Mostrando entradas con la etiqueta Pasión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pasión. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Eucaristía, Misterio de la Fe


          En la Santa Misa, luego de la consagración eucarística, luego de hacer la genuflexión, el sacerdote, al incorporarse, exclama, dirigiéndose al Pueblo fiel: “Este es el misterio de la fe”[1]. Con esta expresión –“misterio de la fe”-, está reconociendo que lo que tiene delante de sí, la Eucaristía, que ya no es más lo que era, un poco de pan, es algo que sobrepasa absolutamente la razón: es, precisamente, un “misterio”, algo que no puede ser comprendido en su totalidad, sino simplemente ser aceptado y creído, porque sobrepasa nuestra capacidad de comprensión. La Eucaristía es el don admirable, ante el cual los ángeles del cielo se postran en adoración, porque es el Cordero de Dios: es Dios Hijo en Persona, que se hace Presente, delante de nuestros ojos, bajo el velo sacramental, con su misterio pascual de muerte y resurrección, actualizando su sacrificio salvífico y redentor. Por el “misterio de la fe”, la Santa Misa, la Eucaristía, tenemos delante de nuestros ojos, al “Cordero de Dios como degollado” descripto en el Apocalipsis (5, 6), al cual le rinden homenaje de adoración los ángeles, postrándose ante su presencia en el altar del cielo; ése mismo Cordero, y no otro, ése mismo Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se encuentra, por el milagro de la transubstanciación, no solo en el cielo, delante de los ángeles, sino en el altar eucarístico, delante de nuestros ojos, oculto bajo las especies sacramentales del pan y del vino. Esto es lo que la Iglesia llama “misterio de la fe”.
         Con otras palabras, lo dice Juan Pablo II en su Carta Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”: el Papa afirma que lo que recibe la Iglesia en la Eucaristía no es “un don más entre otros”, sino “el don por excelencia”, porque es el mismo Señor Jesús en Persona, que se dona a sí mismo, “en su santa humanidad”, con su misterio redentor, salvífico: “La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y ‘se realiza la obra de nuestra redención’.
         La Santa Misa es un misterio de fe, es decir, es algo que no puede aprehender ni explicar con la sola razón humana, porque contiene en sí misma, en las palabras del Santo Padre Juan Pablo II, a la totalidad del misterio pascual de Jesucristo -Pasión, Muerte y Resurrección-, misterio que es salvífico y redentor, y esto es inalcanzable para la sola razón del hombre: “El sacrificio eucarístico -es decir, la Santa Misa- no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía ‘pan de vida’ (Jn 6, 35-48)”[2].
         En otras palabras, el Santo Padre nos está diciendo que cuando asistimos a Misa, se actualiza para nosotros, por el misterio de la liturgia, el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, misterio por el cual nos salva, pero que al mismo tiempo, ¡se nos dona en la Eucaristía en su totalidad como Pan de vida! Es algo verdaderamente incomprensible; es un misterio insondable, de una profundidad inagotable: un Dios que, por Amor a mí, se encarna hace dos mil años, sufre la Pasión, muere en la cruz, resucita, se hace Presente en mi vida personal y en mi existencia -en los días de mi vida terrena, en el siglo XXI en el que vivo-, por medio del misterio de la liturgia eucarística de la Santa Misa, haciendo en la Santa Misa lo mismo que hace en la cruz -entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz, así como entregó su Cuerpo y derramó su Sangre en la cruz-, para donarse como Pan de Vida eterna, para que cuando yo lo comulgue, reciba su propia vida, que no es mi vida creatural, mi vida de ser humano, sino la vida suya, la vida divina del Hombre-Dios, para que yo comience a vivir con la vida de su Ser divino trinitario, siendo aun un peregrino en el desierto de la vida terrena, que camina hacia la Jerusalén celestial. ¡Un verdadero misterio de la fe y del Amor de un Dios, que no escatima nada para demostrarme su Amor!
         Ahora bien, el Santo Padre introduce un elemento nuevo, que nos toca de cerca a nosotros, porque hasta ahora, el “misterio de la fe”, es una acción eminentemente divina; sin embargo, ahora, dice Juan Pablo II, hay algo que nos pertenece a nosotros, y que es necesario para que “la eficacia salvífica del sacrificio (de Jesús) se realice plenamente”, y ese algo, es la libre decisión nuestra de entrar en comunión con nuestro Dios que se nos ofrece como Pan de vida eterna en el altar. Dice así Juan Pablo II: “La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el Cuerpo y la Sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su Cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; su Sangre, “derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Recordemos sus palabras: “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57). Jesús mismo nos asegura que esta unión, que Él pone en relación con la vida trinitaria, se realiza efectivamente”[3].
