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viernes, 27 de septiembre de 2024

Hora Santa en reparación por profanación litúrgica por parte de Cardenal de Malasia 290824

 



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por grave ultraje litúrgico cometido contra la Santa Misa por parte de Cardenal católico el 10 de junio pasado. En la denominada “Conferencia Episcopal Regional sobre Comunicaciones Sociales”, las eucaristías se celebraron en las mesas de reunión en forma de U. El cardenal Francis presidió o copresidió estas Eucaristías. Todo el clero se sentó, obviamente también durante la consagración. No fue necesario ningún misal para la Eucaristía del cardenal. En las mesas había teléfonos, folletos y botellas de agua. Para la Comunión, se pasó un cáliz con hostias para el autoservicio. El abuso litúrgico fue expuesto por “Veritate Fideles” en una red social (29 de agosto). Rechazamos rotunda y profundamente este ultraje a la Santa Misa y a la Eucaristía.

         Canto de entrada: “Postrado a vuestros pies humildemente”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

         Afirma un autor que la Tercera Persona de la Trinidad Sacrosanta, el Espíritu Santo, se encuentra “por todas partes” en la Santa Misa: “El Santo Espíritu, según la liturgia de la Santa Misa, está en todos los actos, en todas las oraciones, en todos los símbolos, en todos los frutos (espirituales), por todas partes”[1]. Esto significa que la Santa Misa es un acto de amor de la Santísima Trinidad hacia los hombres, además de ser el Santo Sacrificio del Altar, el cual es, obviamente, también un acto de amor, el Supremo Acto de Amor, del Hombre-Dios hacia la Santísima Trinidad.

         Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Segundo Misterio.

Meditación.

         La lección que se deriva de esto es que debemos vivir tanto en el Espíritu como en Cristo; de otro modo, dice San Pablo, vivimos bajo la esclavitud del pecado y de la carne. La Santa Misa nos ayuda a vivir en el Espíritu y en Cristo: “La Misa nos hace vivir por el Padre, para Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo y es esta la única manera en la cual podemos concederle a la Trinidad lo que la Trinidad merece, todo el poder, el honor y la gloria”[2].

         Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Tercer Misterio.

Meditación.

         La Santa Misa, ofrecida por la Santa Iglesia, es la obra de Cristo Sacerdote Sumo y Eterno y es también obra del Espíritu Santo, por medio del cual Cristo es consagrado redentor glorioso y vivificador. Por esto mismo, la presencia y la acción del Espíritu Santo es real y actúa de principio a fin en el Sacrificio Redentor de Cristo: en su Concepción milagrosa y en su  Nacimiento, la unción del Espíritu Santo consagra la naturaleza humana de Jesús como sacerdote; el Espíritu Santo se manifiesta sobre Jesús en la Sinagoga, cuando lee al Profeta Isaías –“El Espíritu del Señor está sobre Mí”-; su Cuerpo es consagrado por el Espíritu como Víctima de sacrificio; el fuego que lo consume y con el que Él quiere encender el mundo es el fuego del Espíritu Santo; finalmente, dice San Agustín, Jesucristo es Sacerdote y Víctima, que se ofrece a Sí Mismo al Padre en el Amor del Espíritu Santo, por medio de la perpetuación del misterio del sacrificio cotidiano de la Iglesia, la Santa Misa[3].

         Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Cuarto Misterio.

Meditación.

         A su vez la Eucaristía, llamada también “Sacramento del Amor”, difunde este Amor del Corazón de Cristo Sacerdote, inmolado en el altar de la cruz y en la cruz del altar, para expandirse y difundirse por todos los corazones de su Cuerpo Místico, así como el corazón expande y difunde la sangre por las arterias haciendo llegar así esta sangre a los órganos. Y así como Jesucristo no hizo nada en la Pasión y no hace nada en el misterio eucarístico que no sea dictado e inspirado por el Amor Divino, así también los sacerdotes y los fieles, en virtud de este mismo Espíritu Divino, deben también obrar por amor y una muestra de esto es el ofrecerse a sí mismos, en unión con Cristo, como víctimas en la Víctima, por la redención de los hombres, siendo copartícipes del Sacrificio del altar.

         Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Quinto Misterio.

Meditación.

         En la Santa Misa, el Espíritu Santo obra una triple santificación: a través del sacerdote ministerial, la Iglesia bendice el Cuerpo y la Sangre de Cristo sobre el altar, luego de la consagración, de manera que la Iglesia realiza esta ofrenda Purísima, desde el altar terreno, hasta el altar celestial, puesto que lo que ofrecen los sacerdotes y los fieles no es a otro que a Jesucristo sobre la Cruz; el Espíritu Santo bendice y santifica las oraciones que se elevan hacia la Majestad del Padre y es por eso que las oraciones finalizan diciendo: “In unitate Spiritu Sancti”, en la unidad del Espíritu Santo; finalmente, la tercera santificación que obra el Espíritu Santo en la Santa Misa, es sobre las almas, según lo dicen los Santos Padres: “El Espíritu Santo, debido a que es Santo por esencia, es el principio de toda santidad” (San Basilio). Es por esto que no es necesario que el Espíritu Santo sea nombrado del mismo modo que el Padre y el Hijo, puesto que está en todas partes[4]. Y quiere estar en nuestros corazones, por medio de la Comunión Eucarística, ya que el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús sopla el Espíritu Santo sobre los corazones de las almas que lo reciben en gracia, con fe, con piedad, devoción y amor.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo por las intenciones del Santo Padre.

 



[1] Cfr. Francois Charmot, S. J., La Messe, source de sainteté, Editorial Spes, París 1960, 51.

[2] Cfr. Charmot, ibidem, 51.

[3] Cfr. Charmot, ibidem, 53.

 

[4] Cfr. Charmot, 58.

viernes, 11 de agosto de 2023

Hora Santa en reparación por trato irreverente a la Eucaristía en Portugal 070823

 


Recipientes plásticos, absolutamente inadecuados, para la distribución de la Eucaristía en la JMJ de Portugal 2023


Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el trato irreverente dado a Jesús Eucaristía en Portugal.

Canto de entrada: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

         Además de la luz sobrenatural, la alegría espiritual y la paz santa, los santos agregan otros elementos para indicar si el alma está o no en gracia[1]. Así, San León dice: “El que desea saber si por ventura está en él Dios, de quien se dice: “Admirable es Dios en sus santos”, escudriñe en el interior de su corazón, con sincero examen y pregúntese con qué humildad resiste a la soberbia, con qué benevolencia contradice a la envidia; cómo no se deja halagar por los aduladores (…) y además vea si está en su corazón la madre de todas las virtudes que es la caridad y vea si desea para sí lo que desea para sus enemigos; quien fuera de esta manera, no dude que habita en él Dios y le rige”.

         Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Segundo Misterio.

Meditación.

         San Bernardo, a su vez, dice: “Así como conocemos la vida del cuerpo por su movimiento, así también la vida de la fe se conoce por las obras buenas. La vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente; la vida de la fe es la caridad, porque obra por ella: “La fe obra por el amor” (Gál 2). De esta manera, al enfriarse la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo cuando se aparta del alma. Si ves un hombre que obra obras buenas y es alegre en el fervor de la vida, no dudes que en él la fe está viva”.

         Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Tercer Misterio.

Meditación.

         En otro sermón, el mismo santo dice: “Que haya venido sobre uno nuevo espíritu, lo testifica certísimamente el nuevo modo de vida y porque lo diga brevemente, tener testimonio de la sangre y agua y espíritu, como dice San Juan, es si te contienes de pecar y si haces frutos dignos de penitencia, si haces obras de vida”. De manera que el no pecar, el hacer penitencia, el obrar siempre virtuosamente, da San Bernardo por señales que está en uno el Espíritu Santo y su gracia.

         Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Cuarto Misterio.

Meditación.

         San Gregorio dice: “El alma que se llena del Espíritu Santo, tiene sus señales muy evidentes, conviene a saber: las virtudes y la humildad, las cuales son dos cosas que, si concurren en un alma, es cosa clara que trae consigo testimonio de la presencia del Espíritu Santo.

         Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Quinto Misterio.

Meditación.

