Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por las expresiones
injuriosas contra la Madre de Dios por parte de un sacerdote católico. Dichas expresiones
–la Virgen no tiene poder y no hace milagros- pueden ser recabadas en los
siguientes enlaces:
Si bien ha pasado ya algún tiempo –el artículo
data del año 2008- la ofensa sigue vigente, por lo que también es necesaria la
reparación. Con respecto a los dos aspectos negados a la Virgen, su poder y su
capacidad de hacer milagros, hay que decir que la Virgen es llamada por los
santos “Omnipotencia Suplicante”, por lo que, al menos, tiene poder de
intercesión ante Dios y ese poder es infinitamente superior al poder que tienen
los santos y los ángeles. Pero además Dios le participa de su propia
omnipotencia y de allí el poder de la Virgen de “aplastar la cabeza de la
serpiente”[1]
con su pie. Con respecto a su poder de hacer milagros, quien hace milagros es
Dios, sí, pero es la Virgen quien distribuye sus gracias y por eso es llamada “Mediadora
de todas las gracias”.
Canto
inicial: “Cantemos
al Amor de los amores”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
Para concedernos el don inestimable de la gracia, el
Hombre-Dios no dejó por hacer nada de lo que podía hacer por nosotros[2]:
dejó el seno del eterno Padre y se encarnó en el seno de la Madre de Dios;
nació milagrosamente como Niño, fue amenazado de muerte al nacer, tuvo que huir
con la Sagrada Familia a Egipto; cuando fue ya adulto, predicó y pasó toda
clase de necesidades, para darnos la Buena Noticia; cuando llegó la Hora
destinada por el Padre, comenzó el suplicio de la Pasión, siendo traicionado,
encarcelado, juzgado y condenado a muerte, flagelado, coronado de espinas y
crucificado. Antes de morir, nos dio a su Madre amantísima como Madre Nuestra
del cielo y como Mediadora de todas las gracias y además instituyó el sacerdocio
y la Eucaristía para ser el Emanuel, el “Dios con nosotros”, cumpliendo así su
promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Pero el Hombre-Dios no se contentó con hacer todo esto, e
hizo y hace mucho más por nosotros, para que no solo tengamos la gracia
participada, que ya es un gran don, sino para que lo tengamos a Él en Persona,
que es la Gracia Increada. Es para esto que instituyó el Sacramento de la
Eucaristía, porque no le bastó con bajar del cielo del seno del eterno Padre a
ese cielo en la tierra que era el seno de la Madre de Dios en la tierra; ni
tampoco le bastó el bajar a los infiernos[3],
para rescatar a los justos, luego de morir en la cruz: quiere bajar cada vez
del cielo en la Santa Misa, para descender a la profundidad y negrura abismal
de nuestros corazones por medio de la Eucaristía y todo para darnos su Amor y
su gracia santificante.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
No le fue al Hombre-Dios suficiente el nacer como “Hijo de
hombre”, siendo Dios del hombre e Hijo de Dios Padre; no le bastaba en la
Pasión el hacerse “gusano y oprobio” de los hombres, “como ante quien se da
vuelta la cara”, tan deformado y golpeado estaba su rostro por los golpes,
trompadas, cachetazos y salivazos recibidos de parte nuestra; no le bastaba ser
“molido a golpes por nuestras iniquidades”[4]; no
le bastaba recibir la corona de espinas que desgarró su cuero cabelludo,
provocándolo dolores acerbísimos y haciendo fluir ríos de roja y preciosísima
Sangre, la Sangre del Cordero, la Sangre con la cual habría de lavar nuestros
pecados. No le bastó todo esto al Hombre-Dios, que tuvo que inventar el hacerse
Él mismo, por propia decisión, obediente a las palabras del sacerdote y
descender, en cada Santa Misa, en las palabras de la consagración, a las manos
del sacerdote ministerial, para luego descender a la insondable negrura de
nuestros corazones por medio de la Sagrada Eucaristía.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Los
Patriarcas, habiendo recibido de Dios en Persona la noticia de que el Mesías
habría de arribar en la plenitud de los tiempos, quedaron atónitos y dedicaron
todos los días de sus vidas a esperar tan ansiado momento, deseando que se
cumpliese cuanto antes. Y sin embargo, ellos no pudieron ver lo que los
cristianos, por la fe, podemos ver: cómo el Verbo se encarna, se hace Niño Dios
y luego Hombre-Dios, sufre una acerba y amarga Pasión, se deja coronar de
espinas, se deja crucificar, muere y resucita al tercer día y luego actualiza y
renueva su misterio pascual en cada Santa Misa, prolongando su Encarnación en
el Pan Vivo bajado del cielo, para así descender a nuestras almas y darnos, no
un grado de gracia, sino su Sagrado Corazón Eucarístico, Fuente Increada de la
Gracia Increada. Esto, que hubieran deseado los Patriarcas ver y vivir, lo
vemos nosotros por la fe y lo vivimos y experimentamos en cada comunión
eucarística.
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Los santos del Antiguo Testamento desearon con todas sus
fuerzas ver el día del Hijo del hombre[5];
desearon ver al Mesías con sus propios ojos, escuchar sus palabras; atesorar
sus enseñanzas y no pudieron. Nosotros, que podemos escucharlo a través de las
Escrituras, que podemos verlo Presente en Persona en la Eucaristía, con la luz
de la fe; que podemos acudir ante su Presencia Eucarística en el sagrario y
postrarnos ante Él cada vez que lo deseemos; que podemos recibirlo cada vez que
queramos por la Sagrada Comunión; ¿atinamos a hacerlo? ¿Nos damos cuenta del
enorme privilegio que tenemos, de poder recibirlo cada vez en la Sagrada
Eucaristía, a Aquel a quien los cielos no pueden contener? ¡Oh, si los santos
antiguos vivieran en nuestros tiempos, teniendo tan acabada idea del Hijo de
Dios y amándolo tanto en sus corazones, cómo atesorarían cada grado de gracia y
sobre todo, cómo atesorarían la Fuente Infinita de gracia, la Sagrada
Eucaristía!
Oración
final: “Dios
mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen,
ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.
[1] Cfr. Gn 3, 15.
[2] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 110.
[3] Cfr. Nieremberg, ibidem, 110.
[4] Cfr. Is 53, 5.
[5] Cfr. 110.
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