         El Santo Padre nos quiere decir que hasta aquí, Dios ha puesto todo de su parte; pero ahora, somos nosotros los que debemos poner de nuestra parte, para que la salvación se lleve verdaderamente a cabo, y es el que deseemos ser salvos por Cristo Jesús; que deseemos entrar en comunión con Él, y para eso, debemos aceptarlo como nuestro Salvador, y debemos unirnos a Él en su Cuerpo sacramental, para recibir el don de su Espíritu. Es decir, debemos mostrar, con nuestro libre albedrío, que queremos unirnos a Él -en estado de gracia, por supuesto- y recibir su Cuerpo sacramentado, para recibir el don de su Espíritu -en realidad, ver acrecentado el don del Espíritu, ya recibido en el bautismo-, para que la salvación sea eficaz, porque la salvación no es algo "automático", desde el momento en que somos seres libres -Dios y nosotros- los que entramos en comunión, en unión común, de vida y de amor: "”Así, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido ya en el Bautismo e impreso como 'sello' en el sacramento de la Confirmación”[4].
         Por último, el Santo Padre sostiene que, por la liturgia eucarística, nos unimos, misteriosamente, a la liturgia de los cielos, puesto que la liturgia eucarística es como una “ventana” -un “resquicio”, dice el Santo Padre-, que desde el cielo se abre sobre la tierra. De esta manera, el Santo Padre nos recuerda al profeta Isaías cuando exclama a Dios, suplicándole, que se digne rasgar los cielos –“Si rasgaras los cielos y descendieras”[5]-; el profeta, contemplando la majestuosa hermosura de Dios, ha quedado desolado, al compararla con la realidad de este mundo, y es por eso que clama, implora, suplica, que Dios, con su belleza inabarcable, se digne "rasgar los cielos", y descender: "Si rasgaras los cielos y descendieras". A este profeta nos recuerda el Santo Padre en este párrafo de Ecclesia de Eucharistia: "Cuando nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a la liturgia celestial; la Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta su luz"[6].
         Sin embargo, tal vez, siendo un poco osados, podemos ir un poco más allá de las palabras del Santo Padre, y podemos decir que, cuando celebramos la liturgia del Cordero, es decir, la Santa Misa, Dios ha escuchado al profeta, y ha rasgado los cielos, y ha descendido con su incomparable majestad y hermosura, porque desciende, desde los cielos, el Maná verdadero, la Eucaristía, y puesto que la Eucaristía es Nuestro Señor Jesucristo, es decir, Dios Hijo en Persona, más que "un rayo de la Jerusalén celestial", y más que "un resquicio del cielo", podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la Eucaristía es muchísimo más que eso, porque la Eucaristía es el Cordero en Persona, y el Cordero es la "Lámpara de la Jerusalén celestial" (cfr. Ap 21, 22) y es el Dios Tres veces Santo, a quien los cielos mismos no pueden contener.
         La Eucaristía es más que un resquicio del cielo, y es más que un rayo de la Jerusalén celestial: es, como lo anuncia la Iglesia, cual nuevo Juan Bautista en el desierto del mundo y de la historia, desde el altar eucarístico, en el momento en el que sacerdote ministerial eleva la Eucaristía luego de la consagración, "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo"[7]. Y este Cordero se dona a sí mismo como alimento, en el Banquete celestial, la Santa Misa, de modo que los hijos de Dios se alimentan no con un manjar exquisito, preparado y servido por Dios Padre, para que tengan fuerzas en su peregrinar, pro el desierto del mundo, hacia la Jerusalén celestial. Este manjar está compuesto por platos suculentos, que no se encuentran en ningún lugar de la tierra: la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo, el Cuerpo glorioso de Jesús resucitado; el Pan de Vida eterna, la Humanidad Santísima del Jesús de Nazareth, inhabitada por la divinidad, y el Vino de la Vid verdadera, la Sangre del Hombre-Dios Jesucristo, obtenida luego de ser triturada esta Vid en la Vendimia de la Pasión. Y este manjar, exquisito y suculento, servido por Dios Padre para sus hijos pródigos en el Banquete celestial, la Santa Misa, concede a quienes se alimentan de él con fe y con amor, una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, que los hace entrar en comunión con las Tres Divinas Personas de la Santísima y augustísima Trinidad. Al alimentarse de este banquete, el cristiano vive la vida nueva, la vida de los hijos de Dios, que no es un modo humano de vivir las virtudes, sino que es un modo de vivir en comunión de vida más íntima con Jesús, que se dona en la Eucaristía, para que después de unirse a Él y contemplarlo en el Amor, lo comunique por la misericordia.
         La comunión eucarística, a su vez, es equivalente a la contemplación en el Monte Tabor, por eso es que nos detenemos en su consideración, al reflexionar sobre el misterio eucarístico.
El episodio del Monte Tabor es una revelación trinitaria, que la reserva Dios para aquellos a quienes considera sus amigos más íntimos: “Ya no os llamaré siervos...; a vosotros os he llamado amigos, porque os he hecho y haré saber cuantas cosas oí de mi Padre”[8]. No es propio del criado entrar en el aposento más íntimo de la familia de su señor; y a la criatura sólo le compete de suyo honrar a Dios como a su Señor; no ha de atreverse a echar una mirada en los misterios de Su seno y de Su Corazón. Y si se le permite hacerlo, precisamente por ello entra en amistad con Dios; porque solamente a los amigos suelen revelarse los misterios más íntimos[9]. Y es este misterio íntimo de la Trinidad y del futuro de gloria y felicidad que está reservado a quienes lo sigan de cerca en la cruz, es lo que Cristo revela en la intimidad de la comunión eucarística a los cristianos.
