Los brujos en México, en plena realización de la profana, infame e impúdica "misa negra",
en la que se honra sacrílegamente al Ángel caído, al tiempo que se ofende infinitamente la majestad del Único Dios Verdadero, Dios Uno y Trino.
La foto fue tomada en el mes de marzo de 2019.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en
reparación por las numerosas y blasfemas “misas negras” que se celebran,
impúdica y sacrílegamente, en distintos lugares del mundo, de modo especial en
México. La información relativa a tan horrendas prácticas ocultistas se
encuentra en el siguiente enlace:
Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo
Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los
pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
Afirma un reconocido y respetado autor que “la santidad
de Dios Uno y Trino, un Ser que es Espíritu Puro y Acto Puro de Ser,
perfectísimo y majestuosísimo, es la más excelsa de las perfecciones a las
cuales el alma tiene acceso, por participación, por causa de la gracia”[1].
En efecto, según este autor, en Dios no se puede imaginar ni pensar nada que no
sea suma y absoluta perfección: en Él hay omnipotencia, inmutabilidad,
inmensidad, suma simplicidad –o perfección-, como así también hay atributos
infinitos, todos de perfección infinita, que brotan de su Ser tres veces Santo.
De todas estas perfecciones, es la santidad la más excelsa de todas, puesto que
todas ellas juntas no serían de gran estima sin la santidad y a su vez todas
pueden ser cambiadas o trocadas por la santidad[2].
Esta santidad divina, que santifica todo lo santo, bueno y verdadero, está
presente en todos los atributos divinos y los trasciende a todos en su infinita
perfección. ¡Qué gran misterio, el del Amor Divino y Santo, que hace participar
de su más excelsa perfección, la santidad, por medio de la gracia, a una
creatura que tantas veces se muestra ingrata, como es el hombre!
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Todo en Dios Trino es santo y
tres veces santo: su omnipotencia es santidad; su sabiduría es santidad y todo
lo que hay en Él rebosa de santidad, porque todo lo que hay en Dios no puede
sino ser santo, bueno, majestuoso y perfecto en grado infinito, de inestimable
valor e incomparable grandeza. Si a Dios le faltara la santidad, le faltaría
una excelencia inestimable y dejaría de ser Dios, aun cuando fuese omnipotente y
omnisciente. Por esta razón, de entre los dones que Dios participa a su
creatura, por medio de la gracia, el de la santidad es el más sublime y
excelso, porque la santidad vale por todos los atributos y de entre todos los
dones, perfecciones inestimables y virtudes sublimes que de Dios puede la
creatura participar, el de la santidad es sin duda el de mayor e inapreciable
valor, porque por la santidad de Dios tres veces Santo, coloca a Dios a una
distancia infinita con relación a la naturaleza humana y también a la angélica,
de manera que no hay forma de poder comparar estas naturalezas creadas, que
quedan reducidas a la nada cuando se las contempla a la luz de la infinita
santidad de Dios Trino[3].
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La Sagrada Escritura
significa la santidad sublime y excelsa de Dios Trinidad con dos notables
visiones, una del profeta Isaías y otra del evangelista San Juan[4]. El
profeta Isaías[5]
dice que “vio al Señor que estaba sentado sobre un trono de inmensa majestad,
excelso y encumbrado, y que lo que estaba debajo de Dios llenaba todo el templo”,
esto es, el cielo. Vio también unos serafines, cada uno con seis alas y los vio
volar en torno a Dios y gritarse unos a otros, con gran admiración, amor,
respeto y adoración, refiriéndose a Dios: “Santo, Santo, Santo”. No podían los
serafines decir otra cosa que la exclamación admirada y en éxtasis de amor de
la triple santidad divina, porque era esa santidad de Dios lo que los tenía
maravillados y cautivados por su hermosura y por esta razón repetían: “Santo,
Santo, Santo”. ¿Nos percatamos acaso que ese Dios tres veces Santo es el que,
en la Santa Misa, desciende de su trono de majestad en el cielo, para quedar
oculto en la Eucaristía y que ésta es la razón por la cual la Santa Madre
Iglesia repite, a una con los serafines, en el momento de la consagración, “Santo,
Santo, Santo”?
