jueves, 2 de marzo de 2017

Hora Santa y rezo del Santo Rosario meditado en reparación por blasfemia contra Jesús y María en Carnaval de Canarias, España, el 280217


Borja Castillas, el hombre que se viste de mujer, protagonista 
del blasfemo espectáculo llevado a cabo en el Carnaval de Canarias, 
España, el 28 de febrero de 2017.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la blasfemia cometida contra Nuestro Señor Jesucristo y la Virgen María en un carnaval en Canarias, España, por parte de un grupo de hombres que habitualmente se travisten como mujeres. La información acerca de esta lamentable blasfemia se encuentra en los siguientes enlaces:         https://infovaticana.com/2017/02/28/carnaval-canarias-blasfema-la-santisima-virgen-cristo-crucificado/; https://www.aciprensa.com/noticias/video-carnaval-de-canarias-premia-a-drag-queen-que-se-disfrazo-de-virgen-maria-87722/; http://www.actuall.com/laicismo/el-drag-de-las-palmas-que-ridiculizo-el-cristianismo-quiere-ser-profesor-de-religion/
         Puesto que los ofendidos son Nuestra Señora de los Dolores y Jesús Crucificado, las meditaciones girarán en torno al Calvario. Imploramos el perdón para quienes cometieron tan horrible blasfemia y la conversión de sus corazones, además de pedir por nuestra propia conversión, por nuestros seres queridos y por todo el mundo. Nos sumamos de esta manera al pedido del Sr. Obispo de Canarias, quien convocó a una Eucaristía (http://www.religionenlibertad.com/desolado-obispo-canarias-denuncia-una-carta-frivolidad-55179.htm ) en reparación y desagravio por este innombrable ataque al Hombre-Dios y a su Madre, María Santísima.

         Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

         “Al pie de la Cruz estaba María, su Madre”, dice el Evangelio (Jn 19, 25-27), al narrar el Día en el que llegaba a su ápice la profecía del anciano Simeón: “Una espada de dolor te atravesará el corazón” (Lc 2, 35). Al pie de la Cruz, al lado de su Hijo que agoniza y de pie junto a la Cruz, se encuentra Aquella que es llamada Reina de los cielos, Madre siempre Virgen, Madre de Dios, Rosa Mística, Estrella de la mañana, Inmaculada Concepción, y cientos de títulos más, unos más grandiosos y majestuosos que otros, y todos debido al privilegio único de ser la Madre de Dios y, al mismo tiempo, Virgen Inmaculada. Pero también al pie de la Cruz, María Santísima recibe un título especialísimo, que compite en majestuosidad con todos sus otros títulos, y es el de “Nuestra Señora de los Dolores”, un título que había comenzado a poseerlo en el momento mismo de la Encarnación, que llegaba a su ápice en la Crucifixión, y que había sido profetizado por el anciano y santo Simeón en la Presentación. En esta profecía, se anticipaba ya que al pie de la Cruz, la Madre de Jesús habría de ser Nuestra Señora de los Dolores porque su Inmaculado Corazón habría de alojar no solo el dolor de la muerte del Hijo de su amor, sino también todos los dolores de todos los hombres de todos los tiempos. Al pie de la Cruz la Virgen es Nuestra Señora de los Dolores, porque además de los dolores de sus hijos adoptivos, los hombres, también habrían de estar todos los dolores de su Hijo Jesús, los mismos dolores de su Cuerpo martirizado, golpeado, llagado, cubierto de hematomas y de heridas sangrantes de las que salía su Sangre a borbotones, porque aunque Ella no recibía los golpes en su propio cuerpo purísimo, era tan fuerte el Amor que la unía a su Hijo, que a cada bofetada, cada latigazo, cada espina de la corona, cada clavo de la Cruz, la Virgen experimentaba el dolor, como si fuera que a Ella misma la estuvieran crucificando. Es al pie de la Cruz en donde llega a su ápice la profecía de Simeón y es al pie de la Cruz en donde la Virgen es la “Mujer” que se convierte en Madre de todos los hombres (cfr. Jn 19, 26) al adoptar, por pedido de Jesús, a todos los hombres, representados en Juan Evangelista. Así, la Virgen es Madre de Dios y Madre de todos los hombres y ahora, como Madre, sufre dolores inenarrables por ambos: sufre por su Hijo, que es el Hijo del Eterno Padre, y sufre por sus hijos adoptivos, los hombres: sufre porque el Hijo de su Corazón, Cristo Jesús, el Hombre-Dios, agoniza en la Cruz inmerso en un océano de dolor y los dolores de su Hijo son sus dolores, aunque la Virgen Madre sufre también porque son sus hijos adoptivos, aquellos que Ella adoptó al pie de la Cruz, los que con sus pecados, sus enormes pecados, crucifican a Jesús, que es la Vida de su alma Inmaculada. Y así, porque el dolor por su Hijo y por los hombres, sus hijos adoptivos, la atenaza y la invade con oleadas de dolor que a cada segundo y a cada latido aumentan cada vez más de intensidad, la Virgen empalidece, se estremece de dolor, y sus ojos purísimos se cubren de amargas lágrimas que, en un llanto silencioso que parece no tener fin, nubla sus ojos purísimos, cubre su rostro preciosísimo, y riega la Tierra Santa en la que la Cruz está clavada. ¡Oh Madre mía, Nuestra Señora de los Dolores, dame el dolor de tu Inmaculado Corazón, para aliviarte en tus penas y para que mi corazón pecador, triturado por el dolor de mis pecados, se resuelva a morir antes que antes que volver a ofender a tu Hijo, que tan lastimado por mí está en la Cruz!

