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viernes, 1 de abril de 2016

Hora Santa en honor y reparación a la Santa Cruz de Jesús


La Santa Cruz profanada por un grupo vandálico en España.


La Santa Cruz profanada por grupo pro-abortista 
en una universidad católica en Chile.


         Inicio: con dolor, nos hemos enterado de la profanación sufrida por la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo a manos de dos grupos distintos: un grupo abortista y feminista en una universidad católica en Chile, y un grupo anónimo de vándalos en Málaga, España, según consta en los siguientes sitios: https://www.aciprensa.com/noticias/abortistas-profanan-cruz-en-universidad-catolica-de-chile-90741/; http://www.diariosur.es/axarquia/201511/03/destrozan-cristo-virgen-rincon-20151102232146.html Ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por estos ultrajes, al tiempo que pedimos por nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos, y la de quienes cometieron estas profanaciones.

Canto inicial: “Postrado a vuestros pies humildemente”.

         Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio del Santo Rosario.

         Meditación. 

         Te adoramos, ¡oh Cristo! y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz, redimiste al mundo. La Santa Cruz de Jesús es el verdadero y único Árbol de la vida, porque en ella pende, como un fruto exquisito, el Cuerpo Sacratísimo del Redentor, que a través de sus heridas abiertas y su Corazón traspasado, derrama sobre las almas su Sangre Preciosísima, Sangre que quita los pecados, concede la filiación divina y nos une al Cuerpo Místico del Redentor en un mismo espíritu, el Espíritu Santo, que nos da la Vida divina. Sólo la Santa Cruz de Jesús es el Único y Verdadero Árbol de la Vida y no hay otro, ni lo hubo, ni lo habrá y todo otro árbol que pretenda arrogarse el título de ser Árbol de la vida, sólo es árbol de muerte e iniquidad. Como todo “árbol bueno, da frutos buenos” (cfr. Mt 7, 17) y de entre todos los frutos exquisitos que da este Árbol Santo –paz, alegría, fortaleza de Dios-, hay uno que se destaca por su dulzura; un fruto tan sabroso, que no hay manjar en el mundo que se le pueda comparar y este fruto de sabor celestial es el Sagrado Corazón de Jesús, cuya pulpa es el Espíritu Santo y cuyo jugo son el Agua y la Sangre que salvan a los hombres. Quien quiera deleitarse con el fruto más exquisito de todos los frutos exquisitos del Árbol de la Vida, el Sagrado Corazón de Jesús, sólo tiene que acercarse a este Árbol bendito y extender sus manos, hasta tocar el Costado traspasado del Señor, de donde fluyen el Agua que santifica a las almas y la Sangre que las justifica; quien esto haga, quedará saciado en su espíritu con la dulzura sin par de la Misericordia Divina, que a todos se ofrece y a todos quiere donarse sin límite, para los pecadores en el tiempo y para los bienaventurados en la eternidad.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías y Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Al inicio de los tiempos, en el Edén y plantado en el centro del Jardín del Paraíso, se encontraba el “Árbol de la ciencia del bien y del mal” (cfr. Gn 2, 17), árbol hacia el cual Adán y Eva extendieron sus manos -desoyendo la Voz de Dios e instigados por la voz maligna de la Serpiente Antigua- para tomar el fruto prohibido, adquiriendo en el instante el conocimiento de que habían ofendido a Dios y que por lo tanto habían perdido su amistad. Como consecuencia de su desobediencia al haber tomado del fruto prohibido por la Divina Sabiduría y el Divino Amor, Adán y Eva, habiendo experimentado un ligero dulzor primero, experimentaron luego la amargura de este fruto, porque los hizo perder la alegría de ser amigos de Dios y su lugar en el Edén. Para remediar la desgracia del pecado original abatida sobre la humanidad a partir del Pecado Original, Dios plantó otro árbol en el Calvario, el Árbol de la vida, árbol cuyo fruto no es de muerte sino de vida y de vida eterna, porque el fruto sabrosísimo de este Árbol Tres veces bendito, es el Sagrado Corazón de Jesús. A diferencia del Árbol del Edén, cuyos frutos estaban prohibidos para el hombre por parte de Dios, el fruto de este Árbol Santo no solo no está prohibido, sino que Dios quiere –aún más, es su deseo más ardiente- que todos los hombres se alimenten y se gocen de la substancia divina y de la gloria celestial que este fruto contiene en sí mismo, la Sangre y el Agua del Corazón de Jesús, que santifican y dan vida a las almas. Y a diferencia de Adán y Eva, que cuando comieron del Árbol del Edén probaron primero dulzura y después amargura –la amargura del pecado, de la soberbia, de la desobediencia a Dios y de la pérdida de su amistad-, todo aquel que prueba de este fruto exquisito, experimenta amargura primero –pero por poco tiempo, y la razón es que para llegar hasta donde está el fruto, hay que cargar la cruz todos  los días y seguir a Jesús por el duro Camino del Calvario, el Via Crucis para así dar muerte al hombre viejo-, para experimentar después su dulzura, que es el Amor de Dios contenido en el Sagrado Corazón. El que come de este fruto saborea su dulzura incluso en las tribulaciones y en el dolor propios de esta vida, y la continúa saboreando -ya sin dolor ni pena alguna- en la vida eterna, en el Reino de de los cielos, para siempre, para siempre. ¡Dichoso aquél que, negándose a sí mismo y cargando la cruz de cada día, llegue hasta el Calvario, en donde está el Árbol Santo de la Cruz y extienda sus manos hasta el Costado traspasado del Redentor, para gozar del Fruto exquisito de este árbol, el Sagrado Corazón de Jesús!