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El evangelista San Juan, en
el Apocalipsis[6],
también describe, estupefacto por la majestuosidad divina, la santidad con la
que Dios se le apareció. Con respecto a esta visión, un autor la describe así: “Dice
el evangelista que “el Señor estaba sentado en un trono semejante al jaspe y al
sardo y el arcoíris rodeaba todo el trono, que era semejante a una esmeralda”. Alrededor
del solio divino, el evangelista contempla veinticuatro ancianos coronados,
sentados en sus respectivas sillas, vestidos como reyes, con púrpuras blancas. Del
trono de Dios, dice el evangelista, salían relámpagos y truenos, entre los que
se escuchaban grandes voces que adoraban al Señor. Delante del trono divino,
ardían siete antorchas, que eran los siete espíritus de Dios. El trono divino
estaba en un mar de cristal limpidísimo y purísimo, más cristalino que el
diamante más puro. Dentro del solio divino y alrededor de él, estaban cuatro
espíritus de los más sublimes, en forma de animales, teniendo uno la forma de
león, otro de becerro, otro de hombre, otro de águila. Cada uno tenía seis alas
y estaba rodeado de ojos, así por fuera como por de dentro y estos seres sublimes
repetían lo mismo que los serafines de la visión de Isaías: “Santo, Santo,
Santo”[7].
Con esta descripción admirable del trono de Dios, las Escrituras quieren darnos
a entender cuán admirable sea en Dios su santidad, increada y tres veces santa,
de manera que, dejando de lado sus infinitas y sublimes perfecciones, los
espíritus puros que se encuentran ante el trono de Dios celebran solo la
santidad, porque en la santidad están comprendidos los infinitos y
perfectísimos atributos del Dios tres veces Santo[8].
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Ahora bien, nosotros, pobres peregrinos hacia la
Jerusalén celestial, que somos “nada más pecado” y que en nuestra indigencia “nada
podemos hacer sin Cristo Jesús”[9],
podemos decir que no somos menos afortunados que los seres purísimos que están
ante el trono de Dios porque ese mismo Dios tres veces Santo, que está en su
trono magnífico en el cielo viene a nosotros, en nuestro tiempo terreno, en
nuestro aquí y ahora por medio del misterio eucarístico, de manera tal que, por
las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote ministerial, baja
hasta el altar eucarístico no el trono de Dios ni los cielos en los que Dios se
encuentra, sino el Dios tres veces Santo en la Eucaristía. En efecto, por el misterio
de la Santa Misa, el Dios de la santidad increada baja desde su cielo eterno
hasta el altar eucarístico, de manera que podemos considerarnos más afortunados
que San Pablo, que en vida mortal fue llevado al cielo[10],
porque para nosotros desciende, no el cielo, sino el Cordero de Dios que,
enviado por el Padre a través de Dios Espíritu Santo, se queda en la Eucaristía
para luego ingresar en nuestros corazones. Por esta razón podemos decir que, en
nuestra indigencia de peregrinos y pecadores podemos aun así considerarnos
incluso más afortunados que el Apóstol y que los seres purísimos que están ante
el trono de Dios, porque baja desde el cielo Aquel a quien los cielos no pueden
contener, para quedarse en la Eucaristía y por la Eucaristía ingresar en
nuestras almas, convirtiéndonos en sagrarios y tabernáculos vivientes de Dios
Trino. Somos afortunados porque podemos decir que nosotros contemplamos esta
misma santidad descripta en la Sagrada Escritura no con los ojos del cuerpo,
sino con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, en la Sagrada
Eucaristía, porque la Sagrada Eucaristía es el Dios tres veces Santo, ante el
cual los serafines se postran en adoración perpetua. Por todo esto, aun si
participáramos de una sola Misa y comulgáramos sólo una vez en nuestras vidas,
no nos alcanzarían las eternidades de eternidades para dar gracias al Dios de
infinita majestad y santidad, por haberse dignado a venir a nuestras pobres y
míseras almas por medio de la comunión eucarística.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo
Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los
pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 75.
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