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viernes, 3 de enero de 2020

Hora Santa en reparación por los cristianos perseguidos en Nigeria y en todo el mundo 030120


Displaced persons in Maiduguri, who are being cared for by the local Church, in September 2014. Credit: Aid to the Church in Need.

Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la persecución y asesinato de cristianos en todo el mundo, particularmente en Nigeria. Estos cristianos son mártires, porque en realidad a quien persiguen es a Cristo, Rey de los mártires, a quien sus enemigos quieren borrar su nombre de la faz de la tierra y del corazón de los hombres. Para mayor información, consultar el siguiente enlace:


Canto inicial: “Cristianos, venid, cristianos, llegad, a adorar a Cristo que está en el altar”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (Misterios a elección).

Meditación.

         Cuando un pecador se convierte, hay gran fiesta en el cielo: los ángeles se alegran viendo a Dios tan gozoso y puesto que se gozan en su santísima voluntad, al ver que Dios mismo “se huelga con la gracia del pecador, no pueden dejar ellos de regocijarse, haciendo grandes fiestas en el cielo”[1]. Y así como el pastor de la parábola convoca a sus amigos para que se alegren con él, por haber encontrado a su oveja perdida, así Dios convoca en el cielo a ángeles y santos, para que se alegren con Él por la conversión de un hijo suyo pecador.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Segundo misterio del Rosario.

         Meditación.

         Si algo necesitamos para considerar la grandeza de la gracia, tan deseada, estimada y festejada por el mismo Señor Dios, es el ver el regocijo que hay en el cielo por un hombre que, del pecado, se convierte a la gracia, para comenzar a vivir la vida de hijos de Dios[2]. Por la gracia, la oveja es encontrada, el hombre descarriado vuelve a los brazos de su Padre Dios y el cielo todo festeja el regreso del hijo pródigo.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Tercer misterio del Rosario.

         Meditación.

         Al convertirse un pecador, Dios mismo convoca a los bienaventurados habitantes del cielo, para que se regocijen con Él. Ahora bien, si esto es así, también es cierto que si alguien desprecia la gracia de la conversión y prefiere seguir en el pecado, hasta el mismo Espíritu Santo “se contrista”[3], como dice el Apóstol, como una forma de decir. En otras palabras, si los espíritus celestes pudieran experimentar tristeza, sólo se entristecerían porque un hombre pierda la gracia o rechace la gracia de la conversión.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Cuarto misterio del Rosario.

         Meditación.

         Otra causa por la que los espíritus celestes hacen fiesta es el ver, a quien antes era pecador, vivir ahora en la gracia de Dios y se alegran porque ven en este pecador convertido a un futuro hermano suyo que habrá de ocupar en el cielo las sillas vacías que dejaron los ángeles caídos[4]. Los ángeles y santos se alegran por el pecador convertido, porque de esta manera el cielo se verá poblado con hombres santos, convertidos en seres superiores a los ángeles, que darán a Dios Trinidad la adoración y el amor que le dejaron de brindar los ángeles rebeldes.

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Quinto misterio del Rosario.

         Meditación.

         Por esta razón es que debemos estimar en gran medida a la gracia, porque es una divina investidura del Reino de los cielos y una oportunidad para ocupar las sillas vacías que dejaron los ángeles caídos[5], que perdieron el cielo luego de rechazar la voluntad de Dios. Ahora bien, el que está en gracia, tiene que acordarse de esta grandeza y por lo tanto debe temer el caer, tal como le aconteció a Satanás, que cayó como un rayo del cielo, para precipitarse en los infiernos; el que está en gracia que se cuide de no caer, porque lo mismo que le sucedió a Lucifer, así le sucederá a quien pierda la gracia.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Cantad a María, la Reina del cielo”.



[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 321-322.
[2] Cfr. Nieremberg, ibidem, 322.
[3] Ef 4, 30.
[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 322.
[5] Cfr. Nieremberg, ibidem, 323.

jueves, 9 de abril de 2015

Hora Santa y rezo del Santo Rosario meditado pidiendo por los cristianos perseguidos, especialmente por los 148 estudiantes kenyanos asesinados y por sus perseguidores


         Inicio: frente a las numerosas masacres cometidas  contra cristianos en diversas partes del mundo (especialmente en Garissa, Kenya) en los últimos tiempos, el Santo Padre Francisco ha llamado a “no permanecer en un silencio cómplice”[1] frente a tales actos de barbarie. Haciéndonos eco de su llamado y siendo conscientes de que los cristianos asesinados son nuestros hermanos por la fe, ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, pidiendo por su eterno descanso y por la conversión de sus verdugos.

