Inicio: ofrecemos
esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en honor a la Santísima
Trinidad.
Oración
inicial: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio del Santo
Rosario.
Meditación.
Oh
Dios, Único y Verdadero, que eres un solo Dios en Tres Personas, iguales y
distintas, te adoramos, te bendecimos, te exaltamos, te damos gracias y te
glorificamos; Tú eres, con tu Ser divino trinitario, el Ser Supremo,
perfectísimo, Espíritu purísimo; en Ti no hay sombra alguna de imperfección; en
Ti resplandecen la Misericordia y la Justicia, la Bondad infinita y la
santidad; Tú eres el Creador del universo visible e invisible, porque eres Dios
Omnipotente; todo lo conoces, porque eres Dios Omnisciente: conoces mis
pensamientos, desde antes que empezara a pensar y conoces todo lo que pensaré
hasta el último día de mi vida; Tú solo eres el único Dios, infinitamente
bueno, justo, santo, porque eres el Amor Increado; Tú eres el Principio y el
Fin de las cosas y sin Ti nada de lo que existe podría existir; Tú eres el Dios
de los Patriarcas, el Dios de los Profetas, el Dios de los mártires, el Dios de
los santos, el Dios de las vírgenes, el Dios de todos los santos, porque Tú
eres la Santidad Increada y fuente de toda santidad participada a las
creaturas; sin Ti, nada hay santo y bueno en el hombre ni en el universo; Tú
eres, Dios Uno y Trino, el Único Dios verdadero, el Único que merece ser
adorado, bendecido, exaltado y amado por sobre todas las cosas, por ser Quien
eres, Dios de majestad infinita; Tú eres Dios, desde siempre, desde toda la
eternidad y no hay otro Dios, sino Tú, desde siempre y para siempre y por eso
te adoramos, te bendecimos, te damos gracias, imploramos tu perdón, tu auxilio
y tu misericordia y por eso nosotros, indignos pecadores, nos postramos ante tu
augustísima Presencia y te damos gracias por habernos revelado Quién eres en tu
misterio trinitario, por medio de Nuestro Señor Jesucristo, porque si no
hubiera sido revelado, nunca podríamos haberte conocido como Dios Uno y Trino y
si te has revelado en Cristo, es para que conociéndote te amemos y amándote en
la unidad de tu naturaleza y en la Trinidad de Personas, vivamos en tu Amor, en
el tiempo y luego por la eternidad.
Segundo
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Oh
Dios Padre, Persona Primera de la Santísima Trinidad, que no procedes de
ninguna persona y de quien proceden el Hijo y el Espíritu Santo. Conocemos de
Ti porque nos lo ha revelado Jesucristo, Tu Hijo Unigénito, engendrado por Ti
como Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero y que da a
conocer al Padre a quien Él así lo desea (cfr. Mt 11, 27). A través de Nuestro Señor Jesucristo, conocemos tu
omnipotencia, tu voluntad –y tu voluntad es que todos nos salvemos (Mt 18,
14)-, tu providencia, tu justicia, tu santidad, tu misericordia, tu inmensa
ternura, tu fidelidad. A través de Jesucristo sabemos que Tú, Dios Padre, eres
nuestro Padre del cielo (Mt 23, 9), que en Cristo has abierto las
puertas del cielo para quienes cumplan tu voluntad (Mt 7, 21), que
es vivir en tu Amor, reflejado en los Mandamientos y en las Bienaventuranzas;
que debemos “adorarte en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23); que conoces
lo que necesitamos (Mt 6, 7-8); que “darás el Espíritu Santo” (Lc 11,
5-13) a quien lo pida “en nombre de Jesús” (Jn 14, 13); que nos has
adoptado como hijos y que quieres que “seamos perfectos” en el amor, el perdón
y la misericordia, “como Tú eres perfecto” (Mt 5, 48). Por todo
esto, oh Dios, Padre nuestro, te adoramos, te damos gracias, te exaltamos y te
bendecimos, pero sobre todo, por habernos enviado, por medio de tu Amor, el
Espíritu Santo, a tu Hijo Jesús, para que se encarnara en el seno de María
Santísima y cumpliera su sacrificio en cruz, para que nos salvara de la eterna
perdición y nos condujera al cielo, en donde Tú nos esperas, para hacernos
participar de tu Amor y de tu Reino celestial (Lc 11, 23).
