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Afiche en el que se hace apología pública del satanismo, el cual implica siempre y en todos los casos una agresión y una blasfemia a los Sagrados Corazones de Jesús y María, por lo cual es siempre necesario hacer una pública reparación, al ser pública la ofensa.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
Santo Rosario meditado en reparación por la realización pública de actos
manifiestamente satánicos. La realización de un evento satánico implica siempre
una agresión y una blasfemia contra nuestro Único y Verdadero Dios, Jesucristo,
toda vez que se invoca a Satán de la siguiente manera: “in nomini dei nostri
satanas”. Esto es ya una blasfemia y al ser hecha públicamente, es necesario
que se haga pública la reparación. La información relativa al encuentro “cultural”
–que no es tal, sino simplemente satánico y blasfemo- se encuentra en los
siguientes enlaces:
Además de la pública reparación y
desagravio a Cristo Nuestro Señor y al Inmaculado Corazón de María, los
primeros ofendidos por hechos de esta naturaleza, pediremos por la conversión
de nuestros hermanos, enceguecidos por el ocultismo.
Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
Para
ganarnos la gracia, Nuestro Señor Jesucristo, obedeciendo a su Padre Dios, de
Quien fue engendrado en la eternidad en su seno celestial, se encarnó en el
seno purísimo de María Virgen, por obra del Espíritu Santo. Es decir, abandonó
el cielo eterno que significa el seno del Padre, para asumir en su Persona
divina una naturaleza tan inferior y baja como la nuestra, tomando así carne el
Hijo de Dios, para que de Dios Invisible que era, apareciera y fuera visible
por todos, primero como Niño Dios y luego como Hombre-Dios y para que nadie
pudiera decir que nadie sabía cómo era Dios, puesto que quien veía a este Niño
y a este Hombre, veía a Dios Hijo en Persona. Ya esta sola humillación del
Verbo de Dios, que se hizo hombre sin dejar de ser Dios, para que nosotros por
la gracia nos hagamos Dios por participación, merece de nosotros toda nuestra
alabanza, toda nuestra gratitud, todo nuestro amor, toda nuestra adoración, en
lo que nos reste de vida en el tiempo terreno y luego por toda la eternidad.
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Pero
el deseo de conquistarnos la gracia no quedó ahí para el Verbo del Eterno Padre,
encarnándose y no dejando de hacer nada de lo que podía hacer para conseguirnos
la gracia. Como afirma un autor[1],
en relación a los esfuerzos que hizo el Hombre-Dios para darnos la gracia: “¿Qué
pudo hacer Él por ella –la gracia- que no hiciese? Hizo cuanto pudo para
dárnosla y para darla a estimar. Preciosísima es, por cierto, pues se dio por
ella la cosa más preciosa que hay en cielo y tierra, que es la vida del Hijo de
Dios. ¿Para qué el ayuno de Jesús? ¿Para qué sus trabajos? ¿Para qué su sudor?
¿Para qué sus azotes? ¿Para qué sus espinas? ¿Para qué su cruz? ¿Para qué su
muerte? ¿Para qué todo esto? Por la gracia”[2]. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que llevemos
impresos, en nuestros ojos y corazones, la Pasión del Señor, para que nunca nos
apartemos de la gracia que nos consiguió al precio de su Sangre derramada en la
cruz!
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Sin
embargo el Hombre-Dios, no quedándose todavía contento con todo lo que hizo,
hizo todavía algo más, para darnos a saber cuánto aprecio tiene Él por la
gracia que nos conquistó: antes de morir de muerte humillante y dolorosísima en
cruz, nos dio a su Madre Santísima, para que Ella no solo nos adoptara como
hijos al pie de la cruz, sino para que toda gracia que necesitemos, nos venga por
Ella y solo por Ella, nombrándola, además de Madre Nuestra del cielo, como
Mediadora de toda gracia. De esta manera, no hay ninguna gracia, por pequeña o
grande que sea, que no venga por nuestra amadísima y purísima Madre celestial,
María Santísima. Por otra parte, nombrándola a María Santísima con el doble
título de Madre Nuestra y Mediadora de toda gracia, no habríamos de tener
reparo alguno en pedir ninguna gracia, porque, ¿quién no se atreve a pedirle a
su Madre amada que lo auxilie, cuando está en alguna necesidad? ¿Y por acaso
esta Madre amantísima habría de negar a sus hijos, por pecadores y desagradecidos
que fuesen, la gracia que sus hijos le piden, para salvación de nuestras almas?
¡Oh, Sabiduría Divina, que todo lo haces por
medio del Divino Amor, por intermedio de la Virgen te damos gracias, postrados
ante Ti, por tu infinita y eterna Misericordia!
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Afirma
este mismo autor[3]
que en su deseo de concedernos la gracia, el Hombre-Dios no se contentó con
todo lo que había hecho hasta ese momento, esto es, el haber sufrido su Pasión
y el habernos dado a su Madre amantísima como Madre nuestra y Mediadora de toda
gracia, sino que además quiso quedarse en medio nuestro, acompañándonos todos
los días que tengamos asignados vivir en esta vida terrena y para ello, en su
Divina Sabiduría y en su Eterno Amor, ideó la Eucaristía, para quedarse en el
sagrario como el Emanuel, esto es, como “Dios entre nosotros”[4].
La Eucaristía es por lo tanto el cumplimiento de la promesa de Jesús de “quedarse
todos los días con nosotros, hasta el fin del mundo”: “Yo estaré con vosotros
todos los días, hasta el fin del mundo”[5],
para que acudiendo nosotros al pie del sagrario y postrándonos ante su
Presencia eucarística, recibamos en nuestras almas el torrente inmerecido de
innumerables gracias, emanadas de su Sagrado Corazón Eucarístico, Fuente
Increada de la Gracia Divina.
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Para
que tuviésemos acceso a la Fuente de la Gracia Divina, el Hombre-Dios se quedó
en el “perpetuo sacrificio y Sacramento”[6],
la Sagrada Eucaristía, de modo que pudiéramos acudir cuantas veces quisiéramos,
a saciar nuestra sed de gracia y amor divino, de esta Fuente inagotable de
gracia que es su Divino Corazón Eucarístico. Jesús instituyó el Sacramento de
la Eucaristía, quedándose en Persona, oculta su Persona divina en apariencia de
pan, para que en cualquier momento y a cualquier hora, en consolación o
desolación, en tristeza o en alegría, acudiéramos a postrarnos ante su
Presencia eucarística para llenar nuestros corazones de la Divina Consolación que
el don de su gracia supone para nuestras almas. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que siempre acudamos ante el
sagrario, a postrarnos ante Jesús Eucaristía, para recibir de Él la gracia
santificante que brota de su Corazón Eucarístico!
Oración final: “Dios mío, yo creo,
espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni
te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 110.
[2] Cfr. Nieremberg, ibidem, 110.
[3] Cfr. Nieremberg, ibidem, 110.
[4] Cfr. Is 7, 14.
[5] Cfr. Mt 28, 20.
[6] Cfr. Nieremberg, ibidem, 110.
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