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Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el
rezo meditado del Santo Rosario en reparación y desagravio por la profanación
eucarística ocurrida en una parroquia de Guanajuato, México. En el siguiente
enlace se puede recabar más información
acerca del lamentable suceso:
Canto
inicial: “Alabado
sea el Santísimo Sacramento del altar”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
El
ser un ser humano tiene sus desventajas: el hombre sufre vida breve,
necesidades extremas, enfermedades agudas y crónicas, dolores intensos, trabajos
continuos, tribulaciones, enfermedad, muerte, todo lo cual no tiene el ángel. Sin
embargo, el hombre, en medio de sus dolores y padecimientos, tiene un consuelo que
no lo tiene el ángel: ¡Dios se hizo hombre, sin dejar de ser Dios y no se hizo
ángel![1] Es
decir, a pesar de todas las miserias que debe el hombre soportar en esta
tierra, tiene el consuelo que no tienen los ángeles: ¡Dios se hizo hermano de
los hombres y no hermano de los ángeles! ¡Y además por la gracia, está llamado
a ser Dios por participación, lo cual es un honor y una honra infinitamente más
grandes que el ser simplemente ángeles!¡Nuestra
Señora de la Eucaristía, que las tribulaciones y penurias de esta vida no nos
quiten la alegría de saber que Dios se ha hecho hombre para que nosotros,
hombres, nos hagamos Dios por participación por la gracia!
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Teniendo
nosotros los hombres una honra tan grande y tan inmensamente maravillosa, como
es la de ser hijos adoptivos de Dios Padre por la gracia y la de ser hermanos
del Hijo de Dios, el Verbo Eterno del Padre, sería para nosotros una gran
desdicha si buscáramos honras y placeres mundanos[2]. Desde
el momento en que nos inclináramos, siquiera levemente, para adquirir dicha y
placeres mundanos, olvidando el don inapreciable de la gracia que nos hace
hijos de Dios y hermanos de Cristo, nos haríamos inmensamente infelices,
merecedores de las peores condenas y desdichas. No hay otra cosa más grande que
el ser Dios y eso lo somos por participación, por la gracia y no hay mayor
honra y dicha y gloria para el hombre que el ser Dios por participación, por la
gracia. La ambición de cosas terrenas o de cualquier cosa que no sea la gracia
de Dios, solo puede atraer grandes desgracias sobre nosotros, los hombres. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, no permitas
que ofendamos a tu Hijo Jesús prefiriendo los nauseabundos placeres del mundo,
antes que las dulzuras de la gracia divina!
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
No
afrentemos a Cristo, teniendo con Cabeza tan santa, deseos bajos e impropios de
los hijos de Dios. Si Él nos ha honrado más que a los ángeles –infinitamente más
que a ellos- no lo afrentemos viviendo como demonios, como hombres de baja
calaña, que buscan lo más bajo del mundo, despreciando la nobleza inigualable
de la gracia[3].
Al respecto, así dijo Galfrido: “Después que Dios tomó ser hombre, es cosa muy
digna y puesta en razón que el hombre sepa a Dios; que todas sus obras, sus
palabras, sus pensamientos, tengan siempre algo de temor y amor divinos”. Por lo
tanto, como dice un autor[4], “no
afrentemos a Cristo viviendo contrarios a Cristo; que no se diga de nosotros,
los hombres, llamados a ser Dios por participación por la gracia, que vivimos
como las bestias, guiados por la pasión y no por la razón iluminada por la
gracia. Que no se diga de uno, que es del linaje de Cristo y que, habiendo sido
liberado por Él de las garras del demonio, voluntariamente se ha ido a poner en
el cepo del ángel caído. Debido a que somos más honrados que los ángeles,
estamos obligados por esta altísima participación de Dios y honra que recibió
toda nuestra naturaleza, a no ser otra cosa menos que Dios.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Dice
así San Juan Crisóstomo[5]: “Reverenciemos
esta nuestra cabeza; pensemos atentamente cuyos somos y de cuan respetable
cabeza somos cuerpo, a cuyo imperio toda creatura está sujeta. Verdaderamente
que es muy justo que nos esmeremos en mostrarnos mejores que los ángeles, ¿qué
digo mejores?, sino mucho más excelentes que los mismos arcángeles, como los
que hemos alcanzado sobre ellos la primacía de tan grande honra; porque no tomó
Dios la naturaleza angélica, como dijo San Pablo escribiendo a los Hebreos,
sino el linaje de Abraham. No a un principado, no a una potestad ni naturaleza
angélica, sino nuestra naturaleza tomó y reparó y la hizo asentar en su solio
sublime: ¿qué digo hizo asentar? Aquella preciosa púrpura de su carne, no sólo
la adornó comoquiera, sino que a sus pies puso todas las cosas”.
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El mismo autor continúa[6]: “Ruego,
pues, que reverenciemos este legítimo parentesco que nuestra carne ha contraído
con Cristo. Temamos no sea alguno de nosotros cortado de su cuerpo; no caiga
alguno, ni se vea alguien indigno de tan grande Cabeza. Si alguno de nosotros
se pusiera una diadema en la suya y una preciosísima corona de oro, ¿qué no
hiciéramos para parecer dignos de aquellas piedras preciosas, aunque muertas y
sin alma? Pues ahora que no nos han puesto en la cabeza diadema alguna, sino lo
que es más excelente, Cristo es hecho nuestra Cabeza, ¿por qué no hacemos caso
de ella? Los ángeles la reverencian con toda honra, los arcángeles y todos los
poderíos del cielo; y nosotros, siendo Cuerpo de esta Cabeza, ¿por qué, ni por
esta gracia, ni por otra cosa la reverenciamos? ¿Qué esperanza nos queda de
alcanzar nuestra salvación? Acuérdate de aquel solio Real; trae a la memoria
aquella excelentísima gracia de la honra que te han hecho; porque sólo este
pensamiento nos puede aterrar más que si nos pusieran el Infierno delante de
los ojos. Piensa dentro de ti, junto a quién está aquesta tu Cabeza y esto sólo
bastará para estimularte a toda obra de piedad y virtud, pues tu Cabeza está la
más cercana cosa a Dios, al lado derecho del Padre, asentada y entronizada
sobre todas los principados, potestades y virtudes”. Hasta aquí San Juan
Crisóstomo, quien nos declara que hemos de hacer el haberse Dios unido a
nuestra naturaleza, para que así participase todo el linaje humano de la honra
de su divinidad.
Oración
final: “Dios
mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen,
ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 94.
[2] Cfr. Nieremberg, ibidem, 95.
[3] Cfr. Nieremberg, ibidem, 95.
[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 95.
[5] Homil. 5 in epist. ad Ephes., in
Moral.
[6] Cfr. ibidem.
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