Tercer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Oh
Dios Hijo, Persona Segunda de la Santísima Trinidad, Palabra eternamente
pronunciada por el Padre, que expresas a la perfección su poder, sabiduría,
bondad y misericordia. Por Ti fueron hechas todas las cosas y nada fue hecho
sin Ti, oh Sabiduría eterna del Padre, y por esto eres el único y verdadero
Señor del universo para la gloria del Padre. Por Ti, por tu sacrificio en cruz,
renovado cada vez en la Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, fuimos
salvados de la eterna condenación; el enemigo de nuestras almas, el Demonio,
fue derrotado para siempre; nuestros pecados fueron quitados de nuestras almas
por tu Sangre derramada en el Calvario; la muerte fue destruida con tu propia
muerte en la cruz; nos concediste la filiación divina, nos abriste las puertas
del cielo y por tu cruz quieres a todos conducirnos a la Jerusalén celestial,
para gozar para siempre de la contemplación de la Trinidad; por esto, eres
nuestro único Salvador, el Salvador de todos los hombres y “no hay otro
nombre”, oh Jesús, Dios Hijo Encarnado, “dado sobre la tierra para la
salvación” (Hch 4, 12). Tú eres el
Verbo contemplado por Juan, que “existía desde el principio, que estaba junto a
Dios y era Dios”, y eres también el Verbo que Juan contempla una vez encarnado:
“Y el Verbo se encarnó y habitó entre nosotros”; siendo Dios invisible, te hiciste
visible, encarnándote en una naturaleza humana, para poder tener un cuerpo para
ofrecer en sacrificio en el ara santa de la cruz, para entregar ese Cuerpo,
glorificado y resucitado, en la Eucaristía, para alimentarnos con tu substancia
divina; Tú te encarnaste para que nadie dijera: “No sé dónde está Dios”, porque
Tú estás en la cruz y estás en la Eucaristía, con tu Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad, para darnos tu Amor, tu fortaleza, tu paz y tu alegría,
acompañándonos en las tribulaciones de la vida para que, cargando nuestra cruz
y caminando en pos de Ti por el Via Crucis, muramos al hombre viejo y
podamos nacer al hombre nuevo, el hombre que vive la vida de la gracia, la que
brota de tu Corazón traspasado en la cruz. Por la Encarnación, tú eres Verdadero
Dios y verdadero Hombre, porque asumiste nuestra naturaleza humana –en todo,
menos en el pecado-, sin dejar de ser Dios; eres verdadero Dios, igual al Padre
y al Espíritu Santo y eres verdadero Hombre, perfecto, inmaculado, sin mancha,
sin pecado y por eso eres también el Cordero Inmaculado que quita los pecados
del mundo. Oh Jesús, Tú eres el Verbo de Dios encarnado, nuestro Redentor, eres
el Camino, la Verdad y la Vida: Tú eres el único Camino que debemos recorrer
para llegar al cielo; Tú eres la única Verdad celestial manifestada a los
hombres, que nos revela los misterios divinos y nos iluminas sobre el sentido y
el fin de la existencia terrena, que no es otro que evitar la condenación en el
Infierno y salvar nuestras almas, para gozar de tu contemplación en el Reino
celestial; Tú eres la única Vida divina, de quien recibimos la vida de la
gracia, que nos hace participar en tu vida divina y eterna (Jn 14, 6); Tú solo tienes “palabras de
vida eterna” (Jn 6, 68) y en la
imitación de la mansedumbre y humildad de tu Sagrado Corazón y en el
cumplimiento de tus mandamientos, está nuestra única felicidad. Tú, oh Jesús,
Dios bendito por los siglos, en el exceso de amor de tu Sagrado Corazón, te
entregas en cada Eucaristía, para donarnos tu amor sin medida, y por todo esto,
oh Cordero de Dios, que quitas nuestros pecados lavándolos con tu Sangre
Preciosísima derramada en la cruz, te adoramos, te bendecimos, te damos
gracias, en el tiempo y en la eternidad. Amén.