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Jesús sufre dolores atroces en la Cruz, son los dolores de su Cuerpo, pero le duelen todavía más su Alma y su Corazón, porque la causa de su crucifixión, es la malicia del corazón de los hombres. Jesús sufre dolores atroces en su Mano derecha, atravesada por un grueso clavo de hierro; son dolores lancinantes, quemantes, porque el clavo, además de lacerar los músculos, toca el nervio mediano y lo irrita y lo inflama de tal manera, que a Jesús le parece que a cada segundo le vierten, en su mano y en su brazo todo, agua en ebullición y el dolor es tan intenso y profundo, que a Jesús le parecer morir a cada instante, solo por el dolor de su Mano derecha. Así, Jesús expía nuestros pecados de idolatría, toda vez que alzamos las manos, no en acción de gracias y en alabanzas al Único Dios Verdadero, Dios Uno y Trino, sino para idolatrar a los ídolos neo-paganos de nuestra modernidad: el placer, el hedonismo, el materialismo, el dinero, los falsos dioses de la Nueva Era, el hombre mismo y así, con su dolor en la Mano derecha, Jesús expía por nuestros pecados de idolatría. Por el dolor también inenarrable de su Mano izquierda, igualmente perforada por un grueso clavo de hierro, Jesús expía nuestros pecados cometidos contra el prójimo, toda vez que levantamos nuestras manos para herirlo y no para auxiliarlo. ¡Oh Jesús crucificado, que yo eleve mis manos hacia el cielo, para dar gracias a la Trinidad por tu Santo Sacrificio en Cruz y por tu gracia y que tienda mis manos hacia mi prójimo, siempre y solo para obrar la misericordia, sobre todo con los más necesitados!

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Jesús, el Rey de reyes y Señor de señores, el Dios Tres veces Santo, Aquel ante el cual los ángeles se postran en adoración día y noche, y ante el cual no se atreven a levantar la cabeza, tan grandiosa es su majestad divina, recibe de los hombres, no alabanzas y adoración, como se merece, sino una corona de gruesas, duras y filosas espinas, que desgarran y laceran su cuero cabelludo, haciendo fluir torrentes inagotables de su Sangre Preciosísima, que brotando a borbotones se derrama por su Cabeza y su Santa Faz, así como el arroyo de cristalinas aguas baja, impetuoso, de la montaña. De esa manera, Jesús expía nuestros pecados de pensamientos, los pensamientos malos de todo tipo –lujuria, vanidad, orgullo, soberbia, venganza, ira, blasfemias, sacrilegios, menosprecios a su Presencia Eucarística-, y los borra y lava todos con su Sangre Preciosísima. ¡Oh Virgen María, Nuestra Señora de los Dolores, que yo no solo no tenga malos pensamientos, sino que tenga siempre pensamientos santos y puros, los mismos pensamientos santos y puros que tiene Jesús, coronado de espinas!

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario. 

Meditación.

Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, que del seno del Padre Eterno fue llevado por el Espíritu Santo al seno virgen de María, para adquirir un Cuerpo y ser así visible por los hombres, el mismo que al llegar a la edad madura caminó por Palestina predicando la Buena Nueva de la salvación de los hombres, ahora tiene sus pies clavados al madero por un clavo de hierro que le impide todo movimiento, que desgarra sus pies y hace brotar abundante cantidad de su Sangre Preciosísima. Así, Jesús expía por las veces en que los hombres dirigen sus pasos, movidos por la malicia de sus corazones, para cometer todo tipo de crímenes y pecados; expía por las veces en que los hombres, encaminándose en dirección opuesta al sagrario y al Altar Eucarístico se dirigen, movidos por sus bajas pasiones, en dirección al pecado que, cometido en la tierra y de no mediar una sincera conversión, conduce al pecador al Infierno. Jesús sufre dolores agudísimos en sus pies, por todas las veces que nos encaminamos no en dirección a la Fuente de la Gracia, su Sagrado Corazón Eucarístico, sino a cometer un pecado tras otro. Por eso, en reparación y desagravio, e implorando su perdón, nos arrodillamos ante Jesús crucificado y besamos sus pies y su Sangre Preciosísima, al tiempo que decimos a la Virgen: ¡Oh María, Nuestra Señora de los Dolores, que estás al lado de la Cruz, de pie y sin moverte, acompañando a Jesús que muere por nuestra salvación, haz que nuestros pasos no solo nunca se encaminan en dirección al mal, sino que se dirijan siempre y sólo hacia el Calvario, hacia el sagrario y hacia la Santa Misa!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Luego de una dolorosísima agonía, en la que Jesús sufrió la muerte más cruel que jamás nadie haya sufrido –en su muerte estaban todas las muertes de todos los hombres de todos los tiempos-, los hombres no tienen compasión siquiera de su Cuerpo ya muerto y es así como un soldado, para asegurarse de que ya estuviera sin vida, atraviesa su Costado y lo traspasa con su lanza brotando, al instante, “Sangre y Agua” (cfr. Jn 19, 34). En la Sangre y el Agua están contenidos el Espíritu Santo y la gracia santificante, que Dios Padre derrama, por medio de los Sacramentos de la Iglesia, sobre las almas de los hombres que han matado a su Hijo. Ésa es la respuesta de Dios a la furia deicida del hombre, azuzada por Satanás: en vez de responder con su Divina Justicia, Dios Padre, en mérito al Sacrificio en Cruz de Jesús, nos dona su Amor, el Espíritu Santo, contenido en la Sangre del Sagrado Corazón de Jesús, y nos dona la Gracia santificante, contenida en el Agua que brota de su Costado traspasado. A nuestro odio deicida, que termina con la vida de su Hijo “muy amado” (cfr. Mt 3, 17) en la Cruz, Dios Padre nos responde con la fuerza de su Divina Misericordia, la Sangre del Cordero que da la vida a las almas y el Agua de su gracia que las justifica. Al permitir que la lanza traspase su Corazón, Jesús expía por los pecados que nacen del corazón del hombre, lugar del que nacen “toda clase de cosas malas” (cfr. Mc 7, 21), ofreciendo al Padre su Purísimo Corazón, pleno de Bondad Divina y de santidad y envuelto en las llamas del Divino Amor, en expiación por nuestros pecados del corazón. ¡Oh María, Nuestra Señora de los Dolores, por la lanza que atravesó el Corazón de Jesús, concédenos la gracia de tener los mismos sentimientos, puros y santos, que tiene el Sagrado Corazón, y concédenos amarlo con el Amor que inhabita en tu Inmaculado Corazón, el Espíritu Santo!

