Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario
meditado en reparación por la imagen demoníaca de San La Muerte erigida en
Santiago del Estero, Argentina. Para mayor información acerca de este demoníaco
ídolo, consultar el siguiente enlace:
https://www.facebook.com/photo?fbid=122109113276699985&set=a.122094816686699985
Canto
de entrada: “Cantemos al Amor de los amores”.
Inicio
de la Hora Santa y del rezo del Santo Rosario (misterios a elegir).
Primer
Misterio.
Cuando los poderosos de la tierra quieren agraciar a
sus vasallos conceden a estos, en la totalidad de los casos, bienes de valor
finito, limitado, aun cuando estos bienes sean considerados bienes del mayor
valor que pueda ser considerado en la tierra. Sin embargo, Dios, en su
ilimitada bondad, concede a sus hijos adoptivos, los hombres, un bien que es de
valor infinito y este bien es la gracia santificante[1].
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Segundo
Misterio.
Afirma un autor que “la nueva naturaleza que nos
confiere la gracia posee el privilegio único de ser en cierto modo algo
infinito, como participación que es de la naturaleza infinita de Dios”[2].
La razón por la cual es, por así decirlo, “necesario”, de que la gracia sea
“infinita”, es “sacar” a la naturaleza humana de su marco natural para “permitirle
la visión de Dios en su esencia infinita”. Una naturaleza limitada, finita, no
puede contemplar lo infinito: “No se concibe que esto -la contemplación de
Dios, que es infinito, N. del R.- sea posible sin que ella -la naturaleza
humana- contenga algo del poder infinito de Dios -en este caso, la gracia
santificante-. “En tal supuesto, su valor iguala en cierta manera al bien
infinito que confiere”, afirma nuestro autor, Scheeben y en esto reside el
valor inapreciable de la gracia santificante que nos confieren los Sacramentos
de la Iglesia Católica.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Tercer
Misterio.
La acción de la gracia en el alma tiene como efecto la
superación sobrenatural de la naturaleza humana. En efecto, tal como afirma un
autor[3], “las
criaturas, sin excepción, tienen en su perfección un límite del que no pueden
pasar. Cuando se ven libres de toda escoria, les es imposible seguir
perfeccionándose. Cada planta llega a una altura determinada en donde se
detiene. Los diversos animales crecen hasta que sus cuerpos se desarrollen y se
forme su organismo; una vez alcanzado ese término, no les es posible seguir
avanzando; cuando han vivido su tiempo, comienza su decadencia y sobreviene la
muerte”. Este mismo límite natural lo posee el hombre: “Las mismas criaturas
racionales, según su naturaleza, tienen un límite en la línea de la perfección:
progresan mientras se desarrollan sus fuerzas naturales; como éstas son
limitadas, también el desarrollo se detendrá en un punto determinado”. Pero este
límite natural lo supera la gracia, elevando infinitamente a la naturaleza humana.
Dice así Scheeben: “Sólo la gracia desconoce fronteras. Rayo de la naturaleza
divina que cae sobre nuestra alma, no conoce otra medida y limitación que la
infinidad de Dios y, por tanto, puede crecer de día en día, a cada instante, y
enriquecerse sin cesar; nunca traspasará sus límites, pues no los tiene.
Siempre será gracia y participación de la naturaleza divina. Se hace más y más
lo que es y lo que debe ser”. Solo la gracia, comunicada por los Sacramentos,
puede elevar al hombre para que deje de ser hombre y sea Dios por participación,
es decir, solo la gracia santificante puede divinizar al hombre.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Cuarto
Misterio.
Así como nada puede poner límites al amor sobrenatural,
así también sucede con la gracia, puesto que la misma se origina “en el poder
eterno e infinito de Dios”, siendo “una participación de la infinita santidad
divina”. Nuestra naturaleza tiene una capacidad limitada, pero una vez que es elevada
sobre su condición, aumenta infinitamente esa capacidad”. Dice así Scheeben: “Toda
medida de gracia que recibe lo hace apto para una medida ulterior mayor
todavía; todo aumento prepara un nuevo aumento; cuanto más sube, más se hace
susceptible de seguir creciendo. En cierto sentido la gracia es infinita. La
nueva naturaleza que nos confiere la gracia posee el privilegio único de ser en
cierto modo algo infinito, como participación que es de la naturaleza infinita
de Dios”[4].
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Quinto
Misterio.
Al meditar en el efecto de la gracia sobre la naturaleza
humana, esto es, la deificación, se comprende porqué los santos de todos los
tiempos la prefirieron antes que todos los tesoros del mundo y hasta incluso la
propia vida. La gracia es un tesoro que aumenta y se multiplica hasta el
infinito, sin límites, aunque esto necesita de la colaboración del hombre: “Una
acción sobrenatural cualquiera efectuada en estado de gracia y toda utilización
de la gracia ya poseída, máxime cuando la hacemos fructificar, nos hacen
acreedores ante Dios de un aumento de nuestro tesoro. De nosotros depende pues
el duplicarlo en poco tiempo. En la proporción en que la gracia aumenta, crece
también el capital y se multiplica”. Lo que aumenta la gracia en nuestras almas
son la recepción frecuente de los Sacramentos -ante todo, Confesión Sacramental
y Eucaristía- y las obras de misericordia corporales y espirituales. Hagamos el
propósito de no solo evitar cualquier pecado, que quita la vida de la gracia,
sino el de vivir en gracia e incrementar esta gracia día a día, hasta el
encuentro definitivo con Nuestro Señor Jesucristo en el Último Día.
Meditación.
Padrenuestro,
diez Avemarías, Gloria.
Un
Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria pidiendo por las intenciones del Santo
Padre y por las Almas del Purgatorio.
Canto
de salida: “Los cielos, la tierra y el mismo Señor Dios”.
[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeeben, Las maravillas de la gracia,
131.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

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