miércoles, 26 de agosto de 2026

Hora Santa en reparación por declaración herética de sacerdote católico negando la Asunción de María Santísima 190826

 



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la homilía herética de un sacerdote en Cantabria, España, en la cual negó públicamente el dogma de la Asunción de María Santísima en cuerpo y alma, calificando dicho dogma como “mito”. Para mayores detalles acerca de este lamentable suceso, consultar el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/shorts/oGIZreE8eVU

Canto de entrada: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio de la Hora Santa y del rezo del Santo Rosario (misterios a elegir).

Primer Misterio.

Afirma un autor que “La participación de la naturaleza divina nos hace sobrenaturalmente semejantes a ella”[1]. Es decir, por medio de la gracia, se cumple lo que nos promete Jesús, aun en esta vida: “Seréis dioses”, cuando en Juan 10, 34 dice: “¿No está escrito en vuestra ley: ‘Yo dije: Sois dioses’?”, citando a su vez el Salmo 82:6, que dice: “Yo dije: ‘Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo”. La participación en la naturaleza divina eleva de tal manera a la naturaleza humana, que la convierte en Dios por participación. ¡Cuánto desprecio de los sacramentos que nos concede la gracia y por ella nos hacemos Dios por participación!

Meditación.

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.

Segundo Misterio.

Ahora bien, nos preguntamos, con más precisión, cómo es que se produce esta participación de la naturaleza divina. Dice así Scheeben: “Según afirman los teólogos, en todos los seres registramos una participación de la naturaleza divina, asemejándose a Dios más o menos en sus fuerzas o en su actividad, manifestando así la gloria divina. También nosotros podemos contemplar la gloria invisible de Dios en las cosas creadas. Así, las cosas materiales nos presentan tan sólo una débil expresión de la gloria de Dios; los vestigios que dejan tras de sí podríamos compararlos a la huella dejada por el pie del hombre en tierra blanda. Esa huella acusa el paso de un hombre; no pasa de ser una imagen de su pie; no refleja la naturaleza del hombre. Dios es espíritu; los seres materiales, como obras de sus manos, le dan gloria, proclaman su sabiduría y su poder; pero no representan su naturaleza. Por el contrario, nuestra alma y los espíritus puros contienen ya una cierta imagen de la naturaleza divina, pues son espirituales, racionales, libres. Sin embargo, estas naturalezas son finitas, sacadas de la nada, de una especie del todo distinta de la naturaleza divina. Vienen a ser algo así como la imagen de un hombre que en el lienzo reproduce un artista; dicha imagen no nos hace ver la figura, los rasgos, el color de la persona representada; siempre será inferior a la imagen reproducida por un espejo, puesto que la persona aparece aquí con su verdadero aspecto, su verdadera luz, con toda su belleza, su frescura, su vida. Del mismo modo, la naturaleza racional es del todo semejante a la divinidad, cuando “por la gracia que nos conceden los sacramentos”[2] se convierte en espejo inmaculado, cuando la refleja en toda su belleza. Penetrada y glorificada por el ardor divino, queda como transformada en Dios, como un cristal que concentra los rayos solares, como el “parhelio”[3], imagen del sol”[4]. De esto podemos apreciar el valor infinito que contienen los sacramentos, que nos conceden la gracia y nos hacen ser imágenes vivientes de Dios.

Meditación.

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.

Tercer Misterio.

La conversión del alma en imagen de Dios por medio de la participación de la naturaleza divina es, en el decir de los Padres de la Iglesia, la divinización del alma. Escribe san Dionisio: “La divinización es la asimilación y la unión más íntima posible con Dios[5]. Otro tanto nos enseña San Basilio: “El Espíritu Santo es fuente de un gozo sin fin que consiste en la asimilación de Dios. ¡Convertirse en Dios! Nada puede apetecerse de más bello”[6]. Dice así Scheeben: “No se trata pues de una identificación de nuestra sustancia con la sustancia divina, ni de una unión personal, hipostática, como la de Cristo; sino de una transfiguración de nuestra sustancia en la imagen de la naturaleza divina. De consiguiente para ello no hace falta que nos convirtamos en nuevos dioses, separados del verdadero Dios y por lo tanto en dioses falsos. Lo que Dios es por su naturaleza nos hacemos nosotros por gracia: somos su imagen sobrenatural, un reflejo de la gloria propia de Dios”. ¿Qué más se puede desear, en esta vida y en la otra, que asemejarnos a Dios por la gracia? ¡Nada!