Meditación final.

Cuando el soldado atraviesa con la fría lanza de hierro el Sagrado Corazón de Jesús (cfr. Jn 19, 34), y aunque su Divinidad permanece unida a su Humanidad -y es por esto la Causa de la vida divina para los hombres al derramar sobre estos el Espíritu Santo, que expira con el Padre y que va junto con la Sangre-, Jesús ya está muerto, por lo que no experimenta dolor alguno por la lanzada. Sin embargo, la Virgen y Madre, que está de pie al lado de la Cruz, por su participación mística en la Muerte de su Hijo y por la unión en el Divino Amor que existe entre los Sagrados Corazones de la Madre y el Hijo experimenta, como si fuera a Ella misma en persona a quien le clavaran, en la Purísima musculatura de su Inmaculado Corazón, el frío hierro de la lanza, y siente en su cuerpo Purísimo y en su Alma Inmaculada un dolor de tal intensidad, que acabaría en el instante con su vida si no estuviera asistida, como lo está, por la Omnipotencia, la Sabiduría y de Amor de Dios. Junto al dolor físico, la Virgen y Madre experimenta otros dolores, aún más intensos, si es que ello es posible, y es el dolor moral y el dolor de espiritual, provocado por aquellos hijos suyos a los cuales -con todo el Amor de su Corazón y siguiendo la Amabilísima Voluntad del Hijo y el Padre- acaba de adoptar al pie de la Cruz. Sí, son los pecados de sus hijos adoptivos –nosotros- los que provocan sus más grandes dolores, del Alma y del Corazón, cuando los bautizados en la Iglesia negamos a su Hijo en la Cruz; menospreciamos el Don de dones, su Sacrificio Santo en el Calvario; ignoramos su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía –su Presencia de Él mismo en Persona, porque así como está en el cielo, glorioso y resucitado, así está en la Eucaristía, sólo que oculto bajo la apariencia de pan- y así lo dejamos solo, lo abandonamos, lo olvidamos a Él, que es el Dios del sagrario, cuando no cometemos los más abominables ultrajes, sacrilegios, profanaciones, ofensas, burlas, menosprecios, blasfemias, herejías, injurias, que hacen llorar de tristeza a los ángeles del cielo. Pero si los benditos ángeles sólo lloran, la Madre y Virgen, Nuestra Señora de los Dolores experimenta en su Inmaculado Corazón y de modo místico y sobrenatural, la fría dureza del hierro y el golpe brutal que lacera y desagarra el Sagrado Corazón de su Hijo, y el dolor físico, moral y espiritual que la invade es tan inmenso y de tanta intensidad, que le parece a la Virgen sumergirse en un océano de dolor, un océano sin playas y sin fondo, sin límites, un océano de amargo dolor, que atenaza su Purísimo Corazón, al comprobar la cruel malicia y la poderosa fuerza del pecado de sus hijos adoptivos, aquellos –nosotros, los bautizados- que apenas hacía un rato habíamos sido adoptados, en la persona de San Juan Evangelista, como hijos adoptivos suyos muy queridos. ¡Oh María Santísima, Madre y Virgen, Nuestra Señora de los Dolores, dame tus ojos, para ver a Jesús como tú lo ves; dame tus oídos, para escuchar la voz de Jesús como tú la escuchas; dame tu olfato, para embriagarme, junto contigo, con el perfume agradabilísimo de tu Hijo Jesús, el “buen perfume de Jesús” (cfr. 2, Cor 2, 15), su gracia y su Amor; dame tus labios, para contigo sólo hable de Jesús; dame tu adoración, para adorar a tu Hijo, que agoniza en la Cruz y que está vivo y glorioso en la Eucaristía, para adorarlo con tu misma adoración; dame el Amor de tu Inmaculado Corazón, para amar con este mismo Amor a tu Hijo Jesús; dame, por fin, Madre mía amantísima, las lágrimas puras y cristalinas que brotan de tus hermosísimos ojos, para llorar por mis pecados, para nunca más herir de muerte con ellos al Hijo de tu Amor, el Sagrado Corazón de Jesús!

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.


Canto final: “Junto a la Cruz de su Hijo”.

sábado, 25 de febrero de 2017

Hora Santa y rezo del Santo Rosario meditado en reparación por profanación eucarística en Río de Janeiro, Brasil.


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado[1] en reparación y desagravio por la profanación eucarística ocurrida en el altar de una iglesia dedicada a San Judas Tadeo en Río de Janeiro, Brasil. El objetivo era, además de profanar la Eucaristía, el de incendiar la Iglesia, comenzando desde el Altar Eucarístico. La información correspondiente al lamentable hecho se encuentra en el siguiente enlace: https://www.aciprensa.com/noticias/profanan-eucaristia-y-queman-imagenes-en-altar-de-iglesia-dedicada-a-san-judas-tadeo-34211/ Pedimos la conversión de los autores de esta profanación, y también pedimos por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos y la del mundo entero.