         A su vez, San Crisóstomo dice: “Esta señal hay que tenemos a Cristo y que el Espíritu Santo está en nosotros, cuando nuestros cuerpos están de manera que no se diferencian de aquellos cuerpos que están cerrados en los sepulcros”. Este santo da la perfecta mortificación por señal de la gracia de Dios, cuando uno está tan muerto a las cosas del mundo y al sentido y apetitos de la carne, como los mismos difuntos, teniéndole sin vida mundana la sepultura de la mortificación y vida cristiana que debemos vivir después del Bautismo o del Sacramento de la Penitencia.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo por las intenciones del Santo Padre.

 



[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 576.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Hora Santa en reparación por ultraje a la Eucaristía por parte de un sacerdote católico en Francia 240423

 



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por un ultraje cometido contra la Eucaristía por un sacerdote católico: la dejó caer “exprofeso”, para no dar la comunión en la boca. Para mayores datos acerca de este lamentable hecho, consultar el siguiente enlace:

https://www.riposte-catholique.fr/archives/177182

Canto de entrada: “Cristianos venid, cristianos llegad”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

La pureza del alma en gracia, la hermosura del alma que está en estado de gracia santificante, estaba representada en el Antiguo Testamento en diversas maneras: por ejemplo, la limpieza del templo y la purificación previa del sacerdote para ingresar en el templo. Esta pureza legal del sacerdote y del templo del Antiguo Testamento, era figura de la pureza que debe tener el alma, por medio de la gracia santificante, y la castidad que debe observar el cristiano, como templo de Dios que es por medio del Bautismo sacramental[1].

Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Segundo Misterio.

Meditación.

En el Antiguo Testamento, el sacerdote no podía poner un pie en el templo si antes no se lavaba y purificaba, además de usar prendas de lino purísimo y blanquísimo. En el Levítico se dice: “No entrará en el Santuario (el sacerdote) si no es que primero se vista de una túnica de lino y se ciña con un cinto de lino y cubra su cabeza con lino. Estas vestiduras son santas, con las cuales todas se vestirá después que estuviere lavado” (16). Es decir, todo debía ser de lino blanco, puro y limpio y casto en quien ha entrado Dios, porque no es más entrar un hombre en el santuario, que entrar el Espíritu Santo en el hombre y hacerle su santuario[2].

Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Tercer Misterio.

Meditación.

El alma que recibe a Dios en sí por la gracia santificante, se ha de lavar primero con lágrimas de verdadera penitencia y contrición y con la Sangre del Hijo de Dios después, Sangre que se le aplica por medio de los Sacramentos, canales por donde fluye la gracia santificante que brota del Ser divino trinitario de Cristo Dios. Luego se debe vestir de lino blanco, es decir, que debe conservar su cuerpo puro y casto, que es como una túnica del alma[3].

Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Cuarto Misterio.

Meditación.

En el Antiguo Testamento, la vestidura de lino blanco es representación de la castidad, porque el lino no nace de carne como la lana y para venir a la limpieza y blancura que tiene, cuesta mucho trabajo y afán. Después de sembrado y regado y recogido y seco, lo vuelven a mojar y secar muchas veces y luego lo maceran con muchos golpes y lo deshacen; después lo rastrillan, lo hilan y curan al sol, secándolo y enjugándolo muchas veces; aun después de todo esto, es menester, para conservarlo limpio y blanco, lavarlo a menudo con jabones, lejías y coladas. De la misma manera la castidad ha de costar muchas diligencias y trabajos de penitencias; muchos golpes de disciplina, deshaciéndose el hombre viejo; con cilicios se ha de rastrillar, con la oración a la luz del cielo se ha de beneficiar y después de alcanzada, para conservarla no ha de haber descuido, sino que con fuertes lejías de cenizas, con humillaciones y penitencias se ha de sustentar: de manera que tenga el cuerpo por ejercicio de virtudes, la limpieza y pureza que por su naturaleza no tiene[4].

Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Quinto Misterio.

Meditación.

