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Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por el atentado con
bombas explosivas producido contra el Patriarca Tawadros II –quien salió ileso,
gracias a Dios- en una iglesia en Egipto, dejando cincuenta muertos y más de
cien heridos. El reporte acerca de este lamentable hecho se encuentra en el siguiente
enlace:
Además de reparar y desagraviar por
la profanación que implica a la iglesia,
damos gracias por los que se salvaron, pedimos el eterno descanso de quienes
murieron y pedimos la conversión de los autores materiales e intelectuales de
tan brutal atentado.
Canto inicial: “Cristianos venid, cristianos llegad”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
En el Antiguo Testamento, los justos y los profetas, que
conocían de las promesas del Mesías que habría de venir a salvar a la humanidad
“envuelta en sombras y tinieblas de muerte”, ansiaban con todas sus fuerzas la
llegada del Mesías. Por eso es que uno de los grandes profetas exclama: “Si
rasgaras el cielo y descendieras”[1]. Ése
era el deseo de los justos del Antiguo Testamento, al ver tanta iniquidad y
maldad en esta tierra, por un lado, y al saber que Dios era inmensa, infinita,
incomprensible, majestad y bondad, que Dios “rasgara los cielos y descendiera”.
Y sin embargo, a pesar de los ruegos y clamores de hombres justos y santos como
lo eran los profetas del Antiguo Testamento, Dios no rasgó los cielos ni
descendió, aunque sí los acompañó de diversas maneras, como cuando descendió en
la nube en el desierto de Sinaí y como cuando con diversos prodigios los
acompañó desde Egipto hasta la Tierra Prometida. Ahora, nosotros, vemos ese deseo
cumplido, porque con cuatro palabras que el sacerdote ministerial pronuncia en
la consagración, Dios baja del cielo, obedeciendo a las palabras del sacerdote,
para quedarse en la Eucaristía y así venir a nuestras almas.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”, clamaban los justos
del Antiguo Testamento, esperando que el Dios de infinita majestad
efectivamente rasgara los cielos y bajara con su gloria para sacarlos de este
mundo de tinieblas e iniquidad y llevarlos al paraíso, que es su seno divino. Pero
recién en el Nuevo Testamento, con la institución de la Eucaristía y del
Sacerdocio ministerial, estas palabras se hacen realidad, y nosotros podemos
decir: “¡Oh Dios, que bajas del cielo cada vez que el sacerdote pronuncia las palabras
de la consagración! ¡Cuánto amor nos demuestras, que más que rasgar los cielos,
los abres de par en par para bajar y quedarte en las especies de pan y vino y
así ingresar en nuestras pobres almas! ¡Gracias te damos, oh Dios de la
Eucaristía, que haces del altar una parte del cielo, cuando bajas a la
Eucaristía y que conviertes nuestros pobres corazones en otros tantos sagrarios
vivientes en donde vienes para ser amado y adorado!
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Como dice un autor[2]: “Para
mostrar la suma dignación e inestimable favor de la venida del Hijo de Dios, se
la hizo desear tanto a los santos antiguos; ahora, para mostrar su amor y deseo
de que tengamos la gracia, cada día baja innumerables, en cada Santa Misa. Antes
muchos clamores, gemidos inenarrables, largas oraciones, costó a los Patriarcas
y Profetas el acelerar su Primera Venida; ahora, con cuatro palabras del
sacerdote le tenemos en el altar eucarístico y luego en nuestros corazones.
¿Quién hizo a la luz inaccesible tan
accesible? ¿Quién hizo al que anda sobre las alas de los vientos tan familiar y
humano? El negocio que Dios trae entre manos es la gracia: por el amor que nos
tiene, no dudó en inventar el Sacerdocio y la Eucaristía para que tengamos al
alcance tanto bien, para que no nos falte ningún día, “hasta el fin del mundo”.
¡Qué despropósito y qué ingratitud, por parte del hombre, no acudir a la Santa
Misa a recibir a Aquel a quien los cielos no pueden contener y que sólo por
nuestro amor, nuestro mísero amor, rasga los cielos en cada Misa y desciende al
altar eucarístico para luego ingresar en nuestras almas!
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Con
razón dice Dios que los pensamientos de los hombres están lejos de sus
pensamientos: mientras Él sólo piensa en darnos su gracia[3] y
en darnos su Ser divino trinitario en cada Eucaristía, los hombres por lo
general, estamos pensando en los asuntos de este mundo, sin preocuparnos en el
don que Dios quiere darnos. Dice un autor: “Dios tiene siempre por delante la
gracia; los hombres, su vanidad y gusto; tan lejos de anhelar con todas sus
obras a esto, que aun no lo saben en el corazón estimar. Pero si alguien se
pusiera a considerar cuánto le costó al Hijo de Dios el conseguirnos su gracia –le
costó su Vida y su Sangre-, entonces sí debería, al menos en teoría, estimarla
por sobre todo lo estimable. Cuando David tuvo entre sus manos el agua de la
cisterna que la obtuvieron sus soldados poniendo en peligro de muerte sus
vidas, sabiendo esto, no la quiso beber, sino que la ofreció a Dios, pues
consideró que algo que había costado tanto era solo digno de Dios, entonces, si
un poco de agua, que de suyo es algo de tan bajo costo y es ordinaria, la tuvo
el rey por tan preciosa, ¿qué podemos nosotros decir de la Sangre y el Agua que
manaron del Costado traspasado del Salvador y que son recogidas y contenidas
cada vez en el cáliz de la Santa Misa? ¿No hemos de estimar como dignísima e
inapreciable a esta Agua y Sangre del Hijo de Dios, quien por dárnosla a
nosotros, no escatimó en ofrecer su Vida Preciosísima en el ara santa de la
Cruz?
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Quien desprecia la gracia, como afirma un autor, no sólo
desprecia en ella lo que es en sí, que es muchísimo, sino lo que al Hombre-Dios
Jesucristo le costó, que es infinito. Por esto dijeron San Hilario y Eusebio
Emiseno[4]: “Gran
cosa me siento ser, teniendo esto de Dios, que es ser obra suya; pero mucho más
es que veo al mismo Dios que ha sido mi precio, pues mi redención se efectuó
con tan copiosa recompensa, que parece que el hombre vale lo que Dios es”. En otra
parte dice Eusebio[5]:
“En el peso de la Cruz, no oro, no plata, no un cuerpo de ángel, sino el mismo
autor de la salud eterna consintió ser pesado allí, para que el hombre, que
había degenerado de su estado de gracia, conociera su dignidad, a lo menos por
la grandeza de su precio”. ¡Oh, cuánta necedad muestra el hombre cuando, por el
pecado, pierde la gracia! Es igual a hacer burla de Dios, de su vida, de su
muerte, de la Sangre derramada en la cruz del altar y en el altar de la cruz,
de un Dios omnipotente, omnisciente, que no dudó en pasar su misterio pascual
de muerte y resurrección para darnos la gracia. Si no alcanzamos a entender,
reflexionemos así: Jesús tuvo la gracia que nos concede a cada uno de nosotros
por tan preciosa y de tan alto valor, que por ella dios su Sangre y su Vida
infinita y eterna. ¡Nuestra Señora de la
Eucaristía, que a imitación de Cristo, tu Hijo amadísimo, demos nuestra vida
por la gracia, por adquirirla, por conservarla y por acrecentarla!
Oración
final: “Dios
mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen,
ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os
adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.
[1] Cfr. Is 64, 1.
[2] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 111.
[3] 112.
[4] Euseb., Homil. 6, De Pass.
[5] Homil. 2, De symbolo.
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