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

Oh Jesús, Dios de la Eucaristía, Dios del sagrario, Tú quieres convertir nuestros pobres corazones en otras tantas moradas en las que poder reposar y darnos el Amor de tu Sagrado Corazón, y no cesas de llamarnos con insistencia, una y otra vez. Y sin embargo, nosotros, llevados por la indiferencia y el desamor hacia Ti, hacemos oídos sordos a tus llamados de amor desde la Eucaristía y te dejamos solo y abandonado en el sagrario. En vez de responder a tu llamado de amor y adoración, vamos en búsqueda de gloria mundana y de la estima de los hombres, eligiendo así el amor efímero y superficial del mundo y de las creaturas, antes que el Amor infinito y eterno del Padre, que mora en tu Corazón Eucarístico. Poco y nada nos detenemos a pensar en tus palabras: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?” (Lc 9, 25). ¿De qué nos sirve poseer todo lo que nuestra concupiscencia desea, si no tenemos en nuestras almas tu Amor, que es el Amor de Dios, que es “Dios, que es Amor” (1 Jn 4, 8)? Es por eso que te imploramos que nos concedas, oh Buen Jesús, la gracia de poder encontrar la “perla preciosa”, tu Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía, para alegrarnos en su posesión, para dejar definitivamente atrás lo que nos separa de Ti, para cortar de una vez y para siempre con el pecado, para desprendernos de los engañosos y falaces bienes y afectos mundanos. Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que descubramos la perla de gran precio, ayúdanos a vender todo lo que tenemos, a desprendernos de lo mundano, para adquirir el campo donde se oculta el único tesoro digno de ser apreciado, la fe en la Presencia Eucarística de tu Hijo Jesús.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Oh Jesús Eucaristía, Dios del sagrario, Tú eres el Dios Tres veces Santo; Tú eres la Santidad en sí misma; Tú eres la Bondad y la Majestad infinita yante Ti, no solo el más mínimo pecado venial, sino nuestra más pequeña imperfección, oh Sumo Dios Perfectísimo, resalta de manera tal que avergüenza a los ángeles que, postrados ante tu Presencia, te adoran y alaban noche y día. Tú quieres, oh Jesús Eucaristía, que “seamos perfectos, como Tú y tu Padre son perfectos” (cfr. Mt 5, 48), y para eso quieres infundirnos el Espíritu Santo, Espíritu Perfectísimo y Puro, para infundirnos el amor a la santidad y el horror al pecado, y es para darnos este Espíritu de perfección en la santidad, que procede del Padre y de Ti, que nos convocas a la Adoración Eucarística. El alma que es atraída por Ti y se deja suavemente conducir por tu Amor, de la mano de Nuestra Señora de la Eucaristía, es como el águila que se eleva, con la vista fija puesta en el sol, hasta las alturas, en busca de ese sol: de la misma manera, el alma se eleva, por la gracia, hasta Ti, oh Jesús Eucaristía, Sol de justicia, y contemplándote en el misterio eucarístico, se eleva a la comunión de vida y amor contigo, al ser unida a Ti por el Espíritu Santo. La Adoración Eucarística es por lo tanto el equivalente al águila que se eleva en busca del sol: así, de la misma manera, el alma que contempla, ama y adora la Eucaristía, se eleva por la gracia hasta el Sol de justicia, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y allí encuentra todo su deleite y solaz. Nuestra Señora de la Eucaristía, eleva nuestras pobres almas hacia el Sol de justicia, Jesús Eucaristía y haz que nuestros corazones se enciendan en el fuego del Divino Amor.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Oh Jesús Eucaristía, Dios del sagrario, Tú nos llamas con tu gracia, para que escuchemos los latidos de amor de tu Sagrado Corazón Eucarístico, pero el alma que no responde a tu llamado de Amor y que no permite que la Virgen lo conduzca hasta el altar de tu majestad en el sagrario, es como la piedra que, cayendo desde lo alto, cuanto más alto cae, y en virtud de la ley de la gravedad, más profundo se precipita en el abismo, pues con la caída aumenta de peso y de velocidad. El alma que rechaza el don de tu Amor, la gracia santificante, se sumerge en el pecado, el cual la precipita hasta el fondo, aumentando con su caída el peso de su culpa y de sus pasiones. Y así como ninguna ley natural puede invertir la caída de la piedra desde lo alto, así tampoco ninguna ley natural puede invertir la caída del alma en pecado y llevarla hacia lo alto, pues nuestras naturales son extremadamente débiles para ello, aunque ni siquiera lo puede hacer el ángel más potente. Sólo un milagro puede hacer esto y ese milagro puedes hacerlo sólo Tú, oh Dios de la Eucaristía, Jesús de Nazareth, porque sólo Tú eres Dios Tres veces Santo, oh Altísimo Jesucristo, en la unidad de vida y amor con el Padre y el Espíritu Santo. Sólo Tú puedes detener el ruinoso precipitarse del pecador hacia el Abismo e invertir su ruta; sólo Tú puedes cambiar el descenso en ascensión hacia lo alto, hacia la vida de la Trinidad. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, concédenos la gracia de elevar la mirada hacia tu Hijo crucificado; concédenos la gracia de adorar el misterio de la Presencia Eucarística de tu Hijo Jesús; haz que invoquemos su Corazón Misericordioso y ayúdanos a decir: “¡Sálvame, Señor, porque perezco en las olas!”, y así tu Hijo vendrá, presuroso, a extendernos su mano desde el sagrario, para rescatar nuestras vidas de la muerte.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario. 

Meditación.