 

Otra causa por la que conviene a los que están en gracia conservar sus cuerpos en la santificación y honor de la castidad o continencia, es porque, como dice el Apóstol, se hacen miembros de Cristo, espejo de toda pureza y limpieza y así exhortando a la castidad, dice San Pablo: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?” (1 Cor 6, 15). Esto es más que ser templos y por ser el que está en gracia templo del Espíritu Santo, debe tener la pureza celestial que solo la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo puede conceder. Esto es así, porque Jesús es Purísimo y Castísimo -como la Madre de Dios, la Virgen- y así, quien se hace un cuerpo con Él, ha de ser castísimo, purísimo, limpidísimo[5].

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo por las intenciones del Santo Padre Francisco.

 



[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 568.

[2] Cfr. Nieremberg, ibidem, 568.

[3] Cfr. Nieremberg, ibidem, 568.

[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 569.

[5] Cfr. Nieremberg, ibidem, 569.

martes, 11 de mayo de 2021

Hora Santa en reparación por la intercomunión sacrílega promovida por sacerdotes alemanes 150521

 



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por el sacrilegio cometido por sacerdotes alemanes, los cuales organizaron un evento ecuménico en el que se dio la Sagrada Comunión a personas que no pertenecían a la Iglesia Católica, en un claro y abierto desafío y rebelión contra el Magisterio[1] y la Tradición de la Iglesia y contra la autoridad Papal[2]. Con relación a la intercomunión, el Código de Derecho Canónico, en el canon 844 § 4 establece como condiciones bajo las cuales un sacerdote católico puede administrar los sacramentos de la penitencia, la eucaristía y la unción de enfermos a los anglicanos y protestantes las siguientes: “Si hay peligro de muerte o, a juicio del obispo diocesano o de la conferencia episcopal, urge otra necesidad grave (alia urgeat gravis necessitas)”. De esto se sigue que la administración de la Eucaristía en circunstancias que no sean “graves” y a personas que profesan cualquier tipo de religión, es realmente un gravísimo atentado, blasfemo y sacrílego, contra la Eucaristía, Piedra Basal de la Iglesia Católica.

Canto inicial: “Cristianos venid, cristianos llegad”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (Misterios a elección).

Meditación.

El pecado es algo tan terrible, que llevó hasta la muerte al Hijo de Dios encarnado, quien se ofreció a Sí mismo como Holocausto Inmaculado para salvarnos[3]. Es por esto que debemos detestar, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro ser y con la ayuda de la gracia, al pecado y si tenemos la desgracia de caer en él, que salgamos prontamente de ese estado, para regresar al estado de gracia, de comunión en la fe y en el amor con Dios Trino.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Segundo Misterio.

Meditación.

En el Evangelio se relata cómo, estando en el Infierno, el rico avariento –quien se condenó por su avaricia y no por las riquezas- pidió enviasen del otro mundo a avisar a sus hermanos de lo que habían de hacer, pensando que los haría cambiar de vida los terribles sufrimientos que en el Infierno se padecen. Sin embargo, se le respondió que ya tenían a Moisés y a los Profetas, porque si no cambiaban con las verdades de fe, no cambiarían ni aún si se los dijese alguien desde el Infierno. Que estas verdades nos lleven a detestar el pecado y a amar y apreciar cada vez más la gracia santificante.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Tercer Misterio.

Meditación.

Si un condenado en el Infierno se apareciera y diera testimonio, en persona, de los sufrimientos que allí se padecen por la eternidad, este testimonio, sin embargo, no sería más fuerte y convincente que el testimonio que da la fe católica[4]. En otras palabras, si un condenado en el Infierno nos relatara en persona lo que allí se sufre, eso seguramente nos impulsaría a tomar la firme resolución de cambiar de vida, alejándonos del pecado y viviendo en gracia, el testimonio que nos da la fe es sin embargo mucho más elocuente y convincente y nos conduce, cuando la fe es vivida plenamente, a una vida santa y, lo que es más importante, a una muerte en estado de gracia, lo cual nos abre las puertas del Cielo.

Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Cuarto Misterio. 

Meditación.

