de la Trinidad para toda la eternidad, se santificaron en esta tierra y accedieron al cielo por la Eucaristía: unos con más devoción, otros con menos, pero todos, absolutamente todos, alcanzaron el cielo gracias a su amor a la Eucaristía. Hubieron incluso quienes dieron sus vidas por la Eucaristía, como por ejemplo, San Tarcisio; otros, se alimentaron de la Eucaristía por años, como por ejemplo, Santa Catalina de Siena, quien luego de beber la Preciosísima Sangre que manaba del costado traspasado de Jesús, por invitación del propio Jesús, no volvió a comer o beber, alimentándose sólo de la Eucaristía durante los siete años previos a su fallecimiento y no solo sin mostrar hambre alguna o decaimiento, sino por el contrario, permaneciendo activa y fuerte. Alejandrina da Costa, quien experimentó numerosos éxtasis de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, escuchó un día la voz del Señor que le decía: “No te alimentarás más con comida en la tierra. Tu comida será mi Carne, tu bebida será mi Sangre, tu vida será mi Vida… Quiero mostrarle al mundo entero el poder de la Eucaristía y el poder de mi Vida en las almas”. Después de ello, y durante los últimos trece años de su vida, Alejandrina no comió ni bebió nada, alimentándose únicamente de la Eucaristía. Otro ejemplo es Marta Robin, quien a causa de una encefalitis, quedó tetrapléjica y con parálisis del canal alimenticio y, desafiando a la ciencia médica, continuó viviendo así durante 52 años, sin comer ni beber, sino solo tomando la Comunión diarias. Otros, como Imelda Lambertini, murieron de éxtasis de amor luego de comulgar. Además de estos santos, innumerables santos, como Teresa Newman, Luisa Piccarretta, vivieron centradas en la Eucaristía y sólo se alimentaban de este Pan Vivo bajado del cielo. Sin embargo, debido a que se trata de gracias extraordinarias que Dios concede según lo dispone su Divina Sabiduría, lo más probable es que nosotros debamos alimentarnos de modo corriente, aunque sí podemos pedir la gracia de, al menos espiritualmente, no desear alimentarnos de otra cosa que no sea el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, contenido en la Eucaristía. ¡Oh María, Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que deseemos tan ardientemente el Amor del Pan Eucarístico, que no podamos vivir ni un solo día sin alimentarnos de este banquete celestial, recibiéndolo en gracia y con un amor santo y puro, como el Amor de tu Inmaculado Corazón!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Gracias a la Santa Madre Iglesia, figurada en María, se nos hace presente y actual el Santo Sacrificio de la Cruz por medio de la Santa Misa –porque la Misa es renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario- y se hace Presente y actual el don de la Última Cena, el Cuerpo y la Sangre de Jesús entregados un la Cruz, en el Calvario; Cuerpo y Sangre cuyo don se renueva en cada Santa Misa, al entregarse el Cuerpo en la Eucaristía y derramarse la Sangre del Cordero en el cáliz del altar eucarístico. Así como la Virgen concibió por obra y gracia del Espíritu Santo al Hijo de Dios encarnado en su seno virginal, para luego donarlo al mundo como Pan de Vida eterna, así también la Santa Iglesia Católica, por la Santa Misa, Nuevo Belén, concibe en su seno virginal, el Altar Eucarístico, por obra y gracia del Espíritu Santo, en la consagración del pan y del vino, el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Jesucristo, prolongando así su Encarnación para donarlo al mundo como el Pan de Vida eterna, que alimenta las almas con la substancia misma del Ser divino trinitario. Y de la misma manera a como la Virgen, al pie de la Cruz, el Viernes Santo, ofreció al Padre a su Hijo que moría crucificado por nuestra salvación, así también la Santa Madre Iglesia, por intermedio del sacerdote ministerial, ofrece con amor, humildad, mansedumbre y fe, el Cuerpo y la Sangre del Cordero de Dios, inmolado en el Santo Sacrificio del Altar, renovación incruenta del Sacrificio del Calvario.

Meditación final.

Oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, hoy se repite, en cada sagrario, la escena del Huerto de Getsemaní, cuando invitaste a tus discípulos a orar y ellos, en vez de hacerlo, llevados por la indiferencia y el desamor, te dejaron solo y se durmieron. Hoy también llamas a los cristianos, desde tu soledad del sagrario, pero los cristianos, adormecidos por la indiferencia, la acedia y la falta de amor hacia Ti, te abandonan y te dejan solo. Queremos reparar, oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, por la soledad en la que te encuentras y por la ingratitud que recibes de muchas almas, incluidos muchas veces, nosotros mismos. En el Evangelio, Jesús, curaste y diste consuelo a innumerable cantidad de gente, además de revelarles la dicha que supone el ser adoptados por Dios como hijos suyos muy queridos, y sin embargo, cuando fuiste apresado, te encontraste solo, abandonado por quienes habían recibido de Ti milagros, prodigios, sanaciones y curaciones asombrosas, aunque lo que más provocó dolor a tu Sagrado Corazón fue el abandono que sufriste de parte de tus discípulos, a quienes habías llamado “amigos” y les habías revelado los secretos insondables del Amor de tu Corazón. En nuestros días, la triste historia se repite, porque sigues llamando a los cristianos para que te acompañen en la soledad del Nuevo Huerto de Getsemaní, el sagrario, pero los cristianos hacen oídos sordos al llamado de tu Amor. Y mientras los cristianos duermen, tus enemigos, como antaño con Judas Iscariote a la cabeza, se muestran sin embargo vigiles, despiertos, frenéticos en la búsqueda de cómo borrar, de las mentes y corazones de los hombres, hasta el recuerdo de tu Nombre Tres veces Santo. Tu Sagrado Corazón palpita, late y vibra con la fuerza del Divino Amor en la Eucaristía y desea derramarse en todos y cada uno de los hombres. Te dejas encontrar por las almas que te buscan y en ellas te deleitas y recreas, porque por ellas diste tu vida en la cruz y la continúas dando en cada Comunión Eucarística; por ellas permaneces en medio de los hombres, en cada sagrario, para iluminarlas con tus Divinos rayos en la siniestra oscuridad y sombras de muerte en las que el mundo está inmerso; a ellas les curas las heridas de sus corazones y las alimentas con el manjar exquisito que es tu Cuerpo y tu Sangre, embriagándolas con tu paz, tu alegría, tu Divino Amor. ¡Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que Nuestra Señora de la Eucaristía nos despierte del letargo en el que nos encontramos, para que así acudamos a hacerte compañía en el sagrario, para adorarte en la Eucaristía día y noche sin cesar!

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.


Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.

sábado, 1 de octubre de 2016

Hora Santa en reparación a María Santísima cuya imagen fue quemada en Fontellas, España


Así quedó la imagen de la Virgen luego de ser quemada por un musulmán en Navarra, España.