Oh Jesús Eucaristía, Dios del sagrario, Tú eres el Amor Infinito, Eterno, Increado, que viniste a la tierra para darnos el perdón divino, para lavar nuestros pecados con tu Sangre derramada en la cruz y para conducirnos, convertidos por la gracia santificante en hijos adoptivos de Dios, al Reino de los cielos, al término de nuestra vida terrena. Tú has venido a nuestra tierra en la Encarnación y continúas viniendo en cada Eucaristía, prolongación de la Encarnación, movido solo por el Amor Divino, que une a las Tres Divinas Personas en un solo Dios, de una sola esencia, naturaleza y voluntad. Y es este mismo Amor, que une a las Tres Personas de la Trinidad, el que late en tu Sagrado Corazón Eucarístico, y el que quieres derramar, todo entero -es decir, toda la Persona-Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo- sobre nuestras almas, en cada comunión eucarística, para nuestro solaz, alegría y gozo. Y esto lo quieres hacer para que, recibiendo el Divino Amor que nos comunicas en la Comunión Eucarística, seamos unidos a Ti en el Amor de Dios y seamos contigo un solo Cuerpo y un solo Espíritu, y así, en Ti, por el Espíritu Santo, seamos llevados a Dios Padre y así se vea extra-colmada nuestra sed de felicidad, porque no hay felicidad más grande para el hombre que vivir en comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Pero los hombres, oh Jesús Eucaristía, la inmensa mayoría de ellos, y principalmente aquellos que han recibido el sello de predilección del Divino Amor al recibir los sacramentos del Bautismo, de la Eucaristía y de la Confirmación, te olvidan, te abandonan, te dejan solo en el sagrario, menospreciando tu Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía, porque prefieren el mísero amor del mundo antes que el Amor de tu Sagrado Corazón Eucarístico, porque no quieren recibirte a Ti, que eres la Divina Misericordia encarnada, que lo único que quieres es dar, a todos y a cada uno, el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, cuyas llamas envuelven tu Sagrado Corazón. Nuestra Señora de la Eucaristía, danos tus ojos, para ver a tu Hijo en el sagrario; danos el amor de tu Inmaculado Corazón, para amarlo con tu mismo amor; danos tu adoración, para adorarlo en su Presencia Eucarística con el mismo celestial ardor con el que tú lo amas y adoras, ahora y por los siglos sin fin.

 Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Oh Jesús Eucaristía, Tú amas las almas y de tal manera, que te encarnaste en el seno de la Virgen y prolongas esa Encarnación en la Eucaristía, sólo por Amor y nada más que por Amor, para así comunicarnos, desde la Eucaristía, tu Divino Amor. Oh Jesús Eucaristía, Tú no tienes otro Motor que el Divino Amor; no tienes otro objetivo para cada uno de los hombres, que no sea el concederles tu Amor y tu Divina Misericordia, porque a todos quieres salvar y a todos quieres llevar al cielo. Tú has venido a traer fuego del cielo, el Fuego del Divino Amor, y quieres ya verlo encendido en los corazones; quieres ver a nuestros corazones convertidos en brasas ardientes de Amor Divino. Sin embargo, oh Jesús Eucaristía, los hombres rechazan tu Amor y tu Misericordia, porque sus corazones, lejos de ser como el pasto o el leño seco, se asemejan más bien a una roca fría y húmeda, a la que el Fuego de tu Amor no puede encender. Y al rechazar tu Misericordia Divina, se cierran a sí mismos las puertas del cielo, al tiempo que se colocan bajo la Justicia Divina, de la cual nadie escapa. Oh Jesús Eucaristía, Tú amas las almas, pero no puedes salvarlas si las almas no quieren ser salvadas, y si las almas no quieren pasar por tu Misericordia, indefectiblemente deberán pasar por tu Justicia, y el veredicto de la Justicia Divina para quien voluntariamente rechaza la Divina Misericordia es su justa condenación eterna. Nuestra Señora de la Eucaristía, sé tú nuestra celestial Intercesora, para que, amando y abrazando nuestra cruz de cada día, negándonos a nosotros mismos, sigamos a Jesús por el Camino de la Cruz, vivamos bajo los rayos de su Divina Misericordia y seamos abrasados en el Fuego del Divino Amor que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico.

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.




[1] Las meditaciones están adaptadas de: Monseñor Antonio Miquelini, Mensajes de Jesús a un sacerdote, Tomo I, Ediciones El Buen Pastor, Buenos Aires 1989, 76-79.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Hora Santa en reparación por ultraje a la Perpetua Virginidad de María Santísima


         Inicio[1] : ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación y desagravio por las gravísimas ofensas cometidas contra la Madre de Dios y Madre nuestra, María Siempre Virgen, por parte de una religiosa dominica. La información relativa al lamentable ultraje se encuentra en el siguiente enlace: http://observatorioantisectas.blogspot.com.ar/2017/01/monja-profiere-blasfemia-publicamente.html

