Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado pidiendo por el eterno descanso de los
cristianos muertos en un ataque terrorista de una secta islamista durante un bautismo. La información
relativa al lamentable episodio se encuentra en el siguiente enlace:
Canto
inicial: “Cristianos venid, cristianos
llegad”.
Oración
inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te
adoro y te amor. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran,
ni te aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio
del rezo del Santo Rosario meditado (misterios a elección).
Primer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Por
el don de la gracia, obtenida al precio altísimo del sacrificio en cruz de
Nuestro Señor Jesucristo, el alma se ve no solamente adornada con dones del
Espíritu Santo, sino que el Espíritu Santo en Persona viene a inhabitar en
ella, convirtiéndola en su templo; además, junto con el Espíritu Santo, el alma
recibe también la visita y compañía de las Personas Divinas del Padre y del
Hijo[1].
Por esta razón, quienes poseen la gracia poseen un bien de valor incalculable y
deben corresponder –nobleza obliga- a tan grande don, con una vida de santidad.
Si el alma no se esfuerza por llevar una vida de santidad, en acción de gracias
por este don tan inmerecido y de tan alto valor, demostraría una gran falta de
gratitud y reconocimiento al Amor Divino. ¡Nuestra
Señora de la Eucaristía, que siempre tengamos presente el inmenso don de la
gracia, para que vivamos agradeciendo continuamente a la Trinidad por esta
dignación de su amor!
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Segundo
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Que
el que posee la gracia posee un gran bien –de valor incalculable- y que debe
esforzarse en retribuir, viviendo santamente, lo expresa así Dionisio Cartujano[2]: “Compañeros
se llaman aquellos que están juntos de buena gana y hablan familiarmente y no
llevan bien estar apartados, aspirando a una particular unión; los cuales se
descubren unos a otros los secretos, guárdanse fidelidad, regocíjanse de verse
presentes y en todas sus acciones se comunican, porque hacen de buena gana unas
mismas cosas; y ayúdanse unos a otros, dándose la mano cuando es menester y
cada uno desea la prosperidad del otro. Pues a este modo, el que es verdadero y
devoto cristiano está con Dios de buena gana, confesando con el Salmista (73,
28): “Bien me está a mí allegarme a Dios”. Y entre Dios y este fiel a
Jesucristo hay familiar y continua conversación, porque está siempre hablando
largamente con Dios en la oración y en la meditación (…) Finalmente, este
hombre no puede llevar vivir sin Dios, porque le ama de todo corazón y siempre
aspira a unirse más con Dios y trata de acercársele más y más. Dios también le
acaricia y le trae a sí de muchas maneras”. Entonces, cuanto más ama a Dios,
tanto más busca el alma permanecer en gracia, evitando todo lo que la aleje de
ella.
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Tercer
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El
alma que ama a Dios no solo evita las aficiones mundanas y las de la carne,
sino que busca en todo momento mantenerse fiel y constante en el amor a Dios.
Este amor a Dios se manifiesta en que el alma se goza en Dios, como quien está
con su mejor amigo: en efecto, el alma amante de Dios “derrama su corazón como
agua”[3]
delante de Dios, como dice la Escritura y a su vez Dios, de su parte, le enseña
la divina sabiduría que esconde a los necios. Es decir, Dios y el alma que lo
ama se comportan como amigos que comparten secretos, siendo Dios quien instruye
al alma con conocimientos íntimos, como lo dice Jesús en la Escritura: “Todas
las cosas que oí de mi Padre os hice conocer”[4].
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Cuarto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Quien
está unido a Dios por la gracia, está unido por el Divino Amor, quien viene a
hacer morada en su corazón y no hay nada ni nadie que pueda apartarlo de este
amor. Es a esto a lo que se refiere el Apóstol San Pablo cuando dice: “¿Quién
me apartará de la caridad –el amor- de Dios?”[5].
Ni el hambre, ni el peligro, ni las tribulaciones de ningún tipo, pueden
apartar al alma que ama verdaderamente a Dios y que a Él está unido por la
gracia, porque la gracia es más fuerte que todas estas cosas. El que está en
gracia ama a Dios a causa de esta misma gracia, porque la gracia atrae al alma
al Divino Amor y hace que esta se incendie en el fuego del Amor de Dios, así
como la madera, por la acción del fuego, se convierte en una brasa
incandescente. El alma se compenetra tanto con el Amor de Dios, que se vuelve
una sola cosa con Él, del mismo modo a como en el hierro candente el fuego y el
hierro se vuelven una misma cosa. ¡Nuestra
Señora de la Eucaristía, que deseemos la gracia para vivir siempre en el Amor
de Dios!
Silencio
para meditar.
Padre
Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.
Quinto
Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Quien
tiene la gracia tiene a Dios y a su Amor y por Dios y su Amor, hace las obras
que a Dios le agradan, porque el alma se comporta con Dios como el amigo con su
mejor amigo. Quien está en gracia, recibe la ayuda de Dios para obrar las obras
que son meritorias para el cielo. De esta manera, el justo vive en Dios, por
Dios y para Dios, porque es Dios quien lo guía y lo inspira en el obrar[6];
al mismo tiempo, como el Bien y el Amor son difusibles de sí, quien ama a Dios
obra de manera tal que los otros también amen a Dios y es para esto que hace
obras buenas y santas, para que viéndolas las demás en su bondad y santidad, se
unan en el Amor a Aquel que es la Bondad y la Santidad Increadas. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, intercede
ante tu Hijo, para que obremos de manera tal que nuestros hermanos abandonen
las cosas del mundo y se sientan atraídos al Divino Amor!
Un
Padre Nuestro, Tres Ave Marías y Gloria para ganar las indulgencias del Santo
Rosario, pidiendo también por la salud e intenciones de los Santos Padres
Benedicto y Francisco y por las benditas almas del Purgatorio.
Oración
final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te
amor. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te
aman” (tres veces).
“Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco
el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo,
Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes,
sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es ofendido. Por los
infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de
María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto
final: “Plegaria a Nuestra Señora de los
Ángeles”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 130.
[2] Comment. in 1 Joan.
[3] Lam 2, 19.
[4] Jn 15, 15.
[5] Cfr. Nieremberg, ibidem, 131.
[6] Cfr. Nieremberg, ibidem, 132.
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