martes, 20 de noviembre de 2018

La Eucaristía es el Emanuel, Dios con nosotros



(Homilía en ocasión de la Santa Misa en acción de gracias por un nuevo aniversario del Oratorio de Adoración Eucarística Perpetua de la Parroquia San José, de Alberdi, Tucumán, Argentina)

         En el Evangelio, Jesús hace una promesa, la de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). Jesús no hace promesas en vano y la forma en que cumple esta promesa es la Eucaristía, es decir, la Eucaristía es el modo en el que Jesús cumple su promesa de estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Por eso la Eucaristía puede ser llamada, con toda propiedad, el “Emanuel”, porque Emanuel significa “Dios con nosotros” (Mt 1, 23). Ahora bien, esta presencia de Jesús con nosotros es especialísima, porque no se trata de una presencia meramente moral, como sucede, por ejemplo, cuando una persona desea estar en un lugar, pero está físicamente presente en otro lugar. Aquí, en la Eucaristía, Jesús está real y verdaderamente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, con su Ser divino trinitario y con su Humanidad glorificada. Jesús en la Eucaristía se encuentra con su mismo Cuerpo glorificado y con su mismo Ser divino trinitario, tal como se encuentra en el cielo, con la única diferencia que, en el cielo, los ángeles y los santos que se postran en su Presencia en adoración perpetua, lo contemplan cara a cara, mientras que nosotros aquí, en la tierra, lo contemplamos sólo con los ojos de la fe, pero no con los ojos del cuerpo. Contemplar la Eucaristía y adorarla es el equivalente, para nosotros, a la visión beatífica de la que gozan en el cielo los ángeles y los santos, por eso no puede haber experiencia más gozosa y alegre que la adoración eucarística, porque es estar delante del Cordero de Dios. La Eucaristía “es Jesús, oculto bajo las especies del pan, pero real y físicamente presente en la Hostia consagrada, de modo que Él mora, habita entre nosotros”[1], cumpliendo así su promesa de quedarse con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
         No hay don más grande que la Eucaristía; Dios no puede hacer más por nosotros que la Eucaristía; no sabe ya más qué hacer por nosotros, que no esté ya hecho en la Eucaristía; Dios es omnipotente, pero no puede hacer más por nosotros que estar en la Eucaristía, para desde allí comunicarnos su Amor. Así dice San Agustín: “Aún cuando Dios es Todopoderoso, es incapaz de dar más –porque en la Eucaristía se da todo Él, con su Ser divino trinitario y con todo el Amor de su Sagrado Corazón-; aún cuando es Sabiduría Suprema, no sabe cómo dar más –porque no tiene ya más para dar, porque en la Eucaristía se da todo Él, sin reservarse nada para sí-; aún cuando es inmensamente rico, no tiene más que dar –porque en la Eucaristía nos da toda la riqueza de su Ser divino trinitario-”[2].
         ¿Y para qué se queda Jesús en la Eucaristía? No sólo para hacernos compañía en este valle de lágrimas que es esta vida terrena, llena de tribulaciones, dolores, persecuciones y pruebas; no sólo para hacernos milagros en nuestras vidas –milagros que no somos ni siquiera capaces de imaginar-; sino que se queda, ante todo, para darnos todo Él mismo, sin reservarse nada, con su Ser divino trinitario y con todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. Como dice San Pedro Julián Eymard, en la Eucaristía lo encontramos todo, incluidos los milagros: “Encontraréis todo en la Eucaristía; la palabra de ánimo, la ciencia y los milagros. Sí: también los milagros”[3]. Pero sobre todo, en la Eucaristía encontramos a Dios mismo en Persona y eso es lo que hace de la Eucaristía el tesoro más valioso de la Iglesia, un tesoro ante el cual los cielos eternos palidecen y empequeñecen, porque el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, es tan inmensamente majestuoso, que ni todos los cielos eternos pueden contenerlo. Por esta razón, para un fiel católico, tener la oportunidad de hacer adoración eucarística en un oratorio dedicado especialmente para ese fin, es anticipar, ya desde la tierra, la alegría sin fin que experimentan los bienaventurados en el cielo.



[1] Cfr. Stefano Manelli, Jesús, Amor Eucarístico, Ediciones del Alcázar, La Plata 2016, 13.
[2] Cfr. Manelli, o. c., 13.
[3] Cfr. Manelli, o. c., 14.

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