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Una de las lamentables escenas de la profanación ocurrida en la Iglesia Santa María dei Deleritti en Venecia, Italia, el pasado 22 de marzo de 2019. La profanación consistió en la realización de un evento de moda, lo cual es absolutamente inapropiado e inadecuado, por la carga de mundanidad que conlleva, para ser realizado en el interior de una iglesia.
Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario
meditado en reparación por la profanación de la iglesia Santa María dei
Derelitti en Venecia, Italia, el pasado 22 de marzo de 2019. La profanación
consistió en que se realizó en el interior de la Iglesia una exposición de
moda, con todo lo que de mundanidad conlleva un tipo de estos eventos. La información
relativa al lamentable episodio se encuentra en el siguiente enlace:
Canto inicial: “Oh buen Jesús, yo creo firmemente”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
El don de la gracia es tanto
más admirable y apreciable cuando se considera qué y cuánto le costó a Dios en
Persona adquirirla para nosotros[1]. Siendo
en sí misma un don infinito, Dios la quiso conseguir para nosotros no
simplemente pagando un precio infinito, sino que como la compró al precio de la
vida de su Hijo Unigénito Jesucristo, quien nos la adquirió para nosotros en la
cruz, lo cual equivale a decir que la compró a un precio varias veces infinito,
dando por ella su Sangre Preciosísima y su Vida divina, padeciendo indecibles humillaciones
y atroces dolores. Puesto que la Sabiduría divina adquirió la gracia para
nosotros a tan alto precio, no es más que necedad y ceguera de parte nuestra el
intercambiarla por bienes que, en comparación suya, no son más que polvo y
barro.
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El hombre, que vive “envuelto
en tinieblas y en sombras de muerte”, por lo general ignora el precio altísimo
al que fue conseguida la gracia para su propia salvación, que Dios no la
consiguió para sí, sino para nosotros, para que fuéramos salvados de las
tinieblas del error, de la ignorancia, del pecado, de la muerte y de las
tinieblas vivientes que son los demonios. Para poder apreciar el don
inestimable de la gracia, el hombre debe detenerse a considerar que, para
adquirirla, no dejó Dios cosa por hacer, incluso hasta el desprenderse de Sí
mismo. Como afirma un autor, para adquirirla, Dios llegó a lo sumo de su
omnipotencia, de su sabiduría y de su bondad, con tal de que no nos viéramos
privados de tan grande bien, de lo que se sigue cuán suma necedad es, de parte
del hombre, desaprovechar la gracia, desestimarla y tenerla por tan poca cosa,
que la intercambia por bienes que no son tales.
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Cuando se medita en lo que Dios hizo para conseguirnos la
gracia, no puede el alma más que quedarse asombrada y estupefacta ante tanta
grandeza de parte de Dios. Cuando Dios vio que la creatura que más amaba, el
hombre, había perdido la gracia por un pecado –el pecado original de nuestros
Padres Adán y Eva- y se había hecho al mismo tiempo indigna de recibirla de
nuevo al haber ofendido a la Divina Justicia, se determinó satisfacer esta
ofensa no a costa del hombre ni del ángel, sino a costa suya propia, haciendo
todo lo que estuviera a su alcance –nada menos que Él, que es Dios
todopoderoso- para que el hombre tuviera restituida su dignidad perdida. Y para
lograr esto, no puso reparos ni se fijó en cuánto había de padecer; antes bien,
lo aceptó con todo el Amor con el que un Dios de majestad infinita lo puede
hacer y así decidió que el Verbo habría de encarnarse y sufrir su misterio
pascual de muerte y resurrección.
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La Encarnación del Verbo, el
hecho más grandioso que haya ocurrido jamás en la historia de la humanidad,
ante el cual cualquier otro evento histórico queda reducido a la nada, lo hizo
Dios para que el hombre se vea restituido en la gracia[2].
Es decir, lo primero que determinó Dios fue hacerse hombre, no ángel, para que
el hombre se hiciera Dios por la gracia. Que Dios Padre pida a Dios Hijo que se
encarne en el seno purísimo de María Virgen, por obra de Dios Espíritu Santo,
no tuvo otro objetivo que el hombre recuperara la dignidad de la gracia. Así
podemos ver cuán grande cosa es la gracia, cuando consideramos que el Inmudable
se movió de su augusta y celestial silla y trono y, llevado por el Divino Amor,
dejó el trono celestial para encarnarse en el seno virginal de la más agraciada
doncella que la humanidad tenga memoria, María Santísima.
Silencio para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
En términos humanos, cuando
un rey sale de sus posesiones para internarse en tierras extranjeras, es solo
para tratar asuntos de suma importancia; ¡cuán importante será la gracia, pues
por ella el Unigénito dejó el trono que en la eternidad tenía junto al Padre,
para encarnarse en ese trono virginal que es el seno de María Santísima! Cuando
se contempla que el Verbo Eterno de Dios, dejando de lado a los sublimes
espíritus angélicos ingresa en este mundo terreno nuestro y en nuestra historia,
inferior en un todo al tiempo en el que viven los ángeles –que se llama aevum-,
siendo que nuestro mundo se llama, con toda justicia, “valle de lágrimas” y
mazmorra de cautivos y así y todo el Verbo Eterno se reviste con ropas de
esclavo, esto es, se une en su Persona divina a nuestra naturaleza humana, ¿no
quedaría, quien contemplara esta sublime acción del Verbo, inmerso en la más completa
admiración? Quien contemplara esta acción del Verbo, no podría menos que
postrarse en adoración y acción de gracias, en el tiempo y en la eternidad, por
tanto Amor.
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg,
Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, s. d., 108.
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