Así el cristiano se levanta infinitamente por encima de los límites de su naturaleza, de su razón, de su mezquindad; e iniciado en los misterios de su Señor, se siente llamado a los privilegios y a las obligaciones de un amigo verdadero.
Y la exigencia es la de la correspondencia con obras de amor, de misericordia, de compasión, de caridad, de perdón, de amor a los enemigos, de bendición a los que los persiguen, tal como pide Jesús en el Evangelio, de perdonar “setenta veces siete”, de desterrar de una vez y para siempre, no solo todo odio y todo rencor, sino absolutamente el más mínimo resquicio de enojo, para con el prójimo que es, por algún motivo circunstancial, “enemigo” del cristiano, de manera tal, que en el corazón del cristiano, que recibe a Jesús en la Eucaristía, solo se encuentre Fe y Amor. No puede ser de otra manera, porque si por ser la revelación de este misterio una prueba extraordinaria del Amor divino para con el cristiano, esto mismo exige, de parte del cristiano, una gratitud y una correspondencia de amor sin límites, porque al transfigurarse y revelar su gloria y su origen trinitario, Cristo revela la plenitud de la bondad divina y la revela como queriéndola comunicar a sus amigos. Se revela como Dios bueno no sólo por poseer infinitos bienes, sino también infinitamente bueno por comunicarlos completamente[10], y así el cristiano debe corresponder, donándose completamente, en el olvido de sí mismo –de sus pasiones-, de manera tal que su prójimo vea en él a una imagen viviente, a una copia viva de Jesucristo, y ya no más a él.
De esta manera, de la compañía íntima con Cristo en el Nuevo Tabor –el altar es como el Monte Tabor, porque así como en el Tabor, Cristo manifestó su gloria para luego ocultarla bajo su Humanida Santísima, así en el altar eucarístico, Cristo manifiesta la gloria de su Cuerpo resucitado a los ojos de la fe, al tiempo que la oculta a los ojos del cuerpo, bajo las especies eucarísticas- el cristiano contempla el misterio insondable de Jesús en la Eucaristía –la Eucaristía no es un poco de pan, sino el Hombre-Dios vivo, con su Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la luz y de la vida divina, tal como se encuentra en los cielos, solo que oculto bajo las especies eucarísticas-, recibiendo de Jesús el Amor que brota a raudales de su Sagrado Corazón, y esa contemplación en la adoración eucarística, es la garantía de que el cristiano, que en esta tierra y en el tiempo adora al Cordero oculto en las especies eucarísticas, está llamado a contemplarlo cara a cara, en la intuición inmediata de su Ser trinitario, en la otra vida, en la eternidad, en la Bienaventuranza, tal como es en sí. La dicha sobrenatural de la criatura en la visión intuitiva de Dios es preludiada y anticipada por la revelación de la Trinidad en la Transfiguración del Monte Tabor y es anticipada también en la oscuridad de la fe, en la adoración eucarística; la fe en la Trinidad es el gozo anticipado de la intuición bienaventurada; tiende un puente para unir el alma con el cielo; mientras mora todavía en la tierra, la levanta al seno de Dios; la introduce en la alegría de su Señor. Y si la bienaventuranza del mismo Dios tiene su mayor gozo en la comunión y relación mutua de las Personas, la fe en la Trinidad ya nos da a saborear algo de la dulzura y amabilidad más íntimas de Dios[11].
El cristiano, por lo tanto, que contempla, en la oscuridad de la fe, la inefable majestuosidad del Ser trinitario, y que se goza en el íntimo y silencioso diálogo de Amor que la Trinidad de Personas establece con Él en la adoración eucarística, está llamado a dar testimonio de esta bienaventuranza, comunicando a los demás el Amor de Jesucristo, ante todo con el testimonio de una vida fundamentada en Cristo Jesús, es decir, fundamentada en la pobreza de la cruz, en la castidad, en el amor misericordioso demostrado en obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. El cristiano que confiesa sacramentalmente, que comulga diariamente, que adora a la Eucaristía, está llamado a anunciar al mundo que la felicidad plena y definitiva no está en la vida presente ni en las cosas del mundo, sino en Dios Uno y Trino, y así lo señala el Santo Padre Juan Pablo II al referirse a la vida consagrada: “...la misión de la vida consagrada: señalar como meta a los demás hermanos y hermanas, fijando la mirada en la paz futura, la felicidad definitiva que está en Dios”[12].
Al llamado de Cristo a dar testimonio, y a la comunicación de Su santidad que Cristo realiza al cristiano, el cristiano debe responder con la santidad de vida[13], y la santidad se desprende de la cruz: la pobreza de la cruz, la castidad de la cruz, la obediencia de la cruz. Si no refleja a Cristo crucificado con su vida, el cristiano puede considerarse un impostor, cuyo padre no es Dios, sino el Demonio, el Padre de la mentira: “Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, pero no ama a su prójimo, a quien ve, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20). Por eso, si bien el Monte Tabor es la revelación de la gloria de Cristo como Verbo del Padre hecho carne, es también la preparación para la cruz[14]. Cristo lleva al cristiano junto a sí en el Tabor, le revela su gloria y luego la oculta, para que, como Él, por la cruz arribe a la resurrección[15].


