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martes, 31 de enero de 2023

Oración a Jesús Misericordioso para una buena muerte


 

Oración a Jesús Misericordioso para una buena muerte

          Señor mío Jesucristo, Dios de bondad, Padre de misericordia, me presento ante vos con el corazón humillado y contrito y os encomiendo mi última hora y lo que después de ella me espera.

          Cuando mis pies perdiendo su movimiento, me adviertan que mi carrera en este mundo está próxima a su fin, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mis manos, trémulas y entorpecidas, no puedan ya estrechar el crucifijo y a pesar mío, lo deje caer sobre el lecho de mi dolor, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mis ojos, vidriados y desencajados por el horror de la inminente muerte, fijen en Vos sus miradas lánguidas y moribundas, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mis labios, fríos y convulsos, pronuncien por última vez vuestro adorable Nombre, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mi cara, pálida y amoratada cause pena y terror a los circunstantes y mis cabellos, bañados con el sudor de la muerte, erizándose en la cabeza anuncien que está cercano mi fin, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír de vuestra boca la sentencia irrevocable que ha de fijar mi suerte por toda la eternidad, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mi imaginación, agitada por horrendos fantasmas, me causen mortales congojas y mi espíritu perturbado con el temor de vuestra justicia por el recuerdo de mis iniquidades, luche con el infernal Enemigo, que quisiera quitarme la esperanza en vuestra misericordia y precipitarme en los horrores de la desesperación, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mi corazón, débil y oprimido por el dolor de la enfermedad se vea sobrecogido por el temor de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos hechos contra los enemigos de mi salvación, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando derrame las últimas lágrimas, síntomas de mi destrucción, recibidlas, Señor, como un sacrificio de expiación, a fin de que yo muera como víctima de penitencia y en aquel momento terrible, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mis parientes y amigos, juntos alrededor mío, se estremezcan al verme y me encomienden a Vos, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando perdido el uso de los sentidos, el mundo todo desaparezca de mi vista y gima yo entre las angustias de la última agonía y los afanes de la muerte, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando los últimos suspiros del corazón esfuercen al alma para salir del cuerpo, acéptalos, Señor, como hijos de una santa impaciencia de ir a Vos y entonces, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Cuando mi alma salga para siempre de este mundo, dejando el cuerpo pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de él como un homenaje que rindo a Vuestra Majestad y en aquella hora, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          En fin, cuando mi alma comparezca ante Vos y vea por primera vez el esplendor de Vuestra Majestad, no la arrojéis de Vuestra Presencia, dignaos recibirme en el seno de Vuestra Misericordia para que cante eternamente vuestras alabanzas y entonces, ahora y siempre, Jesús Misericordioso, tened compasión de mí.

          Oración:

          ¡Oh Dios mío, que, al condenarnos a muerte nos habéis ocultado su momento y hora, haced que viviendo en la justicia y santidad todos los días de mi vida, merezca salir de este mundo en vuestro santo Amor. Por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, que es Dios y vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo. Amén!

(Indulgencia plenaria una vez al mes)

sábado, 15 de junio de 2013

"¿No habéis podido orar ni siquiera una hora?”



         El reproche de Jesús a sus discípulos, más que reproche, es un lamento. Triste su Corazón hasta la muerte, a causa de la inmensidad de la malicia del corazón humano, malicia que Él habría de expiar por amor, Jesús se había retirado “a una distancia de un tiro de piedra” a orar al Padre, para pedirle fuerzas y así poder afrontar la obra de la Redención de la humanidad. Antes de alejarse, les había pedido a sus amigos –“Ya no os llamo siervos, sino amigos”, les había dicho en la Última Cena- que rezaran: “Quedaos aquí y haced oración”, pero luego de orar, regresa –tres veces- y los encuentra dormidos, y el hecho de comprobar la pereza espiritual de sus discípulos y amigos, es lo que motiva el reproche o, como decíamos, el lamento de Jesús: “¿No habéis podido orar ni siquiera una hora?” (Mt 26, 26-46).
         No es indiferente el hecho de que los discípulos recen o no: en contraposición a los amigos de Jesús, cuya falta de amor les hace dormirse y no rezar, los enemigos de Jesús, movidos no solo por la más completa ausencia de amor, sino además, movidos por el amor al dinero –lo que lleva a Judas Iscariote a entregar a Jesús es la codicia-, se muestran activos y eficaces en su propósito, pues se movilizan de modo coordinado y presuroso y consiguen su objetivo: en poco tiempo, con velocidad, premura y eficacia, logran capturar a Jesús, dando así inicio a los acontecimientos que desembocarían en su muerte en Cruz.
          ¿No se trata acaso de una representación de nuestros tiempos? ¿Cuántos católicos, amigos de Jesús, deberían hacer adoración eucarística, acompañando a Jesús en la Eucaristía, orando y expiando por los pecados de los hombres, y en vez de hacerlo, duermen un sueño letárgico, hipnotizados por los ídolos del mundo? ¿Cuántos católicos son capaces de sacrificarse hasta lo inimaginable, con tal de acudir el domingo para ver a su equipo favorito de fútbol, pero no son capaces de hacer ni siquiera un solo paso en dirección a la Santa Misa? Y así, con los innumerables ídolos que el neo-paganismo contemporáneo presenta al hombre día a día, todos los días.
“¿No habéis podido orar ni siquiera una hora?”. Como adoradores eucarísticos, como amigos de Jesús, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús nos dirige el mismo reproche-lamento, toda vez que, o faltamos a nuestra cita en la adoración o, si bien acudimos, estamos corporalmente delante de Jesús, pero con el espíritu adormecido, pensando en las cosas del mundo. Y si comprobamos que estamos dormidos, que sea entonces el Amor de Dios el que nos despierte, para que adoremos al Amor de los amores con un amor que sea el anticipo de la adoración eterna que le tributaremos en el cielo.