         Canto inicial: “Sagrado Corazón, Eterna Alianza”.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrario del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón, y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

         Enunciación del Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección)

         Meditación

         Jesús, Tú dijiste en el Evangelio que serían bienaventurados aquellos que sufrieran persecución “por causa de la justicia”: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3-10). Los cristianos que son perseguidos heredan el Reino de los cielos y son bienaventurados porque participan de la persecución de la cual Tú fuiste objeto, en primer lugar. La razón es que este mundo nuestro “yace bajo el poder del Príncipe de las tinieblas” (cfr. 2 Cor 4, 4), y Tú viniste a “destruir sus obras” (cfr. 1 Jn 3, 8), su dominio y su poder con tu Pasión, Muerte en Cruz y Resurrección, y así como fuiste perseguido hasta la muerte de cruz por destruir sus obras, así tus hijos, a quienes Tú asocias en tu obra redentora, también hoy, en nuestro siglo XXI, son perseguidos, siendo sometidos a toda clase de torturas y de muertes cruentas, imitándote en tu muerte de cruz y alcanzando la vida eterna. Estos cristianos, cruelmente asesinados, son los descriptos en el Apocalipsis como los que “están delante del trono del Cordero, de pie, sobre un mar de cristal mezclado con fuego” y son los que “han vencido a la bestia y entonan el cántico del Cordero” (cfr. 15, 2ss), porque han vencido gracias a la protección divina. Te pedimos, oh Jesús, Rey de los mártires, que concedas a estos hermanos nuestros, a quienes asocias a tu martirio en cruz, la gracia de la fortaleza, para soportar el martirio y el don del Amor, para perdonar y amar a sus verdugos, como Tú nos perdonaste a nosotros desde la cruz. Amén.

         Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Enunciación del Segundo Misterio del Santo Rosario.

Jesús, Tú que dijiste en el Evangelio: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa” (Mt 5, 3-11); es bienaventurado a quien esto le suceda, porque significa que ese tal está inhabitado por el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, que es opuesto y contrario al espíritu de la mentira, del error y del mal, originados en el “Padre de la mentira” (Jn 8, 44), Satanás. Los hijos de Dios son bienaventurados porque en ellos inhabita el Espíritu Santo, el Amor de Dios; en los hijos de Dios inhabita el Espíritu Santo, que es Verdad; en los hijos de Dios inhabita el Espíritu Santo, que es Luz que “brilla en las tinieblas” y puesto que las tinieblas no soportan a la Luz, que es Dios, desencadenan contra la Luz y contra los hijos de la Luz toda clase de injurias, de persecuciones y de mentiras, para tratar de apagarla y de ocultarla a los ojos de los hombres. La persecución contra los cristianos es una continuación de la enemistad iniciada en el Génesis, entre los hijos de la Mujer, la Virgen, y los hijos de la Serpiente (cfr. Gn 3, 15); y así como por permisión divina la Serpiente acecha el calcañar de la Virgen, así también por designio divino, el triunfo final le pertenece a la descendencia de la Virgen, Jesucristo y los bautizados y es por eso que Jesucristo, que es el verdadero perseguido en los cristianos, triunfa en la aparente derrota de la cruz, como anticipo del Triunfo final y definitivo al final de los tiempos, cuando aparecerá Victorioso “sobre las nubes del cielo” (cfr. Mc 13, 26), para juzgar a toda la humanidad. Jesús, te pedimos por los cristianos que son injuriados, perseguidos y calumniados por tu causa, para que sostenidos por el Espíritu Santo, Espíritu de Verdad, de Amor y de Paz, den testimonio de Tu Divinidad hasta el final. Amén. 

         Silencio para meditar.

         Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Enunciación del Tercer Misterio del Santo Rosario.