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías y Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         El Santo Sacrificio de la Cruz se renueva, incruenta y sacramentalmente, en el Santo Sacrificio de la Misa: la Cruz y la Misa son un único y mismo sacrificio, en donde el Sumo y Eterno Sacerdote es el mismo, el Hombre-Dios Jesucristo; la Víctima es Una y la misma, el Cordero de Dios, Jesús de Nazareth; el Altar es Uno y el mismo,  la Humanidad Santísima del Señor Jesús unida a la Persona divina del Verbo. En el Sacrificio cruento del Calvario, el Sacerdote Eterno ofrece en la cruz al Padre el Cuerpo y la Sangre del Cordero de Dios, que empapa e impregna el leño de la cruz; en el Sacrificio del Altar, la Santa Misa, el Cuerpo se ofrece en la Eucaristía y la Sangre del Cordero se vierte, bajo apariencia de vino, en el cáliz del Altar Eucarístico, para que impregne las almas de los redimidos. Siendo ambos sacrificios -el del Calvario y el de la Misa- un único y solo sacrificio, substancial y numéricamente idénticos, significa que acudir a la Santa Misa equivale a acudir al Sacrificio del Calvario; entonces, al asistir al Nuevo Calvario que es la Misa, debemos hacerlo con la misma intención y disposición espiritual de María Santísima y de San Juan Evangelista: unirnos al sacrificio del Cordero de Dios para la salvación del mundo.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías y Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Cruz del Calvario está teñida con la Sangre Preciosísima del Cordero de Dios, que brota de las heridas: de su Cabeza, coronada de espinas a causa de nuestros pecados de pensamiento; de sus manos, perforadas por gruesos clavos de hierro, a causa de nuestros pecados de violencia e indiferencia contra nuestros hermanos y a causa de nuestros pecados de idolatría, al elevar las manos no para adorar a Dios Uno y Trino, sino para adorar a los ídolos; de sus pies, clavados al madero por un duro y frío clavo, a causa de los pecados cometidos al dirigir nuestros pasos en dirección opuesta al Calvario, pisando el amplio y espacioso sendero de la perdición, negándonos a caminar detrás del Cordero cargando la cruz de cada día; de la Cruz mana, como un río inagotable, la Sangre Preciosísima de Jesús, al ser traspasado su Sagrado Corazón por el hierro duro y frío de la lanza, a causa de nuestros pecados del corazón, cometidos cuando somos indiferentes hacia el prójimo y no amamos amar a nuestros enemigos. Y toda esta Sangre Preciosísima de la Cruz es recogida por los ángeles en cálices de oro y es vertida en el sagrado Cáliz del Altar Eucarístico sostenido por el sacerdote ministerial, Cáliz que cual contiene, luego de la consagración y el milagro de la Transubstanciación, ya no más vino, sino esta Sangre Preciosísima del Cordero, derramada en abundancia para nuestra salvación. ¡Oh, dichoso aquel que pudiera de este Cáliz sagrado beber, porque la Sangre del Cordero, fluyendo en su alma, la dejaría inmaculada, al tiempo que haría arder en su pobre corazón la Llama Eterna del Divino Amor!