[1] Cfr. Misal Romano.
[2] Cfr. Ecclesia de Eucharistia, Cap. 1, Eucaristía, Misterio de fe.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] 64, 1.
[6] Cfr. Ecclesia de Eucaristia, Cap. 1.
[7] Cfr. Misal Romano.
[8] Jn 15, 15.
[9] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 136.
[10] Cfr. Scheeben, Los misterios, 137.
[11] Cfr. Scheeben, Los misterios, 138.
[12] Cfr. Juan Pablo II, Vita consecrata, 33.
[13] Cfr. Juan Pablo II, Vita consecrata, 33.
[14] Cfr. Juan Pablo II, Vita consecrata, 14.
[15] Cfr. Misal Romano, Prefacio de la Transfiguración del Señor.

sábado, 19 de enero de 2013

Como en Emaús, reconozcamos a Cristo en la Eucaristía



          Los discípulos de Emaús, en la tarde de la Pascua, se alejan de Jerusalén, del lugar de la Pasión.
          Jesús se acerca a ellos para acompañarlos, pero no reconocen su Presencia: “...Jesús en Persona se acercó y caminaba con ellos, pero sus ojos estaban cerrados y eran incapaces de reconocerlo” (Lc 24, 13-35).
     Se alejan del lugar de la Pasión, es decir, se alejan de la Pasión, y se vuelven ciegos y tristes, incapaces de reconocer al Señor Resucitado.
      Ciegos, tristes, sin alegría, lejos del Señor Muerto y Resucitado y Glorioso que camina con ellos.
    ¿No somos nosotros, católicos del tercer milenio, estos discípulos de Emaús? ¿No es ésta la descripción de nuestra vida espiritual? ¿Porqué los discípulos, tristes y ciegos, no reconocen a Jesús? ¿Porqué nosotros, católicos, bautizados, no reconocemos a Jesús, resucitado, presente, vivo, glorioso, en la Eucaristía?
   Ni los discípulos reconocen a Jesús en Emaús, ni nosotros reconocemos a Jesús en la Iglesia, en la Eucaristía, por nuestro modo de ver la Pasión de Jesús[1]. Es un modo totalmente humano, que ve las cosas, los sucesos, de la vida, y, sobre todo, la vida de Jesús, desde lo bajo, desde y hacia la perspectiva humana, horizontal, sin elevar nunca los ojos para ver hacia lo alto, desde lo alto.
            Una mirada meramente humana de la religión, de la Iglesia, de Jesús, de la Misa, de la Eucaristía –incluso de nosotros mismos, en cuanto creados por Dios y re-creados por el bautismo-, nos vuelve incapaces de comprender la realidad, sea esta la natural, como la sobrenatural.
            Contemplando nuestra vida solo desde el punto de vista humano, dejando de lado al Señor Jesús que camina con nosotros, como hacen los discípulos de Emaús, nunca entenderemos gran cosa de lo que sucede, tal vez sí las cosas del plano natural, pero nada de lo relativo a la salvación, a lo sobrenatural.
            Observando humanamente el camino de la vida, es decir, la alegría, la esperanza, y también el dolor, el sufrimiento, las situaciones penosas y angustiantes, jamás podremos captarlo en su totalidad de misterio incluido en otro misterio, sobrenatural.
            Sólo bajo la luz divina de la cruz de Jesús podemos entender el sentido de la vida y de sus pruebas: el sentido del dolor, del sufrimiento, que a veces parecen insoportables; sólo en el contacto con Jesús Crucificado y Resucitado podemos entender que el dolor es un don; que la vida, sea cual sea mi vida -tal vez años vividos sin una prueba, sin un dolor, tal vez años vividos en la desgracia- es el camino que debo recorrer para ganar el Cielo, el Reino de Dios, que es la Persona de Jesús.