         La certidumbre que da la fe es mayor que la evidencia y que la misma experiencia, siendo la fe la que llevó a los santos no solo a la conversión, sino a la realización de grandes obras de misericordia, las cuales les granjearon las puertas del Cielo. Podemos decir que la fe ilumina los ojos del alma, así como la luz ilumina los ojos del cuerpo, haciendo que el alma sea capaz de contemplar los sagrados misterios salvíficos de Nuestro Redentor Jesucristo, el Hombre-Dios, la Lámpara de la Jerusalén celestial, el Pan Vivo bajado del Cielo, el Verdadero Maná bajado del Cielo, que nos concede la vida eterna, la vida misma de la Santísima Trinidad.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Quinto Misterio.

Meditación.

         Por estas cualidades de la fe, es que el Apóstol la definió como “substancia de las cosas que se han de esperar” y “argumento de las que no se ven” (Heb 11, 1), porque por la fe hemos de mirar a lo que esperamos y está por venir y lo creemos tan vivamente, como si estuviera presente. De esta manera es como debemos considerar las verdades eternas –salvación o condenación-: como si las estuviéramos viendo, porque es en realidad la fe la que nos hace ver estos sagrados misterios. Dice San Cirilo Hierosolimitano: “El que merece ser alumbrado de la fe, aun antes que se acabe el mundo, ya ve el Día del Juicio y el galardón de las promesas divinas”[5]. Es decir, quien tiene fe, cree en el Juicio Final como si lo estuviera viendo y así también cree en el premio de la gloria, como si estuviera en el Cielo[6].

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Cantad a María, la Reina del cielo”.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo por las intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

 

 



[1] Cardenal Ladaria, al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana: No a la comunión conjunta de católicos y protestantes: cfr. https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=38678

[3] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 477.

[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 477.

[5] Cath., 5.

[6] Cfr. Nieremberg, ibidem, 478.

martes, 22 de octubre de 2019

Retiro para la Catedral de Concepción: La Eucaristía, Corazón de la Iglesia (2)