Meditación.

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.

Cuarto Misterio.

Para que nos formemos una idea más cabal de esta semejanza con Dios, es preciso recorrer una a una las propiedades que distinguen la naturaleza divina de las naturalezas creadas y es el Acto de Ser o “Ipsum Esse Subsistens” (el mismo Ser Subsistente). Ante todo consideremos el Acto de Ser y la esencia divina. Solamente Dios tiene en sí el Acto de Ser, que es eterno e inmutable; de nadie depende. De por sí, las criaturas se confunden con la nada; únicamente son y existen porque Dios tuvo a bien concederles el ser y la existencia, porque las creó de la nada. Aun después de creadas, en comparación de Dios siguen siendo nada. “Yo Soy el que Soy”[7], dice el Señor”, y también “todos los pueblos en mi Presencia son como si no existieran; no pasan de ser polvo y vanidad”[8]. Todas las criaturas, incluyendo a los espíritus inmortales, dejarían de ser y de existir, si la mano de Dios no las sostuviera. Sin Dios que Es por sí mismo desde la eternidad, nada ni nadie tendría el ser y la existencia.

Meditación.

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.

Quinto Misterio.

Entenderemos mejor la acción transformadora de la gracia en el alma del hombre, transformación que conduce a la divinización del alma, cuando analizamos las palabras del Apóstol, según el cual la gracia es una “nueva creación”, la fundación de un “reino nuevo e inconmovible”[9] y esto gracias al poder de Dios que todo lo ha creado, porque por la gracia, somos adoptados en el seno del Padre eterno, al lado del Verbo, asimismo eterno. Esto significa que estamos llamados a participar de una vida que pasa los linderos del tiempo, de una vida eterna. Dice así Scheeben: “Descansamos bajo la tienda de la eternidad divina, junto a la fuente de todo ser y de toda vida. Nuestra existencia eterna está tan asegurada como si fuéramos Dios en persona. Pueden perecer el cielo y la tierra, caer los astros del firmamento, desquiciarse la tierra de sus bases: no importa, nada de esto nos afectará, puesto que reposamos más arriba que todas las criaturas, en el seno del Creador”[10]. La gracia nos hace más que ser inmortales, pues de hecho, ya lo somos, ya que el alma, por ser espíritu, es inmortal, pero la gracia nos hace ser partícipes de la naturaleza divina, que es eterna, es decir, nos hace vivir en la eternidad, estando aun en el tiempo. ¡No dejemos de agradecer por el don infinito que es la gracia santificante que nos dan los sacramentos!

Meditación.

Padrenuestro, diez Avemarías, Gloria.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por las intenciones del Santo Padre y por las Almas del Purgatorio.

Canto de salida: “Los cielos, la tierra y el mismo Señor Dios”.

 

 



[1] Cfr, Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, 17.

[2] N. del R.

[3] Fenómeno meteorológico, que consiste en la aparición de manchas de luz en los puntos de intersección de un halo circular con otros arcos luminosos. (Enciclopedia Universal Herder).

[4] Cfr. Scheeben, ibidem.

[5] Eccles. hier., c. 1, $ 2.

[6] De Spiritu Sancto, c. 9, Nn. 23.

[7] Éxodo, IIl, 14.  

[8] Isaías XL, 15.

[9] Efesios, Il, 10; Hebreos, XII, 28.

[10] Cfr. Scheeben, ibidem.


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