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías y Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Al lado de la cruz de Jesús, de pie, está María, su Madre (cfr. Jn 19, 25-30). La Virgen está pálida, con su rostro surcado por lágrimas que brotan incontenibles ante la vista de la cruel agonía y muerte del Hijo de su Corazón. La Virgen siente que muere en vida, porque muere en la cruz Aquél que es la Vida de su vida, el Amor de su Corazón, la razón de su existir. Estando viva quiere Ella morir junto a su Hijo, porque siente que ya no puede vivir más sin Jesús, que es la Vida de su alma, y sin esta Vida que es su Hijo, solo quiere la Virgen morir junto a su Hijo. Sin embargo, es el Amor el que la obliga a seguir viva y a vivir en una continua agonía, porque sólo podrá dar la vida de la gracia, de quien es Mediadora, a los hijos que por el Querer divino adoptó al pie de la cruz (cfr. Jn 19, 27). Muriendo en la cruz para dar muerte a la muerte, Jesús da la vida de su Corazón, la gracia santificante, por medio de su Madre, a los hombres, que están muertos en vida a causa del pecado y que sin la gracia, aún cuando vivan en la otra vida, morirán para siempre de muerte segunda. Vive la Virgen de los Dolores con el alma que le parece muerta en vida, porque su Hijo, la Vida Increada, ha muerto en cruz y vive la Virgen, para hacer de Mediadora entre su Hijo y los hombres, para que estos, que viven una vida muerta en la tierra, vivan luego para siempre en la vida eterna, con la Vida que brota de su Hijo Jesús. Y si la Virgen está en el Calvario, está también en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, la Santa Misa, y así como en el Calvario, también en la Misa ofrece al Padre a su Hijo, que es la Vida de su Corazón, para nuestra salvación. En el Calvario lo ofrece en la cruz, en la Misa lo ofrece en la Eucaristía; en ambos, Calvario y Misa, ofrece al Padre para nuestra salvación el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo, el Cordero de Dios, nuestro Redentor. ¡Oh Madre Santísima, Nuestra Señora de los Dolores, que estás de pie al lado de la cruz, dame tus lágrimas, dame tus penas, dame tu dolor, para que llorando contigo en esta vida por mis pecados, pueda vivir para siempre en el Reino con Jesús!

Un Padre Nuestro, tres Ave Marías y Gloria.


Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.

jueves, 10 de abril de 2014

Hora Santa en acción de gracias por la Santa Misa

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa en acción de gracias por la Santa Misa. La Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz y por lo tanto su valor es infinito e inapreciable. Una sola Misa tiene más valor que todo el Universo visible e invisible. Una sola gota del cáliz tiene más valor que todo el Universo visible e invisible, porque se trata de la Sangre Preciosísima del Cordero de Dios. No nos alcanzará no solo esta vida, sino toda la eternidad, para comprender el valor y penetrar siquiera una infinitésima parte del misterio de la Santa Misa con la cual fuimos redimidos. Nos postramos exteriormente, pero sobre todo nos humillamos y nos postramos interiormente, ante la Presencia sacramental de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía. Pedimos la asistencia de María Santísima, Maestra y Guía de los Adoradores Eucarísticos, para que nos enseñe y nos ayude a aquietar nuestro pensamiento, nuestra memoria, nuestra voluntad, nuestros sentidos externos, a fin de que todo nuestro ser se disponga en estado de oración para entrar en diálogo de amor con Jesús, el Dios de la Eucaristía.

         Canto de entrada: “Panis Angelicus”.

         Oración de entrada: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

        “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón, y los del Inmaculado Corazón de María Santísima, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Meditación

         Jesús, te damos gracias por la Santa Misa, porque por ella, nosotros, seres limitados y mortales que vivimos en el tiempo, accedemos al Sacrosanto Sacrificio del Calvario, porque la Santa Misa es la representación, prolongación y actualización, por el misterio insondable del Espíritu, de tu sacrificio redentor en la cruz. En la Santa Misa no vemos tus heridas, ni percibimos el olor a sangre, ni escuchamos el golpear del martillo sobre los clavos que fijan cruelmente tus manos y tus pies al leño de la cruz; en la Santa Misa no percibimos, por los sentidos, la cruel y dolorosa realidad del Calvario, pero por un misterio insondable e incomprensible, esa misma realidad está presente, viva y actual, con sus frutos de redención, en el altar, en nuestro "hoy y ahora", para quienes asistimos a la Santa Misa, por la acción del Espíritu Santo. Por la acción prodigiosa del Espíritu Santo que sobrevuela sobre el altar eucarístico, el mismo y único sacrificio de la cruz, llevado a cabo hace veintiún siglos, se hace presente en nuestros días, mientras que los que hemos nacido en el siglo veintiuno, nos hacemos misteriosamente co-presentes al santo sacrificio del Calvario, por medio del santo sacramento del altar, para recibir con toda plenitud la totalidad de sus frutos redentores. El Espíritu Santo actualiza para nosotros el Santo Sacrificio del Calvario bajo las especies sacramentales, para que nosotros, que vivimos y existimos a veintiún siglos de distancia, seamos co-presentes y co-espectadores, por la fe y por el misterio de la liturgia eucarística, al Sacrificio Redentor del Monte Calvario. Por este don de tu infinita Misericordia, te bendecimos y te adoramos y te damos gracias, oh Jesús, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

         Silencio para meditar.




