Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación por una misa sacrílega celebrada
en Málaga, España. El sacrilegio consistió en que la Santa Misa fue concelebrada
por una “reverenda” anglicana, lo cual está estrictamente prohibido. Para mayor
información acerca del lamentable suceso, consultar el siguiente enlace:
Canto
inicial: “Tantum ergo, Sacramentum”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (Misterios a elección).
Meditación.
Enseña Santo Tomás que la caridad no es el mismo Espíritu
Santo, sino una participación divinísima del Espíritu Santo[1].
Por esto mismo Dionisio Cartusiano la llamó “preciosísimo bálsamo de la divinidad
y semejanza sobrenatural del Espíritu Santo”[2].
Porque así como la gracia es participación de la naturaleza divina, que es el mismo
Dios, así la caridad es participación del Amor Divino, que es el Espíritu Santo[3].
Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un
Gloria.
Segundo
Misterio.
Meditación.
Así como el Amor Divino procede de Dios, así la caridad
procede de la gracia, porque como es propio de la naturaleza divina tener amor,
así lo es de la gracia la caridad, cuyo hábito es una excelentísima potencia
debida a la gracia, como una nueva y divina naturaleza del hombre justo para
obrar una acción y movimiento divino, proporcionado a su ser y estado divino. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que
siempre obremos según la caridad que nos infunde tu Hijo Jesús en la Sagrada
Comunión!
Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer
Misterio.
Meditación.
El cristiano ha sido convertido, en Cristo, una nueva
creatura y en un nuevo hombre, muy superior en dignidad y majestad al hombre
meramente natural, sin la gracia. Por eso mismo, el cristiano, en cuanto nuevo
hombre que participa de la vida de Dios Uno y Trino, no debe tener otro motor
de su movimiento que no sea el Amor de caridad. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que el pecado no reine en nosotros,
para que podamos agradar a Dios con la caridad!
Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto
Misterio.
Meditación.
Cuando
el cristiano pecador acude al sacerdote en el Sacramento de la Confesión, se
levanta al salir de éste habiendo recibido la gracia y con ella una nueva y
divina naturaleza. Por esto mismo, no ha de tener otra acción más conveniente a
su ser divino, que no sea el Amor de Dios, porque para eso es que le infunden,
junto con la gracia, la caridad, al tiempo que se lo habilita para tan alta
obra. No puede el hombre, así nacido por la gracia a su nueva condición,
permanecer ocioso en su nuevo estado y por lo tanto debe obrar la misericordia
corporal y espiritual, tal como lo exige su nuevo estado[4].
Un
Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto
Misterio.
Meditación.
Si los hombres no pusiesen estorbo a la divina inclinación
de la gracia, el Amor de Dios fluiría, como una divina corriente de amor, entre
todos los hombres. Dice Santo Tomás que “ninguna virtud tiene tanta inclinación
a su acto como la caridad y ninguna obra tan deleitablemente”[5]. Esto
significa que ninguna virtud, como la caridad, se inclina hacia el Amor de
Dios, ni tampoco llega a Él para probar su divino deleite, como lo hace la
caridad[6]. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que por la
Comunión Eucarística arda siempre en nuestros corazones el fuego del Amor de
Dios!
Oración final: “Dios mío, yo creo,
espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni
te adoran, ni te aman” (tres veces).
”Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los
sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e
indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “Plegaria a Nuestra Señora de los
Ángeles”.
[1] S. Tom., art. 3, ad 3.
[2] S. Dionis. Cart., lib. De Element. Theolog., proposit. 1, 52.
[3] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 273.
[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 274.
[5] Art. 2 in corp.
[6] Cfr. Nieremberg, ibidem, 274.
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