         
Para entender el porqué de la Eucaristía como “Corazón de la Iglesia”, debemos considerar antes a la Iglesia como “Cuerpo Místico de Cristo”: entre otros nombres, la Iglesia es llamada también “Cuerpo Místico” de Cristo”[1] y, como todo cuerpo, tiene también un alma: en el caso de la Iglesia, el Cuerpo lo forman los bautizados, los que han sido incorporados a Cristo por medio del bautismo sacramental; la Cabeza de este Cuerpo es Cristo y el Alma de la Iglesia es el Espíritu Santo.
Entonces, el cuerpo son los bautizados, la cabeza es Cristo y el alma es el Espíritu Santo. Si esto es así, ¿cuál es el corazón de la Iglesia? El corazón de la Iglesia es la Eucaristía –el sacramento substancial de la Eucaristía es el Corazón de la Iglesia[2]-, en pleno sentido de la expresión[3]. La razón es que la Eucaristía es al Cuerpo Místico de la Iglesia –es decir, a nosotros, los bautizados- lo que el corazón al cuerpo: así como el corazón bombea la sangre que lleva nutrientes, oxígeno y vida a los órganos del cuerpo, así la Eucaristía dona por medio de la Sangre de Cristo, al Cuerpo Místico, la vida sobrenatural de Dios, la vida de Dios Uno y Trino.
Si la Eucaristía es el corazón de la Iglesia, al Cuerpo Místico de Cristo le sucede lo mismo que le sucede al cuerpo con relación al corazón: sin el corazón, el cuerpo no vive, no solo pierde fuerzas, sino que se muere, porque su alma se desprende de él; pues bien, así le sucede al Cuerpo Místico de Cristo, con relación a la Eucaristía: sin la Eucaristía, el Cuerpo Místico, los bautizados, no solo pierden fuerzas, sino que mueren, literalmente hablando, porque se quedan sin el alimento de la gracia divina. Esto sucede por lo que dijimos antes: la Eucaristía actúa como el corazón: así como el corazón bombea la sangre y con la sangre la vida, así la Eucaristía dona, a quien la recibe en gracia, con fe y con amor, la Sangre de Cristo y con la Sangre de Cristo, la vida divina, la vida de Dios Uno y Trino.
Podemos decir que con los otros sacramentos, además de la Eucaristía, se recibe también la vida divina, pero el que comulga no solo recibe la gracia, como sucede con los otros sacramentos, sino que recibe al Autor de la Gracia y la Gracia Increada en sí misma, Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, en Persona. Dice así Juan Pablo II: “La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de Sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación”[4]. Ésta es la razón por la cual, para los cristianos y para la Iglesia toda, la Eucaristía es el corazón de sus vidas, literalmente hablando, porque una persona puede estar viva con la vida terrena, temporal, pero si no tiene la vida divina que da la Eucaristía, el alma de esa persona está muerta, aunque la persona viva, camine, respire, hable.
Quien comulga la Eucaristía, comulga el Cuerpo de Cristo y se une a Cristo, recibiendo de Cristo su vida, que es la vida divina, la vida de Dios Trinidad. Dice Juan Pablo II: “La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el Cuerpo y la Sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su Cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; su Sangre, “derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Recordemos sus palabras: “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por Mí” (Jn 6, 57). Las palabras del Señor son claras: “el que me coma vivirá por Mí”: el que comulgue, recibe, con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la vida de Cristo, que es la vida de Dios y vive en Cristo, por Cristo y de Cristo.
En síntesis, la sunción –comunión- de la Eucaristía comunica fuerza de vida divina[5] pero también la alegría y el gozo de la vida divina, además de preparar para la visión beatífica. Es decir, la Iglesia y todo cristiano obtienen del Corazón de la Iglesia, la Eucaristía, la vida misma de la Trinidad, una vida que no es la vida terrena, sino la vida misma de Dios, infinita, eterna, sobrenatural, celestial; pero además, la Eucaristía proporciona el mismo gozo y alegría de Dios Trino, porque por la Eucaristía Cristo, que es Dios, comunica de su misma alegría divina. Por eso la verdadera alegría es la alegría que da la Eucaristía y no la alegría que se deriva por motivos meramente terrenos. Al comulgar la Eucaristía, el cristiano comulga y recibe a Cristo Dios, que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. Los cristianos no se alegran por motivos superficiales y terrenos, temporales y pasajeros, sino porque por la comunión eucarística reciben al mismo Dios de la vida y de la alegría.
Del Corazón de Cristo brota la Sangre del Cordero, portadora de vida para la Iglesia y es así como la Iglesia vive del misterio de la Eucaristía, presencia de Cristo entre nosotros hasta el fin del mundo y se alegra por esta presencia. Afirma Juan Pablo II: “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única”[6].
