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jueves, 22 de agosto de 2024

Hora Santa en reparación por exposición satánica en iglesia francesa

 



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la exposición explícitamente demoníaca y por lo tanto blasfema, llevada a cabo en la iglesia parroquial de San Aubin en Épinay, archidiócesis de Rouen, Francia, entre los días 29 de junio y 01 de julio de 2014. La exposición constaba de dibujos y esculturas demoníacos, los cuales representan la abominación de la desolación y la muerte, la revolución y el odio contra Dios, en un lugar -la Iglesia- en el que se celebra la Santa Misa, en donde se hace Presente el Dios Viviente, Cristo Jesús en la Eucaristía y por eso el ultraje y la blasfemia inaceptables, que de ninguna manera podemos aceptar. Para mayores detalles, consultar el siguiente enlace:

https://religionlavozlibre.over-blog.com/2024/08/diocesis-francesa-clausura-una-exposicion-demoniaca.html

Canto de entrada: “Postrado a vuestros pies humildemente”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (misterios a elección).

Meditación.

La Encarnación del Verbo de Dios, de Dios Hijo, de la Segunda Persona de la Trinidad, supone para nosotros una fuente infinita de gracias, desde el momento en el que en Jesucristo, al unirnos a Él por la gracia santificante, nos convertimos en Hijos de Dios, en miembros de su Cuerpo Místico y en sus coherederos[1], un privilegio jamás concedido antes de la Encarnación del Verbo a nadie, ni siquiera a los ángeles, un privilegio que deifica a la naturaleza humana, tal como lo dice el mismo Señor Jesús: “Sean perfectos como Dios, vuestro Padre” (cfr. Mt 5, 48).

Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Segundo Misterio.

Meditación.

La Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad procura a Dios una gloria infinita, según Santo Tomás de Aquino, gloria que resulta ser la consecuencia de un acto de amor infinito -por parte de Dios Hijo encarnado hacia Dios Padre, en el Amor del Espíritu Santo-, que así repara todas las obras del pecado del mundo caído luego del Pecado Original. Y esto es así, porque nada es más digno del Sumo y Eterno Bien que comunicarse a Sí mismo a las creaturas, aún cuando las creaturas sean pecaminosas.

 Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Tercer Misterio.

Meditación.

Este principio -la auto-comunicación de Dios al hombre pecador- lo expone San Francisco de Sales en su “Tratado del Amor de Dios”: “Dios conocía eternamente que Él podía hacer una cantidad innumerable de creaturas, en diversas perfecciones y cualidades, a las cuales Él se podía comunicar”. Este don de Sí mismo sería más perfecto si se hiciera por la Encarnación: “Así como el Padre comunica toda su infinita e indivisible divinidad al Hijo, produciendo así al Espíritu Santo, de la misma manera (la Persona del Hijo) se comunicó a una naturaleza creada -la naturaleza humana de Jesús de Nazareth-, uniéndose ambas naturalezas, la humana y la Divina, pero sin confusión, guardando cada una sus propiedades, unidas ambas en la misma y única Persona del Hijo (unión hipostática)”[2]. Por eso es que Jesús no es un hombre más entre tantos, ni tampoco un hombre simplemente santo, ni siquiera el más santo entre los santos, sino que es Dios Tres veces Santo, el Dios que Es la Santidad Increada en Sí misma.

Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Cuarto Misterio.

Meditación.

Si bien nosotros, en cuanto creaturas humanas, debemos dar gloria a Dios por ser Él Quien ES, Dios de infinita majestad y gloria, esa acción de gracias, realizada por nosotros mismos, es absolutamente inferior a la que Dios se merece. Para que Dios reciba la gloria y la acción de gracias que Él se merece, viene en nuestro auxilio, por así decirlo, la liturgia[3] eucarística, por cuanto la misma nos revela que, prolongando su Encarnación en el Santísimo Sacramento del Altar, Jesús Sacramentado, a través de su Esposa, la Iglesia, rinde honor y gloria a Dios en el tiempo y en el espacio, en todo tiempo histórico entendido como devenir histórico y en todo espacio geográfico de nuestra tierra, allí donde está la Iglesia y allí donde la Santa Iglesia celebra el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa.

Un Padrenuestro, diez Avemarías, un Gloria.

Quinto Misterio.

Meditación.

