Inicio: ingresamos en el oratorio. Hacemos silencio
exterior y sobre todo interior; pedimos a María Santísima su asistencia
maternal para recoger nuestros sentidos, de modo de poder concentrarnos en la
Presencia sacramental de Jesús en la Eucaristía. A Él ofrecemos esta Hora Santa
en reparación por quienes no viven los Mandamientos de la Ley de Dios. Quien no
cumple los Mandamientos de la Ley Divina, cumple los mandamientos de Satanás,
lo cual constituye una grave ofensa a Dios Uno y Trino, de quien emana toda la bondad
y el amor inscriptos en sus Mandamientos. Reparamos por quienes viven alejados
de los Mandamientos de Dios, sea por ignorancia culpable o invencible y
reparamos también por nosotros mismos, por todas las veces que hemos ignorado,
menospreciado, dejado de lado, aquello único que nos hace felices, el
cumplimiento de la Voluntad amorosa de Dios, expresada en los Diez
Mandamientos.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto inicial:
“Sagrado Corazón, eterna alianza”.
Meditación
Jesús, te pedimos por los que no viven el mandamiento más
importante de tu Ley, el primero, en el que están contenidos todos los demás mandamientos:
“Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. No aman
a Dios por sobre todas las cosas, porque anteponen el amor a las cosas y al
mundo por sobre el amor a Ti, Único Dios verdaderos, y es así como te posponen
y huyen de Ti como si fueras un malhechor. Y puesto que no te aman por sobre
todas las cosas, desprecian el don de tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la
Eucaristía dominical, abandonándote y dejándote solo en la Eucaristía,
sustituyendo la Santa Misa por las vanas distracciones mundanas, dejando también
de vivir el mandamiento que dice: “Santificar las fiestas” y al mismo tiempo haciendo
vano tu nombre, profanando el mandamiento que dice: “No tomarás su santo nombre
en vano”. Y al no amarte a Ti, tampoco aman al prójimo, porque solo quien te
ama a Ti puede amar con amor verdadero al prójimo. Quien no ama al prójimo, ve
en su hermano solo una egoísta y mezquina oportunidad de usarlo en provecho
propio; quien no ama a su prójimo en Ti y por Ti, usa del prójimo como si fuera
una cosa y, cuando ya no le sirve más, lo tira y lo abandona. Te pedimos por
quienes usan egoístamente de sus prójimos, para que movidos por tu Amor, amen a
sus prójimos con obras de misericordia y así salven sus almas. Amén.
Silencio para meditar.
Jesús,
te pedimos perdón y reparamos por los que no viven los mandamientos “No robarás”
y “No codiciarás los bienes ajenos”, porque instigados por Satanás y obedeciendo
a su propia conciencia oscurecida, no dudan en despojar de sus bienes a sus
prójimos, cometiendo el pecado del robo y haciéndose merecedores del eterno
castigo. De esta manera, obran el mal, arrebatando lo que no les pertenece,
cediendo a la tentación de apoderarse de bienes ajenos sin trabajar. El que roba
no se percata de que el producto del robo le acarrea como castigo fuego en las
manos; el que roba no se da cuenta que aquello que ha robado lo poseerá
fugazmente, porque en la muerte todo le será arrebatado, quedándose con las
manos vacías y con el alma manchada por el pecado del robo. El que roba cede al
espejismo de la tentación de Satanás, quien le hace creer que lo robado le
durará para siempre, pero como todo pecado, el robo da una satisfacción ilícita
fugaz y efímera, al tiempo que deja en el alma la mancha indeleble del pecado. Jesús,
te pedimos por quienes roban, saquean, despojan de sus bienes a sus hermanos;
te suplicamos, concédeles la gracia de
la conversión, para que viviendo en tu Ley santa que manda “no robar”, recuperen
el sentido del trabajo, la honestidad, el sacrificio, única forma de construir
una Patria que sea anticipo de la celestial. Amén.
Silencio para meditar.
Jesús,
te pedimos perdón y reparamos por los que no cumplen tu Ley divina en el
Mandamiento que dice: “No matarás”, suprimiendo la vida del prójimo de las más
diversas maneras, desde el aborto hasta la eutanasia, pasando por los crímenes
y asesinatos utilizando toda clase de armas. Jesús, te pedimos por quienes
asesinan, quitando la vida de sus hermanos, destruyendo la obra de tus manos
creadoras y ofendiéndote a Ti, Vida Increada y Fuente inagotable de toda vida
creada. El que asesina, no solo comete la más grave injuria que se pueda hacer
a una persona en esta vida, como lo es el quitar la vida, sino que te ofende a
Ti, que eres el Creador de toda vida creatural y participada. El que asesina se
erige ilícitamente en dueño de la vida de su prójimo, pisoteando tu derecho de
Dios Creador, Único Dueño verdadero de toda vida creada, y se hace merecedor de
los más duros castigos en el infierno. Jesús, te pedimos perdón y reparamos por
quienes asesinan, porque tienen ya puesto un pie en el infierno, y porque si no
se arrepienten antes de tiempo, pagarán duramente, por toda la eternidad, su
dureza de corazón. Apiádate de ellos, oh Jesús, y haz que se conviertan
prontamente; que abandonen definitivamente sus planes homicidas y eleven sus
manos no para suprimir la vida de sus hermanos, sino para ayudarlo y
socorrerlo. Amén.