Solo por la Eucaristía es que crece la Iglesia, en vida y santidad divina: dice Juan Pablo II: “Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, templo y familia de Dios: una, santa católica y apostólica” y a la vez “comprende mejor su carácter de sacramento universal de salvación y de realidad visible jerárquicamente estructurada. Ciertamente –advierte el Papa– no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía”[7].  En otras palabras, sin la Eucaristía, no hay vida en la Iglesia; la Iglesia pierde toda vida sobrenatural, aun cuando sus miembros parezcan tener vida terrena. Sin la Eucaristía, la Iglesia no puede vivir y por lo tanto no puede cumplir su misión y es esto lo que dice Juan Pablo II: “¿Podría realizar la Iglesia su propia vocación sin cultivar una constante relación con la Eucaristía, sin nutrirse de este alimento que santifica, sin posarse sobre este apoyo indispensable para su acción misionera?”. Y luego advierte que “para evangelizar el mundo son necesarios apóstoles “expertos” en la celebración, adoración y contemplación de la Eucaristía”. Es decir, el mundo se evangeliza por medio de adoradores que se nutran de la Sangre del Corazón del Cordero, la Sagrada Eucaristía.
También podemos decir que la Eucaristía es a la Iglesia lo que el Corazón de Cristo en la Cruz: así como del costado traspasado de Cristo, de su Corazón traspasado, mana la savia de vida divina, así de la Eucaristía, que es el Corazón de Cristo oculto en el Santísimo Sacramento del altar, se derrama sobre su Iglesia el río de sangre vivificador[8], que vivifica a la Iglesia con la vida de Dios Trino.
         La Eucaristía es el Corazón de la Iglesia porque actúa donando vida, como el corazón del cuerpo actúa donando vida a los órganos del cuerpo. Ahora bien, nos preguntamos: ¿de qué vida se trata? En el caso del cuerpo, el cuerpo recibe vida por la sangre, porque la sangre es la que porta los nutrientes y el oxígeno: en el caso de la Eucaristía, al ser el Corazón Eucarístico de Cristo, da la vida divina de dos maneras: al comunicar su Sangre, que lleva la vida divina, porque por la comunión eucarística se comulga el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo, es decir, se comulga la Sangre aun cuando se reciba la Eucaristía bajo una sola especie, la especie del pan, y así se recibe la vida de Cristo, que es la vida de Dios, porque Cristo es Dios; por otro lado, se recibe la vida divina porque del Corazón de Cristo, que es también el Corazón del Padre –Padre e Hijo tienen un mismo corazón-, se espira el Espíritu Santo, que es el Dador de la vida divina y la vida divina en sí misma, además de ser el Amor de Dios. Dice Juan Pablo II: “El Concilio Vaticano II ha proclamado que el Sacrificio eucarístico es “fuente y cima de toda la vida cristiana”[9]. “La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo[10]. El Santo Padre recalca y recuerda que la Eucaristía da la vida (divina) a los fieles “por medio del Espíritu Santo”.
En otra parte, Juan Pablo II reafirma la idea de que por la Eucaristía recibimos al Espíritu Santo: “ El don de Cristo y de su Espíritu que recibimos en la comunión eucarística colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano y, al mismo tiempo, eleva la experiencia de fraternidad, propia de la participación común en la misma mesa eucarística, a niveles que están muy por encima de la simple experiencia convival humana”[11] y luego: “fin de la Eucaristía es precisamente “la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo”[12]. Quien comulga la Eucaristía, recibe a Cristo y de Cristo, recibe el Espíritu Santo: “Por la comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu. Escribe san Efrén: “Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu [...], y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu. [...]. Tomad, comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo. En efecto, es verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivirá eternamente”. La Iglesia pide este don divino, raíz de todos los otros dones, en la epíclesis eucarística. Se lee, por ejemplo, en la Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo: “Te invocamos, te rogamos y te suplicamos: manda tu Santo Espíritu sobre todos nosotros y sobre estos dones [...] para que sean purificación del alma, remisión de los pecados y comunicación del Espíritu Santo para cuantos participan de ellos”. Y, en el Misal Romano, el celebrante implora que: “Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un sólo cuerpo y un sólo espíritu”. Así, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido ya en el Bautismo e impreso como “sello” en el sacramento de la Confirmación”[13]. De varias formas, el Santo Padre afirma que, al recibir la Eucaristía, recibimos al Espíritu Santo. Esto es lógico, porque si la Eucaristía es el Corazón de Cristo, como del Corazón emana el Amor, entonces, de la Eucaristía, Corazón de Cristo, emana el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Es muy importante tener esto en cuenta, el hecho de que con la Eucaristía, Corazón del Padre y del Hijo, se comunica al Espíritu Santo, el Amor de Dios, porque por esta razón, además de recibir la vida divina, los cristianos glorifican al Padre, pero la glorificación que los cristianos tributan al Padre es la misma glorificación que el Padre recibe de su Hijo cosubstancial[14], porque lo glorifican junto a Cristo, que a su vez glorifica al Padre con la gloria divina.  