Cuarto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Oh
Dios Espíritu Santo, Persona Tercera de la Santísima Trinidad, que procedes del
Padre y del Hijo y que con el Padre y el Hijo eres un solo Dios verdadero; Tú
eres el Don de dones; Tú eres la Causa de la Encarnación del Verbo y eres
también el premio inimaginable para quienes sean fieles al Cordero, siguiéndolo
“donde Él va” (cfr. Ap 14, 4), por el
Camino Real de la Cruz, el Via Crucis. Tú eres el Amor de Dios, que
une al Padre y al Hijo en el Fuego del Divino Amor, desde la eternidad, y que
quieres encender nuestros corazones con este mismo Fuego Santo, que eres Tú en
Persona, para que amemos a Dios Trino en la tierra y luego lo sigamos amando
por los siglos sin fin en los cielos. Tú eres el Amor de Dios prometido por
Jesús, que sería enviado en Pentecostés por el Padre y el Hijo luego de la
Resurrección y Ascensión a los cielos de Jesús, y así también eres enviado por
Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, en cada Santa Misa, a través de las palabras de
la consagración, para convertir el pan y el vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Divina Eucaristía; por Ti, oh Santo
Espíritu de Dios, Fuego de Amor Divino, nos unimos en tu Amor al Padre y al
Hijo, ya desde esta vida, por la Comunión con el Cuerpo Eucarístico de Cristo; Cristo
al cual somos unidos por Ti, oh Espíritu de Dios, en la otra vida, por la
gloria recibida en cuerpo y alma para quienes mueran en estado de gracia
santificante. Oh Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, eres el Alma de la
Iglesia y el Alma de nuestras almas, que nos unes a nosotros, los hombres, en
el Amor de Cristo, a Dios, y una vez unidos en Cristo, unes a todos los hombres
entre sí, formando la Comunión de los Santos y el Pueblo de la Nueva Alianza,
los bautizados en la Iglesia Católica. Oh Santo Espíritu de Dios, ven, baja
desde el cielo, desgarra las nubes y baja a nuestras almas, danos tus dones
divinos, pero sobre todo, danos a Ti mismo, Don de dones y enciende nuestros
corazones -oscuros, fríos y endurecidos como un carbón-, con el Fuego de tu
Divino Amor y conviértelos en brasas incandescentes, que ardan el Amor de Dios,
para que amemos, en Ti, a Dios Uno y Trino, en el tiempo y en la eternidad.
Amén.
Quinto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Oh
Santísima y beatísima Trinidad, que eres un solo Dios en Tres Personas;
Trinidad a quien adoramos en la Unidad de un solo Dios, sin confundir a las
Personas, porque una es la Persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del
Espíritu Santo, poseyendo las Tres Divinas Personas un mismo y único Ser
trinitario, una misma y única esencia divina y una misma y única y substancia
divina, siendo por lo tanto, las Tres Divinas Personas, iguales en gloria y en
eterna majestad. Te adoramos, oh Dios Uno y Trino, en tu Unidad de naturaleza y
en tu Triunidad de Personas, inseparables en el Acto de Ser trinitario e inseparables
también en el obrar, aunque en la única operación divina cada una manifiesta lo
que es propio en la Trinidad: el Padre, la Creación del universo visible e
invisible; el Hijo, la Redención de los hombres; el Espíritu Santo, la
Santificación de las almas (cfr. Catecismo, nn. 261-267). Por ser
quien eres, oh Dios Uno y Trino, Dios de majestad infinita, te adoramos, te
alabamos, te bendecimos y te damos gracias, pero como somos demasiado pequeños
y además pecadores, como para que nuestra oración sea de tu agrado y suba hasta
el trono de tu majestad en los cielos, te ofrecemos, en señal de adoración, de
amor y de agradecimiento, por medio de las manos de María Santísima, la ofrenda
más digna para tu majestad infinita y la más grata, la Eucaristía, en donde late
el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, inflamado en el Fuego del Divino Amor,
el Espíritu Santo, y para suplir nuestra falta de amor y para reparar por las
ofensas que recibes de los hombres ingratos -incluidos nosotros-, te ofrecemos
además el Inmaculado Corazón de María, con todos los actos de amor hacia Ti en
él contenidos. Amén.
Un Padre Nuestro, tres Ave Marías y Gloria, pidiendo
por los santos Padres Benedicto y Francisco, por las Almas del Purgatorio y
para ganar las indulgencias del Santo Rosario.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido.
Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado
Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “Plegaria a Nuestra Señora de los
Ángeles”.
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