Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la homilía herética de un sacerdote en Cantabria, España, en la cual negó públicamente el dogma de la Asunción de María Santísima en cuerpo y alma, calificando dicho dogma como “mito”. Para mayores detalles acerca de este lamentable suceso, consultar el siguiente enlace:
https://www.youtube.com/shorts/oGIZreE8eVU
Canto
de entrada: “Cantemos al Amor de los amores”.
Inicio
de la Hora Santa y del rezo del Santo Rosario (misterios a elegir).
Primer
Misterio.
Afirma
un autor que “La participación de la naturaleza divina nos hace
sobrenaturalmente semejantes a ella”[1]. Es decir, por medio de la
gracia, se cumple lo que nos promete Jesús, aun en esta vida: “Seréis dioses”,
cuando en Juan 10, 34 dice: “¿No está escrito en vuestra ley: ‘Yo dije: Sois
dioses’?”, citando a su vez el Salmo 82:6, que dice: “Yo dije: ‘Vosotros sois
dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo”. La participación en la naturaleza
divina eleva de tal manera a la naturaleza humana, que la convierte en Dios por
participación. ¡Cuánto desprecio de los sacramentos que nos concede la gracia y
por ella nos hacemos Dios por participación!
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Segundo
Misterio.
Ahora
bien, nos preguntamos, con más precisión, cómo es que se produce esta
participación de la naturaleza divina. Dice así Scheeben: “Según afirman los
teólogos, en todos los seres registramos una participación de la naturaleza
divina, asemejándose a Dios más o menos en sus fuerzas o en su actividad, manifestando
así la gloria divina. También nosotros podemos contemplar la gloria invisible
de Dios en las cosas creadas. Así, las cosas materiales nos presentan tan sólo
una débil expresión de la gloria de Dios; los vestigios que dejan tras de sí
podríamos compararlos a la huella dejada por el pie del hombre en tierra
blanda. Esa huella acusa el paso de un hombre; no pasa de ser una imagen de su
pie; no refleja la naturaleza del hombre. Dios es espíritu; los seres
materiales, como obras de sus manos, le dan gloria, proclaman su sabiduría y su
poder; pero no representan su naturaleza. Por el contrario, nuestra alma y los
espíritus puros contienen ya una cierta imagen de la naturaleza divina, pues
son espirituales, racionales, libres. Sin embargo, estas naturalezas son
finitas, sacadas de la nada, de una especie del todo distinta de la naturaleza
divina. Vienen a ser algo así como la imagen de un hombre que en el lienzo
reproduce un artista; dicha imagen no nos hace ver la figura, los rasgos, el
color de la persona representada; siempre será inferior a la imagen reproducida
por un espejo, puesto que la persona aparece aquí con su verdadero aspecto, su
verdadera luz, con toda su belleza, su frescura, su vida. Del mismo modo, la
naturaleza racional es del todo semejante a la divinidad, cuando “por la gracia
que nos conceden los sacramentos”[2] se convierte en espejo
inmaculado, cuando la refleja en toda su belleza. Penetrada y glorificada por
el ardor divino, queda como transformada en Dios, como un cristal que concentra
los rayos solares, como el “parhelio”[3], imagen del sol”[4]. De esto podemos apreciar
el valor infinito que contienen los sacramentos, que nos conceden la gracia y
nos hacen ser imágenes vivientes de Dios.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Tercer
Misterio.