         Jesús, Tú, en la Cruz, con tu Cuerpo ensangrentado, “derribas el muro de odio que separa a judíos y gentiles” (cfr. Ef 2, 14), el odio anida en el corazón del hombre como consecuencia de la pérdida de la justicia original con la que había sido creado, a causa de la desobediencia de Adán y Eva, y que es destruido por el poder de tu Preciosísima Sangre. Al haber oído la voz de la Serpiente Antigua y al haber desobedecido la voz del Creador, el hombre se despojó de la gracia original con la que había sido dotado y así su corazón se convirtió en una oscura y fría cueva, en donde hicieron morada toda clase de alimañas espirituales que inocularon en él los venenos de la rebelión contra el Dios Amor y del odio contra el hermano, y es así como el hombre, caído en el pecado original, levantó su mano deicida y fratricida, para matar a su Dios en la cruz y para matar a su hermano, y continúa levantando su mano, para seguir matando a Dios y a su hermano: a Dios, a quien no ve, en su hermano, porque su hermano es la imagen de Dios encarnado, y así, al matar al hermano, mata al hermano y mata a Dios, imagen viva de Dios encarnado. Cada muerte homicida alimenta el círculo de odio y de venganza entre los hombres, pero Tú, Jesús, con tu Cuerpo ensangrentado en la cruz, derribas para siempre el muro de odio que separa a los hombres, porque Tú eres el Amor de Dios materializado y la Divina Misericordia encarnada, y es por eso que quien permite que tu Sangre, que se derrama con profusión desde la cruz ensangrentada, caiga sobre él, ve con alegría cómo desaparece el odio de su corazón, para ser reemplazado por el Divino Amor, porque tu Sangre, oh Jesús, contiene al Espíritu de Dios, que hace desaparecer al odio del corazón del hombre, convirtiendo al corazón humano, de cueva oscura y fría, en nido de luz y de amor, en donde va a reposar la Dulce Paloma del Espíritu Santo. Jesús, te pedimos por nuestros hermanos perseguidos, para que no se aparte nunca la gracia de Dios de sus corazones, de manera que el Espíritu Santo esté siempre en ellos y así sean capaces de dar la vida por sus propios verdugos; te pedimos también, oh Jesús, por sus verdugos, para que se arrepientan a tiempo de sus crueles actos, para que sientan el remordimiento de conciencia y pidan perdón, a Ti y a sus víctimas, antes de que sea demasiado tarde para la salvación de sus almas, de modo que puedan salvarse y alabar tu Divina Misericordia por toda la eternidad. Amén.

Silencio para meditar.

         Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Enunciación del Cuarto Misterio del Santo Rosario.

         Jesús, Tú eres el Dador de la paz de Dios, tal como lo dijiste en el Evangelio: “La paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo” (Jn 14, 27). Nuestro mundo, que yace “bajo el dominio del maligno” (cfr. 2 Cor 4, 4 ), carece de paz, de la verdadera paz, de la paz que sólo Tú puedes dar, porque la paz verdadera nace del corazón en gracia, del corazón que ha sido liberado de la opresión del pecado y ha sido sanado con tu gracia santificante. Solo el corazón que ha recibido tu Sangre y con tu Sangre, tu gracia, y con tu gracia, tu Amor, sólo ese corazón, es capaz de dar amor y paz a sus hermanos. El mundo que yace en tinieblas rechaza a la Luz, que es Cristo, y a los hijos de la Luz, a los cristianos, y así como quiso borrar de la faz de la tierra al Mesías, al Hijo de Dios vivo, crucificándolo en un madero, así también hoy, el mundo busca eliminar de la faz de la tierra a los cristianos, persiguiéndolos, acosándolos, haciéndolos desaparecer. Jesús, Rey de la paz, te pedimos por nuestros hermanos asesinados por tu Nombre, para que les concedas el premio de la gloria eterna, y te pedimos también por sus verdugos, para que se arrepientan de sus crueles actos, para que pidiendo perdón ante Dios y ante sus víctimas, y expiando sus crímenes, puedan algún día, gozar de la contemplación de tu Santa Faz en el Reino de los cielos. Amén.

Silencio para meditar.

         Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

         Enunciación del Quinto Misterio del Santo Rosario.