Sólo a la luz de la cruz de Jesús puedo ver que la vida es un camino para llegar a Él. Si miro la vida con una mirada puramente humana, siempre estaré triste, porque nuestra fuerza humana es incapaz de entender el verdadero sentido de los acontecimientos; nuestra mirada humana es incapaz de ver a Jesús, Muerto y Resucitado, que nos acompaña en cada momento, en la alegría como en el dolor.
            Tenemos necesidad de la luz divina que surge de la cruz de Jesús para que nos haga entender de dónde venimos y adónde vamos.
            Pero si  no podemos entender las cosas humanas sin la luz de Jesús, sin su luz, ni siquiera podemos barruntar ni conjeturar qué cosa sea la religión, la Iglesia, Jesús, los sacramentos, la Eucaristía.
            Tenemos necesidad de la luz divina que surge de la cruz de Jesús, para contemplar los misterios sobrenaturales en su esplendor, para no rebajar los santos misterios de nuestra religión a meras elucubraciones de nuestras mentes humanas. Necesitamos de la luz que surge de la cruz de Jesús para ver a la Iglesia no como una sociedad humana natural y religiosa de hombres que quieren alabar a Dios, no como una invención de los curas y de los laicos devotos; para ver y vivir la Misa no como un evento vacío y aburrido al que tengo que concurrir por obligación o que puedo dejar de lado si hay algo más “divertido” o más “serio” o más “importante” o más “interesante” para hacer; tenemos necesidad de la luz divina que sale de la cruz de Jesús para entender que la religión no es venir a Misa por obligación en el tiempo de Pascua, en el tiempo de Navidad, o para dejar contentos a mis padres, si soy joven o niño, o para buscar solución a mis angustias y problemas, si soy adulto.
            Tenemos necesidad de la luz divina que surge de la cruz de Cristo para entender que los sacramentos no son una etapa social, hecha a duras penas por obligación, que después de recibidos no sirven para nada, o, mejor, para lo único para lo que sirven es para hacer desaparecer a los niños y a los jóvenes de la iglesia, porque una vez recibidos, no aparecen más por ella.
            Tenemos necesidad de la luz divina que surge de la cruz de Jesús para entender que la Misa es la actualización y la renovación sacramental de la Muerte y Resurrección de Jesús, que me ofrece su Vida humano-divina para salvarme; para entender que el altar se transforma en el Calvario, el pan en Su Cuerpo y el vino en Su Sangre.
            Los discípulos de Emaús recibieron, luego de ser probados en su tristeza, en su ceguera, en su falta de fe en Jesús, el don de la fe en Jesús Resucitado, y lo reconocieron al partir el pan. Desde nuestra ceguera, nuestra tristeza y nuestra falta de fe, contemplando a Cristo Crucificado en el altar, pidamos el don de reconocerlo a Él, Presente, real y substancialmente, vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía, que un rayo de su luz, desprendido de la Eucaristía, penetre, ilumine y transforme nuestro ser.