Hora Santa en reparación a María Santísima[1] cuya imagen fue quemada en Fontellas, España
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por el incendio y quema de una iglesia y de una imagen de la Virgen a manos de un mahometano en España. La información acerca de este sacrílego acto se encuentra en la siguiente dirección electrónica: http://infovaticana.com/2016/09/11/mahometano-incendia-una-iglesia-navarra-quema-la-imagen-la-virgen/
Al tiempo que ofrecemos esta reparación, pedimos por la conversión del autor de este hecho, así como también por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero.
Canto inicial: “Cristianos venid, cristianos llegad”.
Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).
Meditación.  
Dios te salve, Esposa Inmaculada del Espíritu Santo, tú eres la Mujer del Génesis, que aplasta la soberbia cabeza de la Serpiente Arrogante; Dios te salve, tú posees el poder invencible, participado por la Trinidad, y por ese poder que Dios te da, eres nuestra Guía victoriosa que nos liberas de nuestros enemigos, y por eso nosotros, tus servidores, te cantamos y te elevamos nuestras acciones de gracias, y te suplicamos que nos refugies en tu Inmaculado Corazón y nos bendigas y cuides de todo mal. Dios te salve, oh María, resplandor de la eterna Alegría, destructora de la maldición, en ti los hombres recibimos toda bendición y gracia; Dios te salve, Nueva Eva, que con tu humildad y obediencia y gracia, reparaste el orgullo y la desobediencia de Adán y Eva. Dios te salve, Madre siempre Virgen, a ti fue enviado el Ángel de Dios, para anunciarte la Causa de tu alegría sin fin: eres Virgen y Madre de Dios, Llena del Espíritu Santo e inhabitada por su gracia, en ti se encarnó la Palabra Inmaterial, el Verbo Increado, que de ti tomó su forma y se nutrió de tu carne y tu sangre, para luego darse como alimento, como Carne del Cordero embebida en el Espíritu Santo y como Sangre de la Nueva Alianza derramada en el cáliz del altar. Dios te salve, Nuestra Señora de la Eucaristía, en ti el Verbo se hizo carne, para donarse como Pan de Vida eterna, Pan del cielo que comunica a los hombres la vida misma de la Trinidad.
Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Dios te salve, Madre Purísima, que concebiste sin intervención humana, por obra del Espíritu Santo, al Verbo de Dios, al Hijo Unigénito del Padre, que así por ti se revistió de un Cuerpo, y el que era Invisible se hizo por ti visible, y el que habitaba en una Luz inaccesible, por ti se derramó sobre el mundo, iluminando y vivificando a los hombres que habitaban en “sombras y tinieblas de muerte”. Dios te salve, misterio de la indecible Sabiduría, principio de los milagros del Hombre-Dios; Dios te salve, celestial escalera por donde desciende, desde el seno del Padre a los hombres, el Verbo Eterno de Dios; Dios te salve, Puente cristalino y límpido, que conduce a los hombres desde el valle de lágrimas en el que habitan, al Corazón Divino de Jesús, tu Hijo; Dios te salve, terror de los ángeles caídos, ante cuyo nombre tiemblan de pavor los príncipes del Infierno; Dios te salve, tú eres el Diamante celestial que, atrapando en tu seno virginal a la Luz Increada proveniente de la Luz Increada, Cristo Jesús que proviene del Padre, y luego de alojarlo por nueve meses, nutriéndolo con tu substancia humana y tejiéndole un vestido de carne y sangre, generaste milagrosamente a esta Luz Indefectible, a esta Luz Increada, a esta Luz Viva, el Dios Viviente, que comunica de su vida divina a quien por Él es iluminado, y así fuiste la Causa de nuestra alegría, la Causa por la cual fueron para siempre vencidas las sombras y tinieblas de muerte que acechaban al hombre, y por ti el Verbo Eterno de Dios, la Luz del mundo, resplandeció sobre los hombres, vivificándolos con la vida que brota del Ser divino trinitario, iluminando con su Luz indefectible el alma de los creyentes, que así se convierten en hijos de la Luz, en hijos de Dios, que es Luz eterna.
Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación
         Dios te salve, Madre siempre Virgen, que tienes el privilegio de haber concebido sin intervención humana, por obra del Divino Amor, al Verbo de Dios; la Palabra del Padre se encarnó en tu seno purísimo cuando la Fuerza del Altísimo te cubrió con su sombra, a ti, Esposa no desposada, para hacerte fecunda, y así llevó el Amor de Dios al Verbo a su dulce morada, una morada tan llena de luz y de amor celestial, que no habría de extrañar en ella al seno del Eterno Padre de donde el Hijo de Dios provenía. Dios te salve, Virgen y Madre, que portando en tu seno al Hijo del Altísimo, fuiste a Visitar a tu prima Santa Isabel, llenándola de alegría a ella y a su hijo Juan Bautista, porque donde tú vas, oh Santa Virgen y Madre de Dios, llevas a Jesús y Jesús con el Padre, espiran el Espíritu Santo a aquellos que a ti se acercan con filial amor. Dios te salve, Causa de nuestra alegría, porque cuando tú llegas a un alma, contigo vienen el Hijo de Dios y el Espíritu Santo, que llenan de gozo a las almas que viven en este “valle de lágrimas”; Dios te salve, rama de la Vid Verdadera e incorruptible, cuyo fruto exquisito, triturado en la vendimia de la Pasión, es el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero de Dios inmolado en el altar de la cruz y renovado en su inmolación en la cruz del altar. Dios te salve, oh Virgen santa y pura, por ti vino a los hombres el Fruto exquisito del Árbol de la Santa Cruz, tu Hijo Jesús, que se nos ofrece como Carne de Cordero, como Pan Vivo bajado del cielo y como Vino de la Alianza Nueva y Eterna.
Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación
         Dios te salve, Madre siempre Virgen, tú que no concebiste por obra humana, sino por el poder del Espíritu Santo y así fuiste la alegría de tu casto esposo legal, San José, quien saltó de gozo al enterarse que el Fruto de tu vientre purísimo el Hijo de Dios Altísimo; Dios te salve, Madre del Cordero de Dios, tú fuiste la causa de la alegría de los pastores, que al canto de los ángeles acudieron presurosos al Portal de Belén, para adorar a Dios hecho Niño y acunado entre tus brazos; Dios te salve, María, Madre de Dios, Madre y Modelo de la Iglesia, que al igual que tú, que concebiste por obra del Espíritu Santo en tu seno virginal el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, así también la Iglesia concibe, por obra del Espíritu Santo, en su seno virginal, el altar eucarístico, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Sagrada Eucaristía; Dios te salve, Madre siempre virgen, porque al igual que los pastores, que acudieron a adorar al Niño Dios sostenido entre tus brazos, así también los miembros de la Iglesia acuden al Nuevo Portal de Belén, el altar eucarístico, para adorar a Dios Hijo, oculto en apariencia de pan, sostenido por las manos del sacerdote ministerial, la Sagrada Eucaristía.
         Silencio para meditar.
Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación
Dios te salve, Madre siempre Virgen, por ti vino al mundo la Luz indefectible, Cristo Jesús, Luz que ilumina nuestras almas, Luz que vivifica con la vida divina a quienes estamos sumergidos “en tinieblas y sombras de muerte”, Luz Increada que comunica el Divino Amor a quien ilumina, Luz Eterna de Dios que proviene del seno del Padre desde la eternidad, Luz que se irradia desde tu seno purísimo y así derrota a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, Luz que disipa las oscuras sombras del error, del pecado y de la ignorancia. Dios te salve, Virgen y Madre de Dios, Diamante celestial, que atrapaste a la Luz Eterna procedente del Padre, la custodiaste por nueve meses y luego la irradiaste sobre el mundo en tinieblas, para que los hombres fuéramos vivificados con la Vida misma de Dios Trino; Dios te salve, dignísima Custodia y magnífico Sagrario viviente del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, por ti viene a los hombres la Alegría Increada y subsistente en sí misma, Jesús Eucaristía. A ti te alabamos, te ensalzamos, te veneramos y te damos gracias, oh Santa Madre de Dios, Virgen Purísima e Inmaculada, y nos unimos al coro de ángeles y santos en el cielo que te aclaman por generaciones sin fin.
Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.




[1] Las meditaciones están inspiradas en el Himno Akathistos.