La Eucaristía aumenta todavía más -aún más, sin medida- la glorificación que cada creatura, cada ser humano -yo, en persona, como persona humana-, puedo dar a la Trinidad, porque por medio de la Encarnación y por medio de la prolongación de la Encarnación, que es la Eucaristía, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, deciden llevar a cabo el Misterio Pascual de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección del Verbo Eterno del Padre, tanto para salvar a toda la especie humana, como si fuera para una sola persona, es decir, para mí solamente, entendido como ser persona en particular. El Verbo no solo se encarna, sino que además se dona como alimento celestial que nutre el alma con la substancia super-abundante y sobrenatural de la naturaleza divina trinitaria; yo lo hago mío según mis disposiciones de gracia y hago míos todos los bienes sobrenaturales que la Carne inmolada y la Sangre derramada del Cordero de Dios comunican a Su Cuerpo Místico. De esta manera la Santa Iglesia Católica glorifica a Dios por medio de la Santa Misa, que es una Acción de Gracias por antonomasia y por partida doble, por la Encarnación, que se prolonga en la Eucaristía y por el Amor esencial que por este medio sacramental -el Santísimo Sacramento del Altar- quiere comunicarse del modo más entera y perfectamente posible a su Cuerpo Místico, al ser recibido por la Eucaristía Jesús, el Cordero de Dios.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré, y la contemplaré”.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo por las intenciones del Santo Padre.

 



[1] Cfr. Francois Charmot, S. J., La Messe, source de sainteté, Editorial Spes, Francia 1959, 40.

[2] Cfr. Charmot, ibidem.

[3] Cfr. Charmot, ibidem, 41.


viernes, 11 de enero de 2013

“Felices porque véis y oís lo que otros quisieron ver y oír y no pudieron”



“Felices porque véis y oís lo que otros quisieron ver y oír y no pudieron” (cfr. Mt 13, 10-17). Jesús proclama una nueva bienaventuranza, que se suma a las del Sermón de la Montaña: no sólo son felices, bienaventurados, los misericordiosos, los pobres de espíritu, los perseguidos, sino que también son felices –o bienaventurados- quienes ven y oyen lo que muchos patriarcas y profetas quisieron ver y oír pero no pudieron.
¿Qué es lo que los patriarcas y profetas anhelaban ver y oír y no pudieron, en cambio, los discípulos de Jesús sí? Podríamos pensar que los patriarcas y profetas anhelaban ver y oír los milagros del Mesías; pero no se trata de los milagros de Jesús: los patriarcas y profetas querían ver y oír, más que los milagros del Mesías, al Mesías en Persona.
Después de todo, era lo que más esperaban, era por el Mesías que su existencia como patriarcas y como profetas cobraba todo su sentido y significado, aunque sería egoísta de su parte esperar al Mesías solo para ver confirmados sus lugares en medio del Pueblo de Israel. En realidad, a los patriarcas y a los profetas les importaba y deseaban la llegada del Mesías no porque los confirmaría en su calidad de patriarcas y de profetas, ya que en su humildad, esto no les interesaba, sino que, con la llegada del Mesías, estarían seguros de que las profecías hechas a Israel se cumplían, de que Israel sería conducida a la Tierra de la Paz de la mano del Mesías.
Pero, a pesar de sus deseos, a pesar de haber sido nombrados por Dios mismo como patriarcas y profetas, no pudieron ver al Mesías en Persona, y en cambio, sí es eso lo que los discípulos ven: al Mesías en Persona, y la visión del Mesías y el escuchar sus palabras es lo que los vuelve bienaventurados o felices.
Sin embargo, Dios es inefable, y la felicidad que describe para sus discípulos por ver y oír lo que otros quisieron pero no pudieron, encierra mucho más de lo que ser: los discípulos ven y oyen más aún de lo que ni siquiera sospechaban los patriarcas y los profetas, porque estos querían ver al Mesías, y los discípulos ven al Mesías, pero ven a Alguien en ese Mesías, y ese Alguien es el Hijo eterno de Dios Padre, encarnado en una naturaleza humana.
Los discípulos son bienaventurados y felices no sólo por ver al Mesías, sino por saber que este Mesías no es un hombre, sino el Hombre-Dios, Dios Hijo encarnado, y que su palabra es la Palabra de Dios Padre, la Sabiduría eterna encarnada en una naturaleza humana. Los discípulos son bienaventurados y felices porque este conocimiento sobrenatural y misterioso sobre el Mesías no viene de de una deducción de sus mentes, sino por la iluminación del Espíritu Santo, quien los ilumina para que conozcan la verdadera identidad del Mesías, Cristo Jesús, y conociéndolo, lo amen, y amándolo, lo adoren. Esto quisieron ver y oír patriarcas y profetas, y no pudieron.
Esto, que hizo felices y bienaventurados a los discípulos en tiempos de Jesús, hace bienaventurados a todos los miembros de la Iglesia, porque ese Mesías, Cristo Jesús, está en Persona, con su ser divino, en el sacramento del altar, que se dona como banquete celestial, como Pan de Vida eterna. Así cobra sentido la otra bienaventuranza proclamada por la Iglesia: “Felices los invitados al banquete celestial, al banquete del Cordero de Dios”.