[1] Cfr. Albert Vanhoye, Per progredire nell’amore, Edizioni ADP, Roma 2001, 219ss.

lunes, 21 de mayo de 2012

Hora Santa para Adoradores en honor a la Virgen María




         Querido Jesús Eucaristía, venimos a adorarte en tu Presencia sacramental, y a darte infinitas gracias porque te has quedado en la Hostia consagrada para ser nuestro consuelo y nuestra esperanza en este “valle de lágrimas”.
         Santa Teresa de Ávila decía que esta vida es una “mala noche en una mala posada”, pero tu Presencia Eucarística es como la Estrella radiante de la aurora, que anuncia el fin de la noche y el comienzo del día. Tú en la Eucaristía nos recuerdas nuestro destino final, que no es la noche de nuestra vida terrena, sino el día sin ocaso de la eternidad feliz en la Casa del Padre.
         Venimos a adorarte, a honrarte, a bendecirte, a alabarte y a darte gracias por tanto amor demostrado por cada uno de nosotros, en toda tu vida, en tu Pasión, y en el misterio de la Eucaristía.
         Querido Jesús Eucaristía, de modo especial queremos ofrecerte el homenaje de nuestra humilde adoración, recordando con gozo y alegría a tu Madre, María Santísima, que también está en esta hora de adoración, porque donde está el Hijo, ahí está la Madre, y así como María estuvo a tu lado toda tu vida terrena, sobre todo en los dolorosos momentos de tu agonía en la Cruz, así también está Ella ante Ti, en tu Presencia Eucarística, adorándote junto a legiones innumerables de ángeles. En esta adoración eucarística queremos adorarte y al mismo tiempo venerar y honrar a tu Santa Madre, María Santísima, Madre nuestra por tu gran amor.

         Oración de inicio: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Meditaciones:

Querido Jesús Eucaristía, cuya encarnación fue anunciada por el Arcángel Gabriel a María Santísima, convirtiéndola luego de su “Sí” en Madre de Dios, te pedimos que nuestros ángeles custodios nos recuerden permanentemente el glorioso día en que María dio su “Fiat” a la Voluntad divina, y así como Ella te recibió en su seno inmaculado, así también nosotros, santificados por la gracia del sacramento de la Confesión, te recibamos por la Comunión eucarística con un corazón puro.
         Querido Jesús Eucaristía, apenas nacido fuiste llevado en brazos por tu Madre, María Santísima, al templo de Dios, y allí los santos Simeón y Ana, llenos del Espíritu Santo, se alegraron sobremanera al reconocer en Ti, pequeño niño recién nacido, al Hijo de Dios; haz que la Virgen María  nos presente ante Ti, para que iluminados por el Espíritu Santo, te reconozcamos como Dios Hijo, y así nuestra vida se llene de alegría, aun en medio de las tribulaciones y pruebas.
         Querido Jesús Eucaristía, que cuando tenías doce años, te quedaste en el templo, asombrando con tu sabiduría infinita a los maestros y doctores de la Ley, siendo finalmente encontrado por María Santísima, haz que tu Madre lleve de la mano a tantos y tantos hermanos nuestros que te han perdido, y no saben dónde estás, para que te encuentren en el templo, en el sagrario, en la Eucaristía, desde donde concedes gracias infinitas a quienes acuden a Ti.
         Querido Jesús Eucaristía, que cuando eras adolescente, fuiste cuidado y educado con amor sin igual por María Santísima, quien te preparó de esta manera para tu sacrificio en Cruz por amor a nosotros, haz que tu Madre nos instruya acerca del misterio eucarístico, misterio por el cual prolongas tu Pasión de amor por los hombres.
         Querido Jesús Eucaristía, cuando subías por el Calvario, con la Cruz a cuestas, y cuando eras crucificado y quedabas en agonía por tres horas hasta morir la dolorosísima muerte de Cruz, te suplicamos que sea también tu Madre la que nos acompañe en el via crucis de la vida, en todo momento, para que al momento de partir, nuestra alma sea recibida por Ti en el cielo.
         Querido Jesús Eucaristía, que luego de resucitar fuiste al encuentro de tu amadísima Madre, a quien diste el privilegio de ser la primera en verte resucitado, te pedimos que, así como Ella se alegró por tu resurrección, así también nosotros nos alegremos ante tu Presencia Eucarística, en donde te encuentras con tu Cuerpo glorioso, resucitado, lleno de la luz, del amor y de la gloria de Dios Uno y Trino.