Silencio para meditar.
Jesús,
te pedimos por los que no viven el mandamiento: “Honrarás padre y madre”,
porque de esta manera ultrajan tu Nombre, representado en los progenitores. Los
padres son una representación viviente de Ti, Dios que nos amas con amor de
Padre eterno y que nos cuidas y proteges con el Amor de la Virgen Madre, y porque
son representación de tu bondad, los padres merecen el mayor de los respetos,
el mejor de los tratos y el más grande amor. Te pedimos perdón y reparamos por
quienes no aman a sus padres; por quienes los abandonan; por quienes no los
visitan ni auxilian en sus necesidades y en su vejez; por quienes les faltan el
respeto; por quienes no obedecen sus indicaciones; por quienes los ofenden; por
quienes no perdonan sus errores. Te pedimos perdón y reparamos, porque en el
ultraje a los progenitores y a los mayores, eres Tú el ultrajado en primer
lugar, porque los progenitores son viva representación de tu providencia, de tu
amor y de tu bondad, aun cuando por ser hombres imperfectos, cometan errores. Concede
a todos, oh Jesús, Hijo Unigénito del Padre, la gracia de amar a los
progenitores con el mismo Amor con el que Tú amas al Padre eterno y a tu Madre,
la Virgen María. Amén.
Silencio para meditar.
Jesús,
te pedimos por los que no viven el mandamiento: “No cometerás actos impuros” y “No
consentirás pensamientos ni deseos impuros”, porque profanan sus cuerpos, “templos
del Espíritu Santo”, con imágenes profanas e impuras. El cuerpo del hombre es
templo del Espíritu Santo, porque ha sido adquirido a un costo altísimo, el
precio de la Preciosísima Sangre del Cordero de Dios, derramada en la Cruz y
recogida en el cáliz del sacerdote ministerial, en la Santa Misa. El cuerpo del
hombre ha sido adquirido por Dios Padre al precio de la Sangre de su Hijo, para
ser convertido en templo del Espíritu Santo, para que el corazón sea altar y
sagrario de Jesús Eucaristía, para que esté adornado y perfumado con la gracia
santificante, y para que se escuchen en él cantos de alabanza a Dios Uno y
Trino. Pero muchos, menospreciando este don y apropiándose del cuerpo como si
fuera de ellos, cometen todo tipo de profanaciones y de aberraciones con el
cuerpo, deleitándose con imágenes impuras, ingiriendo alcohol, drogas, y todo tipo de substancias tóxicas,
intercambiando el cuerpo por dinero, vendiendo el cuerpo a los mercaderes del
mal, profanando así no solo el cuerpo, sino a la Tercera Persona de la
Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, a quien el cuerpo pertenece. Jesús, te
suplicamos por quienes así obran, corrompiendo el cuerpo y también la mente y
el corazón, para que no les tengas en cuenta este pecado; concédeles la gracia
de entender qué significa que el cuerpo sea “templo del Espíritu Santo”, para
que dejen de profanarlo y lo adornen y embellezcan con la gracia santificante,
como anticipo de la glorificación de los cuerpos que por tu Misericordia esperamos
recibir el Último Día, el Día del Juicio Final. Amén.
Silencio para meditar.
Jesús,
te pedimos por los que no viven el Mandamiento: “No dirás falso testimonio ni
mentirás”, porque diciendo todo género de calumnias y falsedades, se hacen
cómplices y partícipes del Príncipe de la mentira, el diablo, Satanás. Jesús,
Tú eres la Verdad y la Sabiduría encarnada, la Verdad Absoluta del Padre
materializada en una naturaleza humana; sólo Tú nos haces libres, porque “sólo
la Verdad hace libres”, y Tú eres la Verdad Divina encarnada; seguirte es estar
en la Verdad, que eres Tú, y como eres la Verdad que también es Amor, Paz y Luz
divina, quien vive en tu Verdad vive también en el Amor, en la Paz y en la Luz
de Dios, además de ser verdaderamente libre. Por el contrario, quien miente,
quien calumnia con su lengua a su prójimo, o quien dice injusticias contra
Dios, su Cristo y su Iglesia, es esclavo de Satanás, porque se hace partícipe
de la mentira y de su Príncipe, el Ángel caído. Jesús, te pedimos por quienes
calumnian, mienten, difaman, y dicen toda clase de falsedades, porque son
esclavos del Príncipe del error y de las tinieblas; por intercesión del Inmaculado
Corazón de María, disipa las tinieblas del error y la mentira que envuelven sus
mentes y concédeles la luz de tu gracia y la luz de la fe, luz que los ilumina
y los guía a la Verdad Única que eres Tú, Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador de
los hombres. Amén.
Silencio para meditar.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Los cielos, la tierra, y el mismo
Señor Dios”.
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