         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

Dios te salve, Santa María, Madre de Dios, Siempre Virgen; el excelso Arcángel enviado desde el cielo te saluda con una reverencia y nosotros junto con él; Dios te salve, Madre Siempre Virgen, en quien Dios Hijo, por obra de Dios Espíritu Santo y por voluntad de Dios Padre, se hizo hombre sin dejar de ser Dios para que nosotros, hombres pecadores, nos hiciéramos Dios por participación. Dios te salve, Madre Siempre Virgen, por ti nos viene la alegría y el gozo celestial, Cristo Jesús; Dios te salve, Madre del Amor hermoso, por ti no solo nos viene Aquel que nos cancela la pena, sino que también nos concede la Alegría y el Júbilo de nuestras almas, el Verbo de Dios Encarnado, que naciendo milagrosamente de ti y dejando intacta tu Purísima Virginidad, se nos dona como alimento super-substancial en el Verdadero Maná bajado del cielo, la Santa Eucaristía. Dios te salve, oh Santa Madre de Dios, María Siempre Virgen, Madre del Dios Viviente, Cristo Jesús; tú eres de veras el Trono Viviente, la Custodia Viva, el Sagrario Amoroso, el Tabernáculo Feliz, el Regazo Celestial en el que el Dios Invisible se encarna y así por ti se vuelve Visible; por ti, el Dios que es Puro Espíritu se hace Carne, la Carne del Cordero de Dios que alimenta nuestras almas con la substancia exquisita del Divino Amor; Dios te salve, Madre Purísima y Amantísima, Siempre Virgen, que permaneciste Virgen antes y durante el parto celestial del Verbo de Dios y permaneces Virgen por la eternidad en el Reino de los cielos; Dios te salve, Madre del Dios Viviente, en cuyo seno virginal y purísimo mora Aquél que ha creado el universo visible e invisible, y que por ti se nos dona en el Altar Eucarístico como Pan Vivo bajado del cielo.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Dios te salve, Relámpago que alcanzas nuestras almas; Dios te salve, con un trueno espantas tus enemigos; Dios te salve, más potente que un ejército formado en batalla; Dios te salve, Madre de Dios siempre Virgen, Estrella brillante de la mañana, Lucero de la aurora que nos anuncia la llegada del Nuevo Día, el Sol que alumbra nuestras almas con la gracia santificante, Cristo Jesús, Nuestro Dios; Dios te salve, en ti se aloja Aquél que es la delicia de los ángeles en el cielo; Dios te salve, en tu seno virginal y Purísimo anida como embrión humano, sin dejar de ser Dios y sin intervención de hombre alguno, el Verbo Eterno del Padre, Nuestro Dios Jesucristo, llevado a tu seno materno por Dios Espíritu Santo, por Voluntad de Dios Padre; Dios te salve, Custodia Viviente y Purísima del Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad del Cordero, tú eres el anticipo y el modelo del Altar Eucarístico, en donde la Iglesia, Madre y Virgen como tú, concibe al Verbo del Padre, por el poder del Espíritu Santo, por las palabras de la transubstanciación, pronunciadas por el sacerdote ministerial; Dios te salve, Hija predilecta del Padre, Madre amorosísima de Dios Hijo, Esposa amabilísima de Dios Espíritu Santo, a ti te alabamos, te veneramos y te exaltamos, porque en ti se ampara la Iglesia, de quien eres su Madre y celestial Protectora. Dios te salve, oh Virgen Santa y Pura, que por tu “Fiat” a la Voluntad del Padre anunciada por el Arcángel, concebiste por el Espíritu Santo y sin intervención de amor humano, a tu Creador, al Creador Omnipotente de ángeles y hombres y del universo entero; Dios te salve, Madre Siempre Virgen, Diamante celestial, que encierras la Luz Eterna e Increada que proviene de la Luz Eterna e Increada y, luego de nutrirla por nueve meses con tu substancia materna y luego de recubrirla con tu carne y tu sangre, la derramas milagrosamente a esta Luz Increada, Cristo Jesús en la Eucaristía, para que ilumine las tinieblas de nuestras almas, mientras permaneces Virgen después del parto, tan Virgen como eras antes y durante el mismo.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Dios te salve, Virgen y Madre Purísima, Virgen del parto, Virgen antes, durante y después del parto; Dios te salve, celestial Custodia Viviente del Cuerpo y la Sangre del Verbo de Dios Encarnado; Dios te salve, Madre del Dios Viviente, compendio sagrado e intangible de los dogmas sobrenaturales de Cristo, el Hombre-Dios; Dios te salve, Portal santo por el cual viene a nuestro mundo el Dios Tres veces Santo, Cristo Jesús, para salvarnos por su Cruz y para donarnos su Vida y su Amor en el Pan Eucarístico; Dios te salve, Celestial Escalera por la cual desciende a la tierra el Dios Eterno, el Creador Omnipotente, para revestirse en tu seno y manifestarse a nuestros ojos en Belén como un Niño pequeño y recién nacido; Dios te salve, Puente celestial por el que los hombres suben al cielo; Dios te salve, Madre Siempre Virgen, que nos das en la Eucaristía a tu Hijo, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios para que nosotros, recibiendo de Él su Vida divina y el Amor inefable de su Sagrado Corazón, seamos hechos partícipes, ya en la tierra, de los gozos celestiales, como anticipo de la feliz bienaventuranza que por la Divina Misericordia esperamos, oh Madre de Dios, alcanzar al fin de nuestra vida terrena. Dios te salve, gozo de los ángeles de luz, terror de los ángeles caídos, tu solo Nombre de Madre y Virgen hace huir al Príncipe de las tinieblas, el cual tiembla ante tu solo recuerdo; Dios te salve, Reina de los Ángeles de Dios, que junto a ti adoran al Cordero por los siglos sin fin; Dios te salve, Celestial Vencedora de la Serpiente Antigua, que por la Sangre de tu Hijo y por tu participación en su Pasión, haces huir al infernal enemigo cuando un alma te invoca desde el abismo de su miseria; Dios te salve, Virgen y Madre, que ante el anuncio del Arcángel, concebiste a la Sabiduría de Dios en tu mente sapientísima, libre de toda mancha de error, de falsía y herejía; Dios te salve, Madre de Dios y de los hombres, que ante el anuncio del Arcángel, concebiste a la Palabra de Dios en tu Inmaculado Corazón y la atesoraste como Tesoro Preciosísimo, más precioso que los cielos eternos; Dios te salve, Madre Siempre Virgen, que ante el anuncio del Arcángel, engendraste en las entrañas purísimas de tu Cuerpo Sin mancha, y por obra del Espíritu Santo, al Verbo de Dios que de ti, de tu purísima substancia materna, recibió Carne y Sangre y las unió a su Persona Divina, para luego así entregarse por nuestra salvación, en la Última Cena, en la Cruz y en la Eucaristía.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Dios te salve, Madre Siempre Virgen, a ti te aclaman las generaciones, porque el Poderoso hizo en ti grandes cosas: te creó para Él, para que seas la Morada Santa del Verbo de Dios hecho Carne; te cubrió con su Espíritu, el poder del Altísimo; te conservó Madre Virgen y Esposa Intacta, resguardando tu seno virginal, por Dios fecundado, para que germine en él el Árbol de la Vida, Jesús crucificado, de cuyo costado traspasado brota, como de una fuente inagotable, la gracia santificante que nos da la vida divina. Dios te salve, Virgen de la Eucaristía, que alojaste en tu seno purísimo al Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, lo diste a luz en Belén, Casa de Pan, como un Niño, y nos lo continúas donando cada vez, en la Santa Misa, oculto en apariencia de pan, en la Santa Eucaristía. Dios te salve, Madre Siempre Virgen, rama del Fruto incorrupto, el Hombre-Dios, Cristo Jesús, Quien venció a la Muerte, al Demonio y al Pecado, de una vez y para siempre con su sacrificio en Cruz; Dios te salve, Madre Siempre Virgen, tallo bendito del verde Retoño; Dios te salve, campo fecundo y fragante donde Dios se planta; Dios te salve, mesa repleta de dones divinos, tu seno virginal es anticipo y modelo del altar eucarístico, donde se nos dona el fruto bendito de tu vientre: el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Dios te salve, Refugio de pecadores, Consuelo de los atribulados, Esperanza de los hijos pródigos de Dios, Nueva Arca de Dios, Asilo de las almas que, refugiadas en tu Inmaculado Corazón, se libran de la Ira Divina; Dios te salve, tú albergaste en tu seno purísimo a Dios Hijo por nueve meses y lo diste a luz, y por eso eres Madre de Dios, pero también eres Madre de los hombres, porque los concebiste en tu Inmaculado Corazón al pie de la cruz, para darlos a luz como hijos adoptivos de Dios, como don del Padre para el mundo sediento del Verdadero Amor. Dios te salve, tú que nutriste con tu carne y tu sangre al Cordero en tu vientre materno, dándole así un Cuerpo para ofrecer en el Santo Sacrificio de la Cruz, Cuerpo que habría de ser entregado cada vez en la Santa Misa, por medio del Santo Sacrificio del Altar Eucarístico, para nuestra salvación y redención. Dios te salve, Celestial Capitana del Ejército de Dios, que ahuyentas al orgulloso Lobo Infernal, el Ángel caído, con tu solo nombre, María, Virgen y Madre; Dios te salve, por ti Dios viene del cielo a la tierra, y por ti los hombres ingresan al Paraíso, el Corazón de tu Hijo Jesús. Dios te salve, celestial Reina, Virgen, Madre, Esposa, por ti se alegran los hombres pecadores, que en tu Corazón Inmaculado encuentran refugio; Dios te salve, por ti los ángeles exultan y admiran tu belleza, porque Dios te creó más hermosa que los cielos eternos, ya que el Hijo al encarnarse, debía fijar en ti su Morada terrena. Dios te salve, te ensalzamos, Santa Madre de Dios, Virgen Santa y Pura, Refulgente Estandarte de gracia divina, por ti es despojado el Averno, por ti contemplamos la gloria del Padre, Jesús de Nazareth, nacido milagrosamente de ti -como el rayo de sol atraviesa el cristal y lo deja intacto- como Pan de Vida eterna, para ser alimento y manjar celestial de nuestras pobres almas.

         Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “El Trece de Mayo en Cova de Iría”.




[1] Las meditaciones están basadas en el Himno Akathistos, Himno Litúrgico Mariano, compuesta en acción de gracias por el patriarca Sergius en 626 d. C., en acción de gracias por la liberación de Constantinopla del asedio musulmán, liberación atribuida a la Madre de Dios. El aniversario de la victoria, y en el que se canta el Himno Akathistos –de pie- es el 8 de Agosto.

viernes, 10 de febrero de 2017

Hora Santa en reparación por ultraje al Altar del Sacrificio Eucarístico en Alemania 200117


Altar Eucarístico en el momento en el que es profanado por
el pseudo-artista Alexander Karle en la 
Basílica San Juan en Saarbrücken, Alemania,
en febrero de 2016.


Inicio: Ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por el ultraje cometido contra el Altar Eucarístico en Alemania por parte de un “pseudo-artista”. La información pertinente acerca del lamentable hecho se encuentra en las siguientes direcciones electrónicas:
http://www.elmundo.es/sociedad/2017/01/24/58874d7ae5fdeac52c8b45f9.html  ; https://www.youtube.com/watch?v=0RpNWhBTYII Cabe destacar que el susodicho pseudo-actor cumplió su ridícula “performance” –consistente en hacer flexiones de brazo sobre el Altar Eucarístico- no solitariamente, sino delante de la presencia de algunos fieles, ninguno de los cuales atinó a decir ni una sola palabra.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