La
conversión del alma en imagen de Dios por medio de la participación de la
naturaleza divina es, en el decir de los Padres de la Iglesia, la divinización
del alma. Escribe san Dionisio: “La divinización es la asimilación y la unión
más íntima posible con Dios[5]. Otro tanto nos enseña San
Basilio: “El Espíritu Santo es fuente de un gozo sin fin que consiste en la
asimilación de Dios. ¡Convertirse en Dios! Nada puede apetecerse de más bello”[6]. Dice así Scheeben: “No se
trata pues de una identificación de nuestra sustancia con la sustancia divina,
ni de una unión personal, hipostática, como la de Cristo; sino de una
transfiguración de nuestra sustancia en la imagen de la naturaleza divina. De
consiguiente para ello no hace falta que nos convirtamos en nuevos dioses,
separados del verdadero Dios y por lo tanto en dioses falsos. Lo que Dios es
por su naturaleza nos hacemos nosotros por gracia: somos su imagen
sobrenatural, un reflejo de la gloria propia de Dios”. ¿Qué más se puede desear,
en esta vida y en la otra, que asemejarnos a Dios por la gracia? ¡Nada!
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Cuarto
Misterio.
Para
que nos formemos una idea más cabal de esta semejanza con Dios, es preciso
recorrer una a una las propiedades que distinguen la naturaleza divina de las
naturalezas creadas y es el Acto de Ser o “Ipsum Esse Subsistens” (el mismo Ser
Subsistente). Ante todo consideremos el Acto de Ser y la esencia divina.
Solamente Dios tiene en sí el Acto de Ser, que es eterno e inmutable; de nadie
depende. De por sí, las criaturas se confunden con la nada; únicamente son y existen
porque Dios tuvo a bien concederles el ser y la existencia, porque las creó de
la nada. Aun después de creadas, en comparación de Dios siguen siendo nada. “Yo
Soy el que Soy”[7],
dice el Señor”, y también “todos los pueblos en mi Presencia son como si no
existieran; no pasan de ser polvo y vanidad”[8]. Todas las criaturas,
incluyendo a los espíritus inmortales, dejarían de ser y de existir, si la mano
de Dios no las sostuviera. Sin Dios que Es por sí mismo desde la eternidad,
nada ni nadie tendría el ser y la existencia.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Quinto
Misterio.
Entenderemos
mejor la acción transformadora de la gracia en el alma del hombre, transformación
que conduce a la divinización del alma, cuando analizamos las palabras del
Apóstol, según el cual la gracia es una “nueva creación”, la fundación de un “reino
nuevo e inconmovible”[9] y esto gracias al poder de
Dios que todo lo ha creado, porque por la gracia, somos adoptados en el seno
del Padre eterno, al lado del Verbo, asimismo eterno. Esto significa que estamos
llamados a participar de una vida que pasa los linderos del tiempo, de una vida
eterna. Dice así Scheeben: “Descansamos bajo la tienda de la eternidad divina,
junto a la fuente de todo ser y de toda vida. Nuestra existencia eterna está
tan asegurada como si fuéramos Dios en persona. Pueden perecer el cielo y la
tierra, caer los astros del firmamento, desquiciarse la tierra de sus bases: no
importa, nada de esto nos afectará, puesto que reposamos más arriba que todas
las criaturas, en el seno del Creador”[10]. La gracia nos hace más
que ser inmortales, pues de hecho, ya lo somos, ya que el alma, por ser
espíritu, es inmortal, pero la gracia nos hace ser partícipes de la naturaleza
divina, que es eterna, es decir, nos hace vivir en la eternidad, estando aun en
el tiempo. ¡No dejemos de agradecer por el don infinito que es la gracia
santificante que nos dan los sacramentos!
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Un
Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por las intenciones del Santo
Padre y por las Almas del Purgatorio.
Canto
de salida: “Los cielos, la tierra y el mismo Señor Dios”.
[1] Cfr, Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia
divina, 17.
[2] N. del R.
[3] Fenómeno meteorológico, que
consiste en la aparición de manchas de luz en los puntos de intersección de un
halo circular con otros arcos luminosos. (Enciclopedia Universal Herder).
[4] Cfr. Scheeben, ibidem.
[5] Eccles. hier., c. 1, $ 2.
[6] De Spiritu Sancto, c. 9, Nn. 23.
[7] Éxodo, IIl, 14.
[8] Isaías XL, 15.
[9] Efesios, Il, 10; Hebreos, XII, 28.
[10] Cfr. Scheeben, ibidem.

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