         Te damos gracias, Jesús, por la Santa Misa, porque por ella, podemos alimentarnos con un manjar exquisito, un manjar celestial, un manjar super-substancial, un manjar de ángeles, un manjar preparado especialmente para nosotros por el Padre celestial. La Santa Misa es el Banquete del Reino, es la Mesa Santa, a la que están invitados los hijos pródigos del Padre del cielo, los hijos que se habían extraviado y que han sido encontrados; los hijos que son la alegría del Padre; la Santa Misa es el Banquete y la Fiesta escatológica, la Fiesta de los Últimos Tiempos, la Fiesta celestial organizada por el Padre para celebrar que sus hijos, que se habían extraviado en los oscuros valles de la muerte y estaban a merced del siniestro Dragón del infierno, han sido rescatados sanos y salvos por el Buen Pastor, que con su cayado, el Leño ensangrentado de la Cruz, ha dado muerte al Lobo infernal y ha vencido para siempre a la Muerte y al Pecado y ha cargado sobre sus hombros a toda la humanidad llevándola, como Rey victorioso, a los cielos. Es para festejar este triunfo magnífico de su Hijo en la cruz, que asombra a cielos y tierra,  que el Padre organiza el Banquete escatológico, la Santa Misa, para expresar su alegría que no tiene fin, porque sus hijos, los hombres, han sido rescatados. Y es así que es el mismo Padre quien sirve la Mesa Santa y sirve para sus hijos un manjar exquisito: la Carne de Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; Pan de Vida eterna, y Vino de la Alianza Nueva y Eterna, servido en el cáliz del altar eucarístico. Por habernos invitado a nosotros, hijos pródigos e indignos, a tan inmerecido Banquete celestial, te damos gracias, te bendecimos y te adoramos, oh Jesús Eucaristía, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

         Silencio para meditar.

         Jesús, te damos gracias por la Santa Misa, porque por ella tenemos acceso al Verdadero Maná, el Maná caído del cielo, la Eucaristía. Nosotros, que viajamos por el desierto de la vida, peregrinando hacia la Jerusalén celestial, desfallecemos de hambre y de sed, porque hemos salido de Egipto, el mundo, y ya no nos alimentamos de “carne y cebolla”, como lo hacía el Pueblo Elegido en la esclavitud, es decir, las vanidades del mundo, porque hemos sido liberados por tu gracia santificante, pero en este peregrinar hacia Ti, Morada Santa, necesitamos alimentarnos para no desfallecer y ese alimento nos lo proporciona nuestro Padre del cielo y es la Eucaristía, el Verdadero Pan del cielo, tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma y tu Divinidad. “El que coma de este Pan vivirá para siempre” (Jn 6, 50), dijiste en el Evangelio, Jesús, y nosotros, por tu gran Amor, nos alimentamos de este Pan y recibimos en cada Eucaristía tu Vida eterna, incoada, la misma Vida eterna que luego será desplegada en nuestras almas y cuerpos inundándonos de gloria divina, de alegría, de amor, de dicha, de paz, de felicidad, incontenibles, inenarrables, inagotables, imposibles siquiera de ser imaginados y todo esto por eternidades de eternidades, y todo gracias a tu Sacrificio en cruz. Y todas estas alegrías inconmensurables, todas estas dichas inabarcables, todas estas felicidades que nos esperan por eternidades sin fin, las recibimos, todas juntas, en cada Eucaristía, en cada simple comunión eucarística, porque todas estas alegrías están contenidas en tu Sagrado Corazón Eucarístico, y todas las quieres derramar en nuestras almas, de ser posibles, todas juntas y de una sola vez, con el solo propósito de hacernos felices. Pero, oh Buen Jesús, somos nosotros, pobres ciegos a tu Amor, los que ponemos barreras infranqueables y muros de contención a tu Amor, el Amor que quieres derramar en cada comunión eucarística, y es así que te ves obligado, la inmensa mayoría de las veces, a retirarte apesadumbrado, con las llamas de tu Amor que abrasan tu Sagrado Corazón, porque nuestros fríos e indiferentes corazones nada quieren saber de coloquios de amor contigo. Virgen María, Madre amantísima, Tú que sí sabes de coloquios de amor con Jesús, enséñanos a amar a tu Hijo Jesús en la Eucaristía y haz que nuestro corazón sea como la hierba seca, de modo que al comulgar, combustione y arda al instante, al contacto con las llamas de Amor del Sagrado Corazón. Amén.