El Altar Eucarístico es el lugar sagrado por excelencia, pues en él se renueva, cada vez, en la Santa Misa, por el poder del Espíritu Santo, el Santo Sacrificio de la Cruz, sólo que de modo incruento y sacramental. En el Altar Eucarístico sucede, de modo invisible, que escapa a la percepción de los sentidos, pero también de un modo supra-racional, que supera la capacidad de la razón humana, el misterio sobrenatural absoluto, obrado por la Trinidad, misterio por el cual las substancias inertes del pan y del vino se convierten en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Junto al Sagrario, que alberga y custodia el Cuerpo de Cristo ya consagrado, el Altar Eucarístico es el lugar más sagrado del Templo de Dios, pues en Él se lleva a cabo la confección del Sacramento del Amor, la Sagrada Eucaristía. El Altar Eucarístico se convierte, en la Santa Misa, en una parte del cielo, en donde se encuentra, en Persona, el Rey de los cielos, Cristo Jesús, el Cordero de Dios, ante quien los ángeles se postran en adoración exclamando el triple “Sanctus”: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del universo”, y por esa razón, cuando nos encontramos ante el Altar del Sacrificio, en la Santa Misa, nos encontramos ante el Cordero de Dios que ha bajado del cielo para ser adorado por nosotros, pobres hombres pecadores e indignos de su Presencia.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Altar Eucarístico es símbolo y representación de otro Altar, un Altar sobrenatural, celestial, místico, el mismo Jesús, el Hombre-Dios que, con su Humanidad Santísima, se ofrece al Padre en holocausto por la salvación de los hombres. La Humanidad Santísima de Jesús, consagrada en el momento de ser concebida virginalmente en el seno de María con el óleo del Espíritu Santo, es el Ara Santa, el Altar Purísimo, en donde se ofrece la Víctima Perfectísima, el Cordero de Dios, en expiación por los pecados de los hombres. Al besar el Altar al inicio de la Santa Misa, el sacerdote ministerial besa la Humanidad Santísima de Cristo, Humanidad que, unida hipostáticamente, personalmente, a la Persona Segunda de la Trinidad constituye, en el Ara Santa de la Cruz, el sacrificio perfectísimo y agradabilísimo a Dios, por medio del cual la Ira de Dios, encendida por la malicia del corazón del hombre, queda aplacada, la Justicia Divina satisfecha y la Misericordia Divina honrada. Al besar el Altar Eucarístico, el sacerdote ministerial besa la Sacratísima Humanidad de Jesús que, ofrecida en el Ara Santa de la Cruz, se interpondrá entre los hombres y la Ira divina, recibiendo en sí misma los castigos, todos y cada uno, que los hombres nos merecemos por nuestros pecados, y por esto, el beso al Altar es un beso de acción de gracias al Santo Sacrificio de Jesús en el Calvario.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En el Antiguo Testamento y obedeciendo el mandato de Dios, Abraham llevó a su hijo Isaac para ser sacrificado. En Isaac, niño inocente, estaba prefigurado Jesús, y es por eso que Isaac llevaba consigo el atado de leño con el que se iba a consumar el sacrificio, prefigurando así la Cruz de madera en la que el Cordero de Dios habría de ser sacrificado. Isaac llevaba también el cuchillo con el cual se consumaría el sacrificio al ser aplicado sobre su corazón, prefigurando también así la lanza de hierro del soldado romano que atravesó el Sagrado Corazón de Jesús, una vez que hubo consumado el sacrificio en la cruz. La leña que llevaba Isaac, figura de Cristo, representaba el altar de la cruz, y el fuego que habría de ser aplicado sobre esta leña, representaba al Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, que al descender sobre la Humanidad Santísima de Cristo en la Encarnación, la ungió con la santidad Increada de Dios y la convirtió en Víctima Perfectísima y agradabilísima a Dios. La razón por la que el Cuerpo de Jesús es Víctima agradabilísima, es porque en él está “contenido” el Hijo de Dios, la Persona Segunda de la Trinidad, que se ofrece, por medio del sacrificio cruento en la Cruz, como Víctima Pura y Santa al Padre, para expiar nuestros pecados, para recibir en su Humanidad Inocente y Pura el castigo debido por nuestra malicia, y para que a través de esa Humanidad lacerada, se derrame sobre nuestras almas impuras la Sangre Preciosísima del Cordero, que lava nuestros pecados y nos concede la gracia de ser hijos amados de Dios.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Altar Eucarístico fue representado y figurado en el altar que levantó el profeta Elías, quien hizo descender fuego del cielo (cfr. 1 Re 18, 38) para quemar la ofrenda, carne de novillo regada con agua y colocada sobre un hato de leña (cfr. 1 Re 18, 33-35). En este episodio está prefigurada la Santa Misa: la víctima, el novillo sobre la madera, es prefiguración de Cristo, el Cordero de Dios inmolado en el leño de la Cruz; Elías, el sacerdote de Dios, prefigura a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; el altar, es también prefiguración de Cristo que, con su Humanidad, se ofrece al Padre por nuestra salvación; el fuego que cae del cielo, prefigura al Espíritu Santo, Fuego de Amor Divino que, por las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, desciende desde el cielo enviado por el Padre y el Hijo sobre las ofrendas eucarísticas del pan y del vino, convirtiéndolas en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y así como el Pueblo de Dios se postró ante el altar luego de que el fuego que bajó del cielo por invocación de Elías y consumió el holocausto, así también el Nuevo Pueblo de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica, adoran al Cordero de Dios que, por el Espíritu Santo, Fuego de Amor Divino, se hace Presente en Persona en el Altar Eucarístico luego de ser convertidas las substancias del pan y del vino en la Eucaristía, y se postra en adoración al Cordero de Dios, entonando el triple Sanctus. Por el poder del Espíritu Santo que desciende sobre el Altar Eucarístico en la consagración, se produce el milagro de la Transubstanciación, milagro por el cual el pan y el vino no conservan ya más su esencia, quedando sólo las apariencias, porque las substancias respectivas del pan y del vino se han convertido en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad del Señor Jesús, quien de esta manera se hace Presente real, verdadera y substancialmente, y no de manera simbólica o espiritual. Y puesto que permanece Presente en Persona, con su substancia humana glorificada, en la Eucaristía, el Cordero de Dios es adorado sobre el Altar Eucarístico, en el Sagrario y en la Custodia, y en el momento mismo de tomar la Sagrada Comunión Eucarística.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Jesús es Sacerdote, Altar y Víctima, y esta triple función la cumple en la Sagrada Eucaristía: Sacerdote, porque Él es el Sumo y Eterno Sacerdote que, en la Eucaristía, adora, da gracias, expía y pide al Padre por nosotros; Altar, porque por su Humanidad sacratísima, glorificada y resucitada, Él, en cuanto Persona Segunda de la Trinidad, se ofrece al Padre en el Amor del Espíritu Santo, para reparar por nuestras iniquidades; Víctima, porque siendo Él el Cordero Inmaculado, el Cordero Inocente; siendo Él el Dios Tres veces Santo, se interpone con su Humanidad sacratísima, entre la Ira de Dios, justamente desencadenada por la malicia de nuestros corazones, y nosotros, para recibir, de forma vicaria y expiatoria, todos y cada uno de los castigos que todos los hombres, desde el primero al último, deberíamos recibir de modo personal, recibiendo así el castigo que nosotros deberíamos haber recibido, obteniéndonos el perdón divino al satisfacer, con su Inocencia Inmaculada y con su Sangre Preciosísima, además del perdón, la gracia de la filiación divina. La Eucaristía es por lo mismo, la suprema muestra del Divino Amor para con el hombre pecador, en donde Jesús oficia su triple rol de Sumo y Eterno Sacerdote, de Altar Sacrosanto y de Víctima Inmaculada y Perfecta que se ofrece en holocausto santo Él mismo por toda la eternidad ante los ojos de Dios.

Un Padrenuestro, tres Ave Marías, un gloria, para ganar las indulgencias del Santo Rosario, pidiendo por la salud e intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.