         Peticiones a Jesús Eucaristía:
        
Por aquellos que niegan la virginidad de María y su condición de Madre de Dios, Jesús Eucaristía, te rogamos, óyenos.
Por los padres y adultos que no enseñan a los niños que María Santísima es Inmaculada y Llena del Espíritu Santo, Jesús Eucaristía, te rogamos, óyenos.
Por las almas que blasfeman contra la Maternidad divina de María, rehusando aceptarla como Madre de los hombres, Jesús Eucaristía, te rogamos, óyenos.
Por aquellos que infunden en los corazones de los niños la indiferencia y el desprecio hacia María Santísima, Jesús Eucaristía, te rogamos, óyenos.
Por aquellos que blasfeman y ultrajan las sagradas imágenes, Jesús Eucaristía, te rogamos, óyenos.

Oración de despedida: Querido Jesús Eucaristía, debemos ya retirarnos a nuestras ocupaciones diarias, pero dejamos nuestros corazones a los pies del sagrario, para que María Santísima los una al coro de ángeles y santos que te adoran por la eternidad.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

miércoles, 23 de febrero de 2011

El Cristo Sangrante del Oratorio


La adoración eucarística es una experiencia de oración que no se puede comparar a ninguna otra: hacer adoración eucarística es un anticipo del cielo, porque es contemplar, por la fe, desde aquí, en la tierra, al Dios de los cielos, a quien contemplaremos, adoraremos y amaremos por la eternidad. La adoración es un anticipo del cielo, es un vivir en anticipación la felicidad de la bienaventuranza; la adoración es experimentar, en nuestro tiempo y en nuestros días, la eterna unión en el amor y en la vida divina con las Tres Divinas Personas.

Esto, y mucho más, es lo que se vive en el Templo de Adoración Eucarística Perpetua “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús”.

Sin embargo, este año, por misericordia de Dios, quienes adoramos al Señor Jesucristo en la Eucaristía, fuimos testigos de un prodigio asombroso. Este año, Nuestro Señor quiso conmover nuestros corazones y encender nuestra fe en su amor -y la fe y el amor de muchos- con un hecho que no podemos calificar de otra manera que como venido del cielo.

Este año, más precisamente, en el día de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a las 12.30 hs., sucedió un hecho extraordinario: sangró la Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo, en la imagen de la Última Cena que se encuentra bajo la Custodia del Santísimo.

Particularmente, y de modo personal, me considero un testigo privilegiado –un privilegio totalmente inmerecido, gratuito-, porque fui, al menos de entre los sacerdotes, el primero en acudir al oratorio a constatar el hecho.

Ese día, el 11 de junio –quedará en mi memoria como uno de los días más memorables de mi vida, junto al día de la ordenación y al día de mi Primera Misa-, Solemnidad del Sagrado Corazón, a eso de las 14.30 hs., una de las Capitanas del Oratorio acudió a la Capilla San Antonio de Padua, en busca de los sacerdotes, para dar cuenta del suceso, del cual ya se habían percatado los adoradores del turno correspondiente.

Nos dijo que habían notado que, en la imagen de Nuestro Señor, había una “mancha roja”, y venían a buscarnos para que, como sacerdotes, diéramos nuestro parecer.

El Párroco, el P. Jorge Gandur, me dijo que fuera hasta el Oratorio para que viera de qué se trataba, lo cual hice inmediatamente. Al llegar al Oratorio, me arrodillé ante la imagen de Nuestro Señor, y pude constatar que la “mancha roja” de la cual nos hablaban los adoradores, era en realidad sangre fresca. No podía creer lo que estaba viendo y experimentando: en toda mi vida sacerdotal, siempre me habían atraído de modo particular los milagros eucarísticos, y cada vez que podía, predicaba acerca de ellos, y ahora, me parecía estar delante de un gran prodigio. Con profunda reverencia y respeto, junto a los otros adoradores, que también se encontraban profundamente conmovidos –algunos incluso lloraban-, veneramos el prodigio y, luego de hacer un rato de oración, nos abocamos, por indicación del P. Gandur, a la tarea de determinar si lo que pensábamos que era sangre, era realmente sangre, y si era sangre, si era humana.

Además, otro paso más que debíamos dar en la investigación del fenómeno, era entrevistar a los testigos oculares, tarea a la cual nos dedicamos desde el primer día del suceso.

