La imagen de la Virgen vandalizada por la horda de feministas abortistas,
el pasado 08 de marzo de 2019.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo
Rosario meditado en reparación por la profanación sufrida por una imagen de la
Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, durante
un ataque vandálico a cargo de una horda feminista. Sin ningún tipo de respeto,
las feministas pintaron un ofensivo pañuelo verde –indicativo abortista- en el
rostro de la imagen de la Virgen. La información al respecto se puede consignar
en el siguiente enlace:
Como siempre lo hacemos, rezaremos
también por la conversión de quienes cometieron este acto vandálico y sacrílego
contra la Madre de Dios.
Canto
inicial: “Cantemos
al Amor de los amores”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
La
gracia tiene eminencia y plenitud sobre todo ser natural no por sí misma, sino
porque por la gracia el alma participa del Ser increado de Dios, el cual es en
sí la plenitud y perfección de todo ser y por esta razón, la gracia vale más
que toda la naturaleza junta[1]. La
gracia es tan excelente porque hace participar de la naturaleza bienaventurada,
espiritualísima, intelectualísima, perfectísima en sumo grado de Dios y por eso
mismo es la gracia un ser semejante, espiritualísimo e intelectualísimo, al
cual el alma le debe la bienaventuranza. Y porque el Ser al que la gracia hace
partícipe es además sumamente santo e infinitamente bueno, es que la gracia que
lo participa es santidad verdadera.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Así como el alma da al hombre el ser natural –sin el alma
que comunica el principio vital el hombre está muerto- y es la forma
substancial de la que dependen los accidentes y propiedades del hombre, así la
gracia, como primera forma sobrenatural, actuando a manera de substancia, le
siguen propiedades y accidentes sobrenaturales[2]. Es
decir, puesto que la gracia comunica con un Ser espiritualísimo y perfectísimo
como el de Dios, en relación al hombre se comporta como la raíz de todo lo
bienaventurado, santo y divino que tiene el alma, porque no sólo es
participación de la divina naturaleza, sino que además le sirve al justo que la
posee como naturaleza, como una segunda naturaleza, que actúa por encima de la
naturaleza creada que le corresponde. Es decir, es la que le da al hombre como
substancialmente el ser sobrenatural, del cual dependen las propiedades y
accidentes sobrenaturales que por la gracia el alma recibe.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
De
esto se sigue que el hombre en gracia no obra naturalmente, sino sobrenaturalmente
y es esto lo que vemos que sucedió, en primer lugar y en grado eminentísima, en
la Bienaventurada Virgen María y luego en la multitud de santos de la Iglesia Católica
que por la gracia obraron santamente y no simple y naturalmente. Esto es así porque
la gracia se comporta como una celestial y divina naturaleza, que se comunica
al hombre para que el hombre no obre con sus fuerzas humanas, sino con las
fuerzas mismas de Dios, es decir, sobrenaturalmente, divinamente[3]. Al
que la tiene, la gracia le da un ser divino y le constituye en un grado divino,
constituyéndose en principio y raíz de propiedades y virtudes divinas, de modo
que obra sobrenaturalmente obras meritorias para la vida eterna, que sin la
gracia no serían tales.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
En relación a esto, dice San Macario[4]: “La
naturaleza humana si quedare en sí desnuda y no recibiere mezcla y comunicación
de una naturaleza celestial, no hace cosa digna de alabanza, sino que se queda
en sí desnuda y culpada en su naturaleza y muchas vilezas”. Pero si recibe la
gracia, no solo le es quitada la vileza del pecado, sino que se le agrega el
participar del Ser divino, con lo cual el alma obra divina y celestialmente y
sus obras son meritorias para el cielo y esto es lo que diferencia a los santos
de los hombres comunes. La naturaleza divina, dice San Macario, es sal y
levadura que, mezclada con la carne y masa del hombre, le comunica su
naturaleza y propiedades, como la sal y la levadura comunican las suyas y dan
sabor con lo que se mezclan, impidiendo que se corrompan y queden desabridas. Concluye
así el santo: “Si no es que la sal de la divinidad, santa y buena, y la
levadura celestial del Espíritu Santo, se mezclare y fuere infundida en la
naturaleza de los hombres humillados, no dejará el alma la antigua hediondez de
la malicia”. Los santos, lo repetimos, fueron los que obtuvieron la sal y
levadura de la gracia y por eso son santos y no hombres comunes y pecadores.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
A
su vez, San Basilio usa el ejemplo del arte, llamando así a la gracia. Porque
de la manera que es el arte, en quien es artista, que por él hace obras que no
las hace la naturaleza y que a otro que no lo tiene, le son imposibles de
hacerlas, de la misma manera, la gracia habilita para obras eternas, imposibles
de hacerlas para quien no las tiene. En este ejemplo, los santos, que tienen la
gracia, son los que hacen obras para el cielo, aun cuando estas obras fueran
pequeñas, mientras que los hombres pecadores, que no tienen la gracia, aun
cuando realizaron obras magníficas y enormes, sin la posesión de la gracia, de
nada le valen para el cielo. El Apóstol utiliza para esto la imagen del
injerto: a un árbol al que se le injerta la oliva, comienza a dar frutos como
la oliva y no por virtud propia, sino por la oliva, cuya naturaleza se le
comunica[5]. De
la misma manera por la gracia somos injertados en Dios y los que no podíamos
hacer obras de vida eterna por nuestra propia naturaleza, por la gracia sí las
podemos hacer, pero no por nuestra propia naturaleza, sino por Dios, de cuya
naturaleza hemos sido hechos partícipes por la gracia.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Cantad a María, la Reina del cielo”.
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