La Eucaristía es don de Cristo al Padre y cuando los fieles comulgan, ofrecen este don, con Cristo, al Padre: “El don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cfr. Jn 10, 17-18), es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, más aún, de toda la humanidad (cfr. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20; Jn 10, 15), pero don ante todo al Padre: “sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo “obediente hasta la muerte” (Fl 2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección”[15].
         Esta vida divina que se nos comunica por la Eucaristía –la vida de Cristo y la vida del Espíritu Santo-, es la garantía de que recibiremos la vida divina y eterna que se nos comunicará luego de esta vida, en la bienaventuranza: “La aclamación que el pueblo pronuncia después de la consagración se concluye oportunamente manifestando la proyección escatológica que distingue la celebración eucarística (cf. 1 Co 11, 26): “... hasta que vuelvas”. La Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el gozo pleno prometido por Cristo (cf. Jn 15, 11); es, en cierto sentido, anticipación del Paraíso y “prenda de la gloria futura”[16].
Por último, quien participa de la Eucaristía y recibe la vida divina al comulgar, cuando termina la Misa, comienza su misión, que es comunicar a todos la Buena Noticia de la vida y el amor de Cristo recibidos en la comunión: “Al término de cada santa Misa, «todos deben sentirse enviados como “misioneros de la Eucaristía” a difundir en todos los ambientes el gran don recibido (…) De hecho quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor misericordioso del Redentor”[17].
Santa Teresita de Jesús y su vocación de ser el Amor en la Iglesia.
“En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. En sus Manuscritos biográficos, Santa Teresita tiene la siguiente expresión: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. Ella quería encontrar su vocación en la Iglesia, y descubrió que ésta era el Amor, la caridad. En el Cuerpo Místico de la Iglesia, el puesto de Santa Teresita era el corazón, fuente del amor que, en el caso de la Iglesia, está “ardiendo en amor”, según expresión de la misma Santa Teresita. Es decir, ella no se reconoce ni en los mártires, ni en los doctores, ni en ninguna otra vocación de la Iglesia: ella se reconoce en el centro mismo del Cuerpo Místico, el Corazón de la Iglesia, en donde “arde el Amor”.
          Ahora bien, podríamos preguntarnos si este deseo de Santa Teresita de ser “el Amor en el Corazón de la Iglesia” es un deseo que permanece en mero deseo o si puede llegar a ser cumplido efectivamente, porque no es lo mismo que un deseo permanezca como tal, a que se realice y se lleve a cabo en la realidad. En el caso de Santa Teresita, no se queda en un mero deseo, sino que verdaderamente se cumple, se hace efectivo, de manera tal que ella, en el Corazón de la Iglesia, es el Amor. ¿De qué manera? El deseo de Santa Teresita se cumple efectivamente y no queda en mero deseo, por medio de la Eucaristía, es decir, por medio de su unión orgánica a la Eucaristía. La razón es que la Eucaristía es el Corazón Eucarístico de Jesús, Corazón en el que inhabita el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. La Eucaristía es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo: esto quiere decir que quien se une orgánicamente a la Eucaristía por la comunión sacramental, se hace partícipe de este Divino Corazón, el cual le comunica las llamas del Amor de Dios que en Él inhabitan. Es decir, al comulgar, el alma entra en contacto con las llamas del Amor de Dios que se encuentran ardiendo en el Corazón Eucarístico de Jesús, por lo que comienza a participar y a ser parte viva y orgánica de ese Amor. El deseo de Santa Teresita de ser “el Amor en el Corazón de la Iglesia”, se cumple en la comunión eucarística. Si alguien, al igual que Santa Teresita, descubre que su vocación es también ser el Amor en el Corazón de la Iglesia, lo que debe hacer es comulgar con fe, con piedad y, sobre todo, con Amor.



[1] “Con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo”: Ecclesia, II, 23.
[2] Cfr. Joseph Matthias Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1963, 613.
[3] “Dejadme, mis queridos hermanos y hermanas que, con íntima emoción, en vuestra compañía y para confortar vuestra fe, os dé testimonio de fe en la Santísima Eucaristía. « Ave, verum corpus natum de Maria Virgine, / vere passum, immolatum, in cruce pro homine! ». Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira”; cfr. Ecclesia, 59. 
[4] Cfr. Ecclesia, 11.
[5] Cfr. Joseph Matthias Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1963, 553.
[6] Cfr. Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, del Sumo Pontífice Juan Pablo II a los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia, 1.
[8] Cfr. Scheeben, Los misterios, 199.
[9] Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
[10] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5; cit. Ecclesia, 1.
[11] Cfr. Ecclesia, II, 24.
[13] Cfr. Ecclesia, 17.
[14] Cfr. Scheeben, ibidem, 415.
[15] Cfr. Ecclesia, 13.
[16] Cfr. Ecclesia, 18.