Hacia el caer de la tarde, pudimos contactar a la Policía Científica, por medio del P. Horacio Gómez, Capellán de la Policía de Tucumán, y es así como se apersonó en el lugar una unidad, con un médico y un técnico, quienes tomaron muestras de la mancha, a la altura de la frente de Nuestro Señor. Además, sacaron numerosas fotos. Los análisis hechos por la Policía dieron, de modo inmediato, resultado positivo para sangre humana. Una primera parte de la investigación estaba concluida: la “mancha roja” observada por los adoradores, era sangre, y sangre humana. Ahora, debíamos avanzar en otra etapa de la investigación: debíamos entrevistar a los testigos oculares, para descartar cualquier factor humano. Eso fue lo que hicimos en los días posteriores, entrevistando, el P. Gandur y yo, a todos los que presenciaron y/o se percataron del sangrado en sus primeros momentos.

Como resultado de los análisis de la Policía Científica, y con el testimonio de los testigos presenciales de primera hora, llegamos a una conclusión: era posible descartar, con certeza, la intervención humana. Y descartada la intervención humana, sólo cabía una intervención divina, que es lo que creímos desde un primer momento.

Ahora bien, cabe preguntarnos: ¿cuál sería el motivo por el cual nuestro Dios haría un prodigio semejante, el día del Sagrado Corazón, en el oratorio del Sagrado Corazón Eucarístico, en una imagen de la Última Cena, que conmemora el don de su Amor, la entrega de su Corazón en la Eucaristía?

La respuesta la podemos obtener a partir del fenómeno mismo, observando –más bien, contemplando, con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe- la sangre y el recorrido de la sangre, desde la Cabeza de Nuestro Señor, hasta sus Manos. La sangre comienza en el cuero cabelludo, en su mitad izquierda, un poco más arriba de la región frontal de la cabeza de Jesús. Desde ahí, se desliza por todo su rostro, recorriendo la frente, el ojo, la mejilla, la nariz, se agolpa en una de las fosas nasales y en los labios, sigue luego por el mentón, y termina por caer, de a gotas, en su mano izquierda, la cual está apoyada en su Corazón. El recorrido de la sangre lleva a que esta caiga, por inercia, en el cáliz que se encuentra inmediatamente debajo de su mano.

¿Qué significa esto? Nos recuerda, inmediatamente, a su Pasión, y sobre todo, a su Coronación de espinas, ya que el recorrido de la sangre comienza en un lugar que corresponde perfectamente a la herida provocada por una de las espinas de su Corona de espinas. Notemos que la sangre comienza en la Cabeza, y recorre todos los sentidos, y esto nos hace ver que la sangre de Nuestro Señor recorre su Humanidad Santísima para que no solo seamos purificados de todo pensamiento y de toda sensación mala, sino para que nuestros pensamientos y nuestros sentimientos y sensaciones, sean santos y puros como los de Jesús.

La sangre que comienza y recorre la cabeza de Jesús, producto de la herida causada por una de las espinas de su corona, es para que nuestros pensamientos –la cabeza es la sede de los pensamientos- sean santos puros; la sangre que se desliza por su ojo, es para que veamos a Cristo en la Eucaristía y en el prójimo; la sangre de la nariz y la que recorre la piel, representan a los sentidos en general, para que los sentidos sólo sientan y experimenten lo que Nuestro Señor siente y experimenta en su Pasión; la sangre en los labios de Jesús, es para que nuestra boca se abra sólo para alabar y adorar y dar gracias al Hombre- Dios Jesucristo, por su Pasión de Amor; la sangre que cae en su mano, es para que nuestras manos se eleven hacia el cielo, en alabanzas a la Dios Trino, y se extiendan, abiertas, en ayuda y auxilio de nuestro prójimo más necesitado; la sangre que cae en el cáliz, es para que la bebamos toda, hasta la última gota, porque es la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero, que se derrama por nuestra salvación, para el perdón de nuestros pecados, y para comunicarnos la filiación divina y el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

La Adoración Eucarística es, como decíamos al principio, un adelante del cielo, porque es contemplar, por la fe, al Dios de inmensa majestad, Jesús Sacramentado, y es experimentar su amor, el mismo Amor que se nos comunicará sin medida en la eternidad. El prodigio del Cristo Sangrante del Oratorio es un motivo más para adorar a Jesús Sacramentado, porque nos hace recordar su Pasión, y su Pasión no tuvo otro motivo ni otra causa que su infinito y eterno Amor Misericordioso.