         Jesús, Tú que en la Cruz eres el Rey de los mártires, hoy vemos con asombro y estupor, cómo se multiplican, por millares, los mártires en tu Iglesia Santa, que dan sus vidas en tu Nombre. De esta manera, miles de cristianos derraman su sangre, confesando que eres el Hijo de Dios vivo, y así nos dan una lección, para que salgamos de nuestro adormecimiento en la fe y proclamemos también nosotros que Tú eres el Hombre-Dios, encarnado en el seno de María Virgen, para nuestra salvación, y que prolongas tu Encarnación en la Eucaristía. Cada mártir es una prolongación y una continuación de tu muerte martirial en la cruz; por ese motivo, en cada mártir, más que al mártir individuo, Te vemos a Ti, que a través de ellos, continúas derramando tu Sangre Preciosísima, por la redención del mundo. Así, su sangre derramada, su cuerpo entregado, sus palabras pronunciadas, son, en cierta medida, tu Sangre, tu Cuerpo, tus Palabras, porque eres Tú quien derrama tu Sangre en ellos; eres Tú quien entregas tu Cuerpo en ellos; eres Tú quien hablas, con tu Espíritu, a través de ellos, por eso, las palabras pronunciadas por los mártires, son palabras inspiradas por el Espíritu Santo, son Palabra de Dios y como tal deben ser escuchadas. Cada mártir es, con toda razón, semilla de nuevos cristianos, porque a través de ellos, el Espíritu Santo suscita nuevos cristianos al encender en los corazones el Amor a Dios en quienes contemplan el martirio de los que dan sus vidas por amor a Jesucristo, el Hombre-Dios. Jesús, Rey de los mártires, te pedimos por los miles de mártires de nuestros tiempos, para que les concedas la gracia de la fortaleza en la durísima prueba del martirio y también te pedimos por sus verdugos, para que se conviertan de su maldad, para que ellos también gocen, algún día, de la felicidad eterna que es contemplar a las Tres Divinas Personas y a la Santísima Virgen María, en la compañía de los ángeles y de los santos, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos. Amén.

Silencio para meditar.

         Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrario del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón, y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.



        




[1] http://internacional.elpais.com/internacional/2015/04/04/actualidad/1428167437_304877.html

miércoles, 14 de agosto de 2013

La fuente de la fortaleza de los mártires


Cuando se contempla la vida de los mártires y, sobre todo, su muerte cruenta -que es lo que los ubica entre los mártires-, surge la pregunta de cómo es posible tanta fortaleza ante tanta adversidad. Efectivamente, cuando se considera que los mártires, con su muerte martirial, no solo pierden absolutamente todo lo que tenían en esta vida –desde lo menos valioso, hasta lo más valioso: bienes materiales, amigos, familia-, sino que pierden hasta la propia vida, sumado al hecho de que lo hacen en medio de las más terribles torturas y los más dolorosos tormentos que puedan imaginarse, se puede caer en la tentación de creer que son seres desafortunados, abrumados por la desgracia y la adversidad. Sin embargo, nada de esto es verdad. Los mártires, iluminados y movidos por el Espíritu Santo, dan el supremo testimonio de Cristo, Rey de los mártires, y esto los convierte en los seres más afortunados de entre los afortunados, porque el martirio les abre las puertas del Reino de los cielos y les granjea el paso hacia una eternidad de felicidad.
El hecho de “perderlo todo” –bienes materiales, amigos, familia-, lejos de constituir una pérdida –valga la redundancia-, significa una ganancia enorme, incalculable, inimaginable, porque Cristo Jesús devuelve el “ciento por uno y la vida eterna” al que “pierda la vida por Él” (cfr. Mt 10, 37-39). De esto se ve, entonces, que el martirio, lejos de ser una desgracia, es una gracia de valor inestimable, porque por él se adquiere la vida eterna.
Llegados a este punto, regresamos a la pregunta inicial: ¿cómo es posible tanta fortaleza ante tanta adversidad? La respuesta es una sola: porque los mártires reciben la fuerza no de la naturaleza humana, sino de la Naturaleza divina del Hombre-Dios Jesucristo, quien les comunica la gracia y, por ella, la vida divina.
Podemos entonces preguntarnos: ¿dónde puede el cristiano obtener fuerzas, frente a las adversidades de la vida? El ejemplo de los mártires nos lo dice: de Cristo Jesús, que para nosotros, se ha quedado en el Santísimo Sacramento del Altar, la Eucaristía.