Hora Santa y rezo del Rosario meditado en acción de gracias por la Santa Misa

         Silencio para meditar.

         Jesús, te damos gracias por la Santa Misa, porque por ella podemos beber, en nuestro peregrinar hacia la Jerusalén celestial por el desierto del mundo, un agua cristalina y fresca que brota milagrosamente de una Roca hendida por el golpe de la lanza, tu Sagrado Corazón traspasado: así como el Pueblo Elegido bebió agua cristalina y fresca en su peregrinar hacia la Tierra Prometida cuando Moisés golpeó con su bastón sobre la roca y comenzó a brotar agua milagrosamente (cfr. Núm 20, 1-13; 21 4-9), así nosotros, en la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, bebemos de tu Costado traspasado, de donde brota Sangre y Agua, la gracia santificante que sacia nuestra sed de Dios por medio de los sacramentos. En la Santa Misa se renueva, de modo incruento, bajo las especies sacramentales, el Santo Sacrificio del Calvario, en el cual tu Sagrado Corazón fue traspasado dejando escapar, como un torrente inagotable de misericordia, la Sangre y el Agua que nos comunican la gracia santificante en los sacramentos. Por esta Sangre y Agua que sacia nuestra sed de Dios, que brota de tu Sagrado Corazón traspasado, y al cual podemos acceder por el don de la Santa Misa, te damos gracias, oh Jesús, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

         Silencio para meditar.

         Jesús, te damos gracias por la Santa Misa, porque por ella se renueva el Santo Sacrificio de la cruz, que nos protege de nuestro enemigo mortal, la Serpiente Antigua, Satán, que nos acecha en nuestro peregrinar por el desierto de la vida hacia la Jerusalén celestial, para inyectarnos el veneno mortal de la soberbia y hacernos caer en pecado mortal, porque quiere que compartamos su destino de eterna condenación. Así como el Pueblo Elegido, en su caminar hacia la Tierra Prometida, fue acechado y atacado por innumerables serpientes venenosas, símbolo y figura de los demonios, así también nosotros somos acechado y atacados por los demonios, los ángeles caídos, que buscan nuestra eterna perdición, pero de igual manera, así como ellos tuvieron el auxilio divino, que consistió en que Moisés fabricó una serpiente de bronce y la elevó en lo alto para que todo aquel que la viera quedara curado milagrosamente de la mordedura de las serpientes venenosas, así también nosotros tenemos una ayuda celestial, sobrenatural, que consiste en la contemplación del Hijo del hombre, Jesús crucificado, elevado en lo alto del Monte Calvario, porque todo el que lo contempla, recibe la gracia de la conversión del corazón, y esto sucede también en la Santa Misa, en la ostentación eucarística, cuando se contempla la Eucaristía, porque en el misterio de la liturgia se renueva el Santo Sacrificio de la cruz, de modo que asistiendo a Misa se asiste al Calvario y contemplando la Eucaristía se contempla, en el misterio de la liturgia, el misterio de la cruz. Esta es la razón por la cual, cuando el Nuevo Pueblo de Dios, que peregrina por el desierto de la historia y de la vida hacia la Jerusalén celestial y sufre las acechanzas de la Serpiente Antigua, al contemplar y adorar la Eucaristía elevada sobre el Nuevo Monte Calvario, el Altar Eucarístico, recibe la gracia de la curación del alma, la gracia de la conversión y así llegar a la Morada Santa, el seno del Padre Eterno. Por esto, oh Buen Jesús, que es un don de tu Sagrado Corazón, te damos gracias, te bendecimos, te alabamos y te adoramos, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

         Meditación final

         Jesús, debemos ya retirarnos. Hemos ofrecido esta Hora Santa en acción de gracias por la Santa Misa. Hacemos el propósito de aprovechar cada Santa Misa como si fuera la última, sabiendo que Tú cuentas los pasos que damos para ir a Misa, como si fueran los pasos dados para ir al cielo, porque ir a Misa es ir al Calvario y el Calvario es la Puerta al cielo. Te pedimos, Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que hagas que tu Madre Santísima, Nuestra Señora de la Eucaristía, dirija siempre nuestros pasos en dirección a la Santa Misa, el Calvario, la Puerta al cielo, amén.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

        “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón, y los del Inmaculado Corazón de María Santísima, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.


         Canción final: “Tiembla la tierra y llora”.